Bitácora de mi aislamiento en La Habana

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Después de nueve días de haber vuelto a su país, nuestra editora cubana Mónica Rivero narra sus vivencias a propósito del aislamiento obligatorio en una residencia estudiantil en el municipio de Cotorro, sur de La Habana.

Jet privado

Estos días volar, usar los servicios de una aerolínea, parece un privilegio extraordinario y raro. Ahora viajar en un avión con cientos de capacidades disponibles pero ocupado por apenas 11 personas, como en el vuelo 743 de American Airlines del martes 24 de marzo, da la sensación de que uno va en un jet privado. O que ha recibido permiso para hacer algo prohibido, algo ya remoto aunque apenas un mes atrás el tráfico de millones de personas del punto A al punto B en casi todo el planeta fuera todavía natural. La pandemia nos ha llenado de barcos en puerto y aeronaves en tierra. Nada zarpa, nada despega. 

Estos días el mundo parece un plató sin actores, tanto espacios abiertos como espacios cerrados previstos para grandes congregaciones. En vida, son nuestros fantasmas los que llenan avenidas, plazas y estadios.

El Aeropuerto Internacional de Miami, donde hice escala camino al José Martí, era un conjunto de grandes salas vacías. Después de conocer el trasiego de miles de personas, los comercios, el movimiento de equipajes, recibimientos y despedidas, encontrar esa escena de silencio, pasillos sin transeúntes y asientos desocupados fue una experiencia distópica.

El Boeing iba ligero. Quizás por obra de mi imaginación sentí que levantó vuelo más fácil de lo normal y, luego, que flotaba en el aire.

Sin embargo al cruzar el Estrecho, el muro de agua, la cortina de hierro invisible entre Cuba y Estados Unidos, del imperio a la patria socialista, o de la tierra de la libertad al régimen totalitario, los 45 minutos parecieron mucho más. Son días raros de tiempo elástico.

El aeropuerto de Miami, prácticamente vacío. Foto: Mónica Rivero.
El aeropuerto de Miami, prácticamente vacío. Foto: Mónica Rivero.

«Bienvenida a la patria» y felicidades

Una vez que tocamos tierra en La Habana y el avión llegó al túnel que conduce a la puerta del aeropuerto, nos esperaba el suelo cubano cubierto por una alfombra rota y manchada. Así estaba también la mesa donde dos personas anotaron nuestros 11 nombres y nos entregaron un pase de autobús con un número. De ahí fuimos a esperar equipaje: la única maleta permitida, de 23 kilogramos.

La noche anterior habían anunciado en la Televisión Cubana que no se admitiría más de una maleta por persona. Yo llevaba varios meses en Estados Unidos, y regresando a la «escasez coyuntural» y en medio de una emergencia como esta, cada alfiler que yo o cualquiera pudiera «entrar al país» sería necesario y aprovechado. Pero no se pudo.

«Aquí no hay ni pa miar«, le gritó una holguinera a su hijo por teléfono desde la sala donde esperábamos un transporte hacia lo desconocido, como para que lo supieran él y todos. «Cuando me lleven para donde-me-lleven, yo te llamo para decirte si estoy viva o estoy muerta».

La holguinera trabaja como niñera en los Estados Unidos pero pensó que sería mejor pasar esta crisis en su casa cubana. Salimos juntas desde Phoenix, Arizona; la escuché llorando en el Sky Harbor: había dejado dos niños atrás, y su madre en la Florida debe dinero y se quedó sin trabajo.

En la sala de espera donde estamos no hay baño ni agua para beber. Pero el tema preferido entre los recién llegados es el sacrificio de la segunda maleta. Un matancero se las arregló para traer de todas maneras una escopeta de pellets, para «tirarles un poco a las latas». «Ahora la cosa está mala y nada, hay que buscar en qué entretenerse». La cogió en una rebaja en Walmart, menos de 60 dólares porque no tiene mirilla telescópica.

En Estados Unidos no hubo largas filas solo en establecimientos de comida: la venta de armas de fuego y municiones se ha disparado, valga la palabra. Un vendedor de Tulsa, Oklahoma, reportó un aumento del 800 por ciento en las compras. Estos proveedores han quedado exentos del cierre total, bajo argumento «de seguridad».

Según la AFP, la mayoría son compradores primerizos y no tienen preferencias: se llevan lo que esté disponible. Algunos lo hacen animados por el mismo plan de tirarles a las latas en medio de su aburrimiento; pero la mayoría tiene miedo, alimentado por paranoias apocalípticas de que el Estado colapsa, la sociedad es presa de un caos, y un grupo se impone por la fuerza, como en Ensayo sobre la ceguera –aunque no lo sepan– o simplemente prevén inestabilidad social a medida que la crisis por la pandemia siga su escaladaHay todo tipo de teorías y proyecciones. Y mercado que las aguante.

Doris, de Alamar, sacó comida de su equipaje y la dejó en Miami, pero conservó la carriola para su nieto de 3 años. Hubo que tomar decisiones trascendentales como esa: comida vs carriola.

La primera vez que regresé a Cuba me pregunté si nadie había nombrado un tipo de fobia a hacer maletas de vuelta a la isla. Necesitamos todo, cualquier cosa, una curita, un televisor, un paquete de café, unas pastillas. Alguien podrá cuestionar la elección de Doris, pero ella «con el niño no entiende».

«Dame», me dijo la oficial de Aduana para pedirme el pasaporte. Pensé decirle «Coge» pero desistí de imitarla. Le agradecí amablemente y le deseé un buen día pero no me miró.

Una vez que pagamos la importación nos entregaron una merienda, sin que mediaran palabras. Entonces recibimos la instrucción de pararnos a esperar que nos llamaran según la provincia de nuestros domicilios. Desde que salimos del avión había pasado casi una hora.

Con una sola maleta de 23 kilogramos cada uno, esperando en el aeropuerto «José Martí» de La Habana. Foto: Mónica Rivero.
Con una sola maleta de 23 kilogramos cada uno, esperando en el aeropuerto José Martí de La Habana. Foto: Mónica Rivero.

La medida de aislar a los recién llegados se aplicó a partir del martes 24 de marzo, día de mi llegada, porque la instrucción de auto aislamiento no estaba dando resultado. Las decenas de contactos de los contagiados que habían llegado del exterior demuestran que una vez en Cuba y antes de tener síntomas, no limitaron sus encuentros con familia y amigos.

No estaba permitida la entrada ni la salida de la terminal aérea, excepto al personal involucrado en la operación de traslado, y nosotros por supuesto.

Supimos finalmente que los de La Habana nos iríamos al Cotorro. Una vez recibida la señal, cargamos nuestro equipaje hasta la guagua, a pesar de estar rodeados de brazos desocupados. Dijeron que tenían instrucciones de no interactuar con nosotros ni nuestras maletas, que ya habían sido desinfectadas dos veces con un chorro de agua con cloro.

Durante el recorrido uno que conoce el municipio «como la palma de su mano» criticaba la ineficiencia de la ruta, aun sin saber exactamente a dónde nos dirigíamos. Empezó a fantasear en broma con un plan de fuga. Antes había preguntado si queríamos que secuestrara la guagua, en un momento en que el chofer bajó. Todo risas, detrás de nasobucos.

Seis personas se fugaron de su centro de aislamiento en Sancti Spíritus y van a enfrentar dos cargos ante la justicia. Dicen que uno dio positivo al virus.

Después de un recorrido un poco accidentado, guiado por una patrulla de policía y llamando la atención en las calles todavía llenas de gente, la guagua llegó a la residencia estudiantil «Fermín Valdés Domínguez».

Un doctor nos recibió y nos dio detalles sobre los horarios de comida y algo más. «Mi tía, traiga eso para acá que nadie se lo va a llevar», le dijo un enfermero a una señora que no se apartaba de sus bultos, al sol y del otro lado de la callecita de la entrada.

Hay unos cuatro edificios de hasta tres plantas, conectados por pasillos con piso de granito. Hay aire acondicionado pero la indicación es que los espacios se ventilen solamente a través de las ventanas. Corre brisa, pero hay mosquitos, y para taparnos solo tenemos colcha. Entre mosquitos y calor, la mayoría escoge calor.

La residencia estudiantil «Fermín Valdés Domínguez» del Cotorro, lugar del aislamiento del grupo. Foto: Mónica Rivero.
La residencia estudiantil «Fermín Valdés Domínguez» del Cotorro, lugar del aislamiento del grupo. Foto: Mónica Rivero.

Empezamos a mezclarnos con otros viajeros. Algunos países de procedencia no despiertan mucha simpatía entre el grupo. Estados Unidos el que menos, después de Italia y España.

En cubículos de 12 personas distribuidas en literas a unos tres metros de distancia entre sí no tardaron en empezar las videollamadas. Podían escucharse 22 voces a la vez. Nadie estaba usando audífonos. Yo, sin línea ni Internet tenía tiempo para observarlos a ellos.

Somos unos 300, según me dijo alguien de servicio. Este personal consagradamente nos prepara y sirve desayuno, almuerzo y comida, se arriesga a estar en contacto con personas que vienen de todas partes del mundo. Deberán permanecer en aislamiento 14 días más después de nuestra salida de la residencia.

Los sanitarios a cargo del lugar tienen poca capacidad de imponer un régimen de disciplina, y para cada uno de nosotros por separado es difícil tener alguna influencia sobre el grupo en general. La mayoría se autoimpone una rutina de distanciamiento; pero también hay gente que, decidida a pasar estos días como si estuviera en un retiro recreativo, se aglomera, grita, la pasa bien. 

Hasta el día 30 de marzo éramos 2837 personas –73 extranjeros– ingresadas para vigilancia clínico-epidemiológica en este tipo de centros, reutilizados por ahora para este de aislamiento.

Los baños son mixtos: hombres y mujeres de distintas edades se pueden bañar en las mismas duchas, que tienen entre todas solo uno o dos tragantes. Usan los mismos inodoros y el mismo espacio de aseo personal. Una señora se rio contando que acababa de ver a un hombre desnudo, a otra la vieron en ajustadores. A esa no le da risa. 

Una tercera llora. Se tira en el piso y dice que ella no va a quedarse aquí. Habla por teléfono todo el tiempo. Finalmente se queda y poco a poco mejora su ánimo. Yo voy viendo todo, como si estuviera reportando y no fuera, como soy, una más. Sentirme en esa posición me da sin quererlo la ventaja de colocarme en otro plano, tomo distancia de mi propia situación.

En mi cubículo somos todas mujeres, procedentes de República Dominicana, Rusia y los Estados Unidos. Algunas nada más traen ropa de invierno; nadie estaba preparado para venir directamente del avión al internamiento. Otros que llegan de Nicaragua se quejan por tener que compartir espacio con personas que vienen de países con índices de contagio más altos. «¡De donde nosotros venimos hay dos casos!»

Estamos rodeados de cocoteros, palmas y flamboyanes llenos de pajaritos. Desde mi cama junto a la ventana veo y oigo vacas, gorriones y zunzuncitos. Después de una sobre exposición a las noticias, el silencio y la desinformación en que nos sumimos en esta escuela al campo disimula la crisis. La naturaleza sigue su curso al margen de nosotros, de nuestra angustia e infunde una extraña paz; las cosas recuperan cierto sentido. Parece mentira después de tanta alteración de lo que tenemos por normalidad.

Que el sol siga saliendo, la brisa soplando, la lluvia cayendo y los pájaros volando, haciendo sus nidos o lo que sea que los ocupa en su ajetreo diario de aquí para allá, manda una señal tranquilizadora de piloto automático, de que en efecto un orden ajeno al control humano se está ocupando, a pesar de todo, de que este mundo siga girando.

Alguien comenta que está en camino una guagua llena de gente que llegó de España. «Ay, ¡no!», dice una que viene de Rusia. Cuando ella iba a entrar, otros dijeron «Ay, ¡no!» también. Cuando llegué yo y preguntaron de dónde venía y dije «Estados Unidos», dijeron «¡Ave María!».

Esperando para entrar al comedor. Foto: Mónica Rivero.
Esperando para entrar al comedor. Foto: Mónica Rivero.

En la noche hay una actualización de telenovelas. Las que estaban fuera de Cuba por un mes ponen al día a las que llevaban varios meses. No quedé muy al tanto, pero ya sé que el personaje de Gloria Pires le donó un órgano a una hija que la había rechazado, hay alguna historia sórdida de madre e hija compartiendo sin saberlo la misma pareja, y hay, como es debido, hijos ilegítimos y fortunas ocultas.

Ellas no lo saben, pero en su compañía este primer día de confinamiento bajo vigilancia sanitaria cumplí 31 años.

Fuera del mundo y su pandemia

El 26 de marzo me encontré en el comedor con un fotógrafo que conozco de Facebook. Nos pusimos a conversar y estábamos hablando mal de las redes sociales cuando me dijo que alguien estaba intentando demostrar su punto de que Elpidio Valdés era un personaje machista. Le pregunto a qué venía todo eso y fue así como supe que ese mismo 24 de marzo murió Juan Padrón.

Al día siguiente supe que también en mi cumpleaños había fallecido el dibujante francés Uderzo, “padre” de Astérix y Obelix. Cuando estudiaba en la Alianza Francesa podíamos sacar de la mediateca el libro que quisiéramos. Yo siempre saqué Astérix y nada más.

Después de explorar algunas opciones, surgió la idea de recargarle a mi vecina de cama para poder usar su teléfono como un punto wifi al que conectarme. Hay dos redes en esta escuela, pero no tenemos acceso a la contraseña.

Apenas me conecto a Internet se abre el torrente de información de todo tipo: de calidad y precaria, fidedigna y fake; con las limitaciones de una conexión cara, con bloqueos y no siempre veloz. Me entero de que se suicidó una enfermera italiana. Trabajaba en cuidados intensivos, dio positivo al virus y decidió quitarse la vida. Una en Venecia también.

Conozco por la prensa cubana el protocolo de manejo de los cadáveres en el país. Los cuerpos irán a una bolsa con cremallera y no se podrá tener ningún contacto con ellos. La decisión de enterrarlos o cremarlos será de las familias.

Sé que mi roommate de Montenegro ya dejó Phoenix y está en Podgorica, también aislado, en un cuarto minúsculo junto a tres personas más, impedido de salir. Pienso que no estoy tan mal después de todo. Especialmente ahora que nos movieron del cubículo de 12 a uno de 4 con el mismo espacio, después de que trascendieran muchas quejas por las condiciones en que estábamos, y de que alguien filmara y publicara el escándalo que dio un grupo que llegó desde Europa, por las mismas razones.

Desde entonces el personal fue más insistente en su dulzura, la atención y el monitoreo comenzaron a ser mucho más sistemáticos, incluyendo más control de la temperatura y cambio constante del nasobuco.

El tiempo está tan condensado ahora que se puede amasar. Podrían sacársele ocho novelas inventando capas y capas de realidad en medio de esta pausa, poniendo tantas tramas posibles, tantos hechos a acontecer.

Se me ocurrió una por ejemplo: es la historia de dos que se conocen en un centro de aislamiento. Del rostro nada más se han visto los ojos, por encima del nasobuco; hablan mucho pero a dos metros de distancia, y solo tienen los afeites y adornos que les ha permitido un equipaje de mano, prendas mal combinadas, los únicos zapatos… Llegado el momento no podrán acariciarse ni tocarse, mucho menos besarse. Pura contención. 

«Nombre y temperatura, muchachitas», nos solicita la enfermera unos minutos después de habernos dejado con los termómetros puestos. Bastan 37 grados para ser remitido a otro centro. No serviría de nada mentir, ellos chequean.

Varias veces al día el personal médico monitorea la temperatura y el estado general de quienes están en el aislamiento. Foto: Mónica Rivero.
Varias veces al día el personal médico monitorea la temperatura y el estado general de quienes están en el aislamiento. Foto: Mónica Rivero.

Pasa un médico con dos bolsas, una para los nasobucos usados, otra para los limpios. «Mira a ver no te vayas a confundir, bróder», lo provoca uno jugando.

A una muchacha le gusta adivinar cosas del portador anterior de su nasobuco, si fumaba, si comió carne o algo con grasa, si se echó perfume. Yo siempre les siento el mismo olor a plancha. No tengo quejas.

Pusieron jabones en los lavamanos del baño y redujeron la concentración de personas por cubículo. Hasta las bandejas del comedor se ven más limpias. Todo el mundo tranquilo, algunos hasta contentos. El ambiente de insurrección de las dos primeras noches se ha diluido por completo.

El traslado a otro bloque ha tenido otras ventajas para mí y las otras tres que vinieron. Dejamos atrás a un grupo bullanguero que dominaba el piso, baño incluido. Ponían música alta y sonaron desde «Bajanda» a «Another brick in the wall». Las dos canciones me gustan, pero a ellos no los extraño.

Cuando nos vieron salir con nuestros bultos se lanzaron con un par de chistes verdes. Era previsible, y no es escaso. Hoy una muchacha desde una ventana pidió a dos hombres que estaban en los bajos sentados muy cerca que se distanciaran entre sí, que 2 metros por favor. «Dos metros tenemos, sí… entre los dos!», le contestaron.

En nuestro piso ahora hay solo dos hombres.

Otro idioma

Supe que mi mamá empezó a hacer nasobucos a mano. Me la imagino con aguja e hilo, entregada a la costura con la cara dulce que pone cuando cose. «Estoy como Penélope», me dice, pero sin descoser por las noches.

Aquí hay quien le dice «nasabuco» y ya leí «masabuco» también. Igual le dicen mascarilla, máscara o tapaboca. Aislados, cuarentena, contagios, test rápidos… son las palabras del idioma de estos días, el vocabulario virulento que se oye al azar si se camina por un pasillo, o se escucha al de la habitación contigua hablando alto por su celular.

De cuarto en cuarto circulan todo tipo de rumores, desde cambios repentinos en el horario de almuerzo hasta supuestas confirmaciones de contagio de última hora. Las fuentes son de lo más diversas, casi siempre directas y de una atribuida autoridad incuestionable. Como dicen en España, «aquí todo el mundo tiene un cuñado».

Seguimos en Worldometers los casos de coronavirus en Estados Unidos, en tandas de miles. El Noticiero Nacional de Televisión que vemos en el televisor colectivo del piso, guardando distancia entre nosotros, también nos trae las malas noticias de «la rica nación norteña» y «la desarrollada Europa», forzando cierta ironía vengativa contra el capitalismo. 

La vida como movimiento, la cuarentena como muerte

Soñé de nuevo con mi papá. Esta vez no hablábamos, él estaba acostado en el cuarto donde crecí, durmiendo en una posición en que solía hacerlo. Yo quería estar con él para cuidarlo. La primera noche que pasé en aislamiento aquí soñé que estábamos en una playa, en Caleta Buena, y él se recostaba hacia atrás para flotar en el agua. Yo lo sostenía por la espalda. En ese momento empezaba a llorar y él me preguntaba si no podía dormir, le decía que no era eso, sino que lo extrañaba mucho. Mi papá me contestaba «pues ningún ser humano va a estar contigo toda la vida, para que sepas». «Candela, suena a una cosa de él», me confirmó mi hermana cuando se lo conté al otro día por chat.

La vida es frágil, lo único que hace falta para morirse es estar vivo, la muerte forma parte de la vida, la muerte es natural, etcétera. Eran cosas que él decía. Pero nunca habíamos lidiado con esa verdad tan a diario como en los últimos meses. Que baste tocar a alguien una vez para que algo que ni siquiera podemos ver desencadene un efecto de letalidad inestimable, y que nuestra rutina diaria se haya desestructurado de una manera tan violenta.

El encierro me hace pensar en los presos, en los judíos escondidos, en los zoológicos y los acuarios, en los que hacen reposo absoluto, con las diferencias de cada caso. Pienso en «Carta a una señorita en París», en cuántos conejitos nacerían en esta reclusión universal, en cuántos pelos van a crecer, cuánta barba, cuántas horas se van a amontonar, cuánto músculo quedará atrofiado, cuánto dinero sin producirse, ganarse o gastarse, dinero-parado-es-dinero-muerto, cuánto cansancio de descansar. Me pregunto qué mundo enrarecido habitan los que no pueden recluirse ni vegetar completamente ni a medias.

Hay varias cosas en común entre este confinamiento domiciliario y la muerte, sobre todo fantaseando con alguna forma de consciencia post mortem que debe parecerse a lo que sentimos ahora cuando pensamos en nuestra vida prepandémica. Lo que teníamos quizás no era perfecto mas se acercaba, como la canción –nos parece ahora– a lo que simplemente soñamos.

Hemos dado por inagotables muchas cosas que hoy serían un lujo: libertad de movimiento, visitarnos, llenar lugares, comer y beber en compañía, escuchar música o bailar juntos, vernos sin que medie una pantalla, tocarnos… Había planes muy sencillos y planes muy complejos, a realizarse a corto, mediano o largo plazo, viajes de paseo o emigración, bodas, bautizos y cumpleaños, con más o menos recursos, producidos con mejores o peores recursos, con muchos invitados o con pocos. Algunos se han pospuesto, y otros han debido cancelarse.

Si hubiéramos podido saber, si hubiéramos podido aprovechar, si hubiéramos entendido cómo todo eso sí se podía acabar de pronto, irse sin avisar.

¿A dónde estaba yendo el relleno de nuestras horas, y a dónde van ahora todos estos ciclos superpuestos? La vida seguramente no es esto, pero ¿acaso era aquello? El mecanismo, la rueda de alarma que suena por la mañana y se reprograma por la noche.

«Ya es más tarde de lo que crees», «La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes», «Río, porque mañana a lo mejor hay un entierro, una mordida de pantera en lo más mío»… todo el mundo lo ha dicho a su manera.

Quizás con este ensayo se aprenda la lección por las malas, que no son todavía las peores porque sigue siendo, para la mayoría, un ensayo. Nada y nadie es para siempre. Y es esa destrucción silenciosa, esa fugacidad, lo que nos hace valiosos. Somos porque no somos eternos.

Se siguen por televisión los partes de las 11 de la mañana, los noticieros y la novela. Foto: Mónica Rivero.
Se siguen por televisión los partes de las 11 de la mañana, los noticieros y la novela. Foto: Mónica Rivero.

Números y letras

Los muertos del coronavirus han sido más edades que personas. «Murieron dos más», alguien dice, y no demora la pregunta esencial: «¿Qué edad tenían?» «¿Se sabe las edades de los de Italia?» El drama se estima en el número de años de las víctimas mortales. Entra el número a la cabeza y viene la revisión rápida: cuántos años tiene mi mamá, cuántos mi abuelo… Cuántos tengo yo.

Una amiga de Filipinas conoce a dos que murieron, una periodista y una profesora, y otro que acaba de dar positivo, un médico. La pandemia se ha manifestado de una forma muy concreta para ella. Así la imagino también para Clara Paone, mi amiga médica italiana, atendiendo ella misma a pacientes con Covid-19 en Boloña, desde hace semanas.

Hoy murió en Turín el señor dueño del bar, en los bajos de la empresa de mi novio. La empresa circuló un mensaje entre todos, dando la noticia y expresando condolencias. La gente iba a almorzar allí, y a darse algún trago y tertuliar después del trabajo. Me gustan esos lugares italianos donde el dueño es quien te atiende, como si estuvieras en su casa. Y si el dueño es viejo, significa que su casa ha recibido a mucha gente por mucho tiempo. O eso es lo que parece, y con eso basta.

Fausto Lazzaretti es la primera persona que muere de coronavirus de quien tenemos una referencia tan directa. Y toma apenas eso que esta tragedia deje de ser solo un número, porque hay un momento en que ya 694 pareció igual a 873 y luego a 11000. Pero basta que una sola de esas unidades deje de codificarse en dígitos y se convierta en una combinación de letras, en un rostro con el que se tuvo una historia, para que la cuenta se ajuste más a esta verdad.

Rutina

Está lloviendo. Aquí esperamos que la perra satica parida que corretea alrededor del comedor esperando sobras de comida, tenga donde guarescerse con sus cachorros. Yo, cumpliendo una semana de aislamiento lejos de mi casa. Me quedan siete días por delante.

A diario me aplico al agua y el jabón minuciosamente y me pongo algún bálsamo después, para aliviar un poco la deshidratación de la piel, solo hasta el próximo lavado de manos. Es un acto tan repetitivo que ahora parece permanente. Lavado de manos, bálsamo, lavado… A las 9, el aplauso a los médicos, también aquí. Pero eso no nos cansa como lavarnos las manos.

Es el momento de máxima conexión que podemos llegar a tener, siendo parte de una red, de algo más grande y numeroso que nosotros mismos, ahora que un virus nos obliga a imponernos distancia. Somos porque no somos eternos, y también porque somos más que uno.

Postdata…

Esta tarde del 1 de abril han comenzado a hacernos el test rápido a las personas que estamos en este aislamiento en toda Cuba.

La prueba permite conocer, a través de una muestra de sangre, si estamos infectados por el coronavirus.

Este análisis detecta en menos de media hora si nuestros sistemas inmunológicos han respondido a la infección generando anticuerpos.

La buena noticia es que mi prueba dio negativo y también las de quienes me acompañan en este aislamiento.

Esta crónica es cortesía de su autora y OnCuba

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