Manifiesto Late

A los dueños del mercado de la palabra,
a los contadores de historias (y de bolsas de basura),
editores y periodistas del mundo,
14 de marzo de 2017.

El Consejo Editorial, una organización periodística internacional, que en las circunstancias de nuestra época –huelga decirlo– solo puede estar en línea, encargó a los editores, en el encuentro celebrado en Bogotá en marzo de 2017, la redacción de un detallado programa teórico y práctico, destinado a la publicidad, que sirviese de carta de presentación (y navegación) de Late. Así nació el Manifiesto que se lee a continuación y cuyo original fue abandonado en un departamento hipster ubicado a pocas cuadras de la populosa estación de Transmilenio conocida como Polo, justo antes de estallar la facticia revolución de marzo. Ya se preparan traducciones a las variantes del español en el continente.

Late quiere arrebatarle la narrativa y el monopolio de la opinión al mercado.

No quiere imponer una narrativa única de la realidad. Se trata de diversificar y centuplicar. Creemos que no hay historias únicas ni excluyentes, y que sus respectivas circulaciones no son auténticas si se encaraman en privilegios de poder.

No queremos ser la voz de nadie, queremos repartir altoparlantes.

No queremos contar la Historia, queremos multiplicar las historias.

No creemos en la Historia, solo sabemos contar historias.

No estamos de acuerdo con la forma en cómo el periodismo de unos cuantos está representando y contando el mundo de todos.

Late es un simulacro. Un palpitar esencial sin marcapasos.

Lo que otros ven como basura editorial nosotros lo convertimos en un colibrí tallado en jade.

No queremos buscar poder para aniquilar al poder opresor, ellos se aniquilan solos ante nuestra indulgente mirada.

Queremos contar todas las historias porque el mercado nos ha hurtado la palabra.

Viajamos 19 mil 563 kilómetros desde 6 países para discutir qué somos, una noche cualquiera de marzo, frente a un plato con mangostinos y arepas, una botella de vino chileno, otra de ron cubano, una de mezcal y caña. Café y mate.

Nos enseñaron las fronteras en un mapamundi, pero no encontramos ni sus rastros.

Nosotros somos los que disolvimos las fronteras y creamos al hijo pródigo -siempre vagamundo y muy crí(p)tico- del periodismo contemporáneo.

Nosotros somos los huérfanos de los reyezuelos editoriales. Somos errantes inconscientes que abrimos maletas abandonadas en Bogotá.

Estamos cansados de que todas las reuniones de periodistas terminen en funeral.

Nosotros somos el empleado de McDonalds que escribe una historia encima de una Big Mac. Somos delirantes notables, atiborrados de palabras agudas y entufadas. Somos una mujer que secuestra un avión para poder volver a la tierra que le negaron. Somos migración y expulsión. Asilo y apoyo. Somos los cocineros que se niegan a vender comida chatarra. Creamos una carta gourmet con la basura de un hotel cinco estrellas.

Otro menú es posible. Es necesario cocinar bien. Y beber lo que nosotros mismos preparamos.

Somos los que compartimos la narrativa latinoamericana. La auténtica voz que late en todos y cada uno de los bulliciosos o de los silenciados. No somos los herederos del García Márquez que idolatran en las redacciones ni del Fuentes que entra campante a todas las embajadas. Somos los que tienen que recibir una beca de una fundación para existir y, muchas veces, los que tenemos que diligenciar una visa para poder contar bien una historia. No somos las cejas de un director editorial sino las manos de un community manager en una redacción polvorienta.

Somos los que fuimos arrojados a la zanja periodística.

Somos quienes nos negamos a ser parte de una máquina multinacional de información vacía e inútil. Somos los que no sucumbimos a las dictaduras del clic y a la frivolidad de las estadísticas.

Somos los que aceptan crear en la mesa de un Starbucks, en un colectivo urbano o en la sala de espera de un aeropuerto. Nosotros también creemos en otra forma de intercambio económico que no sacrifica lo humano. Nosotros somos los desterrados de las redacciones no por glamour sino por necesidad. Nosotros no hacemos periodismo a cambio de un centavo o por un like.

Creemos que la actualidad es un hecho fenoménico en sí.

Somos un gusano dentro de la manzana. Somos la bacteria villana del queso fino. No hacemos periodismo para hacernos millonarios ni para que otros se hagan millonarios. Los verdaderos millonarios no son quienes se apropian de la palabra sino quienes la comparten.

A nosotros nos da igual si es en papel, en una pared o en una pantalla. Cualquier cosa que se pueda manchar con tinta es una ventana al mar.

Somos los que cambiamos la política por lo político. Y el vicio ramplón por el goce ocurrente. Creemos en un mundo posible y al mismo tiempo en la imposibilidad de crear un mundo.

Somos una cámara digital en las manos de un turista en Corea del Norte, somos un archipiélago y también una bomba molotov en una manifestación en Madrid o en un restaurante iraní que estalla en Bogotá.

Somos un petardo que explota en un edificio del centro de Ciudad de México. Somos los que pintan estrellas rojas después de un atentado en Moscú. Nosotros no creemos en la paz ni en la guerra. No somos neutrales ni cauchos ni balanzas que se inclinan hacia ninguna parte. Nosotros estamos ahí, mirando, preguntando, pensando, escribiendo.

No somos rehenes de las dinastías periodísticas que sugieren adoptar una posición política en particular. Medios paternalistas, dictatoriales y elitistas.

Las ruinas que nos han dejado nos permiten la lectura contemporánea de lo que la inmediatez separa. La crónica es parte de nuestras ciudades, de nuestras vidas.

Hemos sido los que escribimos los discursos a los presidentes y secretarios de Estado latinoamericanos a falta de espacios para contar. Y no queremos ser los voceros de un poder ficticio que transita en contravía del bien común.

Tampoco somos redentores.

No queremos repartir folletos a los que el mercado llama hojas de vida, no queremos ser los asesores de prensa de burócratas insoportablemente kafkianos, ni los voceros de un presidente vendido al capital o preso de ideologías anacrónicas.

Tenemos una sola vida y una sola vocación y no las queremos desperdiciar enriqueciendo a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.

Crecimos escuchando sobre la unión latinoamericana para terminar viendo viejos resignados, tan poderosos que alcanzan a impregnar de mal olor las pantallas que usan para mentir.

No pertenecemos a ningún club social de periodistas. No contamos con estúpidas membresías de comunicación.

Nosotros nos olvidamos de nosotros mismos, les cedemos el lugar a ustedes, los contadores de historias.

Somos una médium a disposición de los mensajes del más allá o del más acá. Somos un papalote, una cometa, un volantín, en la sierra de Guerrero o en El Panecillo.

Queremos ser los primeros periodistas latinoamericanos en viajar a la luna o a la vía láctea recién descubierta y no solo contar una historia, sino todas las que encontremos.

No nos resignamos ni resistimos ni luchamos. Escribimos.

Nosotros somos pasajeros del destino. Bienvenido a bordo.

Queremos que Late sea el quinto elemento.

Por ahora, desde Argentina, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador y México.

No nos pueden acusar de no haberlo intentado.

El Consejo Editorial.