Brasil y ecuador

Dejen, la comunidad se ocupa

Foto: Roy Bento

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Junio comienza con entusiasmo en Ecuador. Crujen las puertas enrollables de las tiendas, los buses reaparecen y en las avenidas se forman filas de autos. Ese trajín urbano ordinario genera una extraña felicidad. En 95 ciudades ecuatorianas, entre ellas las más pobladas,  la mayoría de los negocios ya tienen permiso para trabajar. Hay ansiedad de dinero: de los 8 millones de trabajadores, quedarían solo 2.5 millones con empleo adecuado a causa de la pandemia.

Mientras en Quito y Guayaquil la gente sale en masa hacia la “nueva normalidad”, las cosas no parecen cambiar mucho en un pequeño poblado que antecede a la Amazonía: Río Verde, en la provincia de Tungurahua. La carretera que pasa por las afueras de esta población también refleja el aumento en la circulación de autos,  pero un grupo de cuatro jóvenes imperturbables controla el ingreso de personas a su localidad con una baranda de metal. 

En Río Verde una cosa es el gobierno y otra la comunidad. Es esta última la que decide finalmente sobre las normas de aislamiento social. En este poblado se sigue un esquema de manejo de la crisis sanitaria particular: un buen ciudadano no es el que se encierra en su casa, sino el que trabaja con sus vecinos para encarar la pandemia.

Vista de Río Verde. Foto: Dominique Riofrio
Vista de Río Verde. Foto: Dominique Riofrio

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Casi tres meses antes, el 18 de marzo, los celulares en Río Verde estallaron con notificaciones. Eran videos de cuerpos abandonados en las calles de Guayaquil; personas que aparentemente tuvieron coronavirus. Las imágenes trasladaban el lejano virus originado en China a una ciudad que estaba a escasos 300 kilómetros, con la cual se comercian frutas y verduras. La pandemia se tornaba una amenaza real. 

Esa noche una decena de vecinos de Río Verde mantuvieron una reunión clandestina: el gobierno nacional había prohibido encuentros para evitar contagios. Mayerlin García, un joven que bordea los veinte años, recuerda que a partir de entonces decidieron montar un puesto de control para que no ingresen foráneos que puedan portar el virus. Al día siguiente, los autos de comerciantes que quisieron pasar se encontraron con un control improvisado, hecho con caña,  regido por un puñado de chicos desafiantes. Algunos refunfuñaban porque no les permitían hacer negocios, pero los jóvenes sabían que no actuaban solos —explica Mayerlin— sino en nombre del pueblo entero.  

Hasta finales de marzo, Río Verde tenía un entusiasmo invertebrado. No estaba claro cómo eran los horarios para controlar el ingreso a la comunidad, ni quién tenía la responsabilidad de hacerlo. No sabían si impedir o no la entrada de alimentos. Los jóvenes que vigilaban el acceso temían contagiarse. Se fumigó las calles con con mucha frecuencia (pasando un día), era demasiada exposición a los desinfectantes. Mientras, las noticias de Guayaquil empeoraban: personas morían esperando ser atendidas en hospitales públicos desbordados, y los cuerpos de quienes fallecían en casa tardaban días en ser retirados por los servicios de emergencia. El gobierno no sabía cuántas personas habían fallecido, pero cuando la gente comenzó a ser enterrada en ataúdes de cartón, la tragedia se hizo palpable en toda su magnitud. 

En Río Verde, rodeado de montañas tropicales y dos ríos briosos, alguien intentaba entender la perspectiva científica de la pandemia. Esteban Zamora, 25 años, estaba terminando la carrera de Ingeniería Ambiental en la Universidad Salesiana. Leía artículos académicos sobre cómo se transmite la Covid-19 y seguía por internet un curso del gobierno mexicano sobre la prevención del virus. Esteban aportó con esos conocimientos en las dos reuniones —el 8 y el 11 de abril— donde la comunidad comenzó a hacer un manejo más reflexivo de la pandemia. 

A partir de la mañana del 12 abril se conformaron grupos de cuatro personas, con un líder, para vigilar en turnos de 8 horas el acceso a la comunidad todos los días y a toda hora. Esteban dio una charla a cada grupo sobre cómo dosificar el cloro para desinfectar los autos que ingresaban, el protocolo a seguir con los conductores, les informó sobre los riesgos a los que estaban expuestos y les indicó cómo usar los uniformes de seguridad, donados por una empresa del sector. Con una retroexcavadora y el apoyo de decenas de personas, transportaron un contenedor para que sirviera de garita a quienes vigilaban el punto de control y cerraron el resto de entradas peatonales y vehiculares al pueblo. Simultáneamente, los vecinos hicieron un censo con el que se detectó quiénes eran más vulnerables y se preguntó a cada familia: “¿Cómo podrían ustedes aportar?”

Los conductores de autos que visitaban Río Verde —que solían ser comerciantes o amistades de los residentes en sectores cercanos— se encontraron a partir de entonces con un puesto de control casi militar. Salían del contenedor cuatro hombres de blanco, con mascarillas, cargados de equipos de fumigación que les pedían bajar del auto. Luego pisaban una bandeja con desinfectante, se anotaba en una bitácora su placa y su ruta, con un termómetro se les tomaba la temperatura, con una bomba de fumigación se desinfectaba el auto y solo entonces podían continuar. Si había personas con fiebre, por ejemplo, se llamaba al Centro de Salud de la población para que evaluasen a los visitantes. El diseño funcionaba con precisión, casi siempre.

Una tarde llegó una residente de Río Verde con una pariente que vivía en la ciudad de Riobamba. Cuando la guardia se enteró del origen de la visitante, preguntó si había tenido síntomas. Ella respondió que había estado aislada porque tuvo contacto con una persona con Covid-19. La guardia intentó impedir su ingreso, pero ambas mujeres entraron caminando esquivando el control. Los chicos que ese día hacían la vigilancia tampoco querían ponerles un dedo encima por temor al contagio. Parecía que el virus había llegado a la comunidad. De todos modos, la guardia se comunicó con el Centro de Salud para que verificasen si tenía síntomas en su casa. Los médicos entraron protegidos a revisar a la visitante, al salir de la puerta hubo un breve silencio e informaron que no tenía fiebre. 

El 15 de abril apareció una nota en la prensa de la vecina ciudad de Baños sobre la organización de Río Verde titulada: “Digno de imitar” en la que se ponderaba la acción de la comunidad. Mayerlin dice que esa noticia “elevó el patriotismo. Al siguiente día la organización Unidos por Río Verde pasó de 25 a 75 miembros. Un vecino donó una bomba para mejorar la desinfección de las calles, el vulcanizador arregló las mangueras de los equipos de desinfección, el soldador tapó las goteras del contenedor e instaló luz eléctrica, alguien donó una cafetera, otro una Biblia y entre todos los vecinos dieron dinero para comprar cloro.  

Ese mismo día se estimaba que habían muerto en el país 7.600 personas en las primeras seis semanas de la pandemia. Ecuador ya era una de las naciones con mayor número de fallecidos. La confianza en el Estado ecuatoriano palidecía pero Río Verde actuaba con todo vigor. 

Oscar Huashpa en el turno de vigilancia a la entrada de Río Verde. Foto: Pablo Campaña
Oscar Huashpa en el turno de vigilancia a la entrada de Río Verde. Foto: Pablo Campaña

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El 21 de abril se supo que había un caso de coronavirus en Río Negro, una población que está a 15 kilómetros. Esa tarde cuando Esteban Zamora fue a hacer guardia, hubo dos ausencias. Del chat que comunica a la la comunidad salieron seis personas más: el temor al contagio estaba produciendo bajas. Esteban, que había hecho el servicio militar, trató la situación de forma castrense. En el chat escribió que quienes fueran a salir del grupo debían anticiparlo y añadió con tono marcial:  “No queremos desertores. Ni un paso atrás. ¡Resistiremos!”. 

El número de integrantes de Unidos por Río Verde se estabilizó en los días siguientes. Por alguna razón, pese a que las necesidades económicas aumentaban y la amenaza del virus era inminente, personas como el artesano Neri Guachizaca seguían saliendo a trabajar en equipo.  

Neri, 64 años, es lector, estudia plantas medicinales y hace joyas de plata y cobre en su taller. Tuvo una vida trashumante por Latinoamérica y Europa, pero hace 15 años se sintió atraído por la cascada de 80 metros que está en Río Verde. Desde entonces vende artesanías a los turistas que llegan a visitarla. Cuando leyó la pregunta del censo, sobre cómo podía ayudar, pensó: “Como amo a este pueblo, si tengo que colaborar, colaboro”. Junto a él se plegaron el resto de artesanos que viven en la zona, como Oscar Huashapa, que explica que la unión se debe a la relación cotidiana de las personas. En las cuatro calles adoquinadas que tiene esta localidad, “todo el mundo se saluda y si se vuelve a encontrar, se vuelve a saludar”, explica Oscar.

Neri Guachiza, guardia comunitario. Foto: Dominique Riofrio
Neri Guachiza, guardia comunitario. Foto: Dominique Riofrio

Esos sutiles lazos sostuvieron anímicamente a los vecinos que vigilaban el ingreso a la comunidad, incluso en los turnos nocturnos, que eran los más exigentes. Cada noche un grupo hacía la guardia desde las 23:00 hasta las 07:00. Juan Carlos Barrionuevo, de 36 años, estuvo en algunas de esos jornadas vestido con una licra, con pantalón de camuflaje, un buzo de manga larga, un poncho y un gorro de lana. No exageraba, en mayo pueden mezclarse la rigurosidad del clima de la montaña y el de la selva. Hubo noches en las que la lluvia torrencial amazónica caía oblicua por el viento andino que bajaba sensiblemente la temperatura. Mientras todos los pobladores dormían abrigados, cuatro vecinos hacían vigilia tiritando.  Pero no estaban solos. Las mujeres no formaban parte de la guardia, porque según algunos chicos la tarea es muy riesgosa para ellas, pero enviaban alimentos que sostenían a quienes estaban de turno. En una sola noche de mayo, Juan Carlos comió pescado, pizza y recibió una gallina viva de regalo. 

Durante ese mes la capacidad de acción de Unidos por Río Verde se iba ampliando. Desde Suiza antiguos residentes del pueblo enviaron dinero para comprar 50 raciones alimenticias para quienes, según indicaba la información del censo, tenían la necesidad. Había una campaña de información sobre los alimentos que se producían en el pueblo —trucha, papachina, naranjilla, yuca— para estimular la economía local. Se comenzó a desinfectar con ozono las tiendas, las oficinas públicas, el puesto de la policía y el centro médico. Al acabar la semana, una cumbia salía de los altoparlantes de un camión que pasaba por los barrios recordando que era viernes. 

El ímpetu comunitario controlaba por igual a las autoridades celestiales y terrenales. El 10 de mayo la iglesia católica sacó a la Virgen de Baños de Agua Santa a bendecir al pueblo. Esta afamada virgen goza de una fiel devoción y sacó lágrimas a algunos vecinos, pero cuando la camioneta que la llevaba pasó por el control se tuvo que desinfectar. Unos días más tarde, pasó el alcalde de la ciudad de Baños, diciendo que ya se había desinfectado, de todos modos se cumplió el protocolo de rigor.  

Explica Oscar que esta confianza en sí mismos se produce porque existe un espíritu colectivo que supera a los individuos. No es la primera vez que ocurre. En 1999 la explosión del volcán Tungurahua provocó la evacuación de cientos de personas de comunidades vecinas a Río Verde, obligando a que todos se organizaran en la comunidad para recibir y abastecer a los recién llegados. También, en el año 2003, actuaron conjuntamente para protestar por la construcción de una hidroeléctrica que iba a afectar al río y la cascada que atrae a los turistas. El proyecto se detuvo. En 2010, hicieron ya guardias comunitarias porque había delincuentes en el sector. Estas acciones se suman a tareas más ordinarias, como colaborar para construir la casa de alguien que no puede contratar trabajadores o enterrar en el cementerio a un vecino que murió solo. El trabajo comunitario está inscrito en la memoria de infancia de los jóvenes que hoy combaten el virus.  

El turno de guardia integrado por los artesanos de Río Verde. Foto: Pablo Campaña
El turno de guardia integrado por los artesanos de Río Verde. Foto: Pablo Campaña

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Al acabarse la fase más rígida de confinamiento a inicios de junio según decisión del gobierno nacional, Juan Carlos Barrionuevo decía: “Yo vivo agradecido con los muchachos, si no, estaríamos jodidos”. Unidos por Río Verde enfrentó dificultades, pero prevalecía un sentimiento extendido de satisfacción. 

Algunas de las medidas que tomó Unidos por Río Verde, como el control de información falsa, uso de mascarilla, distanciamiento físico, tomar temperatura y el lavado de manos han sido recomendadas por la Organización Mundial de la Salud. Pero hubo otras cuya efectividad no ha sido comprobada, como el uso del ozono para desinfectar tiendas u otros locales cerrados. El control de los accesos definitivamente disminuyó la presencia de comerciantes, turistas y residentes de sectores vecinos que pretendían ir al pueblo. La restricción de contacto con otras poblaciones sin duda previno transmisiones. Hasta el día de hoy, Río Verde no registra casos de contagio de Covid-19.  La guardia, además, permitió horas de conversación entre los vecinos alrededor de un fogón que estaba junto al contenedor. Muchos que apenas se conocían, se volvieron amigos. Esa cercanía contiene la fuerza para que la comunidad organice la “nueva normalidad”.

La pensadora Rita Segato ha dicho que la distancia física que impone la pandemia es también una distancia social. Al estar un cuerpo presente junto al otro hay una comunicación que va más allá de lo verbal. Quizás en las respuestas comunitarias a la pandemia exista un antídoto para esa individualización agresiva, a esa soledad, que imprimen las medidas estatales de aislamiento social.

La Junta Parroquial de Río Verde, nivel más local de gobierno en el área rural, reconoció el trabajo que hicieron los vecinos. En una reunión, la presidenta Grace Naranjo pidió a Esteban Zamora que expusiera el plan que habían diseñado para reactivar económicamente al pueblo. En el encuentro, que tuvo lugar en una sala de reuniones de asientos de cuero, Esteban hizo énfasis en que el turismo puede regresar con mayor velocidad si se promociona que Río Verde no tuvo casos de Covid-19. La institución también apoyó la construcción de una estructura metálica que arroja automáticamente desinfectantes a los autos que pasan por ella, que funcionará cuando los vecinos dejen de hacer guardia. La Organización Mundial de la Salud, en su documento de estrategia ante la pandemia, afirma que los Estados deben movilizar a las comunidades. Río Verde hace mover al Estado. 

Juan Carlos Barrionuevo, residente de la parroquia Río Verde, lleva eucalipto a su familia para realizar vaporizaciones. Foto: Dominique Riofrio
Juan Carlos Barrionuevo, residente de la parroquia Río Verde, lleva eucalipto a su familia para realizar vaporizaciones. Foto: Dominique Riofrio

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