La República menos conocida del mundo

📩📩📩

Recibe recomendaciones sobre cursos, becas, series, juegos, libros y películas de Periodistán y Jorge Carrión. Y queda al tanto de las convocatorias de LATE.

 

Hace un año y medio, aproximadamente, estaba caminando por un pueblito llamado Moynaq. Bah: decirle “pueblito” es ser bastante benéfico porque Moynaq no era más que una desolada colección de polvo y casas derruidas en la República de Karakalpakistán…

¿Karakal…qué?

Karakalpakistán, repitan conmigo. Es tal vez la República menos conocida del mundo y, aunque no es independiente, sí es autónoma y podría obtener la independencia en algún momento. Forma parte de Uzbekistán, pero sus habitantes, en vez de uzbekos, se reconocen como karakalpakos. En los idiomas túrquicos que se hablan en la zona. “Kara” se traduce como “negro” y “kalpak” como “sombrero”. A partir de ahora, si Karakalpakistán resulta muy difícil, podemos decirle “la república de la gente con sombrero negro”.

 

La bandera de Karakalpakistán, como ven, es muy parecida a la de Uzbekistán y esto tiene cierta lógica, ya que este territorio está integrado dentro de ese país. Esto tiene que ver con las diferentes nacionalidades que habitan en la zona: algunas etnias lograron construir sus propios estados (los tayikos, por caso, en Tayikistán; los turkmenos, en Turkmenistán), mientras que otras -debido a diferentes factores geopolíticos, económicos, culturales, etc.- fueron “absorbidas” en otras entidades mayores (los chechenos, por ejemplo, viven en la república de Chechenia, que forma parte de Rusia; los pamiríes habitan en la Provincia Autónoma de Alto Badajshán, en Tayikistán; los kurdos iraquíes son ciudadanos de Irak pero su territorio maneja altísimos niveles de autonomía respecto al gobierno central). Los karakalpakos son unos 620.000 en todo el mundo (de los cuales 500.000 viven en Karakalpakistán), son musulmanes sunnitas, tienen origen túrquico y hablan su propio idioma. Se cree que llegaron a la zona hace unos 400 años e históricamente fueron un pueblo decidado a la pesca y el pastoreo. Miren estas fotos, a continuación, y van a poder notar los ojos rasgados, el rostro con rastros mongoles, esa piel curtida de las estepas de Asia Central, el viento que no encuentra obstáculos, una vida sentados en las monturas…

 

Para quienes todavía no entienden cómo es que pueden existir repúblicas adentro de países, les recomiendo este link a un hilo que hice hace mucho (y de paso se enteran de la existencia de la República de Daguestán). Pero ahora sigamos con lo nuestro, volvamos a aquel 2019 en el que me encontraba caminando por Moynaq, ciudad karakalpaka.

Para llegar hasta allí, me había tomado un bus destartalado desde Nukus, que es la capital de Karakalpakistán. Es una ciudad muy “soviética”, organizada, limpia, con edificios grandilocuentes y parques abiertos, aunque los suburbios son muy pobres: calles de tierra, negocios precarios y carneros paseando por las veredas. En la plaza central, amplia y espaciosa, se encuentra el Museo Igor Savitsky, que es casi una ucronía en ese lugar: un tremendo museo en medio de una ciudad perdida en los confines de lo que antes era la Unión Soviética y cuya construcción responde a un aspecto muy particular: el tal Savitsky era un artista y coleccionista de obras de vanguardia que estaban prohibidas por el poder central y por eso, para que no sea tan fácil encontrarlo y para escaparle un poco a la censura del stalinismo, es que se alojó en una region remota y lejana, que años después lo homenajeó.

 

 

El día que viajé de Nukus a Moynaq hacía un calor insoportable. Y además olvídense de la sombra: en Karakalpakistán todo es árido, desértico, y el polvo invade el aire. Pero justamente por eso es que estaba yendo al caserío, a unas 3 horas de ómnibus: durante varios miles de años, la zona había sido muy fértil, los ríos surcaban los suelos y desembocaban en un lago que, de tan enorme, fue bautizado como Mar Aral. Pero un día, este mar desapareció. Moynaq era un pueblo bañado por la brisa marina y de repente, se convirtió en desierto.

Hacia allí iba, a ver la desolación, a ver qué pasa en un lugar cuando un mar se evapora en el aire.

 

Pero, ¿Cómo es que un mar desaparece? El Aral se había empezado a llenar hace unos 20.000 años, debido a que los ríos Oxus y Jaxartes (también conocidos como el Sir-Darya y el Amu-Darya, arterias de Asia Central) desembocaban allí, en lo que era una depresión profunda. Estos cursos de agua también irrigaban los suelos de la zona y por eso, los pueblos que, con el tiempo, comenzaron a llegar a la región disfrutaban de las lluvias, el viento, los peces y la posibilidad de refrescarse. Las gotas traían la vida.

Durante mucho tiempo, el Aral abasteció de peces a la Rusia Zarista. Mucho de lo que se comía en San Petersburgo, Kazán o Minsk se pescaba antes en esa gigantesca cuenca lacustre. En Moynaq, los barcos zarpaban al alba y regresaban varios días después, con sus redes repletas. La región karakalpaka era próspera, llena de movimiento, de industrias, de dinamismo. Hasta que el hombre decidió cambiar con su mano lo que había creado la naturaleza.

En la década del ‘30, cuando ya Stalin lideraba la URSS con mano de hierro, se empezó a cambiar el curso de los ríos, construyendo canales. Se buscaba desarrollar a gran escala la agricultura soviética por medio de colosales obras de infraestructura. Había otras tierras, en el este del actual Uzbekistán, que se habían revelado más convenientes para sembrar algodón (¡Hay que abrigarse en los inviernos rusos!), pero no tenían la suficiente agua. Fue así que, poco a poco, el Oxus y el Jaxartes comenzaron a confluir hacia allí por mediación humana, y el caudal que finalizaba en el Aral progresivamente inició su disminución.

Mientras el Este de Uzbekistán proveía de algodón a toda la Unión Soviética (miren qué lindo es el valle de Fergana, la zona “fertilizada”), así, el Aral se empezó a secar. Primero fueron unos centímetros de orilla, luego unos metros y finalmente, en la década del ´80, donde algun día habían silbado las gaviotas sólo quedó arena. Moynaq murió de muerte lenta. Y lo que era un pueblo vibrante, en la región de Karakalpakia, se convirtió en un caserío fantasma, repleto de polvo y de las ruinas de un pasado glorioso.

Al bajar del autobús y chocarme de frente con el calor y la nada, comencé a caminar. Debía hacer unas quince cuadras hasta llegar al cementerio de barcos. En ese kilómetro y medio, me encontré con dos chiquitos: uno de ellos, tenía una camiseta con el nombre de Paulo Dybala. No había ni un solo negocio abierto, apenas una pequeña proveeduría con pan y caramelos (¡En asia Central comen muchos caramelos!), algunos viejos se paseaban con sus bastones bajo el sol inclemente. Y finalmente, en el horizonte arenoso, lleno de matas y arbustos con espinas, aparecieron los esqueletos herrumbrosos y oxidados de los barcos que, poco tiempo atrás, habían dejado su estela en las aguas cristalinas.

Caminar por el cementerio de barcos de Moynaq me provocó una sensación que pocas veces había experimentado. Piensen un segundo, bajémonos de la vorágine de las palabras, cerremos los ojos y pensemos: ¿Cómo un mar se puede secar? Y no sólo pasó en la URSS, también en otras regiones del mundo (hay varios lagos estadounidenses que supieron ser inmensos y hoy ya no existen más). ¿Conocen el mar? ¿Mojaron alguna vez sus pies en esas aguas? ¿Se pusieron un caracol en la oreja? Bueno, imaginen un mar que de un día para el otro se esfume y quede reducido a arena…no lloré, pero en Moynaq sentía un nudo en la garganta.

¿Por qué les conté todo esto? Porque, mientras buscaba alguna noticia interesante sobre la cual escribir, me topé con un artículo que me trajo un poquito de optimismo. Poco a poco -y también por acción humana- en lo que era la orilla que bañaba a Kazajistán, el Aral está empezando a renacer. Todavía el crecimiento es poco, no es suficiente como para anunciar la noticia con grandilocuencia, pero es algo. Leí todo el texto con una sonrisa en la cara, con la expectativa de que algún día, así como lo vieron irse, los habitantes de Moynaq vean al mar regresar…

De paso, y ya que estamos, como última recomendación, busquen la historia de la Isla Vozrozhdeniya en Google: se van a sorprender mucho.

Me voy, como no podía ser de otra manera, con música karapalpaka

 

 

Suscripción

LATE es una red sin fines de lucro de periodistas que cuentan el mundo en español