El oasis chileno solo era un espejismo

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De la primavera chilena. 

“Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona”

Nicanor Parra.

Muy temprano, por la mañana, intento caminar por el centro de Valparaíso, la ciudad que me vio nacer y crecer. Mi garganta se corruga, me pica la nariz, mis ojos se protegen con lágrimas que no se deciden a caer: todo se hace difícil, sobre todo respirar; es el gas lacrimógeno que pulula como una extraña reprensión, son los carabineros y los militares con su inacabable olor a pólvora.

Las calles están repletas de escombros y se multiplican las filas de personas que buscan comprar algún alimento en medio de una tensa calma que recuerda los peores años de la última dictadura. Pero bueno, nada es fortuito y, entender, no es tan difícil: volvamos unos días atrás.

Es viernes y en Santiago de Chile hay mucha gente haciendo eco de un llamado difundido por redes sociales: “evade el pago de la tarifa del metro” que ha aumentado $30 pesos (0,04 dólares). Parece insignificante, pero no lo es.

Con el incremento asumido la tarifa es de $830 (1,14 dólares). De esta manera y, en la hora de más congestión, el metro de Santiago se convierte automáticamente en el metro más caro de América Latina. El sistema ya acumula dos alzas en este año y esta última fue la gota que rebasó el vaso.

Los capitalinos se cansaron y empezaron a evadir el pago del sistema de transporte con una activa participación de los estudiantes: decidieron correr los torniquetes de pago y, así, abrieron paso a los ciudadanos.

El gobierno responde como mejor sabe hacerlo: con fuerzas especiales de carabineros. La gente comienza a manifestarse en diversas estaciones de metro, con cánticos y cacerolazos, también se encienden las primeras barricadas. Después de servirse una pizza en el barrio alto, el presidente Piñera se dirige a la casa de gobierno y declara –por primera vez en Chile desde que acabó la dictadura hace 19 años- estado de excepción y lanza los militares a la calle.

Las protestas se expanden más allá de la capital: Concepción, Valparaíso, La Serena, Valdivia, algunas de las capitales regionales más importantes del país. Ya no son los $30 del metro, son 30 años, dice la gente, 30 años de incubación del neoliberalismo más voraz.

El modelo parece haberse agotado. Si bien logró disminuir la pobreza durante los ’90, hace tiempo venía mostrando fisuras: la revolución “pingüina” de 2006, las movilizaciones universitarias de 2012, el movimiento No+AFP, etc.

La olla presión en la que se había convertido Chile finalmente explotó.

El alza de la tarifa del metro de Santiago sólo fue la chispa que faltaba para que comenzara a arder la rabia acumulada: pensiones miserables para los adultos mayores, fuertes aumentos en el precio de la electricidad, eternas listas de espera en los hospitales, endeudamiento educativo, corrupción generalizada en la clase política, económica y militar, contubernios de precios por parte de grandes empresas, declaraciones indolentes y ridículas por parte de las autoridades (como que Chile es un oasis en medio de una Latinoamérica convulsionada), zonas de sacrificio y destrucción ambiental, escasez de agua agravada por su privatización y un largo –larguísimo- etcétera. ¿Y la flamante respuesta del gobierno?: toque de queda para Santiago y varias ciudades más.

El malestar se multiplica y se matiza: la mayoría sale a la calle a manifestar su descontento, gritando o haciendo sonar sus cacerolas, desafiando el estado de emergencia y la presencia amenazante de los militares y sus armas de guerra. También actúan los grupos de ultraizquierda, que aprovechan la convulsión para estampar su anacrónica revolución con consignas en las paredes y unos cuantos edificios incendiados, esperando que el pueblo abrace el llamado a “quemarlo todo”. Tampoco falta el lumpen, que con un par de zapatillas o una pantalla led a cuestas ha encontrado la ocasión perfecta para hacerse de productos que de otra forma se le hace difícil conseguir, lo que les permite sentirse parte de la fiesta del consumo obsceno y desaforado que ha celebrado Chile desde hace décadas.

Ahora cae la noche en Valparaíso y se puede sentir el suave jadeo del Océano Pacífico. Qué ironía. Contrasta con el desastre que hay en tierra, de mar a cordillera, desde el desierto hasta la Patagonia profunda: muertos, heridos, detenidos, un gobierno indolente e inepto, destrucción y militarización para “mantener la paz”.

Paz, ese eufemismo tan manoseado por los que se creen los dueños de este país.

El humo de un edificio en ruinas o alguna hoguera de protesta se asoma hacia los cerros de este viejo puerto, y las sirenas se confunden con las cacerolas que nos dicen que nada volverá a ser como antes.

El oasis chileno sólo era un espejismo.

Y todos estábamos muriendo de sed.

De desigualdad.