El cimarronaje y las nuevas realidades

La Ciénaga de la Virgen colinda con La Boquilla y atraviesa, en este momento, un proceso de recuperación ambiental. Foto: Mónica Vargas León
La Ciénaga de la Virgen colinda con La Boquilla y atraviesa, en este momento, un proceso de recuperación ambiental. Foto: Mónica Vargas León

En estos tiempos hay que poner el cuerpo. Y el cuerpo se pone escribiendo, danzando, cantando o también como trinchera en defensa de los otros cuerpos, los más vulnerables.

El primer hombre afroamericano en llegar a la presidencia de Estados Unidos, fue el encargado de entregarle la titulación colectiva de sus tierras a un pueblo afro y pescador, refundido en una esquina del tercer mundo, pegadito a la opulenta Cartagena de Indias, pero, a la vez, muy lejos de ella.

En la VI versión de la Cumbre de las Américas, celebrada en Colombia en 2012, Barack Obama entregó al Consejo Comunitario de la Comunidad Negra del Gobierno Rural de La Boquilla, en representación del médico Benjamín Luna Gómez, el título de 39 hectáreas estratégicamente ubicadas a once kilómetros de la capital del departamento de Bolívar, famosa por ser un centro turístico de relevancia mundial, visitada por distintas y reconocidas personalidades.

El acto simbólico se realizó en la Plaza de San Pedro Claver, un escenario ahora transitado por viajeros de diferentes puntos del planeta que, otrora, fuera el lugar en el que el misionero jesuita que le da el nombre al sitio, conocido como el “esclavo de los esclavos”, curara los cuerpos agotados y explotados de esos hombres y mujeres traídos de África para trabajar sin descanso en América, sometidos a maltratos que los deshumanizaron sin el menor reparo.

“En ese momento de la cumbre, hubo la necesidad de mostrarle al primer presidente negro de los Estados Unidos de América que aquí en Colombia sí se hacía algo por los negros. Entonces mi solicitud sobre las tierras, que yo le había presentado al Gobierno desde 2010, pero que venía de muchos años atrás por parte de la comunidad, fue atendida para que Obama pudiera entregarnos los títulos”, explica el doctor Luna.

Ocho años después, el Tribunal Contencioso Administrativo de Bolívar, en sentencia de primera instancia, decidió que la entrega de tierras a la gente de La Boquilla desconoció una restricción que impide efectuar titulaciones colectivas en áreas urbanas, lo que, parcialmente, echó para atrás la entrega.

Luna dice que detrás de esa decisión están los tentáculos de inversionistas que no quieren dejar en manos de personas afro algunas de las mejores tierras de la región. Y con él coinciden varias personas del lugar que, si bien ahora colinda con Cartagena de Indias, pareciendo a veces un barrio lejano de la ciudad, fue fundado hace más de 200 años por una comunidad de pescadores afro que venían huyendo de la esclavitud.

Los palenques

El cimarronaje hace referencia a los procesos de las personas esclavizadas que huyeron de las cadenas y los malos tratos para fundar pueblos independientes. Aunque el más famoso es el de San Basilio —reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO—, existen otros palenques que siguen resistiendo luego de que los afros fugitivos los fundaran en la época de la colonia.

“¡La Boquilla es un palenque!”, afirma Luna, al tiempo que se declara cimarrón, amante de la vida y de la libertad. El médico, al que aún acude la gente de la comunidad en busca de consejo y receta, señala que sus ancestros cimarrones, que le heredaron la sangre rebelde que le corre por las venas, “tenían la ciénaga y el mar, es decir toda la naturaleza a su disposición. El mangle lo usaban para obtener leña y con ella cocinar y hacer enramadas, que son un tipo de vivienda. Además, antes acá había mucho coco y la opción de pescar, por eso vinieron aquí”.

El cuerpo afrocolombiano de Luis Adolfo, boquillero y vecino de Luna, mide 1.84 centímetros, pesa 76 kilos y desciende también de pescadores cimarrones. Aunque Luis aprendió en algún momento el arte de la atarraya, siempre supo que su talento se desarrollaría en otros escenarios. A sus 26 años, el joven hace parte del Colegio del Cuerpo, una iniciativa liderada por Álvaro Restrepo, de Colombia, y Marie France Delieuvin, de Francia, que brinda formación artística a la juventud de la zona y de otras partes del país.

Tal como sucedió en su momento con los palenques y la gente cimarrona, la danza ha sido el lugar seguro de Luis Adolfo. En ella, afirma, ha encontrado la redención, pese a que sus tías cristianas le dicen, en broma, que tiene el demonio adentro cuando lo ven bailar porque, cuenta, lo hace constante e intensamente.

“Me salvó de las calles, de las balas, de las drogas, de enfermedades… Cuando uno decide amar algo, quiere tener una relación con ese algo, y para mí ese algo es la danza. Y cuando la contemplé como algo profesional, pensé que debía cuidar mi cuerpo. El arte cambia mundos y te salva”, asegura el bailarín.

También en el Colegio del Cuerpo se formó Jaomoon, o Jair Luna. Un cartagenero de barrio popular que ahora vive en Berlín. Él recuerda cómo sus primeros acercamientos a la música se dieron con los ‘picós’, esos sistemas de sonido de gran tamaño que le deben su nombre al término en inglés de pickup y con los que se forman tremendos parrandones en las calles del Caribe colombiano.

Jaomoon que inspira buena parte de su trabajo artístico en el barrio del que viene, busca crear espacios flexibles a través de la danza. “Espacios que se puedan atravesar”, apunta. Y, para eso, se ha valido de la luz, un elemento que él considera «muy queer». “No son borders o muros, sino espacios que pueden cruzarse, que son ilimitados”, asegura.

El cartagenero que pone su cuerpo caribeño en la cotidianidad de la capital de Alemania, ha encontrado en la performatividad una estrategia para, tal cual como lo hizo el cimarronaje, huir de la opresión, o al menos responder cuestionamientos en ese sentido.

“Una de mis preguntas recurrentes es la de cómo crear estrategias que te permitan salir de situaciones de opresión, esa es una de las preguntas fundamentales de mi último trabajo y a lo que llegué fue a cómo el performar es una estrategia para salir de esas situaciones. Yo tengo la teoría que en países como los nuestros, latinoamericanos, que fueron colonizados, a nosotros nos tocó performar algo que no somos para poder entrar dentro de un cierto tipo de sociedad que nos estaban imponiendo. Nos imponían un idioma, una religión y todo el knowledge que teníamos, todo ese tipo de conocimiento ancestral con el que veníamos nosotros, lo perdimos de alguna manera”, cuenta Jaomoon.

Para él, y en sintonía con el performar como estrategia, el cuerpo debe ponerse, debe ser puesto porque, asegura, “los discursos se fueron a la mierda”.

Luis Adolfo desciende de pescadores cimarrones. Foto: Mónica Vargas León
Luis Adolfo desciende de pescadores cimarrones. Foto: Mónica Vargas León

Floyd: no puedo respirar

En El viaje inútil, de la escritora argentina Camila Sosa Villada, ella asegura que su primer acto de travestismo no fue salir a la calle vestida de mujer. Mi primer acto de travestismo fue a través de la escritura. Había empezado el colegio secundario y estaba enamorada del profesor de gimnasia. Perdida y confundida sin poder contarle a nadie mi mejor secreto, decidí ponerme a escribir. Di a luz un alter ego con el nombre más obvio que se me pudo ocurrir: Soledad. Soledad era yo misma como protagonista de una novela espantosa en la que me enamoraba de un profesor de la secundaria y en la que citaba algunas particularidades de mis compañeros de escuela. La escribí a mano, con tinta azul y en hojas de cuaderno. Esa novela, donde por primera vez hablaba de mí como una mujer, no tuvo final. Apenas llegué a dos o tres capítulos bastante extensos…, dice la ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020.

Para ella, no hay distinción entre cuerpo y espíritu. Y cita a Spinoza para decir del alma que “es la memoria de todo lo que vive un cuerpo”.

“Por lo pronto es nuestro único soporte para advertirnos sobre determinadas cosas, como una herramienta de síntomas, una herramienta de placer, de terror, de conquista”, apunta la escritora respecto al cuerpo, al que le agradece los orgasmos.

Los cuerpos pueden el placer y también el sufrimiento. El mismo año en el que Camila ganaba complacida el premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela Las malas, en Minneapolis, Minnesota, la rodilla del policía estadounidense blanco Derek Chauvin presionó el cuello del cuerpo afro de George Floyd hasta asfixiarlo.

“No puedo respirar” fueron las últimas palabras que se le escucharon a Floyd, a manera de súplica. Su asesinato desató protestas en contra de la brutalidad policial y el racismo, tanto en Estados Unidos como en otros países del mundo.

Cinco años después, el presidente Donald Trump sigue acudiendo a la desinformación para pedir el indulto de Chauvin, argumentando que Floyd murió por sobredosis de drogas, lo hace mediante discursos que apelan al “make America great again”, los mismos discursos que Jaomoon asegura que se fueron a la mierda.

Mayra Santos-Febres, escritora afro puertorriqueña, coincide con el joven cartagenero respecto a la necesidad de poner el cuerpo. Ella señala que para la época de las protestas en contra del asesinato de Floyd un grupo de mujeres blancas se paró en la línea entre los policías y los protestantes afroamericanos. “A ellas no les iban a pegar, por eso se pusieron ahí. Eso es lo que hay que hacer, poner el cuerpo”, afirma la escritora.

Y junto a poner el cuerpo viene también la imaginación. El poder pensarnos y vernos en nuevas realidades para, algún día, hacerlas posibles. Realidades en las que los cuerpos afro y travestis tengan derecho a estar y a ser, sin que estén amenazados por rodillas asesinas o cabezas multimillonarias dementes encargadas de tomar decisiones que impactan la cotidianidad de la gente.

Yuliana Ortiz es afro, ecuatoriana, escritora y dj de música afro y del Pacífico. Ella cuenta cómo al hacer una revisión sobre el mapa oficial de Ecuador se ve solo la parte continental y las Galápagos, al tiempo que todo lo demás está borrado del mapa, es decir, descartografiado. Limones Esmeraldas, el pueblo del Pacífico ecuatoriano al que solo se puede acceder en lancha, donde ella nació, hace parte de esos territorios descartografiados por no ser de interés del Estado, azotados por la violencia narco, territorios históricos de resistencia y desobediencia civil. Ella dice que la posibilidad se daba entonces en poder hermanarse con otros pueblos afro y que, en su caso, eso se dio a través de la música.

“Escuchábamos a Los Van Van diciendo, o mejor cantando: Vengo de Nigeria, Yoruba Arará y Carabalí – Nigeria y Congo son mi tierra – Mozambique y Angola soy de allí. De alguna manera la música siempre fue el espacio que nos repatriaba o nos recordaba el lugar histórico que ocupaba nuestro cuerpo en ese espacio”, explica Ortiz.

Uno de sus libros, Fiebre de Carnaval está, según ella, en sintonía con una apuesta para imaginar y, de esa forma, generar la posibilidad de una comunidad por venir, que trascienda a ese Estado nación que costriñe los cuerpos afros y proletarios que hacen parte de su comunidad y de tantas otras en el mundo. Las gentes que lo sostienen todo.

“La escritura y la literatura son la posibilidad de existir a pesar de. A pesar de la violencia estructural, de la invisibilización constante que hay de escritores y escritoras afro en Ecuador y de las luchas constantes que hemos hecho y, como lo dice el maestro Juan García, incluso del ethos de la libertad. Él dice que uno de los más grandes aportes a todas las naciones latinoamericanas es el deseo de la liberación, la potencia de la palabra por la liberación”, afirma la escritora de Limones Esmeraldas, para quien esta posibilidad le da un punto de fuga, como en su momento lo hizo el cimarronaje.

Ortiz además apunta que “si no cambia la estructura, no importa si mi presidente es negro y llega al poder, porque el poder se lo come”.

Así como Sosa Villada se travistió primero en las hojas de su cuaderno con tinta azul, así tal vez sea posible travestir la realidad actual desde la música, la danza —con el elemento queer de la luz y otros que vengan o nos inventemos— y la literatura.

Lo de no poder respirar se expande día a día. América Latina y el Caribe es la región más desigual del mundo. Según datos del Banco de desarrollo de América Latina y el Caribe CAF, el 50% más pobre de la población se lleva el 10% de los ingresos, mientras que el 10% más rico recibe el 55%. En medio de este contexto hostil la asfixia se da de manera literal y figurada. El “no poder llegar a fin de mes” es una realidad para millones, por lo que son urgentes nuevas formas.

Santos-Febres remata diciendo: “Julio Verne escribió Viaje a la luna cien años antes de que la gente llegara a la luna. O sea que la realidad es al revés, no es al derecho. Uno se lo imagina primero y la logra después. Cuántas personas pensaron en la libertad primero y luego se logró la abolición de la esclavitud, que no la hicieron los padres de la patria, la hicimos nosotros. El proceso de libertad se ha dado una y otra vez desde los escritos, desde la imaginación primero. Si invocamos la palabra, ese mundo futuro va a ser”.

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