Litoral en venta: la maquinaria que privatiza la costa albanesa

Uno de los desarrollos inmobiliarios en la costa albanesa. Foto: Pablo Fernández
Uno de los desarrollos inmobiliarios en la costa albanesa. Foto: Pablo Fernández

En nombre del progreso, el gobierno de Edi Rama convirtió el último litoral virgen del Mediterráneo en un catálogo de concesiones. Detrás del discurso de la Albania moderna, europea y turística, un comité de planificación fue firmando decisión por decisión, la entrega de playas, ríos y humedales a inversionistas extranjeros y a un puñado de empresarios locales. Recorrimos esa costa que se privatiza: revisamos once años de actas oficiales del organismo que aprueba cada proyecto, seguimos el rastro de las sociedades que aparecen y desaparecen detrás de cada resort, y creamos una base de datos inédita que muestra la maquinaria utilizada para vender las playas. Esta es la historia de cómo el progreso se volvió una excavadora. 

Un gran estandarte con forma de flamenco encabeza las protestas que desde hace semanas recorren Albania. Avanza por el Bulevard Dëshmorët e Koombit en el centro de Tirana. Es dirigido por un joven secundado por manifestantes que le sostienen las alas; les siguen cientos —en algunos momentos miles— de personas. No es la única imagen del ave. Los flamencos rosas aparecen impresos en carteles, disfraces, camisetas, mochilas o chapas. Este animal se ha convertido en el símbolo de la mayor movilización ambiental que ha vivido el país en la última década.

Cartel en Tragjas ¡No a la extracción de agua en los manantiales de Tragjas! Foto: Pablo Fernández
Cartel en Tragjas ¡No a la extracción de agua en los manantiales de Tragjas! Foto: Pablo Fernández

La protesta señala un nombre propio: Jared Kushner, yerno del presidente estadounidense Donald Trump. Pero también denuncia un modelo de desarrollo que durante los últimos años ha convertido buena parte del litoral albanés en un inmenso escaparate para el turismo de lujo. 

Aunque el nombre de Jared Kushner ha concentrado la atención internacional, su proyecto es solo uno más dentro del modelo que se extiende por la costa de Albania. Macroproyectos impulsados por fondos internacionales, empresarios locales y grupos hoteleros extranjeros se suceden a lo largo de la costa adriática y del mar Jónico, transformando la conocida riviera albanesa —durante años promocionada como ‘la joya escondida de Europa’— en un gigantesco resort donde solo unos pocos pueden registrarse. 

Firmado, sellado, cementado: la maquinaria de permisos que reparte el litoral albanés 

Anita Beleri, arquitecta con 22 años de experiencia y experta en medioambiente y protección contra incendios, celebra la apertura de Albania a esta transformación, “nuestro primer ministro, Edi Rama, está muy enfocado en mostrar la mejor cara de Albania al mundo”, dice. “Uno de sus principales intereses en estos años es, por supuesto, la arquitectura, y tiene la esperanza de que Albania cuente con la presencia de varios arquitectos para que presenten sus ideas y se pueda mostrar la mejor cara de Albania que él pueda lograr”.

Este contexto se acompaña de una larga cadena de decisiones administrativas que autorizan la implementación de esta industria hotelera. Para reconstruirla, analizamos todas las resoluciones urbanísticas publicadas por el Consejo Territorial Nacional (KKT) durante los últimos once años, creando una base de datos propia, categorizándola por el estado de evolución de cada proyecto, y los beneficios fiscales y económicos otorgados a proyectos de gran envergadura debido a la Ley de Inversores Estratégicos (Ley 55/2015). El resultado permite observar, por primera vez, la transformación del litoral albanés en su conjunto y no como una sucesión de proyectos independientes.

Dorian Matlija, abogado medioambiental y director ejecutivo de Res Publica, explica que con las enmiendas de 2024 la esencia del propósito de la ley de áreas protegidas (Ley 21/2024) cambió por completo, el paquete “ya no tiene como objetivo protegerlas, sino gestionar el desarrollo que se da en estas áreas”. En otras palabras, dice: “las áreas protegidas se consideran bienes inmuebles a los que no todos tienen acceso, sino solo algunos sujetos seleccionados, lo cual se relaciona necesariamente con la parte de la ley sobre inversiones estratégicas”.

La ley de inversiones estratégicas tenía, como objetivo inicial, atraer inversiones para proyectos que garantizaran ganancias privadas y el desarrollo económico y laboral de ciertas zonas; con un beneficio público más amplio, se ha transformado en una desigualdad de trato entre sujetos extraordinarios y comunes.

En palabras de Zef Preçi, director ejecutivo del Centro Albaneses para la Investigación Económica (ACER), la adopción de esta ley evita la competencia: “dan prioridad a quien cuenta con apoyo político o simplemente a quien tiene dinero; a los grupos de presión, a los oligarcas, a sectores del crimen organizado y a otros que prácticamente no constituyen un interés público, sino que es un interés de ciertos sectores de la política con poder de decisión. Es de interés para grupos empresariales que buscan legitimidad para las capacidades financieras que poseen; es un interés no público que, en esencia, no aporta bienes públicos”.

En la ciudad de Himarë, a unos 200 kilómetros al sur de la capital, se encuentra la famosa panadería Burbo. A la hora del almuerzo, y durante hora y media, la fila no descansa. Desde que la heredó de su padre, hace 30 años, la atiende Gianni. De una pared del local cualga una foto en blanco y negro, es la playa de Himarë, cuando apenas había construcciones turísticas y sobresalían las casas vecinales. “La foto es de 1937, mira todo el espacio que tenía la orilla entonces”, se lamenta Gianni. 

Himarë es uno de los epicentros del turismo en el país. “Hasta hace un tiempo parecía que había cierto control, pero ahora ha habido una apertura para los permisos de construcción, se dan sin control y sin planificación: no respetan las plazas o las calles de la ciudad. Esto va a tener un impacto en el futuro”, dice, “si las construcciones siguen subiendo a este ritmo las infraestructuras no lo van a poder soportar. [Nuestros hijos] se van a quedar sin nada si todo sigue así” añade el panadero.

Green Coast, en la costa de Palasë, Himarë, ilustra con claridad el modo en el que se han desarrollado los grandes proyectos turísticos en Albania durante la última década. El primer permiso, otorgado el 7 de marzo de 2014 bajo la resolución número 8, a tan solo seis meses después de que Edi Rama tomará el poder planteó el certificado de nacimiento de la nueva costa albanesa privatizando la playa virgen que los locales llamaban Dhraleo. En una sola sesión, el Consejo aprobó el complejo turístico, su red de carreteras, su propio documento normativo específico y un plan de zonificación funcional —el esqueleto administrativo completo de una ciudad privada—, otorgado a la empresa Green Coast de BALFIN para más de 500 residencias en dieciocho hectáreas, junto con derechos de uso de la playa adyacente por veinte años.

Complejo Green Coast. Foto: Pablo Fernández
Complejo Green Coast. Foto: Pablo Fernández

Aún no existía la Ley de Inversiones Estratégicas, que entró en vigor un año después, ni tampoco un Plan Costero Integrado, ni ningún marco de ese tipo que el gobierno presentaría pronto como garantía de un desarrollo ordenado. Green Coast se adelantó a todo eso, y todo lo que vino después parecía haber sido construido para adaptarse a lo que ya existía. 

La categoría de inversionista estratégico llegó en 2016; una ampliación de KKT en 2017 agregó nueve villas, un hotel de cinco estrellas, tres hectáreas más y un piso adicional; cuando los residuos de excavación del complejo turístico necesitaron un lugar donde depositarse, se redefinieron convenientemente los límites de la reserva protegida vecina; y para 2021 se aprobó un segundo Green Coast más arriba en la costa, y luego un tercero.

En total, el proyecto acumula dieciocho resoluciones administrativas hasta 2025, cada una de ellas modesta, cada una enmienda algo ya establecido. Hoy el complejo en su totalidad abarca cerca de 893.000 metros cuadrados y prevén alrededor de 473.000 metros edificables.

Cartel de próximo hotel en Himarë, afiliado a la empressa española Melia. Foto: Pablo Fernández
Cartel de próximo hotel en Himarë, afiliado a la empressa española Melia. Foto: Pablo Fernández

El análisis cronológico de los expedientes urbanísticos muestra que proyectos como Green Coast, Durrës Marina, Lura, Soleil & Sea, Delta Falaise o Gone Perivol no fueron autorizados mediante un único permiso, sino a través de largas cadenas de decisiones sucesivas que modifican superficies, amplían fases, incorporan nuevas sociedades promotoras o conceden permisos de construcción parciales. En el caso Green Coast, por ejemplo, acumula 18 decisiones administrativas entre 2014 y 2025, mientras que Durrës Marina recibió 10 autorizaciones diferentes en apenas siete meses de 2025. Lejos de tratarse de expedientes aislados, los grandes desarrollos turísticos avanzan mediante una sucesión continua de resoluciones que permiten ampliar y redefinir los proyectos durante años.

Entre 2015 y 2026 el KKT aprobó 251 decisiones relacionadas con desarrollos turísticos que, según la documentación oficial, afectan casi 10 millones de metros cuadrados de suelo —unas 980 hectáreas— y autorizan 4.9 millones de metros cuadrados edificables, el equivalente a unos 686 campos de fútbol. Cerca de dos terceras partes de toda esa superficie se concentran únicamente en Vlorë, a 150 km al sur de la capital, e Himarë.

Progreso a costa del medio ambiente: los cambios en áreas protegidas que permiten la construcción 

Ante la UNWTO y el World Travel and Tourism Council, Edi Rama afirmó, en 2014, que quería transformar el turismo en «una potencia económica sólida que aporte crecimiento e integración a nuestra economía nacional”. Una década después, Albania recibió un total de 11,7 millones de turistas extranjeros, según datos del Ministerio de Turismo y Medio Ambiente albanés, basados en cifras del INSTAT (Instituto Nacional de Estadística), lo representó en 2024 en torno al 26% del PIB del país, según datos de Coface.

Al analizar las decisiones aprobadas por el Consejo Territorial Nacional (KKT) entre 2015 y 2026 emerge un patrón: cada gran flexibilización de la legislación ambiental fue seguida por un salto en la aprobación de grandes desarrollos turísticos. En 2021 tras la modificación la legislación sobre áreas protegidas y la reducción de los límites de varios espacios naturales, el KKT aprobó 41 decisiones en un solo año, permitiendo urbanizar 4,41 millones de metros cuadrados de suelo y construir 1,23 millones de metros cuadrados, el mayor volumen registrado hasta ese momento. Luego en 2024 con la Ley 21/2024, que volvió a flexibilizar la protección ambiental, se aprobaron 65 decisiones en apenas doce meses, un máximo histórico, más de 1,5 millones de metros cuadrados de suelo afectados y 1,4 millones de metros cuadrados de nueva superficie edificable.

Olsi Nika es biólogo y director de EcoAlbania: “Todo esto converge en ese lema político de “desarrollar” las áreas protegidas y los recursos naturales, sin tener en cuenta quién se beneficia y quién sale perdiendo. En la riviera albanesa —me refiero al tramo que va desde la bahía de Vlorë hasta el cabo Stillo, en Sarandë—, vemos cómo se destruyen, transforman y alteran los hábitats naturales, pasando a ser oasis urbanos, que se supone que deben servir al turismo”. 

Respecto a los inversores estratégicos, Zef Preçi, director ejecutivo de ACER, explica que “más del 95% son empresarios locales que han acumulado dinero en otros sectores, principalmente fondos públicos, y una parte de ese dinero procede de sectores del crimen organizado en Albania, como confirman las investigaciones en curso de la Fiscalía Especial contra la Corrupción y el Crimen Organizado (SPAK)”. 

“Es un hecho que —continúa ejemplificando— inmediatamente después de la promulgación de esta ley temporal, se creó la Agencia Costera, la cual asumió las atribuciones de un tribunal y las del gobierno en el sentido de que expropió a agricultores o propietarios de tierras y lotes en la zona costera del país; mientras que, al mismo tiempo, estaban vigentes la ley sobre la restitución y compensación de tierras, la ley sobre tierras agrícolas y la ley sobre las tierras de antiguas empresas agrícolas”. 

Esto ha provocado la ruptura de los vínculos entre los propietarios de tierras, ya sean propietarios hereditarios, propietarios que hayan adquirido tierras agrícolas en virtud de la Ley 7501 o ex empleados de empresas agrícolas, y sus propiedades que luego “se ponen a disposición de ciertos clientes del gobierno”, concluye.

Construcciones en la playa de Jalë. Fotos: Pablo Fernández

En Durrës, el proyecto Durrës Marina ha convertido el antiguo puerto en una ciudad de lujo de más de 790.000 metros cuadrados de viviendas, hoteles, comercios y un puerto deportivo, mientras el puerto mercante será desplazado varios kilómetros al norte con financiación pública. Un proceso que acumula ciertas dudas sobre la concesión del concierto público, que ha llevado a la Fiscalía Especial contra la Corrupción y el Crimen Organizado (SPAK) a incautar la documentación de la licitación para examinar la legalidad del procedimiento. Más al norte, Blue Borgo ocupará 146 hectáreas de litoral en Rrjoll, mientras que el desarrollo previsto en Zvërnec se ubicará en uno de los humedales más importantes del Mediterráneo. Tres proyectos distintos que responden a un mismo modelo de transformación del litoral.

Fue en Zvërnec donde se prendió la chispa de la movilización civil más grande de la década en Albania. Fue un vídeo, viralizado el 23 de marzo, en el que se podía ver a varios agentes de seguridad privada arrastrando a un manifestante que protestaba contra de los proyectos turísticos de esta ciudad, mientras la policía observaba sin intervenir.

En Zvërnec, al suroeste de Albania, donde una estrecha lengua de arena separa las aguas turquesas del mar Adriático de la laguna de Narta, y extensos pinares llegan prácticamente hasta la orilla, se encuentra uno de los enclaves naturales más valiosos del país. Allí, la sociedad Zvërnec South Adriatic Development, constituida en 2024, impulsa un megaproyecto turístico que en sus primeras versiones contemplaba más de 10.000 unidades de alojamiento entre hoteles, villas y residencias de lujo. La empresa está compuesta por Affinity Partners, el fondo de inversión creado por Jared Kushner, en alianza con el grupo empresarial albanés Kastrati Group, propiedad del empresario Shefqet Kastrati, además de otros inversores regionales. 

El complejo se proyecta sobre el entorno de la laguna de Narta, integrada en el delta Vjosa-Narta, uno de los principales humedales del Mediterráneo oriental y área de reproducción de la mayor colonia de flamencos de Albania. Organizaciones ecologistas nacionales e internacionales advierten de que la urbanización supondrá la fragmentación de hábitats protegidos, un incremento de la presión sobre los recursos hídricos y una alteración de las rutas migratorias de cientos de especies de aves.

«El Gobierno ha entendido muy bien la importancia de la costa, del territorio y del desarrollo del sur del país”, asegura la arquitecta Beleri, una estrategia que considera lógica en un país que «no cuenta con una gran industria» y que ha situado al turismo como uno de los ejes de su política económica.

Albania es un país candidato a pertenecer a la Unión Europea (UE). Para completar un proceso de adhesión, que permanece abierto desde que obtuvo el estatus de candidato en 2014, deberá demostrar que ha incorporado y aplica plenamente el acervo comunitario en materia de medio ambiente, especialmente el Capítulo 27 (Medio Ambiente y Cambio Climático). Esto implica adaptar su legislación a las directivas europeas de protección de la naturaleza —entre ellas las Directivas de Hábitats y de Aves—, garantizar la conservación efectiva de los espacios protegidos, prevenir el deterioro de hábitats y especies, y someter los grandes proyectos a evaluaciones de impacto ambiental rigurosas y transparentes. 

Hoy, y debido a la presión que ha ejercido la que ya se conoce como ‘La Revolución de los Flamencos’, el Parlamento Europeo ha aprobado una resolución mediante la cual pide a Albania que suspenda de inmediato los nuevos procedimientos de concesión de permisos, las obras de construcción y cualquier intervención urbanística en las zonas protegidas, expresando una profunda preocupación por la situación en Vjosa-Narta. 

«Creo que Albania va por buen camino con este desarrollo. Quizá ahora no podamos apreciarlo, pero dentro de diez años será un país muy diferente, y espero que para mejor”, sostiene la arquitecta.

Beleri está presente como arquitecta en 12 proyectos turísticos en la costa albanesa; la cuarta arquitecta con mayor presencia en el “desarrollo” del litoral, siguiendo a Compass Studio, estudio que tiene 14 proyectos firmados de los que Anita también forma parte, pues ella fue fundadora. La suma de estos ocupa más de 130.000 metros cuadrados de litoral. 

Rrjoll y la resistencia por la tierra

A unos 120 kilómetros al norte de Tirana, se encuentra Rrjoll, un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Shkodër, con algo más de un millar de habitantes repartidos entre varias aldeas y explotaciones agrícolas. Específicamente, donde se anida el humedal de Rana e Hedhun y donde las dunas se encuentran con el mar Adriático, se instaló el 26 de marzo de 2025, junto a máquinas pesadas y excavadoras, sin previo aviso, la empresa promotora del proyecto Blue Borgo. Esas son tierras ancestrales para el poblado y allí aún se encuentran algunas de las casas de las 13 familias que han vivido por siglos. En las puertas del próximo resort, se manifiestan diariamente ciudadanos que rodean los 60 años. 

Este es el caso de Nicolle Malaj, quien nació en 1955 en una casa de piedra construida por su abuelo, la cual hoy se encuentra aislada por un muro de construcción. Para llegar hay que atravesar la obra que, a primera vista, parece una cantera minera a cielo abierto: solo hay polvo, hoyos de árboles extraídos, maquinaria de construcción, policías, muchos policías y montículos de tierra.

Mientras Nicolle nos guía a la casa donde él, sus ocho hermanos, su padre y sus tíos nacieron, nos dice: «Aquí termina el territorio de la familia Vitaj y comienza el de la familia Keqanaj». Unos pasos más avanzados nos apunta a un árbol seco: «¿Ven el pozo? Es de la familia Pjeshkaj, aquí comenzaban sus tierras, hemos pedido que no lo quiten». Se sabe las divisiones de memoria, y aun, sin los olivos, ni las granadas, ni los árboles de melocotones o el rebaño con el que jugaba en la infancia, los reconoce. 

Unos metros más adelante se posiciona frente al muro, levanta un pie y lo salta con mucha más agilidad que todos nosotros. Viste semiformal, es muy alto, sonriente, de ojos calipso y muy amable. La gente del norte es acogedora y tiene ganas de hablar. 

Dentro de la que fue su casa por 25 años, hasta que el terremoto de 1979 demolió parte de ella, nos apunta a un pequeño artefacto de madera aún en pie:  

—¿Saben para qué es esto? —pregunta.

—No —contestamos.

—Solíamos tener abejas —cuenta mientras recoge un antiquísimo difusor tirado en el piso— aquí les dábamos de beber.

—¿Cómo las controlaban? —preguntó una de nosotras.

—Con experiencia —replicó riendo.

La lucha en Rjoll es por sus tierras. Nicolle debe pedir acceso para entrar a su casa. Su sobrino, que tiene la casa aledaña, ni siquiera tiene esa posibilidad porque tiene una orden de alejamiento de la construcción. 

Nicolle Malaj en el interior de su antigua casa hoy inaccesible por las construcciones de Blue Borgo. Foto: Pablo Fernandez
Nicolle Malaj en el interior de su antigua casa hoy inaccesible por las construcciones de Blue Borgo. Foto: Pablo Fernandez

En el bar del pueblo, un pequeño establecimiento que apenas cuenta con un quiosco, una cafetera y una nevera donde se acumulan refrescos, cervezas y alguna botella de rakkia casera, los vecinos se organizan para las protestas del día contra este proyecto. 

“Desde la desembocadura del río Buna hasta esta zona se considera la Perla del Adriático: Velipoja, Viluni, Rana e Hedhun, Rrjolli y hasta Shëngjin. Tiene una costa que ustedes pueden ir a ver: hay entre 300 y 400 metros de playa de arena. Tenemos un clima mediterráneo, estamos aproximadamente en el paralelo 42 y las temperaturas suelen oscilar entre los 25 y los 40 grados centígrados, e incluso más. Estas condiciones se dan desde mayo hasta octubre. Eso significa que la temporada de playa es mucho más larga que en otros lugares”, nos explican con el fin de que entendamos por qué estos inversores quieren construir aquí, cueste lo que cueste. 

Sostienen que los terrenos sobre los que se proyecta el complejo turístico pertenecen históricamente a alrededor de 60 familias del pueblo. Según denuncian, durante el proceso de restitución de la propiedad tras la caída del comunismo, varias parcelas fueron inscritas en el registro de la propiedad mediante documentación que consideran falsificada y, posteriormente, vendidas a la promotora del proyecto. Los afectados aseguran que nunca autorizaron esas ventas y que sólo descubrieron que las tierras ya no figuraban a su nombre cuando comenzaron las obras. La disputa ha llegado hasta SPAK, donde los vecinos han solicitado que se investiguen las presuntas irregularidades registrales y administrativas.

Los habitantes de Rrjoll viven sobre unas tierras que, según sostienen, pertenecen a sus familias desde la época del Imperio Otomano —del que Albania formó parte entre finales del siglo XV y la proclamación de su independencia en 1912—. “La  historia no empieza hoy porque uno vea a unas cuantas personas; aquí generaciones enteras han nacido, vivido, muerto y han sido enterradas en esta tierra”, se quejan en la manifestación.

El proyecto Blue Borgo, promovido por el grupo constructor Gener 2, propiedad del empresario Bashkim Ulaj junto a sus hermanos Astrit y Ahmet Ulaj, prevé una inversión cercana a los 280 millones de euros. Ulaj ha sido señalado por concesiones corruptas, falsificación de documentos y adjudicación de permisos por sus relaciones cercanas con la exviceprimera ministra Belinda Balluku. Este proyecto, diseñado por el estudio italiano Stefano Boeri Architetti, ocupará alrededor de 146 hectáreas de litoral entre Rana e Hedhun y Rrjoll e incluirá 33 edificios, hoteles de hasta diez plantas, villas privadas y apartamentos turísticos, con una superficie edificada de más de 130.000 metros cuadrados, convirtiéndose en uno de los mayores desarrollos turísticos del norte de Albania.

Las denuncias cuestionan la legalidad de los permisos administrativos y de la tramitación urbanística, al considerar que las obras comenzaron antes de que toda la documentación estuviera plenamente publicada y disponible. 

En el plano ambiental, el complejo amenaza uno de los últimos tramos prácticamente intactos de la costa adriática albanesa, integrado en el ecosistema protegido de Buna-Velipojë y reconocido como Sitio Ramsar, Key Biodiversity Area (KBA) y parte de la Red Emerald, por su importancia para aves migratorias, humedales costeros y sistemas dunares de alto valor ecológico.

Cuando los vecinos terminan de organizarse en el bar, ponen rumbo a la construcción del que será el resort Blue Borgo, policías esperan para no dejar a los vecinos llegar a las que, en algún momento, fueron sus tierras: “Queremos dejar claro que esto no es simplemente una protesta, esto es una resistencia. Una resistencia significa que vienen hasta aquí, a tu propia casa, al lugar donde vives, y tú te enfrentas a ellos para defender lo que consideras tu derecho”.

El conflicto por la tierra en Albania tiene raíces profundas. Tras la llegada al poder de Enver Hoxha en 1944, este régimen comunista de corte estalinista inició un proceso de colectivización que se alargó durante las décadas de 1950 y 1960, nacionalizando prácticamente todas las propiedades agrícolas. Las tierras familiares pasaron a manos del Estado o de cooperativas agrícolas. Según denuncian hasta la actualidad, “el propio Estado albanés conserva documentos que demuestran que esas propiedades fueron expropiadas a estos habitantes y registradas a nombre del Estado. Registrando cuántas cabezas de ganado tenía cada familia, cuántos pastos utilizaba, cuántas tierras cultivaba, cuántas hectáreas poseía”. 

Con la caída del régimen en 1991, Albania inició un complejo proceso de restitución y privatización, pero la Ley 7501 de 1991 redistribuyó buena parte de ellas entre quienes las trabajaban en ese momento, generando una superposición de títulos entre antiguos propietarios, nuevos beneficiarios y el propio Estado. Según nos explican, “la suma de todos esos registros de expropiación que hoy figuran en los archivos del Estado albanés coincide con la superficie del territorio sobre el que estas familias reclaman derechos de propiedad”. 

La situación se agravó tras el colapso financiero provocado por las pirámides ponzi de 1997, cuando el debilitamiento institucional favoreció ocupaciones informales y registros contradictorios. Así, miles de litigios sobre la propiedad continúan abiertos tres décadas después, y suponen un terreno fértil para conflictos asociados a grandes proyectos urbanísticos y turísticos.

En la lucha por las tierras, los pobladores respaldan su resistencia con estas actas del proceso de colectivización y con las actas eclesiásticas de las mismas familias que, siglos atrás, nacieron, se bautizaron, contrajeron matrimonio o murieron allí. Sin embargo, hoy, con casas construidas, no pueden legalizarlas ya que el Estado no les responde, algo extraño, considerando que el resort lo consiguió en pocos meses.

Ya nada protege a Vjosa – Narta

En el paralelo 40°, tres pasos bastan para separar las tierras protegidas de las recientemente privatizadas donde se está construyendo un nuevo aeropuerto internacional. Específicamente, un canal divide una casa agrícola de los terrenos en obra, el verde del blanco grisáceo. 

Para llegar aquí tuvimos que abandonar las playas arenosas con orillas casi infinitas del norte hacia el sur, donde las orillas son cada vez más rocosas y el agua tiene un color más turquesa y con mareas tranquilas —siempre y cuando no sople un viento fuerte de poniente. Y justo ahí, donde el paisaje cambia, están el valle y la laguna de Vjosa-Narta, el centro de las protestas de la Revolución de los Flamencos.

El valle y la laguna del Vjosa Narta está situado en la desembocadura del río Vjosa, el cual forma un delta natural. Caminando por la laguna, Zydjon Vorpsi, coordinador del programa de conservación de aves de Protección y la Preservación del Medioambiente en Albania (PPNEA) nos explica: “Es uno de los lugares más singulares e importantes del Mediterráneo y de Albania. ¿Por qué? Porque alberga una gran cantidad de vida silvestre y biodiversidad. Es una parada clave para las aves que siguen la Ruta Migratoria del Adriático, que vienen de África a Europa y pasan por aquí para alimentarse, descansar o reproducirse”. 

El paisaje protegido alberga humedales, dunas, bosques costeros, lagunas, flamencos rosados, pelícanos dálmatas, tortugas bobas y la foca monje del Mediterráneo, una de las especies marinas más amenazadas del mundo. Específicamente, Vjosa Narta llega a albergar más de 2.000 flamencos rosados —algunos censos recientes han llegado a contabilizar más de 5.000 individuos— durante los picos de las migraciones de primavera y otoño. 

Mientras estos flamencos vuelan en bandada a nuestras espaldas, Vorpsi enfatiza sobre los delta: “Son la primera línea de defensa que protege a las ciudades de los alrededores frente a desastres naturales como las inundaciones o la subida del nivel del mar. Además, proporcionan alimentos, materiales como la madera, oxígeno y una gran variedad de servicios ecosistémicos”.

Flamencos volando en la Laguna Narta. Foto: Pablo Fernández
Flamencos volando en la Laguna Narta. Foto: Pablo Fernández

“Este espacio natural, este paraíso natural, está, de hecho, abocado a la destrucción debido a su transformación en zonas urbanizadas. Todo comenzó con un aeropuerto cuyas obras se iniciaron en 2021 sin la correspondiente licencia de obras. Y ahora, en la zona costera de este humedal, se están planificando complejos turísticos que, en realidad, no son complejos turísticos. Podríamos llamarlos ‘nuevas ciudades’, ya que se han previsto decenas de miles de viviendas que darán cabida a más de 30.000 personas”, lamenta Vorpsi.

En 2021 se dio luz verde al proyecto del aeropuerto internacional de Vlorë con la firma del contrato de concesión entre el Gobierno albanés y el consorcio adjudicatario integrado por Mabco Constructions S.A., del grupo Mabetex, propiedad del empresario kosovar Behgjet Pacolli, uno de los empresarios más influyentes de los Balcanes, y quien fue presidente y ministro de Asuntos Exteriores de Kosovo; la constructora turca YDA İnşaat Sanayi ve Ticaret A.Ş. y la albanesa 2A Group Sh.p.k., culminando un proceso iniciado con la Ley 81/2017 sobre áreas protegidas y sus posteriores modificaciones, aprobadas por el Parlamento albanés pese a las advertencias de organizaciones civiles y ecologistas. La norma otorgó al Consejo Territorial Nacional amplias competencias para autorizar proyectos dentro de áreas protegidas sin necesidad de consulta pública y, con las últimas enmiendas, permitió además a los ayuntamientos gestionar parte de estos espacios para promover desarrollos turísticos de alto nivel. 

Posteriormente, una decisión del Consejo de Ministros modificó los límites del paisaje protegido Vjosa-Narta para excluir del perímetro protegido los terrenos donde se proyectaba el aeropuerto. De este modo, la infraestructura quedó formalmente fuera del área protegida, aunque rodeada por ella y a escasos metros de la laguna. Apenas unos meses después, el 28 de noviembre de 2021, comenzaron oficialmente las obras, mientras que la declaración ambiental no se emitió hasta el 6 de diciembre, días después del inicio de los trabajos, una circunstancia que alimentó las críticas sobre la tramitación del proyecto. 

Desde entonces, la Comisión Europea y el Convenio de Berna han cuestionado reiteradamente la compatibilidad del aeropuerto con la legislación ambiental europea y han solicitado la paralización de las obras, aunque el Gobierno albanés ha mantenido su construcción al considerarlo un proyecto con el que se potenciará aún más el desarrollo turístico del país. El aeropuerto que proponía abrirse inicialmente en 2023, ha pospuesto su inauguración tres veces. Sigue cerrado. 

El último pastor de Palasë

300 días de sol prometen los anuncios del mega resort Green Coast, y es probablemente cierto. En las costas albanesas, bañadas por el mar Adriático, el buen tiempo premia usualmente, aunque el mar apenas logra imponerse sobre la sucesión de edificios en construcción del resort. Hoy no es el caso, a 31 de marzo, Himarë luce oscuro, blanco y frío. La lluvia no cesa, la neblina sube junto al viento y los bosques nativos se sienten como un día de junio en Valdivia, Chile, o uno de febrero en Lugo, España. No huele a mar ni a sal, sino a tierra mojada y hojas aplastadas. 

Vinimos a filmar la megaconstrucción de Green Coast 3, pero aquí no están haciendo ningún resort, esta es una ciudad privada para oligarcas. Son unos 72 kilómetros los que separan Vlorë de Himarë, trayecto que hoy puede recorrerse en algo más de una hora gracias al túnel de Llogara —otro proyecto concebido por el gobierno de Rama como una gran infraestructura para impulsar el turismo y que está rodeado de denuncias por presuntas irregularidades en su adjudicación y sobrecostes que hoy investiga SPAK —. Hasta 2024 había que invertir cerca de dos horas entre curvas que recorrían esta montaña que separa ambos municipios. 

Conducimos entre calles todavía vacías de la urbanización, flanqueadas por promociones protegidas tras grandes vallas publicitarias. Dejamos atrás los carteles que anuncian la futura apertura de un hotel de cinco estrellas de la cadena Hyatt y aparcamos frente al solar donde se levantará el establecimiento que gestionará la española Meliá Hotels International, en primera línea de playa. La compañía se ha convertido en uno de los principales operadores hoteleros internacionales del auge turístico albanés. Actualmente explota dos establecimientos en el país: Meliá Durrës Albania y Sol Tropikal Durrës, construido sobre el bosque litoral de Mali i Robit, cuya transformación fue denunciada por organizaciones ecologistas debido a la pérdida de masa forestal y la ocupación de la primera línea de costa. 

En el paralelo 41° a 200 kilómetros al norte de Green Coast se encuentra Meliá. En esta época es un resort desierto; puedes entrar, deambular por las piscinas, incluso ingresar a los pasillos y echarle un vistazo a las habitaciones. Es como caminar por un render recién hecho en gafas de realidad virtual. Argim lleva dos años trabajando para Meliá —por respeto a su trabajo hemos cambiado su nombre y no especificaremos su puesto de trabajo— es sonriente y tiene la cara roja como gamba debido al sol. Él dice que se siente feliz por este trabajo, ya que, gracias a los grandes resorts, el pueblo ha podido quedarse a vivir. Nos explica que con el trabajo no hay necesidad de migrar, “si vienes a mediodía en las casas no encontrarás a nadie, tu hija, tu esposa, toda tu familia está aquí trabajando”.  

Antiguamente todo eso era bosque y todas estas playas eran de ellos; hoy son propiedad privada.  Argim calcula que quedan unos 35 metros de playa libres, pero ellos van a la zona privada porque “son albaneses y merecen reposeras”, según dice entre risas, reposeras que se pagan. Sin embargo, en la barra les dejan tomar el café gratis por ser trabajadores. 

Meliá ya ha anunciado 14 nuevos proyectos, el Blue Borgo de Rjoll, entre ellos.

En el punto de venta nos han explicado que Green Coast 1 es completamente privada y exclusiva para una comunidad a la que se le vendió directamente. 

—¿Dua Lipa tiene una casa allí? —preguntamos.

—Sí —contestó el atendente

Nos cuentan que la fase 2 de Green Coast está al 50% vendida y Green Coast 3 al 25%. Con un sistema de arriendo para facilitar el lucro entre propietarios, al que solo unos pocos, con mucho dinero, podrán acceder y pocos serán albaneses.  

En el terreno aledaño a Green Coast 3 se instalará una estructura hotelera de la empresa Aqua Marin, con su permiso aprobado en 2020 y luego una enmienda de expansión de construcción en 2021, contará con 6 zonas y se levantará con 9.307 metros cuadrados de construcción. Empresa copropietaria de Green Coast 3.  

Nos disponemos a seguir nuestro itinerario hacia el sur cuando una pequeña casa de piedra, justo a la salida de Green Coast, nos llama la atención. Es una construcción aislada en la ladera al otro lado de la carretera que sale del túnel de Llogara; estas cuatro paredes de piedra, una camioneta azul y cuatro búnkers casi completamente enterrados esperan bajo la lluvia, mientras dos cachorros juegan en sus alrededores. Nos bajamos del coche para entender cómo este oasis, aún verde, resiste rodeado de las grúas y las excavadoras que dan forma a las construcciones que se levantan a lo largo de todo el litoral. 

Pais de búnkeres en Mali I Robit. Foto: Pablo Fernández
Pais de búnkeres en Mali I Robit. Foto: Pablo Fernández

Allí está Tanush Bodoj, un hombre de unos 60 años, es pastor y está esperando que el rebaño vuelva de la alta montaña, los dos cachorros son sus perros de ganado. “Menos mal que me habéis pedido permiso, si no os habrían atacado”, bromea. 

Tanush nos cuenta que lleva pastoreando estas tierras por casi 30 años. En 1997 arrendó al Estado las laderas que descienden hasta el mar. Llegó a pastorear entre 100 y 120 hectáreas, que incluían la zona donde hoy se levanta Green Coast, y a criar más de 2.000 cabezas de ganado entre cabras, ovejas y vacas. Hoy conserva unas 700, limitadas únicamente a los terrenos que quedan por encima de la carretera. Las tierras que se extendían hacia la playa desaparecieron bajo el hormigón, una “betonización” de lo que fueron, de alguna manera, sus tierras, porque la tierra es de quien la trabaja.

“Todo eso que antes era verde, ahora es hormigón”. No se opone al desarrollo. Insiste en ello varias veces durante la conversación. «Hay espacio para el desarrollo y también para el pastoreo», dice. Lo que denuncia es que nunca fueron consultados. «Nadie nos preguntó. Si lo hubieran hecho, les habríamos dicho que había sitio para todos.” 

Tanush no es el único afectado. El hombre nos cuenta que alrededor de 2.000 ganaderos han visto reducidos o desaparecidos sus pastos a medida que la costa se urbanizaba. En municipios como Palasë o Dhërmi, parte también del condado de Himarë, donde hace apenas unas décadas pastaban miles de animales, hoy queda un solo rebaño. El suyo.

Tanush Bodoj no es cualquier pastor:

—¿Se puede decir que eres el último pastor de Palasë? —preguntamos tras conocer su historia. 

—Sí, esa es la verdad— contesta. 

Su teléfono, asegura, no deja de sonar. Vende directamente a vecinos y clientes que buscan sus productos. Leche, queso, cabritos y estiércol para fertilizar los campos. Toda una economía local que, explica, depende de que el ganado siga teniendo dónde alimentarse. «La costa solo vive del turismo tres meses al año; la vida continúa los doce meses», nos cuenta mientras que sus manos gruesas y sucias, típicas de cualquiera que vive en el campo, desliza las cuencas de su kombolói, una cadena de cuentas cerrada, parecida a un rosario pero sin finalidad religiosa, sino hecha con fines lúdicos, o para mantener la cabeza activa, como nos confiesa él. 

Su historia es también la de la transformación de la riviera albanesa. Empezó a pastorear con 13 años por necesidad, siguiendo el oficio heredado de sus abuelos. Hoy, después de 43 años dedicado al ganado, sabe que probablemente será el último. Sus dos hijos conocen el oficio, pero trabajan manejando excavadoras, esas que construyen los resorts que le han quitado al ganado de su padre donde alimentarse, y claramente, no pretenden seguir con su oficio. Cuando se jubile, las 700 cabezas de ganado se venderán para carne si nadie toma el relevo. Él no cree que nadie lo tome. «El nieto mira al padre».

Pero la historia del último pastor de Palasë, puede que uno de los últimos de toda Albania, es también el reflejo de la resistencia de los albaneses contra las consecuencias del turismo. Durante las obras del Green Coast consiguió mantener el acceso al manantial del que bebe su ganado. «No les dejé hacer lo que querían», cuenta. Cree que, de haber necesitado también ese terreno, habrían acabado ocupándolo. «Aquí manda el más fuerte».

Kuç y Tragjash, de donde bebe el turismo 

Los resorts no solo necesitan suelo sobre el que levantarse; también requieren carreteras, electricidad y, sobre todo, agua. A medida que el hormigón avanza sobre la costa, la presión se desplaza hacia el interior, donde nacen los ríos y los manantiales que durante generaciones han abastecido a pueblos, cultivos y ganado. El conflicto deja entonces de ser únicamente una disputa por el territorio para convertirse en una lucha por los recursos naturales que hacen posible la vida.

Porque, cuando ya no queda suelo que conquistar, la batalla se libra por aquello que mantiene viva la tierra.

Sabiendo esto, seguimos la carretera, esta vez alejándonos de la costa para adentrarnos en las montañas del valle del río Shushica. Primero llegamos a Kuç y, más tarde, a Tragjas, dos pequeños pueblos separados por pocos kilómetros. 

Ambos se encuentran en el centro del proyecto impulsado por el Gobierno albanés para construir un nuevo sistema de abastecimiento destinado a la riviera. La infraestructura prevé captar agua del río Shushica —el principal afluente del Vjosa y parte de su Parque Nacional— y de los manantiales de Tragjas para conducirla, mediante una tubería de 500 milímetros de diámetro, hasta los municipios costeros de Dhërmi, Palasë e Himarë. Según la documentación oficial, el sistema transportará 260 litros de agua por segundo para garantizar el suministro de una costa donde, en apenas unos años, se han autorizado más de dos millones metros cuadrados —alrededor de 200 hectáreas— de nuevos complejos turísticos. 

En Tragjas, la carretera termina junto a un pequeño jardín con un manantial de aguas turquesas. Un paraíso, por suerte, aún escondido, donde se levanta un cartel que en albanés dice “No robar el agua de los manantiales de Tragjash”. Allí nos recibe uno de los portavoces de la plataforma vecinal,  Xhuliano Kabello, tiene 32 años, nació aquí y decidió quedarse para levantar un pequeño hotel familiar. “Lo único que estamos defendiendo es un recurso que para nosotros es vital”.

Manantiales de Tragjas. Foto: Pablo Fernández
Manantiales de Tragjas. Foto: Pablo Fernández

Estamos rodeados de varios árboles ya que, hasta hace pocos años, explica, sus copas cubrían de sombra todo este jardín. Era el lugar donde los vecinos celebraban el kuvend, la asamblea tradicional albanesa en la que se discutían los asuntos del pueblo, donde los hombres jugaban a las cartas durante las tardes de verano y donde generaciones enteras crecieron alrededor del agua que brota de los manantiales. Hoy apenas quedan los troncos. No hay pruebas, pero los vecinos están convencidos de que han sido envenenados porque “si los árboles siguieran vivos no podrían autorizar determinadas obras”, dice Xhuliano. Este es el inicio de la transformación.

La preocupación va mucho más allá del paisaje. El proyecto va a desviar más de 22 millones de litros de agua al día desde los manantiales de Tragjas hacia la riviera albanesa mediante la tubería de 500 milímetros de diámetro, que ya se puede ver instalada en el manantial. “Han construido tres ciudades —refiriéndose a los resorts turísticos— sin preguntarse primero de dónde iba a salir el agua”, se queja el hombre.

En Kuç, donde el Shushica todavía conserva el aspecto de un río salvaje, nos espera Astrit, uno de los representantes de la resistencia vecinal. Su relato comienza mucho antes de que aparecieran las excavadoras. Recuerda que la idea de desviar el agua ya se había planeado durante el régimen comunista, pero fue descartada después de que dirigentes locales convencieran a Hoxha de que Himarë disponía de recursos hídricos suficientes. En 2019 el Gobierno recuperó el plan.

Como en Rjoll, como en Tragjash, en Kuç también supieron del proyecto “cuando vimos aparecer las tuberías”, recuerda Astrit. Para ellos, el problema trasciende la construcción de una infraestructura hidráulica. “El agua es lo único que puede mantener vivos estos pueblos. 

“Sin agua no habrá agricultura, no habrá ganado”, dice Astrit, “sin agua nadie volverá. Puedes tener una casa, puedes tener tierras, pero si desaparece el agua, desaparece cualquier posibilidad de futuro”. 

Los vecinos en ambos pueblos recuerdan que el caudal disminuye cada verano y que ese aporte de agua dulce también alimenta la bahía de Vlorë y los ecosistemas que dependen de ella. “Sin ese río, el mar cambia. El agua se calienta. Los peces desaparecen. Todo está conectado”, se lamenta Xhuliano. 

Lo más difícil, reconoce Xhuliano, es que cada vez quedan menos personas para resistir.

Los que quedan

Albania es un país de emigrantes. Durante el régimen de Enver Hoxha, la protección de las fronteras externas era tan esencial como la represión de la oposición interna. Por ello, se crearon unas Fuerzas Fronterizas con el objetivo de impedir la fuga de ciudadanos. 

Durante nuestra estadía en Tirana visitamos el museo de Bunk’Art 2, en el centro de la ciudad. Allí se cuenta que, según los datos difundidos en 1990 por el Ministerio del Interior, a partir de 1949 unas 1.000 personas de origen albanés fueron asesinadas por las Fuerzas Fronterizas mientras intentaban cruzar ilegalmente las fronteras del país. Asimismo, sobre las detenciones realizadas por motivos políticos durante el período 1949-1990, se muestra que, de 1953 a 1961, la principal causa de las detenciones en campamentos de trabajos forzados fue el intento de huir cruzando las fronteras. Este patrón se repitió también en los períodos 1962-1967 y 1983-1989.

A día de hoy, la migración ya no se arraiga bajo un desplazamiento forzado por la dictadura, sino que tiene razones económicas. Desde la década de 1990, Albania ha perdido más de 700.000 habitantes y, según el censo de 2023, el país cuenta con 2,4 millones de habitantes, cerca de un 14% menos que en el censo de 2011. Quienes decidieron no irse, hoy luchan deseando dejar una tierra llena de recursos naturales para quienes algún día quisieran volver, quizás sus hijos o quizás sus nietos. La lucha ambiental en Albania tiene cara de poblador de la tercera edad.

Esta es la preocupación que hemos visto de norte a sur, en Rjoll lo resumen de la siguiente manera: “La pregunta no es cuánta gente vive hoy aquí. Puedes estar viviendo en España y seguir siendo propietario de estas tierras. Lo importante es que sigues siendo heredero de ellas”. En palabras de Aurora, residente de Rjoll, “Si no tenemos futuro nosotros, ¿cómo lo va a tener la infancia?”. 

Para Zana de 16 años  —a pesar de que la entrevista fue realizada en presencia de su madre, su nombre ha sido cambiado por respeto a su privacidad—, la respuesta es la naturaleza. “Aunque otras personas, primos o amigos me incitaran a vivir en otro país o en otro sitio, yo no aceptaría”, cuenta. Este pueblo es su tierra, lo describe como un sitio muy bonito donde puede convivir cerca de la naturaleza y de los animales. Es en este pueblo de montaña donde ha crecido y donde pretende volver cuando acabe sus estudios. 

Aquí trabaja en la posada de su familia durante el verano y ha creado una pequeña cuenta de Instagram para difundir la riqueza medioambiental de su zona, en contra de la industrialización. La conexión de su alma con la tierra comenzó en la cosecha de olivos, dice, sus padres la llevaban a los pocos años de edad y ella siempre se quedaba dormida entre las plantas. Ese es su hogar. 

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