Octubre es el mes de la lucha mundial contra el cáncer de mama. Con este testimonio de lucha (que sabe representar a millones de guerreras al rededor del globo) nos sumamos a las innumerables campañas de concientización a propósito de esta enfermedad. 

“El valor no siempre ruge. A veces, el valor es la pequeña voz que se escucha al final del día y que te dice que lo intentarás de nuevo mañana”.

Mary Anne Radmacher

Fui diagnosticada con cáncer de mama en estadio tres el 8 de mayo de 2014. Tenía 35 años.

Desde entonces, me han hecho una cuadrantectomía, dieciséis quimioterapias, treinta y dos radioterapias y una inserción de catéter. Me quedé calva pero gracias a mi mamita -que fue muy inteligente- doné mi pelo y me hice una bella peluca. Me descalcifiqué, se me cayeron las pestañas, las cejas y hasta las uñas. La he pasado unos días bien y otros no tan bien.

Mi vida cambió considerablemente, ahora camino tres cuadras y estoy fatal, como de muerte lenta. Tengo el hígado graso gracias a la quimio, me duelen los huesos por la radio, aumenté treinta kilos y a veces lloro sin motivos; esto último ha de ser porque tengo menopausia química.

Pese a todo, no he dejado de ser útil y doy charlas de auto examen para detección temprana de cáncer en AMESE (Apoyo a Mujeres con Enfermedades de Seno). Esta institución me acogió y me dio trabajo porque no es fácil conseguirlo con este diagnóstico. Extraño muchas cosas: bailar hasta el amanecer, tomar más de dos cervezas, fumarme un cigarrillo y hacer largos viajes.

Poli Salavarrieta

Poli Salavarrieta

Me da pereza ir al médico una vez por mes a que me hagan el mantenimiento del catéter y, cada tres, a nuevos exámenes. No obstante, en todo este proceso mi familia se fortaleció, mis amigas se unieron y tenemos lazos irrompibles y en el camino he encontrado personas incondicionales y maravillosas que, como yo, luchan día a día. Hoy puedo decir que todos son mis hermanos, no importa la distancia. He despedido doce guerreros y el corazón se me arruga cada vez que los pienso, pero no puedo evitar sonreír por su legado.

No me podían declarar sobreviviente hasta pasados cuatro años, desde el momento de la detección y el inicio de la multiplicidad de tratamientos, porque el tipo de cáncer podía hacer metástasis en cualquier momento. Sin embargo, el brillo de mis ojos sigue latente y la sonrisa ni el cáncer me la ha podido borrar.

He aprehendido que no es lo mismo estar viva que vivir y hoy estoy viviendo, plenamente, pero no sé qué pasó, juro que mi relación con la enfermedad había terminado.

Yo estaba decidida a no dejarlo entrar nunca más a mi vida. Hace tres años lo conocí y llegó arrasando con todo. Me hizo ver que había cosas buenas en él, no lo puedo negar, cambié mi manera de ser y de pensar, pero maltrató mi cuerpo, lo deterioró sin compasión, me hizo daño, mucho daño, pero jamás pudo vencerme. Yo siempre he sido fuerte y, gracias a esa fortaleza, me di cuenta que podía sacarlo de mi vida. Entonces hice todo lo que estaba a mi alcance, todo lo humanamente posible.

En cuatro años el cáncer me mandó a la clínica incontables veces, me dio dieciséis palizas y así, y con todo esto, nunca salió victorioso. Luego escogió mi fecha favorita para volver. Él me conoce muy bien, dijo que necesitaba mi cuerpo, que podíamos volverlo a intentar. Yo sé que odia verme feliz, yo sé que no es nada sin mí. También dijo que no se había ido del todo y que había estado observándome, que solo estaba un poco dormido. No pude hacer nada: se volvió a instalar, simplemente regresó.

Mi mamá se preocupó y dijo que esto no era justo. Entre mi familia, mis amigos y yo tomamos cartas en el asunto y nos preparamos para volverlo a sacar. Esta vez él no sabe que somos más, todos contra él. Que desde que no me pueda quitar la sonrisa y las ganas de vivir yo sigo siendo la ganadora. No me importa su nombre, el maldito nombre es lo de menos, en cualquier caso es lo mismo. Solo sé que volvió, solo sé que vino con intenciones de hacer daño, de quedarse, pero otra vez voy a aprehender de él. Me voy a impregnar solo de lo bueno.

Poli Salavarrieta

Poli Salavarrieta

Su reaparición ha logrado unir aún más a mi familia. Cada persona que me conoce forma parte de esta lucha. Yo sé que él piensa que puede hacerme rendir pero lo que no entiende es que me llena de ganas de vivir. Él mismo me ha enseñado el secreto, la fórmula mágica, pero no me la pregunten, es inexplicable aunque tiene que ver con la felicidad. Ahora bien, ¿qué es la felicidad? No, realmente no lo sé. Poco a poco he ido pensando que es nada y todo a la vez. Por ejemplo, hay algo en la vida que siento que me da mucha felicidad y es viajar, pero no necesito viajes muy planeados, ni estructurados. Me gusta decir “quiero conocer aquel lugar”, e ir, sin pensar en las adversidades.

¿Para qué complicarse? Soy feliz con cosas muy básicas. ¿Es entonces la simplicidad lo que me da felicidad? Creo que sí: el color de una puerta, un solitario balcón, las luces de una calle, unas escaleras, las personas y su cotidianidad, un monumento que siempre está ahí y que nadie sabe qué significa, una iglesia barroca o la arquitectura de una casa de bareque.

Los viajes nos transportan a otros mundos, nos llenan la vida de pasión, son los que nos ponen a prueba, nos hacen tomar riesgos y lanzarnos a lo desconocido. Viajar me ha enseñado a perder el miedo, me ha dado la oportunidad de hacer lo que jamás haría y me ha llenado de libertad para romper esquemas. Soy capaz de viajar con muy poco en los bolsillos: en un viaje aprehendí, por ejemplo, lo que es comer una sola vez al día y eso lo justificó todo.

He dejado de comprarme ropa, lujos, accesorios y demás por invertir en un tiquete de avión o un pasaje de autobús. Hoy por hoy no quiero ninguna clase de bienes. No compraré una casa, nunca, porque no soporto la idea de estar en un solo sitio. Tal vez sí un carro, pero con la intención de irme de viaje a recorrer todos los rinconcitos de mi país, sus plazas de mercado, su gente linda y buena. Conocer todos los paisajes y llorar sus hermosuras.

El amor que siento por viajar es real. Amo ver las fotos de los viajes de los demás porque me hacen pensar que si otros lo están haciendo yo también puedo. Nunca siento envidia, por el contrario, son mi inspiración. Gracias a muchos de ustedes he descubierto que hay lugares inimaginables y personas preciosas y curiosas que también pueden ser mis amigos. Viajar me ha permitido vivir la vida que yo siempre quise vivir: sin tener un gran cargo, ni un salario elevado, ni reconocimientos, ni premios. Gasto lo que puedo, vivo con lo que tengo y voy a donde quiero.

El secreto de la felicidad es la simplicidad.

Por ahora mis planes están un poco truncados. Como les dije el cáncer volvió a mí. Hoy salí de mi quimioterapia número treinta y tres (ya había celebrado la culminación pero me mandaron tres de refuerzo, nada importante), faltan dos cirugías, me van a quitar los dos senos en aproximadamente un mes y seguramente más adelante los ovarios también, ya que mi examen de genética determinó una mutación del cáncer que indica un altísimo riesgo de reincidencia.

Poli Salavarrieta

Poli Salavarrieta

En fin, ya no me detengo más en esas pequeñeces. Hay algo mejor por hacer y es disfrutar, vivir. Sé que no soy la mejor persona del mundo. He fallado, como casi todos, me he portado mal, he hecho sufrir, he quedado mal, he mentido y juzgado, soy humana, pero reconozco mis errores y no quiero parar de mejorar. Estoy tratando de resarcir lo malo que soy, me estoy pidiendo perdón, me estoy aprehendiendo a amar más que a nadie. También voy a pedir perdón a quienes les he hecho daño, voy a ver a los que tengo olvidados, voy a compartir tiempo de más calidad con la gente que me quiere y no voy a desfallecer en mi tratamiento. Esta lucha es compartida.

¡Gracias a todos los que siempre están!

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Nota: Este texto fue publicado el 10 de abril de 2018 en el perfil de Facebook de la autora, tres meses y dieciocho días antes de su muerte, en el Hospital San Ignacio de la ciudad de Bogotá, Colombia.

En Memoria de Luz Ángela Merchán (Poli Salavarrieta).

Luz Ángela Merchán (Poli) era una persona muy extrovertida, de gustos extraños, amaba la bachata, le gustaba el grafiti y tenía pinta de rockera y punkera. Le encantaban los tatuajes, ya que estos le permitían plasmar en su piel cada momento vivido. Era muy apasionada por el estudio, llegó a estudiar varias carreras como electromedicina y administración de empresas; también hizo una especialización en docencia pues su sueño siempre fue ser docente y así lo hizo, ejerciendo como tal en la Fundación Universitaria INPAHU. Luz era una mujer que lograba cumplir todo lo que se proponía, le fascinaba viajar y su mayor inspiración y fortaleza siempre fue su familia. Mujer valerosa, inigualable y única. Ella decía: “yo vine a la vida para ser ejemplo, para dejar huella”. Siempre alegre y sonriente hasta en sus peores momentos. Nos enseñó el verdadero sentido y valor de la vida. Una mujer de nunca rendirse, noble, servicial y de gran corazón hasta el último día de su vida, día en que decidió soltar su armadura para abrir sus hermosas alas y volar.

 

 

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