Si un cuarto de las 1300 millones de toneladas de comida que se desecha cada año se recuperara, podrían alimentarse los 870 millones de personas que pasan hambre en el mundo. El reportero Santiago Rosero descubre en París a Freegan Pony, un restaurante que combate el desperdicio de alimentos.

Al interior de este mastodonte de 800 metros cuadrados, con las paredes en bloque y cemento crudo y el techo alto como en un hangar, siempre parece de noche.

Es un antiguo depósito de material ferroviario que queda en la zona de La Villete, al extremo norte de París, y que está ubicado, como un pilar de soporte, bajo un tramo elevado de la autopista periférica que circunda la ciudad.

Alrededor hay un barrio desangelado colmado de bloques de viviendas populares, intenso tráfico vehicular, inmigrantes sirios que de día piden limosna a los conductores, y prostitutas que de noche se calientan el cuerpo con fogatas encendidas en toneles de aceite.

Allí, en lo que desde el exterior parece un despojo del urbanismo, funciona Freegan Pony*, un restaurante que opera bajo principios del freeganismo, término –del inglés freeganism– que designa un estilo de vida que evade el consumismo capitalista y cuyo principal combate es contra el desperdicio de alimentos.

–El objetivo es sensibilizar a la gente sobre ese tema –dice Aladdin Charni, 32 años, fundador del proyecto. Estoy consciente de que nuestro impacto es muy limitado, pero son pequeñas victorias como estas las que hacen avanzar las cosas.

Aladdin Charni lleva la barba crecida con desorden, su melena crespa sujeta en un moño y su estilo de vestir street wear es bastante cuidado. En su vida anticonsumista, lo único que compra es ropa.

Vive desde hace nueve años como un okupa y desde hace siete es freegano; es decir, que se alimenta esencialmente de productos que recupera de los basureros al exterior de los supermercados. Antes de dar vida al Freegan Pony trabajaba como recepcionista en un hotel de lujo, pero cambió la seguridad de un sueldo fijo por la emoción de un proyecto en construcción.

–Va a llegar un momento en que deba encontrar un modelo económico para mi vida, pero por ahora no me preocupo; además, no necesito mucho para vivir.

Varios voluntarios ayudan a servir los platos. Todos participan por convicción, ninguno recibe un pago. Foto: Santiago Rosero

Varios voluntarios ayudan a servir los platos. Todos participan por convicción, ninguno recibe un pago. Foto: Santiago Rosero

El freeganismo emergió en Estados Unidos a mediados de los 90 desde los movimientos ambientalistas y antiglobalización. Aunque en su acepción más amplia abarca todos los aspectos de la vida, su enfoque está en la alimentación. El único documento que lo aborda con pretensiones formales, un manifiesto escrito en 1999 por Warren Oakes, ex baterista del grupo de rock Against Me!, lo define como un modo de alimentación gratuito y vegano, pero en la práctica la mayoría de freeganos –como ilustran los documentales estadounidenses Dive! y Just eat it– comen todo lo comestible que ofrecen los basureros.

Hace cinco años, en una de las tantas viviendas comunales por las que Charni ha pasado, conoció a varios okupas ingleses que practicaban el freeganismo alimentario.

–Un día me encontré junto a ellos buscando comida en los basureros de los supermercados, y así se convirtió en mi manera de alimentarme y de consumir. Hace un tiempo recordé que cuando yo y mis hermanos éramos niños y vivíamos en Lyon, mi mamá también recogía comida de la basura para darnos de comer. Veo esto como algo muy natural: me parece muy natural aprovechar los alimentos que todavía están en buen estado.

Las cifras sobre el desperdicio alimentario a escala mundial no son definitivas, sin embargo, en el estudio más abarcador realizado hasta el momento –2011– la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que, a nivel global y considerando todas las fases de la cadena –producción, almacenaje, transportación y consumo–, se desperdician cada año 1300 millones de toneladas de comida: un tercio de todo lo que se produce para el consumo humano.

Si solo un cuarto de esa cantidad se salvara, podrían alimentarse los 870 millones de personas que pasan hambre en el mundo. La FAO sugiere tomar en cuenta la distinción entre la pérdida de alimentos (food loss) y el desperdicio alimentario (food waste).

La primera categoría se refiere a las pérdidas que se producen durante las fases de siembra, cosecha, almacenamiento y primera transformación agrícola; y la segunda a los desechos que resultan del procesamiento industrial, la distribución y el consumo final.

Para el postre, pastel de manzana con crumble de cacao. Foto: Santiago Rosero

Para el postre, pastel de manzana con crumble de cacao. Foto: Santiago Rosero

Mientras que en los países en desarrollo el problema se concentra mayoritariamente en la pérdida de alimentos por cuestiones financieras, administrativas y técnicas, en los países desarrollados el problema es el desperdicio alimentario, relacionado con los hábitos de consumo y la cultura alimentaria de los individuos. Esto con frecuencia desemboca en la llamada “mala gestión del refrigerador”: tiramos comida porque compramos en exceso, porque nos volvemos víctimas de las fechas de expiración –que en realidad señalan un periodo de calidad óptima pero no implican riesgos sanitarios–, porque nos desanima su aspecto desgastado, porque no sabemos darle un uso digno, porque no tenemos conciencia del impacto.

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Aladdin Charni camina con el radar encendido por si logra avistar un nuevo lugar.

–Tengo el ojo entrenado para eso –dice.

Así identificó en 2014 un antiguo matadero de caballos en el distrito 15 y lo convirtió en el Pony Club, epicentro de las más sonadas fiestas alternativas de ese año. A inicios de 2015 ocupó unos baños públicos abandonados en el distrito 10, y en el de mujeres montó una galería de arte y en el de varones una pista de baile. Ambas aventuras duraron poco, lo que tardó la policía en descubrirlas y arruinar la fiesta.

Así también identificó, a mediados de 2015, el ex depósito donde hoy funciona el Freegan Pony. Lo contorneó para saber por dónde se podía entrar y se encontró con un portón enorme que no tuvo que forzar porque un amigo suyo, especialista en cerraduras, trajo una llave maestra y lo abrió como si fuera el de su casa. Un okupa experimentado suele tener entre sus amigos a un hábil cerrajero.

Desde su apertura en el otoño de 2015, hacia las 9 de la noche de viernes a lunes, el Freegan Pony luce copado. En el comedor hay once mesas y unas ochenta sillas y sillones disímiles en tamaño y aspecto, todos vetustos pero servibles, donados por Emmaüs, una organización de asistencia social que recupera objetos viejos para darles nueva vida.

Una fauna vistosa de estudiantes, hipsters y otros alternativos, familias con niños y ejecutivos salidos de empresas esperan bajo una tenue luz anaranjada que logra crear un ambiente acogedor, a que desde el mostrador alguien grite su nombre y les entregue un plato de comida vegetariana preparada con alimentos que estaban destinados a la basura.

Los alimentos son recuperados principalmente de Rungis, el mercado mayorista más grande del mundo, que queda a media hora hacia el norte de París.

Hacia las 21:00 horas, el restaurante luce lleno. Es común que las mesas sean compartidas por varios grupos de personas. Foto: Santiago Rosero

Hacia las 21:00 horas, el restaurante luce lleno. Es común que las mesas sean compartidas por varios grupos de personas. Foto: Santiago Rosero

Es un viernes de inicios de enero de 2016. Una camioneta destartalada y con la carrocería cubierta de graffitis, sobreviviente de lo que Charni pudo comprar con las ganancias de sus anteriores proyectos culturales, sale del restaurante a las siete de la mañana.

El mercado de Rungis es una ciudad comercial de 232 hectáreas donde solo el sector de frutas y legumbres, el más grande del lugar, ocupa once edificios. Charni logró convenios con un par de comerciantes para que le donaran parte de los productos que han sido desechados.

–En las frutas y legumbres se desperdicia entre el 3 por ciento y el 5 por ciento, lo cual es bastante para el volumen que manejamos –me dijo esa mañana Ange Tomime, uno de los comerciantes del mercado. Eso se debe, sobre todo, a imperfecciones estéticas, pero la mayoría es consumible. Por ejemplo, nadie va a querer comprar una coliflor que está perfecta por dentro pero que empieza a tener las hojas amarillas, y vamos a tener que tirarla a la basura.

En Francia, las acciones orientadas a incentivar la productividad y mejorar la sanidad alimentaria tienen una constante presencia en la agenda pública, pero el desperdicio de alimentos apenas empieza a ser motivo de preocupación oficial.

El 3 de febrero de 2016, la Asamblea Nacional adoptó una ley que impide a los supermercados tirar a la basura la comida no vendida o volverla no apta para el consumo, por ejemplo rociándola con cloro, como solía hacerse. La ley también obliga a los distribuidores a establecer convenios con asociaciones caritativas para entregarles la comida sobrante, y a los industriales de la agroalimentación les permite ahora donar los productos que los supermercados no aceptaban, principalmente por tener fallas de aspecto o por inconvenientes de logística.

Hasta ahora, por ejemplo, si una carga de alimentos llegaba tarde al supermercado o si los paquetes estaban mal etiquetados, se iban a la basura aunque el contenido estuviera fresco. Por esa razón, unos 30 millones de botes de yogur eran destruidos al año.

Los alimentos que ahora no podrán tirarse se destinarán al consumo humano, a la alimentación animal y a la producción de energía. Se trata de la primera ley de este tipo que se adopta en el mundo, y los diputados franceses que la impulsaron esperan que se la replique en toda la Unión Europea.

Los alimentos que ahora no podrán tirarse se destinarán al consumo humano, a la alimentación animal y a la producción de energía. Se trata de la primera ley de este tipo que se adopta en el mundo, y los diputados franceses que la impulsaron esperan que se la replique en toda la Unión Europea.

Aladdin Charni espera en la entrada del mercado de Rungis, donde recibirá la mercancía. Foto: Santiago Rosero

Aladdin Charni espera en la entrada del mercado de Rungis, donde recibirá la mercancía. Foto: Santiago Rosero

En el mercado de Rungis, la cantidad de comida que diariamente se tira aún a la basura es abrumadora. Las cajas con alimentos, muchos rescatables y otros ya podridos, se apilan hasta casi topar el techo en los accesos a varios de los hangares. Ahí las cargan los camiones contratados por los vendedores para que se las lleven a los vertederos.

A nivel global, el volumen de alimentos desperdiciados representa 990 mil millones de dólares al año, siete veces más que lo dedicado a la ayuda al desarrollo en el mundo en 2014.

El 40 por ciento de la tierra, el 70 por ciento del agua potable y el 30 por ciento de la energía del planeta son usados para producir alimentos, cada pieza de comida desechada se lleva una parte considerable de esos recursos. Desperdiciar un filete de carne equivale a hacer circular un automóvil cinco kilómetros, o a tener encendida una lámpara de 60 watts durante 70 horas, o a hacer funcionar una máquina lavaplatos cuatro veces.

Después de los autos, el sistema de producción de alimentos usa más combustibles fósiles que cualquier otro sector de la economía mundial. Y ya en los vertederos, los desechos alimentarios ocupan la mayor parte de lo que allí se acumula. Su descomposición genera metano, el gas de efecto invernadero que más contribuye al cambio climático.

De acuerdo al estudio de la FAO, en Norteamérica se desperdician, a lo largo de toda la cadena, el equivalente a 295 kg por persona al año. De ellos, 110 kg corresponden a lo tirado directamente por los consumidores en sus hogares. En Europa son 280 kg en total y 90 kg por cada individuo, y en América Latina 225 kg y 25 kg, respectivamente. Las cifras confirman que, en proporción, el problema es mayor en los hogares de Norteamérica y Europa, donde a la cabeza del desperdicio se ubica el Reino Unido con el equivalente a una lata de frijoles al día.

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Tras la recolección de alimentos en el mercado de Rungis, la camioneta del Freegan Pony parte cargada a tope. Ha sido un buen día. Hay cajas de melones verdes, coles blancas, brócolis romanescos, tomates y mandarinas. En el camino de regreso, Charni envía un mensaje de texto al chef que dirigirá la cocina esta noche para indicarle lo que logró recuperar. Lo que sigue será una conjunción de creatividad culinaria y buena energía.

Tras la barra del Freegan Pony, varios voluntarios preparan el servicio de la noche. Foto: Santiago Rosero

Tras la barra del Freegan Pony, varios voluntarios preparan el servicio de la noche. Foto: Santiago Rosero

En la cocina del Freegan Pony, donde el equipamiento también es de medio uso y las instalaciones bordean lo precario –lavabos que por momentos se desbordan, conexiones eléctricas con baja potencia– trabajan un cocinero jefe distinto cada noche y un número variable de voluntarios de diversas edades. Entre los jefes de cocina no todos son profesionales, y entre los voluntarios hay desde estudiantes menores de edad hasta ejecutivos de empresas en apariencia distantes de los valores que promueve el proyecto.

–Me gusta el espíritu del lugar y la meta que persigue –dice Agathe Dandelot, agente comercial en una compañía de productos sanitarios para restaurantes. A través de mi trabajo veo toda la comida que se desperdicia, así que me alegra poder participar en una iniciativa que trata de luchar contra eso.

–Primero vine a comer con mis amigos y enseguida me ofrecí para ayudar –dice Lou Dalla Foglia, que trabaja en la multinacional L´Oréal. Este proyecto me convence bastante, y considero que el reciclaje, ya sea de comida, ropa u objetos, es decisivo para el futuro.

Es un frío sábado de enero de 2016. Los cocineros enfrentan inconvenientes de último minuto que ponen en riesgo el menú del día. El triturador eléctrico de mano que acababan de comprar no ha durado media hora. No se encienden todas las hornillas de las dos estufas que existen, y si se encienden a la vez varias de las servibles, no se puede utilizar el horno.

Las cosas toman tiempo, pero avanzan. Al cabo de mucha espera, las papas han terminado de cocerse y ahora se las hace puré presionándolas con el asiento de un plato hondo. Luego se las mezcla con lentejas y se preparan unas croquetas que serán las protagonistas del plato central. Con la chirivía, pariente antigua de la zanahoria pero más pálida y perfumada, no se puede hacer bastones horneados porque el horno está débil, pero se los dora brevemente en aceite. El repuesto del triturador de mano llega al cabo de unas horas y entonces se puede moler los vegetales para preparar la sopa, y las fresas para el sirope que acompañará el arroz con leche del postre. El menú estará completo. En el Freegan Pony fluye una curiosa energía que, pese a los contratiempos, permite que las cosas lleguen a término.

La noche ha sido un éxito. Se han vendido más de cien menús, un récord desde la apertura del lugar. Las cuentas se harán más tarde. No se puede avanzar un cálculo de los ingresos porque en este restaurante no hay precios fijos: los comensales –no se los llama clientes– pagan por su cena lo que les dicta su voluntad. El monto oscila entre 7 y 10 euros por persona. Solamente el cocinero jefe y el lavaplatos reciben una paga simbólica de 8 euros la hora. Todos los demás, incluidos los seis responsables del proyecto, trabajan por convicción y placer.

Los seis responsables del proyecto, trabajan por convicción y placer.

Aladdin Charni lleva dos cajas de tomates hacia la camioneta del restaurante. Es una parte de lo que logró recuperar en el mercado de Rungis. Foto: Santiago Rosero

Aladdin Charni lleva dos cajas de tomates hacia la camioneta del restaurante. Es una parte de lo que logró recuperar en el mercado de Rungis. Foto: Santiago Rosero

–Personalmente, lo que me motiva no es el dinero sino la satisfacción de creer que las cosas funcionan –dice Aladdin Charni.

En la contabilidad de la noche no se incluirán los platos ofrecidos gratuitamente a 18 refugiados afganos que se albergan en otra sala de esa vieja bodega. Una asociación que trabaja con inmigrantes pidió a los responsables del restaurante que los recibieran porque la policía los había expulsado de la plaza donde acampaban.

Desde entonces, al menos de viernes a lunes, esos jóvenes de entre 18 y 30 años tienen alojamiento y una cena caliente, y es frecuente que, ya avanzada la noche, transformen el comedero en una fiesta.

Uno de ellos ha puesto a sonar, desde su celular última generación, una electrónica afgana con la cadencia pegajosa de un reguetón, y ahora él y sus amigos se juntan en círculo y danzan con pasos feroces como en un ritual. De a poco, los hipsters que han terminado de comer y los cocineros que ya acabaron su tarea se van sumando al baile. El primer restaurante francés que cocina alimentos salvados de la basura se ha convertido en un melting pot rumbero.

* Luego de un complejo proceso jurídico, la alcaldía de París accedió a otorgarle en arriendo el espacio donde funciona el restaurante. Actualmente, el Freegan Pony está cerrado porque realiza adecuaciones para poder funcionar en apego a las normas que exige la ciudad. La reapertura está prevista para el segundo semestre de 2017.

Sobre El Autor

Santiago Rosero

(Ecuador, 1978). Considera que alrededor de la comida y la alimentación se pueden identificar las problemáticas más complejas que vive el mundo en la actualidad. Tiene la posibilidad de aproximarse a ellas por dos vías, como periodista y como cocinero, porque realiza los dos oficios. Vive en París. Trabaja en Radio Francia Internacional y como freelance para varios medios latinoamericanos, y, como cocinero, en un restaurante basado en productos orgánicos.

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