Peña Colorada: exportar hierro, importar violencia

El tajo de la mina Peña Colorada en la frontera entre Jalisco y Colima. Foto: AS
El tajo de la mina Peña Colorada en la frontera entre Jalisco y Colima. Foto: AS

Texto y fotos: Alejandro Saldívar

En el Occidente de México, campesinos se enfrentan a la mina de hierro Peña Colorada, operada por ArcelorMittal (la empresa siderúrgica más grande de Europa y España) y Ternium. Algunos desaparecen. Otros mueren asesinados. Este viaje cruza una sierra arrasada por la extracción de una minera europea: montañas dinamitadas, comunidades desplazadas, selvas fragmentadas. Las concesiones avanzan; la justicia no llega. 

Publicamos un adelanto de lo que se publicará en formato de libro en 2026. Este reportaje forma parte de una investigación que fue posible gracias al apoyo del fondo Investigative Journalism for Europe (IJ4EU) y de Journalismfund Europe.  

Ayotitlán

La última vez que vieron con vida a Higinio Trinidad de la Cruz fue dentro de la presidencia municipal de Cuautitlán de García Barragán, Jalisco, el viernes 24 de noviembre de 2023. No hay registro oficial de su ingreso. Tampoco de su salida. Testigos aseguran que policías lo sacaron por la puerta trasera. Al día siguiente por la mañana, lo encontraron muerto: un disparo, huellas de tortura, el cuerpo abandonado cerca del puente Arroyo Hondo, en el ejido Ayotitlán.

46 días después la Fiscalía de Jalisco anunció la detención de José Juan A., alias El Charras, quien se desempeñó como comisariado ejidal de Ayotitlán entre 2019 y 2021, en el estado de Colima. Lo acusaron de homicidio calificado. Ningún funcionario fue imputado. Jesús Delgado Camberos, presidente municipal de Cuautitlán, sigue en funciones.

María Hermenegildo Roblada, esposa de Higinio —quien lo acompañaba— sobrevivió. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reconoce explícitamente a Roblada como “la principal testigo de la desaparición y muerte de su esposo”. Desde entonces, busca justicia y la intervención del gobierno federal, mientras vive bajo amenaza.

Por aquí no hay caminos: hay terracerías. Se avanza entre brechas reventadas por el agua, piedras sueltas como dientes de anciano, alambre oxidado que corta el paso. La moto avanza como si masticara el camino. No sirve el GPS, no hay red, no hay horario: sólo una ruta cambiante que a veces se convierte en barranco. 

La moto permite esquivar derrumbes, cruzar brechas erosionadas y alcanzar comunidades donde los periodistas rara vez llegan. Entre piedras, polvo y pendientes, cada curva es una apuesta: uno avanza porque en medio del camino, donde nadie debería estar, siempre hay alguien esperando.

A la entrada del ejido una mujer y su hija aguardan el autobús sobre una brecha de tierra junto a dos piedras volcánicas.

—Uno va a Telcruz y el otro a Cuautitlán —dice la madre, sin despegar la vista—, pero a veces se retrasa, o se va directo, o ya no regresa. Si no hay paso por derrumbe, no sube nadie.

Aquel autobús trae arroz, papel, jabón, medicina si hay suerte. Para muchas familias de la Sierra de Manantlán, es el único vínculo tangible con el resto del país.

Sobre la loma relucen los tejados de lámina como espejos deformes. Los tinacos que cambiaron no por decisión —sino por donativo.

Ayotitlán. Bajo el asedio minero. Foto: AS
Ayotitlán. Bajo el asedio minero. Foto: AS

—El gobierno los regala —dice—, pero no porque le interese. Es para decir que aquí no falta nada. Y sí falta.

Lo que más escasea es el agua.

—La ocupamos en todo. Aquí no hay red, ni pozo, ni nada. Tenemos muchas necesidades.

En el centro de salud hay médico, pero solo por las mañanas. 

—Y sin materiales. Sin medicinas. Por la tarde no hay nadie, y en la noche es cuando más se ocupa. ¿De qué nos sirve que esté si adentro no hay nada?

La lista es inconmensurable: picaduras de alacrán, partos, fiebre. Todo se vuelve difícil.

—Uno no sabe lo que le viene adelante.

La hija acomoda la bolsa. Habla del trabajo, del campo, del maíz y el frijol.

—Nos dedicamos a lo que haya. Si hay camiones pa’l jitomate, allá se van. Muchos hombres ya no regresan. Se van y se pierden del otro lado (Estados Unidos).

El viento no refresca: arrastra polvo.

Higinio ya había sido víctima de un secuestro en el año 2022. Un grupo armado lo retuvo durante horas, lo interrogó y lo liberó. Pese a las amenazas, continuó denunciando públicamente la devastación provocada por la mina Peña Colorada, como documenta la resolución 11/2024 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

—¿Sabe si por aquí encuentro a la señora María Hermenegildo? —pregunto.

La mujer calla. Mira al frente como si no hubiera escuchado. La hija baja la vista.

—La esposa de Higinio —dice al fin—.

—Pero no la va a encontrar. Quién sabe dónde. Mejor ni ande diciendo que la anda buscando.

La Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ) documentó los casos en su informe ambiental Reserva de la Biosfera de Manantlán. Entre 2020 y 2025, al menos media docena personas fueron asesinadas en esta región por participar en procesos de defensa territorial, de acuerdo con reportes del Consejo Autónomo de Autoridades Nahuas de Tuxpan y Cuautitlán (CAANTA) y registros de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. También decenas de amenazas, desapariciones y denuncias de minería ilegal. 

En Ayotitlán no hay duda de quién mata. Según la CIDH entre 2020 y 2023 fueron asesinados al menos cinco defensores: Rogelio Rosales Ramos (hijo de J. Santos Rosales Contreras), Salvador Cipriano Padilla, Benjamín Ramos Cipriano, Santos Ignacio Chávez y Higinio Trinidad de la Cruz. Otros trece líderes comunitarios han sido amenazados, perseguidos o desaparecidos temporalmente por grupos armados vinculados al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), con la participación directa de policías municipales, autoridades ejidales y funcionarios locales.

En la zona, nadie se atreve a nombrarlos, pero todos saben quién manda. Algunos comuneros aseguran que ya no es solo el narco, sino una maquinaria donde se cruzan intereses mineros, políticos y criminales. Otros, como los integrantes del Consejo Autónomo de Autoridades Nahuas, insisten en que el narco opera como brazo armado de empresas que buscan apropiarse del territorio. La violencia, sin embargo, no es una excepción. En México hay más de 116 mil personas desaparecidas, y muchas de esas ausencias, como las de Ayotitlán, ocurren en regiones donde el subsuelo vale más que la vida, y donde el Estado aparece solo para administrar el miedo.

Cuautitlán de García Barragán

Un maniquí en la entrada de Cuautitlán. Foto: AS
Un maniquí en la entrada de Cuautitlán. Foto: AS

Desde Ayotitlán hasta la cabecera municipal hay casi treinta kilómetros de desgaste. El camino baja entre cerros abiertos, árboles desfondados y piedras sueltas que rebotan bajo las llantas. Hay tramos donde el pavimento se agrieta; otros donde ya solo queda tierra suelta, raíces expuestas, huellas borrosas de camionetas.

Es Viernes Santo. No hay misa, ni campanas, ni romerías. Solo una figura inmóvil en la entrada del pueblo. Apago la moto frente a la tienda. Un hombre bebe una cerveza bajo la sombra. La lata fría, el calor encima.

—Lo pusieron por Semana Santa —dice, sin apartar la vista—. Cada año se quema uno. Una costumbre.

Preguntar por Higinio en Cuautitlán es dejar caer un clavo en el suelo y esperar a ver quién parpadea. La gente se calla, se acomoda el sombrero, desvía la mirada.

—¿Usted conoció a Higinio Trinidad?

Hace una pausa.

—Tenía rato con problemas.

Higinio Trinidad de la Cruz tenía medidas del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras desde 2021, tras haber recibido amenazas. Había denunciado tala y extracción ilegal en la Sierra de Manantlán. También promovía juicios para que más de 140 familias indígenas pudieran votar en la elección del comisariado ejidal.

—Fue político lo del defensor—dice como si la cerveza le ablandara la lengua. 

—¿Político cómo?

—El comisariado temía perder el control del ejido Ayotitlán. 

—¿Y por eso lo mataron?

—Aquí la gente sabe cuándo hablar y cuándo no. Él ya sabía que lo traían en la mira. Aun así, vino aquí.

El hombre termina la cerveza. Aplasta la lata con el pie y señala hacia el judas.

—Al rato lo vamos a quemar.

En la plaza central el nombre del municipio se anuncia con letras de colores, como si se tratara de un destino turístico. Nadie lo niega, pero pocos quieren hablar. En Cuautitlán, el nombre de Higinio Trinidad de la Cruz flota como si aún caminara por estas calles.

Minatitlán

Minatitlán. Sucursal de mano de obra para Peña Colorada. Foto: AS
Minatitlán. Sucursal de mano de obra para Peña Colorada. Foto: AS

Desde Cuautitlán a Minatitlán, Colima, la moto baja sin pausa. Una caída en zigzag entre laderas pelonas, caminos partidos y surcos que desgarran el paso. La rueda trasera patina sobre tierra suelta. El lecho del río Armería, en Minatitlán, está seco: un desierto de piedras calientes. Hay polvillo. Polvo que viene de la mina Peña Colorada.

P., un hombre de barba canosa y botas gastadas, habla desde la sombra de un árbol.

—Trabajé veinte años con ellos, fui contratista. Hay mucha lana, pero todo tiene dueño. Aquí nadie mueve una piedra sin permiso de Peña Colorada.

Le muestro el mapa en el celular. P. lo observa con atención. Mueve el pulgar, se orienta para ubicar el tajo principal y luego otro más al norte, fuera del perímetro. No es parte del complejo minero oficial.

—Esas son las Pesadas —dice—. Allí escarban ilegal, pero hasta eso lo saben los de arriba. ¿Quién crees que pone la maquinaria?

Desde el cielo, Las Pesadas se ve como un campo desollado. No hay simetría, no hay trazos ni lógica industrial. Es tierra revuelta, abierta a cuchilladas. La vegetación termina en seco y comienza un terreno amarillento, charcos lodosos, una laguna verdosa.

La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) documentó la ilegalidad de estas extracciones en predios de Minatitlán, con afectaciones directas sobre el arroyo Tepehuajes y especies maderables como la guásima, la rosa morada o la parota.

Un poco más al norte de Peña Colorada, pasando el Cerro Prieto y antes de llegar a Chanquiahuitl, en territorio de Jalisco, la escena vuelve a repetirse. Laderas abiertas, surcos irregulares. En esta zona la extracción ocurre fuera de los márgenes oficiales, pero con maquinaria que no parece improvisada.

El terreno luce desgajado: manchas ocres, bancos de material removido. No hay bardas ni vigilancia visible; sin embargo, aquí se trabaja. Se ha trabajado desde hace años. Nadie en las comunidades aledañas ignora quién mueve las máquinas, pero pocos se atreven a nombrarlos.

La minería legal e ilegal convive en Peña Colorada, a la derecha Las Pesadas. Foto: AS
La minería legal e ilegal convive en Peña Colorada, a la derecha Las Pesadas. Foto: AS

Las coordenadas cambian. La lógica, no. El patrón se extiende como una red: abren, extraen, desaparecen. Entre Jalisco y Colima, la tierra se explora sin permiso y se explota sin pausa. Lo que antes era monte ahora es mineral expuesto.

En abril de 2021, José Isaac Santos Chávez, defensor medioambiental, fue desaparecido en la sierra de Manantlán. En 2023 las autoridades intentaron cerrar el caso como un homicidio, sin cuerpo, sin pruebas, sin línea de investigación. Su familia exige que se le reconozca como víctima de desaparición forzada, pero hasta ahora ni la Fiscalía de Jalisco ni la Comisión Estatal de Búsqueda han corregido el expediente.

La evolución de la mina Peña Colorada y su planta de desaguado entre 1986 y 2003. Imágenes: Google Earth
La evolución de la mina Peña Colorada y su planta de desaguado entre 1986 y 2003. Imágenes: Google Earth

Peña Colorada

Desde Minatitlán, el camino hacia el pueblo de Peña Colorada corre diez kilómetros hacia Manzanillo. A mitad de la ruta, aparece la primera línea de tubos verdes que cruzan el camino. La moto sigue el trazo como si fuera una pista. Ya se ve la cresta de la mina: un tajo grisaceo. No hace falta llegar. Peña Colorada se impone desde antes.

Todo lo que se mueve obedece a la lógica de la extracción. La carretera que conduce a la mina no es pública en la práctica: una cadena impide el paso hacia un camino que funciona como un corredor industrial blindado, exclusivo para las volquetas y camiones que entran y salen en fila.

La entrada a la mina Peña Colorada. Foto: AS
La entrada a la mina Peña Colorada. Foto: AS

Desde Minatitlán, el camino hacia el pueblo de Peña Colorada corre diez kilómetros hacia Manzanillo. A mitad de la ruta, aparece la primera línea de tubos verdes que cruzan el camino. La moto sigue el trazo como si fuera una pista. Ya se ve la cresta de la mina: un tajo grisaceo. No hace falta llegar. Peña Colorada se impone desde antes.

Todo lo que se mueve obedece a la lógica de la extracción. La carretera que conduce a la mina no es pública en la práctica: una cadena impide el paso hacia un camino que funciona como un corredor industrial blindado, exclusivo para las volquetas y camiones que entran y salen en fila.

En uno de los kioskos de la plaza principal, junto a una escultura de dos perros xolos bailando, E., un hombre de rostro curtido y gorra de Caterpillar, toma un refresco caliente.

—Yo manejo un volquete minero —expresa.

E. saca su celular y lo muestra como acto de fe. En la pantalla, una columna de humo asciende desde el cerro como un fantasma que no termina de desvanecerse.

—Aquí es una voladura —dice. Diario subo y bajo. Es muy grande la mina.

En el video se escucha un murmullo metálico de fondo: radios, alarmas, voces entrecortadas. “Se cebó”, lanza uno, el polvo se expande y las laderas tiemblan. La imagen vibra. Hay quienes se alejan, otros sólo observan.

—¿Con dinamita? —le pregunto.

E. asiente, como si ya fuera obvio.

—Cuando hay voladura sacan a todos de sus áreas. Por eso se ve retirado. Pero aún así, se siente la onda. Esa fue la semana pasada.

—A la verga, comenta otro trabajador después de la explosión.

E. ha visto de todo. Lleva 25 años trabajando aquí. Dice que ha presenciado hasta tres explosiones por día. Es parte del ritmo. Como los accidentes. Pero de esos no quiere hablar porque dice que son de mala suerte. Parte de una ingeniería que opera desde fuera del mapa.

Desliza el dedo en el celular y muestra otro clip: un paisaje gris, sin cielo, sin árboles. Hay máquinas que parecen insectos gigantes: brazos hidráulicos, cadenas, palas colosales.

—Esa es la pala que carga los camiones grandes, explica. Luego señala otra figura al fondo, semienterrada entre la bruma de tierra levantada.

—Y esas perforan. Son las que hacen los barrenos. Donde meten los explosivos.

Duopolio acerero

Un anuncio en Peña Colorada. Foto: AS
Un anuncio en Peña Colorada. Foto: AS

La mina Peña Colorada opera bajo la razón social Consorcio Minero Benito Juárez Peña Colorada, S.A. de C.V., un engranaje estratégico en la industria del acero. Aunque jurídicamente aparece como una empresa independiente, su funcionamiento responde a un diseño corporativo que garantiza el control absoluto de la producción a dos empresas del sector: ArcelorMittal y Ternium.

Peña Colorada no siempre estuvo en manos privadas. En 1984, nació como un consorcio mixto donde el Estado mexicano y empresas nacionales como Altos Hornos de México (AHMSA), HYLSA y Fundidora Monterrey tenían participación. Pero con el colapso de la industria siderúrgica en los años noventa, las privatizaciones hicieron su trabajo: ArcelorMittal y Ternium compraron todo.

Hoy, cada tonelada de hierro que sale de Peña Colorada ya tiene destino antes de ser extraída. No hay mercado. No hay compradores alternativos. El 50% del consorcio es de ArcelorMittal. El otro 50% es de Ternium. No hay más. El Estado mexicano entregó, en la práctica, una de sus principales reservas de mineral de hierro a un duopolio global.

La tubería de Peña Colorada. Foto: AS
La tubería de Peña Colorada. Foto: AS

Tan solo en 2023, Peña Colorada extrajo 3.97 millones de toneladas de hierro, cantidad vasta para levantar al menos 540 torres como la Torre Eiffel, una tras otra. Suficiente para cubrir de acero el centro histórico de Guadalajara, el mercado de San Juan de Dios, el Parque Agua Azul, el Teatro Degollado, la Catedral, la glorieta de los Niños Héroes y hasta la Vía RecreActiva un domingo completo. Todo desaparece bajo una maqueta de París multiplicada hasta el delirio.

Documentos del Registro Público de Comercio (RPC) muestran que la empresa opera con un modelo cerrado, sin posibilidad de que otros actores industriales accedan a su producción. Esta estructura no solo les garantiza el control absoluto del mineral, sino que les permite fijar sus propios costos, regular la oferta sin competencia y operar con un modelo que limita la supervisión del Estado.

Desde hace más de una década, Arturo Miguel Tronco Guadiana ejerce poderes amplios y determinantes dentro del Consorcio Minero Benito Juárez Peña Colorada. Su nombre aparece reiteradamente en actas oficiales que evidencian la concentración de decisiones estratégicas bajo su mando directo.

El RPC muestra cómo, en 2021, llevó a cabo la fusión por incorporación con Peña Colorada Servicios, S.A. de C.V., operación que resultó en la absorción total de activos y pasivos de esta última. Esta maniobra dejó a Peña Colorada con una estructura operativa bajo su control centralizado.

Los poderes otorgados a Tronco Guadiana, según los documentos, no se limitan a actos administrativos. El director general posee facultades expresas para administrar, vender, comprar, ceder o negociar los inmuebles que pertenecen a la empresa. También puede celebrar contratos, administrar activos financieros, litigar en nombre de la compañía y representar legalmente al consorcio ante cualquier autoridad federal, como la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), especialmente para asuntos relacionados con el manejo de explosivos necesarios para la operación minera.

En noviembre de 2024, Tronco Guadiana defendió el modelo operativo de Peña Colorada, enfatizando un desempeño “responsable en términos ambientales y sociales”.

En la estructura corporativa de Peña Colorada, aparecen personajes vinculados a decisiones clave en ArcelorMittal. Achal Khanna, director financiero para la región de América del Norte, figura como consejero propietario de la empresa, según consta en el acta del Consejo de Administración del 5 de agosto de 2015, inscrita en el RPC con folio mercantil 10734.

Las oficinas del sindicato minero de Minatitlán, Colima. Foto: AS
Las oficinas del sindicato minero de Minatitlán, Colima. Foto: AS

En la estructura corporativa de Peña Colorada, aparecen personajes vinculados a decisiones clave en ArcelorMittal. Achal Khanna, director financiero para la región de América del Norte, figura como consejero propietario de la empresa, según consta en el acta del Consejo de Administración del 5 de agosto de 2015, inscrita en el RPC con folio mercantil 10734.

Peña Colorada cuenta con 20 titulos mineros vigentes registrados ante la Dirección General de Minas de la Secretaría de Economía (SE). En conjunto abarcan alrededor de 39 mil 034 hectáreas, lo cual representa una de las mayores extensiones controladas por una sola empresa en el occidente mexicano.

El título de concesión número 227602, denominado Los Juanes, fue otorgado el 17 de julio de 2006 a Peña Colorada y permanecerá vigente hasta el 17 de julio de 2056. Se trata de una concesión de explotación que abarca 7,516.40 hectáreas dentro del municipio de Cuautitlán de García Barragán, Jalisco.

Los Juanes es el polígono más amplio del complejo minero Peña Colorada. Colinda directamente con la Reserva de la Biósfera Sierra de Manantlán y comprende territorios habitados por comunidades indígenas nahuas, entre ellas Ayotitlán, La Astilla, Mameyito, San Antonio y Los Potros.

Estas comunidades han denunciado por años afectaciones graves en el suministro de agua, tierras agrícolas y condiciones de vida. No hay evidencia pública de que el polígono haya pasado por un proceso de consulta indígena previa, libre e informada, como establece el Convenio 169 de la OIT. Tampoco existe información accesible sobre las condiciones ambientales bajo las cuales fue autorizada la concesión.

Una revisión detallada de los títulos de concesión revela que la actividad extractiva en Peña Colorada cuenta con permisos vigentes hasta el año 2062. El título con la mayor vigencia identificada corresponde al lote Peña Colorada Oriente II (título 241220), cuya concesión tiene validez hasta el 26 de septiembre de 2062, según el Registro Público de Minería.

Además, entre las concesiones más extensas destaca el lote Salomón, ubicado al sur del estado de Jalisco, que abarca una superficie de 11,899 hectáreas y cuenta con autorización vigente hasta el año 2060. 35 años más de hierro.

Una de las tantas concesiones mineras de Peña Colorada. Mapa: Cartomin
Una de las tantas concesiones mineras de Peña Colorada. Mapa: Cartomin

La operación de ArcelorMittal no termina aquí. En el vecino estado de Michoacán, mantiene activos a través de la empresa ArcelorMittal Las Truchas S.A. de C.V., una filial que concentra parte de la transformación del mineral extraído. Esta red de operaciones conecta las actividades de extracción en Peña Colorada con las de procesamiento y exportación en otros estados.

En la estructura corporativa de esta razón social aparecen otros nombres vinculados a ArcelorMittal. Amit Harlalka, director de finanzas en India; Makarand Mhetre, ejecutivo industrial y William Taggart Chisholm, vicepresidente de Metals Service Center Institute figura en cargos operativos dentro del mismo grupo.

Presas de jales

La tubería que transporta el hierro de la mina Peña Colorada. Foto: AS
La tubería que transporta el hierro de la mina Peña Colorada. Foto: AS

Del otro lado de la carretera, detrás del tajo abierto, se extiende algo que no figura en los mapas turísticos: una presa de jales. No es agua. No es tierra. Es el residuo molido de la montaña triturada, una papilla de metales muertos y químicos sin nombre. Todo lo que la mina no se lleva, lo entierra ahí. Los jales no huelen, no suenan, no se mueven. Pero están vivos. Respirando lento, empapando el subsuelo, filtrándose en las venas del valle.

Desde una imagen satelital, parece una herida contenida con concreto. Un estanque muerto, vasto, opaco. Allí va a dar todo lo que no se convierte en dinero: el polvo del hierro, los químicos del lavado, los sedimentos del subsuelo. Nadie sabe qué contiene realmente.

A lo largo del camino que separa la mina de la presa, corren tuberías de alta presión, que atraviesan la carretera como líneas trazadas por una regla brutal. No emiten sonido, pero su sola presencia organiza el territorio.

Cada curva del camino o entrada bloqueada por una cadena, parece pensada para no interrumpir su curso. Aquí el hierro no sólo se extrae: se canaliza, se traslada, se impone. 

Veinte kilómetros antes de llegar a Manzanillo, la escena se repite, pero a otra escala: la planta de desaguado de Peña Colorada, ubicada a un costado de Paticajo, ocupa una extensión de terreno donde cabría el pueblo entero más de cinco veces. Un cuerpo expansivo, imposible de cruzar a pie. Una geografía industrial, con caminos internos, lagunas artificiales, plataformas y depósitos de jales.

Nadie —ni siquiera el gobierno— tiene certeza de cuánto material ha sido vertido allí. No se conoce la profundidad exacta, ni las filtraciones, ni los efectos a largo plazo. En estos terrenos no hay concesiones mineras de ningún tipo. Se sabe lo suficiente para guardar silencio. Y se ignora lo suficiente como para que siga creciendo.

En 2021, Peña Colorada presentó una MIA para el proyecto “Ampliación Centro Industrial Paticajo”, en el cual solicitó autorización para intervenir 439.57 hectáreas de selva baja caducifolia y bosque de encino. La empresa reconoció en su propia manifestación que el proyecto ocasionaría pérdida de cobertura vegetal, hábitats y alteraciones hidrológicas; no obstante, argumentó que dichos efectos “no comprometen la continuidad de los procesos naturales”.

Sierra de Manantlán

Incendio en la sierra de Manantlán. Foto: AS
Incendio en la sierra de Manantlán. Foto: AS

Al mediodía el cielo no es cielo: es un brasero. Arde sin flama sobre las cumbres exhaustas, donde sólo quedan esqueletos de árboles calcinados. Avanzo en moto por una brecha pedregosa que baja desde la sierra hacia el valle. El aire golpea seco en la cara. A la izquierda, los troncos quemados se yerguen como fósiles. A la derecha, montículos de tierra roja. El motor ruge entre baches y tramos de grava suelta. Cada tanto, un burro famélico, una llanta abandonada, un corral sin puertas.

Detengo la moto al ver a un hombre junto a un mezquite. C. tiene 47 años, aunque la piel curtida y los ojos hundidos le suman otros diez. Lleva una camisa abierta empapada en sudor, el rostro sombreado por una gorra. Sus manos están marcadas: cicatrices viejas, uñas rotas, piel dura como su silencio. 

—Después de los incendios, llegan ellos —dice, sin quitar la vista del horizonte—. Llegan en camionetas. Se llevan a la gente. Pa’ trabajar allá arriba. Ya ni preguntan.

—¿Quiénes son “ellos”?

No contesta. Solo levanta la barbilla en dirección a las laderas pelonas donde se oculta la mina Peña Colorada. Ahí, donde la montaña se ha vaciado.

Vuelvo a montar la moto. El camino se hace más pedregoso. Cruzo un tramo seco donde antes debió correr agua. A la distancia, el viento levanta pequeñas tolvaneras que giran sin rumbo. 

Más adelante una tienda. Una construcción de block y lámina con una sola puerta abierta. Afuera, una silla rota, dos perros flacos dormidos, una caja de refrescos vacía.

Apago el motor. El polvo se asienta.

Desde la sombra del interior, una voz habla sin levantar la mirada:

—Por aquí nadie dice nada.

La mujer permanece sentada detrás de un mostrador de madera sin barniz. Lleva un rebozo claro sobre la cabeza y un vestido floreado que parece más viejo que ella. En las manos sostiene un trapo húmedo con el que limpia, sin apuro, un frasco de Nescafé cubierto de polvo.

—¿Usted conoce a los que suben a trabajar a la mina? —pregunto.

No responde de inmediato. Coloca el frasco sobre el estante con otros idénticos, todos vacíos.

—No los conozco, no. Pero sé quiénes ya no están.

—¿Desaparecidos?

—No. Desaparecer es otra cosa. Aquí la gente se va. A veces vuelve. A veces no.

Hace una pausa. Afuera, un burro brama como si no supiera qué hora es. El calor no cede.

—¿Y por qué se van?

—Porque no hay nada. Ni escuela, ni médico, ni maíz. Nomás polvo, dice encogiéndose de hombros. A veces viene alguien de la empresa y dice que hay chamba arriba. Que pagan bien. Y la gente se apunta. ¿Qué va a hacer uno? No se les puede decir que no.

—¿Y si no regresan?

—Entonces ya nadie pregunta, dice con cierta imparcialidad. Como quien repite una receta vieja. 

—Aquí ya aprendimos que el que pregunta, se enreda.

La mujer guarda el trapo en una cubeta. Mira por primera vez, directo, con los ojos grises y secos.

—¿Usted es periodista, verdad?

Asiento.

—No va a sacar nada. No aquí. Lo que pasa aquí, no sale en ningún lado. Ni en la radio, ni en el teléfono. Y aunque saliera… no pasa nada.

Se levanta. Saca una botella de agua del refrigerador, la coloca sobre el mostrador.

—Tome. Está fría.

La puerta de lámina cruje con una ráfaga. Afuera, el polvo sigue girando como si alguien lo hubiera despertado.

Una mina sin agua

Sequía en la laguna de Sayula, Jalisco. Foto: AS
Sequía en la laguna de Sayula, Jalisco. Foto: AS

Según el Registro Público de Derechos de Agua (REPDA), Peña Colorada no extrae ni descarga un solo litro de agua nacional. Así lo indican sus dos títulos vigentes: uno para “uso industrial”, emitido por el Organismo de Cuenca Lerma-Santiago-Pacífico, y otro para “servicios”, otorgado por la Dirección Local Colima.

Ambos registros son claros: cero metros cúbicos de agua superficial, cero de agua subterránea, cero de descarga. Ni una gota.

Sin embargo, la mina abarca 394 mil 67 metros cuadrados de zonas federales, distribuidos en 63 anexos. Casi 40 hectáreas de terrenos de la nación, autorizados para actividades industriales, pero sin el respaldo hídrico que exige una operación de esta magnitud.

Impacto ambiental

Un letrero a favor de la naturaleza en Peña Colorada. Foto: AS
Un letrero a favor de la naturaleza en Peña Colorada. Foto: AS

En junio de 2021, la diputada Laura Imelda Pérez Segura, del grupo parlamentario de Morena, presentó ante la Comisión Permanente del Congreso de la Unión una proposición con punto de acuerdo en relación con la mina Peña Colorada. La diputada reveló la imposibilidad de acceder libremente a la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) del Consorcio Minero Benito Juárez Peña Colorada, S.A. de C.V., pese a que las operaciones de la empresa afectan directamente a comunidades indígenas nahuas del municipio de Cuautitlán de García Barragán, Jalisco, así como a habitantes de Minatitlán, Colima.

Según consta en esa proposición, la delegación de la Semarnat en Colima admitió la existencia de una autorización ambiental vigente a favor de la empresa por una superficie de 827 hectáreas y con una duración de 23 años. Sin embargo, dicha delegación negó la entrega de una copia electrónica de la MIA y condicionó su consulta a una revisión presencial, lo cual contraviene directamente el artículo 17 del Reglamento de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente (LGEEPA), que establece el principio de transparencia y acceso público a estos documentos.

Además, la proposición resalta una contradicción entre delegaciones federales: mientras la SEMARNAT en Colima reconoce la autorización ambiental, la oficina homóloga en Jalisco respondió que no posee información alguna relacionada con concesiones mineras en la zona de influencia de Peña Colorada.

Pérez Segura advierte que las comunidades afectadas nunca recibieron consulta. A juicio de la legisladora, la negativa reiterada de la Semarnat a brindar acceso a la MIA obstaculiza el ejercicio pleno de los derechos humanos a la participación, a la información ambiental y a la autodeterminación de los pueblos indígenas.

El puerto

El mar aquí no es mar: es maquinaria. Desde los muelles de Manzanillo, se alzan grúas que parecen vértebras de un animal extinto y contenedores apilados como bloques de un imperio logístico: Maersk, Evergreen, Hapag-Lloyd, Hamburg Süd. Distribuidores de mercancía global. Desde esta costa, el mineral extraído de Peña Colorada emprende su viaje.

El hierro no llega a este puerto en góndolas ni en camiones: llega a través de tuberías de alta presión que lo conducen desde la mina hasta la planta peletizadora. Allí, el mineral se somete a altas temperaturas y presión para transformarse en pequeñas esferas —pellets— que serán exportadas como materia prima para la producción de acero.

—De aquí salen las varillas, dice un obrero que fuma afuera de un Oxxo. Lo dice como quien anuncia un nacimiento. Pero no dice de qué exactamente.

Lo que aquí se produce, ArcelorMittal —el conglomerado con sede en Luxemburgo— lo lleva a sus plantas en Europa. 

Una placa de acero de ArcelorMittal. Foto: AS
Una placa de acero de ArcelorMittal. Foto: AS

San Antonio

Cerca del ejido San Antonio, bajo la sombra rala de un aguacate, tres jóvenes beben Coca-Cola tibia en vasos de unicel que se arrugan en la mano. No hay hielo. Uno se sienta sobre una llanta; otro se recarga contra una moto. Chupan paletas de caramelo.

Recargado en una de sus motos, un maniquí con ropa de faena: camisa cerrada hasta el cuello, cuetes colgando como pecheras, la cara cubierta con un pañuelo y una gorra mal puesta. Los jeans tienen marcas de aerosol: una cruz negra, un símbolo incompleto. No está armado. Está listo para estallar.

—Es pa’ que vean lo que pasa con los traidores —dice uno, sin levantar la voz.

No dice de qué traición habla. Lo dice como si no hiciera falta más, mientras escupe una flema y vuelve a beber de su vaso. Sus palabras caen como piedra al pozo. Nadie se asoma a ver si hace eco.

A medio kilómetro en dirección a Peña Colorada, la tierra está abierta. Se notan surcos, llantas enterradas, huellas de retroexcavadora. No hay letreros ni sellos oficiales. Es un predio como tantos otros en la región, donde se extrae sin permisos visibles, sin nombres firmados.

Un judas en la sierra de Manantlán. Foto: AS
Un judas en la sierra de Manantlán. Foto: AS

Este reportaje forma parte de una investigación que fue posible gracias al apoyo del fondo Investigative Journalism for Europe (IJ4EU) y de Journalismfund Europe.  

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