Una trinchera de dos

Foto: Dahian Cifuentes

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Desde la capital colombiana presentamos una historia-retazo que atiende situaciones y recuerdos específicos de un par de personajes marginales que, a su vez, marchan como traspuntes en un contexto de crisis común que podría resumirse en una sola palabra: precariedad.  

I

En la enormidad de los oscurecidos ojos de Ángela pueden verse los cascajos de vida que sus cuarenta años arrastran, silenciosamente, como si fueran pesarosos erarios. Juaco, su único hijo, sobrevive al destino que le fue impuesto y de vez en cuando se sumerge en él, como si se tratara del único espacio de su mínima realidad que, además de no juzgarlo, le permite ocuparse productivamente. Madre e hijo pasan las sucesivas cuarentenas, violándolas, con el objetivo de conquistar pedacitos de suerte: él trabaja en el día, ella en la noche. Ella es prostituta, con respetables diecinueve años de experiencia en el rubro y él un joven ladrón que aún no ha encontrado la manera de hacerse de un buen plan que supere los prosaicos lugares comunes del cosquilleo y raponeo de cadenas, billeteras y celulares. Ambos odian fervorosamente las drogas y no tienen amigos porque sencillamente no confían en nadie, excepto en el Divino Niño Jesús, ardorosa imagen que llevan tatuada, él en su gemelo derecho y ella en su antebrazo izquierdo.

II

Juaco juega con su gato “Criollo” mientras toma Coca-Cola y reconstruye el último hurto: martes dos de mayo, once y treinta de la mañana. Sobre la carrera séptima con calle veintidós un señor encorbatado, de aproximadamente cincuenta años, caminaba hablando por teléfono con maletín de cuero en mano. Juaco le hizo inteligencia desde la calle diecinueve y apenas vio la oportunidad se abalanzó y en una sola maniobra aseguró teléfono y maletín. Sin violencia, recalca. Mientras Juaco se inmiscuía por las calles vacías solo escuchaba los insultos de la víctima, además de sentir el peso de algunas pocas miradas provenientes de transeúntes temerosos. Al llegar a su residencia en el barrio Santa Fe, Ángela lo esperaba para almorzar. Por el celular, un IPhone XR, creyó que podría sacar al menos unos cuatrocientos mil pesos. El dichoso maletín fue toda una desilusión: típicos documentos de abogados y un sobre con cuatro billetes de veinte mil. Juaco esperaba una computadora, una Tablet, audífonos. Nada. El almuerzo que había preparado Ángela era casi el preferido de su hijo: lentejas, arroz y minúsculas monedas de plátano frito. Faltaban las salchichas rancheras. Mientras comían, el hijo le preguntó a la madre que qué regalo quería de día de la madre y ella le contestó que una gabardina roja, pero le hizo una aclaración: que la comprara, que no se le fuera a ocurrir regalarle algo robado, a lo que Juaco respondió: como si fuera tan fácil ver gente con gabardinas rojas… y ambos se echaron a reír.

III

Ángela trabaja en una casa cuya fachada está cubierta de brillantes losetas blancas. En la entrada se aprecian dos delfines, pegados al hocico, elaborados con sobras de espejos y un letrero que dice: Bienvenidos al Edén. La casa queda a ocho cuadras exactas de su hogar, oferta los servicios de cinco mujeres (antes del inicio de la paranoia el catálogo ascendía a dieciocho) y apenas logra funcionar en medio del supuesto confinamiento que vive la ciudad, a propósito del Covid-19. La cosa es sencilla: por disposición gubernamental todo lo que tenga que ver con diversión debe estar cerrado, y más en una zona de tolerancia como la del barrio Santa Fe, potencial foco de infección. No obstante, por debajo de cuerda el proxenetismo local ha podido acordar algunas rentas con las autoridades y, aunque todo permanece bajo custodia, el negocio del sexo no para. Es el viernes anterior al día de la madre, llueve en Bogotá y Ángela decide acentuar sus pechos y tapar sus piernas, aunque no sus curvas. De hecho, afirma que nunca le ha gustado ser lo que llama “puta-perra”, que consiste en mostrarlo todo antes de recibir nada y que, por el contrario, se piensa como una trabajadora recatada que juega con la imaginación. El tapabocas es un impedimento transcendental a la hora de seducir. A los clientes les gusta ver la boca que los va a devorar, por eso no lleva uno puesto, sino una careta que ella misma construyó con un plástico transparente que encontró en su casa. Es consciente de que en términos de bioseguridad no le sirve para mucho, pero no se detiene en eso: hay que trabajar. Desde que empezaron a proliferar las restricciones por la pandemia Ángela redujo su flujo laboral de cuatro o cinco clientes diarios a tres o cuatro por semana. Dice sentir miedo por la salubridad de sus azarosos clientes, pero no ve otra opción que asumir los riesgos y obligarlos a una rigurosa llovizna de alcohol antes de la faena. Los valores por la variedad de servicios que presta son los mismos de la antigua normalidad y esta carencia profesional se ha evidenciado, más que en ningún otro lado, en la mesa de su hogar: desde finales de marzo no se come nada de proteína animal.

IV

Por el IPhone XR, Juaco recibió doscientos mil, la mitad de lo que esperaba. El maletín lo vendió en veinte mil y los documentos mutaron a una identidad menos afortunada: se convirtieron en papel higiénico. Apartó las tres cuartas partes de ese salario para cubrir su responsabilidad con el alquiler mensual del pequeño departamento que habita con su madre y el resto lo invertirá en una gabardina roja, algunas cuestiones domésticas y alimentarias y tal vez en lo que, según él, es su único vicio: Coca-Cola. Calcula que así podrá quedarse en casa unos cuatro días, cumpliendo la cuarentena con plena tranquilidad, antes de verse en la necesidad de salir a trabajar. Cuenta que la policía ya lo ha agarrado varias veces y que nunca pasó más de cuarenta y ocho horas encerrado. Ahora se cuida mucho más que antes, no carga navaja ni tambo, se peina con gel, viste camisa y zapatos de cuero, porque lo último que quiere es ir preso y, para esto, no solo la presentación personal es importante, sino que el tener que llevar tapabocas ha sido un fenómeno que ha empezado a favorecer su anonimato: tiene cuatro, de diferentes colores, que va cambiando y escondiendo en el trascurso de sus jornadas laborales. Asegura que lo más difícil de la situación alrededor del virus es que no hay ni oficinistas ni universitarios, la población que genera más ingresos. La palabra es fea, pero eso es lo que soy: un ladrón, un ladrón de poca monta, de esos que todo el mundo quiere matar, pero afuera es la selva y nada de lo que pasa allá es personal. Antes de dar un golpe siempre me encomiendo al Divino Niño, él sabe que nada de lo que gano es pa´ vicio -explica.

V

Cuenta Ángela, con la cara dura, agarrotada, como si fuera de palo, que sus jefes la devolvieron a casa antes de la media noche, una hora en la que, en materia de prostitución, si no se está trabajando es porque algo grave sucede. Por estos días, según ella, los pocos clientes que andan por ahí piden descuentos inalcanzables o, los que llevan la plata justa, se fijan en las chicas más jóvenes. Además, muy pocos están dispuestos a entrar en una habitación y acostarse en una cama por miedo a contagiarse y, para solucionar las tremendas calenturas, proponen felaciones y/o penetraciones urgentes, casi que callejeras, y, por ende, más que baratas. Muchos hombres creen que nuestros cuerpos son saldos de quién sabe qué o carnes vencidas y no piensan que este es nuestro trabajo, lo que nos pone la papa en la boca, expresa. En condiciones normales, Ángela habría vuelto a las cinco o seis de la mañana, hasta con diez veces más de lo que logró recaudar en su último turno. Juaco escucha las quejas de su madre en silencio. El apartamento huele a corona funeraria marchita y “Criollo” parece una nube negra que se abre campo entre las piernas de sus dueños. El pobre tiene hambre, dice Ángela. La página en blanco tiene que empezar a escribirse: Juaco se alista para salir a camellar.

Foto: Dahian Cifuentes
Foto: Dahian Cifuentes