A veces la historia se cansa de los héroes. Se aburre de la audacia y del coraje; prescinde de ellos y encarga a hombres más bien mediocres la ejecución de tareas fundamentales.

En Venezuela, a principio de los ochentas, los movimientos políticos de la izquierda radical llevaban más de veinte años acumulando fracasos. El experimento guerrillero había naufragado, la resistencia apenas resistía y los camaradas precisaban vigores nuevos: buscaban con urgencia una coalición que salvara el destino del complot. Buscaban balas.

La insurgencia decidió entonces infiltrar a las fuerzas armadas para promover, con mucha cautela, un posible respaldo dentro de los cuarteles. Los compañeros de las diversas facciones elevaron sus plegarias a la milagrosa virgencita de las conjuras, e invocaron la asistencia de ese contacto eficaz: alguien que pudiera reclutar aliados dentro del ejército regular.

En medio de aquella situación urgente, ¿quién resultó elegido para la misión? ¿A quién escogió la historia? Pues a un comunista tímido, a un licenciado miope, al antihéroe que jamás empuñaría un fusil. La historia escogió a Adán Chávez.

Cuando se le compara con Hugo —algo muy frecuente—, Adán desluce. No tiene el vigor físico de los hombres de acción (siempre evitó los deportes); su cuerpo, por el contrario, revela la fortaleza de un oficinista. Moreno pálido, casi indio, tiene un cabello lacio que cae dócil en distintas direcciones, ni abundante ni escaso, con entradas que empiezan a avanzar por encima de una frente amplia. Sus mejillas cuelgan de unos pómulos planos. Usa gafas. Casi nunca sonríe. Y el breve mentón completa la imagen de un rostro en fuga.

Muchos dicen que Adán Chávez ha cultivado siempre la estrategia del bajo perfil. Pero no es del todo cierto, pues esto da la idea de una intención, de un modo de vida que ha evitado el protagonismo adrede. Lo más cercano a la verdad sería decir que él, una especie de número dos natural, se ha mantenido subordinado de forma constante simplemente porque esa es la esencia de su carácter.

Detrás de las sombras, hecha célebre solo por obra de su hermano díscolo, la biografía de Adán ha filtrado algunos datos a la opinión pública. Entre lo mucho que se ignora, se sabe que es el primer hijo de Hugo de los Reyes Chávez (maestro de escuela) y Helena Frías (ama de casa). Que nació en Sabaneta, un pueblo de los llanos venezolanos, el 11 de abril de 1953. El mismo día, guiño zurdo, en que el Che Guevara aprobó su último examen en la escuela de medicina. Un año más tarde nació Hugo, y pasaron varios antes de que llegara el resto del clan: Adelis, Aníbal, Argenis y Narciso. Se sabe que Adán tiene una esposa y tres hijos, pero nadie recuerda haberlos visto en ningún acto oficial.

La brecha que separa a Adán y Hugo de sus hermanos menores forjó en ambos una profunda diferencia de estilos. Ellos, disciplinados y dogmáticos, siempre tuvieron preocupaciones políticas; y hasta ahora, más allá de algunos rumores improbables, no se les conocen riquezas súbitas. Los otros Chávez, en cambio, se benefician del nepotismo y desatan escándalos de corrupción, mientras aprovechan con descaro los privilegios de un poder que nunca persiguieron.

Adán y Hugo son casi una isla dentro de la familia. Todavía eran niños cuando el maestro Hugo de los Reyes, que no podía alimentar a todos sus hijos, le pidió a su madre que terminara de criarlos. Entonces la abuela Rosa Inés asumió la tarea y libró de ese peso a la pareja. Por eso durante años, en los discursos del presidente fallecido, los venezolanos escucharon infinitas historias que recreaban aquellos días: dónde dormían,  qué comían, cuántos dulces vendían los niños para conseguir algo de dinero. El comandante no dejó nunca de repetir cómo los marcó “Mamá Rosa”, la mujer a quien consideraba su auténtica madre. Incluso existen unos versos donde él, en trance poético, le declara su eterna gratitud a la vieja.  Los escribió el mismo día de su funeral, en 1982, sobre el escritorio de un pequeño estudio en la casa de Adán.

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Sabaneta es un pueblo de treinta mil habitantes rodeado por extensas llanuras verdes, tierras fértiles donde se ven recuas de ganado pastando y campesinos que recorren a pie o en tractores los infinitos sembradíos que crecen en las sabanas. El pueblo, siempre visitado por hacendados y comerciantes de la zona, tiene dos calles agitadas que lo cruzan de un extremo a otro. Entre ambas, junto a la Plaza Bolívar, está el colegio Julián Pino, donde los hermanos Chávez estudiaron la escuela primaria.

Sentado en una banca de la plaza, a dos cuadras de la alcaldía (donde despachó durante años Aníbal Chávez, fallecido recientemente), a cuadra y media de la antigua casita de la abuela Rosa Inés, hablé con Óscar Orta, un campesino silencioso que escondía, tras unos modales ásperos, su temperamento afable. Orta fue amigo de infancia de Adán y Hugo, y luego un fiel compañero durante los primeros años de la lucha clandestina. Francisco Orta, su padre, también un campesino de izquierda, fue uno de los primeros mentores políticos del comandante. “De izquierda”, sin embargo, es un decir. Los Orta creen en una forma radical de anarco comunismo, creen en la condición sagrada de la labranza de la tierra y abandonaron el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (la facción primigenia creada por Chávez y otros militares en su búsqueda del poder) cuando Hugo se lanzó a la presidencia, pues vieron su candidatura como una venia inaceptable que la revolución le hacía al mismo sistema que rechazaban.

Aquella mañana Óscar actuaba con incomodidad: evitaba mirarme a la cara y narraba anécdotas manteniendo su perfil erguido, siempre con la espalda pegada al banco de hierro. Recordaba su historia junto a los Chávez con desagrado, pero asumiendo la tarea casi como un deber moral.

—Nosotros siempre fuimos marxistas, siempre trabajamos ayudando a los campesinos, a la gente de toda esta zona. En los setentas, con mi papá, con Hugo y con otros camaradas hicimos muchas reuniones del movimiento. Casi siempre en fincas de por acá, entre amigos.

—¿Qué buscaban?

—Lo que se buscaba era cambiar el sistema. Conspirábamos para tumbar al capitalismo que gobernaba este país, y para instalar un nuevo sistema.

—¿Adán participaba en esas reuniones?

—Sí, casi siempre callado, sentado por allá en una esquina. Muchos lo veíamos como un burócrata, un tipo que calentaba un escritorio como profesor, que no se arriesgaba, que nunca estuvo realmente casado con la revolución.

—¿No lo respetaban?

—No mucho. Yo estoy seguro de que Adán, si no fuera por Hugo, jamás habría hecho nada para cambiar el sistema. Como todos en esa familia, él es un hombre que ha vivido siempre bajo la sombra de su hermano.

Parecía que todos en la revolución se veían obligados a aceptar a Adán como un costo que se debía pagar por estar cerca del líder. Si el comandante confiaba en ese hombre más que en nadie, había que aceptarlo.

Orta insistió en su rechazo hacia el personaje y evocó anécdotas para apuntalarlo. Recordó, por ejemplo, que Adán militó en Copei, un partido social cristiano que, junto a Acción Democrática, formó parte del viejo sistema bipartidista que tanto ha condenado la revolución. Copeyanos de peso como Eduardo Fernández, excandidato presidencial en cuya campaña trabajó Adán, lo describen como un activista eficaz. Pero el chavismo, que ahora intenta olvidar ese pasado indigno, insiste en que se trató de una simple fachada.

El 4 de febrero de 1992, cuando falló el golpe de estado que Hugo lideró contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, Óscar Orta visitó la casa de los Chávez, y allí, de forma inesperada, recibió insultos de doña Helena Frías, que lo acusaba de haber influido de manera nociva en su hijo, de haberle calentado la cabeza con esas ideas comunistas. “Ahora el muchacho botó su carrera”, reclamaba ella. Adán sabía la verdad, sabía que no había un solo responsable, sabía que nadie habría podido detener la aventura golpista. Y aunque él mismo estaba comprometido, presenció la escena en silencio, sin mover un músculo, quizá temiendo una reacción violenta de su madre. Es el tipo de cobardías que Óscar Orta nunca le ha perdonado.

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Desde Sabaneta, para continuar su educación en el único bachillerato que había en todo el estado, los hermanos Chávez tuvieron que mudarse a Barinas, la capital, y fue allí donde conocieron la política. Hugo de los Reyes había alquilado una casa en un barrio de clase media para que vivieran en ella junto a la abuela. En la misma calle vivía Esteban Ruiz Guevara, un viejo comunista que solía juntar a los Chávez con sus hijos (Vladimir y Leonardo Ruiz Tirado, ambos después vinculados al gobierno) y organizaban, entre todos, lecturas y discusiones donde aprendieron los primeros rudimentos de marxismo (con el fracaso del golpe, doña Helena Frías también culpó al viejo Esteban por haberle “calentado la cabeza” a su hijo).

Rafael Simón Jiménez  —un gigante gritón y de cabello cano, un exparlamentario con estudios en Europa— recordó también aquellos tiempos. En su pequeña oficina en Caracas, tumbado en una gran silla detrás de un escritorio, antes de que le estrechara la mano se apresuró y dijo que Adán no era “el ideólogo de la revolución”.  Aclaró, con una mueca de incredulidad en el rostro, casi asqueado ante semejante pretensión, que no era “ningún cerebro oculto detrás del trono, como muchos dicen por ahí; y tampoco la versión venezolana de Raúl Castro”.

—¿Quién es entonces?

Rafael Simón sonrió, apartó la mirada, meditó unos segundos antes de responder. Ofreció una silla.

—¿De verdad vas a escribir sobre Adán Chávez?

—Sí

—Pues ese va a ser un perfil bastante gris.

Rafael Simón conoce a la familia Chávez desde hace décadas: estudió con Adán y Hugo en el Liceo Oleary, en Barinas, a fines de los sesentas. Él era un joven agitador que vivía muy en serio “los coletazos del mayo francés”, y el propio Hugo lo recordó en algunos discursos. “Cuando Rafael Simón decía que había que tirar piedras, ¡había que tirar piedras!”.

A fines de 2008, alejado del gobierno que alguna vez apoyó, Jiménez disputó con Adán la gobernación del estado Barinas. Y perdió.

—Adán era un tipo retraído, lacónico, que siempre pasaba inadvertido. Era uno de esos muchachos que iban del interior del estado y… Bueno, cuando llegaban a la capital parecían unos venaditos. Eran muchachos del campo, muchachos del monte.

No se lo pedí, pero de forma natural Rafael Simón comparó a Adán con su hermano.

—Él era muy distinto a Hugo, que por temperamento es un hombre dicharachero, extrovertido y abierto. Adán cumplió sus cinco años en el liceo sin mayor ruido. No se le veía ninguna preocupación por los temas políticos.

—Dos hombres casi opuestos.

—Sin duda, pero tienen una relación de confianza muy estrecha. Mira, aunque el nepotismo es una de las cosas que yo más repudio, creo que es consecuencia de una visión autoritaria que te va cerrando el círculo y concentra el poder en la gente que tú, como líder, sientes que tiene vínculos irrenunciables con tu proyecto. A estos tipos, que tienen una ambición desmedida de poder, les llega un momento en que se preguntan en quién pueden confiar, y solo les queda la familia. Seguramente Hugo pensaba que Adán nunca lo iba a traicionar. Yo pienso que eso jamás va a suceder. Además, el único hermano al que Hugo respetaba es Adán.  En esas familias tradicionales de origen campesino la jerarquía del padre se transmite al hermano mayor.

—Entonces sí tenía una gran influencia sobre el Presidente.

—Sí. Pero que quede claro que no es ningún cerebro. Para mí él es un tipo que oculta sus carencias con esa introversión y ese laconismo. Por eso, te repito, atribuirle la condición de ideólogo es un completo disparate.

Rafael Simón ríe de nuevo. Parece que ha encontrado la nuez de su juicio.

—Adán, chico, era un tipo absolutamente irrelevante.

Hugo Chávez en la Cumbre de la Unidad Latinoamericana en la Riviera Maya en febrero de 2010. Foto: Eduardo Miranda

Hugo Chávez en la Cumbre de la Unidad Latinoamericana en la Riviera Maya en febrero de 2010. Foto: Eduardo Miranda

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La historia coquetea siempre con el azar, pero no juega a los dados. Tuvieron que confluir muchas circunstancias para que Adán Chávez, el antihéroe, se viera de pronto desempeñando un rol vital dentro del largo proceso que llevaría finalmente al poder a toda una variada asamblea de conspiradores.

A principios de los sesentas él, un muchacho apocado, otro jipi entre muchos, como solía recordarlo su hermano, llegó a Mérida para estudiar Física en la Universidad de los Andes (la física cuántica, dicen, es una de sus pasiones). Entonces los movimientos de izquierda tenían completamente penetrado el mundo universitario. Adán había militado tres años en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), un partido pequeño vinculado a su equivalente chileno donde —lo dijo él mismo en una entrevista con Alan Woods, un reportero norteamericano— empezó su verdadera formación política y revolucionaria.

El joven agitador había dejado el MIR por puro desencanto: “Eso empezó a degenerar, transformándose en un partido revisionista que incluso se dividió en dos fracciones. Yo decidí no incorporarme a ninguna. No estaba de acuerdo con el revisionismo y pensaba que había que hacer un partido revolucionario de verdad en contacto con las masas”.

En Mérida, sin embargo, su desencanto tornó de nuevo en fe cuando se unió a otro movimiento, de corte aún más radical: el Partido de la Revolución Venezolana (PRV), cuyo líder, Douglas Bravo, un buen amigo del Che, ya había empezado a construir su leyenda desde que comandó a la guerrilla en la Sierra de Falcón, en el noroccidente venezolano (casi treinta años más tarde, Bravo apoyaría el proceso chavista en sus primeros tiempos, pero lo abandonaría luego por considerar que el proyecto perdía el rumbo y traicionaba las banderas de la revolución).

En la misma charla con Woods, Adán describe así su pasantía por el PRV: “Hicimos un trabajo de guerrilla urbana, pero por su carácter clandestino este partido no tuvo contacto con las masas. Y para lograr un movimiento revolucionario y popular que permitiese la toma del poder, había que tener una fuerte incidencia en las masas populares. Y además había que contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas”.

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Algunos civiles de la conjura, siempre en secreto, llevaban un par de años vigilando al profesor Baltasar Betancourt. Los espías eran estudiantes de izquierda que lo escuchaban dentro y fuera del aula; que lo observaban en la calle o lo visitaban, aún sin confesar su misión, en la cabaña que él ocupaba dentro del campus, en la Universidad Ezequiel Zamora, de Barinas.

El sondeo continuó durante un par de años, a fines de los ochentas, hasta que Betancourt —un hombre retraído y sencillo, un músico aficionado, también un zurdo opaco— fue aprobado por la célula clandestina. Entonces lo invitaron. Los estudiantes le hablaron a Betancourt de la conspiración. Sin dar nombres le informaron que existía otro profesor vinculado, que ese hombre dirigía la captación de civiles y tenía, además, un hermano dentro de las Fuerzas Armadas: “un soldado que nos acompaña en la causa”, dijeron. Betancourt dejó pasar varios meses sin responder, pero mantuvo el contacto porque recibió “pruebas de que se trataba de un movimiento serio y organizado”.

Pasaba el tiempo y Betancourt intentaba descubrir la identidad de aquel rebelde enmascarado. ¿Quién podía ser? ¿Cuál de sus colegas dedicaba las horas muertas de la academia a planear un improbable asalto al poder?

Este flirteo se produjo en 1989, un año convulso para Venezuela. En febrero la capital del país, Caracas, vio fuego y vidrios rotos durante una ola de protestas que dejó centenares de muertos y desaparecidos a manos de las fuerzas de seguridad. El ambiente de descomposición social y política que se tomó las calles, recordaría Betancourt, terminó de convencerlo. A finales de año se arregló una cita con el misterioso docente investigador. Los estudiantes convocaron a Betancourt a un aula vacía donde él, muy sorprendido, se encontró por fin con su par oculto. Y por supuesto que lo conocía: era un amigo reciente, un socio de veladas musicales de quien jamás habría sospechado: Adán Chávez.

—Nuestra relación comenzó a través de la música.

Betancourt, sentado frente a una mesa redonda en su amplio despacho del ministerio del Poder Popular para la Educación, recordaba el inicio de su amistad con el hermano del líder.

—Yo soy músico, canto, y él también canta, sobre todo música llanera. Nosotros hacíamos veladas musicales y él cantaba (a diferencia de su hermano, que canta a cada rato en televisión, Adán nunca ha entonado un verso en público). En esos primeros momentos nunca se habló de política, aunque seguramente él ya tenía un perfil mío.

—¿Y usted de verdad no sospechaba nada?

—Nada. Yo no sabía de la existencia de un movimiento cívico militar de izquierda. Ni siquiera sabía que existían militares de izquierda. Pensaba que todos los militares eran fascistas, pero aquí estaban sucediendo cosas distintas. Sobre todo porque había antecedentes de movimientos de izquierda dentro de las Fuerzas Armadas, que tuvieron vinculaciones con la guerrilla, con partidos de izquierda más radicales como el MIR y el PRV.

—En ambos había militado Adán.

—Así es. Pero el caso es que yo me uno a las labores, a la logística en las ciudades hasta que llega el fracaso del 4 de febrero del 92. Entonces hubo una estampida, se fue mucha gente del movimiento, y vino más represión y vigilancia contra nosotros. Yo en ese momento, como mucha gente, no estaba de acuerdo con ir a elecciones, y me separé un poco, aunque luego voté por Chávez.

—¿Adán también fue perseguido?

—Claro, lo seguía mucho la Disip (policía política). Y una vez se lo llevaron de su casa en Barinas, se lo llevaron detenido un par de días para interrogarlo.

A mediados de los sesentas, ya graduado y después de trabajar un año como profesor, Adán dejó Mérida y volvió a Barinas, donde consiguió, apoyado otra vez por el partido Copei, una plaza en la Universidad Ezequiel Zamora. En un aula vacía a fines de los ochentas, tuvo aquel primer encuentro con Betancourt.

—Adán me dijo que se trataba de un movimiento cívico militar donde se estaba captando gente de izquierda. Me dijo que había un hermano suyo, y que ese hermano dirigía la parte militar junto a otros comandantes.

—¿Cuál era el objetivo?

—En ese punto ya faltaba poco. El objetivo era derrocar a Carlos Andrés Pérez.

En efecto, para aquellos días, Hugo Chávez y los principales líderes del movimiento llevaban adelantado el plan del golpe. Solo faltaba un par de años, y el ascenso de los cabecillas a posiciones de comando dentro del ejército para cometer el asalto. Los civiles, coordinados por Adán y otros camaradas fuera de los cuarteles, se comunicaban con los comandantes a través de mensajes grabados y manuscritos.

—Nuestro trabajo consistía en hacer labores de inteligencia, en preparar detalles en caso de que la insurgencia tuviera éxito, o prepararnos en caso de que fracasara. Era un movimiento clandestino. Preparábamos la toma del poder, que luego, por la vía pacífica, debía llevar a todo lo que ha sucedido ahora en Venezuela.

—¿Ustedes tenían armas?

—No, las armas las tenían los militares y algunos civiles que ya estaban probados. Pero nuestro papel era más que todo estratégico y organizativo. Nos veíamos mucho, vivíamos reunidos en mi casa o en cualquier otra, y allí debatíamos y planeábamos.

Pero todas estas actividades demandan tiempo, y todo indica que Adán le entregó más energía a la conspiración que a la academia. Muchos de sus antiguos compañeros tienen la imagen de un profesor sin luces, como un tipo conforme que jamás intentó escalar peldaños en la jerarquía universitaria. José Fleitas, uno de ellos, docente e investigador en el área de economía y finanzas, lo recuerda de la época en que fueron colegas de la Universidad Ezequiel Zamora. “Era un tipo con un gran resentimiento, que vivía atacando a quienes ascendían dentro de la universidad. Que yo sepa, él nunca presentó un trabajo de ascenso. Su paso por allí fue gris: entró y salió como profesor asistente de matemáticas”.

Adán nunca fue  una lumbrera académica.  Tal vez conservó su puesto de profesor porque le servía para pagar las cuentas, y también para mantener una coartada creíble mientras trabajaba como conspirador. Aquello que parecía su oficio primordial era apenas un trabajo a medio tiempo, casi un hobby. Y su único compromiso indeclinable, no ha hecho más que confirmarlo, era colaborar en la aventura golpista.

El 4 de febrero de 1992, fracasado el golpe contra Carlos Andrés Pérez, los militares que lideraron la revuelta fueron a prisión. Y como recuerda Betancourt, muchos activistas abandonaron el movimiento huyendo de las represalias. Los comandantes pasaron dos años encerrados, durante los cuales se fue aglutinando un pequeño movimiento político que rodeó la figura de Hugo Chávez. Intelectuales, periodistas, economistas, hombres de la academia y viejos conjurados en retiro hicieron peregrinaciones a la cárcel de Yare, a dos horas de Caracas, para visitar a los golpistas y charlar con ellos sobre el futuro del proyecto. En el año 94 el nuevo presidente, Rafael Caldera, subestimó el poder de los rebeldes y los indultó.

Enseguida el comandante empezó a recorrer el país, a realizar una campaña que luego, en las elecciones de diciembre de 1998, lo llevaría finalmente al sillón presidencial. Así se materializó, por la vía de los votos, pero como consecuencia del golpe fallido, el viejo anhelo de la izquierda radical en Venezuela.

Se sabe que Adán colaboró en esta campaña, siempre muy cerca de Hugo, pero los detalles específicos de sus tareas son prácticamente desconocidos. En el anecdotario de la campaña suenan más como colaboradores estrechos del candidato, los nombres de militares subalternos que luego ocuparían puestos en la Asamblea Nacional y en algunos ministerios (uno de ellos es el capitán retirado Pedro Carreño).

A partir de febrero de 1999, ya instalado en el Palacio de Miraflores, el Presidente nombró a su hermano como ministro de la Secretaría, donde organizó la agenda del jefe de Estado. En estos primeros tiempos del gobierno chavista, Adán fue básicamente un secretario privado de su hermano. Ocupó un cargo de alta confianza y protegió el acceso al despacho durante el periodo de adaptación. Pronto, sin embargo, él empezaría a demostrar su verdadera misión: convertirse en un operador político, en una suerte de mandadero presidencial que aceptaría diversos encargos cuando el momento lo pidiera.

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El primer encargo llegó a finales de 1999, cuando Chávez le apostó sus fuerzas a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, que había sido una gran promesa de campaña. La revolución necesitaba crear un entramado legal que se adaptara a sus planes de transformación y control del Estado. El nuevo texto constitucional se redactó y se aprobó en diciembre de ese mismo año. Adán, por supuesto, ocupó un escaño e integró varias comisiones, entre ellas la Comisión Constitucional y la Comisión de lo Económico y lo Social.

Luego, entre los años 2001 y 2002, en una pasantía fugaz, el hermano del comandante fue presidente del Instituto Nacional de Tierras (Inti), donde lideró el discutido proceso de reforma agraria. Fueron meses de crispación durante los cuales el Presidente vendió en numerosos discursos el ideal de la lucha contra el latifundio. En este periodo, y todavía después, el Inti adelantó expropiaciones de haciendas y fincas en todo el país (según la Federación Nacional de Ganaderos, solo en el estado Apure, que está junto a Barinas en los llanos, llegó a haber un millón de hectáreas intervenidas y más de un centenar de fincas ocupadas por invasores).

Es cierto que se entregaron cartas agrarias a muchos campesinos, pero muchas voces criticaron la reforma, sobre todo por el descalabro evidente en los niveles de producción, que descendieron entre un sesenta y setenta por ciento en los últimos años (según cifras de varios gremios ganaderos). La situación es más grave si se tiene en cuenta que Venezuela solo produce el 4% de los alimentos que consume, y la escasez dramática de hoy es una consecuencia lógica de la intervención en el campo y el desmedido afán importador del gobierno chavista.

Parlamentarios antes vinculados al oficialismo, como Simón Calzadilla, aseguran que Chávez convirtió esa reforma agraria en un instrumento político y electoral. La ley, redactada por parlamentarios oficialistas, dice que solo las fincas que superen las cinco mil hectáreas pueden intervenirse. Pero una vez el Presidente dijo que no era necesario detenerse en detalles como este: “latifundio es latifundio, así sea de 100 hectáreas o de menos”.

Calzadilla, —un economista joven, también un pequeño productor agrícola— habló desde un sofá en medio de un salón enorme del Palacio Legislativo, en la sede del parlamento. Desde allí enumeró las fallas de la revolución en el delicado tema de la reforma.

—No hubo reforma, hermano. Faltó mucha coherencia política para abordar el tema del sector agrario. Estamos en una economía global y nuestro gobierno no se preocupó por sincerar los mecanismos económicos (tipo de cambio, tasas de interés, créditos) que afectan directamente a los productores.

El diputado estuvo de acuerdo con la idea general de la reforma. Dijo entonces que “el latifundio es perverso”, que la tierra debía distribuirse de forma equitativa y justa, pero “los fundos zamoranos, las cartas agrarias, el supuesto desarrollo endógeno y esas entregas de parcela no llegaron a nada y la verdad es que la supuesta reforma se quedó en falsedades”.

¿Sabía Adán lo que hacían? Para Calzadilla, pero también para gente como Óscar Orta, uno de los grandes problemas radica en la propia ignorancia del personaje: Adán nunca fue un hombre de campo, no tiene el menor conocimiento sobre el asunto, pero tuvo que aceptar la misión que le encargaron.

—Yo lo conocí en la Universidad Central —dijo Calzadilla—. Yo era un líder estudiantil y él se acercó para pedir un salón en donde pudieran hacer reuniones de la campaña presidencial. Me parece que es un tipo inteligente, un revolucionario. Pero nadie debería esperar que tenga el carisma, liderazgo y el verbo de su hermano. Esa comparación, que todo el mundo hace, no es justa. Y la verdad es que él ha cargado con la cruz de ser el hermano del Presidente.

A partir de 2004 y durante casi tres años, Adán volvió a la bruma cuando lo designaron embajador de Venezuela en La Habana: el primer bastión de la diplomacia bolivariana. Se tienen poquísimos datos de su trabajo en Cuba y se ha especulado mucho sobre las tareas que lo mantuvieron ocupado durante este periodo. El periodista Jon Lee Anderson, que lo vio asistir a actos oficiales, lo recuerda como “uno más de la familia, el único extranjero que se sentaba en el palco VIP junto a los jerarcas de la revolución cubana”. Baltasar Betancourt, que lo acompañó, dice que Adán ayudó a articular desde la isla el eje comercial e ideológico que une a Venezuela con países como China, India, Irán y Bielorrusia. Sin embargo, todo el mundo sabe que el artífice principal de estas relaciones fue Alí Rodríguez Araque, el “comandante Fausto”, un antiguo guerrillero que ha sido canciller y presidente de la estatal petrolera PDVSA.

Si su pasantía como reformador agrario fue polémica, la siguiente tapó el frasco. Hugo Chávez levantó el dedo un día y dijo: “Adán, reformarás la educación”. Y lo nombró ministro.

Adán llegó con la tarea específica de cambiar el currículo educativo que se imparte en todas las escuelas públicas del país, desde el preescolar hasta el bachillerato. Algunas organizaciones civiles dedicadas a la educación, una de ellas liderada por Leonardo Carvajal —profesor universitario y gran activista del tema educativo—, organizaron protestas y campañas de opinión pública opuestas a los planes oficiales. Se acusó a Adán de querer “ideologizar” a la juventud venezolana (de Cuba vinieron grupos de asesores) y el gremio de maestros, el más poderoso del país (casi medio millón de afiliados), terminó oponiéndose en bloque a la reforma. Adán, en solo año y medio de labor ministerial, fracasaría en su intento del educar al “hombre nuevo”.

—Yo conocí a Adán Chávez en marzo del año 99 —dijo Leonardo Carvajal sentado en un restaurante del este de Caracas—, cuando estaban recién llegados al poder. Tuvimos un pequeño debate en Radio Caracas Televisión, el canal que luego cerrarían.

—¿Qué impresión le dio?

—Me pareció un tipo cuadrado, muy básico. Recuerdo que al salir me dio un aventón en su Mercedes. Y yo dije: “caramba, qué buena es la revolución”.

Para Carvajal, el paso de Adán por el Ministerio de Educación fue otro fracaso. Y es fácil verlo, pues no logró el único cometido esencial que traía bajo el brazo.

Fidel Castro y Adán Chávez en un encuentro en septiembre de 2005. Foto: Zoila Amelia

Fidel Castro y Adán Chávez en un encuentro en septiembre de 2005. Foto: Zoila Amelia

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En una tarde de domingo en noviembre de 2008, Adán y Hugo Chávez presidían un mitin en la ciudad de Barinas. Frente a ellos se extendían varias cuadras repletas de seguidores chavistas, casi todos vestidos de rojo, con pancartas oficiales que promocionaban a los candidatos del Partido Socialista Unido de Venezuela. Antes de que hablara el Comandante, tomaron el micrófono Abundio Sánchez (candidato a alcalde) y Adán Chávez (candidato a gobernador). Adán compuso un discurso breve, gritó e intentó emocionar a la masa, pero le salían palabras repetitivas y huecas: una arenga vacía que no consiguió entusiasmar a los seguidores. Hasta que por fin le cedió el turno a su hermano. Hugo Chávez saludó a la gente y enseguida se produjo el chispazo de la conquista. Contó anécdotas, recreó escenas donde él, muchos años atrás, cruzaba esas calles con un viejo guante de béisbol en las manos, rumbo a un entrenamiento en el estadio.

A un lado de la tarima estaban Hugo de los Reyes Chávez y Helena Frías. Al otro lado, entre los alcaldes de la región, estaba Aníbal, uno de los hermanos menores. Era una postal que resumía el inmenso poder familiar en el estado.

Llegado un momento, el Presidente se dirigió a su padre, le recordó que se cumplían diez años exactos de su victoria en la gobernación, y lo felicitó por “la misión cumplida”. El viejo asentía. Después Hugo Chávez levantó el brazo izquierdo del nuevo candidato, y gritó: “¡Ahora es el turno de Adán, no porque sea tu hijo y mi hermano, sino porque es un hombre de esta tierra y un revolucionario auténtico!”. Vítores y aplausos del pueblo.

A medida que su hermano hablaba; mientras el líder soñaba carreteras y puentes; mientras elaboraba proyectos para convertir a Barinas en “una de las grandes ciudades de Suramérica”, Adán sacaba a cada rato una pequeña libreta donde anotaba las órdenes que le dictaban. “Adán, como dice nuestra madre: te voy a pedir en-ca-re-ci-da-men-te las comunas socialistas”. “Adán, tienes que ser el líder de estos alcaldes”. “Adán, todavía aquí hay mucho latifundio. ¡Que no quede un latifundio en Barinas!”.  “Adán, vamos a convertir esta tierra en una potencia agrícola y económica; este estado irá en la vanguardia revolucionaria”.

Unas pocas semanas después del acto, apoyado por la maquinaria del partido oficial, Adán, un candidato sin arrastre, venció por margen estrecho y se convirtió en el nuevo gobernador de su estado natal.

No obstante, en aquella tarde ruidosa, de pie sobre la enorme tarima, Adán vivía una gran paradoja. Se había pasado la vida entera huyendo de los reflectores y casi lo había conseguido. Pero esa misma vida opaca la había puesto al servicio de una causa que, al triunfar, lo arrastró a una celebridad impuesta. Su propia lealtad lo obligaba a ser el centro de atención. Y por primera vez desde que él y su hermano llegaron al poder, le tocaba ocupar un cargo de elección. No llegaba ahí solo por designio presidencial. No, había además miles de votos de mucha gente que lo iba a presionar. Y su familia.  Y su hermano, el líder con los ojos siempre encima. Y todo en su propia casa, para colmo.

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Pero todo ese recorrido empezó cuando la historia movió sus piezas para que Adán Chávez, el chico de humo, entendiera que era preciso juntar a los conspiradores de siempre con los soldados y su poder de fuego. Ella lo ayudó para que amarrara la yunta sediciosa, para que asociara a su movimiento, el PRV (luego se sumarían otros sectores de la izquierda combativa), con algunos militares amotinados. ¿Por qué él entre tantos? ¿Por qué Adán, el comunista retraído y no cualquier otro? Porque él, ya lo dijimos, conocía el inusual tipo de soldado que sus camaradas necesitaban: un hombre cuya ambición pudieran tentar; un inconforme y un desadaptado. Buscaban a un militar propenso a la rebelión que pudieran cortejar hasta sumarlo a la causa revolucionaria. Si lograban esta difícil alianza, ya nadie lo dudaba, la conjura por fin tendría verdaderas posibilidades de triunfo.

Adán estaba seguro de que las fuerzas armadas tenían, desde hace varios años, a algunos rebeldes perfectos entre sus filas. Por eso buscó al comandante Douglas Bravo y le dijo que tenía un contacto útil en los cuarteles. Le describió a un romántico, “a un soldado patriota con ideas progresistas”, a un oficial joven que podía colaborar en la lucha. Adán habló de un hombre confiable, un tipo muy cercano sobre quien tenía, además, una enorme influencia. Adán habló, por supuesto, de su hermano Hugo Chávez. Y lo demás es historia.

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Sobre El Autor

Sinar Alvarado

Sinar Alvarado (Colombia, 1977), cronista independiente, escribe para The New York Times en español, Univisión, Gatopardo, SoHo, Semana y El Malpensante. Su libro Retrato de un caníbal ganó el Premio de Periodismo de Investigación Random House Mondadori. Uno de sus trabajos fue finalista del Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2015. Dicta talleres de periodismo narrativo desde 2006. Su trabajo figura en varias antologías de crónica latinoamericana.

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