Los rituales indígenas y ancestrales latinoamericanos forman parte importante del mercado de la espiritualidad en Estados Unidos. California es la meca de la tranza New Age, con inagotables ofertas que pueden no solo hacer alucinar a los deseosos de experiencias extáticas, sino también desorientarlos psicológicamente. Presentamos un pequeño vistazo a la flamante economía del ser y el sentir.

Con los botines rozando el pavimento, detengo mi bicicleta frente al edificio que ocupa toda la esquina. De una planta, muros blancos, techado de tejas rojas, ventanales largos y ovalados, y una luz anaranjada que se cuela desde el interior, no parece la sede de un ritual chamánico huichol de fin de año.

Si fuera un transeúnte más, pensaría que se trata de una vieja iglesia local; una que rebosa los domingos de feligreses muy piadosos que chillarían encolerizados al saber que su templo ha servido de morada para ritos paganos.

Por las dudas, chequeo una vez más en Google Maps y, en efecto, estoy en el lugar indicado.

Adentro está tibio. Me quito la chaqueta y los audífonos del MP3. Me ubico tímidamente en la fila para registrarme. Allí, detrás de una mesa plegable, una chica de cabello largo color chocolate y sweater de lana gris confirma las reservas en un iPad. Con excesiva cordialidad, saluda al tipo que va delante de mí. Miro por sobre el hombro del sujeto y veo calcomanías y folletos mal impresos, esparcidos sobre un mantel de plástico.

La información del evento en Internet anunciaba que la entrada era libre, pero aun así desconfío. Mal que mal, estamos en Santa Cruz, norte de California, un estado que por sí sólo conforma la quinta economía del mundo, y donde la “industria de la espiritualidad”, sazonada por la oferta de marihuana legal, alcanza los precios más altos que he visto.

Una clase de goat yoga –sip, así es: “yoga con cabras” –vale cerca de $40 dólares, mientras una sesión de 45 minutos de Reiki puede alcanzar los $70. No sugiero que los beneficios no lo valgan, o que los maestros no tengan cuentas de luz que pagar. Lo que quiero decir es que hoy, en mi vida de escritora migrante y desempleada, $20 dólares más o $20 dólares menos hacen una real diferencia.

“¿Are these for sale?” pregunta el hombre. Con el índice izquierdo acaricia las pegatinas mientras, como por acto reflejo, se lleva la otra mano al bolsillo trasero del pantalón.

“Everything in here is for free”, responde la joven, satisfecha. “You can take whatever you please”.

Llega mi turno. La chica sonríe y pregunta mi nombre. Tiene los dientes blancos y lisos, como figuritas pulidas en marfil. Contesto y permanezco quieta en mi lugar, estrujando con las manos los tirantes de mi mochila, a la espera de que apunte la cajita de latón en una esquina de la mesa donde se recolectan las donaciones “sugeridas” –sumas que, según el protocolo local, contienen a menudo dos dígitos. Pero la mujer se limita a hacer un gesto con la cabeza en dirección al gran salón. “Welcome, Bernardita. We are pleased that you have decided to join us tonight. Please, come in. Take a sit wherever you want,” agrega.

Sorprendida, aunque aun ligeramente suspicaz, tomo un ejemplar de cada folleto e ingreso a la sala por un costado. Es una especie de anfiteatro, con un escenario al fondo sobre el que se apilan torres de sillas y colchonetas. Bajo mis pies, el piso brilla, recién barnizado. Hay espacio suficiente para celebrar una boda pequeña, o el funeral de un finado que en vida hizo una buena porción de amigos. Del techo de vigas de maderas, a unos seis metros sobre mí, cuelgan ventiladores y focos de luz, y en el suelo una fila de cojines y una que otra silla plegable forman la figura de un gran círculo. En el centro, distingo a lo lejos una pila formada por unas treinta maracas de colores fucsia y morado. Hay también unos cuantos tambores de mano dispersos por aquí y por allá.

Me dejo caer sobre un cojín. Faltan quince minutos para que empiece la ceremonia y hay unas veinte personas dispersas por el salón. Evito levantar los ojos para no cruzar miradas con desconocidos. Me distraigo hojeando los folletos en mis manos. Uno es un calendario con retiros espirituales organizados por la Dance of the Deer Foundation, la entidad que convoca el evento de hoy. “Experience huichol shamanism, empower your life” reza el encabezado en letras negritas. Hay varias fechas, en ciudades de todo el mundo, pero la primera llama mi atención:

“Feb 23 – Mar 3, Patagonia, Chile”

Sonrío instintivamente, como cada vez que alguien cita o dice algo sobre mi país de origen –mi “casa”, como decimos allá. Tiene que ser un buen presagio, pienso.

Fotografía Manuel Chávez

Arte Huichol. Fotografía Manuel Chávez

La Dance of the Deer Foundation for Shamanic Studies es un viejo clásico del Santa Cruz County. Fundada en 1979, constituye una pieza vernácula de esta comunidad, hogar de hippies envejecidos que en los sesenta se asentaron en esta zona en busca de una revolución no sólo política, sino también espiritual. Su misión, según cita el sitio web, es “ayudar a la tribu huichol a mantener sus tradiciones chamánicas vivas, preservar su supervivencia económica y cultural, y traer el poder y la felicidad de su antigua sabiduría a nuestro mundo moderno”.

La tribu huichol –o wixáritari –es un pueblo indígena de las montañas de la Sierra Madre Occidental, hoy territorio mexicano. Como los mapuche en Chile, resistieron a la conquista española, dispersándose por las tierras que en la actualidad corresponden a los estados de Nayarit, Jalisco, Zacatecas y Durango, centro oeste del país. A los huicholes se les conoce especialmente por sus largas peregrinaciones por el desierto en busca del cactus del peyote, el cual consumen para transformar su estado de conciencia durante rituales en que se conectan con dioses y antepasados.

Dice la leyenda –aunque hay quienes ponen en duda su veracidad –que el fundador de la Dance of the Deer Foundation, el norteamericano Brant Secunda, tenía 18 años cuando dejó New Jersey para viajar a México, movido por la vorágine New Age de los sesentas e influenciado por el trabajo de Carlos Castaneda, autor de “Las Enseñanzas de Don Juan”. Secunda asegura haber sido “adoptado” y entrenado personalmente por un chamán huichol durante más de una década. Luego, dice, regresó a su país para instalarse en California, abrir su centro y compartir estas enseñanzas.

La noche anterior al ritual, desde mi cama y en mi celular, hago un rápido sondeo en Internet para averiguar un poco más sobre Secunda. Hasta ahora no lo había oído nombrar, pero no tengo prejuicios. Por el contrario, mi condición de recién llegada a esta ciudad, junto con que se avecina el fin de año y todos mis amigos y familiares se encuentran a catorce horas-avión de distancia, me tienen en ese espacio mental de nostalgia profunda en que cualquier bálsamo sirve para aplacar las penas, incluso un ritual indígena promocionado en Facebook para tomarnos de la mano con gente que jamás he visto en mi vida.

Pero los resultados arrojados por Google me ponen en alerta. La primera imagen de Brant que aparece es la de un viejito de tez blanca y ojos verdes que miran al horizonte; lleva una camisa con cuello estilo “Polo”, y un sombrero negro de ala ancha con una coqueta pluma al costado que parece sacado de una tienda de disfraces. ¿No será un poco cliché? me pregunto.

Leo los comentarios en foros y me entero, además, de que Secunda tiene detractores. Critican sus retiros espirituales a causa de su alto valor –desde $500 hasta $1500 dólares por unos pocos días, sin incluir gastos de alojamiento ni traslado –y la gran cantidad de cupos disponibles. Hay internautas furiosos que acusan, incluso, mal uso de las tierras donde algunas de estas excursiones han tenido lugar, así como el abuso hacia los pueblos cuyas tradiciones son invocadas en nombre de estos eventos.

Por un segundo, me pregunto si debería pensarlo dos veces y cancelar mi asistencia. Ahorrarme el mal rato. La contraparte es que de verdad necesito esto: compartir, conectarme con otros, recordar que hay algo más que esta soledad negra que tengo adentro. Además, no soy ninguna novata: éste no es mi primer ritual de sanación, y una década de shavasanas y namastes, círculos de mujeres, ofrendas a la pacha mama, lecturas del tarot, confección de pequeños altares, cartas astrales, kin mayas y uno que otro viaje alucinógeno me han enseñado que, cuando se trata de estas cosas, los críticos abundan como moscas pegadas al ventanal de una carnicería.

A la mierda ¿qué tan malo puede ser? Me encojo de hombros, dejo el celular en el velador y apago la luz.

Tambor Huichol

Tambor Huichol

Los presentes se sientan sobre los cojines, entrecruzando las piernas y enderezando cuellos y espaldas. Somos cerca de cuarenta personas, de todas las edades, formando un círculo. Viejitas con trenzas canosas, madres en pantalón deportivo y sus hijos pequeños, hípsters con cortes de pelo cuidadosamente asimétricos, jóvenes tatuados y/o perforados, y hasta uno que otro cuarentón que viste la camiseta de su equipo de basquetbol. En medio de esta diversidad, sin embargo, todos tienen algo en común: una piel muy, muy blanca, y un inglés muy, muy nativo.

Una miembro de la organización se para en el centro del círculo y explica pausadamente de qué tratará el ritual. Es la cuarta vez en menos de una hora que oigo mal pronunciar la palabra “huichol”. “Huichel” han dicho, una y otra vez, no sólo invitados, sino también integrantes de la organización. Una “e” tibia e insegura reemplaza la “o” contundente y final. Una “o” que debería sonar rígida, profunda, como un portal circular hacia la dimensión de los antiguos y sus deidades.

Sin pensarlo, resoplo por la nariz y pongo los ojos en blanco, sintiendo por dentro cómo el hastío empieza a acumularse. Pero coartada por el pudor de ser la única extranjera, sólo puedo mascullar en voz baja: “Se dice ‘hui-CHOL’”.

¿Cómo es posible que no haya ningún otro latino aquí? me pregunto. Cierto, no tengo visión de Rayos X para estar cien por ciento segura de la carga genética de cada uno de los asistentes, pero la experiencia migrante, a la larga, te entrega herramientas para aprender a reconocer a los tuyos. Y aquí, está claro, no hay pieles oscuras o color canela, ni pómulos pronunciados, ni melenas lisas o mechas gruesas, ni narices anchas o aguileñas, ni acentos sabrosones o cuchicheos en español. Una ausencia que me toma por sorpresa: estamos en California, donde la población hispana alcanza los quince millones, de un total de casi cuarenta millones de habitantes.

En eso estoy, deshaciéndome en críticas, cuando escucho abrirse la puerta del salón. Entra un joven moreno, de pelo negro y lacio tomado en un moño. Bajo la nariz ligeramente encorvada, luce un bigote a lo Cantinflas. Se arrellana en un cojín a mi lado, mientras lo veo vaciar el contenido de su morral. Extrae de éste un bulto plano y circular, envuelto en un paño gris. Noto, entonces, los tatuajes en sus muñecas, patrones simétricos que parecen laberintos. Sus dedos desenvuelven cuidadosos los pliegues de tela hasta revelar un tambor de mano fabricado en cuero y una baqueta gruesa artesanal. Sé que no lo conozco, y que es muy pronto para saber de dónde viene, pero su repentina presencia me hace sentir un poco menos sola. Si él está aquí, debe ser por algo, pienso.

Nos piden que nos acerquemos al centro del círculo a tomar, cada uno, una maraca. Se ve de antemano que no hay suficientes para todos, así que me abalanzo con voracidad a agarrar una. Mientras camino de vuelta a mi asiento, veo por el rabillo del ojo una figura de negro que se pone de pie. Los demás apuran el paso.

Los ojos de Brant Secunda se toman el tiempo necesario para registrar cada uno de nuestros rostros. Lo había divisado ya, al ingresar al gran salón, aunque no estaba segura de si se trataba de él, o no, porque parece bastante mayor de lo que había imaginado. Es pequeño, tiene los hombros caídos y la barriga abultada, la piel de la cara colorada como si hubiera pasado la mañana tomando el sol. Del cuello le cuelga una especie de bolsita fabricada con canutillos de colores, y en la cabeza trae un sombrero negro muy parecido al de la imagen que he visto la noche anterior. A su alrededor, se orquestan otros miembros de la organización. A una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca para no perderse ningún gesto, lo contemplan y escuchan con la devoción de un séquito.

Secunda se presenta brevemente, omitiendo la historia de su viaje a la sierra y el chamán que lo educó. Habla pausado en su perfecto inglés. Explica que nuestra labor de hoy será tocar las maracas para marcar el ritmo del ritual.

“El sonido abre el umbral, encausa el viaje, y nos permite comunicarnos con los espíritus”, dice con una voz reseca.

Dubitativa, sostengo mi sonajero por el mango, pero antes de que pueda hacer cualquier movimiento, un estruendo emerge del círculo y se propaga por el salón. La vibración llena cada grieta en la madera, cada espacio entre cornisas, cada recodo de la sala que la luz no alcanza a tocar. Levanto los ojos, desconcertada: un ejército de sonajeros castañetea al unísono. El potente sonido me recuerda a mis noches universitarias acampando con amigos a la orilla del río en el Valle del Elqui; esa sensación de buscar inútilmente siluetas en la oscuridad mientras a pocos metros el agua truena amenazando con arrastrarlo todo.

Tras tres o cuatro minutos, el chamán nos invita detenernos. Felicita a los presentes. Secunda explica entonces que repetiremos la acción, pero que ahora él se nos unirá, cantando.

Chasquean las maracas a un ritmo parejo. Esta vez se nos suman los tambores. Nuestros ojos apuntan hacia el chamán, sentado a la cabeza del círculo. Con la mirada en lo alto, Brant abre la boca. Su pecho se ensancha, su barriga crece aún más. De pronto, la energía cambia, como si ya no fuéramos niños jugando a hacer magia. Los labios de Secunda forman un canal del que emerge una voz que no parece la suya, nasal, pero a la vez profunda, vibrante como el canto de un didyiridú. Del abismo oscuro de su garganta salen vocablos que no conozco, y que se entrelazan suavemente formando un eco continuo. Acompañado por el tambor y el fragor de las maracas, el canto se convierte en arrullo. Pienso en las canciones de las viejas machis mapuche allá en el sur, rituales que en una que otra ocasión tuve la suerte de presenciar.

No esperaba algo así. La actuación de Secunda parece, al menos a simple vista, genuina. Si todo esto es una farsa, como dicen algunos en Internet, el hombre sabe bien lo que está haciendo. O ha tenido un excelente maestro y la farsa es sólo parcial.

Otra vez nos detenemos. Algunos miran alrededor como preguntándose “¿Soy el único que ha visto lo que acaba de ocurrir?” De reojo, busco la reacción en el rostro del joven de las manos tatuadas a medio metro de mí. Sus ojos no se despegan del chamán, y entre sus labios finos, distingo una sonrisa sutil.

Fotografía de Rafael Saldaña

Arte Huichol. Fotografía de Rafael Saldaña

A este punto del acto, aún guardo la esperanza de que las circunstancias tomen un giro inesperado, que algo en mi interior haga clic. Que el cielo se parta en dos, y que descienda flotando un espíritu con la forma de un venado, su pelaje cubierto en constelaciones, la cornamenta en llamas y las pezuñas bañadas en oro. Espero que todo este espectáculo valga la pena. No sería la primera vez, y de seguro tampoco la última. Hay quienes vamos por la vida adoptando rituales, estudiando doctrinas, memorizando filosofías para atender ese vacío interior que nunca encuentra con qué llenarse. A veces funciona, y por unos cuantos meses creemos ilusamente que el vacío ya no es tal, sino un hueco finito que comienza a colmarse. Hasta que un día te despiertas otra vez con la certeza de que la angustia ha vuelto. Por eso, decido quedarme, y ver qué pasa.

El chamán anuncia que cantará nuevamente, pero que esta vez lo acompañaremos con nuestras voces repitiendo tres palabras en lengua huichol. Explica que nos servirá para conectar con la Madre Tierra.

Pero no puedo entender bien lo que dice. No logro dar con la pronunciación correcta. Me dispongo a levantar la mano y pedirle que repita una vez más, a ver si ahora puedo azuzar mejor el oído para captar cada sílaba, pero me distrae el murmullo ininteligible que se esparce a mi alrededor. Los asistentes balbucean, torpes, como bebés aprendiendo a hablar. Frunzo el ceño: ¿Nadie más aquí piensa que esto no está bien? Entonces el chamán hace un gesto con la cabeza y retoma su canto, mientras la multitud repite, con una sonrisa embobada, las palabras iniciales que rápidamente mutan en sonidos amorfos. Hago el intento de unirme al coro una vez, dos veces, pero a la tercera decido guardar silencio.

Nos dicen que concluiremos la ceremonia bailando juntos al son de la voz de Secunda, mientras el chamán bendecirá todo objeto personal que los presentes hayan traído para el altar: anillos, amuletos colgantes, fragmentos de cuarzo, velas, figuritas bañadas en bronce o plata; todo será ubicado sobre un mantel en el suelo a los pies de Secunda.

A mi lado izquierdo, una pareja cuchichea ruidosa. “Oh, men. I don’t have anything personal here with me. I mean… my car is full of crap. I could go and get something, I guess?”, oigo decir al hombre. La mujer lo hace callar. Deben tener unos treinta y cinco años. Ella viste leggings, y lleva la cara sin maquillaje y el pelo castaño detrás de las orejas. Él usa anteojos de marco grueso, un sweater abotonado con rombos, y pantalones color salmón doblados a la altura de los tobillos que dejan ver un par de calcetines oscuros con la caricatura de un zorro anaranjado. Advirtiendo mi interés, el tipo se gira hacia a mí y me da un suave codazo. “They’re cool, right?” se jacta apuntando a sus pies.

“Sure” respondo, rotando la cabeza hacia el lado contrario.

Nos ponemos de pie. Suenan los tambores. Se incorporan las maracas. La instrucción es que trotemos en círculo, dando saltitos en puntas de pies y batiendo los brazos como gallinas. Tengo cuidado de no tropezar con los talones de quienes van, apretujados, delante de mí.

“Aauu, aauu, AAAAAAUUUUUUUUUHHHHH,” se oye de pronto. ¿Es eso lo que creo? Secunda imita el aullido de un coyote.

“AAUU AUUU AAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUHHHH” lo siguen todos.

El círculo gira más rápido. Poseídos por el fervor del momento, los asistentes intentan propinar su sello personal a la coreografía. Dan vueltas en el lugar, menean hombros y caderas, algunos hasta se aventuran con un paso de salsa. Una chica con los lóbulos expandidos planta los pies y bate los brazos en el aire como esos gigantes inflables cuyas manos y cabelleras se sacuden al soplo de un ventilador. “AAUU AUUU AAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUHHHH”.

Cinco minutos más tarde, sin embargo, la emoción inicial se ha apagado, reemplazándole sonrisas incómodas. Nos desplazamos dispersos y cansados; a cada segundo más conscientes de lo bochornoso de nuestra performance. Por mi parte, sólo quiero hacerle una zancadilla al niño rubio que corre junto a mí jugando a las naves espaciales. Quiero irme a casa, y no soy la única: Secunda aprieta la boca y mira su reloj de muñeca, como quien espera ansioso el fin de la jornada laboral un viernes por la tarde.

Se acaba el ritual y algunos se abrazan, otros se acercan al chamán cabizbajos en señal de humildad para agradecerle con apretones de manos y sonrisas. Yo permanezco en mi lugar, sentada en el suelo, tratando de entender qué ha sido todo esto. Entonces, reparo en el joven de los tatuajes junto a mí, que ahora envuelve delicadamente su tambor entre los pliegues de tela. Aún tiene esa sonrisa astuta en los labios.

“Hi” decido abordarlo. Tal vez sepa algo que yo no, y no le moleste compartir. En un intento por iniciar la conversación, le pregunto por el tambor: “Is it made of leather?”

“Cow leather and the base is carved wood”. El joven vuelve a desdoblar el paño, destapando el instrumento. Me lo acerca. “My name is Fernando”, dice.

“Yo soy Bernardita”, me aventuro a responderle en español.

Con las yemas de los dedos, recorro los surcos y las costuras del tambor, y luego deslizo mi palma por la superficie llana del parche. Le pregunto dónde lo ha conseguido. Me cuenta que conoce a alguien en San José, a unos cuarenta minutos de Santa Cruz, que los fabrica.

Esta es mi oportunidad, pienso. “Se ve que te interesa el tema…” Intento disimular un poco mi desesperada curiosidad manteniendo la mirada en el tambor que sostengo con ambas manos.

Fernando me cuenta que vive en la Bay Area pero que es originario de Oaxaca, México; que tiene antepasados huicholes, y que esta es la segunda vez que viene a ver a Secunda; que desde hace un tiempo está tratando de conectarse con las tradiciones de su linaje.

“¿Y qué te parece Brant?” me atrevo, por fin, a preguntar. “¿Crees que es… legit?”

Fernando deja salir una risita indulgente, como si ya hubiera sabido lo que venía. “Hum…” hace una pausa. “Creo que Secunda está bien,” continúa. “Sé que hay muchos que lo critican, y no sé. Pero yo, al menos, decido enfocarme en lo bueno.” Me mira a la cara sonriendo. “Lo importante es lo que cada uno logra sacar de todo esto, ¿no?”

“Oh, claro, claro,” es lo único que puedo decir mientras me revuelco en el charco imaginario de la culpa que siento por haber juzgado a todo el mundo. ¿Quién me creo que soy para decidir qué tan auténtico o veraz es el trabajo espiritual de los demás?

Una vez afuera, caminamos juntos hacia el poste de luz donde he dejado encadenada mi bicicleta. En el trayecto, la conversación toma un giro inesperado.

“Ahora, si te interesa asistir a un ritual con peyote, yo conozco a una mujer que hace ese tipo de cosas. Te puedo avisar…” dice Fernando, acomodándose el morral al hombro.

“¡Me encantaría!” me apuro a responder con entusiasmo desbordante. En realidad, llevo años buscando la oportunidad…

“Ella sí que es una verdadera chamán huichol,” asegura el joven, sacando su iPhone del bolsillo para anotar mi número telefónico. “Yo lo he hecho varias veces ya y es muy bueno, ¿sabes? El cactus te da siempre lo que necesitas.”

Asiento plácidamente. “Es eso lo que busco: una experiencia de verdad. Porque aquí, en California, nunca sabes si se trata de patrañas o no. Y los precios, ufff…” suspiro. “¿Veinticinco dólares por una clase de yoga? ¡Ja!”

Fernando gimotea. “Bueno, la chamán también pide una donación. Algo para ayudar…”

“Una donación es entendible…”, opino mientras me giro dándole la espalda, y me inclino para introducir la llave en el candado de mi bicicleta.

Pero mi interlocutor continúa: “Doscientos dólares, o algo así… You know, lo usual.”

Silencio. Menos mal que desde su lugar Fernando no puede ver la expresión en mi cara: levanto las cejas, abro bien los ojos, aliso los contornos de los labios en un intento por no echarme a reír, o ponerme a llorar. “Claro, claro. Lo usual,” digo finalmente. Lo único que hace clic es el candado en mis manos.