Nuño Pucurull no es malo, ni bueno, ni un desperdicio, ni un genio: un viviente. Nuño Pucurrull fue uno de los últimos presos de la dictadura uruguaya en el “Penal de Libertad”. De tanto que pasó mirando al suelo, decidió que era mejor voltear arriba. Al estilo de los flâneurs de antaño, Nuño caminó la ciudad con una mirada flotante. Artista, guerrillero, preso político e interno por decisión propia del Hospital Psiquiátrico Vilardebó, llegó a la conclusión de que la libertad es un estado mental.

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Conocí a Nuño Pucurull los últimos días de agosto de dos mil catorce en el hostal de un amigo en la Ciudad Vieja. En la sala de la casa, al costado de un grupo de jóvenes que estaban improvisando música con diferentes instrumentos, vi a un hombre de unos setenta años, encorvado, estatura media, largos cabellos blancos hasta el cuello; llevaba puesta una musculosa blanca cubriendo su torso y una bermuda de baño, estaba descalzo sobre el piso de madera; utilizando un tenedor, seguía el ritmo de los músicos golpeando un vaso de vidrio sucio de huellas digitales que se veían como pequeñas manchas en el cristal.

Hasta ese momento no sabía que era el autor de la obra sin título de 115 cm x 91 cm realizada con pequeñas manchas, trazas de té, hojas de encuadernación de juzgados encontradas en la calle, cartón, pequeñas letras en una tipografía que recuerda a las utilizadas por las máquinas de escribir, además de una serie de números misteriosamente discontinuada que había visto la semana anterior en el quincuagésimo sexto Salón de Artes Visuales ”José Gamarra”, organizado por el Ministerio de Educación y Cultura en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, Uruguay.

En aquel instante, luego de salir del museo, mientras caminaba por los senderos de piedras que atraviesan el Parque José Enrique Rodó, pensando que la propuesta era una de las pocas entre las presentadas que apelaba a la emocionalidad y al azar como partes físicas de una obra de arte –la obra reconstruye un diálogo entre un padre y una madre a la hora del té– creí entrever un autor joven; no sabía que el joven o más bien niño, persistía riendo, pero en el cuerpo del hombre de sesenta y nueve años que estaba viendo parado frente a mí esa noche en Ciudad Vieja.

Nuño Pucurull nació en el departamento de San José, uno de los diecinueve departamentos que conforman la República Oriental del Uruguay, un treintaiuno de julio de 1945. Hijo de un padre de nombre homónimo, Nuño Pucurull, abogado y juez letrado, y Gioconda Sainz de la Peña, Nuño hijo también tuvo un hermano menor, Fernán Pucurull, al que lo unirían más que lazos de sangre. Pucurull construyó su vida al igual que sus obras, recorriendo un camino donde están presentes la experiencia generada sobre los materiales, la ciudad, el azar, la vida caminada y el diálogo con las personas que lo rodearon.

A Nuño le costaba aceptar que su padre hubiese sido juez letrado y luego magistrado de la República. La declaración deja entrever la infancia de Pucurull, abriendo la puerta a ciertos fantasmas con los que confrontó. Su padre, que algunas noches a la semana se escapaba al puerto a emborracharse, murió a los cincuenta y seis años de un ataque al corazón. “Eso me sirve de los recuerdos, ver un hombre que utilizaba constantemente su martillo, no repetir su actitud, la parte arrogante, juzgadora y organizadora del mundo de un juez, rescatar la parte bohemia y sobre todo el equilibrio entre las dos cosas. Para eso me sirven los recuerdos, para pensar por ejemplo, la vieja está muerta, el viejo está muerto, el hermano está muerto ¿Qué saco yo de la conducta de esos tres locos? ¿Para qué me sirva a mí que soy el que estoy vivo? Y siempre la conclusión es la misma: no eran malos, ni buenos, ni un desperdicio, ni unos genios: eran vivientes. Esa era una expresión de un profesor del taller Torres. Yo soy un viviente, decía en las charlas ocasionales.”

Muchos años atrás este hombre se crió en el campo con un hermano menor con el que salía a ver el cielo y las estrellas, a escuchar el canto de los pájaros, acostándose en las llanuras verdes casi despobladas, a no ser más que por alguna vaca y el sonido de los arroyos bajando entre las piedras. Los setenta los encontró de nuevo juntos, pero esta vez luchando en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) Tupamaros. A su hermano, comandante del MLN, lo mataron los militares, no sin antes lograr huir de la base naval de la armada, ubicada en la escollera de la Ciudad Vieja, con el mayor arsenal que la guerrilla urbana consiguiera robar al ejército del gobierno de facto. Cuentan los cronistas que formaron parte del movimiento Tupamaros, que luego de ese robo de armamentos Fernán Pucurull dijo: “Ahora me podrían dar un tiro en el pecho que moriría tranquilo”. Finalmente la dictadura lo mató, murió desangrándose en la conocida históricamente como la Toma de Pando. En Espacio de las Viñetas, libro artesanal publicado por el propio Nuño que recoge textos de diferentes épocas, el artista plástico, poeta, escritor, editor, escribió en el año 1982, todavía en la cárcel: “¡Qué descortesía faltar el hijo al velorio de la madre! Y faltar nada más porque se está muerto.”.

Nuño tuvo más suerte que su hermano: de 1972 a 1985 pasó trece años encerrado en el llamado, no sin paradoja, “Penal de Libertad”, se encontró entre los últimos presos liberados por la dictadura. Habla del proceso de encierro como un “catalizador” que produjo una saturación de experiencias, tanto negativas como positivas, movilizando toda su historia personal hacia un estado de consciencia transformado.

Vestido con un sombrero de fieltro un poco gastado, un chaleco de pescador color gris a través del cual se podía notar una espalda encorvada por una dura joroba, Nuño como lo saludaban quienes lo conocían, caminaba por Montevideo con las manos en los bolsillos, llevando la mandíbula hacia adelante, coronada por un gran bigote blanco que caía hacia los costados de su boca con la misma forma de una herradura, levantando los ojos al cielo para recordar que por más que estaba en la ciudad, también persistía en él la consciencia de una vida que iba más allá de los edificios que lo rodeaban.

En un breve audiovisual realizado por Ana Laura Luján y Fabio Posada, Nuño llama a este ejercicio “la mirada flotante” como si ese gesto lo pudiera suspender de la brevedad de las miradas encerradas en la ciudad, aproximándolo a un estado contemplativo. Nuño declara en el audiovisual que durante mucho tiempo miró hacia abajo y se cansó, por eso empezó a mirar hacia arriba, dejando que su mirada flotara en el cielo. El ejercicio no parece vano, rodeados de una materialidad de frío portland.

Fue una experiencia particular haber observado a un hombre como Nuño Pucurull, de casi setenta años, convivir en un hostal con personas que poseían, en muchos casos, menos que la mitad de su edad; por esos días, nadie sabía que Nuño estaba cerca de morir: de verlo sentirse afortunado pasó a declinar su paso por la casa. Los habitantes del hostal que vivieron junto a él por algunos meses tienen diferentes registros sobre la personalidad de este hombre que fue artista, guerrillero, preso político, interno por decisión propia del Hospital Psiquiátrico Vilardebó.

Nil Caldeira, recepcionista del hostal donde se hospedó Nuño, comenta: “Yo al principio lo vi muy bien, queriendo hacer música, acercándose a conversar con la gente. Pero poco a poco lo vi apagándose, aislándose, como quedándose un poco deprimido. Las últimas veces que lo vi estaba muy mal. Incluso cuando se fue del hostal y venía a cocinarse a la casa, llegué a verlo muy mal de salud”. Por estos días el deambular de Nuño parecía haberlo agotado un poco, había decidido mudarse a una pequeña pensión ubicada entre las calles Alzaibar y Sarandí.

Jonathan Pinto, cocinero llegado de Colombia, compartió varias mañanas y noches con Pucurull, conociendo su historia: “Nuño es un hombre que sabe, que cuando fue joven lucho por la vida. Pero no le dio el tiempo para hacer las cosas que él quería hacer, tal vez nunca pensó que iba a llegar a viejo y que no iba a saber a dónde iba a terminar. Se decidió a vivir muchas experiencias, pero no se detuvo demasiado a pensar en qué hacer con su vida más allá de lo que estaba viviendo en el presente. Alguna vez estuvimos hablando y me dijo que la cárcel lo llevó a reflexionar, a valorar el significado de la vida. Siento que cuando quiso recuperar todo el tiempo perdido se dio cuenta que no era posible. Me gustaba mucho hablar con él porque él es un hombre que sabe mucho. Una de las cosas que me llamó la atención es que no duerme demasiado. Sólo dormía un par de horas al día, su mente trabaja como si tuviera veinte años, pero en realidad ya tiene bastante más”.

Gustavo Tabares, curador, artista plástico y crítico de arte declaró en oportunidad de una muestra de Nuño Pucurull en la sala de exposiciones SUBTE de Montevideo: “Hace unos años Nuño se fue a vivir fuera de Montevideo, primero a Neptunia, después a un campo en San José. Cada vez que nos encontrábamos me hablaba de los atardeceres, de los amaneceres, de las flores, del canto de las aves, de las hormigas, de la naturaleza. Salió a buscarse, a encontrarse, a perderse, a ver las estrellas y ser”. Sin embargo, el recorrido de Pucurull lo lleva de vuelta a la ciudad una y otra vez, como el mismo lo diría en una entrevista realizada por Pincho Casanova para el programa el Monitor Plástico: “Uno puede estar en la cárcel y estar meditando o estar entre la naturaleza rodeado de árboles y vida y estar interiormente en un lugar terrible.”

Visité a Nuño Pucurull en una vieja pensión que en el frente tenía un cartel con la leyenda “Hospedaje”. No había llegado todavía a la casa cuando Nuño asomaba la cabeza a través de la ventana y me hacía gestos de que lo esperara, que ya se aprestaba a abrir la puerta. La habitación de Nuño daba a la calle, sobre la mesa contaba con un par de cajas con unos doscientos saquitos de té negro: la materia prima de sus últimas obras, su paleta de colores. En ese entonces dormía en una especie de tatami que por las noches desenrollaba y por las mañanas guardaba a un costado de la mesa. Cuando me invitó a pasar a su habitación, a eso de las 10:30 de la mañana el tatami todavía estaba en el piso, había pan y queso sobre la mesa.

A los pocos días de despedirme, volví a encontrar a Nuño en la feria de los viernes de la Ciudad Vieja. Lo vi venir caminando lentamente recostándose un poco en su pierna izquierda, con una vieja bolsa de hacer mandados. Estaba calzado con unos zapatos gastados, los pantalones que usaba no le llegaban a los tobillos. Nuño llevaba una camisa a cuadros perfectamente planchada, la barba recortada, el pelo colocado detrás de las orejas asomaba por debajo de su sombrero. Siempre inquieto, estaba preocupado por decidir entre comprar una sartén o una olla para cocinar. Luego de un rato se fue despacio, con una sonrisa debajo del sombrero, una mirada aguda que también sonreía y la feria de los viernes de Ciudad Vieja otorgándole un fondo de retirada. Era un día soleado como los que suelen haber los primeros días de diciembre en Montevideo. Nuño Pucurrull falleció en la ciudad de Montevideo en el mes de diciembre del año 2014.

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Sobre El Autor

Franco Laviano es Lic. en Ciencias de la Comunicación (Udelar). Docente de la Universidad de la República encargado de difusión en la Comisión Sectorial de Investigación Científica de Montevideo, Uruguay. Posgraduado en Divulgación y cultura científica (Universidad de Oviedo, España) y en Producción de textos críticos y difusión mediática de las artes (Universidad Nacional de las Artes, Argentina). Actualmente se encuentra cursando la Maestría en Crítica y difusión de las artes de la Universidad Nacional de las Artes. Trabajó como editor en la Editorial de poesía Cuatro Ríos.

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