| enero 2022, Por Marcela A. Martínez

Las estrellas se apagaron en el sur

A 17 años de la tragedia que conmovió a la Argentina y movió los sismos de una de las banderas culturales más trascendentales del país austral: el rock nacional.  

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“Los ausentes soplan grismente y la noche es densa.
La noche tiene el color de los párpados del muerto.
Huyo toda la noche, encauzo la persecución y la fuga,
canto un canto para mis males,
pájaros negros sobre mortajas negras…”
Alejandra Pizarnik

A las 00:04 del naciente sábado, sonó el celular. Del otro lado de la línea, mi hermano mellizo, espetó sin rodeos: murió Maxi.


― ¿Que qué pasó? –contesté.
―No sé, se murió. Es de locos, de locos –repetía su voz alterada, quebrada.
―¿Cómo? –volví a preguntar estúpidamente. Como si hubiera entendido mal y mi hermano pudiera devolverme otra respuesta.
―Creo que un infarto. No sabes lo que fue cargarlo con otro flaco para sacarlo de la casa y poder subirlo al auto que lo llevó hasta el Hospital Evita. Estábamos por acostarnos y escuchamos los gritos desgarradores de Luján pidiendo ayuda, que Maxi se ahogaba, que se moría. Salí como estaba, en cueros, sólo con el short de dormir y crucé volando la calle.
Detrás venía Lucas que esperó en la vereda. Cuando entré ya estaba una vecina haciéndole maniobras de RCP, pero no reaccionaba. Su cuerpo robusto desplomado, inmóvil, vomitado.

Lo arrastramos como pudimos. Para mí ya estaba muerto.

Efectivamente fue una falla cardíaca, luego de volver de jugar fútbol con unos amigos en el club del barrio, con apenas cuarenta y seis años de vida. Hacía poco había superado un caso leve de Covid-19, que había transcurrido sin dejarle secuelas a la vista. Demasiado confiado en que ya nada malo podría pasarle, lo tomó con bastante ligereza y pronto retomó sus actividades. No hay ninguna evidencia que permita relacionarlos y tal vez sea demasiado arriesgar que la muerte no perdonó esa desatención.

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Un minuto y veintisiete segundos de ese relato agitado, entrecortado, bastó para devolvernos a aquel 30 de diciembre de 2004, cuando empezó la tragedia de esta familia y en el vecindario se terminaron por mucho tiempo los días festivos.

Otra vez la muerte inexplicable, siniestra. ¿Por qué ese ensañamiento? Si ya te habías llevado al tío Cacho –hermano de Jorge–; a la tía Alicia –hermana de Marta y Luis–; a la prima Carol –Carito, tan delicadamente bella, con su cabello largo, lacio, rubio, su sonrisa de boca generosa y cándida, estrenando sus veintiún años, a tres días de festejados. La imagino aferrada a Alicia, asustada y a la vez protectora, con experiencia en pérdidas tempranas ante el fallecimiento de su padre por culpa del cáncer. Quizás por eso estudiaba medicina. Y ahora desesperadamente yéndose de esta vida. Carito soltando sus penas, como tantas veces le cantamos de niña. Entre sus dos amores: su mamá –inseparables hasta el final– y su novio Pablo. Todos muertos. Esa funesta noche también murió María Belén –ahijada y prima de Maxi e hija menor de Luis y Marita, con quince años, en plena adolescencia, promediando el colegio secundario–.


De todos los que fueron a ese boliche del barrio de Once, sólo volvieron Jorge –el padre de Maxi, tras larga internación– y su otra prima Carla, la hermana mayor de Belén.

Ambos zafaron de milagro, si algo así existe.

Sólo Marta no fue porque se había quedado al cuidado de su mamá Lucía, la abuela de Maxi. Envejecida y postrada en una cama, después del hecho ya sin ganas de hablar ni de comer, se apagó definitivamente de tanta tristeza.

Si bien en las familias las cosas siempre tienen sus bemoles, con esto, la de ellos quedó partida al medio. A ese paisaje sombrío se añadieron resquemores, desencuentros entre hermanos, hasta hoy no saldados. Los padres de Belén, como los de las demás víctimas de aquel aciago evento, quedaron consumidos por ese fatídico rol. No pudieron perdonar que su hija hubiera ido a ver al primo a un recital y se la hubieran devuelto en un ataúd cerrado, luego del tremebundo recorrido por hospitales y morgues, en lo que fue la mayor tragedia no natural de nuestro país.


Por más que Marta, al igual que todos los otros papás y mamás, abuelos, hermanos, tíos, primos, exhiba la lámina que se levanta en cada encuentro, en cada oportunidad que se puede, que eterniza los rostros de sus muertos, parece que esas pérdidas siempre fueron distintas a las de las otras familias. Quizás por portar un vicio de origen: el vínculo de sangre con uno de los músicos, el guitarrista. Eso los relegó del dolor que emparentaba al resto de los deudos. Pero también para ellos, todo cambió de golpe.


Luego vino el proceso judicial convertido en una verdadera pesadilla kafkiana: alongado, angustioso. Al final de ese camino, para Maxi, la cárcel.

Tras ese período tan oscuro, un impase esperanzador alumbró algo de paz. La alegría que trae lo nuevo, lo que nace sin culpa por el pasado. Hasta que, como chicotazo, la parca inesperada les pegó a Marta y a Jorge donde más duele. En lo que no tiene nombre.


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Con la muerte de Maxi, la casa nuevamente quedó arrasada. Sin días por delante para esos padres, desconsolados, abismados hacia lo desconocido.


La compañera de vida de él, Luján, diez años juntos –realmente, en las buenas y en las malas– ahora sola con su viudedad. Demasiado joven para lidiar con lo que queda, aun cuando todo su ser permea una fortaleza titánica: una morocha libriana, murguera, enamorada de su compañero de vida, de corazón fuerte –como ella misma se define–.

―Te fuiste tan rápido, jugando tu último partido. Era mucho lo que cargabas, que “el burro se abrió de patas”, solías decir. Se lamenta Luján, mientras te extraña horrores. Y Alicita, tan tempranamente huérfana de padre. La pobrecita no para de “tirarle besos al cielo”.
Maldita muerte. Una y mil veces. Millón de veces. Infinitas veces.


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Maximiliano, único hijo de Marta y Jorge, nació el 4 de noviembre de 1974. En sus facciones, en especial sus ojos y nariz, confluye esa rara mixtura de inmigrantes italianos, por parte de madre, y yugoslavos, del lado paterno. Un pibe más de Valentín Alsina, partido de Lanús, anclado en el sur del conurbano bonaerense. Con una infancia tranquila, feliz.

Cuando terminó la escuela en colegios de la zona –habiendo dejando pendientes algunas materias de la secundaria– trabajó varios años en una imprenta, aunque lo suyo era otra cosa. Pero, por entonces, no se sabía bien qué.

Valentín Alsina es, a grandes rasgos, un barrio de obreros, de comerciantes y de fábricas –principalmente textiles, curtiembres, papeleras–. Supo tener en el pasado industrias muy pujantes, como la textil Campoamor o el Frigorífico Wilson, con un número considerable de fuentes de trabajo a comienzos del siglo XX. Su accesibilidad con la lindante Capital Federal a través del “Puente Alsina”, de estilo neocolonial, la multiplicación de los servicios tranviarios y la compra de tierras por loteos y en cuotas, favoreció por entonces la instalación de una gran cantidad de familias, muchas de la inmigración trasatlántica, como los abuelos de Maxi.

También es una localidad de leyendas tangueras y arrabales, y del rock suburbano de clase trabajadora, del punk rock –“2 Minutos”–, junto con otras expresiones de música barrial atravesada por distintos fenómenos artísticos. De bares: “Boero”, “Punto Límite”, “Las Vegas”, “La Musa”. El teatro “Carlos Gardel”, el paseo peatonal Roberto Sánchez (“Sandro”). De clubes sociales y deportivos, tan necesariamente contenedores de esos pibes y pibas del conurbano: “Olimpo”, “Tamet”, “Victoriano Arenas”, y el de la cuadra de Maxi, “Unión Progresista” –“El Sifón”, su amado Club, en el que pasó sus últimas horas–. De futboleros, repartidos entre hinchas del Rojo de Avellanada –Club Atlético Independiente–, los de mi familia, y xeneizes –Club Atlético Boca Juniors–, como Maxi, Jorge y Alicita.


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Salvo por un breve tiempo, Maxi vivió siempre en la misma casa, construida arriba de la vivienda de sus abuelos maternos, doña Lucía –más buena y noble que sus pancitos calientes– y don José, un hombre de semblante serio, trabajador, fumador empedernido de cigarrillos negros “Particulares”, quien tuvo una muerte temprana.

Con posterioridad a toda la pesadilla que le tocó vivir, cuando formó pareja con Luján, esa planta baja de la vivienda se convirtió en su hogar y sede de trabajo. El departamento de sus padres es de construcción sencilla, confortable, bien acicalado. De una pulcritud extrema. Porque Martita (como muchos la llaman), es obsesivamente ordenada, muy estricta con los horarios para el almuerzo, la cena, los mandados, casi para todo. A la entrada, supo tener un espacio reservado a su oficio de peluquera, que desempeñó con arte por muchos años. En una especie de patio techado al que se accedía apenas superada la escalera que llevaba hacia la planta alta, devenido ahora en sala de estar o jardín de invierno.

Marta es portadora de una sutil coquetería, delgada, con el cabello entrecano cortado a lo garçon, las uñas largas y pintadas, prolijamente ataviada. Marcada por su sangre italiana, detrás de esa delicadeza, se esconde una luchadora, una madraza. Jorge, delgado, rubio, de ojos claros, mentón bien dibujado, prototipo de ascendencia balcánica, con sonrisa discreta, casi una mueca –como la de Maxi–, de hablar parsimonioso. Se jubiló principalmente por sus años trabajados en Astilleros Alianza S.A., uno de los astilleros navales más importantes de América Latina. Con un salario bien pago para lo que era la media, había sido despedido al comienzo de la década del noventa, cuando los cierres de fábricas, las quiebras sin consecuencias y la flexibilización laboral se diseminaban por todo el país. Sin excepción, golpeó fuerte a la clase trabajadora alsinense.

Fueron tiempos en que los derechos, en particular, los de los trabajadores se precarizaron, mientras la especulación recibía jugosas recompensas y el estado remataba todas las joyas de la abuela: Ferrocarriles Argentinos (“ramal que para, ramal que cierra”, dejando pueblos a la deriva, desconectados de las grandes ciudades, con jóvenes sin futuro), ENTel, YPF, Gas del Estado, Aerolíneas Argentinas, SOMISA, Correo Argentino. Una lista larga.


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Para entonces, Maxi tomaba clases de guitarra, aunque fue más bien un autodidacta, y de a poco se animó a probar suerte con la música. Hizo covers, hasta que ya en el 2000, con veintiséis años, se incorporó definitivamente a la banda de Villa Celina, rápidamente famosa por sus éxitos. Aunque, por la hecatombe, después. ―Ahí fue cuando grabamos nuestro primer disco: “Sed” –le comentó a Juan Pablo Chiodi en una nota que le dio a Revista Sendero, en diciembre de 2019, a los quince años del hecho.


―Era una banda que trabajaba como a mí me gustaba, laburábamos a full: además de hacer canciones, salíamos a hacer afiches, a repartir volantes, todo a base de sacrificio, narraba Maxi.

El grupo que había empezado llamándose “Rio Verde”, con los nuevos integrantes, cambió su performance –voz, bajo, guitarra, batería, coros, saxo y bandoneón– y el nombre definitivo. Con esta formación que quedó estable, finalmente, adquirieron notoriedad, innumerables shows, giras. Fueron teloneros de Ratones Paranoicos, La Renga y hasta de Divididos en un festival a beneficio.


Era una época en la que había muchas historias para contar y ellos la supieron aprovechar.


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―Hijo, mirá que la fama es puro cuento. Hoy estás arriba, mañana en la lona –le previno Marta tantas veces. De pura bruja nomás. De que el diablo sabe por diablo, pero más por viejo. Un poco de cada cosa, quizás.


Como tocados por una varita mágica, la banda dio un repentino salto cósmico. Se escuchaban por todos lados. Tarareábamos sus canciones aun quienes ni siquiera éramos sus fans. Sólo que de tanto sonar, los temas se te pegaban. Para Maxi, era el sueño del pibe cumplido.
Sin embargo, se dice, a gran subida, gran caída. Estaban en la gloria, colgados de las alturas cuando se vinieron a pique. El cachetazo del destino los sumergió en el peor de los infiernos aquel 30 de diciembre de 2004, como a todo el país.


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Si bien no es cierto que el tiempo todo lo cure, porque las imágenes del horror acechante nunca se fueron, algo de buena vida empezaba a recuperarse. Parece mentira que, arrastrando tantos cadáveres, la intimidad hogareña ganaba espacio gracias a la energía portentosa de Luján. Un amor que le hizo muy bien a Maxi. Y la risa contagiosa de la pequeña Alicia, dueña de un decir y de una explosión de vocabulario de lo más animado, única nieta de Marta y Jorge. Todo lo bueno que hoy les queda a los que habitan esa casa, se resume en ella.


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Sin estridencias, Maxi –el Gordo, para sus amigos–, que hacia fines del 2008 había abandonado la banda de Villa Celina, porque por entonces los cruzaban diferencias insalvables, regresaba a la música como forma de vida. Componer era lo que amaba hacer.


―Lo que pasó, sacó lo peor de todos, nos destrozó como personas y como grupo, dijo en una entrevista al diario Los Andes, sobre las contradicciones internas con su vieja banda.
―Tuvimos que reconstruirnos, empezar de cero.
―Pudimos salir adelante, soportamos la cárcel. Cada uno de la banda está haciendo lo que puede en la música, algunos con más o menos éxito, pero bueno: estamos levantados haciendo música, que es lo que nos gusta.

Otra vez shows, discos, volver a ganar algo de dinero con un proyecto más personal, al que además le ponía su voz, “su” banda: “Esas Cosas”. En algunas canciones aparecen referencias claras a aquel crítico momento: ―«Si el pasado se acuerda, si hoy estoy mejor, si mi inocencia te molesta, explicame la razón», interpreta Maxi en “Un susurro de tu voz”.

Unos años más adelante, por el 2014, con la unión de un par de ex integrantes de aquellos buenos tiempos –Elio y Juancho– y otros músicos lanzaron una formación nueva “Nuestra Raza”, con muy buena repercusión. Él, en la guitarra, como siempre.

―La gente va por los temas del viejo grupo. Pero de a poco nos vamos formando un público propio, dijo Maxi, en una nota al diario La Nación del 30 de diciembre de 2019, a días de un buen cierre de año en el Microestadio Arena de Ramos Mejía con esta banda, y a propósito de cumplirse un nuevo aniversario del trágico hecho.


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En la casa familiar, convirtió las habitaciones de la abuela Lucía, su prima y la tía Alicia en una sala de ensayos y estudio de grabación –“Estudio Carol”–. Sobre la mesa de la computadora, yacía una vela con la imagen del padre Mario, a quien fue a ver a González Catán para pedirle por su libertad, y una foto de su prima Carol, testimoniando lo mucho que se querían, que se criaron como hermanos, y cuánto la extrañaba.


Este emprendimiento, hecho a pulmón, que necesitó de varias intervenciones para convertirse en un espacio competitivo, también arrimaba un ingreso extra, intentando salir de tiempos de sequía.
En “Día a Día”, cuando todavía pertenecía a la banda que le dio fama, le escribió a su prima: “Tengo tantas cosas para contarte, que no sé por dónde voy a empezar. Igual decile a tu mamá que cuando termine me mando para allá. Aguanto día a día lo que me toca. Acuesto a mi alma en un rincón. Descubro que la vida es otra cosa. Sin ella, mi alegría se escapó”.


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Ese entorno favorecido reanimó a todos. En especial a los padres de Maxi. Rosquitas, scones y chipás humeando nuevamente. El perfume del agua de azahar de los pandulces preparados para las fiestas de fin de año, como en la época de la abuela Lucía –tan impregnado en el recuerdo de mi infancia– también volvió a expandirse en el aire, atravesar la cocina, el garaje y filtrarse por una hendija de la puerta hacia la vereda, merced ahora a las manos laboriosas y generosas de Marta, que siempre aparecía con una canastita con alguna de esas delicias para convite del vecindario. Porque lo que se hereda no se roba y ella supo honrar ese legado materno como nadie.


Si hasta Jorge se aprestó a bajar las escaleras, remolcando despacito su tan fatigado cuerpo, a salir a la vereda y sentarse a charlar con los vecinos, a juntarse con los del taller mecánico de al lado y compartir con ellos el asado de los sábados al mediodía.


Lo pasado era tan espeso, que hubo que resetear la vida para seguir.
“Junté silencios en el ruido. Junté todo lo que pude y te fui a buscar. Atravesé nuevos caminos y en la cola del olvido así dejé el dolor. Me choqué con tu vida, me bajé de la mía, mastiqué agonía y la solución para que el trigo siga creciendo y la cizaña no”, decía Maximiliano en “Trigo y Cizaña”, uno de los temas de “Esas Cosas”.


Y con ese amor pujante, con la lucidez aportada por su pareja y la alegría de su hijita, trayendo más que algo bueno, trayendo algo mejor, proyectó un futuro feliz.


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Víctima –por sí y por sus muertos–, y victimario –a consecuencia de las casi doscientas vidas segadas esa trágica noche y de los miles que quedaron maltrechos–, ahora se suma él a la larga lista, como otros que siguieron ese fatídico destino. Entre ellos, su primo Leonardo, el hijo mayor de Cacho y plomo de la banda. Un superviviente que a los pocos años murió de un síncope. Ni hablar de los que quedaron a la deriva, merced a los azares de la vida o la muerte. De los suicidados como efecto tardío de lo padecido aquel día, que ascienden a más de una decena. Porque lo ruinoso no terminó esa noche y cada uno cargó con sus propios demonios como pudo.


―¿Sabés cómo caí en toda la gente que se había muerto?, le comentó Maxi a un periodista en una entrevista exclusiva a la Revista “Rolling Stone” a mediados del 2009:


―Me mudé solo, compré dos planchas de telgopor y empecé a pegar fotos. Armé dos cuadros grandes y los miré durante un año seguido.
Las veces que se le habrán aparecido en el espejo esos espectros, de cuerpo entero, susurrándoles quién sabe qué cosas al oído. Cruz diablo, aunque sea atea.


“Soy un muerto encerrado en un cuerpo vivo. Soy un vivo que hace tiempo se murió…”, cocompuso en “Señales”, el cuarto álbum de estudio de la banda, del 2006. El primero editado después de la tragedia y el último en el que participó. Como si inexorablemente hubiera estado destinado a morir joven. No defraudó.


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No me explico por qué algunos dicen que el dolor redime. De que de tanto padecer te elevas a un estado de superación personal del que salís mejor. Pura mierda.


―“Quiero gritar, pero el dolor calló mi voz. Quiero sentir porque no siento el corazón”, cantaba.


A veces, muchas veces, el cuerpo no aguanta tanta malaria junta. La noche del viernes 12 de marzo de este año de pandemia, su corazón se apagó súbitamente, sin dar tiempo a nada.


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La madrugada del fin de año de 2004 también sonó el teléfono en mi departamento de La Plata trayendo noticias desquiciadas. Era mi madre que entre llantos fue enumerando uno o uno los vecinos muertos.


Estupefactos mirábamos en el televisor las imágenes que llegaban desde el barrio de Once. Cómo se amontonaban los cuerpos sin vida de tantos jóvenes, muchos sin sus zapatillas –símbolo de esa tragedia–, difíciles de identificar por la negrura que teñía sus pieles, caras, ropas –o lo que quedaba de ellas–, enfilados sobre la vereda. Parecían sacados de las profundidades de una mina de carbón.


Cuánta desazón por esas vidas truncadas, la mayoría adolescentes o jóvenes, algunos niños, extintos por asfixia o intoxicación. Pasado el shock del horror y los largos días de duelo, una sociedad entera empezó a reclamar por la “cabeza” de los responsables. Los familiares de las víctimas marcharon organizados en diversos grupos: Que No Se Repita, Cofacrom, Familiares Por la Vida, Jóvenes Autoconvocados.
Si bien la denuncia principal y unánime se enderezó contra el empresario –gerenciador del lugar, figura mítica del under– y los funcionarios públicos, incluidos los políticos locales, luego se extendió, con menos consenso, a los músicos de la banda. Aducían que no podían desconocer las condiciones en que iba a realizarse el recital, la sobreventa de entradas, el folklore de las bengalas. En esa mescolanza quedó sellada la suerte de Maxi.


Se ha escrito que, dadas las variables socioculturales, la liturgia del “aguante” de un rock barrial emergente, con bandas autogestionadas, un público cada vez más actor del espectáculo, con una arenga futbolizada, imponiendo su propia fiesta a fuerza de “trapos” y pirotecnia, esa siniestra escena podría haber tenido lugar en cualquier otro boliche. Con cualquier otro grupo musical. No es que, por eso, no fuera evitable. Todo lo contrario. Hacía rato que ese riesgo estaba latente, que la bomba podía estallar en cualquier momento y no pudimos o no quisimos verlo. Como en “Match Point”, la moneda cayó para este lado de la red y les tocó vivir y morir en ese infierno a los que les tocó.


Era la banda que más había crecido en 2004, elegidos “grupo revelación” por las revistas especializadas. Si habían llenado dos veces el Estadio Obras (el “Templo del Rock”) y metido casi dieciocho mil personas en Excursionistas, era obvio que lo que se pensaba como una fiesta para cerrar ese año fantástico se iba a desbordar, con pibes llegando de todos los rincones de la capital y el conurbano. Todo lo que podía salir mal, salió aún peor.


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Para Marta y Jorge, a esas tremendas pérdidas de familiares cercanos, pero que no eran la pérdida de un hijo, se sumó un periplo de escenas impensadas que apuntaban a Maxi entre los responsables. Debieron lidiar con una realidad que los sacaba de ese dolor por sus muertos para arrojarlos en otro que podía llevar a su hijo tras las rejas. En ese momento él tenía treinta y tres años.


De pronto se los escuchaba aludiendo a expresiones que jamás habían formado parte de su vocabulario. Hablaban de abogados, de estrategias de defensa, prisión preventiva, excarcelaciones, de audiencias del juicio oral, de alegatos, de condena. Luego, de recursos de casación, de llegar hasta la mismísima Corte Suprema de la Nación. Todo ese lenguaje judicial, tan incomprensible para el lego, era directamente “chino básico” para ellos.


Lo cierto es que el juicio duró años. Los integrantes de la banda fueron absueltos en el debate celebrado ante el tribunal criminal. Fiscales y acusadores particulares recurrieron ese veredicto y terminaron condenados por la Cámara de Casación Penal, con remisión a la instancia para la determinación de la pena. El expediente llegó con recurso hasta la Corte Federal que en el año 2016 le puso punto final al proceso.


En el caso de Maximiliano, el tribunal del juicio ponderó que, aunque integraba desde antes la banda, recién había podido dedicarse a la música como forma de subsistencia económica en el 2004, fecha en que dejó su trabajo en la imprenta. Estimó que eso trasuntaba una menor relevancia en la toma de decisiones dentro del grupo. Además, refirió a su historia de vida, su juventud, que a raíz de los hechos por los que resultó condenado fallecieron su tía, dos primas, el novio de una de ellas y un tío paterno. Computó a favor la realización de tratamiento terapéutico psicológico y su pertenencia a un nivel sociocultural medio, con arraigo barrial, que conservaba sus amigos de la adolescencia. Teniendo en cuenta esas circunstancias dispuso la pena de dos años y seis meses de prisión cuya ejecución dejó en suspenso.

Sin embargo, la casación revisó el monto de pena y lo estableció en cinco años de prisión de efectivo cumplimiento, por lo cual debió ingresar a la cárcel.

En una nota que por entonces salió publicada en el diario Clarín, Marta, conmocionada por la condena, espetó duramente contra los familiares de las víctimas:


― “Se creen que son los únicos que tienen pena o sufren duelo”.
―“Yo voy de rodillas por la calle, por la pena que tengo en el alma. Si meten preso a Maximiliano, lo único que me falta es morirme”.


Por entonces, una concentración frente al Palacio de Tribunales con una consigna contestataria «La Música No Mata» proponía otra lectura de los hechos. Jóvenes seguidores de la banda y músicos reclamaban por la libertad de los integrantes del grupo. Aunque en verdad cabe reconocer que no eran muchas las voces que clamaban piedad para ellos, en una sociedad impregnada por la lógica sacrificial.


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El 22 de septiembre de 2008, en su declaración en el juicio –porque Maxi fue el único de los de la banda que decidió hacerlo en esa oportunidad– estuvo particularmente locuaz, siendo que normalmente no lo era. Más bien todo lo contrario: un muchacho callado, bastante introspectivo, afable con los conocidos, pero de pocas palabras y también de pocas pulgas si se enojaba.


―Me parece que me están acusando de algo injusto. Tengo cinco familiares muertos y estoy en tratamiento psicológico. ¿De qué me acusan, de matar a mi familia? Fui a tocar dos minutos y después todo fue un desastre, señaló.
―No iba a llevarlos al recital, y a ubicarlos en el nefasto entrepiso VIP, para que quedaran presos de una trampa mortal.


Pero su desgarrador testimonio, porque ese día declaró más en representación de sus propios fallecidos que como acusado, no parece haber conmovido a los jueces del mismo modo que a la audiencia y la prensa acreditada.


Parte de esas cinco horas de relato fueron muy bien sintetizadas en la edición del día siguiente en el diario Página 12 por Horacio Cecchi: Maxi, el guitarrista de la conocida banda de Villa Celina, «golpeó con las dos manos sobre la mesa. Intentaba reproducir un ritmo. Quizá no supiera la impactante fidelidad que había logrado. Pum-pum-pum-pum golpeaba».


―Del portón se escuchaban golpes pidiendo que lo abrieran, dijo.
―Se veían los dedos de la gente que salían por los costados, la gente golpeaba, golpeaba y golpeaba. «Pum-pum-pum, pum-pum-pum, hacía su mímica con las manos», y a medida que ralentizaba el ritmo «cualquiera en la sala imaginaba la desesperación puesta en ese montón de dedos crispados emergiendo por la hendija, del lado interno del portón.
―Hasta que en un momento no golpearon más, finalizó.


En la sala del juicio, algunos padres lagrimeaban, otros se consolaban en un abrazo o salían porque resultaba tan difícil soportar el relato, otros debieron pedir asistencia médica, describe el periodista. Él hizo su descargo, expuso su versión de los hechos, a veces ingenuamente desprendida de responsabilidad, por momentos cargando el peso de la tragedia en el dueño del local, en buena parte del relato echando culpas sobre el ritual de las bengalas en el público, comentaba el periodista.


―Yo no avalaba el uso de pirotecnia porque no se veía ni la escenografía ni las luces durante los recitales, y la gente no podía disfrutar de los shows, pero los más pibes, los de catorce o quince años no hacían caso, se quejaba Maxi.
―Cuando tocamos en Obras, mi vieja me dijo que no pudo ver nada: “Tanto que trabajan para la escenografía y después no se ve”, comentó.
―Si me representaba todo esto no llevaba a mi familia, perdí media familia, repitió hasta el hartazgo.


Dio detalles de esa noche, antes, durante y después de la tragedia. Que apenas sucedido lo de la candela pegando contra esa especie de media sombra que cubría el techo, se prendió rápidamente fuego consumiéndose y llenado todo de un humo tóxico. Y al toque, la luz se cortó de golpe. Relató «su escape por la puerta del camarín que lleva al estacionamiento. El regreso al interior del local para rescatar a su padre Jorge. Que cuando lo ubicó, a dos o tres metros de la salida, en bermudas y sin camisa, lo levantó, y lo sacó, lo introdujo en una ambulancia donde turnaban el uso de una máscara de oxígeno entre tres personas».


Refirió también que cuando intentó regresar al local se divisaba un humo negro que no dejaba ver nada, que ya ardía en la nariz. Que al rato ya no se pudo entrar más porque la policía había bloqueado la entrada.


―En plaza Once encontré a mi tío Osvaldo –Cacho– que recién había muerto, mientras mi primo, su hijo, le seguía haciendo respiración boca a boca.
―En una terminal de micros cercana encontré a mi prima Belén, la más chica de los que habían ido de mi familia. Sobre el piso, fallecida. Al acariciarla pude ver que “tenía la marca de una zapatilla en la cara”.
―Luego, recorriendo los hospitales en la búsqueda de los otros parientes encontré en el Penna a mi prima Carol y mi tía Alicia, ambas muertas.
―Vivíamos en la misma casa, éramos como hermanos (en relación con Carol), continuó relatando.
―Yo después de eso me quería quitar la vida. Estaba en el balcón, pero dije: ―Es un primer piso, si me tiro, me quedo medio pelotudo y no me mato, y entonces pensé, “tengo que seguir porque mi viejo está internado y no sabía qué le iba a pasar y si después se recupera y yo me maté”.


El propio Maxi empezó a hablar de “pena natural”, en el sentido de que el perjuicio padecido ante las pérdidas de familiares directos como derivación del delito reprochado ya representaba una sanción suficiente, que debía desplazar la aplicación de una condena estatal.
Con tanto dolor, no había nada extra, ningún plus, por compensar.


Por eso reclamó, como pudo, con sus palabras, la aplicación de esa “figura jurídica”, sino para exonerarlo, al menos como atenuante de pena. Había tenido bastante castigo “divino o natural”, según la creencia de cada cual, con todos sus muertos. Pero la justicia no sabe de indulgencias ni de compensaciones y los deudos de las otras víctimas no las querían.


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En el marco del referido entramado judicial un día llegó el encierro de Maxi y con él las visitas semanales de su pareja y de su madre al Complejo de Ezeiza –los primeros veinte meses– y al de Marcos Paz –en los últimos seis meses–, siempre con el traslado benéfico de algún amigo del músico. Sobre todo, con la ayuda absoluta de Rodolfo D´amore, también guitarrista en Esas Cosas.


―Ese no es un lugar para mi hijo, decía Marta. Si nunca se metió en líos, cómo es que ahora está condenado y encerrado en un establecimiento penitenciario por estrago culposo agravado.
―La justicia es una porquería, una mugre –protestaba–.
Por su parte, Jorge no siempre pudo acompañar debido a su deteriorada salud, pero esperó paciente el día de la liberación.


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En ese encierro, opresivo y claustrofóbico, el Gordo tuvo tiempo, le sobraba, para reflexionar sobre la enormidad de lo que había pasado, del trauma colectivo que implicó ese hecho. Repasar esa tragedia y su propio dolor hecho carne, una y mil veces, hasta gastarlo.


A veces parecía que no entendía a los otros damnificados, encerrado en sus propias pérdidas y en lo que padecían los suyos. Porque ellos también fueron víctimas. Se le hizo corta la vida para aprender a convivir con ese horror, a administrarlo. En su interior la negrura transcurría –pese a la aparente inmovilidad de ese mundo intramuros en el que estaba recluido– en la más ardua oscuridad.


―“Vos tenés esa angustia y esa pena constantemente. Todos los días. Que, si te pones a pensar te tirás en una cama y no te levantas más, porque no tiene solución”, dijo Maxi para Radio Ambulante, en un podcast del 15 de enero de 2019.


Muchas de las letras que luego compuso están atravesadas por ese infierno.


Cualquiera que haya sobrevolado un poco los discos de los últimos proyectos musicales en los que se embarcó puede verificarlo. Porque esa noche quedó grabada a fuego en la memoria de todos los que estuvieron allí, es una presencia constante en sus vidas. Es dolor, tristeza, impotencia, bronca, culpa, todo junto, un coctel difícil de digerir. Y lo peor, eterno. Son sensaciones contradictorias que nunca tendrán fin. Siempre estarán en cada nueva música, en cada encuentro con amigos, en la mesa familiar dominguera, en cada fiesta y en cada nueva pérdida de un ser querido, en la mirada opaca, sin brillo que les quedó a casi todos.

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Puede ser que sus días en prisión hayan sido retratados –como reflexiona César González en El fetichismo de la marginalidad– por un “burgués extranjero” a ese territorio. Creo que intentó hacerlo con respeto, aunque difícilmente pueda decirse sin juzgarlos. Porque si bien él también ahora la estaba pasando mal, encerrado en un pabellón en una cárcel, nunca estuvo “condenado desde que era un embrión” a la miseria, la vulnerabilidad y las peores violencias sociales. Ni que decir lo que pensaba cuando formaba parte de la jungla que los mira del lado de afuera, como lo hacemos todos, con nuestros prejuicios y nuestras contradicciones. Pero, en esos momentos, la convivencia en la penitenciaría los igualaba. En parte, porque tampoco esa agencia estatal prohíja el mismo trato a unos que a otros. Con todo, el tiempo transcurría inasible sin registro sobre la hora que es, salvo por la espera de los días de visitas. Y Maxi tenía suerte porque siempre alguien iba a verlo. Ese fue su presente al cabo de algo más de dos años.


―“Cuando la noche caiga, veré tantas almas tristes. Veré paredes grises con sus graffitis tumberos, cinco puntos, fajineros. Pensaré en los del buzón. ¡Qué mal la están pasando por favor! Cuando la noche caiga en el pabellón. En el pabellón. En el pabellón”, cantó con la banda “Nuestra Raza”.


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Marta y Jorge, salvo por las visitas de ella al Penal, no hacían más que mirar desde el balcón, con los brazos apoyados en la baranda, tachando los días en el calendario, al igual que su hijo en la celda, con la ilusión del retorno al hogar. Ansiaban que se cumplieran rápido los dos tercios de la condena para el acceso a la libertad condicional, aunque fuera con prisión domiciliaria y tobillera electrónica, como efectivamente pasó. Un par de años después el tribunal del caso tuvo por agotada la condena impuesta, y a partir de allí Maximiliano volvió a ser un hombre completamente libre. Había expiado sus culpas.


En el ínterin nació su hijita, y la casa, poco a poco volvió a tener el perfume del amor, de galletas recién horneadas, de la alegría de la niñez tan necesaria para sanar, de un futuro que llegó. Pero lo bueno es tan fugaz. “Es tan perfecto que asusta, porque nunca es justa la felicidad”, supo anticipar en uno de los temas más conocidos del grupo. Y pasó lo que pasó.


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Ese viernes se levantó como siempre a acompañar a su pareja cuando partía para el trabajo y la besó sin siquiera vislumbrar que no habría otro día para ellos. Más tarde salió con su hijita a gastarse, sin saberlo, los últimos momentos que compartirían juntos, que cantarían a dúo. Ella iluminaba su rostro como nada ni nadie. La cuidaba amorosamente.


Me viene a la memoria una bella foto que Maxi posteó en Instagram unos meses antes de su partida, en la que está Alicita jugando en el patio de su casa, con las gemelas, hijas de mi sobrino Lucas. Están las tres sentadas en la escalera que lleva hacia la de sus padres.


También aparece el hermanito menor de las gemelas. Están jugando, ellas disfrazadas, todos a pura risa. Maxi escribe al pie de la foto esa hermosa frase del libro de Lewis Carroll: “El secreto, querida Alicia, es rodearte de personas que hagan sonreír tu corazón. Es entonces, sólo entonces que estarás en el País de las maravillas”.


El sol resplandecía en un cielo diáfano, azul cerúleo. La jornada se presentaba cálida sin agobios por la tarde y con la leve brisa que preludia la llegada del otoño en la noche. La compartió con “sus viejos”, que de poder vaticinar lo que se venía lo hubieran retenido con ellos para siempre, clausurando puertas y ventanas. Hubieran intentado ganarle de mano a la muerte, tan traicionera.


Trabajó sus últimas horas en el estudio Carol, rasgó su guitarra, que ya nunca más abrazaría y miró por última vez el cuadro de su tía Alicia y su prima Carol que las recuerda sobre una pared de ese salón.


A la noche se fue hasta “El Sifón” a jugar fútbol con los otros pibes del barrio y sin llegar a finalizar el partido empezó a sentirse descompuesto, sin aliento. Se volvió, pero casi no podía llegar hasta su casa que está a menos de treinta metros. Tuvo que hacer un alto y sentarse en un banquito en la puerta del taller mecánico lindero, porque no podía seguir.


Así fue, como poco antes de la medianoche de ese día la muerte lo sorprendió sin concederle ninguna prórroga.


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Caídos ellos en la «casilla de la muerte» del Juego de la Oca, que antes había retenido en la «de la cárcel» a Maxi mientras el resto seguía compitiendo, les tocaba retroceder al principio. Pero una vida sin un hijo, sin su único hijo, a esa edad, en esas condiciones, no es –no puede ser– el principio de nada, más que del final.


Sus padres, abandonados ahora a un dolor intransitivo, emergente desde lo más profundo de las entrañas, son un alma en pena. Las pocas veces que se asoman al balcón, parapetados tras la baranda, piel y hueso, con profundos surcos de dolores en sus rostros envejecidos de golpe, la mirada marchita, ven sin mirar, hacia ninguna parte. Porque están muriendo en vida, como lo estamos todos, pero ellos de manera consciente.


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―¿Fue el de Maximiliano Djerfy un destino predeterminado: condenado a una muerte súbita y temprana, que pudo gambetear en el 2004 en la tragedia de Cromañón, y que enrevesado entre los sobrevivientes, atrapado en esa tensión entre la responsabilidad por ese catastrófico estrago, con tantas víctimas, y el inconmensurable dolor por los parientes cercanos que no volvieron esa noche, siguió con su vida, llegando como pudo hasta acá? Es una pregunta sin respuesta.


En la vereda de enfrente a la casa de sus padres y la suya, en la que residió hasta el último instante de su vida, sobre el paredón de ladrillos sin revocar de la de un vecino, emerge desdibujado por el paso del tiempo un grafiti que aún grita: «Callejeros Inocentes».

 

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