Poco antes de cumplir los 13 años, Arukin Torres, un joven arhuaco de pelo negro enroscado y ojos marrones, tomó asiento en un banco ceremonial de una edificación de bareque de techo cónico, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en el noreste de Colombia. Tenso y algo asustado, aguardaba el inicio del ritual del que tanto le habían hablado sus padres y sus mayores. Durante cuatro días y cuatro noches del mes de enero de 1997 tendría que mantenerse despierto sobre una incómoda banca de cuatro patas llamada kankawa, escuchando atento las palabras de los mamos que se congregaban a su alrededor.La ceremonia marcaría su paso de la niñez a la edad adulta y le permitiría participar de manera activa en las discusiones de la comunidad. Sería un hombre arhuaco, finalmente, y por fin todos lo respetarían como tal. Aún más importante, al menos para él, las cuatro noches en vela culminarían con el permiso oficial para utilizar su propio poporo. Desde que tenía memoria los veía en las manos de los hombres.

 

Esta nota forma parte de un intercambio entre Late y VICE.

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El poporo es un calabazo seco, endémico de la Sierra Nevada, en cuyo interior se guarda el polvo de conchas de mar que se mezcla con el ayu, la palabra arhuaca para la hoja de coca. Los hombres forman una bola de hojas de coca tostada y la introducen en su cachete para poco a poco ir sacando sus jugos. Utilizando un madero llamado sokʉnʉ, recogen del interior del calabazo el polvo de conchas tinturado con una flor amarilla llamada moroche, y lo mezclan con las hojas en sus bocas. Luego sacan el madero y restriegan la combinación de saliva, hojas húmedas y conchas contra la parte superior del calabazo, pintándolo poco a poco de un color amarillo verdoso, que con el tiempo crece en volumen. Incesantes, frotan el madero contra el poporo hasta que nuevamente sacan más polvo y repiten una y otra vez todo el proceso.

Una masa amarillenta se forma sobre la parte superior del poporo, un calabazo endémico de la Sierra Nevada donde se guarda el polvo de conchas de mar tinturado con una flor amarilla. Foto: Aitor Sáez

Una masa amarillenta se forma sobre la parte superior del poporo, un calabazo endémico de la Sierra Nevada donde se guarda el polvo de conchas de mar tinturado con una flor amarilla. Foto: Aitor Sáez

Sería la primera vez que Arukin lo probaba, pues las mujeres y los niños lo tenían prohibido. No tenía idea de cuál sería el sabor o el efecto que experimentaría. Quizás se volvería más sabio, o quizás sería más fuerte apenas el ayu entrara en contacto con su boca. Los adultos le mirarían diferente, de eso estaba seguro. Podría sentarse junto a su abuelo, el mamo Apolinar Torres, y discutir sobre el universo y los problemas de su comunidad. Deseaba ser como él lo antes posible: respetado, venerado, un mamo cuyo consejo veneraban arhuacos de toda la Sierra.

Antes de ello, sin embargo, debía solventar las casi 96 horas de vigilia. Como ayuda, un mamo le entregaría un poporo y un puñado de ayu tostado para que formara una bola en su cachete izquierdo y empezara a seguir los pasos de sus mayores. Debía mantenerse erguido sobre el asiento, espantando el sueño y sosteniendo el poporo entre sus manos. Si se dormía o lo dejaba caer, fallaría y se expondría al ridículo público, a admitir que aún era un niño y merecía ser tratado como tal.

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Una mañana de mayo de 2017, atravesé una reja de hierro recubierta de mochilas de lana en la Casa Indígena de Valledupar. Me acompañaba el fotógrafo español Aitor Sáez, quien se había encargado de establecer el contacto con la Asociación de Autoridades Arhuacas de la Sierra Nevada (ASO-CIT) para hablar sobre el consumo de ayu y la cultura del poporeo. Una planta de coca de la variedad Erythroxilum novogranatense, la coca endémica de Colombia, se elevaba casi dos metros sobre el suelo polvoriento del patio interior. Sus semillas rojas, similares en tono a los chochos, sobresalían entre las hojas verde-amarillas y el gris del concreto cercano.

El uso de la coca en la Sierra Nevada se remonta cuando menos a la cultura de San Agustín, hacia el siglo I después de Cristo.

Desde hace miles de años, indígenas de Sudamérica han consumido diversas variedades de coca. En 2010, arqueólogos de la universidad de Cambridge hallaron rastros de hojas de Erythroxilum coca, la variedad común en Bolivia y los países circundantes, en el piso de casas de alrededor de 8.000 años de antigüedad en el Valle de Nanchoc, en Perú. En Chile, un análisis capilar de momias de hace más de 2.000 años concluyó que los indígenas de la zona mascaban hojas de coca desde por lo menos esa época. En Colombia, según algunos antropólogos, el uso de la coca se remonta cuando menos a la cultura de San Agustín, hacia el siglo I después de Cristo.

Hoy, la Sierra Nevada, como ciertas zonas del Amazonas, Nariño, Putumayo y Cauca, es uno de los pocos lugares del país donde las hojas de esta planta aún se cultivan para suplir una demanda local que —cuando menos a primera vista— tiene poco o nada que ver con el célebre alcaloide naturalmente producido en por lo menos tres variedades de las plantas Erythroxilum, el género al cual pertenece la mata de coca.

Una mujer indígena camina entre las matas de coca del poblado de Umuriwa, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Foto: Aitor Sáez

Una mujer indígena camina entre las matas de coca del poblado de Umuriwa, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Foto: Aitor Sáez

Los indígenas de estas regiones hablan de un uso ancestral de esta planta relacionado con nociones culturales y religiosas, y hay leyes que permiten cultivarla y comercializarla con estos fines. Allí, en Valledupar, buscábamos poder entender el alcance y la realidad de las nociones culturales que sustentan el consumo de los arhuacos. ¿Es real el andamiaje cultural que existe alrededor del poporo? O, por el contrario, ¿es este andamiaje una excusa para justificar la extracción de la cocaína que se encuentra en las hojas de ayu y experimentar sus efectos psicoactivos como la euforia o la energía?

La idea era que los arhuacos nos ayudaran a resolver ese interrogante y que nos dejaran probar las hojas para entender los efectos que pueden llegar a causar en el organismo. Nunca había probado las hojas de coca ni la cocaína, por lo que estaba algo ansioso por lo que pudiera llegar a suceder.

En la Casa Indígena, Cheyka Torres, una joven mujer arhuaca encargada de la comercialización de mochilas en ASO-CIT, se presentó y nos condujo a una habitación con aire acondicionado. Vestía una túnica de algodón blanco y una faja habana que contrastaba con un collar de shakiras azules, verdes, rojas, negras y rosa. “Lo que pasa es que todos en la Sierra cultivamos la mata de coca. No en grandes extensiones, pero sí veinte o treinta matas por cada finca”, nos dijo. Dado que el consumo de ayu estaba limitado a los hombres, no podía hablarnos en detalle sobre el tema. No obstante, los mamos de comunidades cercanas podrían ayudarnos.

Al poco tiempo, un indígena cruzó el umbral ataviado con el tradicional sombrero y vestido de algodón blanco. Cargaba dos mochilas de lana entre cruzadas sobre su pecho, varias pulseras de algodón claro amarradas en ambos brazos, y un celular Samsung último modelo siempre a la mano. Se presentó rápidamente y se ubicó bajo el aire acondicionado. Su nombre era Arukin Torres, pero no estaba relacionado con Cheyka. Su apellido era uno de los pocos que los monjes capuchinos otorgaron a los indígenas cuando, en 1916, se establecieron y empezaron a hacer bautizos y registros en Nabusímake, la capital del resguardo arhuaco. De ahí que la mayoría de los arhuacos, así no compartan parentesco, tengan apellidos como Torres, Durán o Chaparro.

La hoja de coca es sagrada para los arhuacos, dijo Arukin. Es la representación de la tierra que se mezcla con el mar, simbolizado dentro del poporo por el polvo de conchas marinas. Hay cuatro poporos, uno por cada uno de los cuatro pueblos de la Sierra: los arhuacos o ikʉ, los koguis, los kankwamos y los wiwa. “Se ha desconocido lo sagrado que es el poporo para nosotros –dijo refiriéndose a pueblos indígenas del interior que recientemente se han apropiado de la práctica–. Se ha comenzado a menoscabar la filosofía alrededor de éste”. Tomó un marcador y dibujó en un tablero un poporo –jo’buru, en lengua arhuaca. “El poporo es sagrado para pensar, para escribir, para tener la calma que tiene la mujer”, continuó sin detenerse.

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El día anterior al inicio del ritual que debía marcar el fin de su niñez, Arukin Torres eligió su poporo. Se decía que la escogencia del calabazo indicaba el gusto que se tenía por un tipo de mujer. Hay poporos de todas las formas y tamaños, y estos, según contaban los mayores, tenían su forma de mujer correspondiente. Hay poporos largos y delgados, poporos cuya silueta se asemeja a un reloj de arena, poporos chatos y caderones, poporos ligeros y poporos gruesos. Aquel día, Arukin escogió uno ni muy alto, ni muy chico, de mediano tamaño, pues incluso a los doce años intuía que nunca podría bailar bien con una mujer alta.

Después de elegir el calabazo, vino un rito de purificación que involucraba confesar si habían tenido relaciones sexuales. Los arhuacos no deben tener sexo antes del matrimonio. Por tanto, aquellos que habían incumplido dicho precepto debían buscar a la mujer en cuestión y peregrinar hasta el lugar donde sucedió el acto para reclamar a la tierra la energía derramada. No tenía caso mentir, pues los mamos eran expertos leyendo los rostros de quienes mentían. Uno a uno, pasaban haciendo la pregunta y observando atentamente la expresión de los presentes. Arukin aún era muy joven así que no pasó mayores penas en aquella etapa. Pero hubo varios de sus compañeros que se vieron obligados a admitir lo hecho frente a todos. Previo a la primera noche de poporeo, un par de ellos hicieron la penosa travesía acompañados de sus parejas sexuales y ante los ojos de toda la comunidad.

Un indígena arhuaco descansa con sus dos mochilas sobre sus piernas, mientras tuesta algunas hojas. Foto: Aitor Sáez

Un indígena arhuaco descansa con sus dos mochilas sobre sus piernas, mientras tuesta algunas hojas. Foto: Aitor Sáez

Tras la purificación, todos aguardaban ansiosos alrededor de un fuego en el medio de la kankurua, (como se llama la edificación de bareque de techo cónico).  Los mamos pasaron entregando un pequeño recipiente para que, más adelante, cada uno pudiera escupir las hojas de ayu una vez perdieran el sabor. El mayor Felipe Torres, sobrino de su abuelo y una de las más altas autoridades de la comunidad, se acercó a Arukin con una mochila. Con sus enormes manos, tomó un puñado de hojas y las entregó al niño. Como pudo, Arukin las acomodó en su boca. Con el cachete a punto de reventar, se esforzó por quedarse quieto y guardar el silencio. No podía quejarse de la cantidad de hojas, ni del sabor amargo y tostado que invadía su paladar. Faltaban cerca de 5.760 minutos para que pudiera siquiera pensar en ello.

A una señal del mamo, el niño tomó su poporo y el madero. Así, rodeado por mamos, el fuego ardiendo a escasos metros, Arukin Torres probó la hoja de coca y dio inicio a cuatro noches continuas de poporeo.

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Frente a la tienda de ASO-CIT, en las afueras de Valledupar, tres indígenas bebían Heinekens en una de las últimas mesas disponibles. Se levantaron para tomarse una selfie con la calle como trasfondo. Sonreían y hacían muecas con los ojos enrojecidos mientras uno de ellos movía la pantalla e intentaba mantener el equilibrio.

Arukin llegó caída la tarde para conducirnos hasta Umuriwa, la comunidad donde dormiríamos esa noche. Antes de partir, pasamos los restos de un mercado que Aitor se había ofrecido a comprar para la comunidad al carro de Arukin, un Renault 4 verde con el nombre ‘El Antojo’ enmarcado en el panorámico. Ya abordo, salimos de Valledupar y bordeamos las antiguas fincas de ‘Jorge 40’ hasta llegar al corregimiento de La Mesa, al norte del Cesar. El pueblo fue el centro de operaciones del Frente Mártires del Cesar de las AUC y el lugar donde, en 2006, se desmovilizaron los cerca de 2.500 hombres del Bloque Norte. La comunidad de Umuriwa se encontraba empotrada en medio del casco urbano.

Los arhuacos reemplazaron la madera tradicional de sus casas por cemento y restringieron el uso de la paja y la palma seca.  

Dejamos el Renault 4 en la casa de Jesús Ramón Torres, comisario de la comunidad, un cargo análogo al del cabildo que en autoridad se encuentra solo por debajo de los mamos, y caminamos unos 500 metros hasta Umuriwa. Una cerca de piedra separaba las construcciones indígenas con sus techos cónicos de las casas de los campesinos de la zona. Los problemas por tierras eran comunes, nos dijo el comisario. Hacía dos semanas, un grupo de indígenas se había enfrentado a campesinos locales que habían ocupado ilegalmente un predio aledaño a la comunidad. Años atrás, durante el auge paramilitar, un grupo de hombres prendió fuego al pueblo indígena una noche cualquiera. En respuesta, los arhuacos reemplazaron la madera tradicional de sus casas por cemento y restringieron el uso de la paja y la palma seca.

Una docena de hombres indígenas nos esperaba en el centro de reuniones de la comunidad, una amplia edificación de acústica pobre rellena de bancas, pupitres y sillas plásticas. Todos tenían un poporo entre sus manos. De vez en cuando, apoyaban el madero contra el dedo gordo mientras lo sostenían entre el índice y el corazón para acariciar el calabazo. Uno a uno, Arukin se acercó a ellos, los saludó y extrajo hojas de coca de una de sus dos mochilas. Sonriendo, introdujo un puñado de ayu en la mochila de sus interlocutores y recibió de estos un puñado correspondiente. La hoja de coca cumple una función social para los arhuacos, explicaría más tarde. Se intercambia el ayu con conocidos, familiares y amigos como una muestra de respeto, como una muestra de que aquella otra persona es merecedora de lo sagrado. Por esa razón, casi todos los días los arhuacos cargan con dos mochilas llenas de hojas de coca: una con hojas de mala calidad para intercambiar con otros hombres y otra con hojas selectas para su consumo personal.

Un grupo de jóvenes poporean mientras conversan en el centro de reuniones de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

Un grupo de jóvenes poporean mientras conversan en el centro de reuniones de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

Arukin nos ofreció un par de asientos y se acomodó en el centro del salón. Enormes cilindros entre amarillos y verdes crecían alrededor de la cabeza de la mayoría de los poporos. La mezcla de saliva, hojas y polvo de conchas se adhiere al poporo y, al secarse, va tomando diferentes formas. Algunos se asemejaban a platillos voladores, otros a antiguos sellos mercantiles, y unos tantos más recordaban frutas en distintos tiempos de maduración. Los arhuacos los hacen crecer hasta que su peso les incomoda. Solo entonces siembran un calabazo en sus fincas y los reemplazan, aunque técnicamente siempre es el mismo poporo, ese que recibieron años atrás en el rito de iniciación. “Los pájaros cambian sus plumas, pero nunca su canto”, solía decir el mamo Apolinar Torres, abuelo de Arukin.

El poporo es como una compañera de vida, nos dijo Arukin. No se presta, ni se intercambia. Se debe cuidar como si fuera un ser vivo y por eso su entrega implica responsabilidad. Hoy el rito de la entrega que antes tardaba cuatro días y cuatro noches se hace en una sola y poco a poco se ha ido perdiendo el uso del poporo. “Algunos de los jóvenes no poporean porque dicen que no quieren coger el vicio—intervino el comisario Jesús Ramón Torres durante la reunión—. Escuchan que los mayores dicen que por falta del ayu no quieren comer o están angustiosos o tienen dolor de cabeza. Por esa razón algunos jóvenes dicen que es un vicio y no lo hacen”. (Contrario al consumo de cocaína, no existen estudios que demuestren que el consumo del ayu sea adictivo, mucho menos que produzca síndromes de abstinencia o problemas similares). Y es una lástima, dijo el profesor arhuaco de la escuela local, porque el poporo enseña compromiso y ayuda pensar.

Durante una pausa en la conversación, Aitor preguntó si podíamos probar el ayu. Utilizar el poporo estaba descartado por las restricciones culturales de las que nos venían hablando, pero sin duda podíamos probar las hojas de coca, nos dijeron. Sonriendo, Arukin nos entregó un puñado de hojas y nos indicó que las pusiéramos en la parte interior del cachete izquierdo. Ya era tarde, así que pensé que quizás el ayu serviría para posponer el sueño. Introduje una manotada de hojas en mi cachete. Un sabor agrio con ligeros toques de humo invadió mi boca. A los pocos segundos, perdí la sensación en parte de mi paladar. ¿Sería este el inicio de un efecto de euforia prolongado? ¿Podría así sobrellevar sin problema el resto de la noche? Apuré las hojas restantes para librarme cuanto antes del sabor.

Un joven indígena poporea mientras camina por las calles de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

Un joven indígena poporea mientras camina por las calles de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

Como detalla un estudio de 2009 del Current Medicinal Chemistry Journal, la cocaína, el principal alcaloide derivado de la hoja de coca, produce efectos como la euforia y la excitación por medio de cambios en los químicos que regulan el cerebro. Esta droga actúa bloqueando la recaptación de la dopamina, un neurotransmisor encargado de estimular las neuronas a través de la sinapsis, el espacio que permite la comunicación entre los terminales nerviosos de las neuronas. Normalmente, un tipo de proteína que se encuentra en la membrana de las neuronas se encarga de recapturar la dopamina para luego reutilizarla. La cocaína impide esta recaptación, lo que lleva a que la dopamina se acumule en las sinapsis entre las neuronas, en cierto sentido como dejar apretado un timbre. Esto produce una sobre-estimulación que causa el efecto de euforia y el placer asociados con la droga.

Para provocar lo anterior, la cocaína debe entrar al torrente y llegar el cerebro. En ese sentido, el consumo de las hojas de coca por la vía bucal es una de las peores formas de extraer el alcaloide. Los químicos de la hoja causan que la mucosa bucal y estomacal se cierre. Esta es la única manera por la que la cocaína puede ser absorbida en este caso, por lo que, por esta vía, las propiedades de la planta misma impiden la absorción de parte sus alcaloides. El polvo de concha de mar, un alcalino, ayuda un poco, pero el cambio no es radical. Un estudio comparativo reciente publicado en el journal Emergency Medicine International encontró que la cocaína que se encuentra en el plasma de la sangre luego de mascar hojas de coca es 50 veces menor que aquella en el plasma después de inhalar una línea. “Se debe diferenciar la hoja de coca y la cocaína como se diferencian las uvas del vino”, escriben Katiuska Vera Zambrano y Guillermo Helí Manrique Vaca, dos investigadores que realizaron un estudio comparando el consumo de la cocaína y el poporeo entre indígenas kogui.

Mientras escupía las últimas hojas en mi boca, algunos de los hombres dormitaban apoyados contra la pared, el poporo resguardado en sus mochilas. Los que aún estaban despiertos, poporeaban. En mi caso, el sueño persistía. No sentía nada. No hubo mayores cambios aparte del leve efecto anestésico en mi boca. No hubo sensación de euforia o un repentino golpe de energía. Todo continuaba igual. Algo decepcionado, renové mi lucha contra el sueño. Como un murmullo eterno, el roce de la madera contra la cáscara del calabazo disecado se extendía sin pausa por toda la habitación.

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En enero de 1997, Arukin Torres llevaba ya cuatro días y tres noches sin quedarse dormido. Bueno, eso no era del todo exacto. De vez en cuando, durante el día, aprovechaba los permisos para ir al baño o los descansos entre los rituales de purificación para tomar breves siestas de quince o veinte minutos. Lo importante era que no se había quedado dormido en las noches en la kankurua. Una más y podría acompañar a su abuelo cuando quisiera. Ni los mamos, ni sus compañeros lo habían visto desfallecer. Su poporo permanecía limpio en la mochila. Solo faltaban un par de horas más.

El comisario Jesús Ramón Torres posa para una foto frente a una casa abandonada cerca de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

El comisario Jesús Ramón Torres posa para una foto frente a una casa abandonada cerca de Umuriwa. Foto: Aitor Sáez

Durante las noches, los mamos les hablaban. Los niños y los jóvenes poporeaban alrededor del fuego intentando no quedarse dormidos. Los mamos contaban historias, lecciones de vida sobre la función de los indígenas en la comunidad.

Las historias varían en cada ceremonia, pues dependen de los mamos que las presiden. Hay unas mejores que otras, pero, en general todas apuntan hacia el rol que los indígenas tienen frente a la comunidad y el mundo. Todos los seres y los objetos forman parte de una armonía primigenia que el poporo y el ayu permiten vislumbrar.

Cuenta una leyenda arhuaca que antes de que amaneciera en la creación, cuando todo era oscuridad, todos los seres y los objetos compartían el mismo espacio y vivían como anuqwes o espíritus. En ese entonces, el ayu no se mascaba, ni se usaba para poporear. De hecho, la semilla del ayu solo la tenía un colibrí del tamaño de un dedo meñique llamado terunna. Era el único capaz de controlar el poder de aquella planta, cuya semilla guardaba en su pequeño pico mientras deambulaba en la noche eterna.

Las mujeres se compadecieron y aceptaron darle un beso de despedida. Justo en ese momento, el mamo robó la semilla de la boca de una de ellas.

Hubo un mamo que deseaba ese poder, así que ideó una manera de robar la semilla. Como parte del plan, reunió a un grupo de doncellas y vírgenes y las convenció de que sedujeran al colibrí. Siguiendo las órdenes del mamo, las mujeres encantaron al terunna y tomaron la semilla de su pico. No obstante, antes de que partieran, el colibrí las convenció de que guardaran para sí mismas la semilla de ayu. Al ver que las mujeres no regresaban, el mamo se dio cuenta de lo sucedido e ideó un nuevo plan para obtener aquella fuente de poder. Las mujeres acostumbraban bañarse en una quebrada así que el mamo fue al lugar. Allí, utilizó un encantamiento y adoptó la forma del pequeño colibrí. Transformado, se acercó a ellas y actuó como si estuviera muriendo. Las mujeres se compadecieron y aceptaron darle un beso de despedida. Justo en ese momento, el mamo robó la semilla de la boca de una de ellas.

Con la llegada de la luz, el mamo compartió el ayu con todos los hombres para que utilizaran su poder y se comunicaran con los espíritus y ese mundo de oscuridad. Desde entonces, el terunna, engañado, canta triste en las laderas de la Sierra. En el día, observa y vuela en dirección hacia el sol, increpándolo por el fin de la oscuridad y el tiempo cuando aún poseía el poder del ayu.

Historias semejantes resonaban en la cabeza de Arukin conforme el tiempo avanzaba con el letargo del insomnio. No se sentía capaz de seguir. Sus párpados se cerraban a pesar de sus esfuerzos. Lentamente, el mundo a su alrededor se difuminaba. Era como si la oscuridad le reclamara.

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En Umuriwa, los gallos cantan desde las 2 a.m. y las mujeres inician las labores domésticas hacia las 3:30. En hamacas, en el patio de la casa del comisario Jesús Ramón Torres, Arukin, Aitor y yo intentábamos dormir. Hacia las cinco, el vallenato a todo volumen que escapaba de una casa cercana finalmente nos obligó a levantarnos. Arukin me ofreció más hojas de coca y las rechacé amablemente.

Aitor salió a tomar fotos poco después del desayuno. Un par de mujeres y niños fueron a recoger ayu (en teoría, solo las mujeres pueden hacerlo) y luego un arhuaco con un reloj digital Casio se encargó de tostar las hojas en una olla de barro negro. Algunos de los indígenas nos observaban con cierto cansancio. Bebían tinto recién hecho mientras gallinas, gatos y perros caminaban a su alrededor. Pasamos la mañana dando vueltas por el pueblo. Las mujeres tejían mochilas o jugaban con los niños y los hombres charlaban, aprovechando cada pausa para recoger las conchas de mar dentro de sus poporos y restregar los maderos húmedos sobre el marrón de los calabazos.

Un grupo de indígenas se reúne para hacer sus bailes tradicionales. Foto: Aitor Sáez

Un grupo de indígenas se reúne para hacer sus bailes tradicionales. Foto: Aitor Sáez

En la tarde, cerca de 100 indígenas se reunieron para bailar frente a nosotros. “Se están ganando el almuerzo”, me dijo en voz baja un arhuaco sentado a mi lado mientras una decena de niños se contorneaba al ritmo de un par de tambores. (No solo el almuerzo, como me enteraría más tarde: además del mercado, Aitor tuvo que pagar cerca de medio millón de pesos por los servicios de Arukin, el transporte hasta las comunidades que visitamos, y por el costo de traer al hombre encargado de tostar el ayu, entre otros). “El mal de nosotros los arhuacos es que estamos esperando que vengan de afuera a darnos cosas y solucionarnos nuestros problemas”, me diría más tarde Juan Carlos Durán, un arhuaco de la comunidad de Moroto que se encuentra terminando una maestría en zootecnia en la Universidad Nacional de Bogotá.

Una de las mujeres grababa videos en su celular al tiempo que otros reían o aplaudían.

Era inevitable sentir que se había montado un espectáculo para nosotros. Actividades que supuestamente estaban reservadas a ciertos momentos del calendario lunar se realizaban ante nuestros ojos para que Aitor pudiera tomar las fotos necesarias. Miradas extraviadas, susurros y risas nerviosas parecían indicar que había un elemento teatral en mucho de lo que nos mostraban. No obstante, los aspectos culturales relacionados con el poporo parecían genuinos. En los pocos días que estuvimos en la Sierra, el consumo de la coca entre los arhuacos no parecía ser una cuestión meramente física o psicotrópica. Aunque sin duda estos aspectos juegan un papel —según varios estudios, el consumo de las hojas calma el hambre, ayuda a lidiar con la altura y mejora el desempeño en ejercicios de larga duración y baja intensidad—, éste parecía ser decididamente menor.

Quienes afirman que el consumo de la hoja de coca se asemeja al consumo de basuco o de cocaína pecan o bien por ignorancia o bien por estupidez.

El ayu tiene un significado independiente de su potencial químico. Quienes afirman que el consumo de la hoja de coca se asemeja al consumo de basuco o de cocaína pecan o bien por ignorancia o bien por estupidez. Dicha comparación omite, por un lado, los elementos culturales inherentes al poporeo; y, por otro, el hecho de que el efecto psicotrópico del consumo de ayu, incluso con la cal, es prácticamente nulo, en comparación con la versión refinada del alcaloide.

Cierta estigmatización parece esconderse detrás de la comparación, así ésta busque precisamente lo contrario. “No entiendo cómo en tan poco tiempo una planta que representaba la sabiduría pasó a representar la criminalidad —me dijo Juan Carlos Durán—. Y lo peor es que ni siquiera es el acto o las personas que utilizan la cocaína: es la planta misma”.

Aquí todas las etapas que tienen que ver con el pop oreo, desde la recogida de la hoja, hasta la fricción del madero con el calabazo. Foto: Aitor Sáez

Aquí todas las etapas que tienen que ver con el pop oreo, desde la recogida de la hoja, hasta la fricción del madero con el calabazo. Foto: Aitor Sáez

En la Sierra, cada entrevista deja una frase para describir el poporo.  “El poporo es como nuestra cédula”, me dijo un arhuaco en Ikarwa, una comunidad a poco más de una hora de Valledupar.  “Es como un celular para comunicarse con la naturaleza”, me dijo otro en Umuriwa. “Es como un matrimonio”, me dijo el comisario Jesús Ramón Torres. “Es una filosofía milenaria”, dijo Arukin. “Es la contraparte del huso en las mujeres”, dijo Juan Carlos Durán. “Es una conversación franca, individual y grupal”, agregó. “Es la representación de la tierra”, dijo Adolfo Chaparro, mamo de la comunidad de Ikarwa. “Es algo muy íntimo”, dijo Cheyka Torres. “Es algo inseparable, una extensión del cuerpo”, me dijo otro arhuaco. “No se puede mojar, no se puede dejar caer, no le puede dar mucho el sol; requiere más cuidado que un niño chiquito”, dijo otro más.  “Es algo que los ayuda a pensar. Si no poporean, no piensan bien”, me dijo María Torres, una de las hijas del comisario.

Las interpretaciones varían, pero siempre están ahí. No creo que exista algo similar en nuestra cultura. Hubo momentos en que el uso constante de los maderos me hacía pensar en el cigarrillo en décadas pasadas, en el religioso consumo de tinto de otros años, o en la atención constante que hoy muchos damos a los celulares. No obstante, todas esas comparaciones tienen problemas. El cigarrillo contiene una sustancia adictiva, el tinto no se bebe todo el día y los celulares no ayudan a pensar, todo lo contrario. Por otro lado, no tendríamos problema en regalar un cigarrillo, invitar a un tinto o prestar nuestro celular si fuera el caso. Prestar el poporo, al menos dentro de las comunidades arhuacas, es impensable. En parte esto tiene que ver con el significado que le otorgan al calabazo, pero lo principal tiene que ver con otro hecho: el poporo se gana; el poporo se recibe solo cuando se lo merece.

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Hacia mediados de la última noche de la entrega del poporo, Arukin Torres sintió que el sueño lo derrotaba. Ya ni el frío, ni el hambre servían para mantenerlo despierto. La voz de los mamos lo arrullaba. Dejó de oír las palabras y de enfocar las llamas y las sombras de sus compañeros. No resistía más. Sabía lo que significaba rendirse, pero no resistía más. Hizo un último esfuerzo por no cerrar los ojos, pero sus párpados ya no lo obedecían. Por más que se atiborrara de ayu, nada lograba darle energía. Como último acto consciente, guardó el poporo en su mochila para que por lo menos no cayera al suelo.

Despertó tiempo después, alarmado. Algunos de los presentes lo observaban. El poporo se encontraba a salvo en la mochila. No lo había dejado caer, pero sabía que de igual manera lo había perdido todo. Había combatido el sueño, ayunado y pasado por incontables ritos de purificación para desfallecer en los últimos momentos. Había imaginado su vida, las múltiples maneras como serviría a su comunidad y los actos por los que haría pagamentos en honor del sol, el agua, el viento y la tierra. Había aprendido historias sobre cómo la espuma del mar fecundaba la tierra, sobre antiguos mamos y los periodos de luna menguante en los que debía sembrar el ayu. Todo para nada. No sería capaz de ver a su abuelo a la cara. Era una decepción, era un niño todavía.

Molesto, aguardó el momento del castigo, pero éste nunca llegó. Los mamos se apiadaron de su edad. El ritual variaba según la comunidad, y en algunas solo se aceptaban jóvenes a partir de los 18 años. Lo entendían y además sabían que era juicioso, pues lo habían leído en la saliva de hoja de coca que había escupido en un plato. Consolaron al que no hacía mucho se sentía un niño y lo llevaron al pueblo a celebrar. Poporo en mano, Arukin los siguió con el paso seguro de quien se cree listo para todo.

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Sobre El Autor

Santiago Wills

Lector. Sus historias han aparecido en @EtiquetaNegra, @Gatopardocom, @RevistaSoho, @VICE, @ElEspectador, @Salon, @TheAtlantic, @RevistaArcadia & @GuernicaMag

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