| marzo 2022, Por Santiago Montag

¿Por qué a un beduino le preocupa Ucrania?

La guerra entre Rusia y Ucrania es también una guerra entre Occidente y Oriente. ¿Qué piensan en Israel, Palestina y Jordania de la guerra en Ucrania? Late recorre Medio Oriente para averiguarlo.

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En el Reino Hachemita de Jordania, un país con poco más de 20 millones de habitantes, la guerra en Ucrania es una preocupación. La gente de a pie susurra, grita y aprieta los dientes en la calle hablando de la guerra. La principal cadena de noticias de Medio Oriente de origen catarí, Al Jazeera, transmite las 24 horas las imágenes, novedades y análisis, una cobertura completa y sobrecargada sobre lo que sucede en Europa oriental. Ante tales hechos históricos nadie puede mantenerse al margen, menos hoy cuando la información llega más rápido por redes sociales (aunque muchas veces son “fake news”) que vía los grandes medios de comunicación.

Mahmud vive en Ammán, la capital jordana, allí tiene su tienda de artículos tradicionales sobre una de las principales avenidas, la al-Hashemi. Su local está superpuesto con el de sus vecinos, imposible saber dónde termina uno y comienza el otro, mientras lo abre piensa en voz alta: “no terminamos con una crisis mundial sino que estamos comenzando otra”. Angustiado intenta abrir más temprano y cerrar más tarde para vender un poco más, pero hay acuerdos entre los vendedores para evitar la competencia. Mientras acomoda los pañuelos beduinos, las alfombras y los narguiles (para fumar tabaco o shisha) dice: “Debemos juntar todo el dinero que podamos, no sabemos qué pasará, cuando Estado Unidos invadió Iraq aquí se vivió muy mal, cuando Israel tiene guerra con Palestina aquí recibimos más refugiados, cuando le tocó a Siria hace unos años la situación fue similar”. 

En frente, sobre la misma avenida, un grupo de varones en el playón de una enorme mezquita  al lado de un siq o bazar están a los gritos debatiendo con un fragante café árabe en la mano. Entiendo palabras sueltas: “Ukraine” “Russia”, “Harb” (guerra en árabe),La guerra en Europa del este está en las calles de Jordania

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En el desierto del Wadi Rum vive una enorme comunidad de beduinos amantes de Lawrence de Arabia. Su economía se basa en el ganado de camellos y la venta de artesanías además de la industria hotelera. Están intentando recuperarse de todo lo perdido en la pandemia. Recién muy de a poco regresan los turistas a los bellísimos campamentos. Nasser, el sheik de una familia, tiene la mente ocupada en recuperar las inversiones hechas en sus tiendas de alojamiento cuando Rusia puso sus botas sobre Ucrania. Se acomoda el kufiya rojo (tradicional de los beduinos) reflexionando “Si Europa se empobrece de nuevo nosotros dejaremos de recibir gente aquí en el desierto y tendremos que buscar otra manera de vivir”. Bebe un trago de té. “Espero que esta locura termine pronto, pero si continúa hemos estado en este desierto durante generaciones, si nuestros antepasados sobrevivieron nosotros también lo haremos” dice mientras mira su celular conectado al WiFi, leyendo las últimas noticias junto a una montaña que emerge de la arena.

Foto: Santiago Montag
Un pastor en Hebrón. Foto: Santiago Montag

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A orillas del golfo de Aqaba se encuentra una pequeña ciudad del mismo nombre, es el lugar de veraneo de los jordanos con sus únicos 26 kilómetros de costa. La mayor parte está privatizada, así que apenas les quedan un par de kilómetros a las clases populares para disfrutar. En un restaurante había dos personas discutiendo: un argelino, Mahmud un cincuentón sin pelos en su cabeza que trabaja para Sonatrach, un gigante petrolero de Argelia; y un beduino jordano Ahmad, había sido ingeniero en Arabia Saudita pero ahora trabaja para la monarquía en Jordania con más de sesenta años. 

El debate dura un rato largo. Ambos opinan que ninguno de los bandos está en lo correcto, pero Ahmad remarca que “EE. UU. es el gran responsable de lo que sucede en Europa del este”, y que “a Rusia va a sucederle como le pasó a EEUU en Irak en 2003, una insurgencia interna, además de devastar el país y dejarlo en ruinas durante décadas” decía revoleando su robusto bigote negro. 

Sin embargo Mahmud, el argelino, le replica que Rusia debía respetar la soberanía de Ucrania y apoya una intervención de la OTAN mientras golpea la mesa haciendo tambalear el pollo con arroz. Ahmad le responde sereno: “yo con Estados Unidos, nunca”.

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Fátima, una joven palestina vecina de Sheik Jarrah en Jerusalem oriental, defiende su casa en un barrio donde viven palestinos desplazados en 1948 y 1956, Allí los vecinos son acosados sistemáticamente por Estado de Israel (con todos los mecanismos judiciales, represivos y civiles, es decir los colonos israelíes) y la vida es muy difícil. Se sienta para hervir agua en la puerta de su casita y opina que la situación en Ucrania es muy mala para ellos. Mientras vierte el agua en la taza, dice: “No solo por el sufrimiento de las personas bajo bombardeos, nosotros conocemos bien la situación tenemos parientes en Gaza, sino porque mientras el mundo está mirando hacia allí [Ucrania], Israel puede hacer lo que quiera con nosotros [los palestinos], mucho más de lo normal”. 

Su padre sale cojeando de la casa acompañaba el comentario de Fátima, “acá seguiremos resistiendo aunque venga la Tercera Guerra Mundial”. Como si fuera un mundo aparte: están las guerras mundiales y está el conflicto Israel-Palestina.

Foto: Santiago Montag
Niños en Jerusalén. Foto: Santiago Montag

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Lena en la región occidental de Jerusalem, una jóven programadora israelí de unos treinta años con un pelo negro ondulado y pecas en su rostro, comenta mientras está sentada en su computadora con silla gamer que “lo que pasa en Ucrania es una locura”. 

Toma un sorbo de cerveza y continúa: “hice el servicio militar obligatorio acá en Israel, si bien siempre estuve en trabajos administrativos la sensación tener que ir a la batalla siempre está latente, algunos entran de muy pequeños, podemos elegir pero la mayoría lo hace al terminar la escuela”. Abre el celular y mira una imágen de los reclutas en Ucrania, “esa gente debe ser rescatada y nuestro gobierno aún no abrió la boca sobre lo que sucede, apenas si menciona que darán asilo a los judíos que escapan de allí.”

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En Belén, Marwan es un palestino pastor de ovejas y cultivador de olivos (árbol nacional palestino). Tiene casi setenta años, es bajito pero se lo ve todo el día armando postes, rejas, o alguna cosa para sus terrenos, que están “allá atrás de las colinas”, como dice él, en Cisjordania ocupada. La piel del rostro curtido contrasta con sus curiosos ojos verdes como las aguas del Mar Muerto. Está agachado con una amoladora en la mano cortando fierros. Sobre Ucrania opina: “cuando veo guerra, veo a los ricos engrosar sus bolsillos y a la gente achicar los estómagos”.

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En Wadi Musa, una pequeña ciudad que está pegada a Petra, la séptima maravilla del mundo en Jordania, unos muchachos toman el té y fuman en un shisha bar. Como la mayoría de la población es musulmana, los bares son para conversar mientras se fuma shisha o se bebe café árabe o un té. Hay una regla implícita: está prohibido colgarse con el scroll del celular, aquí se viene a charlar.  Gracias a eso conocí a Rashid, un niño yemení refugiado de la guerra que trabajaba de mozo. Su hermano mayor había sido convocado al ejército en Saná, la capital de Yemen, para combatir en la guerra.  

–“No deseo que nadie viva la guerra, es muy triste y doloroso. ¿Sabés que trae siempre la guerra? Lo que nos trajo a nosotros: mucha hambre”.







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