CARACAS.- Enviado especial.

11 Feb 2019

Un recorrido aleatorio por la Caracas de hoy muestra una ciudad caribeña con sus idas y vueltas habituales: a veces menesterosa y por tanto insegura, magullada pero colorida, desigual pero orgullosa, considerablemente bulliciosa en el día y extremadamente oscura y silenciosa en la noche.

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Lo que no es visible, tal cual como lo pintan muchos medios, es el rastro de una urbe sumergida en la guerra y la descomposición social. Sin embargo, lo que sí hierve en la ciudad son las bocas. Cada individuo tiene algo que decir a propósito de lo que pasa en el país y, lo mejor, lo dice, lo grita, sin aspavientos, sin pelos en la lengua, en una esquina del centro, en cualquier estación de metro, en un café, algunos irresponsablemente, otros con discreción, algunos poseídos, mientras otros se entregan a la profundidad analítica propia de los expertos.

Publicidad política oficialista en el centro de Caracas a pocos metros de la casa en la que nació El Libertador Simón Bolívar.

En suma, cada discurso, soflama, opinión aislada, permanece sin posibilidad de sublimación ni examen, porque todo el mundo está pendiente de las masas, las protestas, las concentraciones, los líderes y no se detiene a pensar cómo lo viven y qué es lo que esperan los venezolanos de a pie. Básicamente lo que hace el país hoy por hoy no es resistir el embate de algo –o alguien– sino más bien esperar a que pase algo extraordinario, que remueva la tierra y los ponga a hablar de otras cosas, algo que les permita experimentar otra confusión, otro cansancio.

I. La basura

Sami Briceño. 29 años.

Plaza Venezuela. Caracas. Lunes.17:43 pm.

La basura es chavista. Así dicen. O mejor: así nos dicen desde el 2 de febrero de 1999. Cuando ellos se dieron cuenta de que Chávez empezó a dejar de ser un individuo y a convertirse en un pueblo. Van a ser 20 años. Para ellos todo este proceso se ha convertido en una calle sin retorno. Y tienen razón, los pobres. Porque los verdaderos pobres de este país son ellos. Nosotros no. Nosotros somos hombres y mujeres de la tierra. A mí me gusta que piensen eso de la calle sin retorno. La idea de un lugar o un espacio en el que no se puede retroceder: solo avanzar. Y ese avance supone un extravío. Un extravío en la historia. Ese es el progreso, el verdadero, ¿no? Ir y mirar hacia adelante y no para atrás; y no porque para atrás asusten. No. Ni el miedo ni el pasado nos pertenecen, ¿por qué tenemos que mirarlos? Nosotros vamos tranquilos. Iluminados. Apestamos, sí, eso es cierto. Pero nuestro hedor es a paz, a solidaridad, a igualdad. Lo que más le duele a esos venezolanos que se oponen a nuestra patria es que ni el presente ni el futuro les pertenecen.

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Rodolfo González. 49 años.

Estación de metro Los Símbolos. Caracas. Lunes. 19:21 pm.

Lo que ellos quieren es un país reunido. En eso coincidimos plenamente. Ellos también desean un país entero, íntegro. ¿Cómo oponerse a algo así? En lo que nos alejamos total y radicalmente es en esa idea de dar la bienvenida a los extranjeros para que nos digan qué tenemos que hacer y cómo lo tenemos que hacer. ¡Que vengan! Sí. Pero no a gobernarnos, ni a llevarse lo nuestro. Venezuela es un país para compartir la alegría, el sabor, los paisajes, pero no para saquear. Lo único que tenemos es nuestros recursos y parece ser que eso no solo molesta a muchos venezolanos, sino a mucha gente de afuera que nada tiene que ver con nosotros. Mira cómo está Colombia: espantada y prácticamente invadida por ya-sabemos-quién. Mira cómo está Argentina: absolutamente asfixiada. Y espera un rato para ver cómo es que se va a poner Brasil. ¿Hablamos de Chile? ¿De Perú? El sometimiento y la inmovilidad son las cartas medulares del capitalismo y el pueblo venezolano es activo, soberano. Este es un tema de respeto y reciprocidad: nosotros los hemos escuchado y ellos lo único que hacen es insultarnos. Nos consideran poca cosa. Nada, quizás. Pero esa nada es suprema y es la que manda. Les pregunto una cosa: ¿Quieren un país? Sentémonos a dialogar. Pero no. Huyen. Temen. Se inventan presidentes. Uno los ve lloriqueando en cada esquina. Solo quejas y quejas. Eso es lo que el organigrama imperial les metió en la cabeza: con el enemigo nada. O bueno, sí: solo provocación y violencia. Y nosotros no somos enemigos de nadie, ni provocadores, ni violentos: somos pueblo. PU-E-BLO ¿Entiendes?

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Ernesto Bazo. 34 años.

Barrio Santa Mónica. Caracas. Lunes. 20:26 pm.

¿Qué es lo que piensan afuera? Que esto es una guerra insalvable. ¿No es verdad? Que acá la gente se muere de hambre, que te matan por medio pan, que no hay trabajo, que el gobierno te persigue por todo, que nos tienen manipulados. Lo sé porque yo aquí, en mi teléfono, de vez en cuando echo un vistazo a los diarios de afuera y todo es tan diferente a la realidad. Yo soy crítico y no solo como lo que me sirve Telesur. No te voy a negar que las cosas no exponen su mejor cara, que sí hay caos, inseguridad, etcétera, pero vamos, chamo: ¿No es así Latinoamérica? Es que nosotros no somos europeos, ni árabes, ni chinos. Somos de acá. Del trópico. Nuestra sangre es caliente. Es evidente que hay una campaña internacional de desprestigio en contra de Venezuela. ¿Por qué si nosotros lo único que queremos es vivir tranquilos? Nosotros no salimos a decirle a Inglaterra que es un país de tontos por haber votado positivamente al Brexit, ni cerramos nuestras oficinas allá, ni amenazamos, ni nada. Eso es problema de ellos. ¿No? Ahora te digo una cosa: ¿A quién se le ocurre que una persona que se para en una plaza, con seis o siete cámaras encima, y se autoproclama presidente, es, efectivamente, el presidente? No hermano. Eso no es democracia. Definitivamente no. Acá hubo elecciones y como el resultado no convino a no sé quién entonces armaron toda este disparate. Esto parece un cuento fantástico. Retorcido. Y lo más interesante de toda esta pompa es que la gente, sin saber quién carajos es esa nueva marioneta, se baja los pantalones, como si fuera un salvador. Acá nadie necesita ser salvado. Lo que tenemos que hacer es trabajar. Esa es la única salvación.

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Liliana Cadenas. 22 años.

Ciudad Universitaria. Caracas. Martes. 10:11 am.

A veces me duele pensar que lo único que nos une como país es la palabra Venezuela. Todo está muy contrariado. No obstante, por esa única palabra valdría la pena reaprender a hablar otra vez y desde el principio. Acá no hay una dictadura. Básicamente lo que la oposición plantea es, justamente, el establecimiento de una. ¿Cuál? La del dinero y la desigualdad. Este proyecto social y político es inclusivo y el que ellos traen entre las manos es absolutamente excluyente. No te voy a hablar de lo que el gobierno da o quita. Ni de Chávez ni Maduro. Pero sí te puedo decir muchas cosas a propósito de lo que todos estos símbolos representan para tanta gente pobre que de otra manera no tendría ni la más mínima oportunidad de ser. El problema de este país es que nadie escucha a nadie, porque la división se nos subió a la cabeza y vemos hostilidad en todas partes. Tenemos que reforzar la dulzura del nosotros y dejar de lado ese escuálido ellos. De cualquier manera, resistimos: si los escuálidos, que son ellos, nos siguen llamando basura, a nosotros no nos queda más que seguir intentando impregnarlos con nuestra fétida felicidad. No, mentiras: nuestra alegre felicidad.

II. Los escuálidos

Juan Molino. 48 años.

Chacaíto. Caracas. Martes 12:28 pm.

A ver. Vamos por partes. Esto es una dictadura. ¿Cómo se te ocurre a ti que el sueldo que tanto trabajas te alcance apenas para dos cartones de huevos y, si cuentas con suerte, una Mavesa (mantequilla)? Nos controlan de esa forma. Dictadura viene de dictar y dictar es, según Wikipedia (saca su teléfono):“1. Decir algo en voz alta para que alguien, al mismo tiempo, lo vaya escribiendo, generalmente haciendo las pausas necesarias o convenientes. 2. Pronunciar o dar a conocer una nueva norma, una sentencia, una ley, un fallo, una resolución, etc.” Es sencillo: todo en Venezuela es una imposición. Esto ya dejó de ser triste para convertirse en una fatalidad. Durante mucho tiempo fuimos un país rico. Rico así: a secas. Y vienen estos mequetrefes y se fiestean todo con el discursito ese de la igualdad, cuando ellos mismos ignoran la realidad. Mira al Maduro ese con su bigote perfecto y sus trajes y relojes finos. Por lo menos a Chávez se le veía en las calles, los hospitales, las escuelas, empapado del pueblo ¿me entiendes? Yo nunca he sido chavista, Dios me libre de la basura, pero la verdad es que eso que llaman revolución bolivariana se murió el día en que él se fue. En serio, ese tipo nos embrolló a todos y empezó a dictarnos las líneas de un país inviable, no por sí mismo, sino por contexto mundial. Es decir, mientras el mundo va hacia Marte, Venezuela se empeña en irse al Sol, a calcinarse, a desaparecer. Necesitamos una nueva alternativa y, nos guste o no, tenemos que agarrarnos a la imagen que nos la brinde.

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María Ángeles. 37 años.

Plaza Venezuela. Caracas. Martes. 14:51 pm.

Tengo tres hijos y no quiero un país que no les permita decidir. Amo este país tanto como los amo a ellos y lo último que quiero es irme o que ellos se vayan, pero parece ser que si esto sigue así, será la única salida posible. Por otro lado, eso de no poder caminar tranquila me hace mucho ruido. Que te roben, que te maten, que te violen. Como mujer y madre todo este contexto es tres veces más difícil de sobrellevar. Esto que vivimos diariamente dejó hace un par de años de ser un simple estado de excepción para convertirse en lo que realmente es: un estado de sitio. ¿En quién confías? ¿En la policía? ¿En los militares? Nada. Si ellos mismos reproducen toda esa bazofia para garantizarse un espacio en el juego del poder. ¿En quién confías? ¿En la gente? ¿En el pobre, en el rico? Nada. Si ellos están rebuscando igual que tú y si ven la posibilidad de irse en contra tuyo no dudarán en hacerlo. En Venezuela no hay una guerra con bombas y tanques, pero hay una guerra que no asesina en términos formales, pero que sí mata en términos reales: la guerra es económica, básicamente por el pan. Si nada te alcanza tienes que buscar las formas para resolver. Todo el mundo lo sabe y tiene miedo. Yo apoyo a Guaidó y a todos lo que lo apoyan por la sencilla razón de que entre tanta gente él es el único que ha querido poner el pecho a esta injusticia. Cualquier cosa diferente al chavismo va a servir más a Venezuela, eso puedo asegurártelo.

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Gustavo Rogers. 27 años.

Chacao. Caracas. Martes. 16:40 pm.

Nadie nos ha dicho que no hay esperanza. Todo se puede cambiar. Por eso no me he ido. Mi hermana está en Chile, con su marido y su hija. Mi padre está en México. Tengo dos amigos en Argentina y otro en España. Yo siento que abandonaron. Pero no puedo juzgarlos. Estoy seguro de que apenas todo esto se solucione volverán. Yo he podido irme, tengo cómo, pero un día sentí que hacerlo era dejar que el barco se hundiera. Para mí el amor no es un simple sentimiento y, para que sea real, hay que mezclarlo con acción. Yo adoro este país y por eso actúo por él. No estoy cruzado de brazos viendo cómo todo se pudre. Marcho no en contra de alguien, sino en favor del cambio, por la reconciliación y, aunque no me gusta mucho la idea de que otros países se metan en los asuntos de Venezuela, creo que esa presión servirá para poder erradicar el daño y la mentira en la que estamos sumergidos. Hay una canción de Desorden Público, la banda de ska más importante de este país que se llama “Los que se quedan, los que se van”, el tema fue lanzado a principios de 2016 y por esa época yo estaba en esa disyuntiva de si irme o quedarme y, después de prácticamente hacer de su letra un himno personal, resolví no hacerlo, más que nada porque ¿para qué me voy si algún día tendré que volver? Mejor me ahorro todo eso y cumplo con mi rol de ciudadano afrontando lo que también es mío, quiéralo o no: la realidad de Venezuela.

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Estefanía Amaíz. 18 años.

Estación de metro La Bandera. Caracas. Martes. 18:06 pm.

El 1ro de diciembre cumplí 18 años y mis padres, ambos chavistas, me dijeron un montón de cosas sobre la responsabilidad de ser una ciudadana y de seguir reproduciendo los bastiones de la democracia revolucionaria. Esas fueron las palabras que usaron. A mí me dio mucha risa. Ellos me preguntaron que por qué me reía y yo solo les dije que no podía creer que ellos, siendo así de trabajadores como son, y percibiendo un sueldo miserable del cual se quejan todos los días porque no alcanza para nada, que ellos que me quieren tanto a mí y a mi hermano prácticamente nos tienen locos con el cuento de la inseguridad, que ellos, que llevan varios años sin poder ir a ver a sus familias en el estado de Táchira, todo porque no hay plata, porque tienen miedo, sigan creyendo que toda esa basura tiene sentido. Mi mamá me abofeteó. La verdad me entristecí, no tanto por el golpe, sino por la miseria mental en la que andan embutidos, y por eso ahora, que puedo hacer y deshacer por mí misma, apoyo todo lo que sea cambio y, si esto no cambia, pues simple: armo mis maletas y me voy. En mi proyecto de vida no está contemplado ser esclava de nadie: ni de un país que no va para ningún lado ni de unos padres que no pueden o no saben pensar por sí mismos. No sé. Colombia sería una opción.

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III. La medianía

Joven de unos veinticinco años habla por teléfono en el metro de Caracas. Lunes. 19:32 pm.

Lleva puesta una camiseta que dice “Cerere” y, debajo, la inscripción “Since 1975”. Alguien diría a quien escribe que “Cerere” es una “vieja zapatería”.

Todos lo escuchan y él, al percatarse, sube el tono de la voz:

Si ahora tenemos dos presidentes y tenemos que costearlos me gustaría proponer en cualquier plaza, en cualquier esquina, que todos los venezolanos tengamos dos sueldos. Es lo más natural, ¿no? Con tanta mierda y nosotros manteniendo esa vagancia. Menos mal que los gringos no demoran en venir a acabar con todo esto. Qué más da, si todo va a seguir igual.

La gente se mira. Nadie dice nada.

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Esteban Guacarán. 31 años.

Ciudad Universitaria. Martes. 10:43 am.

Lo mejor que le puede pasar a Venezuela es extinguirse, irse por el caño y, en esta medida, este hermoso país va por buen camino. Mira panita: ¿Quién puede solucionar esto que ya no es crisis, ni trauma, ni enfermedad, sino puro vicio? Acá a la gente le gusta esto: Que sí, que hay pobres buenos que no conocen más que el sufrimiento, que hay ricos malos que lo único que saben hacer es gozar, que hay drogadictos y ladrones y putas y curas y hermanitas de la caridad que no matan ni una hormiga. Que hay indígenas y campesinos y abogados y artistas talentosos y desertores. ¿A quién le importa? A nadie. Acá, como en todo el mundo, la gente va por lo suyo y eso, te pregunto ¿por qué no es legítimo? Somos individuos. Eso de que caminemos juntos hacia un mejor país, desde el chavismo o desde la oposición o desde el satanismo, no sirve para nada, sino únicamente para fracasar. Pana, grábate esto: La verdadera movilidad humana siempre yace debajo de las moscas. Chávez, Maduro, Guaidó, López, Trump, Putin, Uribe. Todo es lo mismo.

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Jacqueline Barinas. 42 años.

Plaza Venezuela. Martes. 15:16 pm.

La verdad todo esto me tiene sin cuidado. Llevaba viviendo once años en España y tengo la ciudadanía. Volví el año pasado porque mi madre tiene cáncer y, para serte sincera, lo inevitable está cerca y, una vez suceda, me devuelvo para Sevilla. Sí soy venezolana pero hace mucho dejé de creer en esas boberías de la patria y la unidad y el cambio. Bajo uno u otro nombre siempre he visto este país igual. Pareciera que el choque, el desorden, la ignorancia y la violencia fueran parte de la idiosincrasia nacional. Date cuenta nada más todo el escándalo internacional que se lleva formando desde hace más de diez años. Yo no sé qué es lo que buscan, si es que en el fondo desean que vengan otros a solucionar lo que pasa acá, como pasó en Afganistán, o si por el contrario quieren generar una guerra civil y que todos se maten con todos. No sé. Ahora, hay que ver cómo se comportan afuera todas esas personas que se han ido, porque si pretenden hacer lo que hacían en Venezuela nadie los va a aguantar.

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Juan Pacheco. 69 años.

Barrio Santa Mónica. Martes. 18:57 pm.

Todo está condenado a la desaparición. Tú porque eres joven no lo entiendes. Pero ya llegará el día. Fui comunista y vi cómo todo se perdió con la caída del muro de Berlín. Viví en Cuba en los años 70 y presencié cómo todo ese sueño de fraternidad e igualdad empezó a mutar. Me desencanté totalmente. Entonces llegué a la conclusión de que uno tiene que pensar en vivir para uno. Siguiendo esa máxima en los ochentas me fui para Estados Unidos a ver cómo era eso del sueño americano. Me fue bien, no me puedo quejar, pero esa gente allá es muy racista. Hice un pequeño capital en varios años de trabajo y me devolví a Venezuela. Todo estaba bien, o eso creíamos, y mira en lo que estamos ahora. Ya estoy próximo a morirme y mi lucha es la de sobrevivir, por ahora, un año más, después la lucha será un mes y después el día y así. De verdad un día te acordarás de mí: no te mates luchando por cosas que no tienen sentido. El comunismo y el capitalismo persiguen lo mismo pero de diferente manera: dominarte, esclavizarte, ponerte al servicio de sus intereses.

Grafiti en una calle del municipio de Chacao, una de las zonas de total influencia de la oposición en Caracas.

Paranoia y futuro de Venezuela

Son las 2:30 de la mañana. Caracas duerme. Uno de cada dos focos arroja timoratos lazos de luz dorada. Los demás auspician el fascinante gobierno de las sombras. Los gatos son los dueños de las calles, los reyes del mutismo. Ellos son el pueblo noctívago: nadie se atreve a salir.

Estas no son horas para nada. Excepto para el sueño. A las 9 de la noche los caraqueños empiezan a asumir una frenética carrera cuyo objetivo final es la desaparición. A las 11, los pocos seres humanos que quedan por ahí zanganeando, son estrictos lémures sospechosos hasta de lo más inconcebible y, a la media noche, el desierto es tan tétrico que, haciendo el menor de los esfuerzos, puede escucharse la respiración de la imponente cordillera de la costa.

Es un toque de queda espontáneo. Nadie lo impuso oficialmente. Lo cierto es que esta voluntad de resguardo tiene que ver con una proscrita pero muy convincente salvaguardia vital: si sales y cuentas con suerte, solo te roban, si estás de malas, abusan de ti y, si es un día absolutamente desafortunado, te matan. Para los opositores la inseguridad es culpa de los chavistas y para los chavistas todo es culpa de los opositores. No hay tregua.

 Así las cosas, el concepto de fortuna dentro del imaginario social de la ciudad de Caracas tiene dos caras: en una se enaltece aquello que alude a no estar en la ciudad ni en el país: la migración como fortuna. Es la evasiva perfecta para escapar de “el infierno”. Para no quemarse más.

La otra cara revela que la fortuna es, básicamente, contar con la escueta posibilidad de sobrevivir. Esto es: admitir y aguantar ese “infierno” donde todos son diablos y dedicarse a resolver la intransigencia que plantea el paso del tiempo. O, lo que es lo mismo: enfrentar el azar a como dé lugar. Finalmente la gente se puede salvar de cualquier cosa, menos de su realidad.

¿Y el infortunio? Nada. A él no hay que enfrentarlo, ni sufrirlo. Es menester esperarlo, tal y como venga. El infortunio es, para todos, la otra fatalidad, una especie de sino, una simple circunstancia más de la cotidianidad venezolana. Hace mucho llegó, está sucediendo o pronto pasará. Fin.

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A las 2:30 de la mañana, mis anfitriones y yo cumplimos poco más de tres horas viendo videos de Hugo Chávez en YouTube. En uno, el comandante abraza a un niño de seis años, intenta conversar con él y ambos comparten una galleta. La gente sonríe. En otro, aparece en plena Asamblea Nacional, con su banda presidencial, ajusticiando verbalmente a una diputada que lo acusa de expropiador y ladrón. La gente celebra la serenidad y contundencia del mandatario. Más adelante, en un consejo de ministros, cuenta una historia que rápidamente se convierte en chiste. La gente que lo rodea suelta muecas de regocijo. Mis anfitriones miran fijamente la pantalla del monitor. Puedo ver en sus rostros cierta aflicción. Cierta melancolía.

En la escena en la que el comandante comparte la galleta con el niño, Marcos se limpia una lágrima. Felipe la contiene. La palabra admiración se queda corta y la madrugada se torna emotiva. Ambos coinciden en que la revolución bolivariana se hirió de muerte con la muerte del comandante. La voz de uno se quiebra. El otro permanece ensimismado.

Para explicarme cosas que no saben transmitir oralmente, deciden mostrarme el video en el que Chávez dice, o exige, en televisión abierta, que si por la razón que fuera él llegara a faltar o se viera incapacitado para seguir capitaneando el rumbo del país, todos deberían votar por Nicolás Maduro porque, entre tantos, la inteligencia y la sagacidad de su pupilo, su mano firme y su corazón de hombre del pueblo, eran las características idóneas para sucederlo en el poder.

Mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario, que obligaría a convocar, como manda la constitución, a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

Justo en ese momento, un auto pasa fugazmente, acompañado de dos motos. Los automotores hacen el ruido necesario para que Felipe y Marcos salten de sus respectivas sillas hacia la ventana. Pasaron, en 3 segundos, de estar plenamente conmovidos con el recuerdo de su comandante, a la viva estructura de una alucinación.

– ¿Paranoia? –les digo.

– No, pana, se llama realidad –responde Marcos.

– Un movimiento a esta hora no es normal, es raro, es porque algo está pasando –replica Felipe.

Sus miradas son temerosas.

Un minuto después los muchachos deciden retomar el scouting audiovisual, no sin antes advertir que, aunque lo ven prácticamente imposible, no hay que menospreciar las intenciones de Estados Unidos de invadir o bombardear: hacer “lo que mejor sabe hacer el imperio”, dicen.

– ¿Es posible que pase algo así? Pregunto.

– Bueno, chamo, nadie sabe qué es lo que ellos tienen en la cabeza –dijo Marcos.

– ¿Cómo no? Hasta ahora esa bomba, ese incendio, se llama Guaidó. Y está entre nosotros –objetó Felipe.

Después de los balbuceos y las especulaciones que el burbujeante contexto lega para todos y cada uno de los venezolanos, la fiebre en la que se encuentra enfrascada el país y la apremiante incertidumbre que se carga a cuestas como una retorcida maldición, Marcos y Felipe resuelven volver a su fe, tal vez como una forma de resistencia o redención o, quizás, como una manera de omisión y aplazamiento. En eso nos dan las tres y media de la mañana.

Qué más da. Cuando salga el sol será otro día. Otra lucha.

En el siguiente video, seleccionado cuidadosamente por Felipe, aparece Nicolás Maduro, vestido de blanco, anunciando la muerte del comandante. La magia intenta volver, pero abrazada a la duda, a la desorientación. La madrugada perdió el encanto y mis amigos no pretenden forzarlo. Marcos dice que no entiende por qué el comandante tomó la decisión de dejarlo a él en el trono presidencial. Felipe recuerda que aquél día, el 5 de marzo de 2013, la luna se vistió de rojo y, además, duplicó su tamaño.

¿Una premonición? ¿La concreción de una esperanza difícil? ¿La primera señal de orfandad?

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Para el día siguiente el autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, había convocado a una manifestación que, más que en contra del gobierno de Maduro, era en favor de la ficción del suyo. La tensión, más que perentoria, es decididamente real. Otra vez la realidad. La desquiciada realidad. La ciudad fantasma se vuelve, desde que sale el sol, una ciudad de irrefrenables zombis caribeños. En el centro, en Chacao, en 23 de enero, en Petare, en Las Mercedes, la gente se vuelca a las calles. Todos se baten como si no hubiera futuro.

– ¿Qué es eso? ¿Qué significa esa palabra? Aquí no hay futuro –me dice una señora en un supermercado mientras paga por dos rollos de papel higiénico 6,000 bolívares soberanos (2USD al cambio del día), la misma cantidad de dinero que alcanza absurdamente para llenar el tanque de más de 50 automóviles y la cuarta parte del sueldo mínimo nacional.

Ya entrado el mediodía, en una intersección de calles del barrio caraqueño de Santa Mónica, a dos cuadras de la Procuraduría General de la Nación, justo en donde la noche anterior había ocurrido el hecho aislado del auto y las motos, empezó una pequeña algarabía.

Primero una veintena de personas, con pitos y pancartas y banderas de Venezuela, exigían libertad para los presos políticos, ayuda humanitaria, cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Dos horas después la romería era de unas trescientas personas, la gran mayoría vestidas de blanco.

La Guardia Nacional Bolivariana mira la concentración desde lejos. Unos fuman, otros hablan por celular, otros conversan. Se ven cansados con tanta cosa encima. Parece ser que están ahí simplemente haciendo acto de presencia. Ganándose el sueldo.

Desde la misma ventana Marcos y Felipe miran el devenir de la calle, quejándose de “la escualidez” o lo que eufemísticamente –para ellos- se hace llamar “oposición”.

– Si el comandante estuviera vivo nada de esto estaría pasando –dice Marcos.

– A él le inocularon la enfermedad esa -apunta Felipe.

– ¿Paranoia? –insisto, y me gano dos miradas tristes.

Un chavista en la “esquina caliente” ubicada en la Plaza Bolívar sigue por televisión un discurso de Nicolás Maduro en donde el presidente condena la intervención yanqui.

Las tres vidas venezolanas

– Que la gente crea en un proyecto político está bien, es su derecho, pero que lo defienda ciegamente aun cuando va en detrimento de ellos mismos, cuando los empobrece sin tregua, eso demuestra, por un lado, la ignorancia en la que permanecen anegados y, por otro, los hace cómplices del desastre, sin distinción de clase –dice Jonathan Benavidez, catedrático de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

A las afueras del auditorio naranja de la Universidad unas 2 mil personas esperan el arribo de Juan Guaidó. El representante de la oposición –y autoproclamado presidente interino de la República. Adentro todo está copado entre estudiantes, docentes, trabajadores, representantes políticos, diputados y periodistas.

– No te creas que solo es así, también hay mucha gente infiltrada, pero eso es bueno, si escuchan atentamente el “Plan País” que se va a presentar, es muy posible que terminen convencidos de que el cambio que necesita Venezuela es ahora o nunca –alega Jonathan.

Jonathan es profesor desde 1998 y cuenta muchas historias a propósito del deterioro que ha sufrido la Universidad. En el año 2000 la ciudad universitaria fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad y, según él, este reconocimiento no solo se dio por la excelencia académica y las facilidades y beneficios que tenían todos los estudiantes para transportarse, comer, dormir, etcétera, sino que también se fijaron en las instalaciones donde las extensas zonas verdes y el aire fresco armonizaban plenamente con una infraestructura de primer nivel.

– No tengo mucho que decir. Solo camina un poco y observa, para que te des cuenta de que nada de lo que pasa acá es cuento: los baños no funcionan, los pasillos permanecen sucios, muchas aulas no tienen pupitres y si los tienen están destartalados, la biblioteca entra en paro cada vez que a alguien le da la gana, antes teníamos miles de estudiantes en los comedores, ahora con suerte se atienden 100 o 200 al día con comida de muy mala calidad, nadie cuida los jardines y los sueldos de los profesores, mejor ni hablar, pasamos de ganar en promedio 2 mil dólares al mes a devengar 50 o 60 –complementa Jonathan.

Las clases fueron suspendidas a las 9 de la mañana y un gran dispositivo de seguridad tomó las inmediaciones del auditorio. La esposa de Leopoldo López, Lilian Tintori, llega. La gente grita, un par de chicas se desmayan, Lilian camina, con su cabello rubio perfecto y presa de un inmoderado movimiento de caderas, saluda a la turba, que le pide autógrafos y selfies.

La rockstar entra al auditorio. Todo vuelve a la normalidad.

– Lo que proponemos es sencillo decirlo, pero muy complicado de llevar a cabo. Para eso debemos estar unidos. El “Plan País” tiene dos grandes ejes. Uno: que el Estado vuelva a estar al servicio de una ciudadanía libre, consciente y empoderada de sus derechos civiles. Dos: devolver a Venezuela su lugar en el mundo y limpiar su nombre en las instituciones globales, reinsertándola económica y políticamente –dice Deisy Urdaneta, estudiante de la Escuela de Derecho.

Ahora bien, este es un acto político. Para muchos enteramente peligroso, pero necesario. La UCV es de los últimos reductos públicos que la oposición puede pisar, por lo menos en Caracas, con la intención de ejercer proselitismo. Es una carrera contra reloj no solo por ganar adeptos, sino también por marcar territorio. Está claro que tanto las zonas más populares y deprimidas de la ciudad (oeste caraqueño) tienen ese sello rojo –así sea figurado–, además de los sectores administrativos y comerciales del centro que, por obvias razones, siguen jalando hacia la “izquierda” del espectro.

En esta concentración, los conceptos y abstracciones en materia política van y vienen como las brisas que cortejan el campus. El paisaje es el natural desde los tiempos en los que la gente empezó a disentir con el esquema organizativo y ejecutivo chavista: banderas de Venezuela, mensajes de unidad, de apoyo internacional, llamados a elecciones y, lo nuevo: loas a Guaidó.

La gente dice una cosa y otra y otra, aun cuando nada tenga sentido. Aun cuando todo pueda llegar a ser sumamente coherente. La lucha cotidiana es verbal. Lo ideológico ya no está al orden del día: son dos facciones, un choque de trenes que no puede salir del binarismo. O estás de acuerdo o estás en contra. Y ahí se acaba la discusión. Si coincidimos, perfecto, podemos seguir hablando.

Esta es la metáfora capital de la actitud de los líderes, la radiografía de la calentura: el diálogo es traición.

De cualquier manera, escuchar a la oposición es macerarse en la especulación. En esto el chavismo tiene mucho camino ganado con discursos no más sólidos, pero sí cabalmente memorizados: uno más uno es dos más uno tres. Y punto. Tal vez la única palabra certera y real que abandera la oposición es “Cambio”. Y con eso parece bastarles.

– Te digo una cosa compadre, lastimosamente lo único que va a sacar a Venezuela de todo este problema es la intervención militar. Eso es inminente. Los gringos ya tienen lo suyo, allá en la frontera con Colombia, y si este tipo (Nicolás Maduro) no renuncia, o por lo menos no llama a elecciones, pues bueno, nos jodemos nosotros, los venezolanos. Es triste pero eso es lo único que puede hacernos mudar de aires –argumenta Pedro Freitez, un agente de seguridad que permanece atento a cada cosa que pasa a las afueras del auditorio.

Un corredor humano aguarda la llegada de Guaidó. Una hora, dos horas. Decenas de periodistas y fotógrafos esperan poder sacar una declaración o una imagen exclusiva del flamante presidente interino de Venezuela. Casi al borde de cumplir la tercera hora de plantón, sobre el mediodía, se deshace el corredor y la gente empieza a correr desordenadamente hacia la parte posterior del recinto.

Juan Guaidó camina escoltado por varios hombres. No se sabe qué brilla más, si su sonrisa o su corbata celeste. La confusión, tanto como el polvo, hacen imposible la escena. La temperatura asciende a los 27 grados, pero los ánimos están por los 40.

– Nadie conocía a Guaidó, eso es cierto, pero eso que tú estás viendo ahí es la manifestación de la juventud que está cansada, no de algunas cosas, sino de todo. Guaidó no es un redentor, es una transición; el que te lo venda de otra manera te está mintiendo. Este Estado fallido en el que vivimos tiene que reconocer que está derrotado desde donde se le mire: geopolítica, social y humanitariamente –comenta Ahmed Sabal, politólogo y –según él mismo– asesor de la oposición.

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A Hugo Chávez lo llaman “el insepulto”. Algunos dicen que aun después de muerto sigue gobernando, a diestra y siniestra, y que Maduro tiene esa sombra y lo que intenta, cada día que pasa, es sacársela de encima. Esa necesidad que tiene el “presidente saliente” –así le dicen algunos opositores a Maduro– de valerse por sí solo, de mostrarse autónomo e independiente de su mentor, es la que tiene al país, según muchos, navegando en la “soberanía del hambre”.

– Maduro sigue el legado de Chávez, eso es claro, innegable, lo que pasa es que intenta ser más chavista que Chávez e innovar la política con esa impronta con ínfulas y perspicacias que él no tiene ni podría adquirir. Yo mismo conozco muchos chavistas antimaduristas que hablan de las tres vidas venezolanas: una antes de Chávez, otra durante sus gobiernos y una última, lamentable, después de él –dice Ahmed.

Según se dice, el venezolano promedio ha bajado de 5 a 10 kilos en los últimos tres años. La dieta básica “popular” se convirtió en la caja CLAP (Comité Local de Abastecimiento y Producción) que entrega, casa por casa, un mercado (2kg de arroz, 1kg de lentejas, 1kg de fríjoles, 4 latas de atún, 2 litros de aceite, 2kg de pasta, 2kg de harina de maíz, 250grs de mayonesa, 250grs de kétchup, 1kg de azúcar y 1kg de leche en polvo) que quincenalmente alcanza, con suerte, para una comida diaria de una familia de tres integrantes. El resto es sobrevivencia.

– La gente pasa comiendo legumbres varios días seguidos y así no hay aparato digestivo que aguante y después te enfermas y vas a curarte y te enfrentas con que no hay medicinas, con que los hospitales se están cayendo a pedazos. En muchas zonas de la ciudad el agua se va diariamente y a veces la luz es una cuestión de magia: aparece por aquí, se va por allí. La gente vive muriendo arropada por un sistema que supuestamente estaba hecho para que todos vivieran viviendo. Felices. Es el patrón de la escases. Un bucle. No hay comida suficiente y la que hay no se puede pagar, o bien porque es muy cara, o porque simplemente no hay dinero. Las tasas de mortalidad infantil en Venezuela están por las nubes y eso a ellos parece no importarles. Debo decir, como opositor, que nos estamos preparando para la invasión, es lo peor que le puede pasar a Venezuela pero lo único que puede servir para desmantelar esta corruptela –añade Ahmed.

Los aires bélicos se respiran por doquier. De lado y lado del tablero de ajedrez se escuchan, a diferente escala, opiniones diversas. Algunos están dispuestos a hacerse matar en nombre de la Revolución Bolivariana, contra quien sea, otros esperan que el golpe no sea tan fuerte y se pueda seguir viviendo en el hipotético escenario de una ocupación y, los más impasibles, están esperando la chispa que estalle todo para tener la excusa perfecta e irse definitivamente.

– Yo me quiero ir para un lugar donde no haya venezolanos, pero a este ritmo el lugar en el mundo donde menos venezolanos va a haber es en Venezuela y, quizás ahí, todo pueda solucionarse –subraya Kelvin Sánchez, estudiante de antropología.

En la oposición muy pocos creen en la posibilidad real de una salida pacífica al conflicto, mientras el oficialismo sigue aceitando su discurso, que no es tan guerrerista como se cree, pero que se apoya en un compacto sentido de resistencia y ¿qué es la resistencia sino un estado de constante defensa y propulsión al ataque?

– En Venezuela somos expertos productores de petróleo y de milagros. Esperamos que lo segundo pueda producirse con suma urgencia –dice Eduardo Rothe, reconocido filósofo y periodista de teleSUR.

La firma de Hugo Chávez en uno de los tantos edificios de vivienda de interés social que él inauguró en Caracas.

Tres escenas chavistas

En la marcha convocada por Nicolás Maduro para celebrar los veinte años del primer juramento presidencial de Hugo Chávez (sucedido el 2 de febrero de 1999) pululan militares, agentes y empleados del Estado. Todos lucen, con cierto dejo de arrogancia, sus exuberantes insignias y carnets. Los pocos civiles que se logran identificar como tal, participan de la concentración, limitándose a aplaudir y loar las peroratas del presidente.

– “Abandonen el camino del intervencionismo. ¡yanquis! dejen de llamar a la guerra, dejen de apoyar un golpe de Estado que ya fracasó. ¡El golpe de Estado fracasó y no se han dado cuenta!” -vociferaba Maduro, refiriéndose a los prosélitos –nacionales e internacionales- de la oposición.

Simultáneamente, en otros sectores de Caracas, la ciudad dividida, se adelantaban las marchas y plantones convocados por las fuerzas antagonistas al chavismo lideradas por el que oficia como el otro presidente: “el escuálido” o “el perro blanco”, así le dicen, decorativa y peyorativamente a Juan Guaidó.

La primera es una enorme marea roja, la segunda una insostenible ola blanca. En ambas las palabras “pueblo” y “democracia” están desgarradas, hechas trizas, de tanta impropiedad y manoseo. La ansiedad y la vacilación son los panes servidos –e hirvientes- en cada una de las mesas partidarias.

– A estas alturas acá nadie sueña, porque el sueño ya está cumplido. Acá todos alucinamos y por eso estamos en constante estado de alerta para defender la patria ante cualquier intrusión ilegítima del imperio, si tenemos que dejar la vida pues la dejamos, este gobierno no es juego –dice el sargento segundo Briceño, mientras ubica en su cuello una pañoleta con la bandera de Venezuela.

En medio de la combustión política que vive el país muchos chavistas parecen comprender que lo que avanza en contra de ellos, desde afuera, es un bloque que empezó a fraguarse con el Proceso de Paz en Colombia.

– Allá en Colombia están persiguiendo a los compañeros exguerrilleros, que tan noblemente bajaron la cabeza, quieren exterminarlos, no están cumpliendo lo acordado en La Habana. Todo fue una farsa del usurpador gobierno gringo en cofradía con el Estado narcoparamilitar colombiano para aproximarse a nosotros y poder cercarnos. Todo esto es una estrategia, amigo, si no resistimos y preservamos el legado revolucionario, después de nosotros entrarán, sin tregua alguna, a Nicaragua, para después terminar con Cuba ¿entiendes? Quieren acabar con nuestro muro de Berlín Latinoamericano y someternos a todos –comenta el capitán Moncada.

El fanatismo, de parte y parte, baila en el filo de una navaja. Sin ningún problema las partes hacen malabares para sostenerse sobre un vacío que, más que indeterminado, y sea cual sea su resolución, resulta extremadamente crítico –incluso peligroso- para el porvenir inmediato del país.

– El otro día escuché un discurso de Guaidó y el pendejo decía algo así como que “la gente producto de su trabajo decida qué ser y qué hacer: eso es democracia”. No, hombre. Eso es una consigna socialista ¿no? Aquí nadie puede decir que se le obliga a esto o a lo otro. Los que estamos acá estamos porque queremos y no mendigamos el apoyo del pueblo porque ya lo tenemos. Es nuestra base. Acá estamos en democracia, así fuimos a las urnas y votamos por Maduro, no solo porque creemos en él, como guía, sino porque avanzamos en nombre de la libertad y en memoria de nuestros comandantes, Bolívar y Chávez. Ese Guaidó no sabe ni dónde está parado ni lo que se le viene encima si sigue en desacato –afirma la teniente Suárez, mientras utiliza sus manos para cubrirse del inclemente sol de mediodía.

Zamira Ovalle tiene 42 años, cuatro hijos de un mismo matrimonio del cual se divorció por “falta de sintonía política” y vive de la venta de gorras, botones y banderines de Venezuela. Ella sueña con dos cosas: pertenecer, algún día, a la milicia bolivariana y conocer “la gloriosa isla de Cuba para aprender más sobre el socialismo”. Asegura haber acompañado cada convocatoria del chavismo, sin falta, desde 2001.

– Esta no iba a ser la excepción. Acá estoy, defendiendo lo que es de todos. Llevo esperando este día varios meses. Es un momento histórico, no todos los días se cumplen veinte años de algo. Ahora estamos en un momento difícil, muchos compatriotas nos han dado la espalda, nos han abandonado, pero somos más los que seguimos en pie, aguantando la guerra económica y haciéndole frente a las mentiras de la derecha. Esta crisis no será fácil de superar, pero un día todo esto será historia porque vamos hasta la victoria siempre…

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En la plaza Bolívar, en pleno centro de Caracas, a pocas cuadras de la casa que vio nacer a El Libertador Simón Bolívar y justo debajo del edificio que alberga la Asamblea Nacional Constituyente, permanece, día y noche, una carpa roja. En su interior siempre hay gente, sentada y siguiendo, en un televisor destartalado, el canal oficialista VTV (Venezolana de Televisión) o la cadena teleSUR.

A las afueras de la carpa no es raro encontrar una pequeña romería de gente –sobre todo mayor- hablando sobre lo que pasa, sobre lo que no pasa y sobre lo que creen que pasará. El ron corre como una catarata etérea. Las soflamas son temerarias. Extremistas. Imágenes en tamaño real de Hugo Chávez y Nicolás Maduro resguardan el devenir de la esquina.

El espacio en el que yace instituida la carpa se hace llamar “la esquina caliente” y hace homenaje a su nombre por el ardor y el arranque que maneja discursiva y panfletariamente. Se dice que los que la congregan, habitualmente, son los más radicales del chavismo. Aquellos que conforman los “grupos de choque”. Un eufemismo que, en cualquier lugar del mundo, mal que bien, sería fácilmente traducible a “grupos paramilitares” porque, aunque no se puede comprobar si algunos de ellos permanecen armados (aun cuando se sabe que han contado con financiamiento oficial), sí funcionan como un brazo civil de las fuerzas militares que sabe aterrorizar y perseguir –de muchas maneras- a los disociados (opositores).

Para ellos, cada cosa que se sale de su margen ideológico se convierte instantáneamente en sospecha. Su recelo es inagotable y hormiguean por toda la ciudad, desde los barrios populares hasta el centro, sin dejar de lado las zonas “sifrinas” -palabra comúnmente usada para referirse a los acaudalados o pudientes de Venezuela-. Muchos van motorizados, con banderas y consignas de la revolución bolivariana y, cuando se animan a acechar, forjan una bulla inestimable, con pitos, matracas, alaridos y hasta pólvora. Sus actitudes demuestran una desenfrenada obsesión por el control, además de una belicosidad tal, que no es difícil suponer que ante cualquier adversidad o intromisión irán hasta las últimas consecuencias, sin diálogo, ni negociación, todo en nombre de la fuerza.

Ahora bien, el establecimiento de “la esquina caliente” y la conformación de los “grupos de choque”, surgieron como una muestra no solo de apoyo doctrinario y organizativo, sino de resistencia y lealtad al gobierno de Hugo Chávez que, el 11 de abril de 2002, se vio amenazado por un intento de golpe de Estado. El primero y el último en los catorce años de gobierno chavista con Chávez a la cabeza.

Estando en la “esquina caliente”, una tarde cualquiera, pude atestiguar cómo cinco hombres se balancearon sobre un turista ecuatoriano que se paró allí unos minutos a ver y escuchar. Los hombres lo empujaron y, amenazándolo, lo cuestionaron, le pidieron identificación y le registraron todas sus cosas. En cinco minutos unas diez personas vestidas de civil escoltaban la incriminación del líder de la pandilla, que consistía básicamente en remarcarle al ecuatoriano que en Venezuela todos los extranjeros son sospechosos de algo y, para no quedarse cortos, “estrictamente sospechosos de lo peor”.

El teatro empieza a subir de tono. El ecuatoriano pide sus cosas y los hombres se niegan a devolverlas. El incriminador entrega el pasaporte a un colega, mientras observa la galería fotográfica del celular y empieza a preguntarle quién es quién en cada foto, qué lugar es y qué hacía ahí. El ecuatoriano responde sin titubeos, remarcándole que, a su parecer, lo que ellos hacen es ilegal y sumamente arbitrario. En un momento el hombre entra al Whatsapp del ecuatoriano y escucha audios privados. Lo que escucha le causa risa. El ecuatoriano le rapa el teléfono y la comitiva lo arrincona, haciéndolo caer.

Un hombre, alto y gordo, que no había estado nunca en la escena se acerca.

Pide calma.

– ¿Qué coño pasa aquí? ¿Quién es este? –pregunta.

– Solo estamos haciendo unas averiguaciones –responde el incriminador principal.

– A ver –dirigiéndose al inquirido- ¿quién eres tú? ¿de dónde eres?

– Me llamo Leandro y soy de Ecuador y solo estaba caminando por acá y me detuve a ver porque me llamó la atención la esquina –responde temblorosamente.

– Coño, mierdas ¿es que no se dan cuenta que es un hermano de la patria grande? –reconviene el hombre.

– Solo es rutina ¿qué tiene que andar viendo y escuchando lo que no le importa? –alega el incriminador.

– ¿Y que tienes tú que andar viendo y escuchando su teléfono? –responde el hombre, mientras se sitúa en la mitad de la concentración.

La comitiva calla.

– ¿Qué quieren, que él vuelva a su país y diga que aquí no se puede caminar tranquilo, que no se puede hacer turismo? La están cagando, mierdas ¿no se dan cuenta que con esto como está alguno de ustedes puede ir a parar a Ecuador? ¿Y si se lo encuentran allá ustedes creen que él los va a tratar bien? ¡Suéltenlo! Y dejen de estar buscando problemas que el enemigo está es en el norte, no vaya y sea que un día se encuentren con alguien más malo y reciban su balazo –termina el hombre, convidando al ecuatoriano a emprender la marcha.

Enseguida, al ecuatoriano le fueron arrojadas sus cosas al suelo y él, en un santiamén, recogió todo y emprendió la fuga, acompañado del hombre que le decía que, aunque no estaba de acuerdo con eso que había pasado, era cierto eso de que Venezuela no estaba para turismo y que lo mejor que podría hacer era irse. Lo más pronto posible o “¿es que quieres que te agarre la guerra?”.

– La sacaste barata, bro. Si yo no hubiera estado por acá te habrían hecho cualquier cosa. Estos están ciegos y no saben lo que hacen. También hay que entenderlos, están desesperanzados y creen que estando aquí jodiendo y agarrando a coñazos a la gente aportan algo para que esto no se caiga –remarca el amparador.

Yo iba detrás de los dos hombres, haciendo esfuerzos para escucharlo atentamente todo.

De repente, el amparador se detiene y se voltea gradualmente hasta encontrarse con mi mirada. El ecuatoriano, inmediatamente, vuelve a captar su atención, diciéndole que no tiene su pasaporte. Que se quedó en manos de “los locos esos”. Los dos hombres se devuelven a la esquina. A la selva.

Yo seguí derecho, apurando mi paso y suspendido en cierta zozobra, pensando en que si Venezuela no está para turistas, mucho menos lo está para preguntones o simples curiosos o, lo que es lo mismo: para periodistas.

El ecuatoriano pude haber sido yo.

Simplemente zafé.

Hoy por hoy, en el país de Simón Bolívar, gobernado por dos presidentes y, paradójicamente, sumido en un desgobierno general, cualquiera detiene a cualquiera, bajo cualquier argumento, como si fuera una rudimentaria y silvestre guerra civil en la cual todos somos susceptibles de ser criminalizados hasta por caminar. Toda esquina es caliente por la sencilla razón de que desde una se pueden visibilizar varios caminos. Y eso es ya una amenaza, aunque nadie sabe muy bien para quién.

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Para entender mejor algo que parece inentendible, incluso fantástico, me dirijo al Cuartel de la montaña (o Museo Histórico Militar), ubicado en el populoso barrio o “parroquia” 23 de enero, al oeste de Caracas. Uno de los fortines del chavismo en el cual empezaron a proyectarse los programas sociales bandera de la Revolución. Allí descansan los restos del comandante Hugo Rafael Chávez Frías.

Bajándome en la estación de metro “Agua salud”, al pie de una zona montañosa y erosionada, cruzo una pequeña avenida y hago la debida fila para agarrar una camioneta que, por 5 bolívares soberanos (0,0015USD al cambio del día) me suba por entre las comunas socialistas. La espera es de 30 minutos y el sol regala unos 28 grados, arduos y fulminantes.

La gente en Caracas, como buenos caribeños, habla más de lo que yo desearía. Una vez arriba de la camioneta, escucho quejas de una señora: que nada alcanza, que todo está invivible. Un señor le responde que bueno, que no pasa nada, que por lo menos él alcanzó a desayunar. Mi reloj marca las 15:30 pm. Ella le replica: tienes suerte, chamo, mucha suerte. La mitad de los pasajeros sonríe. Un joven saca de su mochila un banano y se lo da a la señora. Ella, muy cortésmente, le dice: “gracias niño, pero ¿no tienes una píldora anti hambre? Esas sí que lo solucionarían todo, aquí y en la China”. La antigua sonrisa de los pasajeros muta en carcajadas.

En el trayecto puede divisarse un panorama elementalmente exiguo y abatido, como el de una villa argentina o una favela brasileña, pero, en contraste con éstas, el paisaje de la pobreza caraqueña resulta absolutamente temperado y muy colorido. Alguien me explicaría que los colores de las casas responden a un proyecto comunal de lucha contra la violencia. Una forma de combatir esa lamentable imagen internacional que se ha venido fomentando de la ciudad como, si no la más, si una de las ciudades más peligrosas del mundo.

Por entre las estrechas calles y los hercúleos y alicaídos monoblocks de hasta 15 pisos, la gente reposa, caminando pausadamente o sentada en las puertas de sus casas o en las veredas, haciendo la siesta, jugando dominó, bebiendo algo o escuchando salsas y joropos. En un potrero se juega un partido de beisbol. En otro, algunas personas escarban entre la basura. Más adelante, en un gimnasio al aire libre, varios jóvenes acondicionan la delgadez de su musculatura. Patrullas de perros famélicos, por todos lados, husmean cada metro cuadrado.

Los rostros de Chávez, Maduro, el Che y las banderas venezolanas y cubanas con mensajes antiimperialistas suplantan la tradicional parafernalia publicitaria del mundo capitalista. Un grafiti advierte: “Aquí NO se habla mal de Chávez. Ni de Maduro”. En una curva veo un auto echado a perder, oxidado y prácticamente desvalijado. En una de sus puertas dice, grande, con letras blancas: “se cambia por ropa vieja”.

El conductor grita ¡Cuartel de la montaña!

Me bajo justo en frente de una pequeña casa de madera, pintada de rojo, que aparentemente funciona como altar. En su cúpula se subraya: “Santo Hugo Chávez del 23”. Adentro, cientos de velas y arreglos florales e imágenes del comandante y Jesucristo y la Virgen y Bolívar. También proliferan innumerables peticiones y placas conmemorativas de todo tipo. Un afiche dice: “¡Dios con nosotros! ¿Quién contra nosotros?”. Una señora pasa, con el que parece ser su nieto, ambos se arrodillan, se santiguan, ella cierra los ojos y balbucea una oración, se vuelve a santiguar, se pone de pie y mira al niño solemnemente: él dice Amén. Los dos se agarran de la mano y siguen su camino.

El Cuartel de la montaña está abierto hasta las 16:00 pm. Llego cinco minutos antes del cierre. Una militar me recibe, seria, introducida en un fusil, y me llama una guía. La guía llega y se presenta y me indica que está para servirme. Me pregunta de dónde vengo. De Bogotá, le digo.

– Es verdad eso de que allá nadie quiere a los venezolanos –consulta puntualmente.

– No, eso no es cierto -indico.

– Yo he escuchado testimonios de compatriotas que aseguran que los tratan muy mal y eso no me gusta para nada: ¿es que ustedes no se acuerdan que acá, en una época, recibimos seis millones de colombianos y que los tratamos como hermanos? Bueno, no importa –se responde ella misma, ante mi silencio- finalmente es entendible porque si ustedes están de parte de los gringos, quiero decir, si sus dirigentes están de parte de ellos y les permiten poner bases militares para amenazar nuestra soberanía es porque no nos quieren… ¿tú estás de acuerdo con esa vaina?

– Mira, yo solo vengo a ver el mausoleo de Hugo Chávez –le aclaro.

– Sí, sí, olvídalo. Para eso estamos, para mostrarte el lugar donde descansa nuestro “eterno y supremo comandante en jefe de todos los ejércitos y el pueblo” –reconoce altiva, mientras atravesamos un apacible pasaje que ostenta todas las banderas de los países que conforman Latinoamérica y el Caribe.

En medio de una suerte de castillo tropical, que lleva en lo más alto de su fachada la inscripción 4F, en conmemoración al 4 de febrero de 1992 (día en que la construcción fue usada como cuartel general de las fuerzas sublevadas, lideradas por el entonces teniente coronel Hugo Chávez, para llevar a cabo un fallido golpe de Estado en contra del presidente Carlos Andrés Pérez), están los restos del Comandante, enfrascados en una imponente urna de mármol negro que, a su vez, hace parte de una obra que tiene como base una hermosa fuente con dos entradas laterales.

Entre las ofrendas florales que envuelven el sarcófago, se alcanzan a ver inscripciones que después descubriría como frases célebres dichas por el finado. La urna permanece rodeada por cuatro guardias vestidos con trajes y espadas castrenses de la época de independencia. Atrás una foto humanizada de Simón Bolívar, que fue encargada por Chávez tras varios cotejos a partir de especulaciones sobre su verdadero semblante. A los lados dos fotos diferentes del “eterno y supremo comandante en jefe de todos los ejércitos y el pueblo”. En una aparece sonriente. En la otra absolutamente circunspecto.

Después de entrar al enorme recinto y permanecer allí unos minutos, en completo silencio, observando y sintiendo la suntuosidad dramatúrgica del espacio, escucho una trompeta y varios redoblantes. Detrás de mí veo venir una pequeña comparsa. La guía me retira hacia un lado, diciéndome: cada dos horas hacen cambio de guardia, quítate la gorra y si te apetece pon tu mano en la frente.

Presencio todo el despliegue. Cada uno de los guardias salientes grita lemas marciales al son de la fanfarria. Los guardias ingresantes hacen lo mismo. El cambio conforma una considerada coreografía, jubilosa, que se repite doce veces por día, más o menos trescientas sesenta veces al mes y cuatro mil trescientas veinte al año. Una locura, pienso, mientras sigo sumergido en la extrema dilatación de patriotismo y culto a la personalidad.

Al terminar la deferencia, la guía me invita a pasar a un auditorio donde, por medio de fotografías, me explica la parte de la historia de Venezuela que ella considera relevante. Habla de traiciones y recuperaciones. De vendidos al imperio y héroes consagrados. Hay objetos personales de la infancia del Comandante Chávez: un pupitre, una bicicleta, un bate y una manopla de beisbol.

Al salir del perímetro fúnebre, la guía me cuenta que el comandante murió a las 16:25 pm y que todos los días, a esa hora, se suelta un cañonazo para recapitular la hora en la que “nuestro comandante partió físicamente para guiar la Revolución Bolivariana desde el cielo”. Veo venir, entonces, la misma comparsa que minutos antes había orquestado el cambio de guardia, pero esta vez la vestimenta de los soldados es diferente: todos llevan overoles, pañoletas y sombreros campesinos, de fique. En un acto rápido, arreglan todo para la detonación. A las 16:25 en punto, después de recitar varias plegarias y hacer algunas declaraciones revolucionarias, de compromiso y resistencia, un ensordecedor cañonazo retumbó la colina y el barrio en donde está emplazado el hierático cuartel de la montaña.

– Como puedes ver, somos fuertes y estamos unidos. Si los gringos se meten a nuestro país se desata la tercera guerra mundial. Es así. Que respeten. Rusia y China están con nosotros. Esperemos que los líderes que están en contra de nuestra soberanía puedan ser inteligentes y evitar un genocidio, pero si nos atacan, nosotros respondemos y si quieren dialogar, nosotros dialogamos. El espíritu de nuestra revolución es pacifista, pero no bobo, eso nos enseñó el Comandante y nos lo recuerda todos los días nuestro presidente –argumenta la guía.

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Misión Crisis Adentro

Muchos no quieren hablar y eso es entendible. A veces el silencio se convierte en la mejor manera –quizás en la única opción- de desprestigiar la política. No de atacarla. Más cuando esta ha optado por meterse hasta en los huesos de los ciudadanos.

Las cosas están calientes, muy calientes. Aunque el verdadero calor es el que expelen las bocas autosilenciadas, aquellas que, día a día y en cuerpo presente, salen a dar el pecho –y el verbo- al intenso embate de las circunstancias.

No obstante, ninguna cosa –de tantas- alcanza aún su punto máximo de ebullición. Para eso falta tiempo. Aunque tiempo sea lo que justamente menos hay. Para ambas partes. Por ahora, las opiniones van y vienen, batiendo cada vez más las aguas que conforman el río revuelto en el que se ha convertido Venezuela.

Por un lado, los chavistas perseveran una suerte de mutismo que, lejos de asustar, confunde y, por el otro, los opositores deliran por decir algo, responsable o irresponsablemente, no importa, lo que cuenta es el escupitajo o la opinión derrocadora, la quejumbrosa y así: la real. O por lo menos la que el mundo de afuera quiere llevar al paroxismo para demostrar que todo, absolutamente todo, está patas arriba.

Recordemos que la realidad siempre es única y exclusivamente de los que la mancillan. De todos aquellos que la están pensando y trabajando y diciendo, sin melindres de ningún tipo. En cambio, los que la ocultan generalmente son aquellos que le temen, los que saben que la realidad, de ser descubierta, sería la primera en lincharlos.

De cualquier manera, muchos no quieren hablar y aunque eso sea entendible, no quiere decir que sea aceptable. Puede ser que la verdad es que nadie, realmente, puede hablar. Simplemente nadie está autorizado para nada.

– Excepto para prevenir o salvaguardar la salud de las personas.

Así me dice un cubano al que llamaré Jorge, porque él no quiere dar su nombre, no quiere ganarse problemas, no quiere que lo jodan ni en Venezuela, ni en Cuba, ni en ninguna parte, porque lo único que él sabe hacer en su vida, en su humilde vida, es salvar las vidas de los demás.

Jorge aterrizó en Caracas, en 2006, cuando el gobierno bolivariano inauguró el Hospital Cardiológico Infantil Latinoamericano doctor Gilberto Rodríguez Ochoa y, de paso, dio rienda suelta a la Misión Barrio Adentro IV, un programa social que, desde 2003, ha llevado a miles de médicos cubanos a trabajar en Venezuela en los lugares más recónditos de la república, así como también en las zonas más populares e inaccesibles de las ciudades.

Aunque Jorge se negó un par de veces a ceder una conversación –ni siquiera le mencioné la palabra entrevista-, una tarde llamó a mi contacto y le dijo que si queríamos escucharlo que fuéramos hasta su casa, y que lleváramos pan, que él ponía el café. Así fue. Llamamos a nuestro conductor y le indicamos. Llegamos a las ocho pasadas a un barrio popular, pero no problemático, del oeste caraqueño. La noche, más que agradable, se mostraba satisfecha.

Entramos en una pequeña casa pintada de un amarillo casi que incandescente. Jorge nos recibió vestido con una camisa manga corta color rojo, blue jean y alpargatas. Nos invitó a sentarnos en una sala con sillones de cuero verde, un cuadro con un nevado de fondo, un reloj derretido como el de Dalí y nos pidió el pan. En seguida se perdió en una minúscula cocina y, antes de que el ambiente se viera descerrajado por el grato olor que se desprende del café recién preparado, salió y nos dijo:

– Lo primero que tienen que saber, básicamente por decencia, es que soy gay y en cualquier momento llega mi pareja, les digo esto para que no piensen mal. Ah, y otra cosa, les hablo de todo lo que quieran que les hable pero, una vez salgan por esa puerta, olvídense de mi nombre real e incluso de que nos conocemos ¿están de acuerdo?

Jorge es médico egresado de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana. Tiene 48 años y, según él mismo, lo único que ha hecho en su vida ha sido estudiar. Nunca se interesó ni por la política ni por los deportes ni por el trago ni por las mujeres. Pero sí por la música clásica y la poesía: adora con el mismo rigor a Mozart y a Bach, a Eliseo Diego y a Nicolás Guillén. Añade también que en Cuba nadie sabe que él es gay y que una de las cosas que le adeuda a Venezuela es que solo allí pudo deshacerse de esa molestísima carga que es el clóset. Se especializó en cardiología con el “tonto y necio objetivo” de entender el órgano del cual proviene el amor. Dice que de no haber estudiado medicina, se habría muerto de hambre porque “de poeta nadie vive, aunque todos vivimos de los poetas”.

– Los cubanos que estamos en Venezuela “en misión” tenemos rotundamente prohibido dar declaraciones so pena de ser devueltos a la isla y ser sancionados desde, con el no ejercicio de nuestra profesión, hasta con la prisión. Me parece que ellos creen que hablar fuera del margen profesional es algo así como traicionar a la patria. No lo sé, es muy contradictorio porque ellos mismos se encargaron de meternos en la cabeza que todo acto es político, que el tan solo hecho de vivir es político y, sin embargo, nos prohíben conversar de política. Es evidente que los médicos cubanos que estamos acá formamos parte de una misión política que se escuda en ser una misión de salud.

Cuba está tan metida en Venezuela como la ex Unión Soviética lo estuvo en la isla hasta que todo se derrumbó en 1989. Cuba está en cada borde del espectro nacional venezolano, guiando –no gobernando y esto hay que subrayarlo- hacia no se sabe dónde, pero sus manos insisten, prácticamente, en parecer invisibles: en las comunicaciones, en la inteligencia, en la milicia, en la política, en la cultura, en la educación y, por supuesto, en el sistema de salud pública del país.

Las que no son, ni pretenden ser invisibles, de ninguna manera, son las manos de miles de médicos cubanos que diariamente están curando y previniendo la salud de cientos de miles de venezolanos, generalmente pobres y/o marginados. Jorge pinta un cuadro extremadamente filantrópico pero a su vez desolador. Se siente solo y asegura que este sentimiento está extendido entre sus colegas que no dejan de trabajar para que el sistema de salud bolivariano no se derrumbe completamente, aun cuando la realidad marca que “la misión” no es puntualmente un sistema de salud, sino más bien un “sistema de asistencia urgente” que no soluciona nada pero sí lo dilata todo.

Según ACNUR (08 de noviembre de 2018), unas tres millones de personas han abandonado Venezuela desperdigándose por todo el mundo. El fenómeno migratorio ha golpeado todas las clases sociales, lo cual implica una reducción de mano de obra en todos los costados de la economía. Naturalmente, el sector de la salud no ha sido ajeno a esta crisis. Muchos profesionales de la salud –venezolanos- se han ido, buscando un futuro más prometedor, mientras los que van quedando haciendo frente a todo, son los médicos de la misión médica “Barrio Adentro” y los practicantes venezolanos que permanecen adheridos académica, profesional e ideológicamente al programa.

– Desde adentro de esta misión que debería llamarse más bien “Crisis adentro”, puedo decir que ahora, al mes de febrero de 2019, más del 60% de los módulos de atención o consultorios populares, tanto fijos como itinerantes, en todo el país, están cerrados y, los que siguen funcionando, permanecen estallados por falta tanto de personal como de insumos médicos, tecnológicos y farmacéuticos. Esto más que una crisis, realmente es una emergencia humanitaria que cada día se hace más insostenible. Todo en la misión es artesanal, básicamente hecho a puro pulmón. Algo muy lindo ha sucedido y es que algunas comunidades han desarrollado un sentido de pertenencia importantísimo para con el programa y eso ha permitido que las cosas, de una u otra forma, con todas sus fallas incluidas, siga en pie.

El novio de Jorge llega a casa y le besa la frente. Se nos presenta como librero. Antes de pasar a la cocina le cuenta a Jorge que demoró porque justo en la parada de su metrobús una camioneta atropelló un señor. Hace énfasis en que el señor pudo haberse salvado si hubiera llegado a tiempo una ambulancia o por lo menos un equipo médico, pero que después de casi una hora de espera, el hombre murió desangrado. Jorge pregunta por la camioneta y su novio le responde: escapó. Jorge enciende un cigarrillo y todos quedamos en silencio.

– La base de todo sistema de salud debe ser la solidaridad, así como también esa debe ser una de las bases fundamentales de toda revolución. Si nos encontramos con un pueblo que huye, bien sea de un accidente de tránsito o de un país en crisis, no podemos culparlo directamente por la sencilla razón de que esa actitud es la consecuencia de políticas públicas anodinas y dislocadas que a su vez derivan en complejas realidades humanas que no se pueden contener. La corrupción no solo es económica, quiero decir, del que roba del erario público para el beneficio propio, la corrupción también es la omisión ética y moral de lo que sucede, es el miedo a afrontar la realidad –dice Jorge, mientras contempla las hondas bocanadas de humo que exhala.

Uno de los problemas más perentorios de Venezuela, quizás el que necesita más atención por parte de las autoridades es el tema de la inseguridad alimentaria en la que están anegados los más pobres. Hablar de los más pobres en Venezuela, significa, prácticamente, citar –como mínimo- a la mitad de la población del país. Así las cosas, tanto la escasez o la imposibilidad de acceder a alimentos frescos y/o nutritivos, hace que la población en general no pueda sobrellevar enfermedades crónicas, atender enfermedades emergentes o sencillamente prevenir o tratar las comunes. La exposición ya pasó de ser desmedida a ser neurálgica.

– Duele decirlo, pero no hay condiciones para ejercer planes de salud seguros y duraderos. Las instalaciones provistas por el Estado son inhabitables: muchas veces no hay agua, ni luz y todo permanece sucio. Estas cosas conforman un mínimo indispensable para que un centro de salud en cualquier lugar del mundo funcione a cabalidad. Imagínate lo que toca hacer para neutralizar una hemorragia, curar una herida o atender un parto en una habitación que no es aseada hace meses. Lo que hay que hacer es echarse una bendición para que ninguna bacteria o virus se meta y eche todo a perder.

Jorge va cerrando la conversación. El reloj de Dalí marca las 22:36. Nos advierte que no está bueno estar por ahí en la noche. Que Caracas es una ciudad peligrosa y que cada esquina esconde sorpresas y que lo último que quiere es que, por andar viéndolo y escuchándolo, terminemos experimentando -de primera mano- el desastre que es la salud en Venezuela.

– Jorge ¿cuántos médicos cubanos tiene actualmente la misión?

– Tranquilamente podemos ser unos 30mil.

– ¿Cómo definirías la misión?

– En un principio como un proyecto innovador y benefactor que, por mala administración y fallas en su proyección, infortunadamente degeneró en una forma de control social.

– ¿Control social?

– Sí, mitigamos tu dolor pero no te solucionamos nada de fondo. Así, tienes que estar volviendo y no puedes decir no a nada porque corres el riesgo de quedarte sin el servicio.

– ¿Por qué decidiste acceder a esta conversación?

– Hombre, eso sí que no lo sé. Supongo que porque en el fondo encuentro que las cosas no están funcionando bien y el silencio nos hace cómplices ¿no?

– ¿Qué piensas de lo que está pasando?

– Soy médico, no soy político ni sociólogo. Además, toda la especulación sobre el tema bélico me da un sueño tremendo. Los cubanos estamos esperando que nos invadan desde el primero de enero de 1959. Con eso te digo todo.

– ¿Volverás a Cuba?

– No creo, pero si aprueban el matrimonio igualitario quizás lo piense –confiesa, mientras le guiña el ojo a su novio.

Salgo de la casa. Afuera, un desierto espectral. La lobreguez de un extraño pero cálido toque de queda. Jorge me muestra sus dos manos, mientras me dice, en voz muy baja: “cuídate, no te dejes engañar por esta paz, es mentirosa, es tan solo la antesala del huracán, adentro de cada casa todos, chavistas y no chavistas, se retuercen esperando lo peor”.

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Este texto hace parte de la alianza colaborativa entre OnCuba, Brecha y Revista Late.

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