Ese trabajo no aparece en mi currículum

Foto: cortesía de la autora
Foto: cortesía de la autora

Esta historia fue finalista en la octava edición del Premio Lo Mejor de Nos.

Tan rápido como pude me senté en el suelo frente al portal del edificio, con la impresora portátil sobre las piernas. Un grupo de personas se puso a mi alrededor para cubrirme mientras una patrulla de la policía municipal pasaba lentamente por la calle Apolonio Morales de Madrid. En el número 3 funcionaba entonces el Consulado de Venezuela en España.

—Dale tranquila, chama, que aquí nadie te ve.

—Sí, sí, nosotros te tapamos.

—Nos salvaste, chica, imagínate si pierdo esta cita por ese papel.

Las palabras me llegaban de voces con mi mismo acento. Me temblaban las manos. Intentaba organizar las copias de los pasaportes, de las citas, de las cédulas. El proceso consistía en escanear con mi teléfono los documentos, asegurarme de que estuvieran legibles y enviarlos por bluetooth a la impresora. Esperaba la hoja y cobraba 50 céntimos por página, en efectivo o por Bizum.

—Relajada, ya se fueron. Esos dan una vuelta y si no ven nada raro, no vuelven a pasar. Seguro fueron los vecinos que llamaron cuando vieron que estaban vendiendo cosas aquí. Sabes cómo es. ¿Cuánto te debo?

Era principios de marzo de 2022, cuando el invierno aprieta con fuerza en esta ciudad. Yo todavía no tenía la ropa adecuada para estar tanto tiempo en la calle. Seguía usando lo mismo que me había traído de Venezuela y algunos suéteres que conseguí en un mercadillo de los que montan aquí los domingos. Mi abrigo era una chaqueta marrón que mi papá me regaló al venirme: una que usó para trabajar con flores en frío cuando se fue a probar suerte en Miami. Me quedaba gigante.

—3,50 —dije sin levantar la mirada.

Cuando la patrulla ya se había alejado lo suficiente, me quedé viendo la fila recomponerse. El muro de gente se disolvió. Yo volví a levantarme y apoyé la impresora sobre el pilar de granito que decoraba la entrada del edificio y que era el puesto idóneo para mi negocio itinerante. Miré a los lados, recorrí la calle con la mirada de principio a fin.

Nada.

Ya había pasado el susto.

Del otro lado de la acera, una señora pregonaba con voz firme desde el maletero abierto de su carro:

—¡Pastelitos, café, papelón con limón!

Desde afuera se veían las jarras y las cavas llenas de los pastelitos que freía ella misma todas las mañanas. El café lo almacenaba en un termo de acero inoxidable y lo servía en vasitos de plástico, como los que vendían allá en los puestos de alquiler de teléfonos. Me hacía recordar ese característico “¡caaaaafé, cigarro, llamadas!”.

Decía que el café era de Venezuela, “del bueno”, aunque a mí me sabía igual al que yo compraba en el supermercado. Pero me gustaba la intención. Era su forma de vender la nostalgia. Y en esos días fríos, ese vasito me calentaba el cuerpo y el alma.

Ese día tuve que ir sola. Antonio no me podía acompañar porque justo había encontrado trabajo como técnico informático en una empresa en Tres Cantos, una zona que nos quedaba a más de una hora de la casa. Trabajaba de 11:00 de la noche a 7:00 de la mañana y dormía todo el día. Yo me ocupaba de prepararle la comida, meriendas y medio litro de café para que se llevara.

Teníamos poco más de un mes en Madrid, después de haber vivido cuatro en Almería, una ciudad costera en el sur de España. Allí quise por primera vez en la vida que el Mediterráneo me tragara y que, si era posible, me escupiera de vuelta en una playa del Caribe. En Barlovento, la tierra de mis abuelos.

En Almería, de apenas tres o cuatro calles y una playa, la vida transcurre lenta y sin sobresaltos. El costo de la vida es económico en comparación con las grandes capitales, pero hay que pagar el precio del hastío. Sus calles estrechas y silenciosas parecen suspendidas en una lentitud insoportable. En una siesta prolongada eternamente. Yo estaba acostumbrada a vivir el ritmo veloz de Caracas, donde siempre pasaban cosas. Y allí, no pasaba nada.

Aun así, siempre intenté ganar algo de dinero y lo ahorraba todo con la mirada puesta en irme. Con mi pasaporte venezolano y una solicitud de protección internacional en tramitación, mis posibilidades se reducían a “lo que salga”: ser niñera de los niños rumanos los martes por la noche cuando sus papás iban al cine, ser camarera en la cafetería árabe de Juan los fines de semana, y ser community manager de los bares de Rafa, el único dueño que me escuchó cuando salí a recorrer los comercios de la ciudad y me dio la oportunidad de trabajar para él.

Yo entregaba tarjetas de presentación y contaba que era periodista, fotógrafa, barista o lo que ellos necesitaran que fuera, y que podía ayudarles con la presencia digital de sus negocios y hacerles unas fotos chéveres para Instagram, a cambio de lo mínimo que pudieran pagarme. Con cada tarjeta entregada me iba haciendo experta en reducirme y traducirme según la ocasión. Total, en esas circunstancias no hay título que valga.

Cuando no trabajaba me encerraba en la habitación. Me arropaba hasta la cabeza intentando esconderme de la vida y de ese mundo nuevo que tanto me pesaba. Por momentos no hallaba qué hacer con la añoranza y con el vacío en el pecho que me hacía preguntarme si había sido necesario salir de mi país, o si podía haber aguantado un poco más. La culpa me gritaba desde adentro que mi tristeza era, cuanto menos, una grosería. Que no había espacio para el duelo. Que quién era yo para sentirme así de triste si había conseguido escapar de mi país y sus penurias mientras allá mi familia seguía aguantándolas con su mejor cara. Que ese era un lujo que no me podía permitir.

Madrid prometía mejores oportunidades. Mejores sueldos, más trabajo. Eso decían en las redes sociales. Y sí, quizá eso se cumple si tienes papeles, permisos, contactos. Pero para quienes no tenemos nacionalidad europea y llegamos solo con lo puesto, Madrid es costosa, salvaje. De dimensiones apabullantes. Es una ciudad sin mar que se siente como nadar a contracorrienteSi te duermes, te traga. El metro te atrapa entre sus infinitas conexiones. Uno no sabe ni por dónde empezar.

Los primeros días Antonio y yo dormimos en una colchoneta que unos primos nos pusieron en la sala de su apartamento. Allí pasamos dos semanas de búsqueda intensa hasta que encontramos la aguja en el pajar: una habitación en el sur de la ciudad por 350 euros al mes. Era lo máximo que podíamos pagar. Compartíamos con cinco personas más la cocina y un baño en el que podías bañarte y sentarte en la poceta al mismo tiempo, sin estirarte mucho porque entonces tropezabas con el lavamanos. El apartamento era antiguo, opaco, con unas cortinas gruesas y polvorientas que no dejaban pasar ni un rayo de luz. Yo salía a caminar sin rumbo. Solo para evitar asfixiarme allí dentro.

La primera vez que salí del metro de la Gran Vía se me salían las lágrimas de emoción a los pies de aquellos edificios imponentes con escaparates elegantísimos. Así que cada vez que sentía que flaqueaba, regresaba allí. A recordarme que estaba viviendo en una de las ciudades más importantes, diversas y bonitas del mundo. Que iba a volver a encontrar mi propio rumbo. Respira, es cuestión de tiempo.

Mi prima Bianca ya llevaba varios años viviendo en Madrid. Cuando supo que yo acababa de llegar, me ofreció ir a su casa a buscar una impresora portátil. La había comprado un par de meses atrás cuando se dio cuenta de que los trámites en el Consulado venezolano eran un despelote. Que si no eran dos copias del pasaporte sino tres, que si no era una sola copia de la cita sino dos, que si esto y aquello. Y el centro de copiado más cercano estaba a más de 15 minutos caminando.

Ingeniosamente aprovechó la oportunidad. Se iba por las mañanas desde las 7:00 hasta las 11:00. Me decía que había días en los que podía sacar hasta 60 copias a 50 céntimos cada una; 30 euros en una mañana. Que ella no iba a poder ir por unos días, pero que si yo quería, me prestaba la impresora.

Me monté en el tren sin pensarlo dos veces.

Era una impresora pequeñita. Cabía en un bolso deportivo. Me entregó también media resma de papel y me dijo que todo era mío, que de lo que hiciera no tenía que pagarle nada. También me advirtió que llegara temprano, y que si pasaba la policía, guardara todo rápido y me alejara de allí hasta que se fueran. Le pregunté si ya le había pasado eso y que si no le daba miedo.

—Nah, ¿tú no sabes de dónde vengo yo?

Foto: cortesía de la autora
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En efecto, no le tenía miedo a nada, o al menos no lo demostraba. Nada nunca había logrado quebrar su sonrisa ni su ímpetu aunque su mirada, en el fondo, transmitía dolor. Yo quería ser como ella. Así de valiente y antiparabólica, pero también de solidaria. Por su sofá habían pasado amigos, vecinos, primos cercanos, lejanos, conocidos, conocidos de los conocidos. Todo el que necesitara un lugar donde empezar antes de volver a echar raíces.

Su casa era una cálida embajada.

Lo más difícil era llegar al Consulado a primera hora. El largo trayecto en metro. El frío. La gente hacía fila para entrar. Me acercaba con cuidado. Con la absoluta timidez que me caracteriza. Bajito, les iba diciendo: “Buenos días. Tengo copias, por si acaso necesitan”. Algunos sonreían. Otros agradecían y seguían. No todos necesitaban. Pero con el avance del trámite, empezaban a surgir imprevistos: una página que faltaba, un documento olvidado, un formulario perdido. Entonces se acordaban de mí, que estaba allá al final de la fila, esperando con la impresora encendida y la laptop conectada al internet de mi teléfono, por si a alguien además le hacía falta completar alguna planilla.

La computadora me la había comprado en Venezuela poco antes de migrar. Sabía que iba a tener que trabajar de “lo que sea”, que la profesión que tanto disfruté ejercer en mi país y que me apasionaba iba a quedar encallada por tiempo indefinido, pero nunca abandoné la convicción de que iba a volver a escribir.

Había estudiado periodismo. Había aprendido a observar e intentaba registrar todo lo que veía. En algún momento, sabía que iba a encontrar las palabras para contarlo. Supongo que por eso no paraba de enviar mi currículum a cuanto medio o agencia de comunicación encontraba por internet, aunque no tuviera siquiera un permiso de trabajo. Enviaba decenas de correos diariamente. No había respuesta.

La tensión mezclada con la vergüenza que sentía al inicio se iba disipando con las horas. Me llenaba de confianza gracias a los comentarios de la gente. Que el venezolano sí es pilas, que uno siempre encuentra cómo resolver. Yo contaba con atención las moneditas para darles el vuelto. Ellos me pagaban también con un “Gracias, mi amor; mucha suerte, Dios te bendiga”.

Si pasaba una patrulla, rápidamente se organizaban en círculo a mi alrededor y yo respiraba aliviada. La señora de los pastelitos cerraba el maletero y se metía en su carro con los vidrios arriba, a esperar que la zona se despejara de nuevo. En algún momento me dijo que, si era necesario, cruzara hasta su carro y me resguardara con ella.

A eso de las 11:00 empezábamos a recoger y despedirnos. En el camino de regreso iba contando las monedas y sumando con los dedos. Nunca fui buena con los números. 36 euros. Me sentí agradecida y victoriosa. Había resuelto, por lo menos, para el mercado de la semana. Así no iba a tener que tocar lo del alquiler.

Después de la jornada fui a devolverle la impresora a mi prima. Al llegar a su casa vi que había maletas, almohadas y cobijas sobre el sofá. Otros primos de ella acababan de llegar. ¿O eran amigos? Pensaba volver por la impresora la semana siguiente pero, sin saberlo, ese había sido mi último día en el Consulado.

Al poco tiempo empecé a trabajar como camarera en un restaurante de sushi. Al principio en “negro”, luego con contrato. Con ese contrato conseguí alquilar el piso en el que vivo. Pequeño, pero luminoso. Dos ventanas amplias y sin cortinas dan a la calle de un barrio obrero del norte de Madrid. Durante todo el día se cuela la luz natural y la brisa fresca del otoño y la primavera. Y también el aroma que sale de la fábrica de churros y patatas fritas que está justo al frente. Hay cosas que se dan por sentado hasta que te das cuenta de que son un privilegio.

El apartamento lo alquilamos completamente vacío. Hoy es un hogar en el que el amor llena todos sus rincones. También los libros. Y las plantas. Y un sofá cama que ha sido el refugio de la familia que me ha sucedido en esta experiencia vertiginosa del exilio.

Después de un año en el sushi, conseguí un mejor empleo en una cafetería-restaurante. Era una terraza grande, llena de árboles, con mesas de madera y sillas ornamentadas, distintas entre sí. Allí hice amigos que se volvieron familia. De Venezuela, Cuba, Ecuador, Honduras. Todos en la plantilla éramos migrantes.

Aprendí a preparar cafés con latte art, y también a tratar con clientes difíciles. Me costó estrés, lágrimas, frustración. Y muchos días de preguntarme qué hacía yo allí, tantas horas de pie, sin descanso. Sin tiempo ni para soñar.

Respira. Agradece. Es cuestión de tiempo, me repetía.

Un día me llamaron de una empresa. Buscaban a alguien que cubriera sus eventos y redactara notas de prensa. Poco después me vi tomando apuntes en un salón de la Cámara de Comercio de Madrid, y no me lo podía creer. Más adelante leí que un grupo de periodistas, que había fundado una librería-cafetería en el centro de Madrid, buscaba a alguien que supiera de café, atendiera la barra y vendiera libros y vinos. Con la posibilidad de colaborar en su revista de periodismo latinoamericano. Les escribí.

Tres años de trabajo en la hostelería lucían ahora como el puente robusto que necesitaba para llegar a la otra orilla.

Ahora me encuentro preparando cafés de Brasil y horneando empanadas argentinas mientras unos franceses dan un taller de storytelling autobiográfico. Escucho las historias. Algunas me hacen llorar. Sirvo vinos ecológicos en un ciclo de microteatro de no ficción cuyas escenas me conmueven porque hablan del exilio, del desarraigo.

Y escucho. Observo y escucho. Y confirmo eso que dicen: que no hay nada más de Madrid que no ser de Madrid.

La burocracia y la indefensión hicieron que esta ciudad se sintiera profundamente hostil los primeros años. Pero confirmé lo que me decían en el Consulado: con el tiempo, estas calles me devolvieron pedazos de hogar que me sostienen.

Cuando vuelvo a casa por las noches, a veces me quedo mirando, con nostalgia, aquella calle. Muchas cosas han cambiado. El portal número 3 sigue allí, pero el país ya no. Tampoco ese puestico improvisado con miedo e ingenio. Ese primer trabajo que no aparece en mi currículum.

Ahora tengo un lugar seguro al que siempre quiero llegar. He vuelto a las palabras. Con ellas reconstruyo mi país a través de la memoria. Descubro nuevas formas de nombrar y encajar las piezas que ahora conforman mi identidad. Con ellas planto semillas en esta tierra nueva. Aunque una parte de mí esté enraizada, para siempre, en otra parte.

Foto: cortesía de la autora
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