Presentamos la historia de Guillermo y María Ercilia, dos personas sordas que se enamoraron y buscaron estrategias para entenderse, cuando aún no existía una lengua de señas ecuatoriana.  

QUITO – Los niños ciegos jugaban con un balón que sonaba gracias a unas piedras puestas en la pelota. El equipo integrado de niños sordos cogía a hurtadillas el balón desorientándolos. Los ciegos, airados, desconocían los goles de sus contrincantes diciendo que no los habían visto y comenzaba el caos. Así pasaban los recreos en el Instituto Mariana de Jesús, en el que estudiaban personas con ambas discapacidades, recuerda Guillermo Zurita. El día que por primera vez Guilllermo pisó el internado, ubicado en el centro de Quito, tenía 8 años de edad y lo rodeaba un silencio absoluto.

 Un año antes, en 1952, llegó a Quito la niña María Ercilia Cubi para ser criada de la señora Judith de Jurado. Descendiente de una familia campesina de Chambo, en la provincia de Chimborazo, María Ercilia perdió la audición en un confuso accidente en un río y no aprendió a comunicarse signando. El trato era que debía atender las necesidades domésticas de Judith, ser compañía del hijo de la señora, que se llamaba Jaime y era sordo, a cambio de comida y un lugar para vivir. Para entonces no sabía que se cruzaría con Guillermo en las calles del centro de la ciudad, que tendrían una vida juntos y que construirían una lengua que no existía aún.

Retrato de María Ercilia Cubi (izq.) y Guillermo Zurita (der.) junto al retrato de Judith Jurado (centro). María Ercilia trabajo desde muy pequeña para la señora Judith y su familia. María Ercilia tenía una especial relación con el hijo de Judith que también era sordo. Después de su muerte, la señora Judith les dejó la casa en la que actualmente viven en el centro histórico de Quito. Foto por Dominique Riofrio.

 El fútbol y la cerveza pueden ser una combinación productiva. A mediados de los años sesenta,  los días sábados, Guillermo Zurita convocaba a una docena de jóvenes sordos para patear pelota. Más líder que deportista, disfrutaba tomar unas copas con sus amigos al final del partido. Poco a poco convirtieron la cancha de fútbol, ubicada en el sector del Recreo, en un espacio que permitía el encuentro de personas sordas, en un país que solía mantenerlas aisladas.

 El día que formaron el Club Deportivo Ecuador Sporting, el 6 de agosto de 1966, es recordado ahora como el inicio de la comunidad de personas sordas de Ecuador. Un hijo de Guillermo, Daniel Zurita, subraya que era un tiempo en que no existía una Lengua de Señas Ecuatoriana unificada. Los jugadores “al ser el primer gremio tuvieron que empezar a crear señas, inventar para expresar lo que se quería decir”.  

 Mientras los hombres se reunían, María Ercilia veía la calle desde la ventana. La señora Judith la encerraba con un candado. Había aprendido algunas señas de Jaimito que asistía a la escuela de personas sordas Enriqueta Santillán. También aprendió a leer los labios porque había perdido su oído luego de saber hablar, pero no le bastaba para expresarse. A los 17 años conocía 9 personas sordas y a cada una le preguntó qué señas sabía. Las coleccionaba con ansiedad. Quería comunicarse con un mundo que solo exploraba cuando iba a la iglesia.

 Un domingo, rumbo a la iglesia, la señora Judith escuchó que los hombres silbaban a su criada. María Ercila, imperturbable, caminaba con su trenza larga; hasta que su señora se irritó y viéndole a la cara para que le pudiera leer los labios, le amenazó: “cuidado te quedes embarazada, yo te mando de la casa”.

 Escapando de la vigilancia María Ercilia aprendió a jugar naipe. A sus 18 años, imitando los movimientos de los oyentes, comenzó a bailar en fiestas. Mueve su falda larga con sus manos rugosas mientras lo cuenta. Esos años comenzó a merodear su casa un hombre de cejas abultadas: Guillermo Zurita. Se conocieron en septiembre de 1966 y en octubre quedó embarazada.

 Viviendo juntos notaron que no tenían un idioma común. Las palabras que conocía María Ercilia eran distintas a las que signaba Guillermo, que aprendió en el internado las señas españolas que le enseñaron monjas de ese país. Comenzaron a establecer señas en común, lo que fue fácil porque la cantidad de señas era muy limitada, me indican ambos a través de su hijo Daniel que interpreta la conversación. En la ciudad de Quito, para los sordos muchos objetos del mundo seguían siendo inefables.  

Guillermo Zurita en su casa en el centro histórico de Quito. Guillermo cuenta sobre su vida como persona sorda, de su oportunidad de crecer en una escuela para sordos en la capital, de cómo conoció a su esposa María Ercilia y de otros momentos de su vida. Foto por Dominique Riofrio

Habrían sido seis, pero al final fueron cuatro. El primer hijo murió en el parto, la segunda murió asfixiada a los cuatro meses de edad, sin que sus padres pudieran escuchar sus quejidos. Tras las muertes, Sergio Patricio Zurita se convirtió en el hijo mayor. Nació en 1969, las señas fueron su lengua materna y, aunque es oyente, su padre lo llama el rey de los sordos.

La primera vez que Sergio usó zapatos negros y un pantalón de tela tenía seis años. Ingresó a la oficina del jefe de la fábrica de madera en la que trabajaba su padre e interpretó lo que éste decía con sus manos: dice mi papá que le pague más. Esa mañana consiguieron el aumento y Sergio se transformó en la voz de Guillermo.

En las noches Sergio acompañaba con frecuencia a su papá a salones repletos de adultos, sentados en sillas de plástico. Eran dirigentes de clubes de fútbol barriales que estaban organizando la agenda de los campeonatos en los que participaban el Club Deportivo Ecuador Sporting. Sergio tenía que interpretar las intervenciones de su padre que era dirigente del equipo e informarle en señas los horarios de los partidos. Guillermo iba luego a las casas de los jugadores sordos—no podía llamarlos por teléfono— indicándoles la fecha en que jugarían.

El niño Sergio también iba a fiestas elegantes de personas desconocidas. En una época en la que no había smartphones, Guillermo hacía fotos de bautizos y matrimonios. Su hijo interpretaba el tipo de foto que querían las personas y le ayudaba a negociar la paga. Luego su papá escogía los negativos, los revelaba y entregaba.  

 Los sordos se expresan en forma particular, pero también recuerdan de forma distinta. En opinión de Sergio, cuando su padre se quedaba en el internado de niño extrañaba a su madre e intentaba recordar su rostro. Especula que esa nostalgia hizo que se fascinara al conocer la fotografía, a partir de las imágenes podría tener a las personas cerca. No es la música, ni los libros, sino la imagen el artefacto que guarda la memoria de una persona sorda. Guillermo quería hacer sus propias memorias. No sabía, sin embargo, que las fotografías que hacía de Sergio le servirían cuando no lo pudiera tocar.  

A los trece años Sergio se hizo un intérprete experimentado. En 1982, cuando invitaron a Guillermo a participar a un torneo de fútbol de sordos en Lima, Sergio lo acompañó a pedir apoyo para el viaje. Estuvo en reuniones con ministros, aprendió a escribir cartas y a usar las palabras formales. Llegaron a suelo peruano en bus. Ese grupo de jóvenes que jugaba fútbol los sábados, vistiendo los colores patrios, se convirtió de pronto en la selección de fútbol del Ecuador. Viajaron un mes, perdieron todos los partidos, lo disfrutaron. Pero cuando Sergio volvió al colegio los profesores lo vieron con desaprobación. Había faltado demasiado y aprobó el año con las notas más bajas.  

 A los 17 años, Sergio Patricio, sentía mucha responsabilidad y decidió viajar. Quería ir a Estados Unidos para estudiar en la Universidad de Gallaudet, en la que se enseña en lengua de señas. No tenía ni beca, ni visa de estudiante, pero contaba con la venia de su padre.

 En el aeropuerto de Guayaquil se despidió de Guillermo y su hermano Javier. Tras sellar el ticket escuchó gritar a su padre:

—¡Pa-tri-ci-to, Pa-tri-ci-to, mío, papá!

 Guillermo llamaba a Sergio por su segundo nombre. Lo decía con esa forma entrecortada que tienen las personas sordas al hablar, aquella vez desesperado. Se iba su hijo, su voz. La persona que lo comprendía más. Sergio pasó por los controles de migración, pero seguía escuchando:

—¡Pa-tri-ci-to, Pa-tri-ci-to, mío, papá!

 Entonces gritó a su hermano:

—¡Dile a mi papi que se calle! ¡Dile a mi papi que se calle!

 Apresuró el paso por la pista hacia el avión para que la voz de su padre se haga débil. Sergio, que viviría años indocumentado, volvería décadas más tarde y recuerda ese día así:

— Fue uno de los días más tristes de mi vida.

María Ercilia Cubi en su casa en el centro histórico de Quito. María Ercilia es una persona sorda, perdió la audición por un accidente a los cinco años. Foto por Dominique Riofrio.

María Ercilia estableció con Guillermo señas para comunicarse, códigos que solo se entendían en casa. Una práctica que se llama home sign language o lengua de señas hogareña, me explica Sergio, que es hoy un profesor de niños sordos en Estados Unidos. También llegaban a casa las señas que usaba Guillermo con otros sordos y su esposa las iba aprendiendo. Tras décadas sin poder darse a entender, el mundo comenzaba a ser pronunciable. Pero la lengua comenzó a cambiar y sus señas perdieron progresivamente significado.

En 1982 los voluntarios estadounidenses del Cuerpo de Paz participan en un proyecto con la organización de sordos (Asociación de Personas Sordas de Pichincha) que modifica radicalmente las señas existentes. En la implementación del proyecto —en el que se creó un diccionario que se publicó en 1987— los voluntarios influyen con las señas americanas que tienen más palabras que las señas que usaban los sordos ecuatorianos. Además, como todo lo norteamericano, eran señas más prácticas. Si aquí se usaba la mano y el rostro simultáneamente para representar las letras del abecedario, las nuevas solo requerían usar la mano.

María Ercilia de repente notó que las señas que luchó por aprender iban quedando en desuso. La comunidad de personas sordas estaba entusiasmada con las nuevas señas. Eran más numerosas y, de algún modo, eran modernas. Ella no piensa lo mismo, hoy se confunde entre las distintas señas. Dice, con encono:   

“¡Extraño las señas antiguas! Yo no se para qué cambiaron las palabras, se hicieron un poco más difíciles. Con mis amigos decimos que hablábamos más bonito.”

También Guillermo tiene problemas para deletrear su nombre con el abecedario contemporáneo, pero además hubo un quiebre generacional. Las personas mayores no se pueden comunicar con facilidad con los jóvenes que aprendieron la lengua de señas modificada, me explica la antropóloga Fernanda Bossano, que hace una etnografía sobre la comunidad de sordos de Quito. Hay otros que están en la mitad de ambos grupos. Daniel Zurita aprendió la lengua de señas de sus padres y también las nuevas que aprende en los cursos a los que acude actualmente.

María Ercilia Cubi es una persona sorda, cuando tiene tiempo libre en casa le gusta jugar solitario. Foto por Dominique Riofrio.

Los cambios de la lengua de señas no cesan, son como un ecosistema frágil, sensible a cualquier alteración. A inicios del año 2000, dice Daniel, una migración de sordos peruanos generó otra influencia significativa en las señas ecuatorianas. Por internet los jóvenes están haciendo uso de la lengua de señas internacional para comunicarse con chicos de otros países. O simplemente las video-llamadas por celular han provocado que señas que antes se hacían con ambas manos, ahora se hagan con una sola, es una mudanza gramatical. En el año 2012, se publicó un Diccionario de Lengua de Señas Ecuatoriana que reúne 5.000 palabras, pero es intrigante cómo puede reaccionar esta compilación ante tanta versatilidad. 

A Guillermo no le preocupa demasiado esa pregunta. El tiene una camioneta con la que hace fletes, pidiéndole a la gente que anota la dirección en una libreta. A María Ericilia tampoco, trabaja en casa y recibe a sus nietas que están aprendiendo lengua de señas. Ambos llegaron a ser adultos con contadas palabras para expresarse, pero fisuraron la soledad en la que estaban juntos: creando señas para pronunciar el mundo, compartiendo las aprendidas y escrutando con la mirada el ánimo e intención de la gente. Esa capacidad de intuir, de saber qué quiere el otro, se intensifica en la relación de Guillermo y María Ercila por el amor.

 

Sobre El Autor

(Riobamba, 1987) Encuentra las formas más impertinentes para que las personas le cuenten su historia. En un taxi, mientras dicta clase, conversando con sus tías, en cualquier parte. Está seguro que las experiencias de la gente común anuncian algo sobre la vida y disfruta que sus conceptos sean derrotados. Sus textos han sido publicados en revistas como Cartón Piedra, Mundo Diners y Courier International y el periódico El Telégrafo.

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