El gigante ítalo-argentino Ternium posee en Río de Janeiro una de las mayores acerías de América Latina. A casi una década de su inauguración, la contaminación del aire y del agua persiste, mientras las comunidades costeras intentan medir por sí mismas lo que el Estado y la empresa prefieren no registrar.
Texto: Pablo Linietsky y Sofía Membrado
Fotos: Pablo Linietsky
Hubo un tiempo en el que la bahía de Sepetiba olía a mar. Las piedras de la punta de Guaratiba se poblaban de almejas y cangrejos. Locales y foráneos se untaban con los lodos curativos de Mangaratiba. El aire se contagiaba de tormentas marítimas o de calor tropical. Los peces, dicen, se pescaban con la mano. Piracema, le decían. “Lleno de peces”, en tupí.
Las calles del barrio João XXIII aún no habían sido planificadas, si alguna vez lo fueron, cuando las aguas se pusieron turbias, el barro se comió las playas y, poco tiempo después, sobre el barro, aparecieron los peces muertos.
João XXIII está en Santa Cruz, es una localidad de pescadores que se pobló tempranamente por seres marítimos y humanos . Que hoy sea parte de la Ciudad de Río de Janeiro es culpa de la Compañía de Jesús, cuyos miembros, a finales del siglo XVI, desarrollaron allí una gran finca labrada por esclavos y ganado llamada Hacienda de Santa Cruz, perteneciente a la capitanía de Río de Janeiro.
Hasta allí llega un camino imperial, del que hoy quedan sus mojones tallados en piedra y un puente escondido. Alrededor de ellos, una ciudad de ómnibus, estaciones, calles asfaltadas y sin asfaltar, subidas y bajadas, aceras enteras y aceras rotas, carritos de comida y tiendas de comida por peso, ruido, mucho ruido, música de fondo y de frente, venta al por mayor y por altoparlante, supermercados y venta de calle, niños, niñas, madres, bancos, latas tiradas y latas recogidas por el último orejón del tarro. Sin ritmo ni constancia se suceden comercios, ventas de arroz, feijao, farofa, pollo y cerdo por peso, rejas de diferentes tipos y antigüedades, paredones grises y paredones agrisados por el hollín, autos subidos a la vereda y toldos de heterogéneas facturas y orígenes. El único factor común que se repite con insistencia es el color naranja del ladrillo hueco sin revocar.
Detrás de esa hilera de casas, una mata densa de árboles de buen porte separa a la población de una de las mayores acerías de América Latina. Aquí la “milicia” que controla el centro de Santa Cruz comenzó a disputarle el territorio a la que administra el orden en João XXIII a base de balaceras.

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Bruno es sociólogo y carioca, conocedor de la zona oeste. Viste gorra con visera y un buzo negro con capucha. Tiene frío y cuarenta y dos años. Ayer no se afeitó. Nos citó en el supermercado del barrio de la estación central y acaba de llegar. Pide disculpas por la demora. Empezamos a caminar por la calle principal, por el pequeño espacio que queda entre las tiendas y las barracas de feria, que se extienden ininterrumpidamente por cientos de metros.”Todos ellos deben pagar doscientos reales semanales a las milicias”, dice. Así llaman aquí a las mafias. Hay que pagar para poder trabajar, y a menudo no lo llegan a recuperar en ventas.
Bruno resume el pasado de esta región y se remonta a la época en que el emperador y su corte descansaban en la Fazenda Imperial de Santa Cruz. “Nada es tan sencillo” en este lugar: gobierno, policía, milicias, evangélicos, víctimas y victimarios se trenzan en una novela opaca. “Desarrollé la mayor parte de mi investigación en el barrio, aquí en Santa Cruz”, nos dice y nos lleva a la parte alta del centro. En el horizonte hay una cadena de morros que apenas se distinguen en el gris del aire, es la “Serra do Mar”. Se ven sobre el río unas grúas gigantes del puerto de Itaguaí que parecen dibujadas a grafito. Entre una alfombra de árboles y morros hay unas ocho chimeneas que se elevan separando galpones marrones, gastados por el calor. Todas las chimeneas largan distintas cantidades de una sustancia que parece vapor pero bien podría ser humo. Durante una caminata guiada para descubrir el otrora barrio imperial, escucharemos a alguien decir: “Es nuestra fábrica de nubes”.
Esas chimeneas son parte de la planta de Ternium, un gigante que fabrica acero en barras, como precursor para luego producir desde autas hasta electrodomésticos, techos y camiones.. La ciudad mira las nubes como si quisiera que lluevan. Y llovieron.

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La planta de Ternium Santa Cruz forma parte del conglomerado ítalo-argentino Techint, propiedad de la familia Rocca. Con sede en Luxemburgo y operaciones en más de diez países, controla minas en México, plantas siderúrgicas en Brasil y Argentina, y oficinas en Estados Unidos y Europa. La compañía se presenta como un ejemplo de “industria sustentable”, abanderando la transición hacia un acero “bajo en carbono”, aunque su matriz energética sigue dependiendo del carbón, el gas y la explotación intensiva de recursos naturales.
Sin embargo, cuando contactamos a sus representantes para conocer con más detalle cómo funciona el sistema de monitoreo 24/7 por el que la fábrica transmite datos e imágenes en tiempo real al Instituto Estatal de Medio Ambiente (INEA) -y sobre el que recaen muchas denuncias por presentar “lagunas”-, o qué medidas implementan para lidiar con los riesgos que supone el tipo de suelo donde se emplaza la fábrica -poroso e inundable-, Ternium nos respondió “Só oficializando, não teremos de fato resposta” (Para oficializarlo: no tendremos de hecho una respuesta). Curiosa decisión, siendo que tan solo en 2024 el INEA reconoció a Ternium por su transparencia, medidas e iniciativas medioambientales. Se trata, sin embargo, de la misma agencia que otorga las licencias de funcionamiento a pesar de todos los cuestionamientos que recaen sobre este caso.

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Hasta 2017 la actual fábrica de Ternium en Santa Cruz era conocida como la TKCSA. En junio de 2006, el grupo alemán ThyssenKrupp adquirió con financiamiento estatal un predio para instalar esta planta que produce cinco millones de toneladas de placas de acero por año.
Pero el terreno no estaba vacío.para poder ocuparlo, hubo que desalojar una colonia japonesa instalada desde 1938 que se dedicaba al cultivo de mandioca y a setenta y cinco familias del Movimiento Sin Tierra que vivían en el asentamiento Tierra Prometida, lindante al barrio João XXIII. Además de una licencia ambiental provisoria para la instalación, la TKCSA había conseguido exenciones fiscales y un financiamiento del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) por sesenta y cuatro millones de reales.
Cuando la planta estuvo lista, la inversión ascendía a diez mil millones de dólares. Tenía su propia termoeléctrica, que le aseguraba autonomía energética, y un puerto propio. Todas las personas que conoceremos en este viaje y que vivieron en esa época coinciden: esos años fueron críticos.
Para poner en pie el puerto, la TKCSA dragó millones de metros cúbicos del lecho tóxico que décadas de industrias habían depositado en el fondo de la bahía.
Una vecina de Santa Cruz, que no quiso dar su nombre por temor a represalias, nos cuenta que “la empresa que ganó la licitación para hacer la abertura del canal y aumentar el calado debería haber arrojado esa tierra en aguas profundas, pero para economizar combustible no la arrojó tan lejos y por la propia corriente marina esa tierra volvió”. Además, para edificar la usina, TKCSA modificó el curso de los canales del río Guandú. Para enfriar sus máquinas con agua dulce, construyó una represa sumergida en el canal. A continuación, vinieron los peces muertos, las inundaciones en João XXIII, la pesca interrumpida.

Cuando en 2010 finalmente se puso en marcha, sin licencia para operar, repetidos eventos fueron indicando que algo no funcionaba bien. Tras diversas denuncias, la crisis de 2008, multas y pérdidas millonarias, los alemanes vendieron en 2017 su planta a Ternium por 1.330 millones de dólares.
La zona Oeste de Río de Janeiro es, desde los años 60, un distrito industrial, proyectado por el Estado en las intenciones pero planificado en la práctica por las empresas. Ubicado en la región oeste de la ciudad carioca, este polo industrial aprovecharía el ferrocarril que llega desde Minas Gerais, para surtir de minerales e insumos a las fábricas y la costa con el Atlántico para exportar lo producido.
En cualquier sitio Ternium llamaría la atención con su planta de 9,5 km2 y sus más de 8 mil trabajadores. Sin embargo aquí tiene como vecinas a decenas de fábricas siderúrgicas, metalúrgicas, petroquímicas, del plástico y termoeléctricas que movilizan todos los días, a todas horas, decenas de camiones y vehículos.
No se puede decir que es sólo una la empresa que contamina pero los vecinos de Joao XXIII que viven pegados a la fábrica de Ternium son los que vieron las nubes llover.
En agosto de 2010 la población de Santa Cruz amaneció con la sorpresa de que todo cuanto mirara al cielo estaba cubierto con una fina capa de polvo gris, que bajo la luz brillaba. Casas, calles, autos, personas, árboles y animales se cubrieron de este polvo brillante, como glitter de carnaval, pero emanado de las chimeneas. “Como el polvo gris del lápiz después de afilarlo”, recuerda Jamily do Carmo de la organización Martha Trindade.
La fábrica había tardado cinco brutales años en instalarse en el distrito industrial y ese era su plateado debut. Las “lluvias de plata”, estas precipitaciones densas de material particulado fino, polvo metálico, se repitieron en octubre de 2010, enero de 2011 y en octubre de 2012. Desde que pasó a ser Ternium, no volvieron a repetirse, aunque la presencia de contaminantes metálicos en el aire es sistemática.

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Martha Trindade murió en 2013 a causa de afecciones respiratorias. Era enfermera y fue la primera habitante de Santa Cruz en denunciar a la TKCSA por los impactos en la salud de la población.
En 2016 un grupo de jóvenes, principalmente mujeres afrodescendientes, vecinas del barrio Joao XXIII y del centro de Santa Cruz, formó el colectivo que la homenajea. Además de participar de eventos de divulgación, controlar la calidad del aire fue lo primero que se propusieron, con ayuda de unos medidores portátiles. Quieren tener datos comunitarios donde no hay datos oficiales confiables.
NI Jamilly ni Wanessa Afonso superan los 30 años. Son enérgicas y decididas. En una valijita transportan el medidor de calidad del aire. Dicen que hacen esto porque “los datos de polución del aire son muy difíciles de obtener o de conseguir. Algunos están disponibles en internet, pero hay lagunas de datos, y además son colectados por la propia empresa”. Las activistas confían en la contundencia de sus resultados: “Conseguimos comprobar que el aire sí está contaminado. Los niveles de material particulado fino eran mayores que los recomendados por la OMS. Hicimos una nueva ronda de medición en 2023. Ellos dicen que usan filtros, pero conseguimos recolectar material particulado del piso de las casas de las personas”.
En colaboración con distintas organizaciones nacionales e internacionales, produjeron reportes que motivaron la reacción de Ternium: “Nuestro proceso de visibilización fue un bien incómodo para la empresa porque ya no publicaba el diario local Aló Comunidade”. Desde 2012, a raíz de un acuerdo extrajudicial con pobladores demandantes, la TKCSA comenzó a editar un periódico para comunicar las medidas de reparación de los impactos socioambientales de su actividad industrial. Ternium lo había discontinuado y lo retomó a partir de las acciones de Martha Trindade. En la actualidad, tiene la forma de un órgano de propaganda que publicita acciones culturales y discute con las organizaciones que la denuncian.
Jamily dice: “Entonces necesitaron comenzar a distribuirlo nuevamente y, para combatirnos, decían que nuestra información era fake. Esto era algo que ellos no necesitaban hacer, no necesitaban preocuparse por eso y lo tuvieron que volver a hacer porque nosotras visibilizamos esta problemática”.
Wanessa nos cuenta que cada tanto se escuchan explosiones. Hace no tanto tiempo hubo una particularmente fuerte. “Ese día de la explosión encontramos más de diez veces de lo indicado por la OMS del nivel de material particulado”. Por las noches el cielo se torna completamente naranja.
“Tenemos algunas imágenes que doña Regina, una vecina, siempre manda del cielo nocturno, porque realmente es el horario en que ellos más emiten, en el sentido de que está todo el mundo durmiendo y entonces ellos ponen la producción al máximo” dice Jamily.
No son las únicas que dan cuenta de este modus operandi de la fábrica. Conductores de Uber que transitan la ciudad por las noches, algunos de ellos ex trabajadores de la planta, así como los pescadores entrevistados para esta investigación, aseguran lo mismo. La fábrica es una criatura de voracidad noctámbula.
En la actualidad, a la par de las mediciones de la calidad del aire, el colectivo Martha Trindade realiza otras acciones de vigilancia sobre la salud de la población y del entorno, atacadas y amenazadas por Ternium.
Hace ya años que elevan pedidos de información pública a la prefectura de Río de Janeiro para conocer estadísticas oficiales sobre salud, alarmadas por el incremento de casos de problemas cardíacos y respiratorios, cáncer, afecciones en la piel y en los ojos.
Paradójicamente, una región tan golpeada por la contaminación fabril como lo es Santa Cruz, cuenta con una infraestructura de salud sumamente precaria, a la que se suma una tendencia de las familias, resignadas después de tantos años, a subnotificar este tipo de dolencias. “Esto puede tener que ver con la alimentación, la gente está comiendo productos muy malos hoy en día, pero también puede tener que ver con la contaminación del aire. ¿Cómo lo vas a saber?”.
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Mientras avanzamos con Bruno por la ciudad, nos explica por qué no hay graffitis en las paredes. “Creo que no hay pintadas, no hay manifestaciones públicas por dos razones: la milicia es un poder fuertemente represivo que disuade cualquier expresión política y todos en Santa Cruz, inclusive los más afectados, tienen un familiar que trabaja en Ternium, o un hijo que va a una de sus escuelas. Además, está la cuestión de los neopentecostales, esa fracción del protestantismo ligada a la teología de la prosperidad, que me parece también tienen ciertos lazos con la extrema derecha. Yo en el trabajo de campo visualicé mucho ese tipo de cuestiones”. La influencia de estas iglesias en la región es muy fuerte: en la ética pentecostal la prosperidad depende de la acumulación material individual, por lo que la dimensión colectiva no sólo es secundaria sino que es peligrosa.

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Sepetiba es un barrio poblado desde hace muchísimo tiempo por comunidades caiçaras. Los caiçaras son los pobladores de las costas, descendientes tanto de los pueblos originarios costeros como de portugueses y africanos esclavizados. Sepetiba, a diferencia de Guaratiba, Santa Cruz y los demás barrios de la región, tiene una presencia menos intensa de milicias. Estacionamos el auto, paseamos por algunas callecitas y desembocamos en la primera de las tres playas. Curiosamente, no tiene mar. Donde termina la balaustrada del malecón comienza una arena fina y blanca. Donde termina la arena se yerguen unos árboles medianos pero densos que forman una barrera. Es un manglar.
“Esto es nuevo”, explica Bruno. “Esta playa tenía barro, el que hasta los años setenta se usaba para curar la piel. Pero en un momento hicieron una remediación ecológica, pusieron una manta sobre el barro y, sobre ella, trajeron arena de otros lados. Al poco tiempo el mangue llegó hasta aquí y se formó este manglar”.
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El cielo amaneció blanco, el aire está espeso y un poco vaporoso. Para conversar con los pescadores, hay que salir temprano.A las seis de la mañana las calles ya tienen plena actividad. Para llegar a la Asociación de pescadores, en el navegador hay que poner “Ternium portón 2”. Bruno ya está en el auto y sugiere tomar el camino que sale del centro de Santa Cruz, retoma la famosa Avenida Brasil y vuelve a entrar por el oeste, evitando el barrio João XXIII. Explica que desde hace varios días hay tiroteos en el barrio. “Todas las regiones de Río de Janeiro están repartidas entre diferentes milicias. Y donde no hay milicias hay tráfico de drogas. Es muy difícil: o tenés milicias o tenés tráfico de drogas. Hay veces que tenés las dos cosas porque existen algunas milicias que trafican o alquilan su territorio para que una fracción trafique. Son grandes, son mafias, son milicias, son fracciones criminales».


El navegador dice que llegamos, pero para acceder a la Asociación hay que doblar a la derecha en el intersticio inmediatamente anterior a la barrera de Ternium. Entre ambos puentes, se forma una lengua de pasto, barro y algunos árboles que se disuelve en el agua y que se llama Asociación de Pescadores Artesanales de Santa Cruz.
Los arcos de los puentes forman los locales en que los trabajadores del río y del mar emplazaron sus espacios de faena en tierra. El paisaje se completa con heladeras, redes, herramientas, insumos de mantenimiento, calendarios y cachaças. Gilberto, el presidente de la Asociación, viste traje de baño, musculosa gastada, chancletas de goma y durante la próxima hora y media no se apartará de su celular, que suena insistentemente y logra captar la atención de su dueño.
“Este lugar antes del desarrollo industrial de la región era una maravilla. Podíamos sacar peces de la vera del río aquí mismo. Hoy está escasa la pesca. Es demasiado grande esta empresa, está contaminando el río, nuestra bahia… dentro de diez años no van a existir más pescadores”.

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Gilberto dibuja un mapa de la zona y aparece la Karpowership, una gigantesca planta generadora de electricidad flotante que el Estado brasileño contrató a una empresa turca cuando, en 2015, hubo un pico de consumo y un déficit de producción de energía.
También dedica un signo a la mencionada “barragem”, los restos de un dique que Ternium construyó sobre el río Guandú pero que tuvo que desmontar por la presión de la Asociación. Ese dique revela materialmente la naturaleza del estuario y de la escala industrial.
Ternium requiere cantidades enormes de agua para el funcionamiento de la planta. Sin embargo, el agua salada de mar es incompatible con las necesidades de la producción. Al mismo tiempo, la riqueza de este ecosistema reside, en parte, en los flujos de las corrientes: los peces de la bahía son impulsados por la corriente marítima hacia el interior de los ríos para alimentarse de los frutos y otros peces que se encuentran entre las raíces del mangue.
El agua dulce de río se enriquece de peces de agua salada. O se contamina con la sal, según la perspectiva industrial. La solución de Ternium fue instalar una barrera física que limitara la corriente de agua salada para poder captar agua dulce, una gigantesca estructura que cortaba el río de margen a margen, sólo dejando un abertura central por la que pudiesen navegar las embarcaciones.
Esa barrera generó una diferencia de altura en el nivel del agua de más de un metro entre ambos lados. Diferencia imposible de ser sorteada por las pequeñas embarcaciones artesanales.
Gilberto no se pone de acuerdo consigo mismo acerca de la fortaleza de su posición ni el optimismo sobre el futuro:
«Antes pasaba que la empresa daba alguna cosa para algunas personas y eso quedaba ahí. Hoy la asociación está hablando directamente con la empresa. Nosotros reclamamos cosas a la empresa y tenemos respuestas. Solo que la contaminación no disminuyó. La pesca está muy escasa. El espacio de los pescadores ya casi no existe. El caiçara hoy está buscando otros trabajos para hacer porque ya no tiene más pesca. Las empresas de aquí, una vez instaladas, no se desinstalan más. Yo creo que las empresas se tienen que unir para hacer un fondo y, no darle un dinero al pescador, nada de eso, tienen que descontaminar la bahía. Ahí sí la bahía va a volver a ser lo que era antes. Lo que ocurre es que ellos tienen depósitos de mineral, mineral de hierro, carbón mineral, que es de aquí de la propia producción, otros materiales químicos que traen de afuera para producir el acero!«

Salimos del despacho y el sol en la cara recuerda que queda la mayor parte del día por delante. Bien lo saben Jairton y Alamir, dos pesqueros de la Asociación que acaban de desembarcar. Salieron a las 4 am hacia la bahía. Mientras desensillan sus utensilios Gilberto nos presenta: “Quería que hablen con ellos. Son los que vieron la contaminación con sus propios ojos cuando comenzó a ocurrir”. Para los brasileños, sólo se puede atestiguar aquello que fue experimentado de primera mano. Afirmar algo en base a la palabra ajena implica un riesgo poco conveniente. Quizás por eso, se trate de una sociedad llamativamente burocratizada, llena de formularios. Es prácticamente imposible hacer una compra sin declarar el Catastro de Persona Física. Hasta las milicias reciben pagos por transferencia. En cualquier caso, Alamir y Jairton son dos cuyos ojos presenciaron eso que todo el mundo sospecha y varios científicos comprobaron.
Alamir es un tipo alto, sólido. Como el pescador que es, su cuerpo es una sumatoria de herramientas que traen las marcas del uso. Con todo, es difícil datar su edad, que se la adivina mayor de lo que aparenta. Fue el primero en advertir que, luego de la venta de la planta a Ternium y la puesta en marcha de una nueva política ambiental, el hierro seguía llegando al agua como si fuera su destino natural:
“Ellos tienen una suerte de sistema de refrigeración para que el viento no lo distribuya para todos lados. Ahí ellos resolvieron el problema. Solo que tiene un pequeño detalle: cuando llueve, el agua filtra y lava ese estiércol, ese barro oscuro, y ese mineral corre hacia el río y el río lo lleva hasta el mar, que es aquí nomás. Cuando llega la temporada de lluvias, esta agua que está límpida, en el momento en que está lloviendo empieza a traer un barro oscuro. Entra enterita al río que va hacia el mar. El pez que está ahí se está contaminando con metal y la producción de pescado disminuye”.
Más retacón, por fin jubilado y con el optimismo extraviado, Jairton conoce el estuario como nadie. No quiere decir su edad pero a confesión de parte, relevo de pruebas:
“Son 56 años que navego en este río. Ahí abajo era un lugar perfecto para la pesca. Primero vino el puerto de Sepetiba. Ahí impactó un poco. Pero más tarde vino el puerto de Ternium. Ahí impactó prácticamente el área casi toda. Y, por último, llegó la Karpowership y terminó de acabar nuestro espacio”.

Fabrizio Damasceno, geógrafo nacido en la región, dirige un equipo interdisciplinario en la Universidad Estadual de Río de Janeiro que investiga los impactos industriales sobre el ecosistema. “Una integrante del laboratorio se crió en Mangaratiba —cuenta— y recordaba que cuando era niña no existía ese lodo tan alto. Jugaba en la orilla y eso ya no se puede ver. Lo que pudimos verificar es que el lodo negro que hay en las playas tiene mineral de hierro. Hoy sabemos que ese mineral es hematita, un derivado del hierro que llega desde Minas Gerais, especialmente por la acción de la empresa Vale.”
Vale, socia de Ternium en el abastecimiento de hierro, administra el puerto de Itaguaí —conocido como puerto de Sepetiba—, el punto de salida de los cargamentos hacia el mercado mundial, especialmente el asiático. La zona del puerto es extensa, de caminos intrincados y vigilancia constante. El tránsito es libre, pero no se supone que nadie esté ahí. Es un enclave estratégico: el eslabón que conecta las minas de Minas Gerais con las siderúrgicas de la costa.
En la plataforma de incidentes de contaminación del Instituto Estadual de Medio Ambiente aparece otro nombre: Usiminas. Otra acería brasileña, con minas propias y plantas en varios puntos del país. Hace algunos años, su paquete accionario mayoritario fue vendido, casualmente, a Ternium. Un fallo judicial obligó a la empresa a desinvertir, pero aún no lo hizo. Más aún, acaba de anunciar que comprará a los japoneses Nippon Steel y Mitsubishi su porción, confirmando el control de la empresa.
En 2023, Ternium y Vale anunciaron una nueva alianza para “promover soluciones de descarbonización en la cadena de producción del acero”. En ocasión de la firma, el CEO de Ternium, Máximo Vedoya, declaró: “Vale es un proveedor clave en nuestra cadena de valor, y comparte nuestro compromiso con la preservación del medio ambiente”.
La colaboración, entonces, no está solo motivada por un ideal de neutralidad climática: si el principal abastecedor de hierro de Ternium, con quien mantiene una cláusula de exclusividad, no modifica sus prácticas, las planchas que exporte la ítalo-argentina nunca dejarán de estar manchadas.
Este reportaje es un adelanto de un libro que se publicará en 2026. La investigación fue posible gracias al apoyo del fondo Investigative Journalism for Europe (IJ4EU) y de Journalismfund Europe.
Proyecto en colaboración con Revista Late.
