Con Revista Late estuvimos en la 2da edición del Calamuchita FotoDoc, el festival internacional de fotografía y cine documental que se realizó el último fin de semana de marzo en el valle de Calamuchita, Córdoba, Argentina.
Allí se llevó a cabo una exposición fotográfica sobre Malvinas, con autores que han trabajado durante años en las islas, acercándose a la guerra y sus consecuencias: Rafael Wollmann, Eduardo Longoni, Tony Valdez y Juan Travnik.
Una de las fotos que se destaca en la muestra, es la primera que el mundo conoció de la Guerra de Malvinas: la rendición de los marines británicos ante las tropas argentinas el 2 de abril de 1982, tomada por Rafael Wollmann.
Durante la presentación, Wollmann contó en primera persona esa historia.
Y ahí nos quedamos.


Primero fue una imagen latente.
Una imagen que todavía no existía como tal, pero que quemaba.
Wollmann la llevaba en un bolso colgado de su hombro derecho cuando bajó de un avión privado en Buenos Aires. Venía desde Comodoro Rivadavia, adonde había llegado tras pasar diez días en Malvinas.
En ese bolso estaban las dos cámaras y los rollos expuestos: películas fotográficas en color y en blanco y negro: las imágenes del desembarco argentino del 2 de abril de 1982. Él todavía no las había visto. No tenía forma de saber cómo habían salido. Pero sabía que tenía algo importante, definitivo.
Más de cuarenta años después, sigue diciendo que ese material que llevaba consigo “le quemaba”.

Rafael era fotorreportero, vivía en Buenos Aires y había llegado a las islas el 23 de marzo de 1982, el mismo día que cumplía 24 años. No planeaba convertirse en fotógrafo de guerra. Su idea era hacer un reportaje sobre la vida cotidiana en Malvinas.
Cuatro meses antes había sido despedido de la reconocida Editorial Atlántida y junto a otros tres jóvenes fotógrafos -también despedidos- crearon la agencia Imagen Latinoamericana (ILA) y, en ese contexto, surgió la posibilidad de viajar. Le propusieron a la agencia francesa Gamma registrar el paisaje, la fauna y las costumbres de un territorio poco conocido. Un tema que empezaba a estar presente en la agenda internacional, en medio de negociaciones entre Argentina y el Reino Unido por Malvinas.
Pero él llegó antes. Registró una vida que estaba a punto de desaparecer tal y como se la conocía: la esquila de ovejas, niños yendo a la escuela, amigos en un bar, personas haciendo las compras cotidianas, la rutina de la vida en la isla antes de la guerra. Hasta entrevistó dos veces al gobernador Rex Hunt.
El 1 de abril por la noche, mientras cenaba cordero, escuchó por radio a Hunt anunciar que había evidencias de una inminente llegada de tropas argentinas. No lo creyó posible. Pero esa noche no durmió.
La madrugada del 2 de abril se escucharon granadas, disparos, movimiento de tropas, gritos en español.
Había sido alojado en la casa del chofer del gobernador, por decisión de este último, para protegerlo ante un posible ataque argentino.
Una de las primeras escenas que vio fue a un soldado argentino avanzar con una bandera blanca para pedir la rendición. En ese momento tomó su primera foto. Un disparo impactó en el vidrio que tenía al lado. Nunca supo de qué lado salió.
Pudo haberse quedado adentro, al resguardo. Pero decidió salir. Hablar español y ser argentino, sería una ventaja.
“Podría haber estado en el lugar correcto, en el momento correcto, y no hacer nada. Podría haberme asustado y quedarme dentro de la casa, con los disparos, las granadas y todo lo que estaba pasando. No era un momento agradable. Pero veníamos de un training en Buenos Aires, de trabajar en condiciones límite, en una situación casi de guerra como la que se vivía en Plaza de Mayo: gases lacrimógenos, manifestaciones, bombos, marchas, carros hidrantes. Entonces, para mí fue natural salir a cubrir eso”, dice.
Argentina atravesaba los últimos intentos de la dictadura por sostenerse en el poder. Así, la Guerra de Malvinas fue también una estrategia para recuperar apoyo popular, apelando a una causa de amplio consenso social: la soberanía sobre las islas.
Los soldados británicos comenzaron a salir de sus posiciones y fueron tomados como prisioneros.
“Uno no es consciente de lo que está viviendo. Solo querés cubrir lo que está pasando”.
Rafael se paró a poca distancia, tenía un lente corto, era parte de la escena. Delante suyo tenía al cabo principal Jacinto Eliseo Batista que ordenaba con su mano extendida la fila de soldados ingleses que caminaban con los brazos en alto.
“La verdad es que en castellano no suena tan bien como en inglés eso de estar en el lugar correcto en el momento correcto. En inglés, in the right place at the right time, es una síntesis perfecta”, dirá muchas veces Rafael.

Trabajaba con dos cámaras: una con película color y otra en blanco y negro. Cada rollo tenía 36 exposiciones. No era un material pensado para una cobertura de guerra.
Caminó durante horas, con el cansancio de no haber dormido en toda la noche, cargando más de 15 kilos de equipo. Iba y venía entre la casa del gobernador y el centro. Nadie lo llevaba. Tenía que elegir qué fotografiar.
“La foto de la rendición está en color y la de los ingleses en el piso en blanco y negro porque simplemente me quedé sin rollo color. Se me acabó el rollo y no tenía tiempo, pasaban tantas cosas que no tenía tiempo de cambiar el rollo. Entonces seguí la cobertura en blanco y negro y cuando me quedara sin película iba tratar de cambiarla en algún hueco, lo más rápido posible”.
Cada disparo de cámara era una decisión.
La historia de la guerra recién comenzaba.

El 3 de abril el gobierno de facto argentino envió un charter con fotógrafos y periodistas que estuvo solo tres horas en las islas. Ese día la escena ya era otra: no había anfibios, ni soldados camuflados y las caras estaban limpias. La guerra cuerpo a cuerpo empezaría semanas después.
Rafael subió al vuelo que volvía de las islas como si hubiera llegado con los periodistas ese mismo 3 de abril. Al llegar a Comodoro Rivadavia, lo esperaban agencias de todo el mundo. Le ofrecían mucho dinero por imágenes que todavía nadie había visto.
Desde allí, un avión privado —puesto a disposición por Atlántida, la misma editorial que lo había despedido meses antes— lo llevó a Buenos Aires. La editorial montó un laboratorio para revelar de inmediato el material en color y blanco y negro. Y los originales los enviaron a la editorial francesa Gamma, tal como había sido acordado previamente.
Las fotos volaron y se distribuyeron inmediatamente por toda Europa.
Estaba la foto icónica de los marines rendidos, que fue la más difundida, pero también había otras de soldados ingleses tirados en el piso siendo apuntados por argentinos, retratos de soldados argentinos con granadas colgadas del cuello, dos buzos tácticos encendiendo un cigarrillo rodeados de armas en el suelo. También capturó la primera imagen de la bandera argentina flameando en suelo malvinense, ante la mirada orgullosa de los soldados y militares argentinos, que hacían reverencia con la mano recta apoyada en la frente.

Las fotos se publicaron en medios de todo el mundo. Mostraban algo inesperado: soldados británicos rendidos. La gran potencia colonizadora humillada ante los soldados argentinos en una isla remota del sur del continente americano.
Cada país las interpretó a su manera. En Londres: “It´s war” (es la guerra); en Francia “Inglaterra humillada”; en Italia, “Manos en alto, Inglaterra”. En Argentina, la exclusiva fue de Revista Gente, de editorial Atlántida, que tituló: “Vimos rendirse a los ingleses”.

¿Cuándo empieza una guerra?
Seguramente mucho antes -y más allá- que una imagen.
Gran Bretaña ocupaba las islas desde 1833. El 2 de abril de 1982 inició una guerra que duraría 74 días, hasta el 14 de junio, día en que Argentina se rinde.
Las imágenes difundidas en todo el mundo provocaron diversas reacciones y apropiaciones. En Argentina, se transformaron en símbolo, en una ráfaga de ilusión, en un momento que apenas duró unos minutos pero que condensó para siempre una expectativa colectiva. Sin embargo, también se ha sostenido que esas fotografías funcionaron como un justificativo para la contraofensiva del gobierno de Margaret Thatcher, que necesitaba revertir su impacto.
Pero la imagen permaneció y siguió latiendo.
Wollmann llegó antes y no solo contó la historia: ayudó a construir la forma en que sería recordada.
La imagen circuló por todo el mundo. “Ya es de la gente”, dice Rafael.
Dejó de pertenecerle. Se volvió mural en paredes, fue tallada en cuchillos, convertida en muñecos de guerra y en caricaturas. Integró libros emblemáticos sobre las mejores fotografías de guerra —junto a imágenes de Hitler o de los atentados del 11 de septiembre de 2001— y también llegó al cine.
Esa historia fue retomada en el documental La Imagen Real, de Pablo Montllau, inspirado en esta fotografía emblemática y en otra tomada por un fotógrafo inglés al final de la guerra. La película se proyectó en el marco del Calamuchita FotoDoc y este 2 de abril se estrenó en Cine.ar, además de exhibirse en diferentes salas del país.

Dentro del libro Fotografía e Historia en América Latina, la investigadora Cora Gamarnik analiza las fotos tomadas por Rafael en el artículo: “El fotoperiodismo y la guerra de Malvinas: una batalla simbólica”. Allí dice: “Las fotografías aquí analizadas sobrepasaron los sucesos, pero los sucesos a su vez sobrepasaron a las fotografías. Aún hoy, si uno mira estas fotos, los ingleses se están rindiendo. La guerra se perdió, las fotos quedaron” y concluye: “Creemos que, en este caso, efectivamente las fotografías analizadas fueron no sólo un testimonio o una fuente de información, sino una parte activa en la disputa simbólica por el relato de los acontecimientos. Fueron ellas mismas un agente de la historia”.
Rafael asegura que quedó “enganchado” a Malvinas. Como en 1992 no pudo regresar por su pasaporte argentino, decidió recorrer el país para fotografiar a excombatientes y su entorno, para un especial de la revista Noticias. Decidió romper el silencio sobre el tema.
“Cuando se acercaba el décimo aniversario, nadie hablaba: realmente costaba muchísimo. Diez años después, si estabas en un bar y mencionabas algo sobre Malvinas, la gente bajaba la voz. Todavía era un tema que dolía demasiado”, dijo.
Luego volvió a las islas cada 10 años para documentar cómo siguió la vida allí. La última vez fue en 2022, sin cámaras de foto, solo con dos celulares, que le permitieron registrar de otro modo la actualidad de las islas, pasando desapercibido.
Su libro “Malvinas. Cuatro viajes. 1982-2022”, refleja ese registro histórico.