Esperanza, está cerca la mar

Una de las casas que prevalece en la Isla de Buda. Está ubicada en lo que era considerado el centro. Foto: Julián Zamora Mora
Una de las casas que prevalece en la Isla de Buda. Está ubicada en lo que era considerado el centro. Foto: Julián Zamora Mora

La Isla de Buda no quiere ser solo un recuerdo.

Ramonet no nació en la isla. Cuando su madre lo sintió venir, emprendió un viaje al pueblo más cercano, cruzó el Río Ebro en una barca, caminó dos horas y llegó a La Cava, que ahora es Deltebre. Ahí nació el 14 de febrero de 1941. Pasaron siete días y se fue cargado en brazos. Su madre volvió a atravesar el río Ebro, entró de vuelta a la isla de Buda, donde Ramonet pasaría cincuenta años de su vida, y donde dice que tiene “las memorias más lindas”. La isla de Buda se formó hace aproximadamente 2000 años y está en el Delta del Ebro, al sur de Cataluña, en la provincia de Tarragona. En el punto justo donde el río desemboca en el mar. Pero pasa que ese río, el gran río Ebro, está atravesado por más de 84 embalses activos. Debido a la retención que provocan los embalses, al Delta solo llega un 1% de todos los sedimentos que deberían llegar. El río entonces pierde su fuerza, pierde su caudal. Esto, sumado a las consecuencias del cambio climático, hace que el mar le gane el pulso al río ya débil y que se vaya apoderando poco a poco de la tierra.

A quienes vivieron la época dorada de la Isla se les llama Buderos, ese es su gentilicio. Ramonet es Budero de pies a cabeza. Sus ojos son de un azul verdoso, se parecen al paisaje de la isla. Lo invade la nostalgia, sonríe, y con sus palabras ya maduras, narra lo que la Isla de Buda significa para él. Ahí fue a la escuela y al colegio. Para esos tiempos, la isla estaba habitada por 40 familias distintas, todas provenientes de alguno de los dos pueblos más cercanos: La Cava o Jesús y María, que años después se unieron para formar lo que ahora es Deltebre. La gente de la zona comenzó a escuchar el rumor de que allá, yendo hacia el mar, había una Isla donde había trabajo, donde se podía pescar o trabajar las tierras del arroz. Pero no se podía llegar así nada más, el administrador hacía llamados o dejaba entrar gente para que fuera a ser parte de la mano obrera, de la construcción de un mundo aislado de todo lo que pasaba afuera. Eran los tiempos de Franco, recién había terminado la guerra civil española, y la batalla más importante de toda la guerra había sido en el Delta, la nombraron la Batalla del Ebro, cuando el ejército republicano salió en la defensa de Cataluña pero fue derrotado, y así se le abrió el camino al ejército de Franco.

Ramonet vivía lejos de las implicancias de la dictadura. La Isla de Buda era entonces un pueblo de casas construidas de barro y caña. Había una sola iglesia, pero no había padre que dictara la misa. La iglesia era utilizada como una escuela que mezclaba alumnos de todas las edades, y donde se enseñaba lengua, historia y estudios sociales. Para toda la isla había una sola maestra. Ramonet cursó hasta los 16 años, luego empezó a trabajar. Hizo cuantas labores y oficios fueran necesarios en la isla, trabajó en los campos de arroz, fue carpintero, arregló las barcas que cruzaban el río, guío el camino de los caballos, fue albañil, chofer de tractor, electricista. La vida de los buderos era sí. Consistía en trabajar principalmente en la agricultura, y en ser parte del paisaje de una isla que estaba escondida del mundo. Era un sentir natural del cuerpo de sus habitantes: Una relación de amor con el agua.

Hoy en día, la playa dentro de la Isla de Buda, está siendo devorada por el mar, que ya abarca 3km de la costa que antes era arena. 3 kilómetros se caminan en un aproximado de cuarenta minutos, 3km son 3000 metros. El mar se comió cuarenta minutos de andar, se tragó un espacio de 3000 metros. Se puede ver fácilmente cómo avanza. Guillermo Borés, el actual administrador de la Isla, y quien heredó por tradición familiar la lucha por conservar este espacio, está sumido en una profunda preocupación. Se ha llegado a sentir solo en el proceso de salvar la isla. Mientras ve profundamente el mar, “este mar que llega hasta Gaza”, dice. El Mar Mediterráneo, que está acercándose como un gigante, suspira y con gran pasión manifiesta que “Lo que queremos es que se hagan actuaciones en la costa porque vivimos en una emergencia medioambiental que requiere de una actividad urgente”. La falta de acción en la zona del Delta ha sido todo un tema. Se tienen que poner de acuerdo las autoridades de Madrid y las de Cataluña. La toma de decisiones donde radican el dinero y los recursos, están muy lejos de los agricultores y pescadores que caminan por los paisajes cercanos a la Isla de Buda.

Por mucho tiempo, políticos, científicos, y agrupaciones como la Plataforma en Defensa del Delta, o el mismo gobierno, han propuesto que las acciones se hagan río arriba. Y sus conversaciones se han centrado en buscar las maneras de hacer bajar sedimentos del río, pero Guillermo se les ha plantado para decirles que las acciones se tienen que tomar en la costa, que lo que está más próximo a desaparecer es la isla. Dice que “Hay una ideología que mira río arriba, no río abajo. Lo que quieren es caudal, agua, y sedimentos, que no me parece mal que lo pidan pero no bajarán jamás. Es como intentar curar a un enfermo con una medicina que sabes que no va a funcionar”. Mientras por años se estuvo mirando río arriba, Guillermo buscaba las formas de mirar el mar, y de frenar su llegada.

Después de años de lucha, finalmente las palabras de Guillermo han sido escuchadas, luego de que una representante del gobierno de Cataluña visitó la Isla. Cuenta Borés que ella vio con sus propios ojos los pájaros volar, que vio cómo saltaban del agua los peces y que un atardecer de oro les cayó encima. Luego de un paseo en barca, ella se bajó y le dijo -¿Qué tengo que hacer?- Estaba claro: Hacer posible el modelo holandés. Esto propone la gestión constante de las playas mediante la aportación de arenas marinas por dragas. Se extrae arena antigua, acumulada al frente de la costa, y esa misma arena se utiliza para empezar a trabajar en hacer la playa más ancha, y en crear dunas que funcionen como bloqueo para proteger la isla. Según los trabajos de batimetría, hay 42 millones de metros cúbicos de arenas disponibles. Con esa cantidad de arena se puede cubrir entera la ciudad de Barcelona. Para este proyecto se estima una inversión de casi 120 millones de euros hasta el año 2032.

En esos 3 kilómetros que el mar ha devorado, solía comer la merienda Ramonet. Justo ahí, donde el mar ahora está, solía existir un faro enorme de 50 metros de altura. El mítico Faro de Buda, que fue construido en Birmingham, y llevado parte por parte hasta el Delta. El Faro que intentaron quemar durante la Guerra Civil, pero que ni así lograron destruirlo. El faro que Ramonet y sus amigos buderos contemplaban a la distancia cuando armaban fiestas y bailes en la playa, y que incluso subían hasta la cima. 360 escalones, recuerda Ramonet, y recuerda también que algunos estaban rotos, y había que saltar hacia arriba con cuidado, para finalmente llegar a la punta, y contemplar desde ahí toda la isla, que “se veía preciosa”.

Ese faro, enorme, desde cuya altura se contemplaba entera una isla, está ahora bajo el agua. Faro que ni el fuego pudo destruir, sucumbió a la fuerza del mar, y ahora yace submarino e inutilizado. Ya no ilumina el camino de los barcos, sino que se convirtió en el símbolo de una catástrofe que no se ha podido frenar, se volvió un aviso: La isla puede ser también el Faro. Pueden terminar ambas bajo el agua.

Nadie quiere un nuevo Atlantis. Ni los seres humanos, ni los pájaros tampoco. La Isla de Buda alberga alrededor de 350 especies de aves. El 50% de todas las que habitan el Delta del Ebro. Es un punto muy importante para el flujo migratorio de las aves en Europa. Si la isla se hunde, ¿dónde van a descansar los pájaros su vuelo?  Ramonet tiene su memoria poblada de sus días como Budero. Y algo que recuerda muy puntualmente, fue una vez que salió a caminar con su padre, y que vio, con toda la claridad de sus ojos acuáticos, un Flamenco de color verde. Los flamencos son color rosa, pero él lo vio verde, lo recuerda. ¿Cómo pensar lo contrario? Si ese lugar estaba apartado del tiempo. Para salir había que cruzar en barca y para ver en las noches había que encender el carburero. Si la iglesia era la escuela, y el arroz el centro del mundo. Ramonet insiste, no quiere que se hunda el recuerdo de sus pájaros verdes.

La planta que le da el nombre a la isla. Foto: Julián Zamora Mora
La planta que le da el nombre a la isla. Foto: Julián Zamora Mora

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Allá en la isla, justo donde estaba la iglesia, era considerado el centro. Podría decirse, la capital. Ahí, por ejemplo, se juntaban todos los habitantes de las 40 familias, y se armaban fiestas que a veces duraban días. Se bebía, y se bailaba. Las mujeres con sus vestidos largos y pañuelos amarrados en su cabeza y los hombres con su vestimenta de payés, bailaban y cantaban pasodoble o rumba. Una vez, hasta hubo un matrimonio. La única vez que la iglesia fue usada como iglesia, según recuerda Ramonet, llegó un cura del pueblo y casó al hijo del administrador con una mujer de la isla. Llegaron como 800 personas, se rumora. La fiesta fue digna del recuerdo eterno. La fiesta de los días en los que el cambio climático no era una preocupación, donde aún no se había empezado a embalsar el río por parte de grandes empresas. Cuenta Ramonet que antes no existía nada de eso del cambio climático, que es ahora con tantos barcos, trenes y aviones.

Prueba de eso, ha sido el cambio extremo de condiciones climáticas que ha experimentado Cataluña en los últimos años. Del 2021 al 2024, se vivió una sequía histórica. Llovió muy poco durante largos periodos de tiempo,  en las calles había rótulos que decían “El agua no cae del cielo”, se activaron restricciones de emergencia como la prohibición de las duchas en las playas. Luego de la sequía, del 2024 hasta la actualidad, lluvias muy fuertes, y DANAS han afectado la región. Causando así inundaciones extremas, incluso en Valencia, que está justo al lado de Cataluña, murieron más de 200 personas por inundaciones y lluvia intensas. En la Isla de Buda, cuenta Guillermo, que el mar llegó hasta lo que en algún momento fue el centro del pueblo, parecía un anuncio de todo lo que puede pasar. Pero como dice Ramón, el cambio climático es cosa de estos tiempos. Antes dice que podía llover hasta 15 días sin parar, de una lluvia intensa que hacía un escándalo natural, pero no se inundaba nada. Hacía calor cuando tenía que hacer calor, y caía agua del cielo cuando así lo dictaba la naturaleza.

Ramonet salía cada tanto de la Isla y se iba al pueblo de La Cava. Ahí conoció a Esperanza, la noche del 19 de octubre del año 74. Un año exacto después, se casaron, en 1975. Y un mes después, recuerdan ambos curiosamente, murió Franco. Esperanza fabricaba muebles en el pueblo, de eso vivía. Hacía armarios y mesitas. Ahí mismo en el pueblo vendían los muebles, no con grandes cadenas como ahora. Sino que eran artesanos. Luego de casados, Ramón seguía yendo a trabajar a la Isla, y vivía entre dos lugares. Hasta que decidieron irse a vivir juntos a Buda. Para cuando llegaron, 34 años después del nacimiento de Ramón, 34 años de aquella vida de Isla, de payés, pasodoble, arroz y rumba, ya solo quedaban alrededor de 5 familias, recuerda Esperanza. La Isla se había ido vaciando poco a poco. A medida de que las promesas del desarrollo habían empezado a expandirse por el país. Empezó a haber más trabajo afuera de la Isla y la gente comenzó a irse. Dice Ramón que “España estaba por arreglarse” después de la dictadura, y en ese arreglo la gente buscó prosperidad más cerca de la civilización.

La Isla de Buda se vació de personas. Los pueblos que la orbitaban: La Cava, y Jesús y María, se unieron para formar Deltebre. El Faro quedó bajo el agua, el río se llenó de embalses, el mar comenzó a acercarse, murieron la mayoría de los buderos que un día habitaron la isla. Ramonet y Esperanza viven ahora en Deltebre. Tienen en la sala de su casa, un reloj viejo y lindo que va marcando el paso del tiempo. Tienen fotos suyas, del día de sus 50 años de casados, que fueron a visitar la Isla que ahora es muy distinta a la que conocieron. Una de las fotos, está sobre una foto antigua donde se puede ver el faro. Esperanza está vestida de azul, como el agua, como el río.

Ambos dicen que el sentimiento que tienen ahora, al ver el río y el mar, es distinto al que tenían antes. El recuerdo de la isla, y de todo lo que significó para ellos, está plagado de paz, no esperaban nunca que el mar fuera a devorar la isla. Esperanza dice “estamos dentro del agua”, y Ramonet dice “estamos encima del agua”. Todo es agua. El agua que no cayó del cielo por años, el agua que cayó de golpe e inundó el mundo, el agua del mar que quiere hacer de la isla escombros submarinos, el agua del río que no baja los sedimentos.

El 16 de abril de 1738, el alguacil mayor de la ciudad de Tortosa, Don Francisco Gonzáles, envía una carta a la corona de Aragón solicitando la anexión de “una isla que ha aparecido en medio del río”. Solicita que se le conceda la isla, y un año después, se le concede. Luego de eso, la isla fue pasando de mano en mano, de distintos propietarios, hasta que en 1924, es adquirida por Joan y Pere Borés, y así siguió por herencia familiar de tres generaciones hasta llegar a Guillermo Borés. Que defiende este pedazo de tierra con su cuerpo entero, que está viendo el mar cómo se acerca cada vez más. Y el recuerdo de aquellos días eternos de los buderos y las buderas, bailando y cantando, trabajando arduamente la tierra, encendiendo carbureros a la noche, cursando clases dentro de una iglesia, construyendo sus casas de barro, atravesando el río, subiendo a lo alto del faro, ese recuerdo, será ahora acuático. Terminará debajo del agua, será un pueblo sumergido, si no se llega a accionar pronto. Ese es el temor de Guillermo, que la isla desaparezca, que los pájaros no tengan donde descansar después de sus largos vuelos. Y Ramonet, y Esperanza, rodeados de agua, pensando en cada momento, que está cerca la mar.

Esperanza, y una fotografía donde se puede ver el faro que existió en la Isla de Buda. Foto: Julián Zamora Mora
Esperanza, y una fotografía donde se puede ver el faro que existió en la Isla de Buda. Foto: Julián Zamora Mora

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