El poder de las mujeres en el psicoanálisis

Ilustración de Alina Najlis
Ilustración de Alina Najlis

Cuando Freud desarrollaba su teoría sobre la fantasía y la realidad psíquica, todas las mujeres que lo consultaban habían sido víctimas de lo mismo. Era, para él, increíble, intolerable: ¿cómo podía ser que todas sus pacientes hayan sufrido la violencia sexual por parte de un hombre en algún momento de sus vidas? ¡Y encima siempre por un hombre de la familia! Por eso Freud escribe una carta a Fliess en la que le dice: “mis histéricas me mienten”.

La violación es un programa político. La fantasía de violación existe, sí, pero en función de un dispositivo de poder que supone un modo de gozar contra la propia voluntad. La violación es la guerra civil, dice Despentes, la organización política a través de la cual un sexo declara al otro: «yo tomo todos los derechos sobre ti, te fuerzo a sentirte inferior, culpable y degradada».

La violación es algo de lo que «no se debe» hablar porque detrás de ésta se sintetiza la construcción de la masculinidad. La violación se reproduce como algo excepcional, que le pasa a algunas pocas a causa de unos pocos monstruos…pero es el núcleo de la construcción de la sexualidad. El padre introduce la mirada como modo de relacionarse con su hija. Mira el cuerpo erótico de la niña, quien se transforma en la culpable, quien provoca la atención del padre. Al buscar seducir al padre busca su cariño, su afecto, sus caricias y su atención, lo cual produce que la niña se convierta inmediatamente en culpable. Las mujeres se constituyen como culpables de la agresión del otro.

La violación es un programa político. La fantasía de violación existe, sí, pero en función de un dispositivo de poder que supone un modo de gozar contra la propia voluntad

Los descubrimientos freudianos sobre la fantasía son de suma importancia siempre y cuando no queden coagulados en una verdad completa y absoluta que se desentiende de los entramados de poder y los mecanismos que han hecho inferiores a las mujeres y las han convertido en sus propias vigilantes de su sexualidad, en tanto son ellas mismas las que transmiten de generación en generación la amenaza de violación.

La cuestión es que nos engatusan con que al entrar en contacto con el poder nos volvemos asquerosas y corruptas. «Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban» dijo Kate Millet.

Las grandes mujeres son santas o están muertas; la mujer que está viva y ejerce el poder es una ladrona. Milagro Sala está presa por tirar huevos pero la sociedad cree que es porque robó. La fuerza es la característica principal y sede del poder masculino. Una mujer que quiere gustar tiene que borrar todo aquello referente a la fuerza. Nos educan desde niñas para no defendernos. Ellos pueden violar, matar y descuartizar, pero está mal visto que una mujer lleve un cuchillo en la cartera.

Las grandes mujeres son santas o están muertas; la mujer que está viva y ejerce el poder es una ladrona.

El ejercicio del poder político conlleva enojos, pasiones, sentimientos, estrategias, pensamientos, lecturas, debates, escritura…pero a las mujeres se les dice que tienen que ser suficientemente buenas. Entonces se inhibe desde la infancia la pulsión de apoderamiento y la voluntad de poder. Se maternaliza a la mujer desde que es pequeña porque la maternidad es una forma en que se constituye la feminidad entera y, por lo tanto, una mujer puede ser madre sin tener hijos, dedicándose al cuidado de los otros sin ninguna retribución económica ni simbólica. La maternalización de las relaciones implica que en el lugar de la falta se asume la culpa. De la falta nace el deseo, de la culpa el autorreproche, el masoquismo, la necesidad de castigo…todo lo que nos aleja del poder.

Las mujeres poderosas siguen siendo un monstruo para el psicoanálisis. El poder en las mujeres es un significante forcluído: abandonar el terreno político y escindirlo de la práctica psicoanalítica es una resistencia a la emancipación y al ejercicio del poder, que sigue en manos de los hombres.

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