La enferma que no se enferma: crónica desde un hotel sanitario

Ver más

La chilena Bernardita García, que llevaba cuatro años viviendo en California, narra la experiencia de aterrizar en Chile en plena era Covid 19, para enclaustrarse por dos semanas en un hotel sanitario de Santiago centro lleno de expatriados. En la monotonía de sus días encerrada, comiendo puré con arroz, peleando con el Wifi, y haciendo amistades que duran un día o dos, se le aparecen imágenes de una vida pasada.

Día 1

Entro a la pieza, arrastrando dos maletas XL en las que he empacado mi vida completa de los últimos cuatro años. Sin decir nada, la funcionaria del hotel cierra la puerta de mi habitación. Sumida en el silencio espeso, miro alrededor, la pieza de unos 7×5 iluminada apenas por una lamparita de metal adosada al muro sobre el respaldo de la cama. Al fondo, hay una ventana que no es ventana en realidad, porque da a una especie de callejón interior de edificios altos, los ventanales de otras habitaciones del hotel a sólo un par de metros de distancia. Suelto las manillas de las maletas que caen de golpe al piso, y en cinco minutos ya empiezo a sentir que me falta el aire en esta jaula de pájaro.

Tan sólo 48 horas atrás, mi vida era otra. Yo era otra. Cuatro años viviendo en California no pasaron en vano, sobre todo los últimos dos, en que me trasladé a un pequeño balneario de casitas victorianas y secuoyas costeras, al sur de San Francisco. En mi última semana, procuré visitar la playa y las rocas costeras lo más que pude. Salí a mirar los atardeceres, con delfines y gaviotas y lobos marinos gordos deslizándose como surfistas entre las olas. Pensé que aquello me prepararía para este momento: la vuelta definitiva a Chile, las dos semanas de encierro. Pero cómo iba a saber.

Con mi visa estadounidense a punto de vencer, me embarqué en tres aviones y crucé dos aeropuertos atestados de turistas, para aterrizar el 1 de agosto en un Chile que no veía desde octubre, cuando vine de visita y me tocó el estallido social. Entregué mi pasaporte en la caseta de Policía Internacional, y desde ahí me indicaron que avanzara hacia la fila de mesitas plegables en las que funcionarios de la Secretaría Regional Ministerial de Salud entrevistaban a los viajeros, preguntándoles sus domicilios, y si contaban con las medidas necesarias para cumplir una cuarenta efectiva. Dije que no, porque mi mamá es de la tercera edad, y no quería exponerla, así que la funcionaria tomó mis datos y luego le habló a su walkie talkie:

–Necesito una residencia, por favor.

Pasaron varios segundos, el ruido de las rueditas de maletas y suelas de zapatos rechinando de fondo.

–Santiago centro –contestó, al fin, la voz al otro lado del auricular.

Camino al hotel sanitario el taxi tomó la Costanera. Salió por Plaza Italia y avanzó por la Alameda en dirección al poniente. Mientras estrujaba mis rodillas con ambas manos, observé con detención las fachadas del centro más rayadas de lo que recordaba, el frontis del GAM convertido en un monolito, mientras el taxista opinaba muy tranquilo que Piñera no se había puesto firme a tiempo con los manifestantes. Pero a la altura del cerro Santa Lucía, ya no pude escucharlo más. Sentí mi estómago enroscarse con los recuerdos de la última vez que estuve aquí, en este barrio, en aquel pasaje donde vivíamos mi ex y yo, antes de irnos a California. Ahora, todo aquello me parecía un sueño nuboso.

Día 3

Tras dos días llamando sin parar a la recepción, logro que me cambien de pieza. La nueva –la 703 –tiene un balconcito que, aunque da a la fachada de otro edificio antiguo del centro, permite mirar a lo lejos un pedacito de la Cordillera de Los Andes.         

Por las mañanas, a eso de las 7:30 am, me despierta el golpeteo del funcionario enmascarado que reparte los desayunos, consistentes, invariablemente, en un yogur, un frasco con Chocapic, y un sándwich de molde con queso, además de una botella de agua Cachantún de litro y medio. Después, por mucho que trato, no logro volver a dormirme, y termino prendiendo el televisor. Miro los matinales, algo que nunca en mi vida había hecho, ni siquiera cuando vivía en Chile.

El delivery está permitido desde el mediodía, y hasta las siete de la tarde. Se puede encargar comida, y otros “bienes de primera necesidad” –por ejemplo, me pido un cargador de celular –pero el ingreso de alcohol está prohibido, lo que me deprime un poco. Menos mal está permitido fumar, y tengo media cajetilla que me traje de Estados Unidos sin querer. Pero pronto me percato de que no tengo encendedor. Llamo a la recepción, y el funcionario, en su acento venezolano, me dice que está muy ocupado, pero que si quiero puedo subir a la terraza adónde van los otros huéspedes a fumar por turnos. Cuando me llaman para avisarme que me toca, tomo el ascensor al piso 8, y camino por el pasillo oscuro hasta el fondo, donde la puerta de una pieza está abierta. El cuarto tiene un balcón grande en el que conversan tres huéspedes, con las mascarillas abajo, aspirando angustiosos sus cigarrillos.

–Hola, hola –saludo cortante, con la cabeza gacha y pocas ganas de hacer vida social. Intento mantener la distancia. Me parece que los demás hacen lo mismo conmigo. Mal que mal, no tenemos cómo saber dónde ha estado el otro.

Pido fuego. Uno de los dos pakistaníes que fuman en un rincón me ofrece su cajita de fósforos. Los escucho conversar con el otro huésped, un chileno que, explica, tuvo que volverse tras vivir tres años en Colombia porque, producto del virus, la renovación de sus papeles no salió a tiempo.

Los pakistaníes cuentan que ellos estaban en su país, visitando a la familia, a la que no veían hace cuatro años. Llevan tres días en el hotel, y no han comido nada porque la comida chilena les parece “muy desabrida”.

–Allá la gente andar en la calle. Sin máscara. No enfermarse –dice el más viejo, prendiendo otro cigarro. –Acá chileno ser débil. Enfermarse muy fácil –continúa, y el segundo pakistaní asiente. –Chileno tener muy mala salud.

Con el otro huésped, nos miramos, sin saber qué responder.

Día 5

A veces me despierto y lloro. Abro los ojos apenas, con la luz como espada filosa entrando por mi ventana, cuyas persianas no me he hecho el ánimo de cerrar, y me acuerdo: estoy acá, ya no estoy allá, pero tampoco estoy acá, sino enclaustrada en una burbuja hermética donde el tiempo no transcurre, la gente que se supone que está enferma no se enferma, las personas aparecen y desaparecen a diario. Desde hace un par de días que he empezado a despertarme con un carraspeo seco en la garganta, y cada vez el pensamiento aterrador se ha instalado en mi mente: tengo COVID, me voy a morir. Sólo diez minutos después, cuando la sensación ha desaparecido por completo, se me ocurre que a lo mejor es porque volví a fumar.

Para distraerme, visito portales inmobiliarios o de ofertas de trabajo, como si buscara un botón para teletransportarme al futuro, uno donde ya tengo casa propia y un sueldo para pagar cuentas. Hago yoga mirando los videos en Internet. Me invento trabajos. La semana pasada me llegó el manuscrito corregido del libro que voy a publicar en diciembre, así que me entretengo releyendo por millonésima vez las páginas que ya me sé de memoria.

El almuerzo llega en cualquier momento, entre la una y las dos de la tarde. Casi siempre es carne, aunque el primer día, cuando me interné, les pedí que por favor me incluyeran en la opción vegetariana. Pollo con arroz, chuletas con puré, tallarines con carne molida, pollo con puré, chuletas con papas, arroz con papas, puré con arroz, papas con papas.

En la noche, el menú es una versión modificada del almuerzo –¿pollo con chuletas? –y una sopita en un vaso plástico que, sospecho, es en realidad un montón de cubitos Maggi disueltos en litros de agua hirviendo. Después de picotear, con las noticias en mute, me quedo hasta tarde leyéndome las cartas del Tarot, tirando barajas una y otra vez, hasta que el resultado final de lo que me depara la vida en Chile me convence un poco más.

Día 7

Hoy cumplo una semana. Siento como si llevara un año. Los días se fusionan, hacen mitosis, y casi no puedo recordar si es viernes, o es jueves, o si es domingo. Afuera de mi ventana, el cielo está pintado siempre del mismo gris anaranjado del invierno en la capital, hasta que cae la noche que resetea el reloj y volvemos a empezar. Es como cuando eras niño y jugabas al Súper Nintendo, y te podías dar vuelta el juego completo y regresar al inicio, como si nada hubiera pasado.

Lo más interesante de la jornada es que me pido un delivery de sushi. Hace años que no comía, porque en California son caros y no tan ricos como en Chile. Me zampo los rolls en pocos minutos, chorreando salsa de soya sobre el cubrecama blanco inmaculado.

En la noche, salgo al balcón a fumarme el último cigarro que me queda. Tengo fuego, gracias al amigo pakistaní que ayer volví a toparme en la terraza, y que me regaló un par de fósforos y un pedacito de la caja para prenderlos. Apoyada en la baranda, escucho los buses de la locomoción rugir a lo lejos, me sopla en el pelo una brisa tibia como de verano que me hace recordar por qué me gustaba vivir en Santiago.

“Pssssssst”, escucho entonces. Miro hacia la calle. En el balcón justo debajo, una mujer de unos cincuenta, melena rubia, y parka negra The North Face, me sonríe levantando las cejas. Rápidamente, nos ponemos a conversar. Me cuenta que llegó hace doce días de Portugal, donde pasó encerrada en un departamento de un ambiente junto a su prometido portugués. Iban a casarse, pero les cerraron la oficina de trámites, y tuvo que volver antes que se le venciera la visa.

–¿Supiste lo que le pasó al niño de abajo? –pregunta, en un tono maldadoso.

Le digo que no.

–El tipo trató de meter droga. Tiró la plata por el balcón, y le trataron de pasar la cuestión en una cajetilla. Los del hotel se dieron cuenta, llamaron a los pacos y lo sacaron cascando.

 Abro los ojos muy grandes, y le pregunto más detalles. Sobran las ganas de hablar con alguien que no esté pixeleado.

Día 9

Día y noche, a toda hora, se oyen por los pasillos del hotel el traqueteo de las ruedas de las maletas, los pasos solitarios de huéspedes recién llegados, o a punto de partir, quién sabe con qué destino. Es raro, porque vivimos bajo el mismo techo, y a veces nos topamos –en los balcones, en el ascensor– y hablamos de nuestras angustias compartidas, pero luego volvemos a nuestras piezas sabiendo que es probable que nunca nos volvamos a ver. Igual que con la mujer de la parka negra, quien terminó su cuarentena un día atrás. Alguien, me imagino, habrá llegado en su reemplazo.

A eso de las once de la mañana, tocan mi puerta. Es una trabajadora del hotel que viene a hacer el aseo. Parece sacada de la serie Chernobyl, vestida con un enterito de plástico blanco que le cubre hasta la coronilla, guantes, cubre zapatos, antiparras y mascarilla. Con su acento caribeño, me dice que por favor la espere en un rincón, mientras cambia las sábanas y trapea el piso del baño. Cuando termina, me dice “Adiós mi amor, que tengas un buen día”, y yo siento como un cosquilleo por dentro porque qué lindo que alguien te llame así en medio de esta soledad.

Ya no miro las noticias de la noche. La repetición me tiene mareada. Solo le quito el mute al televisor cuando aparece el ministro de Salud a entregar las cifras oficiales de COVID 19 en el país. Más de 370 mil casos acumulados, 2 mil casos nuevos, ya pasamos los 10 mil muertos. Cuando hablan de los hoteles sanitarios, miro los números gordos en la pantalla: 155 residencias habilitadas, más de 10 mil camas libres, 5 mil 400 usuarios internados. Yo soy una de esas, sonrío. En medio de esta transición de país a país, en este paréntesis entre mi vida vieja y la futura, al menos siento que pertenezco a algo.

Día 11

A falta de un escritorio, estoy sentada en mi cama escribiendo en la laptop. De repente suena el teléfono de la pieza. En la pantallita titilante aparece el número “702”.

–¿Aló…? –contesto, dudosa.

–Eh, ¿hola…?  –dice una voz tímida al otro lado de la línea. –Soy tu vecino de la pieza de enfrente.

Nunca hemos hablado, pero a veces nos miramos de puerta a puerta cuando salimos a recibir el almuerzo.

–Ah… hola –no se me ocurre qué más responder. Por unos segundos, nos quedamos en silencio.

–Perdona que te moleste –carraspea. –Es que no sé qué hacer, estoy desesperado. Llevo dos días acá y nadie me ha explicado nada. Tengo que viajar al sur, a mi casa. Me dijeron que podía pedir un traslado, pero he mandado un millón de mails a la institución a cargo, y nadie me contesta.

Me gustaría ayudarlo, pero no tengo mucho que ofrecer. Le cuento lo poco que sé sobre los traslados –los pakistaníes me explicaron que ellos iban a pedir que los reubicaran en Iquique –pero que no manejo más detalles. Le digo que se calme, que el tiempo al final igual pasa, que va a estar bien. Él me escucha, mientras lo imagino asintiendo con la cabeza.

–Muchas gracias. De verdad –me dice al final, antes de cortar. Se le oye más calmado.

Me quedo pensando que, en situaciones como ésta, a veces lo que más necesitas es que te hablen, casi no importa lo que te digan, pero que te hagan sentir persona.

En la noche, me toca participar en una charla por Zoom para una feria literaria. El evento lo organiza una agrupación de editores, quienes han fijado una serie de requisitos técnicos que las presentaciones deben cumplir para ser incluidas en la actividad, entre ellos, contar con buena luz y un fondo limpio. Cuando leo el correo con las condiciones, miro alrededor de mi pieza de hotel, sus esquinas atiborradas de maletas y colgadores de ropa, los muros tapados en cuadros y el televisor de pantalla plana. Tras más de una hora arrastrando muebles, probando posibles escenografías, consigo armarme una especie de “estudio televisivo” en el único rincón medianamente despejado. Monto un velador sobre otro, y apoyo encima el celular para que quede a la altura de mi cara. Minutos antes de que empecemos, me maquillo y me pongo aros, como hacía más de una semana que no lo hacía. No puedo evitar sentirme un poco ridícula.

Además, como el Wifi del hotel colapsa después de las 7 pm, tengo que pagar y cargarle más datos a mi celular para que la conexión durante la video llamada sea decente.  

Mientras grabamos, doblo las rodillas y acomodo las piernas entre mi silla y el velador, con los dedos acalambrados, los glúteos adormecidos. En la pantalla, sin embargo, mis manos se agitan en el aire con gracia y relajo, acompañando mis opiniones, como si estuviera en la más íntima comodidad de mi hogar.

Día 13

“Te va a llamar una niña de la Seremi de Salud. Contéstale” me escribe mi mamá por Whatsapp. Leo su mensaje mientras me paseo por la pieza en toalla. Casi una hora después, un número desconocido parpadea en la pantalla de mi celular.

–Hola Bernardita. ¿Cómo estás? –la mujer me saluda y se presenta. –Te llamaba para saber cómo te has sentido –es la primera fuente oficial que se comunica conmigo desde que ingresé al hotel. –¿Has tenido fiebre, tos?

Respondo que no.        

–Bien, bien. Me alegro –suena como si realmente se alegrara. –Mañana se cumplen tus catorce días. Eso significa que el sábado puedes salir.

La palabra “salir” me da la sensación de estar cumpliendo una sentencia carcelaria. Voy a salir al mundo, a mi libertad.

La funcionaria me explica, en voz pausada, el protocolo. Puedo retirarme a partir de las cinco de la mañana, que es cuando se termina el actual toque de queda que rige desde marzo en el país. Necesito que alguien me venga a buscar. Además, debo contar con un permiso especial –que puedo pedir online –para trasladarme hacia mi domicilio, porque mi “día de salida” es sábado, y los fines de semana aún está prohibido circular en la calle. Agito la cabeza de arriba abajo, y aunque sé que no puede verme, le digo que sí a todo. Al despedirnos, le agradezco:

–Muchas gracias… De verdad.

Día 0

A las 10:22 am, con mis maletas hechas, el pelo recién lavado, los ojos delineados y hasta las uñas pintadas, recorro la habitación con la mirada, cerciorándome de que no he olvidado nada. Inhalo hondo, y luego murmullo “Chao, pieza. Fuiste como una relación tormentosa, al final igual te quise”.

Antes de encaminarme por el pasillo, decido despedirme de mi vecino de enfrente. Toco su timbre, pero se demora en abrir, y por un momento hasta me arrepiento. Entonces se asoma, en pantalón de pijama y ojos somnolientos.              

–¿Ya te vas? –mira mis maletas.

–Sí, te quería decir “chao” no más. Perdona si te desperté.

–No te preocupí… Que te vaya bien entonces –dice con un bostezo.

–Gracias –respondo, mientras en cámara lenta empiezo a arrastrar mis cosas en dirección al ascensor. –Y… paciencia no más –me giro una última vez para hacerle un gesto con la mano. –Ya vas a salir. Todos salimos algún día. Nadie se queda para siempre.

El huésped de la 702 me devuelve la seña con los dedos lánguidos, pero no dice nada. No sé si me cree. Quizás yo tampoco lo hubiera creído una semana atrás.