Desde México compartimos este relato para conmemorar el Día Mundial del SIDA. Zanjamos la frivolidad informativa, atiborrada de cifras y tecnologías farmacéuticas. No nos detenemos en las vías de transmisión o en explicaciones científicas a propósito del virus. Priorizamos experiencias individuales porque todo lo personal como nos señala el autor “siempre ha sido y nunca dejará de ser político”.

Ya casi son cinco años desde que me enteré que vivo con VIH. Casi cinco años en los que he ido aprendiendo a sobrevivir en este mundo con un virus que para bien o para mal estará dentro de mí hasta el día que se encuentre una cura, hasta el día que me muera o hasta el día que mis plegarias al universo sean escuchadas y entonces un enorme astro se estrelle contra la tierra y lo destruya todo.

Recuerdo el día del diagnóstico. Fue terrible. En mi memoria están trazados con tinta indeleble todos los minutos de aquel día fatal. Estaba distraído, ansioso, confundido. Me recuerdo entrando por primera vez en la clínica, caminando por sus pasillos, viendo a la gente que estaba ahí. Recuerdo la sala de espera donde me tocó sentarme y esperar los llamados del personal para llenar unos formularios, para ir al laboratorio, para pasar con la consejera.

Para algunos la experiencia es menos traumática, sin embargo, el común denominador en estas situaciones no es un “gracias por informarme, voy por un café y que la vida siga”. Al contrario, digerir una noticia así no es nada fácil, sobre todo porque alrededor del VIH y del sida se han construido una enorme cantidad de estigmas y desinformaciones que cobran un gran peso a la hora de enfrentarte a este diagnóstico. Lo primero que me vino a la mente y que le pregunté a la profesional que me dio la noticia fue: “¿Me voy a morir?”.

Esos minutos dentro del consultorio fueron eternos. Cada pregunta hacía de mi ansiedad una bomba de tiempo. Quería saber el resultado y punto. “Mira, Axel, las pruebas dicen que se ha encontrado algo en tu sangre… Tenemos que hacerte una segunda prueba para confirmar los resultados”.

Listo. Ya estaba. Me iba a morir.

La profesional trató de calmarme diciéndome que existían los falsos positivos y que por tal motivo se necesitaba confirmar con otra segunda prueba -muy rápida- los resultados reactivos de la primera. Me dijo que no adelantara escenarios y que me tranquilizara, que fuera al laboratorio, que aprovechara el rato de espera para ir a comer algo y que después regresara directamente con ella. Yo, impulsivo y ansioso, no podía retirarme sin antes escuchar de su boca si sí me iba a morir o no, y qué tan probable era que los resultados fueran iguales. Mi mente estaba borrosa, no podía entender qué estaba pasando y sólo quería un poco de claridad. “No te vas a morir”, me dijo, y se limitó a señalarme nuevamente que me tranquilizara y que fuera al laboratorio.

El diagnóstico de una enfermedad (en este caso, de una condición), suele romper, de tajo, la continuidad de la vida del “afectado”. Es una alteración total. Nada se salva.  Es una situación disruptiva donde la resiliencia emocional y el apoyo afectivo que se tenga en ese momento, son cruciales para afrontar con mayor o menor facilidad el asunto.

Con mis padres decidí hablarlo apenas hasta hace una semana. Cinco años después del diagnóstico tuve el valor de afrontarlo con ellos. En su momento no me sentí ni con la capacidad ni con la madurez adecuada para compartírselos. Tuve miedo: vivimos en un país donde las relaciones familiares son tan importantes que a veces uno se ve en la obligación de callar o no decir ciertas cosas por el temor al rechazo o al castigo. Afortunadamente ahora que pude hablar con mis padres, todo ha sido completamente diferente a como lo imaginé: lo entendieron, me abrazaron y me apoyan.

Axel R. Bautista

La misma razón que me hizo platicarlo con ellos es la misma que me arrastra hasta la hoja en blanco para contar esta historia. Mi historia. Esa razón es la necesidad personal -y la convicción política- de luchar en contra del estigma y la discriminación que ha prevalecido desde que la epidemia se hizo oficial a nivel global, por allá a principios de los ochentas, y que a pesar de los avances médicos y biotecnológicos en la fabricación de fármacos y en las atenciones terapéuticas y psicológicas, la epidemia sigue estando entre nosotros, transformada en una suerte de espectro social, que va por ahí, maligno, asustando y engañando a todo el mundo.

Ese falso mito de “a mí no me va a pasar” es la verdadera fatalidad de la enfermedad. Ser conscientes de que a cualquier persona puede pasarle evita su transmisión, además de reducir el impacto -tanto emocional como social- del diagnóstico. El estigma mata más que el sida, y es por eso que creo que necesitamos poner el tema sobre la mesa, y visibilizar y debatir, para así aclararlo todo y poder actuar sensatamente a propósito del temerario “virus”.

Muchos dirán ¿por qué hacerlo público si es algo personal? Simple: se trata de combatir el odio, el rechazo y la discriminación. No juzgo a quienes prefieren dejar para sí mismos su enfermedad, pero considero que esta es una manera de luchar en contra de la crueldad de un mundo infinitamente ignorante. Creo que lo personal siempre ha sido y nunca dejará de ser político y que la autonomía de los cuerpos es absolutamente individual. Soy marica, moreno, sociólogo y seropositivo. Me siento contento de lo que soy. No le juego al héroe, ni busco compasión. Lo que me mueve, como ya está dicho, es el interés de crear consciencia respecto al tema, compartiendo mi experiencia personal, pues si algo he aprendido es que a través de relatos de vida ajenos, uno puede no sólo desarrollar empatía, sino aprender un poco más de sí mismo, porque escuchar al otro es, muchas veces, escucharnos a nosotros mismos.

Recordar siempre es sanador. Cuando después de cierto tiempo de supuesta «contaminación» te detienes, miras hacia atrás y piensas: “pues no me ha ido tan mal. En realidad he llevado bien el virus y he aprendido bastantes cosas”, todo resulta más que reconfortante.

@AxelRBautista

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