Blue Lesbos

Hamsa en la isla griega de Lesbos. Foto: Samuel Nacar

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Lesbos, una de las puertas de Europa. Esta semana Turquía levantó los controles en sus fronteras y unos 3.000 refugiados sirios, afganos, iraníes y somalíes intentaron cruzar hacia Grecia. “Los policías griegos, parapetados en su lado de la frontera tras vallas y alambre de espino, han repelido todo intento de paso disparando grandes cantidades de botes con gases lacrimógenos” dicen en las noticias.

Desde hace mucho tiempo sucede. Saltan de cabeza y se sumergen en el mar por primera vez en sus vidas. Cientos de refugiados se reencuentran con el agua en Lesbos tras una riesgosa travesía marítima. La isla está a punto del colapso, pero las balsas no dejan de acercarse a su orilla. Las carpas se multiplican al mismo tiempo que las fosas clandestinas donde son enterrados. 

Blue Lesbos es un ensayo fotográfico de Samuel Nacar que se adentra en las profundidades de uno de los enclaves migratorios más conflictivos del planeta. 

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En una tarde calurosa de verano Hammid llegó a saltar al agua más de cien veces. Siempre desde la esquina de la plataforma de hormigón que hay al lado del puerto de Myttelini, en la isla de Lesbos. Al principio, Amir y el resto de sus amigos estaban ahí, hasta que empezó a atardecer y se fueron. Hammid se quedó saltando una y otra vez, intentando mejorar en cada salto, el salto anterior. Estaba aprendiendo a tirarse de cabeza. La primera vez que se metió al mar fue para cruzar el Egeo en barca “había grandes olas, si el frontex no hubiera llegado hubiéramos muerto”, dice en referencia a la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas.

Foto: Samuel Nacar
Hamsa se tira un clavado. Foto: Samuel Nacar
Aprender de las profundidades para sobrevivir. Foto: Samuel Nacar

En 2019 más de 45 mil personas llegaron a Grecia. Tan sólo en las últimas semanas de noviembre, una media de 400 personas llegó diariamente a las islas del Egeo, principalmente a Lesbos. Son cifras que no se veían desde 2015. El 39 por ciento de los refugiados proviene de Afganistán y la situación en el centro de recepción de Moria, –donde viven más de 12 mil personas– ya cuadriplica su capacidad, haciéndolo insostenible.

En las tres fotografías de arriba, la vida cotidiana en el campamento de Moria; en la imagen inferior izquierda, George, de Sudán, realiza el salat por la mañana, actualmente vive cerca del pueblo de Kalloni. En la foto de inferior derecha, el álbum de una familia afgana hallado por el autor en la playa de Skala Sikamineas en 2015. Fotos: Samuel Nacar

Las constantes peleas, la falta de condiciones higiénicas y la sobrepoblación provocan acontecimientos como los del 29 de septiembre de 2019 donde una mujer y su hijo murieron cuando se  incendió el contenedor donde vivían. “Moria es un campo de recepción e identificación, no es un campo de refugiados. Se supone que sólo debería de ser un centro de registro, pero la realidad es que el sistema es tan lento que la gente se queda mucho tiempo, lo que hace la situación muy difícil. Genera grandes frustraciones, problemas de seguridad y aglomeraciones. El verdadero problema es que en verano tenemos muchas llegadas y pocas salidas”, explica Astrid Castelein, la directora de operaciones del ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Lesbos. 

Cementerio clandestino de migrantes en Lesbos. Foto: Samuel Nacar

Un sistema lento obliga a los refugiados a quedarse en la isla durante meses, atrapados. Lesbos se ha convertido en una cárcel paradisiaca. Por eso, cuando el sol da un respiro, decenas de personas salen de Moria en busca de unas rocas, una playa y la plataforma de hormigón de unos 60 metros cuadrados donde pasan las tardes. La mayoría viene de Afganistán, son jóvenes y están aprendiendo a nadar. Cualquiera que haya conocido a un grupo de afganos sabrá que son determinados. No hay obstáculos que se interpongan en su voluntad de conseguir algo, por eso no sorprende su capacidad para aguantar días caminando, cruzar fronteras o su capacidad para vivir en climas extremos.

Del pan en la mañana al wi-fi por la noche, la vida en Moria. Fotos: Samuel Nacar

Hammid a sus 18 años tardó tres días en aprender a nadar. Ahora quiere saltar de cabeza sin hacerse daño. Aunque le lleve días, conseguirá entrar en el agua como un pez. Durante una tarde de verano, sus saltos son ruidosos, golpea el agua con su cuerpo y sale con el pecho rojo del impacto. Así lo intenta hasta la noche y va. Vuelve mañana a las 6:00 pm.

Hammid llegó solo, desde Ghazni, una pequeña ciudad estratégica en el centro de Afganistán, en la principal ruta que une Kabul con el sur de ese país, casi totalmente controlado por los talibanes. Sus padres le obligaron a salir hacia Europa cuando las calles de la ciudad se convirtieron en un campo de batalla. Se trataba de la mayor ofensiva llevada acabo por parte de los Talibanes desde el 2001. “Cuatro días de intensos combates dejan un balance de casi un centenar de insurgentes muertos y un número similar de bajas en las filas gubernamentales. También hay decenas de muertos entre los civiles”, informó la CNN.  

“Nunca vi un río tan grande en Afganistán”, dice Hammid, intentando explicar porque nunca antes había tenido la necesidad de sumergirse en el agua. Este hecho podría pasar desapercibido, pero el mar, para la mayoría de ellos, es un completo desconocido: inmenso, temible. Una multiplicación de pánicos, primero en las barcas sobrecargadas y luego el miedo a morir ahogados.

Tempestad en Lesbos. Fotos: Samuel Nacar

Amir observa al resto de sus amigos, mientras repite una y otra vez que tengan cuidado, que el mar es peligroso. Él no sabe nadar y aún no está preparado para aprender. Así, hasta que el sol caiga y puedan ir a jugar fútbol, espera sentado en el banco de cemento que hay sobre la plataforma de hormigón. Hace ya ocho meses que llegó a Lesbos y su padre, que apenas sale de la tienda, aún recuerda la noche en la que llegaron.

Una de las casas de campaña de la Acnur en Moria. Foto: Samuel Nacar

“No sé muy bien por donde empezar. Sería la una de la madrugada cuando llegamos a la playa. Fue entonces cuando nos arrepentimos, pero era demasiado tarde.  El tiempo era malo. Habíamos pagado para tener chalecos salvavidas, y nos dijeron que nos los traerían a la playa, pero nos mintieron. Empezaron a forzar a la gente a subirse al barco. Nosotros intentamos salir de allí, pero no nos dejaron. Empezaron a pegar a la gente para que se subiera al barco y amenazaban que si no, nos tirarían al mar”.

“Tras tres horas en altamar, la lluvia cada vez era más fuerte.  Las olas golpeaban el barco y los niños no dejaban de llorar. Empezamos a ver las luces de la isla, aunque el agua no dejaba de entrar en el barco. Íbamos directo hacia la luz pero chocamos contra las rocas, el barco estaba roto. Teníamos que acercar el barco a las rocas para que no lo arrastraran las olas. El barco se movía mucho y la gente, mujeres y niños empezaron a caer al mar. Todo el mundo empezó a saltar del barco, mientras sujetábamos el barco, hasta que oí a mi hijo gritar”.

–¡Papá! Roya se ha ido.

–El mundo empezó a desvanecerse ante mí. Lo único que quería era ver a mi hija. Dejé todo atrás y fui al barco a buscarla, pero ya no estaba. Era casi de día, y algunos habían hecho fuego y les dije a mis hijos que fueran allí y cuidarán de su pequeña hermana. No podía ver a mis hijos llorar. Empecé a buscar otra vez hasta que llegó la policía. Me dijeron que me fuera al campo, que ellos la encontrarían.

La hermana de Amir fue encontrada al este del faro Korakas a las 14:47 horas por los guardacostas griegos. Bocabajo, vestida con unos tejanos y una sudadera verde. La luz que les había guiado hasta las rocas donde encallaron indicaba todo lo contrario al camino a seguir.

Hammid. Inmersiones nocturnas. Fotos: Samuel Nacar

“Tengo miedo de nadar y me cuido, el mar es peligroso. La noche en que mi hermana se ahogó es como una pesadilla para mí. Por eso tengo miedo cuando veo a mis amigos nadar”, dice Amir, mientras el resto salta al mar una y otra vez. 

Sueños intactos en Lesbos. Fotos: Samuel Nacar

Cada tarde decenas de familias, madres cargadas con carriolas, niños que cruzan la carretera constantemente y jóvenes que ocupan el carril completo de la nacional, deciden salir de Moria. Andan entre tres y ocho kilómetros hasta que encuentran su sitio en algún rincón de la costa de esta isla. Caminan varios kilómetros y ya no se escuchan peleas. Los niños empiezan a entrar en el mar y las madres observan desde la costa, donde piensan en un futuro no tan lejano que les permita abandonar el lugar.

Hammid, por ejemplo, piensa en llegar a Londres con su tío donde quiere convertirse en boxeador profesional de muay thai, para poder ser rico. De momento, su siguiente misión es aprender a sumergirse y nadar bajo el agua, por eso volvió a las seis de la tarde. Junto a él, varios jóvenes saltan al mar, algunos con la obsesión de perfeccionar su salto, otros con la simple voluntad de entrar en el agua. Están solos, sin ayuda, encontrándose con el mar por primera vez en su vida, aprendiendo a nadar ya pasada la pubertad. Se ríen y juegan a ver quién aguanta más tiempo bajo el agua.

Arrojados al mar. Fotos: Samuel Nacar

Su siguiente misión es aprender a sumergirse en el mar y explorar en las profundidades. Cuando entra en el agua, Hammid se siente feliz. “Paso tanto tiempo ahí adentro que cuando salgo, estoy cansado y puedo dormir”. Esa tarde siguió saltando, pero esta vez entraba suave, sin salpicar, sin hacer ruido. Casi acariciando el mar que lo trajo a Lesbos.

Blue Lesbos. Foto: Samuel Nacar
Blue Lesbos. Foto: Samuel Nacar

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