| julio 2021, Por Luciano Sáliche

Las fuerzas invisibles

I

“Mi libro de cabecera es un revólver y quizás algún día, al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoque y apriete el gatillo”, escribió Jacques Rigaut. Algo así hizo, pero no fue una equivocación. La noche del 5 de noviembre de 1929 se suicidó. Según dicen, era algo que aparecía, no sólo en su obra poética, también en sus conversaciones cotidianas. Como si fuera algo anunciado. Esa noche se acostó en su cama, puso almohadas sobre su pecho para reducir el sonido violento del disparo, tomó una regla para medir el lugar exacto donde estaba su corazón y colocó el arma sobre el punto marcado. Disparó. ¿Por qué lo hizo? ¿Quién tomó la decisión? ¿Jacques Rigaut? Según la Organización Mundial de la Salud, cada cuarenta segundos alguien se suicida.

II

Estamos en 1909. Imperio Ruso. Nieve, mucha nieve. En una casa en Kursk, Zinaída Serebriakova acerca sus manos a la chimenea y sonríe. Tiene 25 años. Mira por la ventana: el verde de la pradera se ha vuelto blanco. Aburrida, va hacia el baño —al tocador, como se dice— y comienza a peinarse frente al espejo. Algo de esa escena íntima y narcisista la seduce. Ve belleza en el brillo de su piel, en su semblante, en la forma que todo está acomodado: perfumes, maquillajes, velas, perlas, alfileres. Ella es artista, dibuja y pinta como poca gente lo hace en todo el imperio. O eso es lo que sus familiares y amigos le dicen. En ese momento no duda —directamente no piensa—, va a buscar sus cosas: una hoja, un lápiz, pinceles y acuarelas; y se pone a trabajar.

Lo que empezó como un dibujo terminó siendo una pintura llena de colores y texturas. Cuando le muestra la obra terminada a su hermano, él le dice que es maravillosa. Insiste: es maravillosa, y la anima a que la presente en algún concurso. Finalmente En el tocador —también recibe el nombre de Autorretrato— se exhibe en la séptima exposición de la Unión de Artistas Rusos, el público queda fascinado, los críticos escriben reseñas entusiastas, la Galería Tretyakov decide comprar el cuadro, su carrera escala de forma meteórica y se vuelve una referencia en el mundo del arte de su país. 

Luego se enamora, se casa, tiene hijos, cuatro, pero su marido, que es rico y contrarrevolucionario —estamos ya en la recién nacida Unión Soviética—, cae preso y muere de tifus en la cárcel. Ella queda a cargo de sus hijos y de su madre enferma. Con la pintura no le alcanza para vivir y el hambre no tarda en llegar. Negada a pintar retratos de militares, consigue trabajo en el Museo Arqueológico de Jarkov haciendo dibujos de los objetos expuestos. A fines de 1920 se muda al departamento de su abuelo en Petrogrado, pero es obligada a compartirlo con otras familias, a socializarlo. Tiene suerte y los nuevos convivientes son artistas del Teatro de Arte de Moscú. 

En 1924 le escriben desde París: quieren que viaje a hacer un mural. Es una gran noticia, piensa. Necesita el dinero. Acepta. Viaja casi de incógnita. Los parisinos quedan encantados con el mural. Cuando quiere regresar, el Estado no la deja. Sus hijos la esperan. Pasarán un par de años hasta que los vuelva a ver, entonces ahí, en ese momento, sola en París, envuelta en una tristeza abismal, indescriptible, se pregunta por el principio, por el comienzo: aquella tarde de 1909 en su casa de Kursk, en el tocador, frente al espejo, ¿qué fue lo que la llevó a pintar ese autorretrato, el origen de su carrera y, por consiguiente, de su calvario? ¿Qué fuerzas invisibles la llevaron a pintar? No tiene idea.

III

“Amado Señor: Me pediste que te diera explicaciones sobre lo que estaba haciendo, pero tengo que decirte que en verdad no sé qué es lo que estoy haciendo. ¿Vos ya lo sabés?” Así comienza Amado Señor, el último libro de Pablo Katchadjian, editado por Blatt & Ríos. Son cartas a Dios, podría decirse, y cuando intuye que no hay nadie del otro lado, que no existe ese interlocutor, le empieza a hablar a los objetos que ve o que imagina que ve: Amado Escarabajo, Amado Punto, Amada Boca, Amado Agujero. El narrador habla y la pregunta, aunque ramificada, siempre es la misma: ¿por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo?, ¿qué fuerzas invisibles me guían al escribir estas cartas a…?

IV

El 26 de junio de 1987 ocurrió la Masacre de Kruguer. ¿Qué es Kruguer? “En 1987 Kruguer no era siquiera un pueblo. Tenía noventa y siete residentes fijos. Una chocolatería, una casa de té, una proveeduría, un restorán, una farmacia, un pequeño, un hotel que llevaba el mismo nombre y había sido construido a principios de siglo por Jerónimo Kruguer, el fundador. Sus casas eran, invariablemente, chalecitos a dos aguas, de tipo alemán o suizo, con jardines bien cuidados, rodeadas de un espeso bosque de pinos que se extendía a kilómetros alrededor, con un arroyo donde la gente podía bañarse en verano y montañas cuyos picos no tardaban en cubrirse de nieve”.

La Masacre de Kruguer (Literatura Random House, 2019) es una novela de Luciano Lamberti que, a modo de falso documental, narra la historia de un pueblo patagónico que el 26 de junio de 1987 vivió una masacre: sus habitantes se mataron entre sí. No es una discusión que escaló. No. Son escenas, en apariencia, inconexas. La señora Rosales pone veneno para ratas en la preparación de la torta y luego se la come ella, su marido y su hijo. Un hombre se sube al auto y atropella a un grupo de gente sentada en la plaza. Una chica baña a su bebé, de repente lo hunde, lo ahoga, después saca su cuerpito muerto, lo seca, lo cambia y lo sienta con ella a ver la tele.

Cuando la policía le preguntó a los sobrevivientes, que fueron muy pocos, por qué pasó todo eso, qué fuerzas invisibles guiaban su locura, no hay respuesta. Nadie sabe. Nadie entiende. El sacerdote del pueblo vecino tiene su explicación: “¿No está clarísimo? Es el apocalipsis. Es un pequeño apocalipsis que tuvimos acá, a menos de veinte kilómetros”. En ese momento, Clarín manda a un periodista. Llega y no entiende mucho. Llama a su jefe, en Capital, por teléfono público. Le cuenta: “Cien vecinos se mataron entre sí. Es una locura esto”. Su jefe le repetía: “Escribí lo que puedas”. Lo que hizo fueron decenas de notas llenas de estupor. Estupor, estupor, estupor.

V

Casos de gente que asesinó porque “una voz en mi mente me dijo que lo hiciera” hay varios. Es un tópico explorado. Incluso no hace falta llegar a matar para dar cuenta de ellas. La doctora Angela Woods, de la Universidad de Durham de Reino Unido, lidera una investigación que, según la BBC, es uno de los estudios más complejos del mundo sobre la experiencia de oír voces. La entrevistaron a partir del caso de Rachel Waddingham, una mujer que convive con más de cinco voces en su cabeza. Rachel les puso nombres, géneros, edades, características de personalidad. Una de esas voces le dice que “es una estúpida”, que “no sirve para nada” y le pregunta “por qué no se suicida”.

“Recuerdo la primera vez que los escuché, estaba en cama y me quedé helada. Sentí que no me podía mover y los escuchaba decir todas esas cosas horribles”, contó en la nota de la BBC. Luego habló la doctora y dio una explicación sencilla: “Si te encerraran en un tanque totalmente aislado desde el punto de vista sensorial y social, está casi garantizado que a las 72 horas tú también empezarías a escuchar voces”. Habló también de la “ilusión auditiva” que toda persona en algún momento de su vida experimenta. Y dio dos ejemplos: “durante los márgenes del sueño” y “cuando crees que alguien dijo tu nombre”. 

VI

¿Qué tan consciente era Alberto Greco, artista plástico argentino, vanguardista del collage, héroe del arte vivo, de que ya había hecho todo lo que tenía y podía hacer, de que su obra ya estaba terminada? Le faltaba una más, la última. A los 34 años, octubre de 1965, le avisó a sus amigos que se iba a suicidar, luego tomó un puñado de barbitúricos y se desvaneció. Lo encontraron en su casa de Madrid rodeado de lápices y carbonillas. Sobre la pared, se leía: “Esta es mi mejor obra”. Y en la palma de su mano izquierda, una palabra: “Fin”. ¿Fue él, conscientemente él, quien la escribió? 

VII

En la novela de Lamberti, hay un personaje que ve toda la masacre desde afuera: Carlos Dut. Era comisario del pueblo vecino cuando ocurrió todo y lo siguió siendo por varios años más. Mientras duró su investigación, caminó por el tapial de la locura. Luego dejó el uniforme y se dedicó a resolver problemas de ingenio y ese tipo de cosas. Más como un hobbie. También resolvía problemas de su pueblo como encontrar algo que se perdía, esas cosas. Se dedicó a entrenar su mente. Pero en la masacre no pudo avanzar nada. En la novela, cuando le preguntan, ensaya una explicación. “El hielo de nuestra cordura es fino y frágil”, dice. Y agrega: “Todo puede salirse de control”. Y repite: “Todo puede salirse de control”.

"El sueño de la razón produce monstruos" (1797-1798) de Francisco de Goya
Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, (1797-1798)

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