Los desiertos verdes de Smurfit Westrock: lucha indígena en Colombia y Suecia

Minga organizada por la comunidad Nasa para tumbar las plantaciones de pino sembradas por Smurfit Westrock. Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes
Minga organizada por la comunidad Nasa para tumbar las plantaciones de pino sembradas por Smurfit Westrock. Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

Los Sami del norte de Suecia y los Nasa y Misak del suroccidente de Colombia tienen algo en común: extensos bosques amenazan con oscurecer sus existencias. Dos historias sociales y medioambientales que se juntan gracias a las actividades de una multinacional irlandesa. 

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¡Genial! exclama Leif Lundberg al girar por el camino forestal cubierto de nieve, cerca de Korsträsk, Suecia, a unos ochenta kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico. Frente al capó del coche se extiende una pequeña zona de tala rasa, pero esa no es la razón de su espontánea expresión de alegría. La verdadera causa son los montones de troncos que se amontonan allí.

—Al principio, solo tenían previsto dejar los troncos tirados en el suelo, pero dado que los árboles ya habían sido talados y el daño ya estaba hecho, considero positivo que aprovechen todos los recursos disponibles. De hecho, me ha causado malestar pensar en el despilfarro de materiales.

Leif sostiene que el bosque de Korsträsk nunca debió haber sido talado. El propietario del terreno logró deforestar aproximadamente 10 de las 60 hectáreas antes de que el tribunal de tierras y medio ambiente interviniera para detener la tala y recordar la importancia del pico tridáctilo, una pequeña ave que habita en las zonas más frías del hemisferio norte, así como de otras especies importantes que alberga el bosque.

Leif constata que, aunque se haya ganado otra batalla contra esta tala rasa en particular, la guerra está lejos de terminar. Y sabe de lo que habla. Durante 75 años ha sido testigo de lo que él llama la explotación voraz de las empresas forestales. Al principio, los Sami, el pueblo indígena más antiguo de Europa, aceptaron la tala del bosque ancestral debido a su abundancia y porque las áreas afectadas solían ubicarse en los límites exteriores de su comunidad. Sin embargo, pronto quedó en evidencia que la demanda de madera era insaciable.

—Sveaskog y las demás empresas forestales solo quieren más y más todo el tiempo. Nunca devuelven nada.

Leif describe cómo, desde la década de 1950, la industria ha castigado duramente los bosques, al mismo tiempo que se ampliaban los aserraderos y las fábricas de pasta de celulosa.

—La industria forestal ha crecido de manera desenfrenada: sin límites.

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El Tampalkuarí en la cabeza, un anaco de azul profundo ajustado a la cintura y el turi negro cayendo sobre los hombros. Rodeado de trajes grises, corbatas discretas y telas industriales, el contraste marcaba una distancia inmediata con los miembros de la Asamblea General de Smurfit Kappa (hoy Smurfit Westrock). Aquella indumentaria no funcionaba solo como afirmación de la identidad del pueblo indígena misak, sino como la expresión visible de otra relación con el cuerpo y el territorio.

—Mi nombre es Pedro Velasco. He viajado miles de kilómetros desde mi casa, en el suroccidente de Colombia, para mirar al CEO de Smurfit Kappa a los ojos y pedirle a su empresa que deje de destruir nuestras tierras ancestrales.

Era el 29 de abril de 2022 y la empresa líder de cartón y papel del mundo celebraba su Asamblea General de Accionistas en Dublín. Fuera de las instalaciones, decenas de activistas irlandeses, organizaciones medioambientales y periodistas aguardaban desde primera hora. Junto a la entrada, una camioneta exhibía una pancarta con el rostro del CEO, Anthony Smurfit, y un mensaje directo: “Destruyendo tierras ancestrales indígenas desde 1986”.

Smurfit Westrock se constituyó en 2024, cuando la irlandesa Smurfit Kappa se fusionó con la estadounidense WestRock Company. El nuevo gigante del cartón y el embalaje opera hoy en 40 países, con una maquinaria industrial de más de 500 plantas de conversión y 62 fábricas papeleras. En 2024, su facturación alcanzó los 21.109 millones de dólares. Pese a su expansión imparable a escala internacional, la empresa cerró su última fábrica de producción en el país hace ya veinte años. Desde entonces, en Dublín se conserva únicamente la sede corporativa, una permanencia explicada tanto por el orgullo nacional de sus propietarios como por las ventajas del marco legal y fiscal irlandés.

Edificio de oficinas de Smurfit Westrock en Dublín, donde la multinacional conserva su presencia administrativa en Irlanda tras el cierre de su última fábrica de producción en el país en 2005. Foto: Bernat Marrè

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Una madrugada de marzo de 2025 José Tombe (por seguridad el nombre ha sido cambiado) se despertó mucho antes de que cantaran los gallos del resguardo indígena Path Yu´. Nora, su esposa, le tenía listo un café con dos panes de sagú amasados por ella misma. Frente a la estufa de leña ambos compartieron el silencio de los nervios. José besó la frente de Nora, encendió la moto y abandonó la finca familiar. 

La vereda La Venta, en el municipio de Cajibío, Cauca, era una boca lisa y oscura. Minutos antes del amanecer ya estaba situado en el puesto de vigilancia que le había sido asignado por sus compañeros del CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca). Como él, un centenar de indígenas Nasa se sacudieron aquella mañana como hormigas ansiosas por defender a su reina. ¿Cuál es la reina de este pueblo, José? Pues la tierra, responde con una voz más suave que el viento andino. 

Todos llevaban la única armadura permitida: trapos amarrados en la cabeza para cubrir el rostro y un machete bien afilado. Antes de que el primer rayo de sol se colara por el encapotado cielo e iluminara irremediablemente las frondosas montañas, hombres y mujeres de diferentes edades, ya estaban trabajando. 

Era el inicio de una minga, una forma ancestral de trabajo comunitario, colectivo y voluntario que se usa para resolver una necesidad común o para reivindicar derechos. ¿Cuál derecho, José? El derecho a la tierra, dice, con la convicción de un heredero. 

Pasó una hora y media de trabajo tranquilo hasta que José vio pasar como rayos dos tanquetas y dos camiones atiborrados de policías y soldados. La carretera destapada que atraviesa la vereda se volvió una sola nube de polvo que apenas permitía ver hacia adentro. Sus compañeros estaban tan concentrados en la misión que no escucharon las alertas de los radios. Diez minutos después la minga fue disuelta por incontables gases lacrimógenos, disparos de fusil, un apocalipsis de drones y una ocupación militar que duró quince días. 

¿Cómo no contemplaron eso, José? Era una posibilidad. La idea nunca es el enfrentamiento, pero la información llegó a oídos de alguien ajeno a esta tierra y nos delató, por suerte nadie murió, pero cada herida de cada compañero nos recordó que estamos solos y que hay más gente de parte de Smurfit Westrock, empezando por el Estado colombiano, termina José, mientras observa el inicio de uno de los muchos bosques de pino y eucalipto que rodean, como incisivas cercas, la tierra de su comunidad.

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Periodistas: Comunidades indígenas de Cajibío, Cauca, que viven en medio de las plantaciones de la empresa denuncian sufrir persecuciones y presiones, incluso hostigamientos físicos con la policía y el ejército: ¿qué nos pueden decir a propósito de esto?

Compañía: Entendemos que en territorios como Cajibío existen tensiones históricas y percepciones diversas frente a la actividad empresarial. En Smurfit Westrock, creemos que cada relación con las comunidades donde operamos debe basarse en el respeto, la escucha activa y el diálogo constructivo. Nuestra presencia en Colombia por más de 80 años ha estado guiada por un compromiso con el desarrollo sostenible, la legalidad y la convivencia respetuosa con todos los actores del territorio. Frente a los señalamientos recibidos, es fundamental entender el contexto del departamento del Cauca, particularmente en Cajibío, donde confluyen comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas con derechos colectivos. En Colombia, el marco jurídico protege de forma robusta los derechos de las comunidades étnicas. En el caso de los grupos indígenas, sus territorios – Cabildos y Resguardos – están legalmente delimitados y gozan de autonomía para preservar sus costumbres y cosmovisión. Estos espacios están amparados por la Constitución y son respetados de manera rigurosa por Smurfit Westrock.

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En Piteå, a poco más de 200 kilómetros al sureste de los montones de madera de Korsträsk, se encuentra un ejemplo paradigmático del desarrollo descrito por Leif Lundberg: la empresa irlandesa Smurfit Westrock, la mayor fábrica de kraftliner de Europa. Esta planta tiene una capacidad de producción anual de 700.000 toneladas de kraftliner, un tipo de papel utilizado en la fabricación de cartón corrugado. Este material se emplea, entre otras cosas, en embalajes para productos de empresas de comercio electrónico como Zalando y HelloFresh.

—Nuestra planta está ubicada estratégicamente debido a la cercanía a la materia prima. Sin embargo, nos encontramos lejos de nuestros principales mercados, que se sitúan principalmente en el norte de Europa, ya que el 90 % de nuestra producción se destina a la exportación. Por ello, el acceso a la materia prima forestal es fundamental para mantener nuestra competitividad. Preferimos que la madera provenga del entorno cercano, ya que esto ofrece ventajas significativas en términos de calidad, sostenibilidad y costos. Por esta razón, resulta crucial que las políticas públicas faciliten el uso de la materia prima forestal disponible en Suecia, afirma Ulf Aili, director ejecutivo de la planta, en una entrevista con la asociación sectorial Skogsindustrierna en marzo de 2025.

A pesar de su vínculo con el territorio cercano, la empresa rechaza la solicitud de entrevista, alegando que en ese momento recibe la visita de la dirección europea de la división de papel de la compañía, pero también porque las preguntas sobre el impacto ambiental de la producción de kraftliner, tanto a nivel local como global, no les parecen del todo pertinentes.

—Por la formulación de las preguntas, creo que no somos la fábrica de kraftliner que deberías visitar para tu reportaje. Smurfit Westrock no posee bosques propios y, por lo tanto, no realiza actividades forestales ni cuenta con personal que trabaje en silvicultura, escribe la responsable de comunicación de la empresa en un correo electrónico.

Smurfit Westrock mantiene extensos contratos de suministro de materia prima con diversos proveedores, entre ellos Sveaskog, el mayor propietario forestal de Suecia dedicado a la venta de troncos para aserrar, pulpa de madera y biocombustible, así como con otros proveedores. Gracias a estas alianzas, Suecia ocupa el cuarto lugar en el ranking mundial de países que más exportan productos derivados de la madera, abarcando desde madera para pasta y papel hasta madera aserrada.

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“El río Dodder creó a Smurfit Kappa”, explica un activista ambiental de Dublín que prefiere no revelar su identidad. “Fue potenciado por el río, por su fuerza de trabajo industrial. En aquella época todas las fábricas tomaban el agua del río y la devolvían contaminada. Se llegó a decir que era el río urbano más contaminado de Europa”. El activista fue uno de los voluntarios de Dodder Action que asistió a la protesta de Pedro Velasco. Tras la intervención, acompañaron al líder Misak a la ribera del Dodder. “Pedro salió a la pequeña playa del río e hizo una bendición en Namtrik, el idioma de su comunidad. Luego, hicimos la nuestra en gaélico. Y eran muy similares. Decíamos las mismas cosas porque veníamos del mismo lugar”. Fue entonces cuando sellaron un hermanamiento simbólico entre los ríos Cauca y Dodder.

“No lo entendíamos hasta que alguien nos visitó y nos lo explicó. La lucha por la naturaleza aquí está conectada con el abuso de los derechos ecosociales en otros continentes”, explica el activista ambiental. Durante los días que siguieron, llevaron a Pedro a conocer otros lugares de resistencia local, lo pusieron en contacto con redes políticas y defensores de derechos humanos, conscientes del riesgo que implicaba su denuncia.

En ese momento, el CEO Anthony Smurfit se comprometió a facilitar una reunión entre Pedro y el gerente de la empresa en Colombia. Bajo presión pública, Smurfit prometió no ignorar más las voces indígenas. En los meses siguientes, comenzó un proceso de negociación mediado por la Universidad Javeriana en Bogotá que fue ligado a un silencio de las organizaciones sociales durante los siguientes años: “Sabíamos que él estaba tomando un gran riesgo. Otras personas de su comunidad habían desaparecido en los meses anteriores. Así que no nos concentramos en los detalles del acuerdo. Pensamos que habíamos hecho nuestro trabajo: ejercer presión pública. Tocaba darles espacio”.

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Siete meses después de aquella mañana los líderes del resguardo indígena Path Yu´ se reúnen para planear una nueva minga. La reunión relámpago sucede al atardecer en la casa de José entre humeantes aguas de panela con queso. En cinco minutos acuerdan la hora de la “acción”, el punto de encuentro y la forma de comunicación para los posibles participantes. Todo lo hablan en Nasa Yuwe, el idioma de la comunidad. 

Esa misma noche el Ejército sufrió un atentado en el municipio de Patía, a 100 kilómetros de Cajibío, que dejó un soldado muerto y diez gravemente heridos. Los responsables fueron las disidencias de las FARC lideradas por alias “Iván Mordisco”. Helicópteros sobrevolaron la zona toda la noche con sus luces de estadio a todo dar. En medio de la oscuridad, las montañas, cuando eran alumbradas, parecían intermitentes nevados. José, Nora, sus hijos y nietos, apenas pueden cerrar los ojos: el amanecer será una lotería.

José Tombe salta de su cama mucho antes de que canten los gallos del resguardo. Esta vez lleva un termo lleno de café y varios panes de sagú en la mochila que le tejió Nora para su último cumpleaños. ¿Tiene miedo, José? Acá uno aprende a vivir con eso y si pasara algo, igual sería por defender la tierra, susurra, como si estuviera revelando un secreto. 

—Siempre encapuchados porque, si no envían drones, tienen cámaras trampa y pueden judicializarlos. La “acción” durará dos horas. Se van en las motos de mi hijo Juan y mi compadre Luis. Siempre pegados a ellos. Si algo pasa no se pongan a correr como locos. Se meten de una a la finca de mi compadre y ahí ya no pueden hacerles nada, advierte José, antes de prender su moto que, después del metálico ruido de los helicópteros, es una caricia para la inquietud adyacente.

Con asombrosa puntualidad, aproximadamente cuarenta indígenas provenientes de diferentes puntos del resguardo llegan al lugar de encuentro. Nadie habla con nadie. Empieza la minga. El sonido de los machetes contra los troncos de pinos jóvenes es la sinfonía del alba. Un tic-tac similar al que ocurre cuando se cortan cocos. 

Para derrumbar un pino o eucalipto de tres o cuatro metros hacen falta carácter, unos brazos macizos y quince o veinte machetazos tan precisos como un reloj atómico. Luis está en constante diálogo con José. Luis: ¿qué le dice José? Que no hay muros en la costa.

Hombre de la comunidad Nasa participa de la minga contra las plantaciones de Smurfit Westrock en Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

En dos horas la minga tumba unas tres hectáreas de pinos. ¿Cuántos calcula que echaron abajo, Luis? No sé, pero dos mil, seguro. Ni media cosquilla para la empresa, pero un gran acto de resistencia y dignidad para nosotros que no solo sufrimos persecución y presiones por parte de ellos, sino las consecuencias negativas de estos árboles que secan los ríos y dejan la tierra inservible por el uso de agroquímicos, dice, con su mirada agitándose entre la rendija del pasamontañas.

—Yo quiero sembrar café, yuca, caña, maíz, fríjol, cosas que no hacen daño a nadie. Los constantes incendios, la falta de agua y la esterilidad de este territorio, que era tan productivo, es culpa de la empresa. Muchos campesinos nos miran mal porque la empresa los ha puesto contra nosotros, hay colegios financiados por la empresa (Institutos Técnicos Agropecuarios y Forestales (ITAF)) donde les enseñan a los niños todo lo que tiene que ver con sus árboles y luego, cuando crecen, les ofrecen trabajo: nos tienen encerrados en muchos sentidos, comenta Juan, mientras clava su machete en un tronco de treinta centímetros de diámetro. 

Maíz sembrado y recolectado por José Tombe frente a su casa. Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

Jadeantes y sudorosos, los mingueros cambian sus vestimentas y desaparecen de la escena con la misma rapidez con la que llegaron. Por la carretera destapada que atraviesa la vereda se cruzan con trabajadores de la empresa, niños estudiantes y vecinos campesinos. Son las siete y media de la mañana y la serenidad que se respira en el resguardo es clara: aquí no ha pasado nada, aunque ahora hay un pequeño cementerio de pinos en la tierra contigua a la casa de Luis. 

—Hemos intentado conversar con la empresa. Es más, en 2024 viajamos hasta Dublín y la respuesta que recibimos, en una reunión que duró diez minutos, fue que habláramos con el gerente para Colombia. Entonces fuimos a Bogotá y el señor encorbatado nos respondió que debíamos aprender a convivir con la empresa porque ella no se iba a ir, comenta Luis, mientras conduce su moto ya despojado de la armadura. 

En la casa de José las miradas son de complicidad. Nora sirve pescado frito, arroz blanco, guiso de lentejas, tajadas de plátano y limonada. La familia y los allegados festejan en silencio el éxito de la misión. A los alrededores, las 19.000 hectáreas de plantaciones forestales que tiene Smurfit Westrock en el Cauca reciben los primeros vientos del día. A lo lejos se escucha el rugir de las motosierras y los ecos que dejan las caídas de los gigantes de quince metros. Aunque tiene el poder económico y el monopolio de la fuerza, la empresa sabe quiénes son los verdaderos dueños del territorio. 

—Ellos se escudan diciendo que, como en el Cauca hay ELN (Ejército de Liberación Nacional) y disidencias (de las FARC), nosotros somos guerrilleros y que estamos en contra del progreso. El largo conflicto armado que ha golpeado esta tierra le permitió a la empresa comprar territorios muy baratos y expandir impunemente su desierto verde. Esta es una pelea de un ratón contra un león. Te digo una cosa: indio sin tierra, no es indio. Para nosotros la tierra no es una mercancía, nos debemos a ella. Mientras ellos sigan sembrando nosotros seguiremos quitando, concluye José.

Desierto verde. Plantaciones de Smurfit Westrock en Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

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Periodistas: ¿Cuál es la opinión de la empresa a propósito de los impactos ambientales de las plantaciones de pino y eucalipto en Colombia, que incluyen consumo de agua, infertilidad del suelo y afectación a la agricultura local?

Compañía: En Smurfit Westrock, operamos bajo un modelo de sostenibilidad que integra conservación de ecosistemas, economía circular y respeto por los derechos humanos. En el Cauca, esto se traduce en el manejo responsable de plantaciones comerciales, protección de bosques naturales y cuidado de fuentes hídricas, avalado por la certificación FSC®. Nuestra actividad forestal se basa en la ciencia, la legalidad y la conciencia ambiental. Hemos transformado terrenos antes degradados en espacios de alto valor ecológico y social, beneficiando a miles de personas y al ecosistema.

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Los Sami no solo son el pueblo indígena más antiguo de Europa, sino el único. Han habitado las regiones septentrionales del continente mucho antes de la formación de los Estados nación. Determinar exactamente desde cuándo es difícil, pero las estimaciones varían entre 3.000 y 10.000 años. Desde 2011, los Sami están reconocidos como pueblo indígena y minoría nacional en la Constitución sueca, y su derecho a la autodeterminación está protegido, entre otros, por el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (OHCHR).

Se estima que en el mundo existen aproximadamente 100.000 samis, de los cuales entre 20.000 y 40.000 viven en Suecia, principalmente en los condados de Norrbotten, Västerbotten y a lo largo de los Scandes, la cordillera escandinava. Para la cultura Sami, la cría de renos es una actividad fundamental y cuenta con reconocimiento por parte del Parlamento sueco. Se calcula que entre 2.500 y 3.500 samis dependen de estos animales para su sustento, los cuales a su vez dependen de los árboles y de la naturaleza para sobrevivir. 

En la comunidad Sami de Maskaur, así como en otras zonas del norte de Suecia habitadas por este pueblo, el bosque se ha convertido en un mosaico fragmentado compuesto por talas rasas, plantaciones y algunas reservas de árboles antiguos. Si la tala rasa continúa siendo la práctica predominante, resulta difícil imaginar cómo los Sami podrán seguir dedicándose a la cría de renos.

—Por cada árbol viejo que se tala, desaparece el alimento de los renos, dice Leif.

Lo que tienen los bosques antiguos y que ninguna plantación forestal del mundo puede sustituir es el líquen colgante.

—Cuando se tala un bosque con liquen colgante, este nunca vuelve, continua Leif y aclara que el liquen sí vuelve a establecerse, pero que tarda muchísimo tiempo: al menos cien años hasta que crece lo suficiente en ramas y troncos como para ser arrancado por una tormenta invernal y caer al suelo. Allí queda oculto bajo la nieve para convertirse, con el tiempo, en alimento para los renos.

Otro liquen del que se alimentan los renos es el liquen del suelo, que también se encuentra en peligro de desaparecer. Según la Agencia Forestal Sueca, los pastizales de líquenes del suelo han disminuido en un 70 % desde la década de 1950, debido a las talas rasas y a la preparación del terreno. La silvicultura moderna también elimina otra fuente esencial de alimento que aporta nutrientes y minerales clave para los renos:

—Los hongos no mueren una sola vez, sino dos, dice Leif, explicando que desaparecen cuando se talan los árboles y que luego su micelio es destruido por el arado del suelo.

—Si los renos comen muchos hongos en otoño, engordan y soportan bien el invierno. Decir que la situación de los pastos es preocupante es quedarse muy corto.

Con una mano aún en el volante, Leif señala una tala rasa al lado derecho del camino.

—Aquí se ve claramente cómo la actual escasez de materia prima deja huella en nuestra comunidad Sami. Ahora mismo, unas pocas hectáreas son mejor que ninguna para las empresas forestales. Talan absolutamente todo lo que pueden.

Y es precisamente esa mentalidad la que Leif, junto con otras personas, ha intentado cambiar durante las últimas décadas.

—Quiero tolerancia cero con la tala rasa y que las empresas forestales utilicen métodos más suaves, pero sí, trabajo contra el viento.

Cuando Leif era renskötare (pastor de renos) activo, participaba en los llamados procesos de consulta con las empresas forestales, aunque al principio, según él, estos encuentros estaban más pensados como sesiones informativas que como espacios de diálogo.

—Las empresas forestales decían dónde iban a talar y nosotros no podíamos decir nada.

Pero a comienzos de los años 2000 el tono empezó a cambiar. Hoy en día Leif alberga una pequeña esperanza de que las actitudes estén transformándose.

—Sveaskog ha prometido eliminar progresivamente el pino contorta, y eso es un cambio importante. Por fin. Ha sido una larga lucha.

El pino contorta es otro ejemplo de cómo las empresas forestales han causado problemas a los Sami, ya que los renos evitan las plantaciones de esa especie.

—Simplemente no toleran el olor que desprende ese árbol.

Otro problema es que las plantaciones de pino de las empresas forestales se vuelven tan densas que los renos ya no pueden desplazarse por ellas. Además de que la luz solar necesaria no logra llegar al suelo ni a los troncos, impidiendo que tanto el liquen colgante como el liquen del suelo crezcan adecuadamente.

—El suelo de esas plantaciones se vuelve estéril; allí no hay alimento para los renos.

La cría de renos Sami y las talas de las empresas forestales representan intereses incompatibles. Foto: Kristin Karlsson

El termómetro del coche marca 27 grados bajo cero, y el aire, tan frío, parece inmóvil. Junto al lago Maskaur, que da nombre a la comunidad Sami, Leif gira hacia el norte, en dirección al monte Ulljábuovdda. En el extremo del altiplano, durante la década de 2010, se encontraban diez aerogeneradores de 125 metros de altura que producían electricidad para 10.000 hogares. En aquel entonces, el parque eólico se consideraba de última generación, y parecía evidente que el bosque debía ceder espacio a carreteras y corredores de líneas eléctricas que subían hacia la montaña. Sin embargo, en el otoño de 2024, se desmontó el último aerogenerador, ya que nadie quiso seguir invirtiendo en el parque eólico: se había vuelto obsoleto e ineficiente. Para Leif, el destino del parque simboliza la misma mentalidad cortoplacista que las talas rasas de las empresas forestales, convirtiéndose, además, en otro ejemplo de cómo se fragmenta el hábitat de los renos.

Cada zona de árboles cubiertos de nieve que pasa ante la ventanilla del coche encierra una historia. Al descender del monte Ulljábuovdda, Leif frena y, por segunda vez en el día, exclama: ¡Genial! y señala unas ramas que yacen en el suelo.

—Por fin Sveaskog ha despejado la zona, así que quizá ahora los renos puedan pasar por aquí, como llevo tanto tiempo insistiendo, dice entre risas, mientras el coche vuelve a ponerse en marcha.

No se detiene hasta llegar a la altura de un marcado límite de contraste entre bosque antiguo y tala rasa: Lill-Skarja. Durante varios años, Leif y otras personas comprometidas intentaron que la empresa forestal no realizara una tala rasa en la zona. Finalmente se encontró un hongo de cuero único, pero las máquinas forestales ya habían comenzado a trabajar y, de no haber sido por la asociación Skydda skogen y tres activistas que se tumbaron en el terreno, el bosque también habría desaparecido, relata Leif.

—Sin el compromiso de personas externas, hoy esto sería una tala rasa.

Se alegra al pensar en cómo el esfuerzo colectivo logró salvar el bosque, pero añade que las máquinas forestales rara vez se detienen.

—Si no talan aquí, lo hacen en otro lugar.

Atardecer en el círculo polar ártico. Maskaur, Suecia. Foto Kristin Karlsson

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Smurfit Westrock no es solo una de las empresas de origen irlandés con mayor volumen de facturación; es, además, un símbolo de éxito empresarial en la narrativa pública del país. Su reputación apenas se cuestiona en el discurso institucional. Mientras la televisión nacional celebra “la increíble vida de Michael Smurfit, el empresario millonario que abrió camino en Irlanda”, la compañía financia las principales universidades del país y la escuela de negocios más prestigiosa de Irlanda lleva su nombre.

“Smurfit Westrock es una empresa altamente considerada por lo que podríamos describir como la ‘Irlanda oficial’: no solo por el gobierno de turno, sino también por los medios de comunicación convencionales, la diplomacia o la academia”. Chris O’Connell es especialista en derechos humanos y responsabilidad empresarial, vinculado desde 2006 al Latin America Solidarity Centre (LASC), una de las organizaciones que acompañó la gira europea del líder Misak Pedro Velasco. O’Connell no duda en señalar la cercanía entre Smurfit Westrock y el aparato estatal irlandés.

“Hasta que Irlanda estableció una embajada en Colombia —en 2019— el cónsul honorario era un ejecutivo de Smurfit y la dirección oficial del consulado irlandés estaba en la oficina de Smurfit en Bogotá”, explica O’Conell. Más adelante, la embajada intentó mediar entre la compañía y las comunidades afectadas del departamento del Cauca, aunque con una limitación de partida: “Desde el primer momento, la embajada dejó claro que no cuestionaba en absoluto la legitimidad de la propiedad de la tierra por parte de Smurfit. Con ese punto de partida, ¿cómo puede avanzar un proceso de mediación?”, se pregunta.

Para O’Connell, el problema no es nuevo ni aislado. Forma parte de una lógica empresarial estructural. “El patrón de las multinacionales en el Sur Global es claro: extraer recursos al menor precio posible, procesarlos fuera, dejar atrás contaminación, desplazamiento y pérdida de biodiversidad”. En el caso de Smurfit, que entró en Colombia en 1944 bajo la marca Cartón de Colombia, esta lógica se agudiza por el contexto histórico: “Smurfit adquirió tierras en medio del conflicto colombiano, sin procesos de consulta. Fue irresponsable invertir en esas condiciones”. Porque en Colombia, recuerda, “la historia moderna está definida por el tema de la tierra y la violencia sobre la tierra”.

Bandera de Colombia. Bocas de ceniza, Barranquilla, Atlántico, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

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Smurfit Westrock ocupa 69.000 hectáreas cultivadas con pinos y eucaliptos a lo largo y ancho de Colombia. Dos veces la extensión de Dublín. El discurso que usa a nivel mundial es el de un planeta deforestado que necesita ser forestado. Es decir, mientras otros negocios, como el de la minería, arrasa bosques enteros, ellos están sembrándolos. La pregunta que surge es: ¿a qué costo? En el trópico, el pino y el eucalipto son especies invasoras y su inclusión forzada no solo es nociva para la estabilidad del medio ambiente en materias hídricas y de suelos, sino que reduce drásticamente la biodiversidad al desplazar flora y fauna nativas. 

La empresa, antaño llamada Cartón de Colombia, celebró en junio de 2024 los 80 años de su llegada al país. La sede central y la que alberga la mayor operación nacional está en Yumbo, Valle del Cauca, a 163 kilómetros al norte del resguardo indígena Path Yu´. Derribar árboles jóvenes, como lo hace la comunidad Nasa, no es otra cosa distinta a una carta abierta no solo a la empresa, sino al mundo: es más hipócrita sembrar un árbol que no da frutos, que tumbarlo para dar paso a uno que proporciona alimento.

Planta de Smurfit Westrock en Yumbo, Valle del Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

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A nueve kilómetros al este de Maskaur, en la parte occidental de la comunidad Sami de Kikkejaur, en Arvidsjaur, el renskötare Jonas Stenberg abre la puerta de un corral de separación. Su primo segundo, Ludvig Jakobsson, viaja sentado sobre un trineo hecho con una alfombra de plástico, al lado de un montón de heno ensilado que va arrojando al corral en intervalos regulares. Los renos se acercan rápidamente. Poco después, Jonas llega con sacos de pellets que vierte en los comederos. Aunque suelen ser animales esquivos, los renos no temen las motos de nieve y pronto se colocan para llenar sus delicados estómagos.

—Están acostumbrados a otro tipo de alimento que no es el pienso concentrado, así que los pellets son duros para sus estómagos, pero mañana serán trasladados y necesitan estar bien alimentados.

Normalmente, los renos deambulan libremente por los pastos ubicados al oeste de la localidad de Arvidsjaur, pero en los últimos días Jonas y los demás renskötare de la comunidad han reunido a 3.000 renos en el corral. Mañana serán cargados en camiones y transportados unos 80 kilómetros hacia el este, hasta los pastos de invierno que se extienden hasta el golfo de Botnia.

Transportar los animales supone un costo adicional, pero, sobre todo, implica que los renos pierdan la posibilidad de desplazarse por sí mismos hasta aquellos pastos.

—Tienen una brújula interna muy precisa, pero especialmente los renos pequeños pueden tener dificultades para encontrar el camino de regreso cuando son transportados en camiones, explica Jonas.

Hoy, trasladar a los renos a pie, es algo poco común; esa práctica desapareció en algún momento entre las décadas de 1980 y 1990. En parte porque los antiguos pastos de descanso a lo largo de las rutas han sido talados. Además, las tierras de pastoreo permanente de la comunidad Sami han quedado poco a poco cercadas por el crecimiento urbano, y el único paso abierto hacia los pastos de invierno al este es extremadamente estrecho: apenas 80 metros, entre un lago y una zona residencial al noreste de Arvidsjaur. En las demás direcciones, el ferrocarril de Inlandsbanan, la carretera E45, el aeropuerto y el regimiento K4 bloquean cualquier posibilidad de desplazarse caminando hacia el este.

—Los renos y nosotros vivimos en una especie de embudo, con muchas barreras que debemos encontrar la manera de superar.

Aunque la fragmentación de las tierras de pastoreo amenaza la actividad, otro obstáculo son las plantaciones forestales, tan densas que a Jonas le cuesta ver a sus renos y a ellos verlo a él.

—Para mí, el problema de la visibilidad es un asunto de seguridad laboral. Estas plantaciones crean barreras adicionales porque a veces son tan densas que no podemos hacer pasar a los renos y entonces tenemos que dar rodeos de varios kilómetros, a veces incluso de varias decenas de kilómetros, cuando los reunimos y los conducimos.

La alimentación ha terminado y Ludvig Jakobsson se reúne alrededor de Jonas, que ha sacado un dron de primer nivel. Gracias a su cámara térmica, puede obtener con relativa facilidad una visión general de dónde se encuentran los renos en los pastos de todo el año, evitando además el aeropuerto y las líneas eléctricas. Aún queda por reunir aproximadamente el 30 % del rebaño para trasladarlo hacia el este, a los pastos de invierno, por lo que se trata de una cuestión urgente que necesita respuesta. En la pantalla, Jonas ve huellas cerca del vertedero que podrían ser recientes, pero la imagen es difícil de interpretar. Ludvig parte en su moto de nieve para comprobarlo. Mientras tanto, Jonas se sienta en el coche, se sirve una taza de café y trata de encontrar las palabras adecuadas para describir lo grave que es la situación actual de la cría de renos.

Jonas en su jornada laboral como renskötar. Arvidsjaur, Suecia. Foto: Kristin Karlsson

—Cada día, la renskötsel se lleva al límite.

Se trata del cambio climático, de los depredadores, de la energía eólica y de la regulación de las aguas, pero, sobre todo, es la silvicultura intensiva la que más afecta la cría de renos.

—Las empresas forestales buscan maximizar sus beneficios, pero esa ganancia es una pérdida para la cría de renos en forma de pastos perdidos.

Que los representantes de la planta de Smurfit Westrock en Piteå consideren que no son los más indicados para responder a preguntas sobre el impacto ambiental local, debido a que ellos mismos no realizan actividades forestales en la zona, le parece a Jonas una postura delicada, teniendo en cuenta los contratos que mantienen con las empresas forestales propietarias de los terrenos del área.

—Si no tienen conocimiento de lo que implica su actividad, significa que cuando se miran al espejo consideran que su negocio está libre de toda mancha. Yo puedo decir con la frente bien alta que nuestra cría de renos nunca ha afectado negativamente a otra actividad económica, y si alguien opina lo contrario, me gustaría que me lo explicaran.

El desafío de crear sostenibilidad a largo plazo es crucial para las generaciones futuras, y Jonas sostiene que la cría de renos es un buen ejemplo de cómo se administran los recursos de manera responsable para poder legarlos a quienes vienen después.

—Pero mi percepción de las empresas forestales, sin mencionar nombres, es que viven al día y que, cuando han podido arrasar el bosque, lo han hecho. Han sobreconsumido y ahora se han acorralado a sí mismas.

Si la cría de renos desaparece en la comunidad Sami de Kikkejaur occidental, Jonas considera que se perderá un pilar cultural muy fuerte, aunque, por supuesto, tanto la lengua Sami como las artesanías, siguen siendo partes importantes.

—Entonces se convierte en una cuestión de identidad. Sin la cría de renos será más difícil afirmarnos como pueblo indígena. Sin los renos, será el comienzo del fin. Es a través del modo de vida como se construye la identidad Sami.

Pero no todo es completamente oscuro. Al igual que Leif Lundberg, Jonas Stenberg ha percibido un cambio y una mejora en la actitud de las empresas forestales. Si los Sami logran poner fin al modelo de tala rasa y las empresas comienzan a utilizar métodos de explotación más sostenibles, Jonas cree que la amenaza contra la cría de renos puede evitarse. Pero hay prisa y la situación no puede seguir empeorando.

—Estamos a cinco para las doce.

Renos en la comunidad Sami de Kikkejaur, Suecia. Foto: Kristin Karlsson

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Según la compañía, todas las tierras donde Smurfit Westrock desarrolla su actividad forestal en el departamento del Cauca fueron adquiridas “de manera legal y transparente” desde 1969. La empresa sostiene que cada compra se realizó conforme a la normativa colombiana vigente, respetando los derechos de propiedad y bajo criterios técnicos, éticos y ambientales. Smurfit Westrock afirma, además, que “todas las adquisiciones fueron voluntarias, realizadas en condiciones justas y con un enfoque de diálogo”.

Para organizaciones de derechos humanos, la legalidad formal de una adquisición de tierras no agota el debate sobre la legitimidad. En ese marco, los Principios Rectores de Naciones Unidas recuerdan que las empresas deben respetar los derechos humanos y responder por los impactos negativos en los que tengan alguna participación, especialmente en contextos de conflicto y disputa territorial. El conflicto armado interno en Colombia, aunque echó raíces años antes, empezó a hacerse evidente en la década de 1950.

Por su parte, el periodista Tomás Ó Loingsigh, explica que el caso Smurfit Westrock en Colombia ilustra una contradicción de fondo en la política exterior irlandesa: “El Estado irlandés se vende internacionalmente como defensor de los derechos humanos, y efectivamente lo es en muchas causas, como la Palestina. Pero cuando esos derechos chocan con los intereses de una de sus grandes empresas, el silencio es total”. Según Ó Loingsigh, Smurfit Westrock es una “compañía extractiva por excelencia” que funciona con zonas de sacrificio lejos de la vista de los consumidores. “El cartón que usamos en Europa puede estar producido en tierras adquiridas durante la guerra a precio de bala”.

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Son las seis de la mañana de un domingo de octubre en Yumbo, Valle del Cauca. Los rezagos humanos de la noche deambulan por las calles disueltos como zombis. Nada diferente a los obreros que, en lugar de deambular, sí que marchan en fila india, de lunes a sábado, para cumplir con los horarios laborales. Yumbo es llamada la capital industrial de Colombia: aloja más de 2.000 empresas, incluyendo fábricas, centros logísticos y zonas francas. Su ubicación es estratégica debido a la cercanía con el puerto de Buenaventura y porque el río Cauca es el principal vertedero de basura para las empresas.  

La chimenea de Smurfit Westrock tutela el cielo de Yumbo. Las fumarolas son silenciosas, pero dejan una larga estela gris sobre las blancas nubes: no es difícil identificar qué es natural y qué no. El río Cauca corre, también mudo, a la vera de la empresa que extrae sus aguas, que usa sus aguas y que devuelve sus aguas bajo la batuta de regulaciones propias. El color marrón del afluente ayuda a matizar la contaminación y un paseo por su ribera implica exponer la piel a una polución que se escurre en gotas de sudor oscuras.

Los troncos de pino y eucalipto procedentes de Cajibío y otros municipios del departamento vecino, el Cauca, entran a la fábrica para ser estacionados en enormes pilas de sacrificio: después de pasar por la penumbra del molino, se convertirán en celulosa que, una vez seca, empieza a dar forma a rollos de cartón de hasta cien metros y, en breve, serán los envoltorios de alimentos, bebidas, tecnología y otros productos de consumo masivo. 

Las instalaciones están custodiadas por hombres a pie, en moto y en camionetas, cientos de cámaras de vigilancia y un esquema de seguridad receloso con los movimientos del empobrecido barrio La Estancia: cuadras y cuadras de casas a medio hacer y perros famélicos que ladran a los extraños. Una señora abre la puerta de su casa, a veinte metros de la reja de la compañía y sobre una calle de tierra: buenos días ¿conoce a algún trabajador de la empresa? Más bien: ¿quién no ha trabajado en esa empresa? Responde, con desparpajo.

A la izquierda, troncos cosechados, en el fondo la planta de Smurfit Westrock en el barrio La Estancia, Yumbo, Valle del Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

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—No queremos dejar de financiar a LASC después de 25 años.

La llamada provenía de Irish Aid, la agencia estatal irlandesa de cooperación que durante más de dos décadas había financiado el trabajo del Latin America Solidarity Centre (LASC). La advertencia llegó a principios de 2023, cuando LASC lanzó una campaña basada en seminarios públicos, en la que utilizaba el caso de Smurfit Kappa en Colombia como ejemplo para vincular el impacto de las empresas irlandesas en América Latina con debates sobre soberanía territorial, derechos humanos y justicia ambiental en Irlanda.

Según relata Narella Forte, abogada y entonces coordinadora del LASC en Irlanda, la campaña llegó al conocimiento de las autoridades a través del consulado irlandés en Colombia. Poco después, fue ella quien recibió la llamada. “Nos dijeron que si queríamos seguir trabajando en esta campaña lo teníamos que hacer con nuestro propio financiamiento, y que debíamos eliminar todos los logos que vincularan la campaña a Irish Aid”. El argumento no fue una cuestión administrativa ni una infracción contractual. La explicación fue otra: “Me dijeron que era un tema muy complicado. Todos son temas complicados en derechos humanos, y más en el mundo globalizado en el que vivimos”.

Aun así, y pese a la retirada del respaldo institucional, la campaña no se detuvo por completo. Parte del equipo de LASC —incluida la propia coordinadora— continuó trabajando de forma no remunerada y fuera de su jornada laboral en la preparación de la visita de Pedro Velasco a Irlanda, sosteniendo la denuncia desde el compromiso personal y el trabajo voluntario. En ese momento, ya se había abierto en Colombia el proceso de mediación entre Smurfit Westrock y las comunidades afectadas. “La mediación es muy complicada porque es una relación muy desigual. Estamos hablando de una de las mayores empresas de Europa frente a pequeños pueblos indígenas en el sur de Colombia”, explica Forte.

De este proceso de mediación y de sus conclusiones, las organizaciones locales implicadas apenas tienen información. Para la empresa, el motivo de este silencio es la seguridad. Según Smurfit Westrock, desde 2022 se desarrollan “diálogos constructivos” con representantes indígenas Misak y Nasa y con comunidades campesinas del Territorio de Vida Interétnico e Intercultural (TEVIIC), orientados a “buscar soluciones pacíficas”. La compañía señala que sus avances son “confidenciales por mutuo acuerdo de las partes, para garantizar un espacio seguro y respetuoso”.

Bosques de pino de Smurfit Westrock derribados por la comunidad indígena Nasa. Cajibío, Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

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La empresa tiene otras plantas en ciudades clave como Barranquilla, Bogotá y Guarne (a las afueras de Medellín). En la capital de la república, sobre la Avenida de las Américas, una bandera de Irlanda ondea al lado de una colombiana. Durante muchos años esa fue una de las oficinas del Consulado irlandés en Colombia. Yin Canastero, de 36 años, entró a trabajar a la empresa en diciembre de 2018. Fue un empleado ejemplar, muy querido por sus superiores porque nunca se negaba a hacer horas extra ni a trabajar domingos o feriados, hasta que en octubre de 2022 decidió sindicalizarse.

—Cinco días después de afiliarme al sindicato quisieron despedirme. Querían mi cabeza para que los demás empleados se dieran cuenta de lo que sucedía si se sindicalizaban. Yo le conté todo esto al presidente de la seccional y él se comunicó con el viceministro de trabajo de esa época que era Edwin Palma. Al día siguiente, antes de empezar la jornada de trabajo, mi jefe me dijo: yo tengo tan buen corazón, que ya no lo voy a despedir. Ellos creen que le están haciendo un favor a uno por contratarlo, cuando es al revés: las empresas se deben a sus trabajadores, cuenta Yin, en una alargada mesa de SINTRACARCOL, uno de los sindicatos más antiguos del país.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de Cartón de Colombia casi que nació con la llegada de la empresa al país. Yin asegura que la multinacional actúa de acuerdo al gobierno de cada país en el que opera: no es igual en todos lados, esto lo sé porque tengo contacto con los compañeros de Argentina, Brasil, Chile, México y Perú. Cambian sus reglas de juego, pero, como en Colombia hay una larga tradición antisindical, han hecho lo que han querido. En los 80s, por ejemplo, dejaron entrar a la policía a la fábrica para que se llevara preso a un compañero cuyo único delito era pedir que se respetaran sus derechos. A mí me han hecho la vida imposible, pero nunca he bajado los brazos: antes trabajábamos 46 horas a la semana, hoy trabajamos 44 y para 2026 serán 42. Acá no gano nada, pero sí cada cosa que hago, la hago de corazón.

De las más de 500 plantas que tiene Smurfit Westrock en todo el mundo, pocas como la de Barranquilla, que funciona desde 1958. Es 9 de diciembre y la ciudad está pintada de rojo y blanco en homenaje al Junior, el equipo de fútbol de la ciudad que clasificó a las finales del torneo nacional. 

Moisés Asís, de 54 años, lleva puesta una gorra blanca de la CUT (Central Unitaria de Trabajadores de Colombia). Ha trabajado toda la noche, pero quiere hablar de fútbol y de lucha social. La oficina del sindicato queda en el 402 del Santo Domingo, un viejo edificio del centro de la ciudad. Lo acompañan Omar Taborda, de 35 años y Ney Mercado, de 49.

—Hace varios años, en Cali, llegué a un hotel. La recepcionista me preguntó en qué trabajaba. Cuando escuchó mi respuesta se espantó. Le pregunté por su reacción y lo que me dijo me dejó helado: esa empresa desplazó a mis abuelos de su tierra en el Cauca. Ahí comencé a darme cuenta de algunas cosas que pasan en el resto del país y que no llegan hasta Barranquilla. Aquí lo que hay es estigmatización a los que estamos sindicalizados, nada más, pero en otros lados seguro sí pasan cosas más complejas, dice Moisés, mientras espera que el segundo café del día le haga dejar de lado el agotamiento del turno nocturno. 

Omar proviene de un hogar cristiano y su labor sindical no ha dejado de causarle una que otra tensión familiar. Fue Moisés el que lo trajo de a poco al sindicato y, desde entonces, se perfila como una de las principales figuras del recambio generacional: los sindicatos no acabamos con las empresas, lo que hacemos es fortalecerlas más, pero nos pasan como enemigos, cuando realmente lo que somos es una simple contraparte, algo que ayuda al equilibrio de las relaciones entre los obreros y los empleadores, comenta. 

Ney enciende su auto Nissan Versa para mostrar las dos sedes de la empresa. La primera es la planta de corrugado que, como si se tratara de un chiste, queda al lado de la cárcel de media seguridad de Barranquilla y, la segunda, el molino, un enorme predio a orillas del río más importante del país: el Magdalena. La temperatura supera los 35 grados. En la entrada principal del molino varios camiones saciados de cartón reciclado esperan la autorización para entrar. 

—La empresa hizo un librito titulado “Programa individual de prestaciones extralegales y servicios al personal de trabajadores de Cartón Colombia S.A. que no se beneficien de la convención colectiva” que es una ilegalidad. Lo que plantean ahí es los mismos beneficios y hasta otros que no hemos alcanzado con el sindicato para que la gente no se afilie. A finales del siglo pasado éramos mayoría, pero ahora somos muy pocos. Al final muchos de los que trabajan ahí en la parte administrativa son asalariados como nosotros, pero pues no se dan cuenta de que cada cosa que hacemos es por el bien común. Se creen caciques porque ganan un poco más y son indios, como nosotros. También se enferman por entregar su fuerza laboral a una empresa que los trata como máquinas y no como humanos, dice

Ney, después de despachar a un vigilante de la compañía que lo hostigó a las afueras de la misma por estacionarse frente a ella.

El río Magdalena arrastra la sedimentación de medio país. A esta altura, próximo a su desembocadura en el mar Caribe, el afluente recibe los últimos azotes de la industria nacional. Al igual que en Yumbo, la empresa tiene salida libre y directa a sus aguas: años atrás la empresa ordenaba controlar el flujo de contaminación dirigida hacia el río cuando había jornadas de caracterización del agua. Esperaba que todo saliera aceptable o al límite de lo permitido y después levantaba la restricción y los desechos volvían a parar al río, asegura Ney, a los pies del monumento Ventana al mundo, una atracción turística hecha para proyectar la ciudad hacia afuera.

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Periodistas: La empresa tiene varios centros educativos en las regiones de influencia: ¿cuál es el objetivo central de esta intención social? ¿No sería una forma de poner a las comunidades en favor de la empresa en zonas de alto impacto ambiental y donde hay tantas carencias y conflictos sociales?

Compañía: Aunque la pregunta parte de una interpretación desafortunada, nos brinda la oportunidad de explicar con claridad el propósito y los resultados de una iniciativa que lleva más de 38 años transformando vidas en el Cauca y Valle del Cauca. Los Institutos Técnicos Agropecuarios y Forestales (ITAF) no nacieron como una estrategia de relacionamiento o de imagen corporativa. Fueron creados en 1986, mucho antes de que existieran marcos legales sobre responsabilidad social empresarial. Surgieron como respuesta directa a una realidad urgente: las profundas brechas en cobertura, calidad y pertinencia de la educación rural en Colombia. Nuestro objetivo ha sido claro desde el inicio: ofrecer formación técnica de calidad a jóvenes rurales para que puedan construir proyectos de vida dignos, sostenibles y arraigados en sus comunidades.

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Para María José Hidalgo, colombiana en Dublín desde 2017, su vinculación con LASC en la campaña contra Smurfit Westrock no es solo política ni activista, sino también profundamente personal. Su vínculo con la empresa se remonta a su propia historia familiar. Su abuelo materno, agricultor en el departamento de Nariño, participó en los programas de plantación de pino promovidos por Smurfit Kappa en Colombia entre las décadas de 1980 y 1990, cuando la compañía ofrecía a propietarios rurales invertir en monocultivos con la promesa de comprar la madera años después como una forma de ahorro.

“Hace muchísimos años, mi abuelo materno era absolutamente creyente de la naturaleza y la sostenibilidad. Un pensamiento que en su momento no era tan habitual”, recuerda. En aquel contexto, explica, la información sobre los impactos ambientales de los monocultivos industriales no estaba disponible. “En ese momento no se sabía todo el daño que causaban los monocultivos y mucha gente en Colombia aceptó porque era una manera de tener un ingreso en cinco años. Y para ellos, aunque era un buen dinero, fue una estafa moral”.

Hidalgo reconoce que ella misma creció gracias a esos ingresos, una realidad que más tarde se convertiría en motivo de conflicto familiar cuando decidió implicarse activamente en la denuncia de los impactos sociales y ambientales del modelo forestal de la compañía en Colombia. “Usted comió de esa comida, a usted le dieron la lonchera cuando estaba chiquita con esa comida, ¿cómo va a estar peleando contra eso?”.

Lejos de vivirlo como una contradicción, María José resignifica esa herencia desde la figura de su abuelo. En un ejercicio íntimo de memoria, está convencida de que, de haber tenido acceso a la información actual, su abuelo no solo habría cuestionado aquella decisión, sino que se sentiría orgulloso de verla hoy enfrentarse a la empresa.

—Yo me digo a mí misma que si mi abuelo estuviera vivo y supiera lo que ahora se sabe, él estaría muy feliz de que su nieta hubiera sido abanderada de esa lucha.

Caja de cartón de Smurfit Westrock en el valle del Cauca, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes

Esta investigación se ha desarrollado gracias al apoyo de Journalismfund Europe.

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