El manglar es un bosque sumergido bajo agua de mar en el que por vez primera se hizo una exposición fotográfica. En este hábitat, el fotógrafo Felipe Jácome mostró a los niños que ahí trabajan las imágenes que les hizo durante nueve años. Para devolverles sus retratos imprimió las fotografías, viajó con ellas 300 kilómetros, tomó una canoa y las colgó entre los árboles.

La muestra se inauguró, hubo visitantes, notas de prensa y un mes más tarde bajaron las fotografías de las paredes. En abril de este año la exposición en el Centro de Arte Contemporáneo cumplió su ciclo vital, pero el fotógrafo Felipe Jácome insistió en colgar sus imágenes en el manglar, un bosque sumergido bajo agua salada que solo canoas pequeñas pueden penetrar.

A inicios de junio Jácome viajó a San Lorenzo, una ciudad portuaria rodeada por aguas de río y de mar. Calles llenas de afroecuatorianos en las que la tez blanca de Felipe se distinguía a la distancia. Hacía planes para montar las fotografías en los árboles, la exposición sería a finales de julio que se celebra el Día Internacional del Manglar.

Mientras se acercaba la fecha, Felipe Jácome –que también es economista– fue a Haití a trabajar en su faceta de consultor internacional del Banco Mundial. A donde va busca historias para fotografiar. En el 2014 publicó retratos de líderes comunitarios que reconstruyen ese país aún fracturado por el terremoto. Antes, en el 2013, fotografió a mujeres indígenas de la Amazonía que hicieron una larga marcha para reivindicar sus territorios. En el 2011, en Beirut, retrató a niños apátridas hijos de refugiadas sirias. En el año 2010, registró los efectos de la guerra colombiana en la frontera de Ecuador. En el 2007 fotografió La Bestia, el tren que atraviesa México transportando a migrantes indocumentados. Sus proyectos son un testimonio de la expulsión, pero el trabajo al que más tiempo ha dedicado es sobre niños que son acogidos por el manglar.  

La primera vez que pisó el manglar del norte de Ecuador, en el año 2008, acompañó a comunidades a recolectar concha (un molusco comestible). Iba a la velocidad de los niños por la dificultad de avanzar entre árboles inundados por el agua, mientras los adultos eran imposibles de alcanzar. Su lentitud le llevó a fotografiar a los más pequeños que trabajaban extenuados, pero apropiados del bosque. Luego de nueve años de regresar constantemente al lugar, Felipe Jácome reunió el cuerpo fotográfico que llamó Los Reyes del Manglar. El ciclo solo acabaría, argumentó, si las fotos regresan a quienes aparecen en las imágenes.

Lucía contento días antes de la exposición, cuando nos vimos en Quito para tomar un café. Había conseguido fondos para llevar en lancha a los concheros (o recolectores de concha) para que vean las fotografías colgadas en los árboles. Podremos acompañarlos a conchar antes de que se inaugure la muestra en el manglar, me dijo. Pregunté si algún conchero podría criticar su exposición. Decirle, por ejemplo, que hace todo este esfuerzo por la fama y ya. Respondió:

–Yo soy el fotógrafo que soy a nivel de técnica, a nivel de calidad, gracias al manglar. Y el reconocimiento que tengo, o pueda tener, es gracias al manglar. Si, ciertamente. No hay como negarlo. Esa es la situación de los fotógrafos, de los artistas.

La imagen de Felipe Jácome en los manglares. Foto: Especial

La imagen de Felipe Jácome entre el manglar. Foto: Dominique Riofrio

🐚Conchar🐚

La canoa no llegó hasta la orilla, nos mojamos un poco para subirla. Una veintena de personas estábamos abordo cuando se encendió el motor. Observábamos a la distancia una delgada línea verde que dividía el cielo del agua, el manglar en el que íbamos a desembarcar. En sucesivas paradas la gente comenzó a bajar, dos aquí, tres allá. Eran las nueve de la mañana, tenían cuatro horas para llenar la caneca, mientras la marea era baja. Luego volvería a subir y el bosque sería imposible de caminar.

En el ambiente ensombrecido de la foresta, entramos con tres concheros que llevaban mecheros humeantes. El humo y la ropa que cubría el cuerpo intentaban protegernos de los mosquitos que, pese a todo, picaban en las manos y los párpados. En el manglar las ramas de los árboles se clavan al piso, creando redes enmarañadas de palos que no se pueden atravesar. Los concheros caminaban sobre las ramas para poder avanzar o ramear, como dice la gente del lugar. Cuando encontraban un pedazo de suelo despejado tanteaban en el lodo la cobertura rígida de la concha.

La camiseta que me cubría la cara estaba mojada por el sudor. Mientras los locales solo usaban sus pies para ramear, los forasteros nos sosteníamos también con las manos para no caer. Lentamente avanzábamos, escuchando el golpe seco de las conchas que caían en los baldes. Milena de 18 y José de 16 años contaban en voz alta las que iban encontrando, competían. Jeremy, de 10, buscaba entre las raíces de los árboles las conchas que solo su mano liliputiense podía escarbar. Pasaban agachados, evitando el dolor punzante que se produce al levantarse.

Exhausto y cuando faltaba mucho para terminar escuché a Milena cantar canciones de amor mientras conchaba. Jeremy soltaba algo como un rap. Los baldes se iban llenando cuando escuchamos otros cantos más allá. Era otra cuadrilla de concheros que estaba cerca y que gritó para saludar. La música amainaba la ansiedad.

La cámara de Felipe Jácome acompañaba a los concheros en silencio. Si había mucha luz tenía que esperar horas para fotografiar, pero cuando el sol menguaba se agachaba junto a Milena para retratarla, le decía no seas malita, mírame un ratito. Luego, a ambos chicos les pidió que se sienten sobre unas ramas, que estén quietos y disparó una y otra vez. José y Jeremy se cansaron, mostraron tedio y Felipe les agradeció.

Cuando las botas comenzaron a mojarse Milena supo que la marea subía, teníamos que salir. Le pagarían 8 centavos por cada una de las poco más de 100 conchas que recogió. Era la una de la tarde cuando salimos del bosque a esperar el bote y nos encontramos con unas señoras  de otra cuadrilla sumergidas con ropa en el agua tibia. Hacían bromas y reían. Los jóvenes se refrescaban saltando al salado desde los árboles. Felipe abrazó una rama encumbrada con las piernas y se puso a fotografiar.

Una de las conchas que son compradas en 8 centavos de dólar. Foto: Felipe Jácome

Una de las conchas que son compradas en 8 centavos de dólar. Foto: Felipe Jácome

🐚La Concha🐚

Todo plato nacional en un inicio fue local. Hasta 1957 el ceviche de concha solo se podía encontrar en la costa, pero ese año el tren comunicó a la ciudad de Ibarra con San Lorenzo y con miles de hectáreas de manglar. El marisco viajaba doce horas en autoferro sin refrigeración. Los comerciantes le echaban agüita para que viva un poco más y no cause intoxicación. La concha ofreció un sabor que pica agradablemente el paladar, ignoto y que con el tiempo ocupó un lugar principal en la tradición culinaria del Ecuador.

La comida no siempre entra por los ojos, que descifran y analizan. Hay la que estimula instintos atávicos y atacamos con todos los dientes, como sucede con el ceviche de concha. Si uno medita sobre ese caldo frío (color púrpura, en el que sobresalen carnes informes de un molusco de pantano) no cultiva ningún pensamiento útil. Con la concha solo nos detenemos a exprimir limón antes de zamparnos una cuchara desbordada por el marisco.

La concha es el molusco pero también su cobertura, las dos valvas que lo protegen. La palabra, mirada en sus distintas acepciones, siempre evoca lo que oculta o envuelve. El caparazón que esconde a una tortuga, la vagina profunda o la corteza de los árboles son también: conchas. El inexpugnable manglar es su segunda envoltura. Un hábitat anfibio, forestal y acuático.

Jeffeson Muñoz ahuyenta a los mosquitos con humo. Foto: Felipe Jácome

Jefferson Muñoz ahuyenta a los mosquitos con humo en el manglar. Foto: Felipe Jácome

🐚La Exposición🐚

La lona es el material que se usa en vallas publicitarias, velas de barcos y que recientemente reciclan para hacer carteras. Es pesada, un poco dura y resiste el agua, ideal para imprimir las fotografías en blanco y negro que medían 6 metros de largo y 4 de ancho, eran grandes. Para colgarlas usaron unas escaleras que bailaban sobre las raíces de los árboles. Instaladas eran menos impactantes, el manglar todo empequeñece.  

La barca era del ancho suficiente para llevar a setenta personas de pie, pero ese 23 de julio, no podía pasar por el canal que nos llevaba a la exposición. La mayoría eran niños de Tambillo, una de las 26 comunidades que recoge concha en la región. Mientras esperábamos a que abran el paso con un machete el grupo cultural repicaba la marimba y la gente bailaba suavemente.

El bote entró con el motor apagado bajo la sombra de árboles de cincuenta metros. Aparecieron las fotografías colgadas formando un círculo y los niños saltaron de borda. Corrían, gritaban, invadiendo de colores las ramas. Tomó cuerpo la expresión reyes del manglar. «¡Ve esa concha ahí muchacho!», gritó una mujer. Unos pelados se pusieron a conchar y otros los atropellaron rumbo a la imágenes. Un grupo llegó al centro de la exposición, un sitio desde el que se apreciaban todos los retratos y comenzaron a girar la mirada contemplándose a sí mismos o a su gente.

Un camarógrafo que grabó la visita de los niños comentó que llegaban en grupo, armando relajo, pero que la experiencia de ver las fotografías era individual y silenciosa.

Cuando la marimba volvió a sonar los niños volvieron corriendo a la embarcación. Estuvieron en la exposición veinte minutos y regresando a Tambillo comenzaron a comentar. Los pocos adultos daban su opinión lacónicos: elegante o motivador, decían. A Joel, de 10 años, no le gustaron las fotos porque eran en blanco y negro, no tenían colores. Merlina, de 8 años, dijo “así es nuestra vida en el manglar”. Le gustó ver a su hermana en un retrato.

De vuelta a Tambillo comimos en una casa que, como las demás, tiene pilares que la elevan del piso. Cuando salimos la marea había subido, el agua cubría el suelo y unos chicos hicieron de una nevera oxidada un barco. La basura flotando marcaba el paisaje de un pueblo en el que, según el último censo, el 98.5% de los 1.600 habitantes es pobre. La gente sacó pequeñas canoas y comenzó remar. Usted está en la Venecia de Ecuador, me dice una señora con sonrisa indescifrable.

Pocos días más tarde se robaron una lona quizá para cubrir una lancha o una casa. En el mes de agosto se hicieron, al menos, tres visitas de comunidades a la exposición. Felipe Jácome organizaba la logística, a los camarógrafos y la realización de un video vía celular desde Haití.

La presidenta de Tambillo, doña Malena Solís, dijo que el hábitat natural de esas fotos era el manglar. La fotografía de Jácome provoca una apertura de ese mundo esquivo y lo mantiene en imperiosa permanencia en quienes hemos observado sus imágenes. Sin permiso del fotógrafo, en la última visita a la exposición, miembros de una comunidad de concheros de Palma Real sacaron otra lona para enmarcarla y colgarla en su comunidad. Un reconocimiento mayor.

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Sobre la fotógrafa: 
Dominique Riofrio (1989) es fotógrafa documental y productora multimedia. A través de su trabajo buscar visibilizar problemáticas sociales y también enseña talleres de fotografía para promover que las personas compartan sus historias. Trabaja de manera independiente en Quito y es colaboradora del Everyday Ecuador.
Instagram: https://www.instagram.com/driofrio/

Sobre El Autor

Pablo Campaña

(Riobamba, 1987) Encuentra las formas más impertinentes para que las personas le cuenten su historia. En un taxi, mientras dicta clase, conversando con sus tías, en cualquier parte. Está seguro que las experiencias de la gente común anuncian algo sobre la vida y disfruta que sus conceptos sean derrotados. Sus textos han sido publicados en revistas como Cartón Piedra, Mundo Diners y Courier International y el periódico El Telégrafo.

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