RASD: un país en el patio trasero del desierto

Niñas y niños saharauis durante una manifestación en la wilaya Bojador. A través de estas protestas pacíficas, la comunidad exige la liberación de detenidos y reivindican el derecho de su pueblo a la autodeterminación. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) vive en una grieta. Esta nación, marcada por el desplazamiento forzado, la violencia y la condición de refugio, lleva más de cincuenta años luchando contra el olvido.

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Son las tres de la mañana a las afueras de Tinduf, la ciudad más grande del suroccidente de Argelia. El avión, proveniente de Argel, aterriza en medio de la oscuridad y, al abrir sus puertas, el aire seco se pega al rostro como un maquillaje permanente. Los 32 grados de temperatura que ofrece el desierto del Sáhara se filtran por las suelas de los zapatos convirtiéndolos en auténticos fogones. 

El oficial argelino mira los pasaportes con desdén y ordena, en tosco francés, llenar rápido los formularios de migración. A menos de un metro, en la misma mesa, el oficial saharaui sonríe y aclara, en español, que no todos los argelinos son así de enojosos. ¡Bienvenidos a la República Árabe Saharaui Democrática! Dice.

Los pasaportes pasan a manos de otro oficial saharaui que va vestido de civil. Se los lleva. El aeropuerto, que cuenta con una sala de espera, dos dispensadores de bebidas y una pequeña tienda de suvenires se desocupa en un parpadeo. Los oficiales argelinos se esfuman como lémures y los saharauis aguardan a que alguno tenga la amabilidad de regresar para llevar a cabo el protocolo.

El conductor de una vieja camioneta Toyota Land Cruiser, con el escudo de la RASD a lado y lado, enciende su pipa para hacer frente al sueño. Hace una llamada y su árabe es una montaña rusa con palabras cortas y apenas susurradas que contrastan con largas y exaltadas intervenciones. El calor ¿o la charla en la que participa? es tan agobiante que decide quitarse el turbante. La luna llena se refleja en su calva.

Al cabo de una hora llegan dos patrullas de la policía argelina. El conductor termina la llamada abruptamente. Bajan los vidrios polarizados y dan el OK. Mandan la Toyota a la mitad de la caravana. Somos como la tropa del desierto, dice el conductor, en español, mientras se acomoda de nuevo el turbante. Sugiere no bajar los vidrios del vehículo a menos de que “quieran llenar de arena los pulmones”.

—¿Nuestros pasaportes?

—Tranquilos.

—Sí, pero: ¿dónde están?

—Es cuestión de seguridad nacional.

A la Toyota le suena hasta el combustible. Los dos asientos delanteros van cubiertos con piel de camello. El sopor interno del vehículo satura los cuerpos ocasionando sudores semejantes a lavas volcánicas. La caravana cruza una larga zona con menos vida que la que se puede encontrar en un osario. Va en completo silencio, a 80 kilómetros por hora, pero con las luces rotativas, azules y rojas, a todo dar. 

La tropa del desierto llega a Tinduf. Como un teatro que corre sus cortinas para revelar los entresijos de la noche, la solitaria ciudad presenta sus amplias calles rodeadas de dunas y palmeras, edificios de adobe cuyos domos y cenefas exhiben con método la tradición musulmana y ejércitos de gatos que batallan entre las basuras. Por cuadra, montones de banderas argelinas y pintadas con rostros de próceres nacionales. 

A poco más de treinta kilómetros de la ciudad se encuentra el límite que marca el inicio de los campamentos de refugiados. La frontera es un zigzag con garrafales escombros de cemento y piezas de metal con forma de asterisco. Allí, en una caseta de veinte metros cuadrados, apenas iluminada por una linterna, reaparecen los pasaportes. La policía argelina es historia y, de aquí en más, quien manda, es el Frente Polisario.

El conductor pide hablar con la persona encargada del hospedaje. Son las cinco de la mañana y el cansancio se torna mayor al llamar cuatro, cinco, seis veces, sin respuesta. Ahora sí estamos extraviados, vamos a firmar el acta, propone. En una plaza, circundada por irregulares montículos de arena, desciende de la Toyota, camina veinte metros y golpea frenéticamente una puerta que lleva pintada la media luna y la estrella de la bandera saharaui. Grita cosas en árabe. Un joven abre la puerta. Somnoliento lo invita a pasar.

—¿Nuestros pasaportes?

—Tranquilos.

—Sí, pero: ¿cuándo los devolverá?

—Es cuestión de seguridad nacional.

El conductor reaparece con un anticuado cuaderno de tamaño escolar entre sus manos. Nos pide firmar al lado de nuestros nombres. Todos los que vienen son de Europa, pocos como ustedes desde tan lejos, dice. Reintegra el cuaderno al joven que, haciéndole una seña militar, le cierra la puerta en la nariz de forma tal que queda claro que no quiere más molestias.

La persona encargada del hospedaje devuelve la llamada. Da las indicaciones puntuales para llegar a su casa. Después de sortear escabrosos caminos de polvo, la destartalada Toyota se detiene frente a una numerosa familia que dormita sobre colchonetas bajo el techo de estrellas. Atrás de la familia una casa de barro, con puertas y ventanas abiertas. Después de intercambiar algunas palabras en árabe con nuestra anfitriona, el conductor nos entrega los pasaportes: ya están seguros. Tengan cuidado con la arena y sus pulmones, dice.

Mama Isa nos enseña la alfombrada sala que dispuso para nosotros a modo de habitación y, con una voz aún más suave que el viento del amanecer, nos da por segunda vez la bienvenida al pueblo saharaui, un pueblo que, no tardaríamos en descubrir, supo convertir un inhóspito desierto en una hermosa sabana de dignidad.

Desierto del Sáhara. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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La familia Ahmed Talem Esuelem pertenece a la nación saharaui, habitantes históricos de la parte occidental del desierto más grande del mundo. Desde 1975, cuando Marruecos los expulsó con bombas de napalm y fósforo blanco, obligándolos a huir a la parte más estéril de Argelia, luchan tanto por retornar a su tierra, como por el reconocimiento internacional de su Estado: la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).

Viven el desarraigo en un campo de refugiados con otras 250 mil personas, en el norte de África, a las afueras de la polvorienta ciudad de Tinduf, un espacio geográfico tan infecundo como un mal recuerdo y en el que nada florece más rápido que una frustración. Un territorio que, además, cumple cabalmente con todos los requisitos imaginarios del Sáhara: camellos, turbantes, dunas y un sol más omnipresente y fogoso que Alá, el adorado Dios local.

En la Conferencia de Berlín de 1884, Europa se repartió África. A la corona española le fueron otorgadas dos porciones de tierra: lo que hoy se conoce como Guinea Ecuatorial y el Sáhara Occidental, un país con más de 2000 mil kilómetros de costa sobre el Océano Atlántico, ubicado frente a las Islas Canarias, rico en recursos naturales, pesqueros y minerales y habitado, hasta entonces, por beduinos nómadas.

Así, el Sáhara Occidental pasó a llamarse Sáhara Español, hasta 1975, año en el que las tierras fueron asaltadas y el pueblo saharaui desterrado, sin más explicación que la persecución y la muerte. A la nueva invasión el Reino de Marruecos le llamó La marcha verde, mientras los saharauis la recuerdan, medio siglo después, como la marcha negra: aquel escape que dio inicio a su exilio en una de las zonas más hostiles que guarda el planeta para el desarrollo de vida humana.

Las melfas que envuelven los cuerpos de las mujeres saharauis son velos de historia. Cada pliegue las protege de la rudeza natural del desierto y es un escudo tejido con la memoria de su pueblo. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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En la Wilaya Bojador, donde el sol y el viento se entrelazan en generosas espirales de arena, Fatma Bamba Ahmed Talem Esuelem, la más pequeña de la familia, investiga con curiosidad el interior de mi riñonera. Sus manitos buscan entre libretas, bolígrafos, auriculares, lentes de sol y dulces Halls. Sobre el suelo alfombrado, las cosas van quedando dispuestas en una suerte de orden improvisado que concede el poder de la sugerencia a cada objeto.

Fatma se detiene y, agrandando sus ojos pardos, me trasfiere la virtud de su inocencia. Con sigilo abre el bolsillo supuestamente secreto de la riñonera y retira algo que no llego a ver. Interpreto ese mínimo acto como un rito de confianza. En silencio y en puntas de pie se aleja, sin dejar de mirarme, con la plena consciencia de que, en su mundo, donde la infancia es un lujo, ese gesto tiene un significado más profundo. 

Mama Isa, su madre, interrumpe la rutina del desayuno y, con una sonrisa, le pide que le entregue lo que esconde. En un español más fluido que el de muchas voces en las calles de Bogotá o Madrid me propone, depositando en mis manos el misterio: “Simplemente decirle que no y ella entiende. Guarda bien tu pasaporte, a menos de que quieras quedarte unos años acompañándonos”.

En la búsqueda de Fatma y en la ternura de su madre late la historia de un pueblo que pelea por su existencia y que, a pesar de los derechos negados, mantiene viva la ilusión de recobrarlos. Aunque la RASD emite pasaportes a sus ciudadanos, nadie en el campo de refugiados tiene la posibilidad de acceder a uno que sea válido en cualquier lugar del mundo: de los 193 Estados que conforman las Naciones Unidas, solo 82 reconocen a la RASD como un país soberano, aun cuando cuenta con los requisitos mínimos para ser un país libre: territorio, población y gobierno.

Para los saharauis, el pasaporte es un documento que, en realidad, sería solo un pedazo de papel si no fuera por lo que representa: afirmación, pertenencia, respeto. Fatma, con solo cuatro años, intuye esto y, en medio de su candor, el síndrome de Down que posee se confunde con una sensibilidad extrema que no solo le permite jugar con las injusticias del mundo que la rodea, sino asumirlas como propias.

¡Hola Fatma!

—Hola ¿cómo estás? Yo bien ¿y tú?

Fatma en la entrada de la casa familiar. Más del 40 % de la población en los campamentos es menor de edad. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Los antiguos saharauis se tuvieron que ir y, paso a paso, fueron descubriendo un dolor que les desagarraría la existencia. Cruzar un desierto parece ser una ficción exclusivamente bíblica, pero lo cierto es que pasó, pero sin tierras prometidas, y sí con tierras que, aunque propias, de un momento a otro alguien decidió que les eran ajenas.

Los campamentos de refugiados están divididos en 5 wilayas que, a su vez, están compuestas por barrios llamados dairas. Todas están separadas por impenetrables mares de arena donde la sombra llega a ser, con suerte, un cuento de ciencia ficción. Una delgada carretera conecta las wilayas. A lado y lado del humeante asfalto surgen hipnóticas acuarelas que proyectan los colores más puros del desierto: una paleta de amarillos y naranjas que los saharauis definen con la minuciosidad propia de una teoría estética.

En este no lugar, el observador atento del desierto lo que encontrará, después de renunciar a la seducción de las acuarelas, es una red de contornos que fondean la superficie dorada como un absurdo: triángulos y rectángulos combados se expanden, en sordina, hacia algún tipo de infinito que, de no mezclarse con el cielo, seguramente se convertirían en tragedia.

Las wilayas llevan los mismos nombres de algunas de las ciudades más importantes que los saharauis se vieron obligados a dejar atrás y que hoy siguen vivas en el Sáhara Occidental, pero bajo la ocupación marroquí: El Aauin, Dajla, Auserd, Smara y Bojador. Cada una guarda la nostalgia de su ascendente e intenta replicarlo usando la invisible bandera del honor.

A diferencia de muchos contextos árabes o musulmanes, el papel de la mujer saharaui se caracteriza por una mayor autonomía y liderazgo público. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Marruecos, en cabeza de su rey Mohammed VI, considera el Sáhara Occidental como parte integral de su soberanía, justificando el control como una administración legítima “no negociable” que impulsa inversiones en infraestructura, desarrollo y estabilidad social. El objetivo de Marruecos no es otro diferente a consolidar el estado de la ocupación bajo lo que denomina un «hecho histórico y consumado». En 2007, propuso ante la ONU un plan de autonomía bajo total autoridad marroquí, rechazando la independencia del Frente Polisario, presentándolo como una entidad terrorista y asumiendo una pronta regularización de su presencia en el territorio. La ONU no rechazó esta propuesta, de hecho, el Consejo de Seguridad la respaldó tildándola de “seria y creíble» e invitó a negociar sobre esa base. Una contradicción estructural ya que la misma ONU entiende la ocupación como un fenómeno ilegal y suele exigir, en cada Consejo de Seguridad, la descolonización inmediata. Disposición que Marruecos refuta tajantemente con la mejor de las armas que tiene a su disposición: el silencio.

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Ozman, el segundo más chico de la familia es fanático de Mbapeé. Hay dos palabras que le provocan una profunda molestia: Messi y Marruecos. Cada vez que las escucha hace una mueca de vómito. Tiene siete años, una piel delicada y café como la cáscara de un dátil y tres camisetas de su ídolo que cuida más que cualquier otra cosa. Desde que vuelve de la escuela, pasado el mediodía, no deja de correr con sus pies descalzos por toda la casa para terminar con el salto con el que el astro francés de ascendencia camerunesa y argelina celebra sus goles.

Una tarde, en el salón principal de la casa, surgió una conversación con Mama Isa a propósito de los mitos y leyendas típicos del Sáhara. Ozman escuchaba atentamente las historias de enigmas, viajeros y aventuras que su madre entonaba envuelta por un doble juego entre árabe y español. Al cabo de una hora cayó dormido, pero, al despertar, lo primero que hizo fue ir a la biblioteca familiar y extraer un libro cuya contratapa fue puesta sobre mis manos para que la leyera:

“Para dialogar y hacer más preguntas acerca de la seguridad humana en relación con los derechos humanos, acá se reflexiona sobre su vínculo con el desarrollo, el territorio, la justicia, los derechos de los pueblos y la dignidad. Estos trabajos reflejan resortes sociales, éticos, epistemológicos y políticos para las resistencias ante la globalización neoliberal y la impunidad de su violencia. Tras éstas, la mayoría de los seres humanos y sus seguridades se desechan por poderes blindados con la obsesión de estar siempre seguros. No habrá seguridad humana si no se construye como seguridad de todas y de todos, y de todos los pueblos, sus culturas y legados de emancipación”.

El libro, titulado De los derechos o la seguridad humana de todos o nadie y firmado por una decena de autores, fue editado en Cuba, el segundo país, después de Argelia, más solidario con el exilio del pueblo saharaui en dos materias fundamentales para la construcción de tejido social: salud y educación. En la escuela de Ozman y en el hospital pediátrico que atiende a Fatma, el acento caribeño de los profesionales es tan común como la leche de camello en la dieta local: casi todos han estudiado en la isla.

Si le contamos con lujo de detalles cómo es el Caribe y cómo se siente nadar en el mar, el pequeño Mbapeé promete llevarnos a ver camellos, además de invitarnos a rezar a su mezquita favorita. Todo lo dice en árabe, mirando a su hermana Audna, que es su traductora oficial.

Ozman en una ventana de la casa familiar. Durante las horas más intensas del verano los saharauis permanecen dentro de sus casas. Entre las paredes de adobe y las telas que filtran la luz la vida se resguarda del calor. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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La similitud de la bandera de la RASD con la bandera palestina no es casualidad, ya que ambos pueblos batallan por su autodeterminación y reconocimiento como estados independientes. El uso de banderas afines refuerza el sentimiento de identidad compartida y aspiración a la soberanía. A los mismos colores (negro, blanco, verde y el triángulo rojo superpuesto) la bandera de la RASD incorporó una estrella y una media luna roja. La estrella simboliza la conformación como República Árabe y la media luna representa su carácter musulmán.

Mapa de la RASD tallado en piedra. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Audna mira su teléfono. La luz artificial le acaricia el rostro, mientras la luz natural de la tarde agoniza sobre su pequeña espalda. No obstante, hay otra luz que gira sobre ella como un satélite, una luz mágica de esas que están reservadas para ciertos espíritus: la alegría. Sus violáceas trenzas aun no conocen el velo musulmán y su alargada frente parece un cofrecillo lleno de precoz sabiduría.

A sus nueve años Audna ya está posicionada como la viajera de la familia. Auspiciada por un programa de intercambio cultural entre España y los campamentos de refugiados, llamado Veranos en paz, ha estado tres veces en Castellón, una apacible provincia de la comunidad valenciana. Aunque el español es su segunda lengua, lo habla con solvencia y se detiene de forma obsesiva en palabras que no entiende hasta descubrir no solo su significado, sino su sentido total en la realidad del idioma.

—¿Qué palabra es esa?

—¿Cuál?

—Dijiste melanolía o algo así.

—Ah, ya: melancolía.

—Sí, sí.

—Es como una emoción extraña que surge del recuerdo repentino de algo o alguien.

—¿Por qué extraña?

—Porque es alegre y triste al mismo tiempo.

Ah, es una palabra como desierto…  

Audna nos lleva a ver la final del fútbol interwilayas. Se enfrentan Club Nassr y Dahla. Somos hinchas del Nassr por exigencia de ella. Son las siete de la tarde y el sol rebota en cada grano de arena como una forma de condena. Los mejores futbolistas son los que juegan descalzos, dice. Uno, dos goles del Dahla. Ya no hay mucho que ver aquí, vamos a la tribuna de las mujeres para que escuchen nuestro grito y después vemos los trompos de los coches, propone Audna.

La tribuna es un espacio pegado a una de las líneas laterales del campo. Allí una treintena de mujeres permanecen sentadas, cubiertas por sus melfas y atentas al devenir del partido. Cuestionan las decisiones del juez, se agarran el rostro por desilusión, se emocionan con las llegadas peligrosas. En los momentos de más euforia surge, como una sinfonía, el zaghareet, un sonido vocal largo, agudo y trinado que se produce con la lengua. Es el grito de la mujer saharaui y se usa en todas las celebraciones, dice Audna.

Entonces es un grito feliz.

—No, también puede ser de dolor.

—¿En un funeral también lo usan?

—Sí, es como la palabra del otro día.

—¿Melancolía?

—Sí, muchas cosas significan eso ¿no?

El partido termina. Pierde nuestro equipo. Pelea en el centro del campo. A lo lejos se escucha el enérgico rugir de motores. Dos autos entran a despelucar la cancha y, de paso, a disolver el conflicto deportivo. En medio de la polvareda los autos dan vueltas de 180 grados sobre sus propios ejes. Los más viejos se van con la desaprobación hecha rostro, mientras los más jóvenes aplauden y bailotean entre la arena alzada: este es mi pueblo ¿en Colombia pasa esto? Pregunta Audna, mientras nos hace apurar el paso porque pronto cerrará el carrito que vende su helado preferido.

Audna muestra la wilaya Bojador desde una pequeña colina. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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El vasto paisaje que rodea los campamentos de refugiados despliega una frontera que secciona el desierto en dos mundos diferentes. Un muro de 2720 kilómetros (más del doble del que divide a Estados Unidos de México) fue construido entre 1980 y 1987, con piedras grises y arena de la más dura, para separar indefinidamente al Reino de Marruecos del Sáhara Occidental. Es la precisión de las manos humanas la que divide el territorio, pero también la proyección de la injusticia.

En algunos tramos de la barrera, el viento levanta pequeños tifones que la cubren para hacerle creer al ojo que hay una montaña de cuatro metros. Pero la dureza no engaña y de repente un delicado y solitario soplo nacido en Mauritania o en Malí limpia el artificio y revela un muro de desolación y vigilancia. Nadie se acerca. Todos saben que debajo de la superficie que aguanta la barrera descansan millones de minas antipersona: guardianes silenciosos que defienden la separación con el poder de la desmembración o la muerte.  

Los soldados marroquíes patrullan con disciplina cada metro las cien horas del día: saben muy bien que, en la soledad del desierto, el tiempo se multiplica. La artillería, dispuesta como un tupido cultivo, no habla el lenguaje de la amistad. Aquí la única paz posible es la de un cuerpo caído. Los drones cuidan la estructura como si se tratara de un tesoro. Cualquier movimiento es una amenaza que hay que disipar. Las torres de vigilancia son el faro del terror para el Frente Polisario, un ejército que lucha con la desigualdad respirándole en la nuca.

El muro de la vergüenza, le llaman, y no es solo una línea física, sino el principal símbolo del control marroquí. También hay vallas de alambre de púas, complejos sistemas de alarma tendidos con la paranoia de la megalomanía y dispositivos ultramodernos que detectan el desperezar de un alacrán a dos kilómetros de distancia. La severidad castrense es el recordatorio constante de la tensión histórica del único territorio no autónomo en África y pendiente de descolonización.

Aunque hay un armisticio desde 1991, la tensión bélica entre la RASD y Marruecos sigue latente. El servicio militar no es obligatorio para el pueblo saharaui, pero los jóvenes acuden a él como una forma de ayuda a la construcción de sentido nacional. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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De forma instintiva, un código no escrito se revela en sus maneras. Es solidaria con toda la familia y su presencia es la del servicio: un esfuerzo que revela la transparencia de cada uno de sus actos. Btizam tiene dieciocho años. Su rostro es oval y hermoso, con ojos pequeños, largas cejas y una nariz precisa. La boca, en cambio, es un reservorio de silencio con dos labios que difícilmente se despegan para sonreír.

En el centro de la wilaya Bojador hay una manifestación en contra de “los invasores”. Así le suelen decir a Marruecos la mayoría de saharauis. La palabra no es la maldición, pero sí el mal recuerdo. Medio millar de mujeres se reúnen para pedir la liberación de sus presos políticos, la justicia por la larga lista de desapariciones forzadas y la suspensión inmediata de la ocupación territorial. Cada mujer lleva consigo una bandera de la RASD, la fotografía de algún familiar víctima de “los invasores” y la garganta bien afinada para hacer del zaghareet el grito más ensordecedor del desierto.

Btizam participa del evento. La rabia le enmascara el mutismo. Escucha con atención las intervenciones de todas las oradoras. Se conmueve, se abraza a su hermana Maima y cuando ve una escena digna de ser retratada corre por entre la multitud y regresa con una fotografía de concurso. Muestra una foto de sombras humanas perfectamente definidas y proyectadas sobre la arena.

—¿Qué título le pondrías Btizam?

—La espera.

A Btisam le gustaría ser profesora de español o francés y seguir cultivando su gusto por la fotografía. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Hay unos objetos que se guardan en la intimidad de todos los hogares saharauis. Objetos mudos, pero cargados de esperanzas: los baúles del retorno. Son grandes cofres de madera, desgastados por el tiempo. Cada uno aloja la paciencia de sus dueños por el reencuentro con la tierra natal. En el interior del baúl de la familia Ahmed Talem Esuelem hay utensilios de cocina, ropa cuidadosamente doblada, artesanías en cuero y fotografías amarillentas de seres queridos. Cada pertenencia representa un pedazo del hogar perdido, además de ser la promesa material de la autodeterminación que, con los años, ha mutado en una memoria que permanece suspendida en el aire. En medio del limbo que supone la existencia en un campo de refugiados, estos baúles son la forma de suspiro colectivo cada vez que se abren para ser liberados del polvo. La madera es el testamento que riñe contra el olvido.

Baúl del retorno de la familia Ahmed Talem Esuelem. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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El desierto se extiende bajo un cielo inmóvil, celeste, que permite el protagonismo de uno de los soles más letales del planeta. El calor es impúdico y no hay razones para no estar tumbado en la finura de alguna alfombra, por lo menos, la mitad del día. Es la hora del almuerzo y un murmullo suave y continuo captura la tristeza de los años. Hilos de polvo se cuelan por una de las ventanas que parece derretirse. A través del viento el desierto habla con voz de arena.

Maima, de veinte años, sirve en una bandeja cuscús con guiso de carne de camello. Su mirada profunda y movimientos lánguidos fraternizan con el aislamiento que expone el hirviente paisaje de oro. Justo antes de hacer el llamado al salón que funciona como mesa familiar, un delicado remolino de polvo se forma en el corazón de la cocina. Maima susurra algunas palabras en árabe. Interrumpe la servida del almuerzo y se dedica a barrer por décima vez en el día esa mínima porción del desierto que es su casa.

La melfa de Maima lleva impresas perfectas manchas verdes y rosas sobre el lienzo blanco que cubre completamente su cuerpo. Cuando empuña la escoba formada con ramas de palma finamente amarradas a un palo hecho de silencio y no de madera, lo que se despliega es una involuntaria danza que abre las puertas a la contemplación del exilio saharaui: un país que se niega a ser sepultado por el polvo del Sáhara.

—¿Qué sentido tiene barrer un desierto?

—No barro el desierto, lo calmo.

—¿Está enojado?

No, solo habla.

—¿Qué dice?

—Cuenta historias, secretos.

—¿De tu pueblo?

—De la vida…

Maima juega con su prima Leila. La familia es considerada la unidad fundamental de la sociedad islámica. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Aunque la ONU, el TJUE (Tribunal de Justicia de la Unión Europea), la UA (Unión Africana) y la Corte Africana de Derechos Humanos reconocen la situación del Sáhara Occidental como una ocupación ilegal, los brazos permanecen cruzados y las mesas de negociación gélidas. La denuncia por la autodeterminación e independencia del territorio, por parte de la RASD, es un tema rezagado en las agendas de la comunidad internacional mientras la explotación ilícita de los recursos y la represión continúan, incluso cuando, desde 1991, existe la MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el referéndum en el Sáhara Occidental) que consiste en una solución política para facilitar las negociaciones entre Marruecos y el Frente Polisario. Se trata de una opción diplomática y concreta que no llena las expectativas de la potencia ocupante y, por tanto, no halla la suficiente visibilidad. En otras palabras: una tormenta de arena.

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En Bojador, la vida transcurre entre fastuosos arenales y un sentido de pertenencia que no reconoce diferencias entre pasado y presente. Los camellos, campanudos viajeros del desierto, deslizan mansamente sus sombras por entre los caminos, las jaimas y los comercios. Las mujeres, con sus melfas que exhiben paletas de colores propias del lejano caribe, son el soporte moral del exilio y con sus blandas voces llevan medio siglo modelando la cicatriz histórica, convirtiéndola en futuro.

Al atardecer, entre risas, escondidas, fútbol y juegos de carreras, los niños transportan en sus manos recipientes de plástico colmados del tesoro más preciado, la bendición de la tierra árida: agua. Pasan sus días sin novedades, sorteando la escasez y asistiendo a las escuelas que enseñan la historia patria y el español. A lo largo y ancho de los campamentos de refugiados no se pierde ni una aguja y el concepto de inseguridad se reduce casi que completamente a la palabra Marruecos.

En la RASD jóvenes y adultos trabajan de forma voluntaria, los salarios existen nominalmente, pero en la realidad cada quien busca la manera de sobrevivir entre los sudarios de la informalidad: una tienda, una peluquería, un puesto de redacción de documentos, un taller mecánico o de modistería. No obstante, el espíritu indomable saharaui relumbra más intensamente que el sol que se cierne sobre la población y los anhelos se aferran, como oasis en medio de la nada, a la unidad y la resistencia.

Final de fútbol interwilayas. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Hile tiene 24 años y su chilaba (túnica que usan los hombres) es tan prolija, que parece que fuera lavada y planchada varias veces por día. Comparte con Btizam el enigma del silencio y el don del servicio. Tiene una camioneta Ford Explorer del siglo pasado que, además de ser el transporte de toda la familia, también es su forma de sustento. Cada vez que lo ve Fatma se le tira encima y no se le despega. Sabe español, pero no lo usa por algún secreto designio. Igual no hace mucha falta porque sacarle palabras es más difícil que acceder al permiso para entrar a los campamentos de refugiados.

—¿En qué piensas cuando conduces entre las wilayas?

—Familia.

Hile llega a casa. La ayuda humanitaria es fundamental para garantizar la supervivencia saharaui. La asistencia internacional, cada vez menor, proporciona recursos esenciales en un contexto donde la vulnerabilidad y la incertidumbre dificultan aún más la subsistencia diaria. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Considerar a los saharauis que viven en los campamentos de refugiados como terroristas es una política de estado para el Reino de Marruecos. En el territorio ocupado que comprende las extensas regiones de Saguia el-Hamra y Río de Oro en el Sáhara Occidental, una zona de aproximadamente 180.000 km² (la misma extensión de Uruguay), los saharauis son tratados ni siquiera como ciudadanos de segunda o tercera clase, sino como auténticos marginales. Cotidianamente son obligados a llevar vestimentas y a desarrollar costumbres marroquíes, no pueden acceder a trabajos formales y, ante el más mínimo indicio de expresión cultural o queja, son perseguidos y encarcelados.

El pueblo saharaui no está en guerra contra nadie y la defensa ante la violencia no puede ser considerada una agresión. El silencio del mundo con respecto a todo esto es la verdadera guerra que se libra contra nosotros y la cara visible y siniestra de ese silencio es Marruecos. España nos traicionó, alcanzamos a ser la provincia número 53 de ese país, se llevaron todo lo que quisieron, explotaron nuestras costas y nos dejaron el idioma con la falsa promesa del apoyo para la descolonización total. Y un día simplemente nos regalaron, esa es la realidad. Toda nuestra gente que está en los territorios ocupados sobrelleva su propia resistencia, mientras de este lado intentamos no dejar morir la llama de la nación, incluso en este territorio tan complicado que nos ha cedido Argelia, en el que si algo da fruto te sientes realizado, pero si no, no te desanimas y vuelves a intentarlo: eso somos, un pueblo que no se cansa… dice Paco Sidha, historiador y militar saharaui que está a cargo de cuidar y guiar las visitas en el Museo Nacional de la Resistencia, ubicado en Rabuni, la capital administrativa de los campamentos.

Un misil lanzado por Marruecos fue convertido en monumento en Rabuni, capital administrativa de los campamentos. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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En un rincón sereno, Mama Isa permanece en cuclillas cortando las verduras para la cena. El tintineo de la olla a presión musicaliza el inicio de la noche y el aroma ligeramente terroso y dulce de la carne de camello viaja por la casa. De forma parsimoniosa cuenta que las mujeres saharauis fueron las que levantaron con sus propias manos cada centímetro de los campamentos de refugiados porque los hombres tuvieron que irse a la guerra.

Acá las mujeres somos el sostén. La cultura saharaui es un matriarcado, pero no es fácil explicarle esto a un mundo que cree que lo único que hay en el islam es machismo. Nosotras mismas tomamos las decisiones que consideramos importantes y sabemos que parte fundamental del ser mujeres consiste en cuidar a nuestras familias y velar por la supervivencia de nuestro país enseñando valores, costumbres, tradiciones y rescatando la historia que nos ha tocado vivir.

—En todos estos años de destierro: ¿alguna tradición se ha perdido?

—Me cuesta saber que no podremos volver al nomadismo después de este sedentarismo que nos fue impuesto.

—¿Qué futuro espera?

—Los humanos son de la tierra donde nacieron, por más de que los obliguen a vivir en la luna. Confío en que alguna generación volverá al Sáhara Occidental y, por medio de ellos, todos regresaremos.

Mama Isa es una mujer grande y fuerte como una ceiba. Las melfas que usa solo dejan entrever la solidez de un rostro sosegado y la pulcritud de unas manos que hablan de su devoción por lo natural. Nació en los campamentos, pero una parte de su familia vive en el territorio ocupado. Este es un tema que no evita, pero que sí le corta la voz hasta el punto de nublarle la mirada. Ya no sabe qué es peor: si estar fuera de casa y no poder regresar o estar dentro de ella con la obligación de asumir la arbitrariedad.

—Hay que seguir sembrando el amor por este país y hacerlo con convicción, incluso cuando sabemos que estamos tan solos… 

Además del liderazgo familiar que ejerce, también dedica las mañanas de los lunes, miércoles y sábados a trabajar en la daira Lemsid, a dos kilómetros de su casa. En viejos salones de una antigua escuela y paredes recubiertas de papel regalo con motivos de paisajes londinenses y parisinos, varias mujeres se reúnen para recibir, organizar, repartir y hacer las cuentas de la ayuda humanitaria que recibe la wilaya. A sus manos llegan desde baños y ventiladores, hasta elementos para las cocinas, pasando por productos de aseo, medicamentos, materiales escolares y jaimas.

Cuando llegan jaimas es mucha felicidad porque es un hogar para alguien que lo necesita. Hasta hace unos veinticinco años era raro ver casas, todos vivíamos en las jaimas. La jaima es el lugar donde ocurre la unidad de la familia saharaui, es la esencia de nuestra existencia, pero se desgasta muy fácil por el clima que es tan difícil, por eso se empezaron a construir casas de adobe y cemento, pero no fue algo que sucedió de la noche a la mañana, nuestro país vive de la ayuda internacional y cada cosa que tú ves de infraestructura generalmente proviene de afuera, dice Mama Isa mientras realiza un inventario del último soporte enviado por ACNUR.

Una vez cada dos meses a las oficinas llegan cientos de bultos cargados de alimentos que tienen que ser dosificados y entregados a las familias: arroz, té, lentejas, azúcar, fideos, alubias, aceite, trigo. Raciones que pueden durar hasta 15 días y que representan no solo un gran auxilio para la precariedad que brilla en los campamentos, sino que significa la consolidación histórica de las redes de apoyo que ha logrado construir la RASD. Mama Isa cobra un salario mensual de 2000 dinares argelinos (16 dólares) por su labor y este monto, más los ingresos de su hijo mayor, Hababa, son los que mantienen en pie a la familia.

Es una lástima que no puedan conocer a Hababa. Es un gran pianista y por eso viaja tanto.

Mama Isa (melfa verde) en su trabajo en la daira Lemsid. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

***

En 2011, la Escuela de Formación Audiovisual Abidin Kaid Saleh de la wilaya Bojador, abrió sus puertas para capacitar, en cine y video, a jóvenes refugiados. El objetivo era puntual: dar voz e imagen a la realidad saharaui y fortalecer los lazos de identidad nacional.

Es temporada de exámenes. Los estudiantes, entre los dieciocho y los veinticinco años, llegan de todos los rincones de los campamentos. Destaca la amplia presencia femenina. También, en el cuerpo docente, las mujeres duplican la contribución de los hombres. En un salón rinden guion, en el siguiente montaje y en el de al lado iluminación. Los nervios gobiernan la última mañana del año escolar.

El examen de guion termina. Los estudiantes abandonan el salón. Charlan en el patio de la escuela cobijados por la frondosidad de un ciprés sahariano. Las paredes blancas están pintadas con cámaras y rollos cinematográficos cuyas ondulaciones se van convirtiendo en surreales camellos y dunas. En el pizarrón del salón que quedó atrás está escrito, en tiza blanca:

INTRO / Familia, perseguir sueños, fotografía, representar a mi pueblo, a mi madre.

VERSO / Encontrar un motivo para vivir. Que el mundo nos ayude.

ESTRIBILLO / Rezar y hacer lo que Dios nos diga. Que se recuerde nuestro sufrimiento.

VERSO / Encontrar un motivo para vivir. Que el mundo nos ayude.

ESTRIBILLO / He luchado por esta causa. Me he sacrificado por la independencia.

OUTRO / Lucho por la libertad. Este el país más bonito del mundo.

Estudiantes de la escuela de cine. La tasa de escolarización entre los jóvenes supera el 90%, un logro extraordinario para una comunidad que lleva medio siglo exiliada en el desierto. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

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Bamba es el único de toda la familia que nació en el Sáhara Occidental. Tiene 74 años. A los 12 abandonó su país para ir a trabajar a España. No sufrió en carne propia la crudeza del desplazamiento, pero sí recuerda cómo una hermana tuvo que atravesar el desierto con lo puesto, al igual que su padre y dos de sus hermanos huyeron hacia Mauritania. En el territorio ocupado quedó parte de la familia. Los lazos no se rompieron del todo, pero el tiempo cumplió con su deber. Atrás quedó El Aaiún, su ciudad natal, y los recuerdos de la suavidad del mar y sus generosos frutos.

Bamba se dedica a labores domésticas como recoger agua, extender y doblar ropas, preparar el té, juntar la comida para las cabras y alimentarlas cada atardecer en el corral familiar. Pese al poderío que sugiere su volumen, la salud interna no le permite trabajar fuera de casa. La espesura y blancura de su barba dejan la sensación de un hombre que lleva pegado al mentón un gran trozo de nieve. Su piel es del color de un habano y el turbante, firme e impoluto, es la principal extensión de su cuerpo.

—Un día todo se puso malo. Nos echaron: ¡váyanse! No los queremos aquí. Así empezó la diáspora. Al lugar que te pudieras ir te tenías que ir o, si tenías un poco de suerte y no te mataban, te llevaban prisionero. Hoy, el encierro no es vivir aquí, el encierro es no poder regresar a nuestra tierra.

Aunque Argelia lo acogía como refugiado, Bamba siguió viviendo en España: Palma de Mallorca, Madrid, Barcelona, Bilbao, Guijón. Más de dos décadas trabajando en cada cosa que se le presentaba: martillero, albañil, mozo, conductor. Conoció gente de medio mundo, pero lo más espinoso era tener que trabajar con marroquíes: se hacía lo que se tenía que hacer, con el menor contacto posible. Un día se despertó con la nostalgia a tope. Pronto descubrió que se trataba de cansancio y, atendiendo el llamado para la reconstrucción de su país, regresó, pero ya no al Sáhara Occidental, sino a los campamentos de refugiados.

Así fue como a principios de la década del 90 conoció a Mama Isa y, en menos de dos años, se casaron. Como ella vivía en el campamento de Auserd y él en el de Smara, decidieron edificar el nuevo hogar en Bojador.  

—Yo conducía un camión cisterna. Llevaba agua a todas las wilayas y un día me tocó ir a la casa de ella, la vi y me enamoré. Al principio daba un poco de miedo: construir una casa en medio del desierto, forjar una familia, pensar en la dignidad y la unidad en una situación de refugio, pero todo se dio como Dios quiso y acá estamos, felices, con lo poco y con lo mucho.

Foto de archivo familiar de Mama Isa y Bamba. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

Bamba se detiene a pensar en la dificultad. Los párpados son pesadas bolsas de sal. Largos silencios atraviesan el relato como si se cruzaran fantasmas en la autopista de su memoria. Pero es la pulpa fresca de su sonrisa la que pinta los recuerdos, incluso cuando el pecho es una caja ardiente.

—Épocas más difíciles que otras, por ejemplo, cuando me quedé sin trabajo porque llegaron los pozos y empezaron a construir el acueducto en el desierto: ya no me necesitaban porque el agua llegaba de otra manera. También en esos momentos de cambio pasamos veranos enteros en que ni los pozos ni el acueducto funcionaron. No hay palabras para la sed. No fui al ejército porque primero conducía el camión y después una ambulancia que me permitió ver la guerra y la pobreza desde otro lado: soldados muertos y enfermedades que azotaron mi pueblo. Si me hubiera tocado ir al ejército no sabría si estaría contando esta historia. No hay una sola familia saharaui que no haya perdido a alguien en la guerra.

El salón principal de la casa posee una alfombra que adormece la planta de los pies. La tonalidad azul oscura permite una delicada levitación sobre el aterciopelado océano de 30 metros cuadrados. Esponjosas colchonetas dispuestas alrededor funcionan como minúsculos acantilados que ayudan a desatender los 45 grados de temperatura que abrazan el Sáhara. Un televisor flota en la pared blanca. El canal Al Jazzera, deja correr imágenes sin censura del último bombardeo israelí en Gaza que dejó una veintena de niños muertos.

Bamba prepara un té para toda la familia. Sus manos, vigorosas y áridas como la biosfera que lo rodea, se mecen dictadas por el viento que entra por la puerta. Sentado sobre sus piernas murmura cosas en árabe mientras intercambia la bebida en pequeños vasos de vidrio, una y otra vez. El objetivo de la maniobra, además de provocar una suerte de espuma cremosa, es alcanzar ese sabor que le recuerda a sus antepasados. Al lado izquierdo tiene un pequeño fogón con carbones rojizos sobre los cuales calienta las teteras.

Es muy terrible que pasen estas cosas y nadie haga nada, dice, mientras escucha el recuento de un reportero argelino a propósito del dolor de las madres palestinas. Bamba comparte el té y promete explicar, después, y con lujo de detalles, todo el ritual que los saharauis llevan perfeccionando siglos: mucho antes de que fueran colonia española: muchísimo antes de que Marruecos los expulsara a ninguna parte.

—Un viejo adagio popular saharaui dice que hay tres tipos de tés. Uno: el amargo, como la vida. Dos: el suave, como la muerte. Y tres: el dulce, como el amor.

Bamba prepara el té. Más que una bebida, es un ritual de encuentro y acogida. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes

El té que Bamba lleva preparando más de media hora es como el amor, un amor que está a punto de calentar las gargantas de sus invitados, su esposa y sus siete hijos. La trascendencia del sabor se hospeda en la extraordinaria estancia de la serenidad y el confinamiento, así, es solo un reguero de añoranza ocasionado por la brisa: una vieja imagen del desierto que solo se revela cuando, con el último sorbo, se conmemora cómo fue la última lluvia.

No odio a Marruecos, sé lo que han hecho, pero no soy nadie para juzgarlos. Nosotros somos muy pocos y pobres. No podemos contra ellos. Algún descendiente mío vivirá en el Sáhara libre. Lo sé. Es cuestión de tiempo: la verdad jamás podrá ser derrotada.

Su nombre no sabe a nada si no es pronunciado por su familia, aquellos a los que heredará la tierra a la que no podrá retornar, pero en la que de alguna manera descansará cuando alguien diga, una noche estrellada, de junio o diciembre: Bamba.

***

A pesar de la tensión latente y de algunos esfuerzos mínimos para poner fin a la vulneración del Derecho Internacional en el marco de la ocupación militar, el proceso de paz entre la RASD y Marruecos se ha convertido en un pozo de aguas estancadas. Sus repercusiones trascienden las fronteras del territorio en disputa, afectando no solo las relaciones con Europa, sino también poniendo en riesgo la estabilidad del Magreb. La falta de solución a este conflicto hace que la comunidad internacional sea la responsable por la prolongación de la injusticia contra el pueblo saharaui.

***

Es nuestra última noche. La luna baja y tiende un manto de luz sobre la oscuridad del pueblo saharaui, la memoria sale del abandono y se convierte en oración. El incienso perfuma el espacio colorido de la jaima familiar y las palabras son pedazos de leña encendida.

—Adiós.

Silencio.

El cielo se hace tangible. El calor se petrifica hasta hacerse brújula.

—Que no se les olvide el camino, dice Mama Isa.

Para el pueblo saharaui, el viaje no es solo desplazamiento: es una forma de existencia. Su historia está marcada por el movimiento, primero como pueblo nómada del desierto, guiado por las estrellas y los rebaños; después, como pueblo exiliado, empujado por la guerra y la ocupación. Viajar, para los saharauis, ha sido tanto una necesidad vital como una herida colectiva. Campamentos de refugiados saharauis, Tinduf, Argelia. Foto: Dahian Cifuentes
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