| abril 2021, Por Adrian Mas

El secreto de la “amiguita virtual”

“Hola, qué bonita eres”: con mensajes como este comienza la pesadilla de los abusos sexuales a través de redes sociales. Esta historia muestra quiénes abusan y quiénes les combaten.

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“Otro hijueputa groomer, ojalá se pudra en la cárcel”, dice Lucila mientras rellena un reporte para enviarlo al Centro Nacional de Menores Desaparecidos y Explotados y también conocido por sus siglas en inglés como NCMEC. Lucila es colombiana y trabaja en Lisboa desde hace un tiempo. Antes vivió en Dublín, a donde llegó para aprender inglés, y previamente en Envigado, su ciudad natal.

Ahora vive en el Bairro do Rego, una zona residencial de la capital portuguesa muy acogedora y cerca de todo. Trabaja en una empresa tecnológica como analista de contenido de redes sociales. Su labor consiste en luchar contra la explotación de menores revisando contenido reportado.

Todos los días, excepto los meses de marzo, abril y mayo de 2020 cuando la pandemia azotaba más fuerte, coge su bici Trek y recorre la Avenida da República; sigue por Fontes Pereira de Melo y se maravilla con las vistas al llegar a la Plaza del Marqués de Pombal, en cuyo centro está el monumento al gobernador lisboeta que reconstruyó la ciudad tras el terremoto de 1755. La inclinación de la Avenida da Liberdade aumenta la velocidad de su bici ,y la brisa marina acaricia su rostro cada vez más intensamente conforme recorre la Rua Aurea y desemboca en la Plaza do Comercio. Tras un giro a la derecha, las vistas solo hacen que mejorar con el puente 25 de Abril y la desembocadura del Río Tajo de fondo. Unos minutos después, encadena su bici en el parqueadero y entra a la oficina por la moderna puerta giratoria para comenzar su jornada laboral. 

Cuando Lucila encuentra una situación de abuso sexual de niñas, niños y adolescentes, realiza dos acciones: elimina el contenido de la plataforma y deshabilita la cuenta del explotador o del consumidor de este tipo de material. Además, genera un detallado reporte que envía a NCMEC, una organización privada sin fines de lucro que hace de nexo entre la industria tecnológica norteamericana (quien está obligada por ley a reportar cualquier contenido de explotación sexual infantil a NCMEC) y las fuerzas judiciales y policiales de cada país.

Es decir, si Facebook, Apple o Twitter detectan en sus plataformas un video o una imagen sexual con algún menor de edad involucrado, tienen la obligación legal de reportar ese contenido a NCMEC. 

En 2019 hubo 15 millones de casos de abuso sexual de menores en línea reportados por Facebook a NCMEC. Google reportó 449 mil, Microsoft 123 mil, Snapchat 82 mil, Twitter 45 mil, Discord 19 mil. Casi 17 millones de reportes con contenido de abuso sexual de menores, seducción de menores, tráfico de menores y tráfico de material de explotación sexual de menores, sextorsión y sexting. De estos millones de reportes, el 80% de las víctimas son niñas y el 98% de los victimarios son hombres.

Miles de estos casos acaban en los escritorios de cuerpos policiales y fiscalías de cibercrimen de todo el mundo, quienes son los encargados de localizar a los delincuentes allí donde residan, recopilar pruebas y condenarlos por explotación sexual de niñas, niños y adolescentes a través de internet según las leyes vigentes en cada país.

El proceso de lucha contra la explotación sexual infantil en línea es una colaboración entre múltiples actores que involucra a empresas privadas, organismos públicos y gobiernos, oenegés y fuerzas policiales y judiciales. Y a personas como Lucila, que trabajan duro cada día para detectar historias como estas.

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Alejandra vive en Getsemaní, Cartagena. Tiene 14 años, juega en un equipo de fútbol, su época favorita del año Navidad porque puede estar con toda su familia y la red social que más utiliza es Snapchat.

El salón de su casa está pintado de azul, con muebles color caoba, robustos, una mesa redonda con cuatro sillas en la que se refleja la intensa luz del sol caribeño. Su madre derrama algunas lágrimas mientras cuenta cómo Alejandra fue víctima de ciberacoso sexual a través de redes sociales.

En 2018 Alejandra recibió un mensaje de otra chica de su edad en Instagram. Le contaba que le gustaban mucho sus fotos, que era de la capital, pero que algunas veces iba por Barranquilla y Cartagena con su familia. También le dijo que estaba muy bella en su foto de perfil, que le gustaba cantar y bailar, que su papá le había traído un iPhone de EE. UU. que hacía unas fotos geniales. Y le mandó una foto en pijama. Luego otra sin bra para enseñarle que le estaban comenzando a crecer los senos.

Avanzó más y le preguntó a Alejandra por los suyos, que cómo eran, que si ya tenía vello ahí abajo, que si había besado a algún chico, que si tenía novio.

Isabel, como se llamaba esta amiga de Instagram, le comentó que ella sí había besado a un chico del barrio unos años mayor que ella; que incluso le había tocado sus partes íntimas y que daba mucho placer. Y que también, este chico, le había enseñado a darse placer a sí misma.

Con el paso de las semanas, Isabel le contó a Alejandra sus problemas en casa, le preguntó por los suyos, por su relación con sus padres. Empatizó con ella, le dijo que estaba ahí para lo que necesitara, la hizo sentir bien, a gusto, segura. La ayudó con las tareas de la escuela, sobre todo con el inglés y las matemáticas.

Un día le dio instrucciones sobre cómo masturbarse. Le pasó fotos de cómo lo hacía ella, incluso un vídeo, y le pidió a Alejandra que también le mandara fotos y videos, para ver cómo lo hacía.

Alejandra mandó algunas fotos, pero se negó a mandar ningún video porque lo encontraba extraño, inadecuado. Le daba vergüenza. 

Isabel, “su amiga”, comenzó a acosarla día y noche pidiéndole ese video, esas fotos masturbándose, que no fuera mala persona, que no le fallara, que ella siempre la había ayudado mucho y le había mandado sus fotos íntimas. Todos los días los mensajes entrantes viraban hacia lo sexual. Alejandra se negaba, no quería hablar más con ella. Era incómodo, le generaba ansiedad.

Una tarde llegó la amenaza: “Alejandra, si no me mandas un video haciendo lo que te enseñé, voy a publicar todas las fotos que me mandaste desnuda. Todo el mundo te verá sin ropa, todos sabrán que eres una puta”.

Alejandra comprendió entonces que Isabel no era su amiga. Isabel no solo no lo era: tampoco se llamaba Isabel, ni era una chica de su misma edad, ni era colombiana. Ni siquiera era una chica.

Era un hombre, un acosador de menores, un groomer.

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Grooming es un anglicismo. Save The Children lo define así: 

Formas delictivas de acoso que implican a un adulto que se pone en contacto con un niño, niña o adolescente con el fin de ganarse poco a poco su confianza para luego involucrarlo en una actividad sexual. Esta práctica tiene diferentes niveles de interacción y peligro: desde hablar de sexo y conseguir material íntimo, hasta llegar a mantener un encuentro sexual. Se trata de un proceso en el que se produce un vínculo de confianza entre la víctima y el acosador. Este intenta aislar poco a poco al menor, y lo consigue separándolo de su red de apoyo (familiares, profesores, amigos, etc.) y generando un ambiente de secretismo e intimidad.

Daniela Dupuy lleva casi una década persiguiendo a este tipo de delincuentes. Dupuy es fiscal coordinadora de la Unidad Fiscal Delitos y Contravenciones Informáticas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (UFEDyCIe), y directora del Observatorio de Cibercrimen y Evidencia Digital en Investigaciones Criminales (OCEDIC) de la Universidad Austral. .

Sus años de investigación, interrogatorios y sesiones en los tribunales, le otorgan experiencia para dibujar un perfil muy definido del acosador de menores en línea.

Uno de los puertos de entrada a un canal de pornografía infantil en la deepweb.
Uno de los puertos de entrada a un canal de pornografía infantil en la deepweb.

En español tenemos un par de términos relacionados, que utilizamos indistintamente, pero cuyas motivaciones y formas de actuar son diferentes: pederasta y pedófilo.

Dupuy explica que los pederastas son aquellos que abusan sexualmente de niños, niñas o adolescentes. Son impulsivos, suelen contar con trastornos de la personalidad psicopático-antisocial, rasgos narcisistas, sádicos o esquizoides. Les gusta la pornografía violenta. Su acto criminal suele ser espontáneo basando su acción en la disponibilidad de algún niño y en la ventana de oportunidad para ejercer su ataque.

Los pedófilos, por su parte, se sienten atraídos por los menores y comienzan consumiendo e intercambiando material de abuso y explotación sexual infantil. Suelen ser más inteligentes que los pederastas y provenir de medios socioeconómicos más altos. Se acercan a los niños de manera seductora, prodigando atenciones, dándoles regalos y prometiéndoles cosas. Tienen mucha facilidad para entender y manejar a sus víctimas, detectan muy fácilmente sus necesidades. Muchas veces ejercen actividades laborales relacionadas con los niños.

El perfil psicológico de pedófilos y pederastas arroja trastornos narcisistas en los que el niño actúa como reforzador de su autovaloración al exteriorizar admiración o valoración positiva hacia el adulto. Esto les incita a buscar compañeros sexuales inmaduros o vulnerables, ya que su frágil autoestima necesita ser reafirmada con una situación de dominio. No aceptan su responsabilidad y ocultan astutamente su perversión.

La fiscal se pone seria cuando asegura que en este grupo encontramos personas aparentemente normales, padres, tíos, hermanos, abuelos. Un dato muy incómodo y sumamente perturbador. 

Mientras el pedófilo tiene atracción sexual por niños (que puede limitarse a consumir contenido de explotación infantil en línea o escalar hacia situaciones de acoso sexual fuera de línea), el pederasta lleva a la acción ese deseo sexual.

Un groomer, por lo tanto, puede encajar dentro de ambos perfiles aunque generalmente va a estar más relacionado con un pedófilo dado su modus operandi. Va a intentar establecer una relación de confianza con menores a través de medios en línea siguiendo una estrategia o método que va perfeccionando. No es impulsivo sino calculador. Una vez ganada la confianza, que puede ser un proceso de horas, días o meses, el próximo paso será conseguir el contenido sexual. A veces los groomers se limitan a consumir y/o difundir ese material y otras veces llegan a abusar de los niños o adolescentes en la vida real planificando una cita.

¿Es un groomer o un acosador una persona enferma? Per-se no es una persona enferma. Tiene una personalidad de tipo psicopática, pero está lejos de ser una enfermedad. Un juez nunca aceptaría ese argumento como elemento de reducción de pena o absolvimiento.

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En diciembre de 2019 un hombre argentino, natural de Bariloche, de 41 años fue condenado a 35 años de prisión por grooming. Se trataba de un padre de familia con tres hijos menores de edad que había vivido y trabajado por cinco años en Estados Unidos. Era asiduo a la iglesia y formaba parte activa de la congregación a la cual también pertenecía su esposa, con quien llevaba veinte años casado. Era en apariencia una persona feliz y religiosa, un padre de familia modélico y trabajador.

Tras los análisis forenses de los psicólogos, los expertos definieron a este individuo como un gran simulador, siempre en posición de víctima con sentimientos de inferioridad, con rasgos narcisistas y poder de sometimiento. Se demostró escasa empatía hacia niñas y adolescentes, reflejo de una conducta psicopática.

Para llevar esta doble vida de padre modélico y groomer creó diversas personalidades, otorgando diferentes características a cada una. Era meticuloso en el proceso del grooming, muy preciso en su estrategia y extremadamente racional en sus actos. Desarrolló gran capacidad para planificar el abordaje a las víctimas y conseguir de ellas el contenido sexual con ataques sistemáticos, así como para ocultar todo esto a familia y amigos.

En sus dispositivos se encontraron alrededor de 3.400 fotos y videos de víctimas de 9 a 17 años de edad. Se comprobó que solo en uno de sus perfiles falsos, el acusado tenía contacto con más de 300 niñas y adolescentes de diferentes países de la región. A juicio llegaron 23 casos.

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Desde que comenzó a relacionarse con este tipo de contenido, Lucila sintió que por fin tenía un propósito en el trabajo. Cada día empieza y termina la jornada sintiendo que ayuda a las víctimas y sus familiares, que colabora con  las fuerzas policiales y todo el sistema judicial de los países de habla hispana. 

Ella, junto a otros miles de revisores de contenido, son el primer frente de contención en la lucha contra el grooming. Si ella no localiza, evalúa y escala un potencial caso de abuso sexual de menores en línea, NCMEC no puede comenzar su investigación, ni la policía sus registros, ni las fiscalías sus pesquisas.

Lucila quiere aprender más, aprender de leyes en distintos países, de los derechos de los niños y las niñas, del trabajo que hacen las oenegés y asociaciones, de apuntarse a webinars y cursos para comprender mejor las técnicas de los depredadores. 

Pero, ¿cómo es que Lucila, descubre esos casos de explotación sexual de menores o grooming en línea? Las compañías tecnológicas emplean diversos métodos para localizar este tipo de contenido. El primero es poner a disposición de los usuarios un proceso de reporte; es decir, el propio usuario de una red social o un videojuego indica a la compañía que está sufriendo acoso en su plataforma. Los revisores de contenido, como Lucila, investigan qué está sucediendo en esos perfiles y proceden según se requiera. Por ejemplo, deshabilitando una cuenta, enviando recursos de apoyo a la víctima, reportando el contenido a NCMEC o remitiendo el caso a fuerzas policiales. Este no es el escenario más común, ya que los menores son reacios a reportar estas situaciones por temor a las consecuencias.

El segundo método de detección se da cuando un adulto del entorno del menor descubre la situación; descubre que su hijo, hermana, sobrino o nieta está siendo víctima de un groomer. Ellos llevan el caso ante las fuerzas del orden, a los servicios policiales o judiciales, inician un proceso de comunicación directa con la red social o plataforma en la que se ha cometido el delito y comienza una investigación. Así fue como la madre de Alejandra denunció la situación de su hija.

Y el tercero, y quizá el más recurrente, son sistemas de inteligencia artificial desarrollados por las propias empresas tecnológicas. Se trata de algoritmos que detectan patrones de conducta y escanean perfiles para identificar potenciales violaciones de los términos y condiciones de uso. Aquí es donde entra en valor el trabajo de Lucila, donde comienza la colaboración entre inteligencia artificial e inteligencia humana.

Por ejemplo, si el sistema detecta determinados patrones de conducta, comportamiento sospechoso entre adultos y menores, incluyendo uso frecuente de términos o contenidos sexuales, se lo va a notificar a Lucila como un potencial infractor. Ahora es Lucila quien va a revisar si los términos sexuales compartidos entre el adulto y el menor tipifican una situación de ciberacoso o si por contra es una conversación entre una madre y una hija en la que hablan de educación sexual, de menstruación o de higiene personal por ejemplo. Si se comprueba que no se trata de una situación de grooming, Lucila simplemente ignora el reporte creado por el algoritmo.

Esta tecnología es accesible para cualquier usuario, ya que existen en el mercado distintos software como Bark, Thorn o Safer que se encargan de monitorear las plataformas que sus hijos utilizan y son capaces de detectar términos o contenidos sexuales o de ciberacoso. Este software alerta a los padres y son ellos los que en ese momento pueden evitar que la situación llegue a más tomando las medidas oportunas.

Cuando Lucila detecta un caso como el de Bariloche, lo que hace es generar un reporte explicando con detalle el tipo de violaciones que está cometiendo (compartiendo imágenes sexuales, sexting, sextorsión, planeando un encuentro sexual), si el victimario utiliza varias cuentas para captar víctimas o en qué país reside, y lo envía a NCMEC.

“No hay mayor satisfacción que enterarse de que ese caso que reportaste a NCMEC hace un año ha terminado con el depredador condenado a 8, 10 o 20 años de prisión y tú eres parte de ese proceso. Reconforta sentir que ayudas a hacer justicia para las víctimas y sus familias”, dice Lucila con orgullo.

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Como centro de información y reportes nacional para todo tipo de problemas relacionados con la prevención y recuperación de niños victimizados, NCMEC dirige sus esfuerzos contra el secuestro, el abuso y la explotación de menores. Legitimado por el código legal de Estados Unidos, su actividad queda completamente salvaguardada de cara a procesos judiciales (vulneración de intimidad o secreto de comunicación, privacidad, etcétera). Es decir, si obtiene acceso a la información privada de un perfil investigado y eso se utiliza como prueba en un juicio, no se considerará vulneración de privacidad si se han seguido los pasos adecuados por parte del investigador.

El proceso comienza con una investigación profunda, más allá de las redes sociales para las que trabaja Lucila. Se cruzan informaciones con bases de datos, se utiliza tecnología de escaneado y rastreo de imágenes así como  algoritmos para compilar las posibles víctimas del depredador. 

Toda esa información se clasifica y organiza para generar un informe lo más completo posible que más tarde será entregado a las autoridades estadounidenses. Serán estas quienes, a través de la embajada de EE. UU. en el país donde se está cometiendo el delito, haga llegar la información al sistema judicial de dicho país.

Es un protocolo destinado a salvaguardar los derechos de los investigadores y conseguir pruebas siguiendo las leyes vigentes de privacidad.

Los cuerpos policiales y las fiscalías reciben informes provenientes de NCMEC, ICMEC o Europol (que suponen aproximadamente un 50% de los reportes sobre ciberacoso infantil que llegan a despacho de fiscales), con información analizada, organizada y cribada. Esto supone que cuando la investigación por parte del fiscal comienza, hay una actividad delictiva probada (explotación sexual de menores en línea) por parte de un ciudadano residente en un determinado país.

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Infografía: Adrian Mas
Infografía: Adrian Mas

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A finales de 2017, la fiscalía de Bariloche recibió reportes de NCMEC sobre tráfico de imágenes de violencia sexual contra niñas y adolescentes provenientes de varios perfiles de Facebook. Un revisor de contenido había encontrado un perfil en el que un adulto estaba haciéndose pasar por una menor y pasándole fotos íntimas a otra menor a cambio de que ella le compartiera algunas también. Su reporte inicial arrojó que el dispositivo utilizado por esa persona tenía varias cuentas de Facebook asociadas que contenían patrones de comportamiento sospechosos. Así pues, se generó un informe explicando la situación y señalando todo el contenido de explotación sexual infantil que había sido localizado en esos perfiles y fue enviado a NCMEC.

Paralelamente, llegaron a la fiscalía barilochense tres denuncias de padres explicando que sus hijas estaban siendo acosadas por medios informáticos. Enseguida se recogieron las declaraciones y las pruebas y se clasificaron como casos de grooming.

Poco después, al cruzar datos entre las denuncias de los padres y el reporte que llegó a las instancias argentinas por parte de NCMEC, las autoridades descubrieron que había una gran coincidencia: una persona contactando a chicas menores de Bariloche utilizando Facebook, Instagram y Whatsapp. 

Durante las pesquisas, el grupo de investigación se encontró con que se trataba de un caso nacional, implicando víctimas de otros lugares de Argentina. Esto suponía un desafío en términos procesales, de recopilación de pruebas y de identificación de víctimas.

Fue un gran trabajo de cooperación entre diferentes investigadores policiales que debían encontrar a todas las víctimas repartidas por la geografía del país. Además, este individuo había actuado en diferentes redes sociales, por lo que las averiguaciones iban surtiendo de nuevas víctimas y haciendo la lista más extensa.

De estas niñas entre 9 y 17 años solo se disponía en principio de un número de teléfono, o un alias en Facebook o Instagram, y cuando conseguían localizarlas y ponerse en contacto con sus padres, no siempre era fácil introducir el tema. Las víctimas pensaban que este depredador era una amiga porque siempre utilizaba perfiles falsos haciéndose pasar por otras niñas y ganándose así su confianza, como le ocurrió a Alejandra con “Isabel”.

La búsqueda de víctimas por parte de la fiscalía era de lo más artesanal: cuando localizaban el perfil de una de ellas en una red social, el siguiente paso era buscar a qué escuela iba o en qué equipo de fútbol jugaba y de ese modo, contactar con la policía provincial y encargarle el acercamiento a los familiares.

Este acercamiento estaba supervisado por expertos en perspectiva de género y perspectiva de niñez, defendiendo ante todo los derechos de las víctimas y evitando cualquier situación que supusiera una revictimización del menor. Por ejemplo, si la policía entrevistaba a una niña, grabar audio y/o video para evitar que tuviera que revivir la experiencia contándola a diferentes policías, abogados, fiscales o jueces).

Una vez localizadas las víctimas por parte de las policías provinciales, entraban en juego otras instituciones como el servicio de Atención a las Víctimas y psicólogos expertos en situaciones de alto impacto emocional para las propias víctimas y para sus familiares.

A su vez, poco a poco, los juzgados de instrucción, fiscalías y juzgados de paz de diversas zonas del país se enrolaban en la investigación atendiendo denuncias particulares y manteniendo contacto estrecho con la defensa de la procuraduría. 

Los cuerpos de investigación forense y servicios de pediatría evaluaban las imágenes incautadas en los registros a los dispositivos del detenido. El principal objetivo era confirmar las edades de las víctimas para apoyar en el proceso de búsqueda, así como también en la instrucción judicial, ya que se quería determinar con seguridad que no hubiera víctimas adultas antes de presentar las pruebas al juez.

Inicialmente fue muy complicado identificar al individuo, dado que utilizaba hasta cinco líneas telefónicas diferentes y varios teléfonos celulares. Se requirió una intensa colaboración de diferentes agencias estatales para localizar pruebas en el registro de llamadas, las ubicaciones, los IMEI (un código identifica al smartphone de forma exclusiva y es transmitido a la red al conectarse) de los varios teléfonos celulares que utilizaba. Finalmente consiguieron destapar la identidad de un sospechoso por un despiste.

Uno de los equipos de OITEL descubrió una coincidencia entre el IMEI de uno de los teléfonos utilizados para atacar a las menores y una línea telefónica cuya tarjeta SIM estaba asociada a un email. El sospechoso siempre se conectaba a través de redes WiFi públicas, pero había un lugar común: la red WiFi de una iglesia. Esto confirmó que el investigado que se había estado barajando como potencial victimario era la persona correcta. Iniciaron entonces la preparación para el allanamiento de su vivienda, la incautación de equipos, los exámenes forenses de los mismos y en general, la estrategia de detención y la cadena de custodia de cualquier elemento que pudiera servir como prueba.

La investigación se demoró casi un año, desde los reportes de NCMEC y las denuncias de las familias a finales de 2017 hasta el allanamiento de la vivienda que se produjo en septiembre de 2018. Hubo participación de la fiscalía, técnicos, policía y defensor del menor, ya que había tres niños dentro del domicilio al momento del registro. Se trataba de los tres hijos menores de edad del investigado, que en diciembre de 2019 sería condenado a 35 años de prisión por 23 delitos de grooming.

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Hace cien años los niños y niñas empezaban a trabajar desde edades muy tempranas para traer dinero a casa. Sus relaciones sociales eran más bien familiares y en un entorno social cercano. Sus actividades lúdicas eran limitadas y la comunicación era básicamente cara a cara, a través de conversaciones personales.

Hace cincuenta años, pasadas las grandes guerras, padres de familia y familias enteras comenzaron a emigrar masivamente del campo a las ciudades o incluso a otros países en busca de oportunidades laborales y de sustento para sus allegados. La diversión de los niños estribaba en las amistades del barrio, en los compañeros de la escuela, en la familia. Y la comunicación seguía siendo oral o a través de cartas que tardaban semanas en llegar a su destino.

Si pensamos en un niño de los años 80 o los 90, el teléfono ya estaba establecido aunque fuera con un aparato por hogar y los niños, niñas y especialmente adolescentes, comenzaban a utilizarlo como modo de contacto con sus amigas, sus novios o sus compañeros de escuela. Luego llegaron los teléfonos de manera masiva a los hogares, varios en la casa y alguno de ellos inalámbrico. Más tarde los teléfonos móviles o celulares se democratizaron y en la primera década de los 2000 los niños y adolescentes comenzaron a comunicarse a través de ellos con sus congéneres.

Hasta ese momento, el ocio pasaba por ir a la calle a ver a tus amigos, al chico que te gustaba, a rodar con la bici por el barrio, a jugar a las canicas, a básquet, a fútbol, a comprar chucherías en el quiosco o ir al parque con tu grupo de amigos a pasar la tarde. Fumar por primera vez, besar apasionadamente por primera vez.

Pero a partir de 2007 todo comenzó a cambiar con la masividad de los smartphones con cámaras de fotos, las redes móviles y wifi y, por supuesto, el aterrizaje en nuestras vidas de las redes sociales.

Los padres tienen miedo al daño físico que puedan sufrir sus hijos cuando salen a la calle y en cierto modo olvidan o desconocen el peligro de las actividades online. Los menores están expuestos, incluso desde la seguridad de su casa, bajo el mismo techo que sus protectores, a situaciones de riesgo como es el grooming.

Los niños, niñas y adolescentes de hoy han de ser considerados huérfanos digitales porque los padres no han crecido en esa coyuntura y en muchos casos desconocen el funcionamiento y los riesgos de la tecnología. Del mismo modo, han de ser denominados como inconscientes digitales porque saben manejar esa tecnología, pero no perciben sus riesgos.

Sus padres les han dicho que no acepten caramelos de desconocidos o que no hablen con ellos. Pero no ven el peligro que entraña comunicarse a través de una red social con una persona desconocida, enviar una foto íntima o compartir datos privados con alguien que consideran amigos de internet.

Lucila tiene días duros, como aquel en que investigó el caso de un monitor de judo que estaba abusando sexualmente de varios menores de 12 años, alumnos suyos. Se conectaba con ellos en sus perfiles de redes sociales con la excusa de hablar sobre actualizaciones de entrenamientos o competiciones. Se ganaba su confianza y al poco tiempo comenzaban las insinuaciones sexuales. Después, los chantajes: “Si no tienes sexo conmigo no irás a las competiciones. Si se lo cuentas a alguien, diré que eres una puta / un maricón y tienes sexo con hombres mayores”. Lucila practicó judo durante toda su infancia y este caso le tocó la fibra. Se imaginaba ella misma cuando era niña, se le hizo un nudo en el estómago. ¿Y si le hubiera pasado a ella?¿O a su hermana menor?

El International Centre for Missing and Exploited Children (ICMEC), una ong hermana de NCMEC, dice que hay unos 800 millones de niños utilizando las redes sociales y alrededor de 750.000 individuos que están intentando conectar con un niño, niña o adolescente con interés sexual, ahora mismo, mientras lees estas líneas.

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Dónde y cómo denunciar casos de grooming (servicio público)

Argentina

Programa línea 102 — LÍNEA 102

Es un servicio telefónico gratuito que brinda la Secretaría de Niñez y Adolescencia, de orientación sobre la garantía y restitución de los derechos de la infancia en la provincia de Buenos Aires. Funciona las 24 horas, los 365 días del año.

Equipo niñ@s contra la explotación sexual y grooming — LÍNEA 0800–222–1717

Es un servicio telefónico gratuito del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos las 24 horas, los 365 días del año, en toda Argentina. También por mail a [email protected]

México

Policía Cibernética de la Comisión Nacional de Seguridad: al número telefónico 088, el cual opera las 24 horas del día, los 365 días del año.

[email protected]

Teléfono (conmutador de la SSEM): 275 8300 Extensiones 12202, 12203, 12206 y 12207

Colombia

Te Protejo

https://teprotejo.org 

https://www.mintic.gov.co/portal/inicio/Sala-de-Prensa/MinTIC-en-los-Medios/925:Te-protejo-contra-el-abuso-en-Internet

Brasil

Safernet: https://new.safernet.org.br/

Chile

http://www.fiscaliadechile.cl/Fiscalia/victimas/jovenes/grooming.jsp 

Perú

https://www.gob.pe/12801-como-actuar-frente-a-un-caso-de-grooming 

España

Linea de reporte Internet Segura For Kids https://www.is4k.es/ 

Pantallas Amigas https://www.pantallasamigas.net/centro-de-ayuda-en-internet-cai-lineas-de-ayuda/ 

Internacional (en Inglés) 

https://report.cybertip.org/

www.inhope.org

 www.IWF.org

https://www.icmec.org/education-portal/reporting-mechanisms/

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