La pobreza avanza al galope en El Cañón del Alacrán, una insostenible circunstancia geográfica emplazada en el centro occidente de Tijuana, Baja California, a unos dos kilómetros del muro que separa a Latinoamérica de Estados Unidos.

En medio de dos basureros, cientos de cerdos hacen lo suyo: se revuelcan entre aguas estancadas, se aparean, cagan y hozan como si fuera el fin del mundo. El olor es fétido y brota, óptimo, infalible, desde todos lados. Ruinas mecánicas esperan a que el óxido termine de hacer su labor algún día. Escombros de construcción, roña, inmundicia por doquier. Las moscas vuelan a la altura de mis piernas y se estacionan, campantes, sobre mi pantalón.

Los lugareños no miran, vigilan. Es su territorio. Ante un saludo solo levantan la mano y siguen en estado de alerta. Fijos. Inmutables. Como si estuvieran entrenados para tomar todo en serio. Avanzo. Espero escuchar en algún momento la típica algarabía de una iglesia evangélica. Nada. Trescientos, cuatrocientos metros. Gente que cuelga ropa, que fuma un cigarrillo, que toma el sol, gente que espanta perros famélicos interrumpe la ligereza de sus actividades para plantar su celo sobre mí. Miro el entorno con neurótica discreción y vuelvo a constatar, una vez más, que hay gente que vive con nada, condenada a la oscuridad y al silencio. Gente que si es mirada o escuchada, es para ser enjuiciada, analizada, explotada, cuando no desaparecida o asesinada.

Solo al final de un lodazal doy con una voz amplificada. Dos voces amplificadas. Una detrás de otra. Creía que iba a encontrar música y cantos. Un ambiente religiosamente festivo. Pero no. Un tipo grita, excitado, como amonestando. Otro tipo traduce al francés lo que dice el primero, pero de una manera más amable. Supero el último tramo de basuras y, siguiendo la vera de un pequeño afluente de aguas negras, me topo con una casa gigante, de paredes blancas y techo de aluminio. He llegado a la Iglesia Embajadores de Jesús. Quien sermonea es el pastor Gustavo Banda Aceves, una persona que se ha hecho famosa no solo por su rol de líder evangélico, sino también por su activismo y compromiso para con la comunidad haitiana que permanece varada en Tijuana, después de que la paranoia estadounidense endureciera las políticas migratorias para más de medio mundo.

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En Tijuana, lo que ha dado en llamarse Pequeña Haití, se ha erguido como una ficción que se desarrolla entre vertederos. Una ficción que cumple con el requisito básico de lo real maravilloso o realismo mágico: en Latinoamérica, entre más inverosímil parezca algo, hay que tener la plena certeza de que más real es.

La iglesia-albergue en Tijuana. Foto: Dahian Cifuentes

La iglesia-albergue en Tijuana. Foto: Dahian Cifuentes

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El pastor mira a su alrededor. Cuestiona la aparición de gente desconocida. Justifica su labor espiritual:

–Muchos vienen a criticar, porque no entienden, porque andan ciegos, alejados del señor.

El altar-escenario parece pensado y emplazado por sendos directores de arte y fotografía. La pomposidad, el centelleo, son sellos íntimos del recinto. Al fondo, detrás de varios instrumentos musicales, se expone, colosal, el nombre de la comunidad sostenido por varias palomas blancas: Iglesia Embajadores de Jesús. Un mueble, amaderado, color granate oscuro, funciona como púlpito. Los decibeles son ensordecedores:

–Hoy, pueblo de Haití, escúchame bien: no es plata ni oro lo que andas buscando. Si Dios te trajo hasta acá es porque tiene algo especial para ti. Y no es dinero, ni Estados Unidos, ni una visa, ni una ciudadanía. Lo que Dios te promete es una vida eterna.

La feligresía aparece dividida. Cientos de sillas blancas, de plástico, forman la tribuna. La primera franja está compuesta por gente local, habitantes del Cañón del Alacrán. Las edades son indistintas:

–No importa si hay o no hay guerra, si hay riqueza o pobreza, tienes que arrepentirte, pueblo de Dios.

Una segunda franja pauta población afrodescendiente, impecablemente vestida, entregada a las plegarias que traduce la segunda voz al micrófono. Todos permanecen precipitados a la obligante prédica del pastor:

–Si yo garantizara a todos mis amigos haitianos que sí van a cruzar a Estados Unidos, todos estarían acá, pero como no puedo garantizar eso muchos vienen y se van, porque están en busca de cosas que los alejan de Dios.

Una tercera y última franja permanece a la zaga, aislada, entre cientos de colchones, morrales, enseres, sábanas y ropa colgada. Algunos descansan, chatean, leen, otros escuchan las peroratas o simplemente dan vueltas con sus hijos agarrados de la mano. Lo que cuenta es estar ahí y aprovechar la ayuda, el apoyo. El único requisito, acaso, es tener pasaporte haitiano:

–¡Hermanos! no le fallen a Dios. Él solo pide sus vidas y sus corazones, no lo mucho o lo poco que tengan. Yo no salvo a nadie, solo Dios es el que pide cuentas y ante él no solo necesitamos ser, sino también parecer ¿cuántos dicen Amén?

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En el perímetro que compone el espacio de la iglesia viven unas 230 personas, todas de nacionalidad haitiana, menos el pastor y su familia, que son mexicanos.

Casi todos los haitianos trabajan en la economía informal que propone la ciudad: son vendedores ambulantes, lavan autos, trabajan en cocinas, restaurantes, comercios, construcciones.

El que quiere aporta para el mantenimiento de la comunidad pero no es una obligación hacerlo –asegura el pastor–. Los demás gastos son asumidos por el líder carismático y su esposa. Él, gracias al sueldo que percibe como académico del departamento de economía en El Colegio de la Frontera Norte, y ella con su salario de maestra.

El resto es fe, pura fe:

–También hemos contado con donaciones de amigos y asociaciones civiles. Por suerte soy un buen administrador o de lo contrario esto sería un caos. Mantener el albergue cuesta unos 150 dólares diarios. Fuera de los servicios básicos. Tan solo de comida son 4200 dólares mensuales. Esta misión es difícil, pero no desfallecemos, la ventaja es que casi todos nuestros invitados son evangélicos. Así todo es más fácil porque ya vienen con ciertos valores que los alejan del crimen, las drogas, las pandillas, etcétera. No es casualidad que estén acá y que esta sea la casa de ellos, el pueblo de ellos, donde ellos mismos son los que ponen las reglas.

El menú. Foto: Dahian Cifuentes

El menú. Foto: Dahian Cifuentes

Fue en febrero de 2016 cuando llegó a la iglesia la primera familia haitiana. En menos de un mes, ya había 30 instaladas en un espacio semejante al de una cancha de voleibol. Cuando el gobierno mexicano se entera que la precaria iglesia está recibiendo masivamente haitianos, se pone en contacto con el pastor y le pide el favor de recibir más gente. El pastor asintió, porque fue un mandato de Dios, y solo pidió cobijas y colchonetas para poder atender cabalmente a su nuevo rebaño. Pero, detrás de cada cobija y colchoneta, venían diez haitianos más. Empezaba a gestarse una crisis, no sólo en la casa-iglesia del pastor, sino alrededor de toda la ciudad.

Hoy, más de la mitad de los habitantes de la iglesia son hombres y, según el pastor, la gran mayoría espera con ansias poder regularizar su situación migratoria en México. Para esto, él mismo se ha encargado de suministrar abogados para estudiar detenidamente los casos de todos aquellos que lo requieran:

–En la iglesia nadie influye en las decisiones que ellos toman. Nosotros estamos para servir. Nada más. Si quieren cruzar a Estados Unidos los apoyamos igual que si quieren quedarse.

Gustavo Banda Aceves es un hombre de convicciones muy profundas. Dice que trabaja con migrantes desde los 14 años y tiene 45. Todo en nombre de Dios.

Aunque su labor como líder espiritual es dar fe y acreditar la existencia de Jehová –como una temerosa figura bíblica– también ha asumido el desafío de convertirse en el adalid de la causa haitiana en Tijuana, todo por medio de su fundación “Regalando Amor” que nació hace 14 años, 7 antes que la iglesia que capitanea.

Su rol de activista le ha traído innumerables problemas y enemigos. Ha sido amenazado de muerte, según él “por agentes del gobierno cuyo único interés es el de bloquear el levantamiento de la soñada colonia haitiana”.

–¿Por qué lo dice? – cuestiono.

–Porque el Estado mexicano es xenófobo– responde, mientras levanta con sus amplios brazos a una pequeña haitiana.

El pastor es consciente de que la zona donde pretende erigir su sueño (escuelas, escenarios deportivos, centro de salud y 100 casas) es un lugar de altísimo riesgo, insalubre y escabroso, pero no le presta mucha importancia a esas cosas. Para él nada es más importante que la materialización de la solidaridad y el apoyo a esos 2500 haitianos que actualmente, según sus cálculos, hay en Tijuana.

–La idea es que ellos, reunidos todos, puedan defenderse y luchar por sus derechos, ya que si están dispersos es más difícil que su voz sea escuchada.

Después del servicio religioso el pastor se sienta en una improvisada mesa de unos 10 metros de largo. Allí conversa con una treintena de personas y comparte un almuerzo comunitario. Un plato haitiano por excelencia: pollo frito con salsa agridulce y arroz blanco. Él nunca ha visitado Haití y tampoco habla francés y mucho menos creole, pero se expresa con soltura a propósito de la cultura y las costumbres de ese pueblo que Dios le puso en sus manos para que protegiera y guiara.

–Muchos me critican que porque yo no ayudo a los mexicanos. Eso es mentira. Lo que pasa es que ellos no vienen a mí. Están en su país y saben sortear su suerte. Yo trabajo con muchos deportados, sobre todo de Centroamérica, porque son ellos los que habitan este cañón y aquí en México, como extranjero, si no te agarras de Dios estás en serios problemas.

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Para muchos haitianos huéspedes de la iglesia, el mundo –su mundo– se reduce a los Estados Unidos de América y sus respectivas vidas no son otra cosa que montones de esperanzas veladas por la delirante fe que les exige el pastor.

El recinto cuenta con tres áreas habitables, fuera de baños, patios y cocina. Todas están ocupadas. Excepto el atrio desde donde el pastor adoctrina. En diciembre de 2016 la iglesia llegó a hospedar a casi medio millar de personas.

La iglesia-albergue en Tijuana. Foto: Dahian Cifuentes

La iglesia-albergue en Tijuana. Foto: Dahian Cifuentes

La iglesia no solo funciona como lugar de culto y albergue, sino también como una gigantesca sala de espera, a la cual confluyen los sufrimientos pasados de un pueblo que se proyecta como desheredado y cuya única realidad fehaciente es, por un lado, el cansancio y, por el otro, el hacinamiento.

En este ínfimo cimiente de lo que los medios han dado en llamar “Pequeña Haití” no solo se respira el pésimo aire que el cañón ofrece, también se inhala desaliento. Lasitud. Aunque las palabras de los migrantes suelen arrojar pequeñas dosis de ilusión, sus sueños permanecen endurecidos, como piedras. Pareciera que solo les queda resignarse a una vida espiritual que los aplaza y los convence de que su situación es un regalo de Dios, razón por la cual tienen visa directa al reino de los cielos, pero no al lugar en el que realmente desean estar.

Sin embargo, todos son conscientes de que esto algún día va acabar. Bien sea porque llegue el día del juicio final, ocurra un milagro en la insolidaria cabeza de Donald Trump, decidan cruzar “por el hueco” o porque el gobierno mexicano los deporte.

En definitiva, lo único verdaderamente significativo que puebla las cabezas de los haitianos que yerran por la ciudad, es el deseo de cruzar la línea fronteriza a como dé lugar. Y para lograr su cometido están dispuestos a hacer hasta lo imposible. Ya han atravesado un continente entero (8 de cada 10 vienen marchando desde Brasil), haciendo equilibrio, siempre al borde de los precipicios más abruptos. En sus cabezas retroceder no es una opción, y menos en Tijuana, que es la tierra más firme que han pisado en meses.

–Estamos a pocos metros, ya falta poco, lo mejor es no pensar. Dios nos ayudará– dice Joel Beltré, mientras me expone una artesanía que viene ensayando desde Ecuador.

Una madre hace trenzas a una de sus hijas. Dos más hacen fila. Le pregunto si le gusta México y me responde que solo ha visto las partes feas pero que seguramente debe haber lugares muy lindos.

Tijuana, una sala de espera. Foto: Dahian Cifuentes

Tijuana, una sala de espera. Foto: Dahian Cifuentes

En la cocina veo cómo varias manos sirven el almuerzo. Son una comunidad. Bromean entre ellos. Están encerrados dentro de sí mismos, atrapados, pero sonríen. Le huyen al aislamiento. No obstante, la Pequeña Haití es una particular combinación de gente y soledad, en donde la estrechez y las utopías se dan la mano.

Nada es asombroso, ni absurdo. Esta situación es la consecuencia lógica, casi surrealista, del desequilibrio del mundo. No es que se asocie color de piel con pobreza, es que la pobreza, infortunadamente y en este caso específico, acompaña al color de piel más martillado de la historia de la humanidad: cada voz haitiana, cada historia, se protege de sí misma y así, del mundo de afuera, de aquél que la hundió. Cada mirada se distingue apagada, como si estuviera masticando su propio infortunio.

–Todos tenemos temor, pero del pasado, no del futuro– señala Joel.

Para mañana están las expectativas. Pero todo eso siempre es para mañana. Por ahora, de momento, nada. El temor ya está, existe, y hay que atajarlo. Seguir luchando contra la indiferencia que propone la realidad y no dejarse aplastar por el peso de los sueños.

–Una cosa es estar destrozado y otra muy diferente es estar destruido– le digo a Joel, a modo de ánimo.

Él calla. Su silencio me hace descubrir la caída del sol.

Acostumbrado a la desdicha, el pueblo haitiano toma todo como venga.

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La única forma de vivir en el Cañón del Alacrán es estando loco o dormido. Su nombre habla por sí solo. Ni siquiera la carencia –en un mundo cada vez más huérfano– merece semejante sino. Ojalá todos los vecinos del sector un día puedan salir de ahí. Incluido el pastor y su familia. Ojalá la comunidad haitiana encuentre un lugar donde pueda renovar sus esperanzas sin constreñir su dignidad. Por lo menos la cultura bajacaliforniana no tiende a la discriminación ni al racismo mientras que, del otro lado de la frontera, eso es lo que prolifera.

Salgo de la Iglesia Embajadores de Jesús.

Los cerdos y las moscas ya se han ido a dormir. La fetidez no.

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Sobre El Autor

Giovanni Jaramillo Rojas

(Bogotá, 1987). Le gusta el punk, le gusta mucho, pero no tanto como cortar champiñones. Suele confundir sus manos con baquetas y asume que el mundo entero es una batería. Es un físico frustrado, un jugador de fútbol subvalorado, un mirón empedernido y, cuando pierde, suele decir que ganó moralmente. Lee porque no tiene nada más interesante que hacer, escribe por evasión y viaja de chiripa.

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