| diciembre 2021, Por Giovanni Jaramillo Rojas

Retorno a El Pato, una exrepública independiente

La comunidad campesina de El Pato en el Caquetá, Colombia, tomó una serie de decisiones organizativas que le permitieron permanecer en el territorio y establecer un orden social propio a partir del acceso a la tierra. El sentido de El Retorno es el de poblaciones que fueron apabulladas por la violencia y retornaron para nunca más salir de allí como una forma de respuesta social a la guerra que, entre otras cosas, consintió acuerdos de regulación social con actores armados para habitar el territorio sin amenazas concretas.

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Revoloteando entre tanques de gasolina, neumáticos y costales empachados de yuca y plátano, va don Eduardo, agarrado de lo que puede para no caer sobre la salvaje trocha. Va recién bañado y pulcramente vestido. El movimiento de la chiva que lo transporta en su azaroso techo le ensucia el pantalón y él, sonriente, dice que campesino es campesino, aunque vista de paño inglés. Sus ojos claros se suspenden en la contemplación del paisaje montañoso. Va callado, como un pecado, esquivando las ramas que castigan la altura en la que viaja. Escucha el viento con la solicitud que tienen los amantes de Johan Sebastián Bach y, de vez en cuando, interrumpe la introspección para saludar a algún paisano con la misma ceremonia: levanta una mano, grita alguna ponderación y vuelve a la sensibilidad. El sol calcina, como podría suceder en cualquier infierno, pero la realidad es otra: don Eduardo va para su cielo. Un pequeño cielo llamado Guayabal, perdido entre las apretadas montañas del departamento del Caquetá.

Paisaje en el Caquetá, Colombia. Foto: Dahian Cifuentes
Paisaje en el Caquetá, Colombia. Fotos: Dahian Cifuentes

Don Eduardo nació en 1959 y, desde muy chico, comprendió su destino: la tierra. Pero, como la tierra es insegura para quien no la tiene y la desea, ese sueño habitable y perfecto mutó varias veces en algo que él, dice, nunca va a lograr entender con plenitud. Su cielo nunca ha dejado de serlo, pero “otros” se han encargado de volverlo un dolor. Y no un dolor de cabeza cualquiera, sino un dolor insondable, de alma. ¿Quiénes? El poder. ¿Qué es el poder? Las élites. ¿Qué son las élites? Las que quieren controlarlo todo. ¿Por qué quieren controlarlo todo? Porque se creen dueños de todo. ¿De qué se creen dueños? Hasta de lo que no conocen y no han trabajado. ¿Quién es usted? Un campesino, no un guerrillero. ¿Qué necesita? Apoyo, no bombas.

Desde el momento en el que vi a don Eduardo encaramado en el techo de la chiva, han pasado doce horas. A estas alturas de la noche tiene los ojos chiquitos y las mejillas sonrosadas. Su voz se confunde con el sonido de la orquesta que, en onda merengue, pone a transpirar a centenares de parejas. Entre cervezas y rones, asegura que puede vivir, un poco más alegre, al lado de quienes resisten la indolencia de esos “otros” y que, a su manera, celebran el enmarañado fondo histórico del retorno, que también son voces vivas, memorias irreprimibles y, por supuesto, una realidad en marcha.

Morir no es sinónimo de abandonar esta tierra físicamente, más bien la muerte –para don Eduardo y miles de campesinos de la zona– es perder la tierra que con tanto esfuerzo han labrado. Con un par de desplazamientos forzados instalados en sus evocaciones vitales, señala que desplazarse es un cansancio, un cansancio total al que sólo se le puede hacer frente con eso que llaman dignidad. Se trata, entonces, de estremecerse, como pasa con las heridas abiertas, pero irlas cerrando: aspirando única y exclusivamente lo bueno de aquellos tiempos que arden en las entrañas como carbones inextinguibles.

Bestia amarrada. Fotos: Dahian Cifuentes
Bestia amarrada. Fotos: Dahian Cifuentes

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Para llegar a Guayabal desde Neiva, hay que transitar cinco horas de difíciles trochas a alturas serpenteadas que despliegan climas disímiles entre los 500 y 2800 metros sobre el nivel del mar. El trayecto solo puede hacerse de día. En la noche está prohibida la circulación. Las oscilaciones automotoras se confunden con las vibraciones sensitivas –digamos extáticas– que va legando el imponente paisaje que es, en sí mismo, una oda a la diversidad geográfica y ecológica del país. Hay hondos precipicios tutelados por vacas, sembradíos de café, frijol, aguacate, yuca, plátano y ríos de corrientes arduas y aguas diáfanas como Las Ceibas, Balsillas, La Perla, El Oso y El Pato. La frontera entre el departamento del Huila y el Caquetá es una curva en U con una valla que dice: “Zona de Reserva Campesina Cuenca del Río Pato y Valle de Balsillas, San Vicente del Caguán, Caquetá. La ZRC da la bienvenida a un territorio de paz que construye justicia social”. Esta ZRC fue la primera en el país y se constituyó el 10 de noviembre de 1997 con la intención de subsidiar y entregar terrenos estatales no aprovechados a comunidades campesinas con el objetivo de generar procesos de organización y condiciones de vida adecuadas para consolidar y desarrollar sosteniblemente economías rurales y superar los conflictos sociales que los han afectado históricamente.  

Pelea de gallos en El Pato. Fotos: Dahian Cifuentes
Pelea de gallos en El Pato. Fotos: Dahian Cifuentes

Guayabal queda a dos horas de San Vicente del Caguán, acaso la capital de aquello que en el gobierno conservador de Andrés Pastrana se llamó zona de distención, y que, aunque debió durar unos pocos meses, se extendió de 1998 a 2002. 42 mil kilómetros cuadrados de territorio despejado por las fuerzas militares colombianas para generar mesas de negociación y acuerdos de paz, que nunca se dieron, con la entonces guerrilla de las FARC. Esta región fue medular en la gestación del conflicto armado colombiano y, lejos de exteriorizar una estricta idiosincrasia rebelde, sí tuvo la necesidad de organizarse no en contra de un enemigo común, sino más bien en contra del olvido al que ha sido sometida históricamente. Para no ir más lejos: hoy, 2021, la luz eléctrica llega dos veces al día en horarios puntuales, los sistemas de acueducto funcionan prácticamente igual que hace cincuenta años y hay un centro de salud que parece más una desnutrida farmacia. Ahora bien, esto no ha significado conformismo, por el contrario, los procesos organizativos han permitido, a partir de la autogestión y división social del trabajo, asumir estas reformas como propias y solventarlas con lo que está al alcance.

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La noche dominguera, pletórica en grillos y estrellas, es limada por estrepitosos corridos y rancheras. La justa mitad del pueblo dejó de ser una cancha deportiva múltiple, para convertirse en bar y pista de baile. Alrededor de dos mil personas colman las graderías y sus alrededores. La ingesta alcohólica tiene vida propia y los ánimos permanecen tan empapados de júbilo, que no se presenta un solo malentendido. Caldos, asados, fritos y comidas rápidas sirven como colchones para apaciguar borracheras y diversos juegos de feria enredan las atenciones de los más chicos.

Es la noche de coronación de la nueva Reina del Retorno y no hay esquemas de seguridad estatales. La policía no existe. Nunca existió. Tres competidoras: Balsillas, Paraíso y Guayabal. Las apuestas y las bullas se inclinan por la representante local, pero falta la prueba más difícil, aquella con la que saldrá a flote la indudable casta regional: el baile de El Barcino, tema que forma parte importante del erario musical colombiano, compuesto por Jorge Villamil en 1968. Villamil provenía de una familia acomodada del Huila y desde su infancia atestiguó las luchas campesinas en contra de los terratenientes y latifundistas (años 20s y 30s del siglo XX) cuando el universo rural colombiano alojaba casi el 80% de la población total del país.

La coronación de la nueva Reina del Retorno. Fotos: Dahian Cifuentes
La coronación de la nueva Reina del Retorno. Fotos: Dahian Cifuentes

El Barcino es la historia de un agraciado novillo que desaparece de forma misteriosa y se convierte en motivo lírico a propósito de incidentes políticos relacionados con las épocas de la violencia y el Frente Nacional. Dice la letra: “Cuando los tiempos de la violencia / se lo llevaron los guerrilleros / con Tirofijo cruzó senderos / llegando al Pato y al Guayabero”. “Tirofijo” es uno de los alias de Pedro Antonio Marín Marín, personaje que junto a Luis Alberto Morantes Jaimes, alias “Jacobo Arenas”, fundó las FARC en 1964. Así las cosas, El Barcino es una evocación directa no solo de la resistencia guerrillera y campesina (¡Arre! torito bravo que tienes alma de acero / que llevas en la mirada pudor de torito fiero), sino también de aquellas regiones en proceso de soberanía e insurrección que evadían el arbitraje gubernamental y que, en su momento, fueron bautizadas por el entonces senador y posterior candidato presidencial conservador Álvaro Gómez Hurtado como “Repúblicas Independientes” (Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero y Sumapaz).

Sobre la media noche el selecto jurado da el veredicto: La nueva reina del Festival del Retorno a El Pato es la representante de Balsillas. El traje tradicional, la sonrisa emplazada como un escudo en su rostro, la pulcritud de sus pasos en el desfile y la respuesta precisa a la pregunta de los productos más representativos de la región, le dieron la corona a la señorita de 18 años. Perder no es malo. La barra local, entera, hizo lo mismo: aplauso a la soberana, copa al cielo para pasar el episodio y a seguir la fiesta. En Guayabal y en toda la región de El Pato, piedemonte amazónico, buenos y malos no son absolutos, sino relativos. Son conceptos rebatibles, no dogmas ni verdades. Algo malo jamás puede brillar más que nada y lo bueno de esta noche es la unión (o por lo menos eso asegura el ganador de un bingo de tres millones de pesos después de convidar a tres botellas de ron a los organizadores del evento y a incontables cervezas a todos los que se acercaron a felicitarlo).

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Al campesino le duele la tierra, pero no puede desbaratarse ni darse por derrotado cuando esta le falla, le es negada o le es arrebatada. La resignación no es una opción en la cosmogonía rural. Vida y tierra son la misma e inseparable lucha. Todo buen campesino es un peleador empedernido y asume sus luchas personales como objetos intransferibles, tanto como lo pueden ser un azadón, una carretilla o unas botas de caucho. Se trata de ser íntegramente consecuente con lo que se es, de raíz, porque la tierra es la madre y la obra del campesino.

El Festival del Retorno a El Pato es un pretexto que permite recordar la marcha por la vida, realizada en 1980 por unas cinco mil personas desde Guayabal hasta Neiva, para entregar al país un sólo mensaje: este territorio es habitado por campesinos trabajadores y honestos que llegaron buscando tierras para ponerlas a producir y construir sus respectivos proyectos de vida. Campesinos que han sido vulnerados, bloqueados, arrinconados, olvidados y desplazados por el tan sólo hecho de trabajar y defender la tierra.

Como inscripciones principales en lo que devino en pista de baile aparecen “Marcha por la vida 1980”, “Retornamos para quedarnos” y “Digna expresión de un pueblo”. Escenas campesinas, paisajes montañosos y banderas de Colombia engalanan el mural que muy por el final tiene la imagen de Humberto Moncada Britto, líder campesino desaparecido por fuerzas del Estado el 6 de junio de 1983. Toda esta digna parafernalia es obra de AMCOP -Asociación Municipal de Colonos de El Pato- una organización social que se ha consolidado comunitaria y horizontalmente en las últimas décadas, bajo el lema “La paz comienza en el campo” y que es una muestra de resistencia de una población civil en medio del conflicto.

Hora de la siesta en Guayabal. Fotos: Dahian Cifuentes
Hora de la siesta en Guayabal. Fotos: Dahian Cifuentes

AMCOP ha organizado a las diferentes comunidades que habitan la región de El Pato con un objetivo que, más que identitario y autonómico, ha sabido forjar relacionamientos sociales y territoriales genuinos que se alejan de las jerarquías concentradoras de poderes, para estacionarse en paradigmas de cooperativismo y solidaridad que privilegian la seguridad alimentaria y la seguridad humana, pasando por la construcción de modelos de diálogo y trabajo colectivo. Después de la firma de la paz, AMCOP tiene proyectos no sólo de inversión rural y desarrollo social, sino también de resguardo de la memoria colectiva, como la construcción de corredores turísticos y artísticos y un museo que permita reconocer los avatares de la guerra sufrida y que, a su vez, consienta la edificación de un saber histórico basado en la verdad y el orgullo campesino.

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En Guayabal hay muchos, muchísimos perros. Interpretar sus aullidos es tarea imposible: altos y bajos, algunos de terror, de drama, otros de desolación y hambre. No obstante, los coros perrunos juguetean con las cambiantes luces de las montañas de arriba y los valles de abajo. En la hora del atardecer el empinamiento del paisaje se convierte en una sola garganta que no se puede trepar, sino simplemente habitar, con los ojos desflecando la naciente oscuridad y los oídos patrullando la aparición de la noche. Es un placer de 18 o 19 grados centígrados. Un goce que se mastica con la mirada y se oye con las manos.

“El Estado colombiano sufre de un pavor terrible por no estar a la altura de nosotros, sus campesinos. Tal vez por eso la opresión y el abandono al que nos ha sometido”, dice Lucía, mientras destapa una botella de aguardiente comprada en uno de los tres puntos habilitados por AMCOP en todo el pueblo para el expendio de alcohol. En sus palabras se halla un eco que destroza la ranchera número seiscientos mil del fin de semana. “Intentaron meternos por los ojos una incertidumbre que no sirve para nada, porque ni construye ni destruye. La realidad está hecha para ser intervenida, modificada y eso es lo que intentamos hacer, con unidad” remata verbalmente, antes de irse al remate corporal.

Pienso en existencias justas. Existencias en las cuales los hechos hablan solos y nada es susceptible de ser explicado. Existencias en las que no hay palabras bonitas, ni brillos, porque todo mantiene una línea de flotación anti-vertical que repudia el lenguaje. El campo colombiano es una larga ilusión en la que se cabe de la misma manera, tanto con esperanza como con dolor. Acá nadie es mejor que nadie y todos son buenos y fuertes. Acá no se aprende a ser noble porque la nobleza es una consecuencia vital que no conoce el “después”. Existe el “ahora” y con eso se trabaja, se sueña, se ama, se sufre, se come, se bebe y se muere.

El principio del "guayabo". Foto: Dahian Cifuentes
El principio del “guayabo”. Foto: Dahian Cifuentes

Los solitarios y los borrachos de tres días y noches sin treguas de ningún tipo, los hombres y mujeres que no tienen con quién hablar, se desdoblan y, por entre sus viajes interiores, pasan las horas finales de la fiesta, con sus manos colmadas de hastíos. Pero no desfallecen, uno o dos tragos más y se recuperan y vuelan alto, como si fueran aves sedientas de vida. Para estas personas -postrimeras y sobrevivientes- la violencia sólo sirve para sacarlo a uno de adentro de uno. Acá nadie toca con nadie: persona problemática paga cinco millones como multa y si no tiene el dinero paga con trabajo comunitario.

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En la profundidad de la gallera del pueblo, epicentro de juegos y apuestas, Darwin –desmovilizado de las FARC con marcas de guerra y bombas grabadas en su cuerpo–, dice refiriéndose a El Pato: “tierra bella, como un poema”. Cuenta anécdotas de sus años en combate bajo el alias de “Talento”, de los que pasó en la cárcel como guerrillero y de lo poco que lleva caminando la vida civil como un hombre común y silvestre. “Está difícil, pero un día espero estar tranquilo”, añade. Toma un último sorbo de cerveza, suspira con potencia y se va a recibir el producido del último día de fiesta. Afuera todos, al igual que él, esperan un amanecer en serio, uno que rompa la estigmatización y traiga la anhelada anexión de esta tierra al imaginado país real.  

Ruleta de la suerte. Fotos: Dahian Cifuentes
Ruleta de la suerte. Fotos: Dahian Cifuentes

 

 

 

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