Todos los muros están pintados

Grafiti en la Universidad Central sobre el metro de Quito. Foto Mayuri Castro

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En Ecuador se reproduce un debate global alrededor del grafiti. Cultura pero también “sub-cultura”, a veces arte y a veces nada, entre la denuncia y la rebeldía sin causa. ¿Quién se supone que debe pintar los muros de una ciudad?

“Vandals” dice el grafiti que en la madrugada del 9 de septiembre de 2018 veinte hombres pintaron en uno de los vagones del nuevo metro de Quito, a estrenarse en el 2019. Los acusados de vándalos también denuncian vandalismo. El placer de rayar, de pintar, de que lo nítido y limpio desaparezca no son solo ganas de dejar huella, hay más detrás del daño a la propiedad pública.

Los grafiteros, aquel día en Quito, entraron por la fuerza en el estacionamiento de los vagones del metro. Amarraron a los guardias de seguridad y les impidieron alertar sobre el hecho a alguna autoridad. “Estamos tomando las acciones legales para que se sancione con total firmeza a los vándalos” dijo por la tarde el alcalde de la ciudad, Mauricio Rodas. Las redes sociales y los medios de comunicación lo hicieron viral.

Obra realizada en 2016 por la artista suiza Mona Carón en Quito sobre la lucha social de la mujer indígena.. Foto Mayuri Castro
Obra realizada en 2016 por la artista suiza Mona Carón en Quito sobre la lucha
social de la mujer indígena. Foto Mayuri Castro

Para Carlos Villavicencio, 34 años, gestor de arte del Colectivo Cultural de la KY, quien duerme, sueña y come por el grafiti, esto no fue una actitud vandálica: la gente se escandalizó por el tema del metro pero en todas las ciudades del mundo sucede, la cúspide de un grafitero es firmar un metro, porque la firma es su representación, esa inscripción va a recorrer toda la ciudad, pero también esta intervención en el metro fue un homenaje a los grafiteros colombianos Shuk, Skil y Suber fallecidos al intentar pintar un “vagón en Medellín”.

Hacer grafitis en el mayor número de sitios públicos como paredes y trenes o  edificios privados como el  ya sucedió desde los años 60 en Nueva York. En Argentina, el entonces ministro de transporte Florencio Randazzo dijo en 2014, después de que un grupo de jóvenes pintaran vagones sin estrenar: “si fuera mi hijo lo cagaría a trompadas”. Días antes la ex presidenta Cristina Fernández inauguraba los ferrocarriles traídos desde China.  Tras el hecho hubo un debate nacional. Mempo Giardinelli, un sociólogo de la Universidad de Buenos Aires, editorializó en Página 12: “Es reprochable que chicos desaforados deterioren el patrimonio colectivo pero sucede que ellos mismos son víctimas de su vandalismo debido a la pésima o nula educación cívica que les brindó la democracia. Son víctimas, además, de un periodismo miserable que los usa para aumentar la sensación de caos.”

la cúspide de un grafitero es firmar un metro, porque la firma es su representación, esa inscripción va a recorrer toda la ciudad

El investigador colombiano David Betancur define al grafiti como una actividad marginal, subversiva y política pero también lo considera una vía de comunicación alternativa y una forma de protesta a la comunicación dominante de radio y televisión, en definitiva el grafiti más allá de expresión artística es una válvula de escape misma que Taki de origen griego abrió al pintar el primer grafiti en los muros de Nueva York y Filadelfia, Estados Unidos. TAKI 183 es la firma de ese joven mensajero, la hacía en los lugares más visibles de esas ciudades, inclusive grafiteaba en el interior de los metros. El grafiti también ha ocupado espacios digitales, lo llamaron Michelangelo. El 6 de marzo de 1992 infectó a más de 5 millones de computadores a nivel global. En esa fecha policía y gobiernos de distintas naciones tomaron medidas antivirus, pues esta epidemia informática dañó en especial sistemas bancarios y militares.

Para el segundo sábado de trabajo Franco finaliza la primera parte del mural. Foto de Mayuri Castro.
Para el segundo sábado de trabajo Franco finaliza la primera parte del mural. Foto de Mayuri Castro.

Y claro, Banksy. Misterioso y popular con más de 5 millones de seguidores en Instagram. El grafitero británico -de quien no se conoce su identidad real- ha intervenido muros  en casi todo el mundo desde Londres, pasando por Cisjordania, hasta México. Aborda temáticas sobre política, medio  ambiente o crítica moralista. Grafitis cargados de sátira  y humor, hechos con stencil o plantillas. El 25 de enero de 2019 algunos sujetos habrían robado la puerta de emergencia de la sala de espectáculos Bataclan en París, donde el artista pintó en 2015 una obra en homenaje a las víctimas del atentado yihadista. Mientras que en Gales, Reino Unido, en diciembre de 2018 se vendió por 132.000 dólares el mural que retrata un niño que al parecer disfruta de la nieve siendo en realidad hollín.

De grafiteros y vándalos todos tienen algo. El semáforo cambia de color, los vehículos avanzan, el sol se encierra en todo el autobús. Sábado 13 de octubre. 10:32 am, desde la loma del Panecillo, la Virgen de Legarda parece un poco agobiada, abajo infinidad de inscripciones con pintura aerosol, sofocan las calles de Quito.

Paredes, puertas, cajetines eléctricos, teléfonos públicos, postes, ventanas, estaciones de bus, . Todos estos espacios han sido seducidos por –como en un principio- se los llamaría “vándalos”,   jóvenes que alteran o destruyen la ciudad.

El grafiti también ha ocupado espacios digitales, lo llamaron Michelangelo, el 6 de marzo de 1992 infectó a más de 5 millones de computadores a nivel global.

Los “vándalos” salen a pintar o hacen bombing es decir dibujan firmas o gráficos en todos esos espacios de la ciudad. “El instrumento más fácil para llegar a las personas es la calle”,  asegura Blooky,  él se identifica más como grafitero que como vándalo. Lo que hace en las calles no es vandalismo: “el grafiti tiene que ser libre” reflexiona que los políticos son los primeros en rayar las paredes en campañas electorales y nadie se alarma “el grafiti es una forma de llamar la atención” la autoridad ve como un daño al ornato y sí, es rebeldía ya que el municipio desde mayo de 2018 impulsa una campaña en contra del grafiti, “esto no van a poder pararlo por más que quieran, el grafiti te libera”, dice Blooky.

“El movimiento está saturado porque todos tienen acceso a un spray”, opina Blooky, mientras pausa por unos minutos el grafiti que está pintando junto a tres amigos más.

Las paredes de cinco intersecciones viales del centro y norte de la urbe fueron designadas por la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas, Epmmop para que grafiteros, muralistas, estudiantes de arte gesten su creatividad alrededor de la temática de los elementos de la naturaleza: aire, fuego, tierra, agua. Desde inicios de 2018 se ejecutan estas intervenciones artísticas con el objetivo del buen uso del espacio público y para acabar con los estereotipos que tiene el quiteño sobre el grafiti. En esta ocasión todos los participantes recibirán un pago de 185 dólares por parte de la Epmmop.

Franco realizando detalles finales al Aguatero. Foto Mayuri Castro
Franco realizando detalles finales al Aguatero. Foto Mayuri Castro

-Los raperos hacen grafiti, los rockeros hacen grafiti, hay chicos que no se identifican con una cultura urbana y también realizan grafitis, dice Carlos Villavicencio, quien en 2017 también gestionó la realización de un mural de 4.400 metros en las afueras de Quito. La idea es reducir el vandalismo y abrir espacios para que los jóvenes o gente adulta pinten y puedan trabajar y ese trabajo sea remunerado.

Ese grafitero transgresor o ilegal pasaría a ser legal, como menciona Gustavo Guerra en la investigación Procesos de Reapropiación del Espacio Público en Quito,  ese grafiti legal tendría la aceptación de un público, el grafitero ganaría dinero dejando de lado el cuestionamiento al discurso político en las paredes.

Cerca de la pared ocupada por Blooky en el intercambiador de San Blas está Franco Manuel Rueda, artista independiente. De tanto aplastar la boquilla del aerosol, el dedo pulgar del único guante de látex que lleva está roto. Tiene un tapabocas que crea una barrera entre las partículas de pintura y su garganta. Aparecen nubes grises pero trae una gorra con un estampado militar en el frente, pantalones de franela ocre y chompa impermeable azul cernida de pintura.

“El muralismo es mirarme a través de esto”, expresa con espontaneidad Franco. Quiere que cuando la gente mire su mural sienta lo mismo que él  sintió al pintarlo. Recuerda que cuatro años atrás, salía a la calle, comenzaba a caminar y veía grafitis de todo tipo, y cada uno le llenaba de ese interés, “quiero hacer algo así, quiero salir y pintar, tener esa experiencia, de no quedarme en el papel, en el esfero, en el lápiz”.

En el espacio de cuatro metros de largo por dos de ancho que está interviniendo ahora se distingue una forma humana. Los colores primarios predominan en un fondo marrón mientras que en una base blanca se distinguen trazos con spray negro. Con la intención de que el mural se asemeje lo más posible al boceto, Franco baja y sube de la escalera, observa, remarca líneas y acentúa colores, repite este ritual por una decena de veces hasta que al final de los tres sábados de trabajo el último detalle es escribir su nombre al pie del mural.

La temática para “los pasos deprimidos de San Blas” fue sobre el Patrimonio Cultural y las leyendas de Quito. A la vista súbita de los transeúntes van saliendo demonios de la pared al choque de la pintura. Entre todos estos personajes de lumbre está el aguatero, un indígena que reparte agua en la época colonial: lleva grandes barriles a la espalda, líquido que solo se conseguía en la pileta de San Francisco, donde está edificada la iglesia del mismo nombre. El aguatero pintado por Franco, con sonrisa extraviada, queda efímero, como incendiándose junto a diablos cómicos y serios.

“quiero hacer algo así, quiero salir y pintar, tener esa experiencia, de no quedarme en el papel, en el esfero, en el lápiz”.

Según la leyenda, la construcción de este templo la concluyó un ejército de diablos que comandó  Lucifer. Éste habría ofrecido culminar la obra a cambio del alma de Cantuña.  Pero con gran picardía el hombre quitó una piedra de la construcción y jamás cumplió el trato.

Este proceso cultural de murales y grafitis en los intercambiadores viales, como se denominó- se realizó primero identificando a los grafiteros de una zona específica a través de sus firmas en las paredes, se realizaron talleres con ellos y la comunidad. En el transcurso se fueron armando bocetos, explica Villavicencio. En estas actividades se vincularon a adultos mayores que aportan con historias de los barrios a los jóvenes que buscan y rebuscan espacios para pintar.

Mural en el centro histórico de Quito. Foto Mayuri Castro
Mural en el centro histórico de Quito. Foto Mayuri Castro

Para este proceso no hubo una convocatoria ni por redes sociales ni medios de comunicación ya que diseñadores gráficos o artistas plásticos habrían presentado una propuesta interesante y hubiese sido aceptada, el propósito es dar espacio a los jóvenes que recién están iniciando en el mundo del grafiti.

Como si se tratara de una emergencia, un grafiti se retiró debido a los pedidos de los vecinos. Muchos diablos en todo el paso deprimido les habrían asustado. Así mismo los encargados de este proyecto consideraron que ese trabajo no cumplía las condiciones artísticas para ser parte de la ciudad.

Para Sara Serrano, quien investiga y escribe opinión sobre temas de ciudad, antes que nada hay que determinar que la ciudad es un espacio colectivo en donde se deberían plasmar las mejores expresiones, misma que alimenten.

No se puede dejar a un criterio de libertinaje por que los espacios son construidos para las personas, eso ha pasado desde que se hicieron los asentamientos en las antiguas polis acentúa Serrano al hablar de la dicotomía espacio público privado.

Para mayo del 68 cuando en París estallaba la revolución, Quito ya era una ciudad de grafiteros. Kléber Mantilla, antropólogo capitalino afirma que el primer grafiti que se pintó en la ciudad es “Último día de despotismo primero de lo mismo”, en 1830, cuando Ecuador se declara república  independiente y así lo ratifica el sociólogo Alex Ron en el libro “Quito: una ciudad de grafitis”.

Grafiti en la Universidad Central sobre el metro de Quito. Foto Mayuri Castro
Grafiti en la Universidad Central sobre el metro de Quito. Foto Mayuri Castro

En 1992, tres años antes de la Guerra del Cenepa los muros quiteños como la Versalles o la Diego de Almagro lucían alegremente algunos grafitis hechos por poetas contestatarios, jóvenes estudiantes de arte o comunicación miembros de familias acomodadas o de clase media alta, batallaban en los muros con un matiz de ideologías comunistas, era una época en la que el grafitero pasaba la brocha con un mensaje punzante al gobierno y enseguida el dueño de casa los tapaba con más pintura.

Algunos de esos grafitis fueron recopilados en el libro “Censura de Prensa y Libertad de Grafiti” editado en el mismo año.  La gente veía en las paredes: “Más poesía= menos Policía”, “Las putas al poder, sus hijos YA fallaron” o “El grafiti es como el ají: picante pero sabroso”.