| julio 2021, Por Mónica Rivero

11J, cinco claves de la crisis cubana

Por primera vez en más de sesenta años hubo protestas masivas en Cuba, en contra del gobierno. Estas son algunas aristas de lo que pasa en la Isla desde el domingo 11 de julio y de cómo se llegó ahí.  

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1. Era cuestión de tiempo

Se agotó el pacto de silencio, aun cuando permanezcan reservas importantes. La pandemia ha golpeado todas las economías del mundo; pero pocas de ellas llegaron a la pandemia en las condiciones de penuria generalizada en que lo hizo la cubana, con una contracción acumulada desde el segundo semestre de 2019. 

Los cubanos padecen una escasez crónica que, desde hace al menos tres años, los somete a la falta de comida y otros bienes esenciales. En enero de 2021 el Gobierno impulsó una reforma de salarios y precios que, lejos de solventar las distorsiones financieras anteriores, provocó una inflación desmedida y redujo varias veces el poder adquisitivo de las familias. Esto se sumó a que, seis meses antes, había comenzado una dolarización parcial de la economía. 

Desde mediados de 2020, para reproducir la vida cotidiana en lo más básico, los cubanos deben comprar en divisas en mercados de oferta muy limitada y deficitaria. Desde antes de y durantela pandemia, para conseguir cualquier producto, incluidos los alimentos, es preciso hacer largas filas bajo el sol durante horas. Las farmacias estatales con precios subvencionados no están abastecidas. Medicamentos de uso diario para padecimientos como el asma, la hipertensión o la diabetes, aparecen con irregularidad. Lo mismo antibióticos, analgésicos o antiinflamatorios comunes. Un mercado negro con precios más que abusivos suele ser la única posibilidad de encontrarlos.  

Cubanos cargan agua en un edificio, pobreza en Cuba. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

En 2019 el Presidente cubano afirmó que la crisis, que en aquel momento se expresaba en la escasez de combustible, era coyuntural. “La coyuntura” se convirtió en un eufemismo oficial de la crisis de siempre, que en Cuba es de “larga duración” como los antiguos discos de vinilo, integral y abarcadora: alcanza los márgenes rurales y los centros urbanos, el corazón administrativo de la propia capital. Esto, en medio de una estratificación económica y social que explota frente a la histórica promesa de igualdad. 

2. El fuego cruzado de dos narrativas opuestas

A casi dos semanas de los hechos, el Gobierno cubano continúa negando su responsabilidad en la crisis interna. Desconoce la legitimidad del estallido; lo llama “desorden”, “vandalismo” protagonizado por “eslabones perdidos”, gente confundida o insatisfecha; mientras organiza, en pleno pico de contagios de COVID-19, actos masivos de “reafirmación revolucionaria”.

Lejos, pegadas a sus pantallas, más de 400 mil personas han pedido al Gobierno estadounidense una intervención militar, opción delirante que este ha descartado

En la Isla, cientos de manifestantes continúan detenidos. Algunos han sido juzgados y condenados en procesos sumarios y sin defensa o están en libertad con cargos y pendientes de juicio. De otros, aún se desconoce el paradero. En cuanto a los motivos que empujaron a una masa de cubanos diversos a salir a la calle sin orden de nadie, estos continúan intactos. 

El destino cubano carga la cruz de encontrarse en medio de dos enemigos históricos que se atacan, en los hechos y en el discurso: el poder revolucionario dentro de Cuba y una política externa de Estados Unidos definida por una ferviente “industria anticastrista”. Como polos opuestos hiper ideologizados, exigen a lo que es todo un espectro político que se defina solo a favor o en contra de uno de dos extremos. Así, oficialistas pro Gobierno cubano reclamarán que condenen el bloqueo estadounidense a quienes critiquen la ineficiencia y la represión internas. A quienes exijan el fin del bloqueo, en vigor desde 1960, otros cubanos los acusarán de no reconocer a su Gobierno como culpable, porque “el bloqueo no existe”, o existe como un embargo necesario para alcanzar “la libertad” ansiada en Cuba. Como si fuera natural y aceptable que los ciudadanos cubanos carguen el fardo de sanciones de una nación extranjera porque su Gobierno “se lo merece” o “se lo ha buscado”. 

La hostilidad expresada en las sanciones económicas y otras formas de hostigamiento hacia Cuba por parte de Estados Unidos, afecta a la gente común, viola derechos de cubanos y estadounidenses y, además, sirve al Gobierno cubano como excusa para sus propios errores, el cierre y la represión interna, bajo argumento de “legítima defensa”. 

Cubana fuma, bandera de Estados Unidos. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

Sobre las protestas del 11 de julio, en Cuba los medios oficiales, controlados por el Partido Comunista, hablan solo de noticias falsas, degeneraciones de las protestas en actos de vandalismo, y complots de fabricación externa. Describen a los manifestantes como delincuentes o confundidos. No existe transparencia en cuanto al número de heridos y detenidos, entre quienes hay un pelotero y un ajedrecista. No reconocen la irregularidad de los arrestos, el efecto acumulativo de perseguir y criminalizar el disenso ni los excesos cometidos contra manifestantes pacíficos, que fueron mayoría. Por otro lado, cubanos emigrados y otros en la Isla denuncian “una masacre”, un “genocidio” que ha inundado el país de sangre del que, sin embargo, no existe hasta hoy evidencia. 

La posibilidad de cualquier consenso sobre bases firmes zozobra en medio de esa guerra de relatos falsos y acusaciones mutuas, donde los fines ideológicos justifican todos los medios. Ha sido una circunstancia de décadas, hoy dinamitada por un flujo caótico de la información. 

Madre cubana, Cuba. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

3. El apagón de una revolución live 

En Cuba el paquete de datos de Internet menos costoso es de 100 pesos por 1 gigabyte. Las protestas del 11 de julio deben haber beneficiado mucho a Etecsa, el monopolio de las comunicaciones en la Isla. Desde todas las provincias se realizaban transmisiones directas simultáneamente; miles de personas cargaban y descargaban fotografías y videos en un tráfico de datos insólito, aun cuando los precios de Internet, que se habilitó en los celulares tan recientemente como finales de 2018, continúan lejos del alcance de la mayoría, especialmente en los barrios del estallido. 

Las escenas de movilización, consignas anti gobierno, de caos, desorden, enfrentamiento y represión, llegaban desde todo el país mientras se iban sumando puntos al mapa de las manifestaciones. Celular en mano, cámara hiper subjetiva, insultos, ropa del día (“no me filmes; que no salgan mis chancletas”), sin banderas ni pancartas, calles rotas, mala iluminación, audio sucio. La precariedad era un relato en sí mismo. La narrativa del estallido supera toda posibilidad de interlocución del poder, que no puede siquiera repetir ni reseñar ese lenguaje. 

El acceso a las redes sociales ha significado el fin del monopolio estatal de la información y el entretenimiento. Los cubanos han comenzado a hablar en su lenguaje de una realidad que ha permanecido excluida de las agendas oficiales. Han comenzado a recuperar una voz que, más que silenciada, había sido reprimida; y lo continúa siendo. Las redes sociales les ha permitido a los cubanos encontrarse y crear una comunidad en torno a sus frustraciones y sus anhelos; reconocerse en el cansancio colectivo, el ansia de encontrar salidas y la renuncia a seguir esperando. 

Cubanos sentados junto a un auto antiguo en La Habana. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

Desde el día de las protestas, la conexión a Internet fue interrumpida por las autoridades al menos durante 48 horas. Es difícil pensar que estas demostraciones habrían sido posibles sin el efecto de contagio que propiciaron las pantallas de celulares conectados. En una conferencia con la prensa extranjera acreditada en La Habana, el Canciller cubano esquivó la pregunta sobre el corte de las comunicaciones. Más tarde, una presentadora oficialista admitiría que fue una medida deliberada “porque [son las redes sociales] el área donde se está realizando la guerra contra Cuba”.

El servicio comenzó a ser restablecido cuando ya las calles estaban vacías y la contención era evidente. El hecho de dejar a los usuarios sin servicio de datos recordó a todos que el Gobierno todavía detenta el poder de aislar a la ciudadanía cuando lo decida. 

Como compensación, Etecsa ha regalado un gigabyte a cada uno de sus clientes en Cuba.

4. La versión oficial

El apagón de Internet hizo que Cuba pareciera más silenciosa justo en el momento en que menos callada estaba. Los medios oficiales habían comenzado desde el propio domingo la construcción de una narrativa parcial sobre los hechos, a su conveniencia. Según estos, la insatisfacción provocada por el bloqueo y las sanciones de Estados Unidos fue aprovechada en el contexto de la pandemia para fabricar disturbios violentos desde fuera de Cuba. El Gobierno cubano afirma que las redes sociales en Cuba no son espejo y catalizador del hastío y la rabia colectiva, sino el medio usado por un enemigo externo para crear en la población una ilusión de descontento, artificial, mediante mecanismos automatizados. 

El presidente Díaz-Canel, blanco por excelencia de los insultos a coro en la protesta, tardó horas en reaccionar. Llamó a los manifestantes “delincuentes”, y convocó “al pueblo” a defender en las calles “su Revolución”, la patria y el socialismo: “la orden de combate está dada”, afirmó. 

Pobreza en Cuba, silla de madera, precariedad económica. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

“El pueblo” que defiende al Gobierno en las calles, a diferencia del común de los cubanos, dispone de banderas nacionales grandes y pequeñas, banderas del 26 de Julio, autobuses para transportarse, y palos de forma y tamaño uniformes. También pueden agredir físicamente y de palabra a cualquier ciudadano sin que las fuerzas del orden intervengan y tienen la potestad, incluso, de cargar a manifestantes y conducirlos a estaciones de la policía. 

El Canciller cubano y los medios oficiales han anunciado que se aplicarán “nuestras leyes y el derecho internacional” para procesar a los “autores, instigadores y financistas” de los “recientes hechos de desorden público”; que no se limitaron al domingo 11: hubo algunas réplicas a principios de semana. 

Cientos de participantes de protestas pacíficas continúan bajo arresto y se han desatado redadas contra manifestantes que se encuentran en libertad o, incluso, contra quienes hayan difundido contenido gráfico de los acontecimientos. Mientras, denuncias y testimonios de abuso se reproducen en redes sociales y medios independientes. Quienes denuncian no son robots.

Edificio en Cuba, custodio. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

5. Vacío político y oportunidad

Después de medio siglo escuchando aún más allá de lo deseable la voz ubicua de Fidel Castro, Cuba no tiene quien le hable. En más de un año de la pandemia de COVID-19, los cubanos no han escuchado de sus dirigentes las primeras palabras de compasión. El pueblo cubano resiste y vence, nunca sufre. El pueblo enérgico y viril que languidece bajo el sol en una fila de horas para hacerse de un poco de comida con unos dólares que compró en el mercado informal a más del doble de su precio oficial, recibe constantes regaños porque no trabaja, porque no produce, porque es irresponsable. 

Este discurso viene de los locutores de los noticieros, del presidente, del primer ministro Marrero, de jefes sin carisma cuyo capital político es reciclado, y que permanecen repitiendo lo que hay que hacer sin dar pasos concretos para superar la hiper centralización, impulsar el sector privado y cooperativo, ni ofrecer soluciones urgentes a un país que reclama con urgencia alimento, medicinas y Estado de derecho. 

Guagua, transporte público en Cuba. Foto: Dahian Cifuentes.
Foto: Dahian Cifuentes.

En abril de 2021 el Congreso del Partido Comunista, no solo no anunció ninguna apertura, sino que además tuvo un fuerte signo de continuidad, marcado por consignas del pasado que difícilmente resuenen en 2021 y que sofocaron cualquier esperanza tardía de que llegarían las reformas. 

Entre los dos relatos opuestos algo nuevo se escucha. La gente está llenando ese vacío político de cara al cambio con su propia voz, desordenada y desarticulada; una voz histórica con la que se está reencontrando, que ya no es grito ahogado entre dientes ni es el viejo murmullo vago y sordo.

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