Chinga L.A. migra

Agua afuera del MDC en Los Ángeles, California. Foto: Alejandro Saldívar
Agua afuera del MDC en Los Ángeles, California. Foto: Alejandro Saldívar

Los Ángeles se ha conviertido en laboratorio de redadas, despliegues militares y desapariciones administrativas. La política migratoria en Estados Unidos opera como un régimen de excepción y en las calles las respuestas caben en un gesto mínimo: levantar un mazapán frente a los fusiles del Estado.

I
Alameda Street, 18:43 horas

El cielo se tensa entre rosado y gris. El humo del copal se arrastra entre las botas de los soldados que custodian la entrada del Metropolitan Detention Center (MDC), una caja ciega de ventanas ahumadas que parece diseñado no para encerrar personas, sino para borrar su rastro. Sobre la avenida, algunos cláxones de apoyo. Por encima, el Metro ruge como si no importara que justo debajo de sus rieles una docena de personas protesta para decir que ya fue suficiente.

Uno de ellos es Miguel. Tiene 27 años, la bandera mexicana entre las manos. No la carga por nostalgia ni por folclor. La sostiene como si fuera un expediente, algo que se muestra cuando ya se agotaron los recursos.

—Gentes armadas, con máscaras, atacaron a las comunidades. No sabemos quiénes son. Meten a la gente en coches. No es justo esto.

Habla despacio, sin urgencia, como si entendiera que la injusticia ya no necesita velocidad. Lo han visto todos: camionetas blancas, sin placas claras, sin uniforme reconocible, cruzando vecindarios con lista en mano. El ICE (U.S. Immigration and Customs Enforcement) no avisa. Aparece.

A su lado, Alphonse, de 65 años, sombrero elegante, gafas redondas, aguarda. Sostiene un cartel que dice DUE PROCESS con letras gruesas. Es una frase mínima. Aquí —frente a este edificio que opera con burocracia militar— pedir debido proceso es pedir un milagro.

—Jalan a la gente mientras va a su trabajo —agrega Miguel—. Ni para uno defenderse de la ley.

Nació en Los Ángeles. Es ciudadano. Sus papeles están en regla. Pero eso no le alcanza. Sus padres son de Oaxaca, de Matatlán, mezcaleros. Desde hace dos semanas ya no salen tanto a la calle. “Por si acaso”. Ese “por si acaso” se ha vuelto la política migratoria no declarada de todo el sur de California.

Una camioneta blanca aparece en la entrada del centro. Se detiene. No hay sirenas. Solo un cordón militar que recibe a los detenidos. No se ve quién baja. No hay nombres, no hay registros.

Entre el 1 y el 10 de junio, ICE detuvo a 722 personas en el área metropolitana de Los Ángeles. Según datos confirmados por ABC7, el 57 por ciento no tenía antecedentes penales. Gente con hijos, con rutina, con empleo formal. Arrestados en la calle, en estacionamientos, en mercados.

Lo llaman “acción de cumplimiento”. ICE no necesita orden de arresto, ni evidencia de peligro inminente. Solo necesita creer que tú no deberías estar aquí. Y entonces estás detenido. En este mismo edificio. En esta misma ciudad que se autoproclama “santuario”.

A Miguel no le impresiona el número. Le impresiona el silencio.

—Yo voy a estar aquí hasta que me lleven —dice—. No hay amenaza en su voz. Tampoco esperanza.

Un tren pasa sobre su cabeza. El puente vibra. Por un segundo, todo se apaga. El ruido es tan alto que parece diseñado para impedir protestar. Sobre esa misma acera, Agua se planta. No mira al tren. No se cubre los oídos. Se queda quieta mientras el mundo alrededor tiembla.

Agua se yergue entre conos naranjas y soldados con pasamontañas. Lleva un penacho ancho de plumas que no son todas iguales. Algunas son largas, pardas, con rayas como lenguas de jaguar. Otras son verdes, sueltas, desordenadas como si se negaran a obedecer. Hay plumas de guajolote, de gallina teñida, de ave que no existió. Ninguna es decorado. En el centro del penacho, una cruz azteca de plástico brillante sostiene la estructura, como si el equilibrio fuera asunto de fe prehispánica.

Sobre su sudadera lleva un pectoral hecho con chaquiras de colores. Un mosaico geométrico de verdes, azules y naranjas que baja hasta el vientre. Lo tejió en Ecatepec, cuando aún pensaba que esto sería temporal. “Cinco años nomás, y luego regresamos”.

Agua se presenta como danzante, pero aclara de inmediato:

—Danzante urbana.

Su espacio es el asfalto, y su causa es la detención arbitraria. Cada noche, dice, vuelve al centro de detención para mantener viva la protesta, aunque solo sean unos cuantos. No grita por gritar. Sabe por qué está ahí.

—Los mexicanos siempre hemos peleado por nuestros derechos. Los aztecas pelearon contra los españoles, los revolucionarios pelearon por los pobres. Y cada vez que nos pisan, levantamos la voz. No es la primera vez que nos hacen esto en Estados Unidos. Y si no hablamos, ¿entonces qué somos?

Agua no baila para que la vean. Baila para no romperse. En la mano sostiene un sahumador de barro negro que suelta copal como si fuera aliento. Detrás de ella hay un soldado. Su cara cubierta, su rifle colgado, sus botas plantadas como si cuidara un edificio del fin del mundo. Pero no mira a Agua. O mira sin querer mirar. Ella se da cuenta. Lo ignora. Sabe que no está ahí por él.

Dice que danza “para que la tierra no se olvide de uno”. Que la espiritualidad no se trata de ser puro, ni azteca, ni limpio de visa. “Se trata de seguir aquí, aunque no nos quieran”. A veces olvida el español a propósito. Dice que eso la protege. O que la hace más libre.

—They say I’m free here. But I can’t dance without five cops watching my back. That’s not freedom. That’s surveillance.

Vino de Ecatepec, hace veinte años. En el papel, migró. En la práctica, huyó. Habla español con ese acento del norte del Valle de México que no se borra ni con años de escuela en el Este de Los Ángeles.

“Trump nos quiere encerrar”, dice. “Y yo vine con cosas que no se pueden encerrar: humo, memoria, y estas plumas que no me caben en la maleta”.

Agua dice que lo que está pasando no es solo injusto: es indigno.

—Están secuestrando gente de todas las edades. Los golpean, los meten a la cárcel nomás por grabar un video o tomar una foto. No hay respeto por nada.

—¿No le da miedo protestar?

—Yo no soy violenta. Cada noche hacemos una vigilia aquí. Les gritamos a los que entran y salen de los coches del ICE. Les decimos don’t give up. No podemos rendirnos. Es el principio de algo. Hay que enseñar que somos un pueblo guerrero, fuerte, con dignidad. No vamos a agachar la cabeza. Tenemos que tenerla en alto. Como Cuauhtémoc. Como Pancho Villa. Como Emiliano Zapata.

Hace quince años, Agua no tenía papeles. Lo recuerda con una frase corta:

—Sé lo que se siente.

En una de las esquinas del edificio, alguien pintó con spray: NAZI CAMP. Y al lado, una flecha que apunta directo hacia el MDC. Alguien nombra lo que otros prefieren administrar: detenciones masivas, separación de familias, traslados nocturnos, listas sin nombres, cifras sin rostro.

II

Downtown, 20:47 horas

Desde arriba del freeway la ciudad parece una fábrica de velocidad: abajo, miles de autos reptan en fila, obedientes, envueltos en esa prisa industrial que nadie cuestiona. La ciudad ruge, pero no escucha. Nadie levanta la mirada. Nadie quiere ver lo que cuelga del puente: una manta negra, pintada a mano, que dice en letras gruesas: FUCK ICE.

Podrían haber escrito “abolish”, “end”, “defund”. Algo más presentable. Algo que pueda imprimirse sin que tiemble el editor. Pero escribieron eso. Porque eso es lo que se dice cuando ya no queda otra cosa. Porque la cortesía no sirve cuando alguien desaparece a tus vecinos a las seis de la mañana. A veces el lenguaje correcto es una forma de sumisión. Esto no. Esto es gente que ya entendió que si no se nombra lo que se odia, entonces se aprende a vivir con ello.

A unas cuadras del freeway, en una pared de concreto raso, alguien ya escribió: FUCK ICE en letras rojas. La pintura rezuma ligeramente. En un poste de teléfono se lee: ICE OUT LA NOW. En el cruce siguiente alguien ha pegado un sticker que dice: ICE kills.

Desde finales de mayo, Los Ángeles vive una situación que Human Rights Watch (HRW) describe como “una ofensiva de redadas y detenciones que usa a la ciudad como laboratorio”: agentes de ICE, CBP y otras agencias irrumpieron en estacionamientos de Home Depot, car washes, swap meets, restaurantes, puestos de comida y granjas de mariguana. Entre el 28 de mayo y el 28 de julio, el promedio de arrestos de ICE en la región subió a 540 personas por semana, frente a 139 semanales antes de la ola.

Una de las consignas contra el ICE en un freeway. Foto: Alejandro Saldívar
Una de las consignas contra el ICE en un freeway. Foto: Alejandro Saldívar

III

Placita Olvera, 11:30 horas

El sol cae en picada sobre la plaza. Las pancartas dan sombra suficiente para tapar el sol. Las consignas, impresas en serie, brillan con el mismo naranja del calor: LA SUPPORTS IMMIGRANTS, con el skyline del downtown al fondo. Alguien sostiene otro mensaje: MILITARY OUT OF OUR STREETS.

La Placita es al mismo tiempo romería, conferencia de prensa y plantón. Los puestos de recuerdos —sombreros, zarapes, vírgenes fluorescentes— conviven con carteles fosforescentes: “Stop local law enforcement”, “Que se largue Trump ya”, “Ni una familia más separada”.

Todo ocurre a la vez. Una señora reparte botellas de agua con la misma mano con la que sostiene un rosario. Un grupo de jóvenes reparte stickers: ICE out LA. Un niño corre con una cartulina que dice Free our parents. Al fondo huele a tamal, a birria y a cebolla.

El repudio a las redadas del ICE en Placita Olvera. Foto: Alejandro Saldívar
El repudio a las redadas del ICE en Placita Olvera. Foto: Alejandro Saldívar

Del lado de la calle, estacionado como si fuera un escenario sobre ruedas, un camión blanco domina la vista: en el costado, en letras negras truck size, se lee NO ICE. Cada vez que alguien levanta la voz al micrófono, el eco rebota primero en esas tres letras antes de regresar a la plaza.

A unos metros, una mampara está cubierta de retratos en blanco y negro: rostros recortados y ampliados, algunos sonriendo, otros serios, otros a medio gesto, como si los hubieran congelado a la mitad de una conversación. Son padres, madres, hijos, parejas; abajo de varios se lee la palabra “EXTRAVIADO”. Entre las caras, franjas naranjas y negras de Refuse Fascism repiten: “TRUMP MUST GO NOW / ¡QUE SE LARGUE TRUMP YA!”. Frente a ese muro de ausentes, una mujer con blusa morada levanta el teléfono y encuadra. Su gesto es rápido, casi automático, como si necesitara llevarse esas caras en el bolsillo antes de que el viento arranque los carteles o alguien decida quitarlos.

Desde el 6 de junio, la ciudad vive lo que las organizaciones llaman una campaña de terror. En un comunicado publicado el 20 de julio, la Coalición Pro Derechos Humanos del Inmigrante en Los Ángeles (CHIRLA) presentó un mapa de calor con 471 operativos migratorios confirmados en el condado entre el 6 de junio y el 20 de julio, registrados a través de la red de respuesta rápida Los Angeles Rapid Response Network (LARRN). En el mismo periodo, recibieron 1,677 llamadas de vecinos que reportaron agentes armados en escuelas, parques, esquinas de barrio; en 389 de esos reportes se habló de arrestos aleatorios de personas que iban caminando, manejando o trabajando.

Micrófono en mano, una voz lo resume con menos cifras:

—Aquí nos están desapareciendo en vida —dice una mujer—. Se llevan a la gente sin orden, sin explicación y las familias pasan horas, días, sin saber si están vivos, si están aquí, si ya los sacaron del país.

No hay lista oficial, pero es la cifra que circula de boca en boca: unas cientos de personas de las que las familias no tuvieron noticia durante días después de las redadas, sin acceso a abogados, sin registro público de dónde estaban detenidos. Las organizaciones hablan de desapariciones administrativas; el gobierno federal lo llama “procesamiento”. El resultado es el mismo: sillas vacías en las cenas de la noche, camas sin dueño, teléfonos que nadie contesta.

Una mampara con rostros de personas reportadas como desaparecidas en Los Ángeles. Foto: Alejandro Saldívar
Una mampara con rostros de personas reportadas como desaparecidas en Los Ángeles. Foto: Alejandro Saldívar

Una carpa apenas difumina el sol. Debajo, entre sillas plegables, Rosalío ocupa su propio centro de gravedad. Ochenta y siete años, piel curtida, sombrero, un periódico que lo presenta como “revcom”. La silla de ruedas no le quita nada. Habla con el tono de quien todavía espera una batalla, no una cita en el hospital.

Su voz trae el norte: erres arrastradas, vocales duras, la cadencia de Chihuahua que no perdió ni con décadas de vivir en California. Cuando le pregunto por qué está en la Placita Olvera, no duda:

—El fascismo rompe las leyes —dice, como si diera un diagnóstico clínico—.

Cada palabra cae como si hubiera pasado por muchas revisiones internas. Rosalío trabajó décadas como intérprete en hospitales angelinos. Vio a migrantes firmar documentos que no entendían, rechazar tratamientos por miedo a la migra, aguantar dolor para no dejar pistas en el sistema. Aprendió inglés por necesidad, leyes por desesperación y marxismo por insistencia propia.

A su alrededor, las pancartas levantan un paisaje ideológico compacto: “EDUCATION NOT DEPORTATION”, “THE TRUMP FASCIST REGIME MUST GO NOW!”. El mitin del Summer of Resistance avanza entre discursos, consignas y baile. Desde su silla, Rosalío ofrece otra cosa: una piedra memoriosa.

—Estados Unidos le ha chupado la sangre a México —afirma—. Primero con las armas, luego con los tratados, ahora con la mano de obra. Y encima, Trump viola los derechos de los latinos y dice que la ley está de su lado.

Levanta la mano derecha, huesuda, para subrayar la idea.

—El fascismo siempre hace eso —añade—.

No habla solo de teoría, sino de lo que ha pasado en las últimas semanas. Rosalío no es un militante aislado. Un periódico instala su mística con letras degradadas del amarillo al rojo:

WE NEED
AND WE
DEMAND:
A WHOLE NEW
WAY TO LIVE,
A FUNDAMENTALLY
DIFFERENT SYSTEM

Le pregunto qué significa. Se inclina hacia adelante, da vuelta a la página:

—Es la página de los rev-coms. Los revolucionarios comunistas. Yo no juego a la mitad —dice—.

Revcom.us es el portal del Revolutionary Communist Party (RCP), un partido marxista de línea maoísta que existe desde los años setenta y que hoy se presenta como “los revcoms”. Su objetivo declarado: derribar el capitalismo estadounidense y reemplazarlo con un Estado socialista, bajo la dirección teórica de Bob Avakian. Desde ese espacio impulsan campañas que describen a Trump y su entorno como un proyecto fascista en marcha y llaman a una “revuelta sostenida” para sacarlo del poder.

En el terreno, siglas como revcom.us se mezclan con otras: Refuse Fascism, coalición que nació con apoyo del RCP y que organiza protestas masivas, jornadas de resistencia y mítines como el de hoy para “expulsar al régimen de Trump” mediante desobediencia civil no violenta.

Rosalío no recita manifiestos; condensa todo en una frase:

—Yo estoy con los que quieren tumbar este sistema, no maquillarlo.

Por eso sus palabras suenan a fábula política:

—Los clientes de los cárteles están aquí —lanza, señalando el centro financiero de Los Ángeles, invisible desde la carpa, pero presente en su mapa mental—. Allá ponen los muertos, aquí se quedan la droga y el dinero. Luego vienen y nos dicen “ustedes son el problema”.

Se ríe. No es risa alegre. Es la carcajada cortante de quien mira el escenario completo desde hace demasiado tiempo.

—Sin mano de obra mexicana este país no existiría como ahora —remata—. Las casas, los campos, los restaurantes, los hospitales donde interpreté. Todo eso camina sobre espaldas latinas. Y aún así nos tratan como si sobráramos.

Mientras habla, detrás de él pasan voluntarios que reparten volantes sobre derechos legales, niñas que cargan carteles caseros, turistas que toman fotos sin entender del todo qué ocurre. La Placita se convierte en intersección de mundos: folclor para unos, trinchera para otros.

Le pregunto si no se cansa. Tiene 87 años, calor encima y la ciudad ardiendo en detenciones.

—Me cansé cuando era joven —responde—. A esta edad uno ya nomás escoge de qué lado quiere morir.

Lo dice sin dramatismo. Para él, el fascismo es la descripción de un régimen que militariza las calles, encarcela en masa, reprime la protesta y usa la ley como arma política.

Rosalío no cita a Avakian ni a Marx. Prefiere otra genealogía:

—Primero nos quitaron tierras, luego recursos, ahora quieren quitar gente. Pero siempre hay alguien que se rebela. Zapata, Villa, héroes que nadie recuerda.

Una ráfaga levanta el borde de la carpa. El sol entra de lleno por un instante, ilumina las pancartas. Rosalío entrecierra los ojos, se acomoda el sombrero.

—Mire —dice—. Si uno sabe leer, ve que todo esto está escrito desde hace mucho. El problema es que la mayoría no quiere leer la parte donde el sistema se cae.

Frente a la pizarra de los desaparecidos se cuchichean otros testimonios. Una mujer le ofrece moverlo a la sombra. Él niega con la mano.

—Que me pegue tantito el sol —responde—.

Alicia llega a Placita Olvera con una playera negra que ya no tiene negro perfecto, sino ese tono gastado de la ropa que ha visto demasiadas marchas. Lleva unas gafas de sol sobre la cabeza como diadema improvisada. No busca el templete. Busca la orilla. Se mantiene de pie en la carpa, medio cuerpo en sombra, medio en sol.

—No solo es antifascismo, sino detener al fascismo.

Lo dice en un español que avanza, empujado por el inglés. Nació en Los Ángeles, hija de migrantes, y su lengua materna es la mezcla: frases que empiezan en un idioma y se salvan en otro. A unos metros, un grupo grita consignas. Aquí, en esta orilla, Alicia prefiere la frase larga.

—Los medios hablan de “polarización”, de “división política”, de “tensiones raciales” —dice—. Casi nunca dicen “fascismo”. Mucho menos “antifascismo”. Es como si tuvieran miedo de nombrar la enfermedad.

Hace una pausa, busca una palabra en español, no la encuentra, la reemplaza:

—When you erase the word, you erase us. Es una forma de negarnos a la sociedad que tiene que entrar en conciencia.

En su boca, la crítica no es teoría, es diagnóstico. Alicia ha visto notas de televisión donde las redadas aparecen como “operativos de seguridad”, los centros de detención como “instalaciones”, las familias rotas como “casos”. El fascismo, en ese lenguaje, nunca llega. Apenas se insinúa.

—La estrategia es eliminar nuestros derechos —dice—. Primero nos quitan la palabra, luego los papeles, luego el cuerpo. Todo legal, todo “proceso”.

Baja la voz, no el tono.

—What we see now is white supremacy as a government plan. Vemos una supremacía blanca que elimina gente. No solo la odia: la hace desaparecer con leyes, con cortes, con policías que ni lo son.

Le pido que explique MAGA para alguien que no vive aquí. Suspira, como si tuviera que traducir una pesadilla.

—Make America Great Again suena inocente, ¿no? Nostalgia, baseball, apple pie —dice—. Pero en el fondo es Make America White Again. Hacer a Estados Unidos blanco otra vez. Un país donde los que se ven como yo, como nuestros padres, sobran.

No habla de abstractos. Enumera:

—MAGA es deportaciones masivas, votos para quitar derechos reproductivos, prohibir libros, perseguir a personas trans, decir que el cambio climático no existe, llamar “enemigos” a los periodistas, poner jueces que siempre votan en contra de las minorías. Un proyecto para reducir quién cuenta como humano.

Un vendedor pasa ofreciendo souvenirs. Alicia lo mira, sonríe con los ojos, pero no interrumpe el hilo.

—Mucha gente dice: “yo no soy racista, solo me gusta la economía con Trump” —agrega—. No existe MAGA sin esa violencia. No hay versión amable.

Piensa un segundo y remata:

—Si tú aceptas “Make America Great Again” como eslogan legítimo, estás aceptando que “great” significa que otros desaparezcan. Que los metan en jaulas, que los deporten, que no voten, que se queden callados. Eso es fascismo con gorra roja.

La desilusión no llega en forma de fracaso, sino como aviso. Al día siguiente no hay mitin en Olvera, pero la imagen corre por todos los noticiarios: MacArthur Park lleno de militares y agentes federales, Humvees, vehículos tácticos y efectivos de la Guardia Nacional flanqueados por oficiales a caballo. La operación dura una hora, no deja arrestos confirmados, pero sí un mensaje claro: el aparato de seguridad puede convertir un parque de migrantes en escenario militar cuando quiera. La propia alcaldesa Karen Bass lo llama “un truco político” y “táctica de miedo” dirigida a comunidades inmigrantes.

Ese es el clima en el que Alicia habla de fascismo. Un día hay carpa, micrófono y pancartas en Placita Olvera; al otro, caballos y uniformes en un parque que muchos llaman “la Ellis Island del oeste”. Lo que desgasta no es protestar, sino saber que, del otro lado, nadie tiene prisa por escuchar y sí muchas ganas de enseñar los toletes.

IV

Skid Row, 15:45 horas

Antes de que aparezcan las carpas, aparece la bandera. No en un asta, sino pintada en la pared: un muro azul cielo, desgastado, con barras rojas y blancas y un campo de estrellas que ocupan media fachada de una bodega de juguetes al mayoreo. En la esquina de 5th St. y Wall St., una franja negra recorre la pared, como si hubiera recibido fuego directo.

Al pie del mural, la esquina ofrece restos. Palés rotos, colchones sin dueño, pedazos de mueble, bolsas abiertas. Un hombre empuja una silla de ruedas vacía convertida en carro de carga, otro revisa una montaña de ropa que alguien tiró. Los edificios del downtown se asoman al fondo, difusos, como si fueran de otra ciudad. Un ciclista pasa con dos bolsas negras amarradas al manubrio; pedalea con desgano, como si el trayecto no llevara a ningún lugar preciso. El semáforo marca alto, pero el tráfico sabe que aquí las reglas no mandan.

Paisaje en Skid Row. Foto: Alejandro Saldívar
Paisaje en Skid Row. Foto: Alejandro Saldívar

Skid Row no empieza ni termina en esa esquina. Se extiende en carpas que forman pasillos, casas de campaña que no sirven para acampar sino para sobrevivir al día. Tiras de plástico azul amarradas con cables, diablitos conectados a postes, cobijas colgadas como cortinas. El barrio se construye cada mañana y se descompone cada noche. El olor mezcla orines viejos, comida agria, desinfectante, humo de algo que se quema en cucharas.

Una mujer se sienta en el filo de la banqueta. Lleva los labios pintados de un rojo que no combina con nada. Mira hacia la calle, abre las piernas y señala con un gesto rápido su entrepierna. No habla. El gesto funciona como anuncio, tarifa y contrato. Un auto desacelera apenas, el conductor mira, calcula, decide que no, vuelve a acelerar. Ella encoge los hombros, se acomoda el cabello y espera el siguiente intento. Aquí el cuerpo vale lo que dura la siguiente dosis o la noche en un motel.

Más adelante, un grupo de voluntarios descarga cajas de una camioneta. Frambuesas en charolas de plástico, algunas aplastadas, todas al borde de la caducidad. Los voluntarios se reparten la tarea, reparten las frutas como si fueran fichas limitadas. Una frambuesa perfecta, otra medio líquida, otra con moho en la base. Nadie protesta. La gente recibe las cajas con el mismo cuidado que usaría para sostener una receta médica.

El país que presume grandeza reparte sobras envueltas en plástico. Skid Row muestra el extremo al que llegan las vidas que el sistema empuja fuera de cualquier plan, con o sin papeles. La frontera no siempre queda en el mapa; a veces se concentra en una cuadra donde nadie quiere estacionar el auto.

Al doblar otra esquina, la escena cambia de registro sin salir del mismo guion. Un local pequeño, pintado de colores intensos, cuelga piñatas de todos los tamaños. Estrellas brillantes, princesas, superhéroes. Entre ellas, dos figuras llaman la atención: muñecos con lentes oscuros, gorra negra, chaleco con letras blancas donde se lee ICE. Cuelgan con los brazos abiertos, sonrisa dibujada, listas para recibir el primer palo de escoba.

—Llévese una—dice entre risas—. Estos son los únicos agentes de ICE que aquí sí queremos ver colgados.

Piñatas de agentes del ICE en Los Ángeles. Foto: Alejandro Saldívar
Piñatas de agentes del ICE en Los Ángeles. Foto: Alejandro Saldívar

V
Downtown, 4 de julio, 12:32 horas

Este año, el desfile patriótico se mudó de las avenidas previstas a una ruta imprevista: la calle frente al Ayuntamiento. Donde otros años habría asadores y banderas en los jardines, hay mantas naranjas que dicen Trump Must Go Now! y carteles de ¡QUE SE LARGUE TRUMP YA!. El sol cae sobre el concreto y rebota en los escudos transparentes de los soldados apostados frente al edificio federal; la escena parece una versión torcida del 4 de julio, con marines y Guardia Nacional haciendo de escenografía de guerra en un día que venía firmado como fiesta.

Entre la multitud entra, rojo encendido, un Chapulín Colorado de carne y hueso. Traje ajustado, antenitas blancas con puntas amarillas, mazo de plástico levantado como si estuviera a punto de soltarle un golpe al cielo. En el pecho, el corazón amarillo con las letras CH compite con otra silueta al fondo: una piñata rosa fosforescente de Trump con cuernos, mandíbula cuadrada y ojos en cruz. Alguien la carga en alto, lista para ser colgada. El superhéroe avanza serio, sin chiste, flanqueado por banderas mexicanas y estadounidenses.

Más atrás, una mujer con gorra de los Dodgers, cubrebocas y mangas de tatuaje en los brazos levanta un mensaje: SHOW ME YOUR PAPERS / I.C.E. OFF MY PROPERTY / GET A WARRANT!. Detrás de ella, danzantes con penachos, mujeres con falda larga, hombres con camisetas de sindicatos. Cada quien trae su propio idioma y su propia historia, pero todos caben bajo la misma consigna minimalista que se escucha de vez en cuando: No more occupation, no more deportation.

Frente al edificio federal, la línea se endurece. Una hilera larga de soldados y agentes federales se planta en las escalinatas: cascos, chalecos, rodilleras, escudos que reflejan el mediodía. Detrás de ellos, puertas de vidrio; delante, una manta negra con letras recortadas en cinta blanca: TRUMP MUST GO NOW / NO FASCISM.

Un hombre envuelto en una bandera mexicana —por un lado el escudo, por el otro la estampa kitsch de la Virgen— mira de frente a los uniformados. La distancia entre ambos la llena un cartón que alguien levanta en medio y que resume la opinión general: “DICKLESS”, escrito en rojo y negro.

Un hombre moreno, camiseta verde y sombrero militar, levanta un cartón que dice: “MEXICANS AIN’T GOING ANYWHERE”. Una joven con megáfono se desgañita con un grito que mezcla promesa y amenaza:

—¡Aquí estamos y no nos vamos!

Al fondo, casi fuera de cuadro, los soldados siguen inmóviles. No responden a los insultos ni a los juegos del lenguaje. Vinieron con la orden de proteger edificios federales y operaciones migratorias, parte de un despliegue que llegó a sumar más de 4,000 elementos de la Guardia Nacional y 700 marines en el área de Los Ángeles desde junio, una respuesta militar a protestas que la mayoría de los reportes describen como pacíficas.

En cualquier otro 4 de julio, esa línea de soldados habría desfilado entre aplausos y banderas. Hoy, en cambio, sirve de pared para recibir injurias. No hay fuegos artificiales, pero hay suficiente pólvora acumulada en las historias de quienes cargan carteles, piñatas y disfraces como para iluminar, al menos por unas horas, el tamaño del abismo entre la retórica de independencia y la realidad de una ciudad cercada por redadas.

En el Federal Building, se plantan cuatro figuras que parecen salidas de un desfile equivocado: a la izquierda, una mujer con corona de flores blancas y vestido estampado con la Constitución envuelta en llamas; al centro, otra convertida en Estatua de la Libertad verde pastel, cadenas gruesas en la cintura, candado colgando como si la hubieran amarrado al país; a la derecha, una diosa dorada, falda de banderas del mundo, espada en mano manchada de rojo.

Detrás de ellas, un charro enmascarado con cartucheras cruzadas. Los cuatro levantan el puño. Sobre sus cabezas, un cartel sencillo remata la escena: “CHINGA TU MIGRA”.

Abajo, a nivel de calle, la solemnidad dura poco. Una mujer con top arcoíris, grita algo que el resto repite a trompicones. A su alrededor, mujeres con hiyab, jóvenes con gorras de LA, señores con banderas al hombro.

Pedro, octagenario, empuja su carreta de helados como quien arrastra un pasado completo: 25 años sin papeles, 25 veranos en la misma ruta, campanita chueca, hielo derretido en los nudillos. El letrero dice LIMÓN, MANGO, FRESA, COCO, VAINILLA Y NUEZ en plumón; frente a él, una fila de militares con casco y fusil parece sacada de otro planeta donde no existe el calor.

Se detiene justo a la altura de los soldados, mira un segundo de más, traga saliva. Le pregunto si no le da miedo andar aquí con la migra rondando. Pedro rompe el silencio: “¿Miedo? ¿Por qué? El miedo no paga la renta”, dice, y levanta la tapa de un helado como si fuera un telón. Una mujer le compra un helado de mango; la música lejana de un altavoz se mezcla con el repique de la campanita y, en un arranque que nadie esperaba, Pedro suelta el carrito, toma la mano de la muchacha y se pone a bailar con pasos torpes pero felices, ahí mismo, frente a los rifles.

Sobre el puente del freeway, la protesta cambia de escala. Abajo, el tráfico va a 100 por hora; arriba, un danzante se queda quieto. Solo se le ve la espalda: el torso desnudo cubierto por un pectoral con grecas doradas y negras, y un penacho que explota en plumas naranjas, azules y cafés, como fogonazo detenido a media tarde. Desde esa altura mira la ciudad que lo trajo hasta aquí: el centro de Los Ángeles, las torres de oficinas, las vías del tren, los letreros verdes de salida. No baila todavía. Espera. Cada pluma parece apuntar en una dirección distinta, como si el penacho entero insistiera en recordar que este país no salió de la nada.

A unos metros de él, una mujer se sostiene sobre la barandilla del puente. De espaldas, camiseta gris holgada, tenis rosas, bandera estadounidense en la mano. En el centro de la espalda, cuatro palabras blancas: IMMIGRANTS MAKE AMERICA GREAT. El slogan de campaña al revés y al natural. Ondea la bandera sobre los autos como si hiciera señas a alguien que no va a detenerse. Los conductores miran apenas, algunos tocan el claxon, otros aceleran.

Un joven vestido de negro, sostiene una bandera mexicana y otra estadounidense. El viento las mezcla: el águila se pierde entre estrellas, las barras rojas cruzan el escudo nacional, los dos países se pisan y se sostienen al mismo tiempo.

En las escalinatas del edificio federal, un joven se planta frente a la línea de marines. Lleva jeans doblados, tenis negros, playera gris de manga larga. No trae cartel, trae bandera: la de Estados Unidos, pero al revés. Las estrellas quedan abajo, las barras rojas y blancas cuelgan hacia el suelo.

Desde la caseta de un autobús, un manifestante mira la protesta como si supervisara una maqueta. Sostiene una bandera que no existe en ningún manual: roja, blanca y verde de un lado, estrellas azules del otro, el águila mexicana en medio. Un híbrido imposible que solo tiene sentido en esta ciudad donde los papeles se cruzan más que las fronteras. El viento infla la tela. De abajo suben los gritos, los tambores, las sirenas lejanas.

Cerca de la salida del estacionamiento, los vehículos blindados esperan sin moverse. Frente a ellos, un hombre se planta con un cartel blanco y letras negras: “NUREMBERG TRIALS NOW”. No pide reformas ni mesas de diálogo. Pide juicio. En un país que presume excepcionalidad, alguien coloca de golpe el nombre de otro juicio, otro tiempo, otra vergüenza colectiva. Los soldados siguen en su coreografía de órdenes, radios y extintores.

Al final de la tarde, cuando el sol ya no perdona pero la gente se niega a irse, la protesta se vuelve puro ingenio de banqueta. Un grupo levanta un cartón con la cara de Trump pegada a un cuerpo hecho de bikini patriótico: estrellas y barras en forma de traje de baño recortado sobre cartón café.

Dos mujeres envueltas en rebozos rojos cargan algo que, de lejos, parece tapa de bote. Zoom: una bandeja redonda, rosa pastel, que imita el envoltorio de un mazapán. Alrededor de la flor se lee, en círculo: Chinga la migra / Fuck ICE / Fuck the police / Fuck Donald Trump. Rodelas de guerra. Cada vez que un coche toca el claxon en apoyo, ellas levantan los mazapanes al aire, como brindis.

El mazapán es el dulce de la infancia mexicana en Los Ángeles: se rompe solo de mirarlo, se desmorona en la mano. La migra, en cambio, se presenta como cosa dura, aparato impenetrable. Chinga la migra es un retruecano: el dulce frágil se convierte en arma, el envoltorio se vuelve defensa. Si la migra se dedica a quebrar familias, aquí la gente propone defenderse a mazapanazos.

Lili tiene 19 años y va envuelta en negro. Sudadera con capucha, paliacate que le cubre nariz y boca, pantalón amplio con manchas de aceite que no salieron ni con cloro. Antes de gritar, escucha; se queda un momento en la orilla de la protesta, aprieta el altavoz contra el pecho como si fuera termo de café. Empezó en las marchas contra la guerra en Gaza, siguiendo a una amiga de la prepa. Descubrió ahí dos cosas: que la policía no perdona y que un discurso bien dicho puede mover a desconocidos.

Trabaja lavando platos y cortando verdura en una cocina anónima del centro. Turno partido, sueldo mínimo, propinas que nunca llegan a la parte de atrás. En las últimas semanas, cuenta, ya no van tres personas al trabajo: los que no tienen papeles. Entre los que quedan juntan billetes y monedas al final del día, los meten en una bolsa de plástico y se los llevan a las casas de sus compañeros.

El altavoz que carga tiene cinta adhesiva en la bocina y un sticker despegado que dice Abolish ICE. Lili quiere estudiar Derecho, aprender a leer contratos, demandas, órdenes de cateo, defender a los migrantes. No le alcanza. Ni para la matrícula del community college ni para dejar un turno. Así que convierte la calle en aula provisional. “Si no puedo pagar la escuela, mínimo aprendo a gritarle a los policías”, bromea, pero la voz le sale seria.

Lili mira la hora en el celular que trae en la bolsa del hoodie. Frunce el ceño, corta el altavoz y se disculpa con la gente a la que hace unos segundos arengaba. “Tengo que irme, entro a las cinco”, dice, y guarda el megáfono como quien guarda un libro a medio leer. Cruza entre pancartas y banderas, se quita el paliacate pero no la capucha, agarra el camión con la ansiedad de quien sabe que llegar tarde significa perder dinero.

Lili se aleja rumbo a la cocina industrial que la espera con montañas de platos grasientos y órdenes a gritos. La protesta sigue sin ella, pero muchas de las voces que sostienen la protesta solo tienen permiso temporal: un par de consignas, dos vueltas a la manzana y luego correr al trabajo, porque la migra no perdona y el sistema tampoco acepta justificantes por ir a gritarle al gobierno.

A unos pasos, un agente de ICE hierve dentro de una olla sobre fuego de leña. Arriba, en letras amarillas, se lee “CARNITAS”. Más cerca del cordón policial, otro cuerpo opta por el blindaje casero. Lleva colgado en la espalda un viejo letrero de tránsito arrancado de la calle: círculo rojo, fondo blanco y, al centro, un hielo.

Detrás de la primera fila de marines, el dispositivo se mueve. Agentes del DHS avanzan con casco negro y máscaras antigas que deforman la respiración. El chaleco dice POLICE DHS; la mano lleva tolete o rifle con balas de goma. Uno coloca la palma sobre el escudo de un compañero, como si diera la señal de cerrar filas. No hay gas en el aire, pero la amenaza ya rellenó el cuadro: cualquier paso en falso convertirá esta protesta en un polvorín.

Una señora que se aleja trae la bandera de México como mandil de batalla. Uñas pintadas, pulseras, anillos, cruz dorada en el dedo. En brazos sostiene a un chihuahua que viste mejor que muchos funcionarios: chalequito azul con estrellas blancas, moñito rojo, lentes diminutos, sombrero de copa estampado con la bandera de Estados Unidos y bordeado con listones tricolores.

Ella acomoda el sombrero con una delicadeza que contrasta con las consignas de la calle. Si existiera una versión canina del sueño americano, se parecería a esto: un lomito, mitad mariachi, mitad tío Sam, en brazos de una mujer que sabe que la ternura también sirve como defensa.

En la esquina se asoma otra escena, casi discreta: un carrito metálico enganchado a una bicicleta naranja. Sobre el techo improvisado cuelga una tela deshilachada con tres palabras torcidas a mano: “Food Not Bombs”.

VI

Corona, CA, 13:05 horas

Su estrategia de protección, por ahora, consiste en no quedarse mucho tiempo en ningún lugar. Antes, dice, podía pasar una hora en el supermercado, elegir caramelos para la hija, ver ofertas, perder el tiempo. Ahora entra, agarra lo básico y sale rápido. El día que olvidó los dulces, su hija se molestó. Ana se excusó: “Nomás fui por lo que ocupaba”. La prisa ya no es económica, es defensiva.

En la sala hay un sofá, una mesita baja y la tele encendida sin sonido. En la pantalla, su hijo de once años dispara en Roblox contra enemigos cuadrados. Ana vigila el juego de reojo mientras remueve tepache en una jarra. El celular descansa en la mesa, boca arriba, con la pantalla encendida: una app con icono de sirena roja avisa supuestas presencias de migración, fotos borrosas de camionetas blancas, mensajes que dicen “creo que los vi en la tienda tal”, casi siempre con varias horas de retraso. Ana se ríe sin alegría: “Ya que te avisan, ya se fueron”.

Tiene 48 años y casi la mitad de su vida la ha vivido en Estados Unidos. Llegó a los 25, embarazada de su primer hijo, desde un rancho en Sinaloa donde el futuro se reducía a tres oficios: sembrar, criar ganado o cosechar chiles. “Si estudiabas una carrera no la ibas a ejercer. En un rancho no se puede”, dice. Por eso se fue a Mazatlán, estudió Administración de Empresas y trabajó un tiempo en hoteles y oficinas. Cuando la familia empezó a emigrar en bloque —madre, hermanas, cuñados—, sintió que el centro de gravedad se movía de país. “Todos estaban acá. Yo era la que faltaba”.

La primera vez cruzó por Sonoyta, Sonora. De noche. Embarazada. No repite la palabra “caminando” pero la describe: bordear por otro lado, correr, agacharse, pasar bajo alambres. “No está fácil. Traes la angustia de que te agarren, de que pase algo y te lleven a otro lado”, recuerda. La segunda vez fue peor. Entre una y otra hubo un regreso breve a México y otro intento de instalarse allí. Solicitudes de trabajo con currículum impecable y una pregunta que la dejó clavada en el piso: “¿Y por qué se regresó de Estados Unidos?”. El reclamo venía del propio país que decía quererla de vuelta. “Ya no podía hacer algo aquí ni allá”, resume.

El mapa de Sinaloa también cambió. “Antes decían que lo malo estaba de Culiacán para arriba. Ahora ya bajó hasta los ranchitos”, cuenta. Lo que alguna vez fue fama de estado “complicado” se volvió miedo extendido. Irse a Estados Unidos ya no fue solo plan económico. También fue huida.

Corona —esta ciudad de casas bajas, palmeras cansadas y plazas comerciales iguales entre sí— la adoptó a la fuerza del tiempo. Ana lleva casi veinte años aquí. Conoce a la mitad de la gente del barrio por la escuela de sus hijos, por la tienda, por favores diversos. “Aquí ya todos me ubican”, dice. No pertenece a ninguna organización, no va a asambleas ni a comités. Su comunidad se arma a partir de rostros conocidos: la cajera que le guarda cupones, la vecina que manda mensajes cuando oye sirenas, las maestras de sus hijos.

Sus hijos nacieron aquí. Hablan inglés sin esfuerzo y español con ese acento que solo se logra cuando la infancia transcurre entre dibujos animados en un idioma y regaños en otro. Los mayores tienen 19 y 23 años; los otros dos son más chicos. Al principio, cuando Ana les mencionaba la posibilidad de regresar a México, respondían con un rechazo visceral: “Yo no quiero ir a un país que no conozco”, le dijo uno.

El hijo mayor llegó con un diagnóstico que le cambió la vida: hiperactividad, déficit de atención. La primera vez que lo trajo a Estados Unidos, su madre —la abuela de Ana— se encargó de él. “Parecía saltamontes”, recuerda. Saltaba de un mueble a otro, no se detenía en ningún lugar. Aquí consiguió algo que allá habría sido casi imposible: educación especial, maestros de apoyo, recursos específicos para su condición. “Allá yo no siento que le hubieran dado lo mismo”, dice, sin rencor pero con cálculo. Esa ecuación —atención escolar contra precariedad— inclinó de nuevo la frontera.

La economía de Ana funciona como la de cualquier hogar de clase trabajadora en Estados Unidos, solo que con menos margen de error. Trabajó limpiando para otros, nunca por su cuenta. Jornadas de ocho horas por 200 dólares a la semana. Entendió tarde que le pagaban menos de lo que marcaba el mercado. “Yo no sabía qué era lo justo. Uno entra ya sabiendo que no tiene el mismo estatus”, dice. Entre contratos basura, fábricas donde no quiso quedarse —“mucha división, mucha competencia”— y trabajos temporales en tiendas, aprendió la diferencia entre cobrar por hora y cobrar por papeles.

A la precariedad laboral se sumó la sentimental. El padre de sus hijos cayó en manos de migración en 2010 y se convirtió en caso de expediente. Tres abogados distintos, tres cantidades que se amontonan como recibos pendientes en un cajón: diez mil dólares, ocho mil, catorce mil. “Para ellos lo importante es el dinero, no si vas a ganar”, concluye. Al final, sin pagos completos, llegó la deportación. Él está ahora en una cárcel de California, no en un centro de detención migratoria, y trabaja en la cocina y en mantenimiento. “Comen mejor que nosotros”, bromea Ana, como si necesitara rescatar por lo menos una imagen ordenada de ese lugar.

Su hijo mayor tomó otra ruta: presta servicio en el extranjero. Estuvo en Wuhan al inicio de la pandemia, luego en Australia, después en una base cerca de Dubái, tan cerca que decía ver las luces de la ciudad desde la base. Él insiste en que ella arregle papeles. En buena medida, se enlistó con esa idea: conseguirle un estatus legal. Ana cuenta esa parte con escepticismo. “A veces se puede, a veces no. Ahorita estamos viendo”, dice, como si hablara de un trámite menor.

Cuando escucha a Trump en la televisión hablar de criminales y violadores, Ana no se sorprende. Piensa en tarifas distintas para el mismo trabajo. Un contratista “americano” cobra hasta los clavos, factura cada minuto y se niega a resolver una fuga si no hay pago por adelantado. Un albañil latino, dice, regresa una segunda vez si algo salió mal sin cobrar extra. “Un americano no lo hace por solidaridad. Aquí muchos viven de contratos que hacen como que hacen”, afirma, y recuerda empresas de control de plagas que fumigan por encima, pero cobran el mes completo. La explotación, para ella, no es concepto abstracto: es la cuenta que llega cada fin de mes.

En los últimos meses, la ciudad cambió de tono. No fue solo la retórica. Hubo aplicaciones de alerta que comenzaron a llenarse de rumores, partidos de fútbol infantil suspendidos “por si acaso”, recorridos al supermercado calculados al minuto. “Antes te quedabas ahí un rato. Ahora entras, sales y ya”, dice. Ya no va a lugares públicos si puede evitarlo. Le pregunto si iría a una protesta. Responde sin dudar: no. “Ahorita menos, porque yo no tengo estatus. Si tuviera, tal vez. Pero así, ¿para qué me arriesgo?”. Lo suyo va por otro lado: ahorrar lo más posible, gastar solo lo imprescindible, juntar una reserva para cuando el sistema decida moverse en su contra.

La frontera, para Ana, no es una línea en el mapa. Es una escena recurrente en sueños. Se ve a sí misma en el rancho de Sinaloa: camina por las calles de tierra, saluda a la gente, siente que el cuerpo se relaja. Ahí el ruido lo hacen los gallos, no las patrullas. En el sueño está contenta. Luego, de pronto, se acuerda de que sus hijos están en Estados Unidos. Entonces la alegría se cae como si alguien apagara la luz. “Empiezo a pensar: ¿cómo le voy a hacer para regresar? Y se vuelve un horror nomás de pensarlo”, dice. La frontera se convierte en cicatriz onírica.

Ana arma su propia definición del llamado sueño americano. No necesita adjetivos. “Aquí los días se vuelven noches y las noches se vuelven días. Este país no te deja tiempo para ponerte melancólica ni para hacerte la víctima”, dice. Mientras habla, enumera gastos: renta, carro, biles, doctores, escuela. “No vienes a vivir gratis. A donde voltees pagas algo. Aquí el tiempo vale más que el español”, resume.

Luego corrige, como si se editara a sí misma:

—No es el sueño americano. Ya no. Es otra cosa. Aquí se puede, pero pagas un precio. Si no estás listo para eso, mejor ni lo intentes.

En la sala, sobre la mesa, queda abierto un álbum de fotos viejas. En una, Ana aparece embarazada, con un pastel de baby shower que ya olvidó quién horneó. Dice que casi le dio preeclampsia. En otra, sostiene a su hijo recién nacido. Fuera de cuadro está la frontera que cruzó dos veces para llegar a esa imagen. Las fotos no lo muestran, pero Ana sabe que cada vez que mira ese álbum hay algo más encuadrado: la certeza de que ya no puede volver a donde salió, ni puede terminar de llegar a donde vive.

Ana muestra una foto en un picnic durante su primer embarazo. Foto: Alejandro Saldívar
Ana muestra una foto en un picnic durante su primer embarazo. Foto: Alejandro Saldívar

VII

Upland, 14:35 horas

El estacionamiento del Home Depot parece un escenario desmontado. Los clientes salen con sus tablas cortadas y sus macetas nuevas. Quedan carritos vacíos, manchas de aceite en el pavimento y un grupo de hombres que no salen en el inventario: los que esperan trabajo recargados en la barda, junto al letrero de No soliciting / No trespassing.

Félix está entre ellos. Es de Nayarit. Lleva una gorra con la bandera de Estados Unidos bordada al frente. La acomoda con dos dedos, como quien afina un disfraz.

—Para despistar —explica—. Si pasa la patrulla, si entra una troca rara, mejor que crean que vengo por cemento.

La playera blanca ya tiene el tono gris del sol pegado todo el día. El pantalón lleva rodilleras improvisadas con cinta. Aquí, dice, los carros frenan, bajan el vidrio a medias, revisan brazos, espaldas, edades. No hay lista ni turno, solo miradas que suben o bajan el pulgar.

Félix lleva de este lado desde 1995. No siempre en este estacionamiento, pero siempre con el mismo pulso: esperar. Desde hace dos o tres meses, la espera tiene otra sombra.

—Ahorita andamos preocupados. Mucho —dice—.

Cuenta que los agentes patrullan diario. Que los hoteles aledaños, se llenan de trocas alineadas como si fueran parte del mobiliario: ocho, diez camionetas parqueadas donde casi nadie mira.

—Ahí duermen. Usted entra como si fuera a rentar cuarto… y ahí los encuentra.

No necesita decir quiénes. Desde junio varios hoteles de paso del Inland Empire alojan a agentes de migración y federales en tránsito.

Habla del presidente como se habla del clima cuando truena lejos.

—Ese presidentito no quiere ni a un latino. ¿Y entonces quién va a trabajar? Pues él, por nosotros.

Luego se detiene en los “cazadores”: hombres que, según él, cobraban mil quinientos dólares por persona entregada. “Mil bolas por cabeza”, repite. Gente de Honduras, de Centroamérica deteniendo a su misma gente.

—No hay trabajo. De por sí no hay trabajo. Y con esta gente molestando… andamos entre la lumbre.

Entre la lumbre es una expresión vieja, pero ahora tiene forma de carro patrulla, placas, sirena, mínima sospecha.

Félix habla de “las guardianas”. Son mujeres del barrio: señoras que llegan por una planta, un foco, una extensión eléctrica, y se quedan unos minutos más dentro del carro. Apagan el motor, dejan el aire prendido, abren el chat del grupo en el celular. Vigilan la entrada como si cuidaran una puerta que no se ve. Si de pronto aparecen demasiados uniformes, si entra una camioneta blanca sin rotulación, si asoma un chaleco sin logo, ellas mandan mensaje.

—Nos avisan. “Hoy no, mejor váyanse”. O “ahorita hay muchas trocas raras”. Son las que nos acompañan —dice Félix—.

No llevan pancartas ni megáfonos, pero sostienen un sistema de alarma discreto. Una red de avisos que empieza con un “¿ya viste?” y termina con un hombre que decide no cruzar el estacionamiento ese día.

Un poco más allá, César, de Guatemala, espera dentro de su camioneta vieja. No se baja. Ventanas entreabiertas, asiento reclinado apenas, radio apagado. Desde ahí mira el flujo de carros como si fuera una bolsa de valores que nunca termina de subir.

—Antes se movía más —cuenta—. Pintura, jardinería, los clásicos “dos horas pa’ mover cosas”. Desde que dijeron de las redadas, los gringos tienen miedo. Los patrones grandes piden papeles. Los vecinos que sí confían prefieren ya no recogernos tan a la vista.

La tele habla, la gente se asusta y aquí se siente. El miedo viaja por fibra óptica y se estaciona en este lote de concreto.

Félix, mientras tanto, habla de su casa y de la otra casa.

—Yo soy de allá y de aquí. Mitad y mitad. Si me tengo que regresar a México, me regreso. El problema es que le quitan a uno el sustento. Eso es lo malo.

Su familia le pide cuidado, que no se exponga. Él solo se encoge de hombros.

En Upland no hay marchas ni consignas. Solo hombres de pie, apoyados en mochilas, con las manos en los bolsillos, calculando si vale la pena quedarse un rato más o irse para no gastar gasolina.

Félix se ajusta la gorra una vez más.

—Aquí lo que pega no es la migra, es la espera —suelta—.

Un carro se detiene unos segundos, baja la ventana, mira a los hombres, duda, arranca de nuevo sin decir palabra. César lo sigue con la mirada desde su camioneta y sentencia, para nadie en particular:

—Así está todo. Lleno de miedo.

Demasiadas horas de pie, pocos billetes en la bolsa, muchas noticias malas en el aire y una sola certeza compartida. Para Félix, para César, para los demás, la frontera nunca se termina de cruzar. Solo cambia de lugar: a veces es un río, a veces un desierto, hoy es un estacionamiento pintado de naranja.

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