En la ciudad portuaria, vetusta y maloliente, una dichosa caja abierta que reventaba sobre el suelo con alegres combustiones alcohólicas, llamó mi atención. A simple vista parecía estar vacía. Fui hasta ella. Adentro, una botella de ordinario chardonnay cuyo preciado líquido podía confundirse fácilmente con cualquier tipo de óxido. Se traslucían unos buenos tragos. Empecé a beberlos con calma mientras la multitud inventaba su alegría. Un peso muerto entró en mi cabeza. Seguí la dirección contraria de los borrachos aceptando sus miradas animales y arrogantes. Devasté sus ojos rojos y eché a perder los míos. Observé como descendían algunos por las calles húmedas y también cómo otros se encaramaban tenazmente por la irritada espiral de sus letargos indefinibles e irreparables.

Me pareció que a esas alturas de la primera mañana del año el espectro de la noche anterior –que era también el del año anterior u otro tiempo remoto- nadie tenía chance de militar en su propia vida, y que si había una opción de algo más digno que errar por el puerto, era trepar ese tímido sol de enero que se asomaba por el muelle civil y batallar contra ese viento susurrante que me impedía dar buena categoría a mi juiciosa y agigantada soledad. La necesaria batalla conservaría la vieja tradición humana de superar el remordimiento original, que consiste en guerrear contra el célebre y huraño silencio de los dioses ante la maravillosa y pecaminosa beodez. Se trataba, entonces, de hundir los fantasmas de la vida circunspecta y subsistir entre el nauseabundo y glorioso tufo de los más zarrapastrosos alcoholes.

Avanzar o detenerse, era lo mismo. Daba lo mismo. Si avanzaba debía amplificar, en lo posible, los últimos andenes antes del mar para evitar terminar con todo –vida incluida-. Si me detenía, tenía que sortear la inmundicia, manchada y polvorienta y rasguñada, de una bahía puntiaguda atiborrada de enajenados. Seguí. Los barcos descansaban. Flotaban sobre la sal con las velas extendidas. Y la gente rara no dormía, sólo hacía levitar sus adentros sobre el novedoso tiempo con los ojos bien abiertos. Todos los oleajes arrastran sin rumbo y todas las botellas también –pensé-. He ahí la turbulencia de una magia y la fuerza de la convicción que tiene el aire después de la tormenta. Pero mi tormenta seguía. Intenté imaginar un aire para después. Un aire para mi artificiosa pesadumbre. Fracasé. Arrastraba conmigo la venturosa botella de chardonnay. Asumí la última gota de esa proscrita perdición que debió haber bebido otro. Mi garganta seca exigió respeto. Y mi cabeza también. Rompí violentamente la botella justo en el improvisado antejardín de lo que me servía como hogar desde que llegué a esta ciudad. No sé cómo llegué. A veces la consciencia, mutada en inconsciencia, se mueve sola y no me abandona. Es raro.

La casera, desde una minúscula ventana de la residencia que parecía más un panóptico, me puteó en un español chileno que no entendí. Le sonreí cáusticamente. Entré con dificultad  a la oscuridad insoportable de una casa que ha sobrevivido con todas sus averías a una tierra que tiembla una o dos veces por semana. En lo hondo de la sala y en el fondo del espejo advertí mi trocada figura y mis ojos desorbitados. No pude gritar. Y no era locura. No. Corrí al patio persiguiendo un extraño instinto de conservación y me sentí otro fútil trapo colgado en la ciudad de los trapos. Me creí garabateado como cualquier muro de Cerro Alegre y engatusado por las enredaderas de los postes con sus zapatillas colgantes y vigilantes como satélites, que me seducían con su recortada y movediza sombra. La casera me patrullaba con los rabillos de sus vistas. Acerté a dormir. Cerré mis ojos pensando en Don Nica -en lo cerca o lo lejos que podría estar de mí- y lo imaginé, con su siglo encima, como una paloma fugitiva “que se burla de todo / más ridícula que una escopeta / o que una rosa llena de piojos”. Un día así tuviste que haber expectorado el antipoema. Yo soy el individuo porque en Valparaíso nadie sabe qué tiene adentro y menos un primero de enero a las 8 de la mañana ¿cierto Don Nica?

Sobre El Autor

Giovanni Jaramillo Rojas

(Bogotá, 1987). Le gusta el punk, le gusta mucho, pero no tanto como cortar champiñones. Suele confundir sus manos con baquetas y asume que el mundo entero es una batería. Es un físico frustrado, un jugador de fútbol subvalorado, un mirón empedernido y, cuando pierde, suele decir que ganó moralmente. Lee porque no tiene nada más interesante que hacer, escribe por evasión y viaja de chiripa.

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