Jonás Trujillo es uno de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos. En México ya son más de 30 mil. Nuestro reportero Alejandro Saldivar encuentra en Guerrero los espacios vacíos que deja  Jonás.  

Yolanda se extrañó al ver que su hijo no iba hacia ella para saludarla. Mareada por el calor se despegó las sábanas. Contempló la noche. No había nadie con quien hablar. Todos dormían. Se levantó en sigilo de su cama. Intranquila, miró hacia el patio donde los perros no paraban de ladrar. Percibió una quietud absoluta. Vio a Jonás sentado en una silla en el umbral de su casa.

“Le dije ya llegaste y él no me respondió. Pues nomás se quedó serio, se me quedó viendo. Métete pa’ dentro pa’ la casa, quéstas haciendo ahí, pásate, métete pa’ dentro Jonás, le dije. Nomás vi que se me quedaba viendo y lo abracé y le dije pásate pa’ dentro”.

Yolanda estaba soñando. La cara de Jonás –ojos chiquitos, boca chiquita, según su mamá– se desgajó en la oscuridad, como si el peso de la noche lo hiciera caer. Estaba vestido con una playera roja con rayitas blancas, un pantalón de mezclilla y los huaraches que calzaba cuando iba a trabajar. Era la misma ropa que traía puesta antes de irse a la Normal de Ayotzinapa.

“Uno despierta y ya, no sabe nada. Lo llevo cargando todo el tiempo. Esa noche me sentí bien. Dije: ya regresó mi hijo. Pero ya, desperté, y ya no lo vi, ni nada”.

Yolanda no quiere hablar, pero su sueño habla más de lo que calla. Antes no dormía, pero desde que lo soñó, se acuesta temprano para ver si aparece. En su sueño está a salvo de la oscuridad de una fosa clandestina, o del haz luminoso de una pira de llantas incendiándose.

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Como una tortuga que saca el cuello de su caparazón, la madre de Jonás se acomoda en una banca de la Normal. Acaba de salir de una reunión con los otros padres de los normalistas desaparecidos. En esos encuentros son los hombres quienes hablan. Desde la desaparición de su hijo, Yolanda platica del tema solo con las otras madres.

–¿Qué dice cuando le preguntan por Jonás?

–Yo casi por eso –se pone a llorar– sentí muy feo. Yo los primeros días que pasó esto casi no iba a mi casa porque me preguntaban por él. Y hasta la fecha, por eso casi no doy entrevistas. No saben nada. Cuando voy pa’ mi casa no salgo más. Ya son muchos meses pero uno siente, como madre, que apenas fue como ayer.

Para Yolanda el silencio es una forma de protección. Desde la noche del 26 de septiembre de 2014 vive con el alma enjaulada en uno de los dormitorios de la Normal. Solo su sueño es capaz de nombrar lo innombrable.

Yolanda, la madre de Jonás, en Ayotzinapa. Foto: Eduardo Miranda

Yolanda, la madre de Jonás, en Ayotzinapa. Foto: Eduardo Miranda

–¿Cuántos hermanos tiene Jonás?

–Uno ya tiene miedo de decir cuántos hermanos tiene. Ya no sabe uno qué pensar. El gobierno nos persigue. Son cinco hermanos en total, cuatro hombres y una mujer.

La madre de Jonás se peina con una pinza dorada que hace juego con el barniz de las uñas de sus pies. Su frente deja escapar algunas canas y sus ojos están enrojecidos de tanto llorar. Sus aretes tienen forma de triángulo y lleva un anillo dorado en su anular izquierdo. Viste una falda negra con flores azules que le llega hasta los tobillos.

“Jonás se vino a estudiar porque, como semos campesinos, decía, yo no quiero andar como mis papás trabajando en el campo. Quería estudiar pa’ no andar sufriendo. A veces se ponía a decir: yo quiero ponerme a estudiar para ayudarles a ustedes”, cuenta mientras saca de su bolso un rollo de papel para limpiarse las lágrimas.

Después de las reuniones en la Normal de Ayotzinapa los padres se sientan en pequeños grupos en una cancha de basquetbol, negando con la cabeza y con la mirada fija en el piso de cemento. Todos hablan en voz baja. Una tortuga inflable vigila la cancha desde el techo de uno de los salones. Solo la mece el viento.

En esa escuela la nada cronológica solo puede ser alterada por el sonido de las chicharras en los árboles o por los niños que se corretean entre los pupitres que los padres colocaron como ofrenda a sus hijos desaparecidos. Hay plumas esparcidas como si los pájaros que anidan en los árboles de la Normal hubieran dejado un regalo.

A veces la canícula se alterna con los letreros insurrectos de la escuela: “Soy lenta pero implacable. Atentamente la justicia”, se lee debajo de un cartel con una tortuga, ese ícono que los padres de los desaparecidos han tomado como bandera de lucha.

En el lugar de Jonás hay un papalote con su foto y un bordado con su nombre. “Tiene 20 años, es originario de El Ticuí, Guerrero. Fue desaparecido el 26-09-2014. Vivo lo llevaron, vivo lo queremos”, dice.

“Yo pienso que el gobierno es responsable, se los dieron a la policía, ellos venían a estudiar, pa’ qué se los llevaron, si hubieran hecho algo malo los hubieran dejado presos”, se desahoga Yolanda.

En Ayotzinapa, el tiempo se derrite en sueños.

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Jonás Trujillo González nació el 29 de marzo de 1994 en Atoyac de Álvarez, Guerrero, y es sencillo añadir que sus padres le pusieron Jonás porque ese día se celebra ese onomástico. San Jonás mártir, dice el calendario. Lo que no decía era que Jonás mártir fue perseguido en el año 327 por el rey Sapor. Y que luego fue condenado a ser descuartizado y arrojado a un pozo.

Sus padres, Martín Trujillo Brito y Yolanda González Mendoza, solo conocían la historia del profeta Jonás. La que cuenta que fue arrojado al mar y devorado por una ballena. La misma historia que Gabriel García Márquez consagró como el origen de la ficción. “La ficción se inventó el día en que Jonás llegó a casa y le explicó a su mujer que llegaba tres días más tarde porque lo había engullido una ballena”.

Lo malo es que en Atoyac no hay ballenas. Y la ficción solo se teje en los sueños de la familia de Jonás.

“Le gustaba trabajar porque le gustaba traer dinero. Le gustaban las chamacas, andarles haciendo relajito. Era muy sonriente. Muchos chamacos lo seguían porque le gustaba andar haciendo relajito, y siempre andaba riéndose, le daba la risada, sonriente él”, lo describe su madre.

A Jonás nunca le advirtieron su destino. Trataba de seguir los pasos de su hermano Benito, que ahora cursa el segundo año en la Normal. Quien con el paso de los años sería normalista recibía un modesto salario de 50 pesos diarios por ordeñar vacas todas las mañanas. Después se iba al campo con su papá, a unos kilómetros de su casa, donde sembraban maíz y ajonjolí hasta el atardecer.

Su padre al principio se molestó porque ya no lo iba a ayudar. Pero Jonás no quería heredar penurias.

Por lo demás, la vida era ver caricaturas, jugar pelota con los niños del barrio, comer mole con pollo y montar a caballo.

La entrada de la escuela normal rural Isidro Burgos, en Ayotzinapa, Guerrero. Foto: Alejandro Saldívar

La entrada de la escuela normal rural Isidro Burgos, en Ayotzinapa, Guerrero. Foto: Alejandro Saldívar

“Siempre que llegaba de trabajar me decía ¡eh, gorda, ¿qué estás haciendo?! Entonces le decía bueno tú, qué me haces, orita te voy a pegar, y se empezaba a reír y me abrazaba. Métase a bañar, le decía”.

–¿A qué olía Jonás?

–Pues así como a campo, a sudor.

Antes de irse, Jonás le regaló a su madre una pulsera negra.

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Jonás Trujillo se fue de El Ticuí en plena guerra contra el narcotráfico. A pesar de trabajar en el campo, nunca tuvo problemas con los militares que vigilaban la región.

En la escuela pasaba las noches en el pequeño dormitorio 4 de la sección G, junto al de Los locos. Lo compartía con Ismael, Chessman y El Verde.

La familia de Jonás estaba en su casa de El Ticuí cuando su hermano Benito les llamó por celular. Habían pasado cinco semanas desde su partida.

“Benito venía llegando de una práctica. Yo le dije: ¿no has visto a Jonás? Eso fue como a las siete y media. Y me dijo yo sentí feo porque él se iba a quedar y yo me iba a ir. Y ya como a las ocho o nueve, le hablaron a mi hija para decirle lo que había pasado en Iguala”, narra Yolanda.

Su hermano Martín trató de comunicarse con Jonás vía celular. Al principio daba tono, pero después lo mandaba al buzón.

“Ami, no te preocupes, siempre agarran así a los chamacos, se los llevaron los polecías y los agarran y se los llevan y vamos todos los de la escuela y los sacan”, trató de apaciguarla su hija, convencida de que Jonás pudo haber escapado de la balacera.

El papalote con el retrato de Jonás en Ayotzinapa. Foto: Eduardo Miranda

El papalote con el retrato de Jonás en Ayotzinapa. Foto: Eduardo Miranda

Sus hermanos salieron esa noche rumbo a Iguala, la madre se quedó dando vueltas en el patio de la casa. “Yo le llamaba a mi hija y me decía no, ‘ami, estamos esperando a que lleguen los que se pudieron escapar”. Esa noche, Yolanda guardó unas cuantas blusas floreadas y salió a la Normal.

“Desde’ntonces yo me vine pa’ca, esperando…”.

Durante la celebración de Navidad en la Normal de Ayotzinapa su familia le dejó un mensaje colgado encima de una esfera del arbolito:

“Jonás: No te des por vencido; tu familia te sigue esperando con los brazos abiertos. Estamos seguros que el niño Dios nos hará el milagro que regreses a casa pronto. ¡Te queremos!”.

Antes de su desaparición, el cielo de El Ticuí se salpicaba de rombos. Era Jonás volando un cocol. Así nombran a los papalotes en Guerrero. Todos los años hacía el suyo con varitas de palma y papel de china. Así recuerda Yolanda a Jonás: la coleta le hace cosquillas y le hace sentir escalofríos. Para ella, Jonás es un papalote.

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El Ticuí es apenas una mancha urbana junto a Atoyac. “Población: 60 mil habitantes”, se lee en un letrero a la entrada del pueblo. El barrio donde creció Jonás se compone de viviendas con varillas encorvadas que les salen del techo. La callejuela que lleva a su casa hace saltar las motocicletas en medio de espesas nubes de polvo.

En El Ticuí nadie se atreve a pronunciar palabra acerca de lo que pasa en los márgenes de la localidad. Ahí no puede ir cualquiera. O sí, pero no muchos se atreven, porque es peligroso. En este poblado, la muerte es un pesado oleaje que se extiende montaña arriba. Desde finales de 1996, cuando apareció el Ejército Popular Revolucionario (EPR), las fuerzas armadas mexicanas instalaron un cuartel.

Colina arriba dos caballeros de caras enjutas vigilan la calle. Un chorro de sol ilumina sus lentes oscuros y deja ver sus pupilas. Dan vueltas alrededor de un vehículo austero. Ni ellos ni las palmeras parpadean. Ellos no sacan la lengua como los perros color tierra que pasean jadeantes.

El Ejército mexicano destruyó, en 2013, 718 plantíos de amapola cultivados en 151 hectáreas y 42 plantíos de mariguana sembrados en 14 hectáreas, según los resultados del operativo Guerrero I-2013. Una hectárea de flor de amapola equivale a 11 kilos de goma de opio, de la que se extraen 88 gramos de heroína, de la que, a su vez, se obtienen 70 mil 400 dosis, según la Procuraduría General de la República.

La entrada de Atoyac, Guerrero. Foto: Alejandro Saldívar

La entrada de Atoyac, Guerrero. Foto: Alejandro Saldívar

En la región de Costa Grande –donde se ubica El Ticuí– opera el cártel de Guerreros Unidos, una escisión del cártel de los Beltrán Leyva, como muestra un mapa elaborado por el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) en 2011. Un kilo de opio cuesta 30 mil pesos en la zona de producción y llega hasta los 20 mil dólares en la frontera norte.

En los 87 kilómetros que separan el puerto de Acapulco y Atoyac, Santiago Apóstol, San Judas Tadeo y la Esperanza son restaurantes que compiten entre sí en la misma carretera. También se disputan los cárteles que transportan la goma de opio en camiones de carga. Esa disputa dejó en 2014, mil 268 asesinatos: una tasa de 37,3 por cada 100 mil habitantes, la más alta de México.

Cerca de la Laguna de Coyuca hay una escultura de diez metros a lo largo de un cocodrilo con las fauces cerradas. Conduce al paraíso de los manglares. Enfrente un letrero dice: “Siga al paraíso”, allí los turistas se toman fotografías.

A lo lejos hay un cerro despeinado. El paisaje es como un boceto que nadie terminó: un matorral por aquí, un árbol por allá, las nubes apenas arañan el cielo.

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El patio es una capilla ardiente. En una de las paredes cuelgan dos imágenes de la virgen de Guadalupe, ambas están suspendidas en una bandera tricolor. Alrededor hay varios prendedores con ángeles y estrellas plateadas. Un perro que se rasca la tierra custodia la imagen. Se llama Loba y es amarilla. Mueve la cola. En la entrada de su casa hay una motoneta Italika roja que espera el regreso de Jonás para ser cabalgada.

Adentro de la casa tintinea el silencio. El padre de Jonás se fue a cuidar a su madre en Acapulco y Yolanda ya vive en la Normal de Ayotzinapa. Su hermano Martín pasa los días entre costales de cemento, garrafones vacíos, bicicletas oxidadas, un banco que se quedó sin pata y solo sirve para ser arrumado. Cachivaches que Jonás tuvo alguna vez entre sus manos.

Las paredes de su casa son azules como si dentro se alojara un día despejado. Las lagartijas corren en las paredes. Por el techo de lámina se filtran algunos rayos de sol de mediodía.

Martín, de 25 años, acaba de levantarse. Se asoma por una barda que apenas deja ver un ojo enrojecido. “Mi mamá me dijo que no hablara con nadie”, dice furioso. Había bebido toda la noche, pero no está borracho, porque no se tambalea ni se cae.

Las sombras de su casa le tienden una emboscada. Se escuchan ruidos de vasos, una cubeta, un chorro de agua. “Me voy a bañar y salgo”. Una jícara no lo va a detener. No esta mañana. Hace unos instantes, boca arriba en su cama, Martín despertó de un sueño.

Los retratos de Zapata y Genaro Vázquez en la Normal. Foto: Alejandro Saldívar

Los retratos de Zapata y Genaro Vázquez en la Normal. Foto: Alejandro Saldívar

Siempre ve a su hermano tumbado en una hamaca de colores que está en el patio de su casa. Y se despierta sobresaltado preguntándole si está ahí. Pero no. Martín toma una botella que refleja su cara y se la bebe hasta quedarse dormido. A veces llora, a veces ríe, pero no lo olvida. Sueña que regresa con él.

Martín es corpulento y quiere guardar silencio, pero en sus ojos hay algo, como en la mirada de un animal herido de muerte. Irrumpe en el patio con sus chanclas y el cabello húmedo. Ha salido de golpe, sin pensarlo, para no arrepentirse a medio camino. “Mi mamá me dijo que no hablara con nadie, pero yo sí quiero hablar”.

Aunque al principio Martín no creía que le hubiera ocurrido nada malo a su hermano, nueve meses después su preocupación es más acuciante. “Las búsquedas no sirvieron para nada”, cuenta.

Antes de hablar de Jonás, se detiene a tocar la hamaca. Extiende la palma de la mano sobre el telar, se frota con la otra mano el polvo. Hace siete meses, su hermano estaba tumbado ahí. Martín se arrellana en una silla de plástico y remueve su memoria. Acaricia a Loba como si fuera un amuleto.

–¿Cómo recuerdas a Jonás?

–Ya ni lo recuerdo… Es que… No puedo­ –dice, y se lleva la mano a la cara sudorosa y se talla la frente y se apachurra los ojos y no puede hablar de él.

A Martín se le eriza la nuca y se limpia las lágrimas con la misma mano con la que limpió el polvo de la hamaca. Se le hace un nudo en la garganta. “Mi hermano usaba esta gorra todos los días, qué te digo”.

Martín agarra una gorra roja de una mesa de plástico. Piensa confusamente. Se quita la gorra, se la vuelve a poner. La gorra guarda un vendaval de emociones. Le hace endurecer sus facciones. Trata de construir un recuerdo de su hermano, pero no puede.

Enseguida comprueba que no lo ha olvidado. “Todos los días tomo, desde que se lo llevaron”. Es eso lo que no le deja dormir. En la casa de sus vecinos se escucha la canción Enamorado de un fantasma. La música es el recuerdo que lo persigue y Martín bebe sus notas destiladas.

Martín se desenrosca de la silla y saca su celular como si le ofrendara un afecto. Su dedo raspa la pantalla, se incrusta en los pixeles. Se arrastra, plaf, plaf, plaf…

Toda su fuerza y enojo se untan en el álbum digital, su dedo se achata contra la cara de su hermano menor. El parloteo de dos pericos alterna la respiración moquienta de Martín que busca más fotografías en su celular. Está Jonás jugando con un burro, está Jonás sonriendo junto a sus amigos. Está Jonás arriba de una moto.

Martín extiende una foto de su hermano en la pantalla de su celular. Martín mira sin ver, pero Jonás tiene una sonrisa ambigua, como si estuviera ante algo repugnante que, sin embargo, le gusta. Jonás está de pie en un campo de amapolas. Viste un suéter beige y un pantalón azul. Sostiene una flor entre las manos. Tiene 19 años.

Martín muestra una imagen de su hermano Jonás jugando con un burro. Foto: Alejandro Saldívar

Martín muestra una imagen de su hermano Jonás jugando con un burro. Foto: Alejandro Saldívar

Sobre El Autor

Alejandro Saldívar

(México, 1987) Es un agente doble. Cree que las imágenes también pueden estar escritas. El mundo de la escritura y la fotografía pueden coexistir en una persona. En su trabajo cotidiano ve cuerpos mutilados y sangre a borbotones. También cree en los mundos imaginarios, piensa el periodismo como una representación poética de lo cotidiano.

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