¿Cuánta vida les queda a los deltas mediterráneos?
Los deltas mediterráneos aparecen hoy modelados por las líneas simétricas de la agricultura intensiva y la acuicultura. Canales artificiales y campos trazados con precisión han redibujado, generación tras generación, estos territorios singulares, nacidos de una relación compleja entre la naturaleza y las comunidades humanas. Durante siglos fueron zonas hostiles al asentamiento, terrenos pantanosos difíciles de domesticar. Hoy concentran, como en un espejo, los grandes desafíos ambientales de nuestro tiempo: suelos contaminados, una agricultura cada vez más industrializada y cambios climáticos acelerados.
Sometidos a crecidas cada vez más violentas y a periodos prolongados de sequía, los ríos mediterráneos arrastran los contaminantes acumulados, concentrando la polución como en un embudo. Entre ellos, los nutrientes procedentes de fertilizantes químicos y de los efluentes ganaderos —fósforo y nitrógeno— alimentan la eutrofización: un proceso que tiñe de verde los deltas invadidos por algas y de rojo los mapas de la contaminación mediterránea, amenazando ecosistemas y comunidades costeras.

Desde los años noventa, las comunidades de los deltas intentan limitar sus efectos, con políticas locales a menudo divergentes. El Po italiano, que atraviesa la llanura más industrializada de Europa, y el Ebro español, cuentan cada uno una historia de adaptación precaria. “Fracasar es el destino de quien intenta contener espacios hechos para moverse. Esa es, en resumen, toda la historia de las comunidades de los deltas”, sintetiza Xavier Abril, técnico del parque natural del Ebro, ante un mapa que ya no refleja la configuración actual del delta.
Iluminado por la luz de los leds que recorren su laboratorio del Istituto Delta Ecologia Applicata, Edoardo Turolla lleva décadas reproduciendo moluscos bivalvos como almejas y mejillones. “Este fitoplancton ya es grande, de diez micras; este otro, en cambio, tiene cinco o seis”, explica señalando los recipientes llenos de agua con distintas tonalidades de verde. Esas microalgas son el alimento perfecto para los millones de moluscos que Turolla y su equipo están haciendo eclosionar. El biólogo cuenta que en 2015 tuvo la fortuna de encontrar una rara variedad de ostra de color dorado en la bahía de Goro, al sur del delta del Po. Esa misma semana, por una doble casualidad, otro pescador halló un segundo ejemplar del mismo tono, pero de sexo opuesto. “A partir de esos dos ejemplares conseguimos reproducir miles de ostras más, a las que llamamos variedad Golden”.


Para Turolla, apasionado de las conchas desde niño, no hay nada más emocionante que ver la fecundación en directo a través del objetivo de su microscopio. Todos lo conocen en el pueblo y, cada vez que alguien encuentra algo curioso en el agua, lo llaman para pedirle explicaciones.
La pequeña comunidad de Goro es la capital absoluta de la producción de almeja japonesa (Ruditapes philippinarum) en Italia y en Europa. En un entorno lagunar de unas 2.000 hectáreas se produce más de la mitad de toda la almeja italiana y alrededor del 40% de la europea. Italia, de hecho, concentra el 87% de la producción de almejas de la Unión Europea. En los últimos años, sin embargo, también ha crecido el cultivo de ostras (Ostrea edulis), lo que ayuda a diversificar la producción local y a reducir la dependencia de una única especie de bivalvo. La ostra, a diferencia de mejillones y almejas, se adapta mejor a las variaciones de temperatura del agua, especialmente en los fondos someros del mar Adriático.

El agua salobre de la bahía de Goro ha ofrecido históricamente las condiciones idóneas para el crecimiento de moluscos: el agua dulce y rica en nutrientes de los brazos del Po se mezcla aquí con el agua salada del Adriático. La poca profundidad permite a los mariscadores caminar por el fondo y recoger la enorme producción de almejas que ha sustentado la prosperidad económica de esta pequeña comunidad, organizada en su mayoría en cooperativas.
Desde los años ochenta, varias generaciones han vivido de la almeja japonesa, hoy diezmada por la llegada del cangrejo azul, una especie invasora que ya se ha propagado por casi todo el Mediterráneo. La facilidad con la que se recolectan las almejas —al quedar reposadas sobre el fondo arenoso sin adherirse a nada— las convierte también en presas fáciles del cangrejo, que puede alimentarse de ellas y reproducirse de manera exponencial.
En 2024, el cangrejo azul provocó una pérdida del 70% de la producción de almejas en el delta del Po, equivalente a 120 millones de euros. Un golpe devastador para las cooperativas locales. Por eso la búsqueda de otras variedades de bivalvos, como las ostras, se ha vuelto imprescindible. Ostras y mejillones resisten mejor la voracidad del cangrejo azul porque no viven en el fondo, sino suspendidos de cuerdas o jaulas en aguas más superficiales, mucho más difíciles de alcanzar para este depredador.



Desde la mejillonera de la bahía de El Fangar, en la parte norte del delta del Ebro, Cristian Catana selecciona meticulosamente los mejillones descargados por sus compañeros. Cristian es rumano, vive desde hace años en España y trabaja para uno de los principales productores de mejillón del delta catalán. En su equipo hay también cuatro jóvenes senegaleses, que recogen las pesadas cuerdas de las que cuelgan las colonias de mejillones. Los cuatro conocían la pesca —una tradición importante en Senegal— pero ninguno había trabajado con mejillones antes de llegar a España.
En la misma plataforma se encuentra la bióloga Eve Galimany y dos colegas del Instituto de Ciencias del Mar (CSIC), del departamento de Recursos Marinos Renovables. Es una cálida mañana de julio y las investigadoras están allí para comprobar el estado de los mitílidos en El Fangar. Su proyecto se coordina con otros equipos en Vigo, en Galicia, donde se concentra más del 90% de la producción española de mejillón y el 40% de la europea.
“Aquí en el delta del Ebro está la misma variedad de mejillón que en Galicia. Los dos entornos son muy distintos: en el Mediterráneo la temperatura es mucho más alta, pero en los últimos años las aguas atlánticas también están registrando episodios de temperaturas inusualmente elevadas”.
El estudio paralelo debería ayudar a anticipar y mitigar los daños provocados por el aumento térmico en Galicia, observando lo que ocurre en las colonias mediterráneas. Las aguas más cálidas incrementan la mortalidad de los mejillones: “Lo que vemos aquí es lo que podría ocurrir en el futuro cercano en Galicia”.
En la bahía catalana, la mortalidad comienza alrededor de los 28 grados centígrados; en Galicia, con un entorno mucho más frío, empieza a los 17. Las investigadoras observan cuántos litros de agua filtra cada mejillón y a qué ritmo. En condiciones óptimas, un mejillón filtra cuatro litros de agua por hora; bajo estrés térmico, desciende a medio litro, dejando de alimentarse y, por tanto, de filtrar.
Con estos datos, las científicas podrán ayudar a desarrollar herramientas para los productores, de modo que sepan cuándo las colonias entran en estrés térmico y así identificar el momento ideal para recolectarlas antes de que mueran.
Pero el futuro de los criaderos de mejillón en las bahías del delta catalán sigue siendo incierto si la temperatura del mar continúa aumentando.

La capacidad de los bivalvos para absorber microalgas es tan extraordinaria que, en Estados Unidos, donde fenómenos de eutrofización aparecieron antes que en Europa, se han puesto en marcha proyectos de cultivo de ostras en los ríos con el objetivo de filtrar la enorme cantidad de microalgas generadas por los nutrientes que llegan desde las ciudades y la agricultura. Es el caso de Nueva York, por ejemplo, donde Galimany colabora en un proyecto de depuración natural para hacer frente al exceso de nutrientes de la metrópolis. Aunque no sea para consumo humano, los bivalvos utilizan y estabilizan el nivel de nutrientes en el agua. También en el Mar Menor, uno de los puntos críticos de la eutrofización en España, se han colocado, desde 2022, millones de ostras para contrarrestar y contener los episodios de proliferación algal que destrozan el mar cerrado murciano.
Tanto el delta del Po como el del Ebro han sido vistos históricamente como territorios a domesticar, a moldear en función de las actividades humanas, especialmente la agricultura. Hoy dividido entre Emilia-Romaña y Véneto, el delta italiano en la Edad Media era muy distinto al actual y estaba en gran parte sumergido. El pulso secular entre la República de Venecia y el Ducado de Ferrara llevó a profundas modificaciones respecto a su aspecto original. Los venecianos “cortaban” el brazo principal del Po —que de forma natural pasaba por Ferrara— para desviarlo hacia el norte, en dirección a la laguna donde se asienta Venecia. Así, el pequeño pueblo de Adria, cuya importancia comercial dio nombre al mar Adriático, se encuentra hoy a 25 kilómetros del litoral, mucho más lejos de su ubicación original.


El parque del delta del Po de Emilia-Romaña abarca hoy tierras que en otro tiempo estuvieron cubiertas por el mar. En las últimas dos décadas se ha repoblado de especies que habían desaparecido: el gato montés, el chacal, corzos, garzas e incluso flamencos, que antes no estaban presentes. Sin embargo, según el director del parque, Massimiliano Costa, las especies menos visibles no gozan de un buen estado de conservación. “Invertebrados, anfibios, peces y muchas plantas acuáticas están desapareciendo por la mala calidad del agua”. Entre las actividades humanas, la agricultura aparece como la principal sospechosa. El desequilibrio de nutrientes, explica el director y biólogo, se refleja en el fracaso de los proyectos de reforestación con especies autóctonas, mientras aumentan los episodios de proliferación de algas. Esto indica que el aporte de nutrientes es excesivo y descompensado: favorece a las microalgas, capaces de realizar la fotosíntesis, pero no a los árboles y plantas de mayor tamaño.
Hace pocos años, el embalse situado en el centro del parque, la Piallassa della Baiona, registró una floración algal desmesurada, probablemente debido a las altas temperaturas alcanzadas. Al morir, las algas consumieron todo el oxígeno presente en el agua, provocando la muerte masiva de peces. En julio de 2025, la administración del parque decidió vaciar completamente el embalse y trasladar cientos de peces a otros canales para evitar una nueva mortandad que afectaría a toda la fauna local. Un esfuerzo enorme para impedir que estas aguas saturadas de nutrientes —procedentes de la agricultura intensiva que rodea el parque— se conviertan en una catástrofe ecológica.

En tiempos pasados, la bahía de Goro estaba en gran parte cubierta por un denso carrizal, un paisaje común en todo el delta. Las cañas funcionaban como un filtro natural, absorbiendo los nutrientes en exceso y filtrando otras sustancias antes de que llegaran al mar. Hoy son las almejas y las ostras las que se nutren de los excesos de nitratos y fosfatos transportados hasta aquí por todos los afluentes que atraviesan la llanura del Po.
En el delta del Ebro, en Cataluña, el desafío es similar: mantener un equilibrio entre agua dulce, rica en oxígeno, y agua salada para evitar la asfixia de las lagunas. La laguna de l’Encanyissada, la más extensa del delta, ha registrado desde los años ochenta proliferaciones de algas provocadas por los nutrientes de los arrozales y los fertilizantes. Para intentar restaurar el equilibrio, algunas zonas fueron temporalmente drenadas, con el fin de oxigenar los sedimentos y reducir el nitrógeno y el fósforo.
Mientras Cristian Catana y sus compañeros descargan los mejillones en el pequeño puerto de El Fangar, a sus espaldas se observa un área de densos carrizales. Las cañas, antaño abundantes en ambos deltas, se utilizaban (hasta hace pocas décadas) para construir las barracas en los campos a la orilla del Ebro y los casones en el delta del Po. Edificios hoy relegados al turismo rural. Construcciones muy similares, desarrolladas de manera paralela por comunidades distantes, pero dependientes de sistemas ecológicos prácticamente idénticos.
El agua que llega a la bahía de El Fangar procede de los desagües de los arrozales que cubren el delta del Ebro. “Este canal es un filtro verde. Hemos plantado varias especies de plantas acuáticas autóctonas para depurar el agua que proviene de los arrozales”, explica Alex Navarro, que con su empresa Agroserveis construyó en 2014 dos filtros naturales en los principales canales de drenaje agrícola que desembocan en las bahías de El Fangar al norte y en L’Embut al sur del delta. El agua del río Ebro, una vez atraviesa los más de 20.000 hectáreas de arrozales del delta, vierte al mar el excedente de agua. Los nutrientes del agua que entra en los arrozales son parcialmente absorbidos por las plantas de arroz, a las que se aplican fertilizantes que aportan nutrientes adicionales. La función del filtro verde, compuesto por cañas y otras plantas acuáticas, es absorber la mayor cantidad posible de nutrientes antes de que el agua alcance el mar.
En el verano de 2023, el delta del Ebro afrontó la mayor escasez de agua de la que se tiene memoria. Los arrozales tuvieron que conformarse con el 50 % del agua a la que normalmente estaban acostumbrados, imprescindible para un cultivo que requiere grandes cantidades de agua. La sequía del río Ebro no afecta únicamente a los arrozales, sino a todo el delta. Un territorio formado por el equilibrio entre los sedimentos transportados por el río y la erosión marina, en constante cambio. El delta catalán podría quedar sumergido bajo el nivel del mar en un 50 % de su superficie debido al aumento del nivel del mar y a la falta de sedimentos transportados por el río. Esto se debe en parte a las centrales hidroeléctricas situadas río arriba, que necesitan acumular agua en los embalses para generar electricidad, reteniendo arena y sedimentos, la materia prima necesaria para que el delta continúe formándose por encima del nivel del mar.
El futuro de ambos deltas es, por tanto, incierto. Catalizadores de los desafíos impuestos por el cambio climático y la industrialización, tanto en tierra como en mar. Territorios históricamente moldeados por la adaptación y la convivencia entre la actividad humana y las dinámicas naturales, cuyas comunidades redescubren poco a poco soluciones basadas en antiguos conocimientos y dictadas por el propio ecosistema.

Esta investigación se ha desarrollado gracias al apoyo de Journalismfund Europe.




