En una prisión bogotana un taller literario permite a la población cautiva replantear el lenguaje.
Mi amiga Sandra Zuluaga había ganado una beca de promoción de lectura y escritura en 2024, con el IDARTES (Instituto Distrital de las Artes), por lo que me invitó a crear un taller a partir de la traducción de una selección de El diccionario del diablo de Ambrose Bierce, resultado de una beca que gané también con el IDARTES en 2022. Cuando me dijo que al fin había encontrado la gente para el taller, simplemente me aterré.
Son las siete de la mañana. Vísperas de la navidad de 2024. Sandra y yo estamos en la puerta de la cárcel Modelo. Ojos masculinos sobre nosotras desde dos o tres tiendas aledañas, desde carros y motos, desde los puestos de tinto y cigarrillos. Al cabo de un rato infinito, nos recoge la coordinadora del equipo de Biblored (Red Distrital de Bibliotecas Públicas de Bogotá), quien sigue tramitando nuestro ingreso, previamente aprobado, y nos lleva por una serie de espacios abiertos rodeados de divisiones administrativas hacia la oficinita donde están los mediadores de lectura y escritura (de planta), y la de música (que visita distintas cárceles). Ese primer recorrido está enmarcado por vans, buses y uniformes azules oscuros, la palabra dragoneante las mujeres que trabajan ahí. Tacones, batas. La coordinadora recibe mensajes y llamadas todo el tiempo, se aseguran, se confirma nuestra identidad, se vuelve a aprobar nuestra visita.
Es interminable el camino. O es la mente que empieza a jugar.
En la oficina nos presentan al equipo, una muchacha y un muchacho, y nos piden que dejemos todas nuestras cosas en ese lugar. Solo tenemos permiso de llevar los ejemplares de El diccionario del diablo y las hojas del taller; debemos llevar nuestra cédula. El resto: se queda, incluyendo los teléfonos. Sandra y yo intercambiamos miradas nerviosas. Nos dicen que el equipo, con sus lindas chaquetas moradas y varios carnets a la vista, va a acompañarnos todo el tiempo, incluyendo el siguiente recorrido hacia nuestro destino —la biblioteca—, el camino de regreso a la oficina y, finalmente, hacia la salida.
Salimos en grupo. La coordinadora recibe una llamada y nos detenemos abruptamente en uno de los espacios abiertos. Ella nos deja un momento con la muchacha y el muchacho de planta y la mediadora itinerante, que lleva un tambor, el muchacho se va, la muchacha nos dice que no podemos movernos. Cuando hay nuevos ingresos todo se para. Esperamos. Nos dice que la espera puede ser larga, y yo deseo secretamente que nunca termine y se cancele el taller. Hay movimiento en el patio, uniformados van y vienen. De pronto se abre el portón y llega un bus cargado de hombres. La puerta del bus se abre: salen uno a uno, esposados, cargando una bolsa gris. Yo tengo la boca abierta. Sandra está pasmada. Cuando los van metiendo a una sala, vuelve el muchacho, la coordinadora y, divertidos, nos invitan un tinto: esto va pa’ largo. Pero solo alcanzamos a estar unos minutos en la cafetería. La conversación se va poniendo buena, cuando nos avisan que tenemos permiso de continuar. Mi vaso de tinto queda medio lleno sobre la mesa. Es imposible tomármelo de un tirón, el plástico quema.
Caminamos. Se abre una reja blanca. En la siguiente estación hay sillas, parece una sala de espera de hospital, y nos ordenan que nos sentemos conforme entramos. Hay otras personas, quizás visitantes y otros empleados de la cárcel. Desde mi silla, mientras espero mi turno, diviso la jaula con los nuevos, que se balancean, miran hacia todos lados, mueven sus bolsas. Tengo ganas de llorar.
¡Siguiente!
Escucho por encima de la salsa de catre que tiene puesta el dragoneante. Me pide la cédula. Me mira. Tararea. Mira la cédula. Me mira. Tararea. Mira la cédula. Entonces me marca: acerco el brazo, no recuerdo cuál, y me pasa la maquinita de luz ultravioleta.
Sandra pregunta: ¿y la cédula?
Se queda aquí.
Se siente hundida. Ella cree que nunca saldremos.
Caminamos por un túnel helado. Las paredes, blancas. Le digo al muchacho que no imagino el frío que sienten estos hombres encerrados en la noche. Asiente. Quiero continuar la charla, pero pronto estamos delante de otra reja. Blanca. Se abre. Se cierra. Empieza un patio. Y aquí sí hay celdas. Recuerdo la primera, oscura, varios hombres sonríen y susurran entre sí. Nos recorren con la mirada. Seguimos. Creo que hay celdas a cada lado, aunque tal vez las películas estén influyendo en mi memoria. Más pasillos y más rejas blancas y más paredes blancas y más patios.
Tengo la sensación de que no vamos en línea recta: caminamos en círculos concéntricos hacia no-sé-dónde, siento claustrofobia.
—De vuelta, veré a un hombre almorzando frente al televisor que está colgado a varios metros del suelo, sentado en una silla blanca de plástico. Son las noticias. No hay nadie más en el patio que aloja la biblioteca, intento ver hacia lo profundo de otro y otro pasillo que se abre: nada. Estiro el cuello por si acaso puedo ver algo, alguien, ahí dentro de esas ventanas diminutas. Solo oscuridad—.
Y ahí está: el oasis. Alzo la mirada hacia el cielo: me recuerdo que el día está soleado, tal como me gusta. Nos acercamos y lo primero que veo es el afiche invitando a los usuarios de la biblioteca al taller, aparece mi nombre, la portada del libro, fecha, lugar y hora. Este gesto no solo me conmueve, me llena de entusiasmo. La coordinadora se va y el muchacho se despide: va a acompañar a la mediadora itinerante a su sesión de música en otro patio. La muchacha se quedará con Sandra y yo durante todo el taller y el muchacho volverá al final para escoltarnos a todas hasta la oficinita.
El bibliotecario, que es un interno, nos recibe con los brazos abiertos y nos promete público. Comienza a llamar a los participantes, no sin antes darnos un parte de tranquilidad: los usuarios ya están invitados hace días, solo es necesario un empujón. Mientras tanto Sandra y yo organizamos las mesas y los materiales. Poco a poco van entrando, y yo les doy una cinta de enmascarar para que escriban su nombre y se lo peguen en el pecho. A la biblioteca no le cabe una persona más. Somos unos veintiséis. Mis terrores y mi resistencia inicial se desvanecen. Siento como una especie de euforia chiquita. Y una confianza inédita. Un par de meses antes, no había aparecido ni un solo ser a mi taller imaginante en una biblioteca local —miento, llegó un amigo que no veía hacía como cinco años y nos fuimos a tomar cerveza para pasar el trago amargo (yo) y, de paso, celebrar el encuentro—.
Sandra se presenta. Yo me presento. Y sucede la magia.
En la segunda parte del taller los participantes escriben definiciones de palabras de El diccionario del diablo. Las sacan de una bolsa al azar o pueden escogerlas de los mismos ejemplares. Luego de explorar distintas figuras retóricas y otros procedimientos usados por Bierce —en especial sarcasmo, ironía, metáfora e hipérbole—, ellos tienen herramientas suficientes para dejarse llevar por su imaginación.
Y por su propia historia.
No me acostumbro a nada para que nada me falte…
“Realidad”.
Escribe N.F. —nombre ficticio, como todos los que usaré— en su Diccionario libre.
Cuando Sandra me entregó los cuadernillos unos meses después del taller —los había conservado para su informe—, los dejé sobre la mesa de noche un tiempo. No quería abrirlos así nomás, como por pura curiosidad, necesitaba estar segura de que pedírselos no había sido en vano: me iba a poner a escribir, y para eso requería fuerzas síquicas y físicas: me siento frente a un computador cinco días a la semana, todo el día, así que debía encontrar un espacio, un ánimo, acallar la voz que dice ¿y para qué vas a escribir eso? Lo más probable es que ellos, los internos, jamás lo lean. Y si lo leyeran, ¿qué pensarían? ¿También los marcó esa mañana? ¿Cuál de ellos ya es libre?
Entonces llegó el momento de abrirlos.
La definición de realidad de N.F. me desbarató. Y quiero volver a leerla:
Realidad: No me acostumbro a nada para que nada me falte…
Mimá y mi hijo se sorprendieron como yo. Mi hijo le tomó una foto.
Es también mi historia. El apego a las personas y a las situaciones. Quisiera a veces estirar los momentos, o repetirlos, una y otra vez, pero hay que avanzar, quédese quien se quede. Si por mí fuera, me cosería a los que quiero. Rewind. Play. Rewind. Play. Si por mí fuera, viviría solo en bucles felices.
Y N.F. sabe esto. Sabe que todo, algún día, faltará, que un día te levantas y lo has perdido todo. Y todo no siempre es todo: una pareja, un trabajo, un hogar, un celular, una familia, un dinero, una amiga, un carro, un hijo, un negocio, un bolígrafo, unas gafas, un libro, una pierna.
¿Hay peligro en el desapego?
He venido resolviendo últimamente esto: si pienso que nada ni nadie me pertenece, no hay posibilidad de pérdida. Si sé que no es mío-mía, que la gente y las cosas solo existen y vienen y pasan. Si sé eso, podría no haber sufrimiento. Podría. No es una certeza.
Desapego amoroso. No culposo. Dichoso.
¿Qué le faltó a N.F.? ¿Cuántas veces? ¿Qué ha perdido? ¿Cómo llegó a esta sensatez?
Desacostumbrarte a alguien, a algo. Es todo un trabajo. Puede tomar toda la vida. Puede hacerte morir.
Para Ambrose Bierce, la realidad es el sueño de un filósofo loco. Lo que quedaría en la copela si se ensayara un fantasma. Núcleo del vacío.
Y yo hace muchos años escribí que la realidad es la insatisfacción hecha materia.
Ahora pienso: donde uno puede actuar.
Entonces los sueños son una realidad.
Aquí sentada, oigo los aplausos en la biblioteca. Cada vez que un participante leía las definiciones que había escrito, todos aplaudíamos, y era un gesto genuino e infantil, un momento de brillar y hacer brillar, de reír y reconocer en el otro la poesía, el humor, la capacidad creadora.
***
Diccio…🥕Entre Rejas es el título de uno de los diccionarios que se crearon esa mañana. Lo encierra una margencita de rayas y puntos, como esas que yo hacía en primaria. Hay una zanahoria pintada en medio de ambas frases, a manera de juego visual y de palabras. La zanahoria tiene sombra.
Pongo los cuatro cuadernillos uno junto al otro y lo elijo sin dudar, pero no sé cuál de los veintidós participantes es su autor.
Los otros títulos:
Diccionario del Carramaneo
Publicado por Carlos Edit
Revisado por Paquito
Patio X 2025
Carlos y Paquito (nombres ficticios, por si acaso) están adelantados en el tiempo, no ven la hora de que pasen las fechas, de que llegue el nuevo año. O solo imaginan que la publicación de su libro será en unos meses.
En la parte superior de la portada hay tres nubes negras, pero el sol esquineado es radiante. Los muñecos de Carlos y Paquito tienen una expresión pícara, cejas arqueadas, bocas rectas. Uno es más alto que el otro. Carlos es uno de los participantes más activos del taller, nos hace reír a todos. Sus dientes blancos. Su sonrisa.
Así, puestos en fila, hallo algo que comparten este y otro diccionario:
777
111
Aunque en Un día de poesía… aparecen con una adición:
777H2
111H2
Cómo desentrañar el símbolo.
¿Hay necesidad?
El misterio no quedará resuelto.
No tuve tiempo ni cabeza ese día para preguntar. Dos horas se pasan volando. La noche anterior sin dormir, aunque había sido profe de inglés por varios años, este era mi primer taller literario. Pasé horas diciéndome: para qué me metí en esto; luego traté de convencerme de que lo hacía por un bien mayor. Sumado a esto, el protocolo desde la entrada de la cárcel hasta la entrada de la biblioteca me exprimió otra cantidad significativa de energía. Aun así, la vitalidad que me quedaba a las 9 de la mañana pronto se multiplicó y la compartí hasta la última gota. Si el tiempo transcurrió tan rápido fue porque algo verdaderamente valioso pasó allí.
La portada de Un día de poesía…, además, tiene dibujada una estrella, arriba, una espiral, en el medio, y un triángulo abajo.
La espiral me fascina. Parece que la que la ve, el que la hizo, quiere meterse por ahí. Salir al otro lado de este mundo.
En Diccionario libre también aparecen números:
11:11
¿Qué hay con los números? ¿Son los números que reemplazan los nombres allá dentro?
¿Años, meses, días, horas, minutos, segundos, que se cuentan obsesivamente en el encierro?
¿Claves secretas, cábalas?
Tengo unas pocas fotografías donde aparecen algunas manos mostrando sus definiciones, o escribiendo en las hojas sobre las mesas de la biblioteca. Al volverlas a ver encuentro que el Diccio…🥕Entre Rejas tiene una autora, es una mujer trans que acaba de llegar a la cárcel. Sus uñas están adornadas con esmalte rosado y escarcha dorada. Por más que me acerco a la foto, no alcanzo a leer el nombre escrito en la cinta de enmascarar pegada a su chaqueta. Ella entra y sale del taller, la llaman para esto y aquello, trámites, rutina.
Casi un año después me siento a escribir sobre el taller, que nombré Diccionario imaginante. Si tan solo hubiera previsto este momento. Habría querido quedarme con todos sus nombres y sus caras: vestigios me muestran facciones, pieles, rasgos, acentos, un par de ojos verdes o azules profundísimos, un interno demasiado joven.

***
Amor: Yo
Escribió Carlos o Paquito.
Como nadie sabe qué es el amor y qué es el yo, por qué no equipararlos. Quedar locos.
Este es un fragmento de la definición de Bierce:
Amor: Demencia temporal curable por matrimonio o separando al paciente de las influencias bajo las que contrajo el mal […].
En Diccionario libre:
“Yo”:
A N.F. no le alcanzó el tiempo para definirlo. No halló las palabras. No quiso hacerlo. Para qué. Para quién.
Bierce dice:
Yo: La primera letra del alfabeto, la primera palabra del idioma, el primer pensamiento de la mente, el primer objeto de afecto. En gramática es el pronombre de la primera persona del singular. Se dice que su plural es “nosotros”, pero cómo puede existir más de un yo singular sin duda resulta más claro para los gramáticos que para el autor de este incomparable diccionario. La concepción de dos yoes singulares es difícil, aunque hermosa. El uso franco pero elegante del “yo” distingue al buen escritor del malo; este último lo lleva a la manera del ladrón que intenta encubrir su botín.
Hace años escribí:
Yo
No es un yo ni dos. Es toda una jauría luchando por un pedazo de carne.
N.F. define también Tiempo:
El peor enemigo del ser humano. Reloj que no se detiene para nosotros.
Solo se detiene mientras estamos dormidos, aunque es una ilusión: al despertar, pasaron veinte años.
Perder el tiempo. A dónde se va. ¿Hay una oficinita de tiempos perdidos?
Pienso en mi hijo y me digo: por qué pierde tanto tiempo. La vida no dura para siempre. También: es la edad de perder el tiempo.
Creo estar en la mitad de mi vida y por esta creencia sin bases —podemos desaparecer mañana— decidí coger al tiempo por los cuernos, porque siento que el tiempo se aceleró tras la pandemia, una especie de agujero de gusano hacia nuevas posibilidades. Nuevos yos. Bueno, al menos, esa sensación ha sido la excusa para hacer más, no hacer por hacer o más por más, sino más de lo que quiero, más de lo que me gusta, ir por más. Tampoco como una carrera contra el tiempo ni contra nadie: un estar más liviana, conmigo. Además, puede que en la siguiente pandemia no corramos con tanta suerte.
El autor desconocido de Un día de poesía… escribió:
Desastre emocional que te lleva a la deriva.
Calamidad
Desastres naturales: huracanes, terremotos, sequías, tsunamis.
Desastres provocados por el ser humano: contaminación, incendios forestales, guerras, derrames de petróleo, explosiones industriales.
Desastres biológicos: pandemias, plagas agrícolas, enfermedades transmitidas por animales.
Desastres socioeconómicos: migraciones forzadas, hambrunas, crisis, pobreza.
¿Cuántos desastres emocionales has sufrido en tu vida?
¿No es el ser humano el origen de todos los desastres?
Muchos dirán que dios. O el diablo. Muchos dirán dios = diablo.
Haz tu top 5 de tus desastres emocionales.
Fluir o ir a la deriva, ¿es lo mismo?
Vamos a la deriva desde que nacemos.
Top 1: nacer.
Demasiado drama.
Ir recogiendo los pedazos del naufragio: vivir.
Armarse.
Llegar a una orilla: morir.
¿Será morir un desastre emocional para el muerto?
Mi abuela: qué calamidad.
Calamidad doméstica.
Un tubo roto.
Una relación rota.
Un hogar inundado de lágrimas.
Un cuarto vacío.
Una guerra entre seres queridos.
Cabezas incendiadas.
Explosiones de palabras.
Aire contaminado.
Derrames negros.
Cuerpos secos.
Epidemia de tristeza.
La casa hecha escombros.
Calamidad: Recordatorio usualmente claro e inequívoco de que los asuntos de esta vida no están a nuestras órdenes. Las calamidades son de dos tipos: desdicha para nosotros y buena fortuna para los demás. (Att. Ambrose Bierce).
Bierce dice que la lengua es la música con la que encantamos a las serpientes que custodian el tesoro ajeno.
El autor de Un día de poesía… la define como: Peligrosa influencia que te puede matar.
Curioso cómo se oponen las metáforas, en el sentido de que en la primera es un instrumento para hechizar, mientras que en la segunda es en sí misma el hechizo. En una, las serpientes obstaculizan el objeto del deseo, en la otra las lenguas seducen y dominan el deseo.
Lengua viperina.
Labia.
Me pregunto cuál es la historia detrás de este participante anónimo. Qué experiencias están detrás del telón de cada una de las definiciones que se escribieron ese día.
En una hoja, aparentemente anónima, alguien enumera lo que llama:
Decepciones como artista
-Frustración
-Belleza
-Reconsiderar
-Realidad
-Falta de presupuesto
-Trabajo de oficina → (No todo es crear).
El cítrico (y letras ilegibles
¿Podría ser esto último la firma del autor?
Al comienzo del taller les conté que a Ambrose Bierce lo apodaban Bitter Bierce, algo así como Bierce “El Amargo (o Agrio)”, debido a su carácter mordaz, crítico y pesimista tanto en su vida personal como en su escritura. No por nada El diccionario es la obra sarcástica por excelencia.
Otra hoja, sin firmar, contiene las definiciones de Omnipresente y Mentiroso, muestra de cómo algunos se tomaron muy en serio el humor de Bierce.
Poder estar presente en el cielo y en el infierno para estar bien con Dios y con el diablo.
Vendedor ambulante que comercia objetos atribuyéndole beneficios que no posee. Político que pregona las promesas que nunca va a cumplir y lo representa Pinocho.
Bierce:
Mentiroso: Abogado con potestad para ejercer donde y como quiera.
Omnipresente: En todas partes a la vez. Que el poder de la omnipresencia, o de la ubicuidad, se les ha negado a los mortales se sabía ya en la época de sir Boyle Roche, quien dijo en un discurso ante el Parlamento: “Un hombre no puede estar en dos lugares a la vez a menos que sea un pájaro”.
Ser omnipresente:
Estar dentro de la mente de otros. Saber dónde están, con quién, qué piensan. Cómo se sienten. Arma e instrumento. Masoquismo. Sadismo.
Habitar la vigilia y el sueño al mismo tiempo.
Para “El Amargo” Bierce, matar es crear una vacante sin nombrar sucesor.
Para la autora de Diccio…🥕Entre Rejas, es la
Acción que hace el INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario), cuando niega tu libertad.
Ella se siente muerta en vida. Una institución decide si vives o mueres. Una omnipresencia sin cara ni cuerpo.
INPEC = dios = diablo
A veces nos sentimos así: como cargando una muerta por dentro. Y pesa demasiado. A veces son varios muertos. El apego, de nuevo. Yo he muerto cientos de veces, como todo el mundo. Pero cuando algo muere, algo nace, quiero creer. Si no fuera por eso, la expectativa de vida sería mínima. Y casi todos hemos matado, en mayor o menor medida:
virus
mosquitos
una bacteria
pulgas
un hongo
cucarachas
un sentimiento
arañas
la confianza
recuerdos
un amor
Si las miradas mataran.
Y sí.
Esa noticia me mató.
Autoestima: Fantasioso sistema emocional de superación trágica de la realidad.
La definición de Carlos y Paquito hace eco con la de Bierce: valoración errónea.
La autoestima puede derrumbarse al menor soplido, y cuando eso sucede nos damos cuenta de lo ficticia que resulta. Hay quienes la tienen como el Everest. O como una pirámide floja de cartas. Fffuuhhh. Plaafff. ¿Será posible hacerse fortaleza, montaña? Cuando termina el taller creo que he puesto un nuevo cimiento dentro de mí.
Sandra y yo estamos de recoger con cuchara. Todos aplaudimos mirándonos. La mayoría de los participantes nos agradece y se lleva su ejemplar de El diccionario del diablo. Mientras recojo el desorden se acerca un participante y quiere que lea algo de lo que escribe. Ya lo tiene listo en la pantalla de uno de los dos computadores de la biblioteca. Me siento sin cabeza para pensar en algo más, pero, aun así, leo un par de páginas. Son relatos. Su mirada sobre mí. Escudriña mis reacciones. Espera que lo ayude a publicar su libro, mientras sale. Me cuenta que cometió errores. Algo sobre la traición. Que su hijo estudia en una de las mejores universidades de Colombia. Soy un puente entre el adentro y el afuera, no puede dejar pasar la oportunidad. Pero quién soy yo.
No me acabo de levantar cuando me aborda otro participante que escribe. Me dejo llevar hacia el otro computador sin ninguna resistencia. Esta vez son poemas. Su hija: muerta. Leo y leo y leo. Hay agua en mis ojos. El hombre está demasiado triste. Le queda demasiado tiempo encerrado. No sé qué decir. Son buenos. Pero quién soy yo.
No le doy mi correo a ninguno de los escritores. Me parece recordar que la muchacha de planta nos dijo que es mejor así. ¿O yo lo pensé? No puedo hacer nada por ellos, yo misma no publico un libro hace siete años.
777
777H2
El muchacho llega tal como lo dijo. Me gusta como habla. Y su pelo. Recuerdo que lo vi entrar por el portón, a las siete, con un libro en la mano, un mamotreto, mientras esperábamos. Nos lleva de regreso por los mismos vericuetos, nos devuelven las cédulas, a Sandra le vuelve el aliento, nos abren la última reja blanca, unos pasos más, quisiera flotar, hasta nuestras cosas, adiós, muchacho, muchacha, gracias, hola, coordinadora, nos lleva, unos pasos más, hacia la salida, adiós, coordinadora, gracias, atravesamos el portón, tocamos el suelo de la calle y quisiera teletransportarme a mi cama, reír y llorar al mismo tiempo, dormir dos días, comer, digerir esto, pero no, aún nos quedan muchas cuadras por caminar hasta la avenida, un taxi, hasta la siguiente estación, un taller más, uno más, que saldrá muy regular, por no decir pésimo, o no tanto, quizás, el drama, el cansancio, lo dejé todo allá, tras ese portón, todo, todo, todo.
