En 2024, el conflicto entre Israel y Palestina sigue inmerso en una espiral de violencia, reflejando las mismas dinámicas de ocupación y resistencia que han marcado décadas de enfrentamientos. Esta crónica, escrita en 2011 por uno de los nuestros, ofrece una perspectiva histórica y testimonial que complementa la situación actual.
Nabi Saleh
Basem Tamimi ha estado 12 veces en la cárcel y sigue siendo perseguido por el gobierno israelí. La primera vez que lo arrestaron fue después de que Isaac Rabin, Bill Clinton y Yasser Arafat firmaran los Acuerdos de Oslo, en septiembre de 1993.
“Me acusaban de haber asesinado a un colono judío. Me sacaron de mi casa a golpes y estuve en coma ocho días. Cuando desperté estaba rodeado de militares que me preguntaban quién había asesinado al colono. Me tuvieron en la cárcel 40 días. Algunas veces me torturaban. Cuando salí, en diciembre de 1993, el cuerpo de mi hermana me esperaba en casa. Ellos la asesinaron.”
Basem Tamimi tiene 43 años pero se ve mayor. Nació en Nabi Saleh, al norte de Ramallah. Un pueblo de 400 habitantes con un alto porcentaje de mártires y presos. A lo lejos la carretera se ve como una lombriz entre un montón de casuchas en medio del desierto.

“La resistencia popular es parte de la vida cotidiana de Nabi Saleh. Es el mejor modo de oponerse a la ocupación. Es una forma de que escuchen nuestra voz palestina. Los israelíes quieren matar nuestra esperanza con los asentamientos, el muro y su violencia”, dice.
La casa de Basem es un homenaje a la resistencia: banderas palestinas de todos los tamaños, granadas de gas lacrimógeno vacías, casquillos aplastados de M-16. Una pequeña biblioteca de insurrección, democracia y libertad. Fotos familiares y carteles que exigen la liberación de Abdallah Abu Rahmah, uno de los líderes del pueblo de Bil’in, en el sur de Palestina.

Basem se esfuerza por explicar cómo sobrevivió al suplicio de la Intifada, esa insurrección que en los últimos 10 años se ha llevado –según la organización B’Tselem, el Centro de Información por los Derechos Humanos– a 6 mil 371 palestinos (de los que mil 317 eran menores) y a mil 83 israelíes.
“La resistencia popular es el mejor modo de detener la ocupación de Israel. Pero los periódicos de ellos sólo arrojan ponzoña sobre los palestinos: dicen que somos terroristas y que las víctimas son los judíos. No buscamos una resistencia armada pero no podemos permanecer en silencio mientras nos matan y le quitan el futuro a nuestros hijos. La libertad es la vida y la vida sin libertad no es nada.”

Desde diciembre de 2009 todos los viernes los israelíes cierran los accesos a Nabi Saleh y libran una batalla campal contra sus habitantes. En las dos primeras semanas de noviembre hirieron a 22 personas, entre ellos a una niña de 10 años, un médico y dos periodistas palestinos.
A lo lejos se ve el asentamiento de Halamish. De acuerdo con la ONG Peace Now, en ese lugar viven 956 colonos judíos… y muchos de ellos están armados.
Para Basem los asentamientos son la cara más evidente de la ocupación. “Ellos se robaron la tierra. Son un claro mensaje de guerra, hacen trizas a la humanidad. Tienen un sentido distorsionado de la religión. Vienen aquí y nos quitan el agua y matan a las personas. No tienen humanidad”.

Una eventual interrupción en la construcción de asentamientos judíos no afectaría los barrios orientales de Jerusalén –que desde el plan de partición de 1947 se considera territorio ocupado– y retrasaría los planes de la Autoridad Nacional Palestina para exigir ante la ONU el reconocimiento como Estado.
“Israel se sobrepone al derecho internacional. En su cabeza no existen las leyes”, dice Basem con un halo de resignación. “Nosotros ya no queremos la tierra, queremos nuestra libertad. Ellos (los militares) controlan nuestra vida. Ellos –dice señalando hacía el asentamiento– no se irán nunca”.
En Nabi Saleh los niños usan máscaras antigás hasta en sus casas. Por eso Basem tiene los ojos irritados. “Ésta es la última oportunidad para que Mahmoud Abbas negocie con Israel. Para destruir necesitas la guerra. Para la paz necesitas la resistencia y la protesta”.

Abusos
El 10 de noviembre de 2010, el ministro palestino de Asuntos de Prisioneros, Issa Qaraqe, dio a conocer el caso de dos niños de 13 años torturados en el centro de detención de Petah Tikva, en Israel.
Muhammad Tare Abdul Latif Mukhaimar y Muhammad Nasser Ali Radwan fueron capturados en julio en la provincia de Beit Ur Al-Tahta. Los atraparon en la autopista 443, un camino exclusivo para judíos. Los militares que los aprehendieron los tiraron al suelo y los golpearon con las culatas de los M-16. Les vendaron los ojos y los llevaron al centro de detención en Israel.
En Petah Kitva los encerraron desnudos en un baño donde el aire acondicionado estaba encendido. “Lo más terrible fue cuando uno de los soldados meó sobre nosotros y grabó todo en video”, dijo Mukhaimar.
Después fueron trasladados al centro de detención del asentamiento de Binyamin, donde fueron interrogados de las 10 de la noche a las tres de la mañana. Más tarde los pusieron bajo “custodia preventiva” en la cárcel de Remonim durante tres meses.
Un estudio –basado en testimonios de 121 palestinos– dado a conocer por las ONG B’Tselem y HaMoked revela que “las violaciones a los derechos humanos comienzan desde el momento de la detención y continúan durante toda la estancia en las prisiones”.

Apunta: “Las violaciones incluyen crueles condiciones de aislamiento en las celdas, donde la higiene es vergonzosa (…) El uso de cualquiera de estos medios constituye un trato cruel, inhumano y degradante. Todos están prohibidos en virtud del derecho internacional y el derecho de Israel”.
Desde 2001 los palestinos interrogados por agentes de Israel han presentado 645 denuncias ante el Ministerio de Justicia. Hasta ahora ninguna demanda ha resultado en acciones penales.
Israel reconoció que pese a que el uso de la violencia en las detenciones está prohibido, “la práctica sigue siendo frecuente y parece que los soldados reciben mensajes contradictorios de sus comandantes”. Y justifican las detenciones como “una acción necesaria para acabar con los actos de terrorismo”.
La tesis de Israel es que los tiradores de piedras (o tirapiedras, como llaman a los adolescentes de la Intifada) son un ícono de la insurgencia y la resistencia popular. Para ellos lanzar piedras es un acto patriótico. Para los judíos es un acto de vandalismo, cobardía y, además, una incitación al terror.

Intifada interminable
Para Ali es muy aburrido escuchar de las negociaciones de paz entre Israel y Palestina. Para él lo único que vale la pena es preparar café en una olla oxidada y fumar Gauloises. Desde hace cinco años vive en un campamento improvisado junto al muro que divide Jerusalén de Ramallah.
Ali tiene 24 años y estudia agricultura en la universidad de Birzeit. Se asume como un desempleado y vende madera para sobrevivir. Por una tonelada gana el equivalente a 100 dólares. No tiene agua ni electricidad. Su sala está hecha con desvencijados asientos de automóvil.
Entre Israel y Cisjordania se alza un muro de hormigón de ocho metros con torres de vigilancia, puertas especiales y cercas electrificadas. Cuando lo terminen de construir tendrá 700 kilómetros de largo, cinco veces más que el Muro de Berlín. No está diseñado para ser desmontado.

Un informe del Comité Israelí Contra la Demolición de Casas (ICAHD, por sus siglas en inglés) encierra la vida de Ali en el concepto de warehousing (almacenamiento), término que se aplica a los millones de “reclusos” que han quedado “encerrados” detrás de los muros de concreto.
Según el ICAHD, Israel no sólo separa a la población sino que construye un muro alrededor de la pobreza palestina. Pero los israelíes disfrazan sus acciones en nombre de la “guerra contra el terrorismo” en la que los palestinos “no son más que un frente en una batalla moral contra las ‘fuerzas del mal’”.
Y puntualiza: “El warehousing es peor que un apartheid. El muro también tiene una advertencia fundamental: a los trabajadores palestinos no se les permitirá entrar a Israel”.
Ali habla caóticamente, como si varias ideas se le enredaran en la lengua: “Hace 10 años, en la segunda Intifada, los militares me disparaban sin razón. Los militares palestinos sólo defendían a los ricos. Mira, yo no estoy con Hamas ni con Al-Fatah (las dos organizaciones que se disputan el liderazgo palestino). Yo trabajo aquí, sólo quiero vivir y completar mis estudios”.
Aunque los judíos maquillen su lado del muro con la leyenda “estamos en paz”, por el otro hay una compulsiva tendencia a contradecirlos: “Israel, ¿así quieres ser recordado?”, “detengan la limpieza étnica”, “Palestina libre”, “nosotros podemos volar con las alas que ustedes no pueden tocar”, “dejen de matar a mis hijos, mis hermanos, mi marido, mis padres”.
Ali se palmea los muslos con hartazgo. “Mientras el muro siga ahí, la Intifada no va a terminar”.

Hebrón
Son las cuatro de la tarde y una de las calles de acceso a Hebrón, en el sur de Cisjordania, es un hervidero de autos desvencijados y ruidos: las balatas de un taxi, el pregón de un vendedor de dulces, los bocinazos impacientes. En la casa de Abed Sidr se escucha el insistente golpeteo de un balón. Afuera unos niños judíos usan su pared como portería.
Hace ocho años Abed fue herido por la bala de un colono judío. Se abre la camisa para mostrar la cicatriz arriba del corazón. La operación para sacarle el proyectil sería mortal, dice. El mismo día mataron a su esposa. Él cargaba un balde con agua mientras su mujer tendía ropa en la azotea. Un año antes los soldados israelíes habían intentado incendiar su casa. Señala los rincones manchados de tizne.

Antes los militares entraron a su vivienda y soldaron las ventanas que dan a las unidades habitacionales judías. Lo mismo hicieron en las demás casas de palestinos. Adujeron “razones de seguridad”. A veces por pequeños boquetes por los que se cuela el aire, los árabes avientan basura y orina al lado judío.
Abed comercia artesanías en Hebrón. También ofrece recorridos por la ciudad pero los turistas lo ignoran; hoy sólo ha vendido un par de llaveros y tres keffiyeh (la tradicional prenda de tela a cuadros que los palestinos usan en la cabeza y los turistas en el cuello). Abed se casó de nuevo y tuvo dos hijos. En su casa su mujer le da refresco de naranja en un biberón a Mahmud, el más pequeño de la familia.
Al acabarse su arroz con pollo, Abed mira un video del día en que el ejército de Israel cerró todos los comercios en la calle Shuhada, en 2002. “Mi hermano se enfrentó con los soldados. Entre seis lo llevaron detrás de una cortina metálica. Cuando salió estaba sangrando. Desde aquella vez no lo he visto”, cuenta.
En Shuhada estaba el principal mercado de Hebrón. Pero desde 2002 las puertas de sus 800 comercios fueron soldadas. Los uniformados declararon esa calle “zona militar estratégica” y exigieron a los palestinos desalojar el área en cinco minutos. Quien se opuso fue sacado con gas lacrimógeno y a golpes.

Ahora sólo quedan algunas banderas palestinas dibujadas en las puertas selladas. Algunas tienen pintada encima la estrella de David. Una malla ciclónica y una madeja de alambre de púas dividen la calle. Si un palestino intenta cruzar lo encarcelan seis meses.
Hebrón es la única localidad cisjordana donde los colonos judíos viven en el corazón de la ciudad. Lo que fue una primaria palestina es ahora un centro religioso para judíos. La Tumba de los Patriarcas es mitad mezquita y mitad sinagoga. Otras calles fueron divididas: por el lado más amplio caminan los judíos de gabardinas y caireles; por el más estrecho van los palestinos.

Mezquita vigilada
La Mezquita de Ibrahim (Abraham) está a pocas cuadras de la casa de Abed. A la entrada hay dos torniquetes que dan paso a un primer punto de revisión: un pasillo equipado con cámaras y detectores de armas. Abed intenta sonreírle a los soldados, pero ellos ni siquiera voltean a verlo.
“¿Católico o musulmán?”, pregunta una joven soldado con un M16 terciado a la espalda. Adopta esa pose dura que emana de todo uniforme verde olivo; Abed se concreta a sacar de su bolsillo una identificación y a contestar en hebreo, aunque su idioma es el árabe.
Abed llega a otro punto donde le solicitan de nuevo su identificación. Saca todo de sus bolsillos y pasa por unos arcos detectores de metal ajenos a la arquitectura sagrada del lugar.
El palestino tiene una sensación de extravío. “Cuando era niño podía venir con mi abuelo sin ningún problema. Ahora mucha gente tiene miedo y prefiere rezar en sus casas”, asegura.
Al final de los puntos de revisión hay una escalera cincelada en piedra construida por el rey Herodes hace dos mil años. Según el Génesis Abraham le pagó a Efrén 400 monedas de plata para que construyera en Hebrón una tumba para su familia. Y allí fue enterrado, según La Biblia, junto con Isaac, su nieto Jacob y su primera esposa Lea. Herodes levantó un monumento donde estaba la tumba.
Cuando los israelíes ocuparon la zona en 1967, judíos y musulmanes rezaban juntos. Pero eso se acabó. En 1994 un radical israelí, Baruch Goldstein, ametralló a 29 musulmanes que oraban en la tumba. “Por razones de seguridad” Israel instaló dispositivos de vigilancia del lado musulmán; pero los judíos entran y salen sin ser molestados.
Luego de rezar ante la tumba del patriarca, Abed debe sortear los mismos puntos de revisión para volver a su casa. Los alambres de púas proyectan sus sombras sobre la cara del palestino. “Así es siempre, vaya o no a orar”, dice resignado.
Según el Comité Israelí contra la Demolición de Casas, la ocupación de Israel viola todos los convenios de derechos humanos, pero especialmente la Cuarta Convención de Ginebra, que rechaza la ocupación permanente.
Su artículo 3 prohíbe los atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes. El 32 proscribe cualquier maltrato a la población civil.

En 2007, el Tribunal Supremo de Israel dictaminó que los palestinos están autorizados a utilizar la calle Shuhada, pero el ejército israelí se negó a acatar la decisión. Cada noche los militares israelíes llevan a cabo “operaciones bélicas”: realizan detenciones sin órdenes judiciales, demuelen viviendas, arrancan olivos y aplican, sin avisar, toques de queda; los impusieron 377 veces entre 2000 y 2003.
Son las seis y media de la tarde y el centro de Hebrón (Al-Khalil, en árabe) es una ciudad fantasma. El relevo de los comerciantes lo toman gatos que mastican restos de comida. Los ladridos de los perros producen mucho eco. Los rines de los autos se tuercen en cada bache. Todo está tan quieto que desde la torres de vigilancia parece que los soldados espían conteniendo la respiración. Torres afiladas que perforan la neblina.
Un colono en mi casa
Raisah Musa al-Karaki tiene 52 años y es madre de 9 niños. Vive en el barrio musulmán de Jerusalén. Un testimonio recogido en el documento Espacio inseguro: el fracaso de Israel en la protección de derechos humanos, publicado por la Asociación para los Derechos Civiles en Israel en septiembre de 2010, describe cómo los israelíes se apropian de las casas palestinas.
“El 4 de febrero de 2009, los colonos (judíos) se instalaron en la casa de al lado y desde entonces nuestra vida se volvió un infierno. Compartimos un corredor con ellos, que también parte en dos mi casa. El pasillo es de aproximadamente un metro de ancho y 10 de largo, a cielo abierto. En el lado derecho están el cuarto y el sanitario. Esta habitación está junto a la casa de los colonos y la única entrada a su casa es por el mismo corredor.
“(Ahí) no vive una familia. Sólo son hombres acompañados por guardias de seguridad. Siempre están armados. Hacen mucho ruido por las noches con sus oraciones. No se les puede reclamar porque siempre buscan confrontación. El día de descanso judío (shabat) no se puede dormir ni relajarse. Pero cuando escucho el Corán en mi casa siempre me gritan para que apague la radio.
“Una vez nos cerraron la entrada al edificio. Han roto la chapa cuatro veces. He denunciado y nunca pasa nada. Ellos buscan el mínimo pretexto para pelear. Una mañana me senté con mi marido a beber café en el corredor. Uno de los colonos salió de su casa y caminó por encima de mí como si yo no estuviera. Le reclamé y en respuesta me arrojó el café a la cara.
“He presentado más de 20 quejas a la policía. La última vez me hicieron firmar un compromiso para no hablar con los colonos. Cada vez que presento una denuncia yo soy el principal sospechoso. Ellos siempre me gritan y manotean sobre la mesa. Siempre me hacen llorar.”

El proyecto: judaizar Jerusalén
En noviembre el Knesset (el parlamento israelí) aprobó una ley que prohíbe a los palestinos que viven en los territorios ocupados por Israel desde 1948 residir en zonas con mayoría judía.
En Israel viven un millón y medio de árabes no judíos, la quinta parte de su población. Y Jerusalén es sagrada para las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: la judía, la cristiana y la musulmana, todas las cuales la reclaman como suya. Sin embargo Israel la proclamó su capital “única e indivisible” en 1967 e incluso ocupa el sector oriental, que corresponde a los palestinos.

Arabs to the gas chambers! (¡árabes a las cámaras de gas!) se lee con letras rojas en una barda del barrio de Sheik Jarrah, en Jerusalén oriental, donde las hostilidades de los colonos judíos son más visibles. Están en la misma situación las colonias de Beir Hanina, Olive Mountain, Jabel Mukaber, Shuafat, Silwan, Al Abaseya y Ras Khames.
El pasado 20 de abril, Abd al-Fatah arreglaba su bicicleta cuando los niños que jugaban por ahí empezaron a gritar. Colonos judíos le habían encajado un desarmador en la espalda al adolescente palestino. Se mofaban de él y le tomaban fotografías.
Su madre, Jamalat Mughrabi, de 33 años, se enteró de que su hijo había sido arrestado y fue a la estación de policía, donde le impidieron el paso. Lo acusaban de incitar a la violencia contra los colonos judíos. Le pidieron testigos para demostrar la inocencia de su hijo. El arresto se alargó 24 horas hasta que fue liberado por falta de pruebas. Hasta entonces pudo ir al hospital.
“Lo que realmente duele es que siempre la culpa la tienen los residentes árabes. Vamos a denunciar y la policía nos detiene. A los colonos no se les castiga, aunque sean sólo los huéspedes en nuestro barrio y no los propietarios. Esta es nuestra realidad desde que los sionistas invadieron Palestina”, asegura Jamalat, madre de cuatro niños.

Se refiere al episodio conocido como La Catástrofe (Nakba, en árabe). Cuando se creó el Estado de Israel en 1948, más de la mitad de los palestinos fueron despojados de sus hogares y se convirtieron en refugiados. En algunas paredes hay llaves dibujadas. Significan la esperanza de que algún día los palestinos regresarán a sus antiguas casas.
La ONU cedió al nuevo Estado 56% del territorio conocido históricamente como Palestina y dejó a su población original, los palestinos, con 43%.
El remedio tras la ocupación fueron los campamentos que poco a poco se convirtieron en colonias sobrepobladas. La región palestina de Cisjordania está aislada del resto del mundo por una muralla de ocho metros de alto y 750 kilómetros de largo (seis veces la extensión del muro de Berlín).
Poco antes de la creación del Estado de Israel el movimiento sionista había elegido áreas clave de todo el país para la adquisición de tierras y la colonización. Tras el establecimiento de Israel, una de esas prioridades era llevar a los judíos a ciudades y pueblos que no habían sido demolidos para garantizar que los refugiados árabes no regresaran.
Otra prioridad fue construir nuevos asentamientos judíos en las zonas que el plan de partición de la ONU habían destinado al Estado palestino. Asimismo construyeron comunidades judías para rodear y contener las zonas árabes.

También se interesaron en dirigir la colonización judía a lo largo de las fronteras. El gobierno israelí ofrece muchos incentivos para este tipo de iniciativas: préstamos con muy bajas tasas de interés para los judíos que volvieron a Israel bajo la Ley del Retorno, y beneficios y subsidios a las familias cuyos miembros han servido a las fuerzas armadas de Israel.
La Oficina de Administración de Tierras de Jerusalén realiza la transferencia de propiedades en el barrio de Silwan y la ciudad vieja de Jerusalén a los grupos de extrema derecha Elad y Ateret Cohanim a bajos precios y sin una oferta conforme a la ley, según investigación publicada el pasado 5 de noviembre en el diario israelí Haaretz.
B’Tselem, grupo israelí defensor de los derechos humanos, denunció que las colonias judías ya ocupan más de 42% de Cisjordania.