| junio 2021, Por Cora Gamarnik

Ocultamiento, pan y solidaridad

Algunas veces una sola fotografía logra contar una historia. Revivir un recuerdo, transformarse en denuncia, hablar de una guerra. Es el caso de esta imagen tomada el 19 de junio de 1982 en Puerto Madryn. Allí se ve como hombres y mujeres lograron llegar hasta un camión que traía de regreso a los soldados de Malvinas, cómo se acercan, se estiran, ofrecen pan, quieren saludarlos. 

Toda la imagen está en movimiento. 

Hace frío en esa ciudad de la Patagonia argentina que da al mar. Los vecinos están abrigados con gorros y camperas. Uno tiene una bandera argentina en la mano. 

Arriba del camión algunos soldados se asoman por la parte trasera con la lona levantada pero no descienden. Agarran el pan, comen, tiran besos, sonríen. 

Hay un saludo que está por suceder. La luz del sol permite que la sombra de la mano se congele en la compuerta trasera del Unimog del Ejército. Uno de los soldados extiende su mano abierta y desde abajo se estiran para estrecharla. Alguien, no sabemos quien, logra tomar una foto de ese momento único, histórico, simbólico. 

El retorno de los soldados de Malvinas luego de la derrota argentina en la guerra era visto por las Fuerzas Armadas como una potencial amenaza. Lo que pudiesen contar y el propio estado físico y psicológico de los soldados podía contribuir a alimentar la indignación social, el descrédito y el creciente malestar de la población hacia la dictadura. Por eso la Junta Militar diseñó un plan para ocultar a los soldados en sus regresos. Ninguna bienvenida, ningún recibimiento, que nadie los esperase, que nadie los viera. Las FFAA organizaron los retornos a escondidas y de madrugada. Por eso casi no conocemos fotografías de esos momentos, por eso esta imagen es una excepción, una foto arrancada al control oficial, un línea de fuga, una anomalía.

El crucero inglés Canberra fue uno de los barcos que más soldados trajo al continente. Arribó a Puerto Madryn el 19 de junio de 1982 con 4136 soldados. Las tropas militares habían acordonado la zona con miembros del Ejército, de la Marina y de Prefectura, muchos de ellos eran también soldados. La población de Puerto Madryn no había sido informada de la llegada del barco pero en una ciudad chica el inusual despliegue de militares y la prohibición de acercarse al puerto dejaba en claro que algo especial sucedería. Cuando los excombatientes descendieron del barco británico fueron subidos a camiones cerrados con lonas y trasladados hacia las entonces barracas de Lahusen, lugar en el que hoy funciona un bingo. 

La foto muestra el momento exacto en el que uno de los camiones debe detenerse porque la  población desborda el operativo de seguridad. A pesar de los impedimentos y prohibiciones los y las  vecinas hacen frenar al camión. Alguien comenzó a aplaudir al paso del Unimog, luego se acercaron otros, querían recibirlos, verlos, abrazarlos. Según los testimonios había una desesperación en la población por saludarlos, por darles de comer. No fue algo organizado. Fue espontáneo, improvisado, auténtico. Los soldados tiraban desde el camión algunas de sus pertenencias, cascos, bufandas. Los vecinos corrían a las panaderías recién abiertas para llevarles pan calentito. 

Según contaron los propios soldados, antes de arribar a Puerto Madryn habían recibido una arenga por parte de militares argentinos en la que les dijeron que el pueblo los estaba esperando para castigarlos por haber perdido la guerra. “En realidad fue todo lo contrario los esperábamos con ansiedad; queríamos verlos, tocarlos, aplaudirlos y hablar con ellos” contó Mabel Outeda fotógrafa de uno de los diarios locales y testigo del momento. Por su parte Julio Calvo, titular del Centro de Veteranos de Guerra de Puerto Madryn señaló: “Yo vine en el Northland, que desembarcó en Madryn a las 5 de la mañana, y en el barco un teniente coronel habló por los parlantes, veníamos en camarotes como prisioneros de guerra y nos dijeron que tengamos cuidado porque la gente estaba enojada y nos podría apedrear, que no íbamos a tener contacto con los habitantes en Madryn y que teníamos que bajar las lonas de los camiones y cerrar las cortinas de los colectivos. Así nos llevaron a Trelew. Pero fue todo lo contrario, querían recibirnos.”

A veces una sola foto logra contar una historia, revivir un recuerdo, transformarse en denuncia, hablar de una guerra. Como esta. Una foto anónima, un instante congelado que cuenta una historia de ocultamiento y derrota pero también de pan y solidaridad. 

*Cora Gamarnik es parte del taller “Narrar con los ojos”: teoría y práctica de la fotografía documental  que comienza el 06/07

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