El veterinario Ricardo Forastieri convirtió al perro que los aztecas engordaban en campeón internacional de belleza. El xoloitzcuintle, la raza más antigua de México, tiene hoy su epicentro en Tijuana, la esquina de Latinoamérica, gracias a un criadero financiado por el plutócrata Jorge Hank Rohn.  Juntos, están diseñando una nueva raza de perros:  mezcla de perro y lobo.

Ricardo Forastieri tiene una cicatriz en el cuello. No se la hizo ninguno de los lobos que cuida. Tampoco un ataque de los perro-lobos que cruza o los pastores alemanes que entrena: al veterinario y adiestrador Ricardo Forestieri lo marcó para siempre un perro callejero. Tenía 6 años, caminaba con su madre por la Ciudad de México.

Cuarenta y dos años después, en Tijuana, coexiste con trescientos perros pelones y desdentados, sin que el recuerdo del ataque le cause más que una ligera sonrisa. Al frente del Criadero Caliente ―el más grande del mundo especializado en la crianza del xoloitzcuintle― al veterinario nada le tiene más confiado: por causas genéticas, al xoloitzcuintle apenas si le crecen algunos dientes.

En una bodega convertida en oficina pero usada como bodega, iluminada apenas por las lámparas de una pecera de tres metros y por la pantalla de una computadora, el veterinario avisa que los perros dejarán de ladrar cuando olviden a los desconocidos.

La jauría es incontrolable: el sonido inaguantable, la peste insostenible. Afuera, en cientos de jaulas blancas, ladridos de perros negros, de perros rojos, de perros pelones. Adentro, en la recepción, el teléfono timbra una y otra vez. Afuera, un comité de veterinarias persigue, grita, regaña a un xoloitzcuintle que escapó, con la cola escondida, despavorido de sus vacunas. Adentro, una secretaria a voz relajada atiende las llamadas.

En esta media luz, en este medio caos, en esta media bodega, Forastieri frunce el ceño por el cuello arrugado de su chaqueta que no ha logrado acomodar, pero no por el ladrido tumultuario de los perros. O por la peste de cientos de hocicos nerviosos y babeantes. O por los charcos de orines con agua formados cerca de su oficina. Son las cinco de la tarde y a la orquesta de perros sin dientes se le ha sumado ya un coro de lobos. «Tienen sus horas para aullar», dice Forastieri. Y se acomoda con las manos los hilos de cabello que le quedan, a ojos cerrados y sonrisa plácida. Cada vez que el médico veterinario habla sobre la piel pelona del xolo, apunta sonriente como referencia su propia cabeza: una de entradas pronunciadas.

Forastieri está casi calvo, como está casi calvo el xoloitzcuintle, el perro azteca al que ha dedicado su vida los últimos años, el perro por el que instaló su casa junto a cientos de jaulas, el perro por el que decidió construir un área de maternidad próxima al patio de su vivienda, el perro por el que ha criado 2 mil ejemplares, y contando, el perro por el que se hizo compadre de Jorge Hank Rhon, el político mexicano que financia las operaciones del criadero, el perro por el que ha viajado a Rusia, China, Perú, Puerto Rico, Alemania, Estados Unidos, Rumania, Cuba, Ecuador, Italia y España para concursar en certámenes caninos de belleza.

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Del refrán «perro que ladra no muerde», el veterinario hizo su modus vivendi. Los xoloitzcuintles apenas pueden morder su alimento ―croqueta convencional para la raza más antigua del mundo, 3 mil 500 años― porque las características de su organismo, su fenotipo, dicta que el perro no necesita premolares. El fenotipo se llama displasia ectodérmica. En un humano, los síntomas de la displasia ectodérmica pueden ser la ausencia de lágrimas o su incapacidad para sudar. En el xoloitzcuintle, la falta de pelo y de algunos dientes. La genética de la censura. Esta raza no necesita dientes porque los aztecas, hace más de 3 mil 500 años, la alimentaban con restos blandos de comida. Los premolares se dejaron de usar, se cayeron y entonces nacieron xoloitzcuintles sin dientes.

Xoloitzcuintle: «perro pelón», del náhuatl xoloitzcuintli.

En cuanto al pelo, la raza más antigua es también la más moderna. La hipótesis de Forastieri es que el xoloitzcuintle se adaptó, antes que cualquier otro perro, al clima del planeta: «Hace años vi a un xolo sudar, aunque se supone que los perros no sudan excepto por los cojinetes plantares» ―cojinetes plantares: almohadillas en las patas.

Horacio Almanza, doctor en genética y biología celular estudió la piel del perro y encontró que el xoloitzcuintle tiene glándulas sudoríparas en todo el cuerpo. Forastieri y el científico descubrieron que hace 3 mil años, el planeta tenía dos grados más de temperatura. «La mejor manera de adaptarse al hábitat tropical del xolo, era tirando pelo y sudando para evitar el golpe de calor», explica Almanza en un laboratorio de la facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Autónoma de Baja California.

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Hace cuatro años que Ricardo Forastieri comenzó a diseñar una nueva raza: la Calupoh. Jorge Hank Rhon, el dueño del criadero Caliente, el dueño de un club hípico, el propietario de un zoológico privado, el directivo de las casas de apuestas Caliente ―hay casinos Caliente en más de 15 países―, el fundador del Club Tijuana Xoloitzcuintles, el directivo de agencias de viajes, de hoteles y plazas comerciales, le ordenó a Forastieri diseñar la tercera raza mexicana: el Calupoh, un perro-lobo color negro.

«Es un proyecto nacionalista», dice Forastieri, desde Tijuana, la esquina de Latinoamérica. México tiene dos razas endémicas: la xoloitzcuintle y la chihuahua. Hank quiere legar la Calupoh. Cuando el proyecto arrancó, algunos cachorros de la primera camada nacieron con defectos estéticos y otros con malformaciones: unos pardos, o con prognatismo, o con agnatismo, o con los ojos desorbitados; el equipo de veterinarios los castraba para que la nueva raza mantuviera su pureza. Y de nuevo, la genética de la censura.

Tardaron más en nacer las primeras camadas Calupoh sin defectos, que Jorge Hank en regalarlas. Los amigos cercanos del empresario tuvieron que preparar espacio en sus casas para un perro-lobo. Algunos, como Mario, no han logrado una conexión con su mascota, el perro negro que vive en constante desconfianza, detrás de un par de piernas.

El proyecto de Hank, ejecutado por Forastieri, es hacer una raza con la estética de lobo y el comportamiento del perro: acompañamiento y protección. A la nueva raza la bautizaron como Calupoh ―Canis lupus: nombre científico del lobo. Canis lupus familiaris: perro doméstico. La hache, desde luego, un homenaje al apellido Hank.

Para que el Calupoh se reconozca como raza, debe conseguir su registro ante la Federación Canófila Mexicana y ante la Federación Cinológica Internacional.

Una empresa genealógica que le llevará varios años de su vida: Forastieri debe lograr 700 ejemplares auténticos, sanos, puros, a través de siete familias distintas. En los primeros tres años del proyecto, el registro apunta 150 cachorros Calupoh. «Vamos bastante bien», dice, sonriente, el veterinario.

A la buena disposición, hay que sumar voluntad para resolver los trámites. Probar el registro genealógico de cada uno de los ejemplares, fotografías de cada perro, bitácoras del progreso, descripción de los estándares, métodos de crianza y particularidades de la raza. Y saber esperar: las últimas dos razas que la FCI incluyó en su nomenclatura de razas «aceptadas provisionalmente» ―aceptadas provisionalmente: no pueden participar en certámenes de belleza―, son el bangkaew tailandés,  aceptada en 2011 y el pastor rumano de Bucovina, que fue aceptado en 2009.

El proyecto nacionalista es una batalla de resistencia: nada que sorprenda al mexicano.

—¿De qué razas nace el Calupoh?

—No te voy a dar mi receta.

La genética de la censura.

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¿Dónde termina tanto xoloitzcuintle? El criadero vende al público xolos purasangre, pero Jorge Hank es un millonario generoso. Cuando llama al criadero por teléfono y pregunta por cachorros, Forastieri sabe que tendrá que despedirse de algún pequeño ese mismo día.

—¿Y qué cachorros tenemos disponibles? ―pregunta Jorge Hank.

Y Forastieri responde.

—¿Y qué edades tienen?

Y Forastieri detalla.

—¿Y qué color y qué altura tienen?

Y Forastieri explica y manda bañar, humectar con crema corporal y perfumar al cachorro seleccionado. Después llega un mensajero a recoger al perro. «Es una muestra de afecto que hace Jorge Hank a sus amigos», explica Andrés Garza Chávez, un consejero del poder judicial del estado. El abogado recuerda la tarde que Hank Rhon le regaló un par de xoloitzcuintles: lo mandó llamar a su oficina y le entregó, de mano a mano, dos cachorros pelones. Pero la meta del criadero no se olvida: para conservar la pureza de la raza, para conservar el negocio, todo cachorro sale esterilizado. Sea vendido o regalado.

Con tanto amor por el xoloitzcuintle de por medio, es de esperarse que entre Jorge Hank Rhon y Ricardo Forastieri exista una relación más allá de lo laboral: Hank es padrino del hijo más chico de Forastieri.

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Un niño, con las manos ensangrentadas, con una camisa manchada de rojo, con una sonrisa en la boca, con los párpados en desuso, con la boca abierta, con la cabeza llena de preguntas, asiste en el parto de una rottweiler.

Endo, rottweiler semental, ha preñado a una hembra por primera vez, y el pequeño Mario Forastieri, ha insistido en ayudar a su papá. Tiene diez años y un gesto de emoción: por sus manos pasan uno, dos, tres, cuatro cachorros con rastros de placenta, bañados en sangre, con los ojos cerrados, después que su madre los ha lamido. Mario Forastieri los seca y los deja en las tetas de la madre.

En la casa de los Forastieri todos se interesan por los perros. En temporada de frío, algunos cachorros xoloitzcuintles portan la camiseta rojinegra del equipo de fútbol que lleva su nombre. Ricardo Forastieri y familia se la quitan por ellos. En una nochebuena, cuando los empleados del criadero se ausentaron sin avisar, los Forastieri ―dos hijos, la esposa, el propio R. F.― se quitó la ropa de gala para hacer la tarea que hasta los empleados eluden: limpiar todas las jaulas y los pasillos del criadero. Sólo después vino la cena de navidad.

En otra noche, en otra época, la familia durmió en puertas de tambor, acostadas sobre cubetas de jabón. Mario, el primogénito, tenía dos años y su hermano Rodrigo no nacía. Los tres se envolvieron en cobijas y esperaron el parto de la primera cría de xoloitzcuintles del criadero. El área de maternidad se volvió la casa de los Forastieri un par de noches porque el criadero no tenía veterinario nocturno. Hoy tiene un médico de guardia y cámaras de videovigilancia en las cunas de maternidad.

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R. F. con un pene erecto de perro en las manos, con guantes de látex, con un recipiente de plástico, con líquido seminal, con una sonrisa en la boca, en el quirófano del criadero.

Frente al Amigo, una hembra en celo, con la vulva inflamada, con la lengua de fuera, con las patas frontales mojadas por su propia saliva, con las patas traseras abiertas.

No es la primera vez que Forastieri extrae semen del Amigo. El legado del Amigo es imperioso: el pastor alemán negro, el último perro que Hank recibió de su papá ―Hank llama «mi Dios» a su padre―, está en edad avanzada y Forastieri debe garantizar a Hank Rhon más generaciones purasangre de ese pastor alemán negro.

El médico hace que el macho huela a la hembra. Permite un par de lamidas: la lengua repasa la vulva dilatada, rosada, de la hembra. Los dientes del Amigo castañetean a velocidad admirable. El macho, excitado, coloca su peso en las patas traseras y se abalanza por la perra. En un segundo, cuando intenta montarla, Forastieri atrapa el pene con la mano, ordena retirar a la hembra, estira el prepucio del Amigo y extrae por completo el glande, rojo, punzante. Lo jala, a modo de masturbación, un par de veces. Coloca la punta del pene en el recipiente de plástico transparente y mantiene presionado el glande. El Amigo se mueve como si estuviera dentro de la hembra: el animal, engañado, copula con la mano de Forastieri. Con la mano que más tarde insertará el semen del Amigo en la vagina de otra hembra.

Si Onán, el personaje del libro del génesis «vertía en tierra su semilla» para no embarazar a Tamar, viuda de su hermano, el Amigo derramaba semen en envases de polipropileno de producción aséptica a favor de su descendencia. Al primero lo mató Dios y al segundo el cáncer.

En un sillón de la oficina de R. F., hay un pastor alemán negro que apunta el hocico a la puerta: es el Amigo, disecado. El ejemplar tiene las orejas paradas, el cuerpo echado, la cola enroscada y la mirada serena. El taxidermista lo dejó en una pose de serenidad. «Es un regalo para el ingeniero Hank, que no le he entregado». Forastieri sabe que la inmortalidad del perro será un regalo apreciado por el magnate. Cuando Hank era alcalde de Tijuana ―la quinta ciudad más importante de México―, el pastor alemán lo seguía para todos lados.

«Hay millonarios que coleccionan autos, barcos o propiedades y está Hank que colecciona xoloitzcuintles», dice el médico que cría y atiende los perros del patrón.

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Ricardo Forastieri llegó a un punto en su vida donde entrenar perros no era suficiente: el médico quería comprenderlos. Cuando Charles Darwin tenía ocupadas las manos, se guardaba insectos en la boca. Era tanta su obsesión por estudiar y entender a los animales, que no los dejaba escapar.

Escribió en su autobiografía: «¡Ay! Expulsó un líquido intensamente acre que me quemó la lengua y que me obligó a escupir el escarabajo». En su búsqueda por comprender a los lobos, el poeta nicaragüense Rubén Darío dio voz a una bestia en Los motivos del lobo: «Y su risa fue como agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera y me sentí lobo malo de repente, mas siempre mejor que esa mala gente».

Como sea, Forastieri entendió a los perros con base en estudios y mordidas. Los motivos del perro. Así que estudiar medicina veterinaria sólo le dejó un sentimiento de insatisfacción. «Yo digo que me equivoqué de carrera». Luego vino el estudio de psicología y después se documentó sobre etología. Aprendió a analizar el comportamiento de los animales. Cuando abandonó psicología siguió documentándose en etología.

—Es la estructura social más parecida al humano. Es la especie más fascinante para mí.

—¿Entender a los perros para entender a los humanos?

—No. A los humanos los entiendo muy bien. Los canideos son otra cosa: son pureza. Son energía.

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El xoloitzcuintle es prófugo de la extinción en un país empeñado en acabar con sus especies endémicas. En México peligra el jaguar, el mono araña, el lobo mexicano, la vaquita marina, el ocelote, el armadillo de cola desnuda, el oso hormiguero, el ajolote, la totoaba… «El xolo es muy rústico. Difícilmente se enferma», dice Forastieri. «Es que se adapta increíblemente a toda situación». En Rusia, un país donde los humanos pierden sus lóbulos por el frío y la raza canina endémica es el husky siberiano ―husky siberiano: de pelaje generoso, diseñado para jalar trineos en las montañas de Siberia―, hay 3 mil xoloitzcuintles registrados. Es el segundo país con más xolos documentados. Suecia es el tercero: registra 2 mil 500 perros pelones. La Federación Canófila Mexicana documenta 800 xoloitzcuintles cada año: el 0.7% del registro nacional de razas.

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En tiempos de los aztecas, el xoloitzcuintle era criado como perro de compañía. Cuando la compañía no era suficiente, el xoloitzcuintle se convertía en alimento. Los aztecas aprendieron que para las largas expediciones, era mejor la comida que se transporta sola. Los primeros animales de engorda en Mesoamérica fueron el xoloitzcuintle y el guajolote.

El xoloitzcuintle desciende del lobo y los cerdos de los barcos españoles. El registro más antiguo que se tiene del perro azteca se escribió entre 1540 y 1585 en el libro La historia general de las cosas de la Nueva España, del franciscano Bernardino Sahagún ―Bernardino Sahagún: el cronista más confiable para los historiadores por aplicar una metodología en su investigación; separaba a los indígenas y los entrevistaba en náhuatl. Sólo registraba las versiones que coincidían― cita: «Otros perrillos criaban lo que llamaban xoloitzcuintle que apenitas ningún pelo tenían, y de noche abrigábanlos con mantas para dormir».

La cosmovisión de los aztecas dice que al morir de forma natural, el espíritu se va al interior de la tierra, pero debe atravesar nueve espacios del inframundo: el primero es Apanohuaia, un río  que los espíritus cruzan con ayuda de los perros xoloitzcuintles. Los aztecas preferían al perro rojizo, porque era el que destacaba en la oscuridad.

Rojos, como el Hermoso que tanto quiso Jorge Hank Rhon.

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Ahora el Patronato Nacional Xoloitzcuintle, encabezado por Forastieri, busca que el presidente de México declare al perro azteca patrimonio histórico y cultural y que se diseñen políticas para proteger su conservación. En 2012 se presentó en la cámara de senadores un estudio sobre la historia del perro azteca y su importancia cultural con el propósito de preservar la raza. El estudio, desde luego, lo financió el criadero Caliente. «El propósito es preservar la raza mexicana, que tiene más de 3 mil años», explica R. F. desde el recibidor de su casa. La iniciativa de ley se mantiene en iniciativa. La política de la censura.

Pero la ciencia responde al llamado.

La iniciativa ahora busca ampliarse con pruebas científicas, porque, como se ha dicho, Hank y Forastieri quieren que el xoloitzcuintle sea primero, patrimonio de México y después patrimonio de la humanidad.

Entonces Forastieri pidió a propietarios de perros con característica de xolo que le donaran muestras de sangre de sus mascotas, en la fase de investigación genética. Amigos y conocidos con criaderos de xolos en el Distrito Federal, en Colima, en Yucatán y desde luego, del criadero Caliente, en Baja California extrajeron sangre que después se concentró en Tijuana donde el doctor en genética y biología molecular, Horacio Almanza, dirigió el estudio poblacional.

Horacio con una sonrisa, con la espalda arqueada, con bata, con anteojos apretados al tabique, con la mirada sobre tubos de polipropileno.

Hace poco más de ¿cuántos? años que inició con la investigación para identificar el genoma de la raza xoloitzcuintle, y por fin, delante de él, están las últimas muestras de sangre que necesitaba para terminar con el estudio poblacional.

Almanza es un doctor que ha centrado sus últimas investigaciones en reconstruir tejido necrosado ―muerto: amarillo y negro; reseco y hediondo―, de personas con pie diabético con ayuda de una solución de nanopartículas de plata.

Nunca antes, la sangre de un animal había causado emoción en Horacio Almanza. De trabajar con piel muerta de humanos, a trabajar con los genes de un perro que destaca por su piel, hay una sonrisa de por medio: esta que hoy, frente a los tubos con sangre, muestra el doctor.

En ese lapso, durante los dos años, el genetista recibió 104 tubos de sangre mezclada en anticoagulante y etiquetados a detalle, a conciencia: clave de identificación, número de perro, clave del estado proveniente, día, mes, año, hora y minutos de la toma de muestra.

Lo que hizo, conforme llegaron los tubos cargados de sangre, fue lo que hará con estos mismos ahora: extraer el ADN ―ácido desoxirribonucleico― de los cromosomas y comparar alelos de cada perro.

―Es parecido a una prueba de paternidad. ¿Te la han hecho?

Horacio ríe.

Horacio explica.

Se trata de reventar, a base de soluciones químicas y fuerza centrífuga, una célula ―zoom in a célula: elemento vivo de menor tamaño― para extraer los cromosomas ―zoom in a cromosoma: bastoncillo en forma de equis que contiene información del ADN― y comparar alelos ―zoom in a alelo: variación o alternativas de un gen (digamos, ojos café, ojos verdes o melena poblada o calvicie)―.

Luego extrajo ADN de un hueso de xoloitzcuintle de 1,200 años que el Instituto Nacional de Antropología e Historia encontró en unas tumbas prehispánicas en Michoacán, al sureste de México.

Usó un taladro para pulverizar el hueso.

Usó anticoagulante; usó proteinasa K; usó agua molecular; usó fenol cloroformo alcohol isoamílico; usó centrifugadora; usó alcohol etílico puro; usó etanol y usó alcohol, para extraer el ADN del polvo, para extraer los alelos del xoloitzcuintle de prehispánico.

Después comparó alelos de los 104 perros con alelos del hueso.

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Podemos decir, sin temor a equivocarnos, por cálculos de genética de población, que los xolos actuales, son auténticos descendientes de los perros que criaban los aztecas, de los aztecas que hacían la danza Macehualiztli.

El doctor Almanza encontró que los alelos de los xolos que hoy viven, tienen 75% de similitud con los alelos del hueso prehispánico. De cuatro alelos del perro mexicano, tres los tenía el perro de los aztecas. Los 104 xoloitzcuintles comparten los alelos 227, 118, 273 y 235. El hueso del perro pelón, 227, 118 y 273.

«Hay genes que se fijan de generación en generación», escapa de la sonrisa del doctor Horacio Almanza, después de anunciar los resultados a Hank, a Forastieri, a los invitados, a los periodistas.

Forastieri con traje gris, con camisa blanca, con zapatos negros, «Son dos objetivos, poner a disposición gratuita de criadores, los datos genéticos para que haya una raza xoloitzcuintle pura y que con las pruebas científicas se declare a la raza como patrimonio nacional».

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Hay más parecido entre Ricardo Forastieri y la raza xoloitzcuintle que la falta de pelo y cabello. El médico sobrevivió a los perros y el perro a los humanos: «el ataque definió mi vida».

Esta crónica forma parte del libro “Crónicas Cardinales” de Marco Tulio Castro

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Sobre El Autor

Marco Tulio Castro

Director editorial de Newsweek en Español en B.C. Socio directivo en txto.mx y director fundador de @RevistaDiez4 Autor de Crónicas Cardinales (ICBC 2015). @tulioes

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