Las vidas que se salvan por teléfono

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Uruguay es el país latinoamericano con las tasas más elevadas de suicidio. Federica Bordaberry hizo la investigación y trabajó este texto en el marco de nuestra pasada Escuela de Reportería. Acá nos cuenta cómo las autoridades del “paisito” luchan contra viento y marea para atajar este tristísimo y desolador fenómeno social. 

“…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.”

El drama del desencantado. Gabriel García Márquez

En 2019, Uruguay llegó a su cifra récord de suicidios en los últimos siete años. 705 personas se quitaron la vida. Debido a la pandemia del covid-19 y a las cifras altas de suicidio, el gobierno uruguayo implementó líneas telefónicas para apoyar a las personas durante sus crisis emocionales.

Casi siempre que suena el teléfono es una mujer. Esta vez es diferente. Llama un hombre que habla desde un pueblo del interior de Uruguay de no más de tres mil habitantes. Tiene 43 años y dice que él es un morocho lindo porque le gusta tener las cosas prolijas y ordenadas. Habla como hablan los del norte uruguayo, con gajes de acento brasileño, medio paisano.

El hombre dice ser tarotista y estar vinculado personalmente a figuras de la izquierda uruguaya como José Mujica, Lucía Topolansky y Tabaré Vázquez. Según el morocho lindo, antes de que el coronavirus llegara a Uruguay, él solía viajar a Montevideo cada quince días a leerles las cartas a los expresidentes Mujica y Vázquez.

Fueron sus síntomas depresivos los que lo motivaron a llamar a la línea de apoyo emocional. El morocho lindo está cansado de la vida porque la gente que lo rodea opina que él es mala persona. Al momento de la llamada, asegura que lleva tres días sin apetito y que solo se alimenta de la soledad y de la angustia que viene con ella. 

Esa fue la única llamada con ideas de muerte concretas que recibió Amelia Miller. Amelia es operadora voluntaria de la línea de apoyo emocional y trabaja desde el consultorio de su casa, tres horas por semana: los sábados una hora en la mañana y los domingos dos horas en la tarde.

Durante dos meses, las cuatro paredes del consultorio de Amelia escucharon las crisis de 26 personas de todo el país. Recibió, por lo menos, un llamado por hora durante su horario de trabajo voluntario.

La iniciativa de generar una línea telefónica de apoyo emocional fue anunciada por Álvaro Delgado, el secretario de la Presidencia, en una conferencia de prensa con cobertura nacional. Bajo el contexto de aislamiento social no obligatorio y previendo un alza en el índice nacional de trastornos mentales, la línea se inauguró el 14 de abril y fue implementada por la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) con el objetivo de brindar apoyo psicológico y contención durante la pandemia.

Son más de cien psicólogos y psiquiatras voluntarios los encargados de brindar atención y ayuda. Atienden las líneas, rellenan fichas con datos, escuchan, conversan y asisten a las personas y, si es necesario, gestionan atención presencial.

Desde que fue habilitada, los teléfonos de los voluntarios sonaron muchas más veces de lo que cualquiera hubiera esperado. Recibieron un número importante de llamadas: en los primeros seis días la cantidad de consultas llegó a 1360. La mayoría tuvo alguna referencia a la crisis sanitaria, pero se trataron, principalmente, sobre profundos sentimientos de soledad y de angustia.

A dos meses de su creación, el 22 de junio, la línea de apoyo emocional tenía registradas 8100 llamadas, 14 por hora en todo el país. Llamaron mucho más las mujeres que los hombres, ya que, según las estadísticas de suicidio en el mundo, ellas lo intentan mucho más, pero son ellos los que ostentan mayor efectividad.  

Del total de llamadas, un 73% fueron hechas por mujeres y solo un 27% por hombres.

Aquel día, el día que llamó el morocho lindo, Amelia atendió su celular de la misma manera que atiende todas las llamadas:

–Hola, mucho gusto. Soy la doctora Amelia Miller, psiquiatra, ¿en qué lo puedo ayudar?

Porque su padre se había suicidado y porque él había cometido un intento de suicidio no violento hace diez años, el morocho lindo era un caso que encendía todas las alarmas. El antecedente de suicidio es uno de los tantos factores de riesgo que componen un fenómeno tan complejo.

Entonces, le preguntó si ya tenía pensado cómo y dónde matarse. El morocho lindo no supo contestar. Amelia le pidió los teléfonos de sus hermanas y de su médico, que viven en el mismo pueblo.

Al día siguiente, Amelia llamó a todos los números que le había dejado el morocho lindo. Ninguno le atendió, ni siquiera el médico. Volvió a intentar más tarde y tampoco obtuvo respuesta.

Con sospechas de que el morocho lindo fuera un paciente con brotes psicóticos y una posible esquizofrenia, Amelia llamó a la Línea Vida, la línea de prevención del suicidio en Uruguay. Desde la Línea Vida, le contaron que el morocho lindo había llamado hace exactamente un año.

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El teléfono siempre suena igual, así que nunca se sabe quién está llamando, ni de dónde viene, ni por qué. Cualquiera puede estar del otro lado de la línea: el estereotipo de la persona que llama a la Línea Vida no existe.

Claudia Rosendo es operadora de la Línea Vida y sabe que cada vez que escucha sonar el teléfono, no puede hacer presupuestos sobre quién va a estar del otro lado. Están disponibles dos operadores al mismo tiempo en la misma oficina. No utilizan el formato de call center, sino que, por el contrario, los operadores se miran mutuamente.

Siempre que va a trabajar, Claudia cubre un turno de seis horas desde una oficina que podría ser de cualquier otro rubro. Ahí podrían venderse seguros de vida, podrían reservarse turnos médicos o atender un delivery de comida. Pero lo que pasa en esa minúscula oficina es que se salvan vidas, se calman personas, se escuchan dramas. Todo por teléfono.

Cuando una llamada ha sido muy intensa, Claudia se toma unos minutos para relajarse: toma un vaso con agua, respira, acomoda las emociones y sigue con la siguiente crisis. Levanta el teléfono y dice:

–Buenos días, atención telefónica.

Del otro lado, siempre responde una voz frágil que todavía tiene alguna conexión con la vida. Por eso, justamente, llama. Y Claudia escucha, con atención, cada detalle, cada historia. De su capacidad de persuasión depende la continuidad de la vida de esa persona.

A medida que se desarrolla la conversación va haciendo preguntas para rellenar una planilla de datos de la persona, igual que lo hace Amelia. Sin embargo, al que llama se le asegura total confidencialidad. Guardar las identidades es muy importante para la Línea Vida.

Un suicida generalmente habita las tierras bajas del anonimato, pero el suicidio consumado, como fenómeno social, repunta en las tierras altas de lo manifiesto. El primero es silencioso, mientras el segundo, aunque tabú, suele ser bullicioso. Nadie quiere enfrentar el suicidio de nadie, no por miedo, sino más bien por dolorosa vergüenza.

La apertura de quien llama le permite a Claudia, y a los otros once operadores que trabajan en la Línea Vida, ir entrando, delicadamente, nunca a la fuerza. Ejercen el ensimismamiento. Los operadores se vuelven caminantes en terrenos ajenos. ¿Cuándo se manda ayuda? Solo cuando el riesgo es inminente. Es decir, cuando la persona que está llamando no puede ser trasladada hacia otra situación anímica y ponerse a salvo.

La Línea Vida se creó bajo la necesidad del Ministerio de Salud Pública de integrar los servicios para reducir la tasa de suicidios en Uruguay, el país con el índice más alto en Latinoamérica. El 17 de junio de 2018, el día nacional de la prevención del suicidio, se sumó este recurso telefónico para prevenir la autoeliminación. El objetivo era acercar la escucha empática y conectar con quienes estuvieran en una situación de riesgo.

Se capacitaron operadores que ya tenían experiencia por asistir la línea de crisis por consumo problemático de drogas, también a cargo de ASSE.

Según Juan Triaca, uno de los directores adjuntos de Salud Mental y Poblaciones Vulnerables de ASSE, por cada suicidio, en Uruguay hay 25 intentos de autoeliminación. La Línea Vida recibió 2600 llamados durante 2018, su primer año de asistencia.

Ahora bien, desde que empezó la crisis sanitaria, las llamadas a la Línea Vida se incrementaron dramáticamente: en la segunda mitad de marzo de este 2020 aumentaron un 60% con respecto al año anterior. En la primera mitad de abril, un 300% y, en la segunda mitad de abril, un 467%. Una de las razones por las que las llamadas a la Línea Vida se potencializaron es, según Triaca, la buena publicidad en los medios uruguayos a propósito de la línea de apoyo emocional.

Al principio, por falta de experiencia de los voluntarios, Claudia atendió varias llamadas de personas que, aunque sí estaban inmersas en crisis emocionales, no tenían ideas de muerte. Estas llamadas fueron derivadas desde la línea de apoyo emocional. Cuando derivan una llamada desde ahí, los operadores de la Línea Vida las pueden identificar por el número que llama. Sin lugar a duda, esta particularidad tuvo que ver con el desastroso aumento de llamados anteriormente expuesto.

No obstante, la situación no deja de ser preocupante: Uruguay es un país asediado por el trastorno mental de la depresión. 

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La línea telefónica para la prevención del suicidio no empezó a funcionar a partir de 2018. Antes, de este servicio se encargaba Último Recurso, una ONG dedicada -también- a la histórica prevención del suicidio en Uruguay.

La línea funcionaba igual que la de ASSE: 24 horas, gratis y con cobertura en todo el país. Fueron treinta años de experiencia en atención al suicidio antes de que la línea pasara a manos de ASSE.

Si hay algo de lo que nunca se va a olvidar María José Di Agosto es de su primera llamada mientras era operadora de la línea telefónica de Último Recurso. Sentada frente al teléfono, esperó que sonara por primera vez. Había hecho la capacitación, estaba completamente preparada. 

Cuando escuchó que era el momento de asistir una crisis o un intento de autoeliminación, tuvo miedo.

Dijo:

-Último Recurso, soy María José. Escucho.

De a poco se fue acostumbrando a resolver situaciones. El sonar del teléfono se fue volviendo más natural con el tiempo. Entendió que las personas que llamaban a la línea no se querían morir: solo querían dejar de vivir como lo estaban haciendo.

Recuerda un día en el que levantó el teléfono y era una paciente suya. Estaba intoxicada y se le entendía poco al hablar. Mientras que la contenía buscaba sus datos para mandarle asistencia presencial. Esa contención implicaba mantenerla despierta, hacer que no perdiera el conocimiento y llamar a su médico antes de que cortara.

Eso se hacía en Último Recurso durante las llamadas: se llenaba la planilla, se evaluaba el riesgo de suicidio de la persona y se consideraba la asistencia del personal de salud. Las llamadas duraban hasta que la persona se sintiera bien: diez minutos, una hora, tres, seis, diez.

Hoy, la Línea Vida de ASSE funciona así.

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El Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad del Ministerio del Interior en Uruguay presentó, a mediados de 2020, las cifras de la cantidad de muertes por suicidio en 2019.

Superaron ampliamente las muertes por siniestros de tránsito. Mientras que los suicidios llegaron a 705, las muertes por siniestros de tránsito fueron 422. Y, por homicidios, 391.

Los uruguayos mueren, sobre todo, por no querer vivir.

La tristeza, la depresión, el desgano, son los fantasmas que acechan al país más pequeño de Suramérica.

La razón de una tasa tan elevada de suicidios en Uruguay es compleja. Es un fenómeno multifactorial. Es decir, una persona no se quita la vida por una sola causa, sino que hay un grupo de factores que aportan a este tipo de decisiones.

Se consideran cuestiones personales, individuales de cada uno, como la situación familiar, nivel socioeconómico, nivel educativo, intentos de autoeliminación previos o de familiares. Además, se toman en cuenta factores a nivel social y cultural. Incluso, organizaciones como Último Recurso hacen un análisis de la localidad y del tipo de lógica social que se maneja en esa área.

Uruguay continúa siendo uno de los países con tasa más alta de suicidio con un comportamiento estable en sus variables de edad, sexo y método de autoeliminación. Las tasas son más altas, por ejemplo, en las áreas rurales que en aquellas que vivieron un proceso de desruralización en los últimos años. La cuota más alta de suicidios la tiene la zona noroeste del país. Una zona más que tranquila.

Por lo tanto, sí hay una lógica territorial, social y cultural por localidad que aporta a un estado de crisis que lleva a un intento de autoeliminación, pero también hay factores personales en cada caso, factores que tienen que ver con la visión del mundo de cada persona y cómo aquello determinará sus éxitos y fracasos, su autoestima, sus represiones, expresiones y expectativas de vida.

En 2019, un promedio de dos personas por día murieron por esta causa en el país. Y, si por persona que comete suicidio son 25 las que lo intentan, en Uruguay hay 50 intentos de autoeliminación diarios. Esto quiere decir que, si se consumaran esos 50 suicidios diarios, en un año morirían 19750 personas: el 0.5 % de la población total del país.

Atendiendo estas cifras hipotéticas, es una realidad que, si los uruguayos y uruguayas dejaran de reproducirse (fenómeno que viene creciendo con fuerza), y sumando la infinidad de muertes por otras causas, el país, en menos de ochenta años, solo existiría en los libros de historia reciente.

Ilustración de Valentina Heslop @valeheslop
Ilustración de Valentina Heslop @valeheslop

Si estás necesitando apoyo emocional en Uruguay podés recurrir a la línea de apoyo emocional telefónica en el 0800 1920. En caso de estar transitando una crisis de intento de autoeliminación, el número para contactar a la Línea Vida es 0800 0767.