Una crónica sobre entender y acompañar el olvido en la Amazonía peruana.
Las señales de alarma que mostraba Guillermina González (64) no eran del todo claras. Para su esposo, Samuel Ramírez (69) primero fue la apatía y la confusión de quién era quién. Los llantos inconsolables llegaron después. Más tarde, surgirían las alucinaciones y la insistencia de querer volver a casa. “Pero si aquí en Yarina estás en tu casa”, insistían Samuel y sus hijos.
Quizá la casa a la que quería volver Guillermina era la de su infancia, en la comunidad nativa de Nuevo Saposoa, un rincón de la Amazonía peruana en la región de Ucayali que limita con Brasil. Para llegar hay que viajar unas cinco horas en barca de motor desde Yarinacocha, una laguna cercana a Pucallpa, la capital de la región.
Es una de las 150 comunidades de la etnia shipibo-konibo asentadas a lo largo de las cuencas del río Ucayali. Allí, Guillermina traveseaba junto a sus hermanas Reina, Lindaura, Zoila y Amalia —pescando carachamas en las cochas, corriendo entre los cultivos de yuca, plátano— y jugando a las escondidas entre las casas de galpones grandes, cercadas de caña y cubiertas de palma.


Guillermina ya no recuerda los días de las carachamas ni de las lanzadas al río, ni de las cortezas y hojas perfumadas de los árboles, ni de los viajes en canoa con su padre —que era enfermero técnico—. Tampoco recuerda el día en que su hermana Zoila, que apenas tenía trece años, fue entregada a su futuro esposo por su tío.
“Lo que tiene Guillermina es mal de memoria —dice Samuel Ramírez la primera vez que conversamos—. Su mamá tenía lo mismo y ahora su hermana Amalia también sufre de lo mismo. No tenemos explicación, no entendemos de qué viene eso, qué es lo que causa esos trastornos. Nos preguntamos, qué han hecho nuestros antepasados para que nos pase esto y por qué ahora viene en cadena este problema. Nuestros hijos tienen miedo de heredarlo”.

Samuel y su familia han pasado años intentando entender qué ocurrió con Hortensia, su suegra y madre de Guillermina, quien pasó sus últimos años confundida, sin reconocer a sus hijos, haciendo berrinches, evocando el pasado con insistencia, sumiéndose en un remolino de repeticiones y en algunas ocasiones extraviándose en las calles. En el 2012 vieron los primeros síntomas cuando su comportamiento empezó a cambiar. No dormía, deambulaba por los alrededores y creía ver cosas que nadie más veía. Su desconcierto se agudizó al mudarse a la zona urbana de Yarinacocha donde los letreros de neón lanzaban rayos de luz que la hacían estremecerse. Hortensia murió y la familia nunca supo de qué.
En determinados contextos de las creencias del pueblo shipibo-konibo, jakon nete —el espacio sano o maravilloso— es, ante todo, equilibrio: entre el hombre y su propio espíritu, entre él y su familia, quienes lo rodean, la naturaleza y las fuerzas y seres que la habitan. Cuando ese equilibrio se rompe, puede haber consecuencias que se traducen en distintas formas. Sin embargo, para las hermanas González esas creencias ya no tienen el mismo peso que tenían antes. Con el tiempo, muchos miembros de los pueblos originarios que han pasado a vivir en entornos más urbanos han dejado de lado sus raíces y creencias. Esto no implica que confíen en el precario sistema de salud que ofrece el Estado. Rara vez visitan la posta o el hospital.
“A veces la gente no nos pone atención —asegura Samuel con un aire de congoja—. Queremos que nos atiendan y nos miran raro porque somos indígenas. Tampoco falta quien diga que nos han hecho un mal, yotoa. En nuestra comunidad creemos que los árboles como el shóno (la lupuna) tiene el poder de hacer daño. Mi abuelo era brujo y me soplaba cuando tenía algún mal. Pero ahora nosotros ya casi no creemos. Lo único que queremos es entender esta enfermedad. Guillermina antes conversaba, bailaba y cantaba con otras mujeres, hasta daba consejos, ahora nada. Aquí le decimos shinan keyotai que significa que se acaba el pensamiento o la memoria”.


Según una tesis de la Facultad de Medicina Humana de la Universidad Nacional de Ucayali, basada en 112 adultos mayores atendidos en el Hospital Amazónico de Yarinacocha entre enero y junio de 2025, el 57,14% presentó deterioro cognitivo leve, el 18,75% moderado y el 1,79% severo. Es decir, más de tres cuartas partes de los pacientes evaluados mostraba algún grado de afectación cognitiva.
Casi no existe información sobre la prevalencia de la demencia en las poblaciones indígenas, y mucho menos servicios de salud culturalmente adecuados para el adulto mayor indígena. “Esperar que llegue hasta estas comunidades una cobertura sanitaria capaz de diagnosticar correctamente y de contar con recursos para tratar a los pacientes es una fantasía” —asegura Hugo Alejos, director del diario La Voz Ucayalina quien confirma que la situación del sistema de salud en la región es compleja y precaria, partiendo de la falta de personal especializado y la infraestructura hasta el equipamiento de los centros. Sin embargo, hay algo más fundamental: habría que empezar por algo básico: valorar el lenguaje como el primer paso para entender la salud de alguien.
Y es que, de acuerdo con el pensamiento indígena, las palabras generan vínculos; no solo describen la realidad, sino que también tienen un carácter performativo. Pedro Favarón, o Inin Niwe —nombre shipibo que significa viento perfumado de la medicina— es comunicador social, periodista, investigador, poeta y comunero empadronado de la comunidad de Santa Clara de la nación indígena shipibo-konibo. Entre sus diversas investigaciones en torno a los saberes ancestrales del pueblo shipibo-konibo, habla de la importancia de tener recato lingüístico. Es decir, tener prudencia al usar la palabra porque esta puede herir o sanar.
“La palabra hermosa, la palabra buena, la palabra legítima es la que permite nutrir los vínculos del parentesco, cuidar del estar en común. Dentro del pensamiento indígena se considera que todo comunica. La palabra buena también genera vínculos con el resto de los seres vivos. Desde las comprensiones indígenas es posible hablar con el sol, es posible hablar con las montañas, es posible hablar con el río. Esta buena palabra es la que teje los vínculos, al interior de la red de parentesco, pero también los vínculos cósmicos”, dice Favarón en una entrevista que se le hizo acerca del libro publicado en 2023 por la editorial Pakarina: Non Onan Shinan. Los mundos medicinales y la sabiduría de una familia shipibo-konibo.

***
Una mañana calurosa nos dirigimos a casa de Samuel y Guillermina esquivando charcos y pisando lodo entre una fila de mototaxis bulliciosos. De la tierra colorada brota un vaho, el vapor que sube cuando la lluvia sorprende al suelo aún caliente por el sol. Ese calor delirante de la Amazonía, que no da tregua —y que se convierte en un sudor pegajoso que brota en el cuello y las axilas y va recorriendo cada hendidura del cuerpo—, atonta.
Desde la entrada de la casa de la familia Ramírez ya se puede ver una ventana con rejas de fierro en forma de rombos enmarcada por paredes de madera curtida y un techo de calamina oxidada. Unos pasos más ya se asoman los baldes coloridos y grandes cacerolas que vienen recogiendo agua de lluvia para el consumo. Aquí no hay agua potable ni un servicio de saneamiento decente; solo ceremonias protocolares de personajes públicos que prometen cosas que nunca llegan a quienes tienen que llegar.


Así afirma Josué Ramírez, uno de los seis hijos de la pareja —que nos espera sin ocultar su deseo de que traigamos respuestas— mientras nos guía hasta el habitáculo donde están sus padres: un pequeño espacio con muebles de madera, una cama de dos plazas, un camarote, un refrigerador, ropa colgada de un tendal, fotos con imanes en la nevera y una guitarra que más tarde levanta Josué para acompañar la conversación.
Ellos esperan quietos, sentados al borde de dos bancas de madera y con los pies descalzos apoyados sobre la mayólica esmaltada del piso. Guillermina esconde una nostalgia infinita que sus ojos dejan ver como ventanas. Gira la cabeza hacia Josué y, nerviosa, se acomoda el koton fucsia, la blusa vibrante que las mujeres shipibo-konibo usan como atuendo tradicional. Samuel le dice algo en lengua shipiba y ella mueve la cabeza con cierta gracia, pero manteniendo la rigidez que le suscita nuestra visita. Parece estar separada del mundo, indiferente.
No es hasta que Samuel la toma de la mano que ella relaja los hombros y se suelta. Instintivamente, Josué levanta la guitarra del suelo y toca unos acordes que nos secuestran. Nos invitan a escuchar nuestros pensamientos mientras superamos la primera barrera de este nuevo encuentro.
Y entonces, la conversación surge de pronto, primero habla Samuel, bajito —como si al pronunciar las palabras en castellano— la voz se le fuera apagando. Cuando se da cuenta de que no podemos oírlo, alza la voz. “Guillermina empezó a olvidar cuando tenía 58 años”, —dice—. Ahora se le ha dado por juntar vasos y cubiertos y cargarlos mientras camina alrededor de la casa. Como si estuviera haciendo algo. Así pasa todos los días, con vasos, cuchillos, ollas trae acá, está trayendo ollas. Yo la dejo ser, la miro nomás. Ya no es Guillermina”.


Para Samuel, que a veces sufre de asma y no cuenta con ningún tipo de seguro médico, ver cómo su esposa pierde partes de sí misma —día tras día— es difícil de procesar. Repasar el pasado lo ayuda a entender cómo llegaron hasta acá: el día en que dejaron su comunidad para mudarse a Yarinacocha. Recuerda que sus hijos lloraban, que a ellos también se les llenaron los ojos de lágrimas mientras partían. Allá sus hijos no hablaban castellano. Allá la cocha era su mercado, y lo único que había que comprar era sal. Allá pescaban y sembraban yuca y maíz.
“Pero en la comunidad no había progreso para nuestros hijos —dice convencido— ya no era igual que antes. Cada año venían más inundaciones, no se podía sembrar nuestro plátano y después había escasez de alimentos. Aquí la gente viene a refugiarse. Allá también teníamos problemas de salud, pero por lo menos teníamos plantas medicinales —ráo— como caña curativa, piri piri, sangre de grado. Allá Guillermina todavía recordaba”.
De acuerdo con ciertas concepciones presentes en el pueblo shipibo-konibo, Jakon es estar sano. Jakon caya se dice también del espíritu del hombre o mujer que tiene un buen comportamiento. Estar sano está directamente relacionado con el buen comportamiento. Solo quienes cumplen con lo debido y son elegidos logran acceder al Jakon Nete, el espacio sano o maravilloso.
Para los Ramírez, tener salud significa sentirse bien con uno mismo y con la comunidad que lo rodea, es tener ganas de comerse un paiche y ánimo para cubrir la ropa tendida y resguardarla de la lluvia; significa soñar con los seres luminosos, reunirse con otras personas para cantar y estar libre de preocupaciones demasiado pesadas. Es una sensación espiritual, pero también física, sin dolor.
“Casi todos los días me dice ya vámonos. Yo le digo, no vamos a irnos a ningún sitio y la calmo. Pero eso se repite todas las noches a la una de la mañana que se sale de la cama”.

Varias semanas más tarde cuando volvemos a su casa acompañados de una neuróloga, el tiempo fluye al mismo ritmo. El sonido de la vida humana continúa. Siguen los mototaxis andando apurados por la vecindad. Están los senderos de lodo y pozas de agua acumulada por la lluvia, la motocicleta estacionada, los baldes esparcidos y montados unos sobre otros y lanzados por un espacio interrumpido por pedazos de madera.
Y como si nunca hubiesen parado, siguen los ladridos incesantes del perro con cara de general y las risitas de Daniel —el nieto de seis años— que cuida a su abuela Guillermina cuando ella da vueltas en círculo cargando vasos, cubiertos y ollas por el terreno donde conviven varias subfamilias. También la cuida cuando llora, pero se asusta cuando la ve hablar con su propio reflejo en el espejo.
“Ese espejo lo he roto yo — le dice Samuel a la doctora—, ella me dijo un día, hay una señora allí que no quiere salir. Allí está, ¿quién es esa mujer? preguntaba. Otro día la he encontrado dándole de comer con una cuchara. Trataba de darle, pero a quien veía en el espejo, era a ella misma”.
El único que puede interferir durante los momentos difíciles de Guillermina es él. Eso nos lo dijo en el primer encuentro que tuvimos. Hoy lo confirma mientras invita a la doctora a sentarse en el medio de un pasillo iluminado por un rayo de sol que parece fuego. “Quiere plátanos”, dice Samuel mientras se acomoda en una silla de plástico verde.
A lo lejos se asoma un caño hecho con un tubo oxidado de donde brota una manguera verde que se arrastra como una serpiente entre ladrillos rotos. Por algunos rincones de ese patio trasero, las nubes densas y caprichosas se asoman entre aperturas de un cielo celeste y tímido. “Mejor vamos a comprar plátanos donde la señora del frente”, digo, y de la mano y junto a los niños, nos llevamos a Guillermina.

***
Amalia (56), la menor de las hermanas González, empezó a mostrar síntomas hace cuatro años. “Nos dice la gente que un brujo le ha hecho daño —dice su hermana y cuidadora Zoila, mientras se acomoda en una banca en su casa en Nueva Era bajo un techo mal colgado de plástico azul—. Le han hecho daño, así dicen. Pero nosotros no creemos en eso. Nosotros ya hemos visto lo que pasó con nuestra madre y ahora lo estamos viendo con mis hermanas. Empiezan olvidando las cosas, shinan yamai. Hemos llevado al médico de la posta y él ha dicho que lo que tiene ella es un mal de preocupación”.
De las hermanas, Amalia siempre fue la más juguetona y bromista. Su sonrisa permanente y risueña, que deja asomar un diente con funda de oro, delata que todavía es pícara a pesar de la enfermedad. A diferencia de su hermana Guillermina —sumida en melancolía— a Amalia se le escapan carcajadas discretas. Una exaltación infantil que queda marcada en los surcos que se le forman junto a los ojos cuando ríe. Amalia ya no habla, susurra, como hablándose a sí misma y minimizando el uso de sus cuerdas vocales. Hasta el 2022, enseñó a infantes en una escuela rural en el distrito de Callería, en la provincia de Coronel Portillo.
“Ella misma me ha dicho que ya no quiere trabajar —relata Zoila—, la directora le encargaba el trabajo y ella ya no respondía. Ya no quiero irme, me ha dicho un día, ya no quiero regresar al trabajo porque me olvido. Empezó a sentir vergüenza y ya no quiso volver. El personal de la escuela también se ha dado cuenta de que algo estaba pasando, pero nosotras no sabíamos qué era”.
Para llegar a la escuela donde era profesora de inicial, Amalia tenía que tomar una canoa (peke-peke) a través de los caños y tributarios que conectan la laguna de Yarinacocha con el río Ucayali. A veces tardaba cinco horas, a veces más. Solo volvía a Yarinacocha a fin de mes. El resto de los días trabajaba en la escuela, volvía a su habitación alquilada a comer y a dormir. Al día siguiente lo mismo. Hasta que empezó a perder ciertas facultades y tuvo que dejar el salón, la habitación alquilada y mudarse a Yarinacocha con sus hermanas.
“Ahora ya no cocina, ni se asea, ni lava, ni nada —dice Zoila estirando las sílabas de ciertas palabras facilitando la fluidez de la lengua ajena—, solo me hace caso a mí. Calladita nomás anda, habla despacito y bajito, no puedo escuchar nada de lo que dice. Pero sí come y camina bien y duerme tranquila. Eso sí, no va al baño sola, dice que hay gente mirándola. Ella piensa que las personas que aparecen en la cortina son reales, pero son fotos. También juega con los niños, con los gemelos, pero no sabe cómo se llaman”.
En una esquina del terreno está el único baño que comparten todas las familias que conviven en este terreno con pocos rincones de sombra. Se trata de una estructura simple de madera en forma rectangular que rodea el inodoro. La cortina no es sino una vieja pancarta —de alguna asociación que protege los bosques— donde aparecen cuatro campesinos mirando de frente y una especie de guía que está de espaldas mirando el paisaje con unos auriculares. Esos son los hombres que asustan a Amalia cada vez que quiere entrar al baño.
Los gemelos son Paul Steven y Sem Steven, los nietos de Zoila de siete años que hace unas semanas nos encargaron leche condesada para comer con galletas. Cuenta Zoila, que Amalia encontró la lata una tarde cuando nadie la veía y se la vertió a la mazamorra de carachama que estaba cocinándose en la olla. Con la anécdota, surgen las risas en el patio caliente por donde se pasea una perra blanca y flaca a la que siguen unos patos y unas gallinas desorientadas. La risa de Amalia es contagiosa. Más vale reír, piensan ellas, mientras aprenden a drenar el dolor que genera ver envejecer a sus hermanas sumidas en el olvido.
La única y última vez que Zoila llevó a Amalia a una cita médica en la posta más cercana, la diagnosticaron con “mal de preocupación”. Quizá lo que el médico de turno quiso decir era estrés crónico o depresión, pero Amalia no tiene nada de eso. Le preguntamos a Serggio Lanata, neurólogo e investigador clínico del Edward and Pearl Fein Memory and Aging Center, si existe evidencia de que el estrés crónico sea una causa directa de enfermedades neurodegenerativas. Su respuesta fue que no.
“Existe evidencia de que puede contribuir a aumentar la vulnerabilidad del cerebro y acelerar el deterioro cognitivo, en personas que ya tienen una enfermedad neurodegenerativa, a través de mecanismos como el aumento sostenido de cortisol, la inflamación crónica, las alteraciones del sueño, la disminución de la actividad física, y el aumento del riesgo cardiovascular. Sin embargo, el estrés crónico no explica por sí solo la enfermedad”, dijo para aclarar las dudas.
Luego recalcó lo importante que era que el profesional de salud realice una evaluación adecuada y ofrezca información basada en la mejor evidencia disponible. Dijo que atribuir síntomas como olvidos, confusión, o cambios de conducta únicamente al estrés o la ansiedad sin una evaluación clínica bien informada podía retrasar el diagnóstico de enfermedades neurodegenerativas en etapas tempranas. “Un diagnóstico oportuno permite identificar causas reversibles cuando existen, iniciar tratamientos y estrategias de manejo, planificar el futuro, brindar apoyo al paciente y a la familia, y facilitar el acceso a recursos y servicios especializados”, aseguró. Una tarde nos subimos a un mototaxi bajo el sol espeso y recogemos a Zoila y Amalia de su casa en el barrio de Nueva Era en Yarinacocha. Aunque Amalia no suele dejar la casa, esta vez la han preparado para que salga con nosotros a comprar víveres. Atenta a nuestra llegada, con un aire de júbilo, los ojos abiertos y la boca dibujando una risita, sale de casa, agarrada de la mano de su hermana. Viste una blusa blanca y un pantalón estampado de flores rosas que resalta un entusiasmo casi infantil. El mototaxi, mientras tanto, enciende motores. Las hermanas se acomodan y se miran como si supieran que no es una tarde cualquiera —que hay paseo— y que hoy, por fin, no habrá que refugiarse de la lluvia.