Somos, de verdad, distintos. Y, de verdad, estamos solos.

Octavio Paz

Es Domingo de Ramos. El sol de la Ciudad de México inflama las azoteas, incendia las veredas. Crea y desbarata sombras. Las ardillas juegan a la espiral interminable. Un modesto vientecito colisiona con la jacaranda que crece justo al lado de mi anticuada ventana. Azul violáceo es el color de esta primavera. Por todos lados el sosiego se asoma para celebrar el día. Para recordarle al mirón que la belleza, en medio de tanta inmundicia, sí existe. El esfuerzo es la contemplación.

El domingo es una grieta en el calendario chilango. La calma no es virtud de la metrópoli, pero sabe suceder con una parquedad que, paradójicamente, alivia. Es fácil proscribirse de esta ciudad, incluso habitándola en su víscera más intestina. Es tan grande que sus individuos nunca terminan de ser conscientes de que, al residirla, hacen parte de su larga e insalvable agonía. Cada nuevo caminante no solo roba parte del aire que la ciudad no tiene, sino que aporta una ínfima -pero decisiva cuota- a su naturalizada ruina. Y es que México, en su vasta totalidad, también es eso: una ruina. Una ruina que se balancea, a veces rasgada, a veces sólida, por sobre las fábulas fundacionales de la República. Una ruina extendida y plegada como un crisol que nunca acaba de ser, pero tampoco de desaparecer.

Fatigados. Erramos todos. Merodeamos el diferenciado vacío de cada esquina, completamente desprovistos de nuestra existencia. Morimos y morimos, sin darnos cuenta, en alguna plataforma del metro bus, en una fila bancaria, en cualquier taquería o caminando por la avenida de Los Insurgentes. Ciudad de México es una urbe de cálidos zombis. Una mancha indeleble en los ojos de cada habitante.

Domingo de Ramos en la Basílica. Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

Agarro el metro en Miguel Ángel de Quevedo, Coyoacán. Voy a Deportivo 18 de Marzo para combinar con la línea 7 hasta la estación La Villa-Basílica. Una vez ahí, camino tres cuadras hasta encontrarme de frente con la Basílica de Guadalupe, justo a los pies del cerro del Tepeyac. En la entrada dice: Atrio de las Américas.

México no solo es un país intensamente religioso en el sentido psíquico de la palabra, sino que, en términos estrictamente materiales, es un país profundamente idólatra. Toda la realidad, en su simpática infinidad imaginaria arde en imágenes, y las brasas parecen no poder extinguirse, ni siquiera después de las borrascas más agudas.

México también resiste. Lucha contra todo lo foráneo, empuñando la multiplicada peculiaridad de su historia que dice nada y dice todo. Los mexicanos no pretenden parecerse a nadie, no porque no puedan, sino porque les gusta más intentar mexicanizar todo lo que caiga en sus manos. Y es justo ahí, en el intento, en la posibilidad de ensayo, donde germina el herido mestizaje de los diferentes niveles históricos que coexisten en el territorio y que, cuando se congregan, dan a luz al significado anárquico de la mexicanidad. Un significado tan oculto como exhibicionista.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

La Basílica de Guadalupe es el circuito mariano más concurrido del mundo. Se calcula que unos 25 millones de feligreses la visitan anualmente, sobre todo en los días próximos al 12 de diciembre, día de la fiesta de Santa María de Guadalupe.

A decir verdad, el desprevenido visitante más que con una estricta basílica se encuentra es con un santuario. Un campus en el cual se irguen decenas de capillas, templos, ermitas, museos, tabernáculos, estatuas, etc. Paraninfos enteros de santos en un guiso interminable de petrificadas hibridaciones, que brillan, trascendentales, bajo la luz dorada del sol.

Entrar al santuario es someterse a una lógica inmutable que desparrama sincretismo por todos lados. Es como ingresar en un filo y hacer equilibrio sobre él, columpiándose entre la realidad y la ficción. Nada resulta exagerado, ni vulgar, ni tan falso como pareciera a simple vista. El fervor es esforzadísimo y vierte sobre el visitante un sensitivo arrebato acústico y espiritual. El espacio que ocupa este “parque temático de la fe” es un gran panteón que personifica y eleva los amplios raudales de melancolías mexicanas.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

Camino encandilado y muy orondo. Es medio día y el calor recluye mi cabeza. La ruidosa multitud es tan potente que podría herir de muerte lo que se propusiera. La gente transita inmiscuida en un sumario liminal cuya complejidad navega por encima del sentido común. Cada persona encarna un oscurecido molusco que se bate en busca de una luz sagrada específica.

El despliegue identitario es descomunal. El teatro de la historia mexicana se condensa en este santuario de multiplicidad católica que gira alrededor de una sola dama. La virgen guadalupana se irgue como rito y todos tripulan, cautivos de su fe, la ceremoniosa imagen repetida millones de veces en diferentes formatos. Nadie discute nada, ni vende humos. El humo ya fue vendido y hierve como la lava de un volcán. Los piadosos saben que están vivos sólo cuando recuerdan que van a morir.

Hay cosas que se sienten de inmediato. Los lamentos sobre todo. Las súplicas, la culpa, los favores recibidos. La ilusión de millones de vidas marchantes, abocadas a la miserable tragedia de una vida después de la muerte. Hay destrezas pasajeras que hacen que el mexicano se reinvente cada vez que se expresa. Celebran con cierta incredulidad, aunque su convicción sea más que potente. Celebran la llegada de Jesucristo a Jerusalén, su muerte y resurrección, celebran a la santísima virgen de su devoción, celebran charreadas, mascaradas y luchas libres, celebran el día de todos los santos, el día de muertos y el día de la revolución. Celebran desde sus limbos, situados en exaltaciones medias, nunca radicales, con un fanatismo profuso pero extrañamente velado.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

En cada fiesta religiosa el mexicano despliega su forma de ser y de transitar por la vida. Deambulan por el santuario de Guadalupe paralizando mentiras y superando verdades. No solo las rodillas de los feligreses se arrastran por los suelos sagrados, la vida misma se pega al suelo para amplificar consigo los tiznes de una creencia cuya vigencia se mantiene desde que la virgen de rasgos mestizos se le apareció por primera vez al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin en 1531. La superstición acrecienta los atributos de las evidencias redentoras. Sin embargo, toda creencia es breve y sumamente mundana, en contraposición al extático aparataje religioso que la forja.

Los feligreses escapan de las fatalidades de la vida inclinándose ante lo sagrado y persignándose ante lo anónimo. Vida y muerte son figurines conversos  que, por definición, son ambiguos y contrarios a la realidad. El catolicismo es fuerte en dos cosas: el miedo a la muerte y la culpa por vivir. Y es ahí donde está su imperio. Su influencia. La propaganda del limbo. Siempre un limbo. Siempre el limbo. El punto medio entre el cielo y el infierno. La tierra como el verdadero y único purgatorio. Todos debemos algo y tenemos que pagarlo. El paganismo hace mucho dejó de ser una preocupación, ya que desde la Conquista se convirtió en la punta de la lanza para la cristianización de las nuevas almas y el resultado es lo que encontramos hoy, no solo en México, sino a lo largo y ancho de América Latina y el Caribe.

El catolicismo encontró la forma justa de su fe deformando los deseos e instintos humanos más naturales. Todo es sufrimiento y dolor. Temor.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

Esquirlas de aire caen sobre la feligresía congregada dentro de la nueva basílica de Guadalupe (construida entre 1974 y 1976 para reemplazar la antigua (1695-1709) que se viene ladeando por fallas del suelo que antiguamente alojaba el mítico lago de Texcoco, que a su vez sitiaba a la antigua ciudad de Tenochtitlán). Afuera de la nueva basílica drásticos 30 grados.

Se hace difícil escuchar las encíclicas del domingo de ramos. Cientos de pájaros enjaulados presencian la misa en el que es el único día del año en el que le es permitida la entrada a animales para recibir la bendición celestial. Los traen desde diferentes partes del país para que canten, recreando así las mariofanías (momentos en los que se apareció María).

Aunque la nueva basílica cuenta con 9 entradas, cada una con tres metros de ancho por cuatro de alto, se hace difícil andar. La multitud no avanza. Todo en Ciudad de México tiene que ser enorme o de lo contrario no sirve. La magnificencia palpita por todos lados, desde el Museo de Antropología y el Castillo de Chapultepec, pasando por Tepito y Garibaldi hasta el Zócalo y el señorial Palacio de Bellas Artes. La ciudad de México es la miscelánea barroca más imponente de América Latina. El anonimato que sufren quienes la habitan, desde la época de Tenochtitlán, es un lugar de exégesis que permite ahondar en la deformación de lo original y la confluencia de lo mezclado. Es una dificultad para el mexicano expresar lo propio, porque lo propio son muchas cosas muy diferentes, incluso opuestas, razón por la cual, el temperamento nacional se refugia en lo intangible, lo metafísico, como formas culturales de distinción y divinización. Todo esto desemboca en que probablemente no haya ciudad más latinoamericana –en Latinoamérica- que la Ciudad de México.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

Debajo del santísimo óleo de la guadalupana miles de personas son llevadas por una cinta transportadora. Hay espuma en las gargantas, magnificencias que estrangulan el buen sentido de la razón. Sacan fotos, oran, lloran. Al terminar el tour y siguiendo las indicaciones de salida llegan a la caseta de las bendiciones, donde un sacerdote arroja agua bendita por doquier para consagrar todo lo que se atraviese por ahí. La desnudez del agua es tan intensa que se parece a un sueño. El calor que atosiga el primer perímetro de la basílica duplica el fervor de los creyentes. Cándidas prisiones. Todos vamos acordes, como autómatas, estimulados por los impulsos misteriosos de dios. El hálito de un mar fantasma se apropia de nuestra apocada gracia y aparece la fiebre en formato de fe.

Es más honda la historia que colma el santuario que el santuario en sí mismo. Una estéril repetición de lo mismo. La gente sigue su camino, presa de cierta tranquilidad pero ensimismada en la claridad de sus respectivos huecos. Todo se hace turbio por la gruesa efusión de espiritualidad. Pienso que la raíz de toda peregrinación religiosa es la subordinación a pasiones históricas y ajenas. La sola marcha en círculo, sin ojos ni consciencia, en donde la fatiga es una ofrenda habla por sí sola. Todo en las afueras de la basílica refrenda la confianza en la virgen, hasta las rancheras que suenan, despiadadas, y el interminable olor a chile. Veo un compromiso solitario. Una devoción que se manifiesta con muchos pies y pocas cabezas. Eslabones perdidos que brillan en su compleja simplicidad. Nada más absorbe una esencia que una religión. Compro una botella con agua, traigo sed de siglos enteros y el camino a casa parece ser más largo que una eternidad.

Foto: Dahian Cifuentes

Foto: Dahian Cifuentes

Sobre El Autor

Giovanni Jaramillo Rojas

(Bogotá, 1987). Le gusta el punk, le gusta mucho, pero no tanto como cortar champiñones. Suele confundir sus manos con baquetas y asume que el mundo entero es una batería. Es un físico frustrado, un jugador de fútbol subvalorado, un mirón empedernido y, cuando pierde, suele decir que ganó moralmente. Lee porque no tiene nada más interesante que hacer, escribe por evasión y viaja de chiripa.

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