Esta semana Argentina debate la despenalización del aborto. Micaela Amor, una médica de la Ciudad de Buenos Aires, relata un día en su consultorio y expone lo contradictorio de las leyes vigentes.

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BUENOS AIRES – Lunes 4/6 en un centro de salud de la capital de Argentina.

Consultorio número 7.

14 hs.

Miro el llamador y tengo cuatro turnos en fila. Cuatro personas esperando ser atendidas.

Llamo al número 1.

Un pibe de 15 años que viene porque necesita el apto físico para el colegio. Viene faltando a la clase de gimnasia porque no lo tiene y no pudo venir antes porque “colgó” y sus padres no pudieron traerlo. Le explico que desde los 14 puede venir solo, me contesta con un movimiento de hombros. Me río y se ríe en complicidad. Quiere ser ingeniero electrónico, no le importa mucho la gimnasia, pero sabe que lo necesita para terminar el cole. No sabe si estuvo internado alguna vez o si sus viejos tienen alguna enfermedad. Come a cualquier hora y toma lo que hay que generalmente es coca. Sale con sus amigos cuando lo dejan y probó el cigarrillo pero le dio tos y asco. Le gustan las chicas pero todavía no inició relaciones sexuales. Hablamos del preservativo, asiente con la cabeza de manera incómoda. Le pido el carnet de vacunas, no lo tiene. Le digo que me lo traiga para la próxima sin falta (una próxima que será el año que viene, los dos sabemos). Lo reviso, le hago el apto.

Termino de escribir lo que fue la entrevista y llamo al número 2.

Es una paciente conocida del centro, viene a buscar su medicación crónica para su hipertensión arterial, diabetes y dolor en la pierna izquierda post reemplazo de cadera. Ya cuando entra va dejando tras de sí una estela de olor a cigarrillo. Se lo marco y me dice que está fumando más porque ahora que está sola “el pucho es una compañía”. Charlamos un poco, le pregunto por los nietos, se emociona como siempre, porque están lejos, en Paraguay. Pudo conseguir lugar en el taller de adulto mayor del centro, me cuenta contenta. Le festejo las buenas nuevas. Me trae el fondo de ojos que le pedí. El examen sigue mostrando la persistencia de la lesión. Se lo muestro, le muestro el anterior, le explico las complicaciones de sus enfermedades. Me mira seria y me dice “tiene razón, doctorcita”. Me dice que se volvió a caer el otro día pero por suerte la ayudaron los vecinos que estaban ahí. Le tomo la presión tres veces, hago un promedio y me da 154/98 mmhg. Le pregunto si tomó la medicación, me dice que sí. Le entrego las planillas de medicación que fui completando, por suerte ahora se vienen las digitales, pienso mientras sello 60 comprimidos de enalapril y 60 de amlodipina (para la presión), 60 de metformina (para la diabetes), además de hacerle una orden para medicina del dolor en el hospital. Finalmente le pido que se mida la presión continuamente durante una semana. Me saluda, me promete que la próxima me trae sus famosos chipas. Le sonrío y la ayudo a pararse alcanzándole el bastón.

Me tomo una mate, acomodo los papeles del escritorio, termino de escribir la consulta reciente pensando en que en la próxima si no mejora su presión, tendré que sumarle otra medicación y pedirle a san Hipócrates que no se vuelva a caer.

Llamo al número 3.

Tarda en llegar, pero finalmente se asoma una piba de 20 años junto a otra de edad similar. La que acompaña mi paciente tiene un piercing en la nariz, le ofrezco mi silla así ambas están sentadas pero la acompañante dice que ella puede estar parada. Me cuenta, habla siempre la amiga/acompañante/persona de confianza/hermana (no logro entender el vínculo), en fin, ella me dice que vienen porque ella, “mi mejor amiga” (ahí va), tiene miedo de estar embarazada. Le preguntó de dónde viene ese miedo y saca de su mochila negra un test de embarazo positivo. Las miro, me miran deseosas de algo que no les voy a poder decir y rogando que no les diga lo que viene a continuación. “Este test de embarazo es positivo, lo más probable es que nos hable de un embarazo”. Me miran en silencio. Las miro: voy a hacerte dos preguntas importantes pero antes quiero que sepas que desde acá te vamos a acompañar, le digo. Mi paciente reacciona: “no puedo estar embarazada, no puedo”. Le pregunto por la fecha de su última menstruación, hago las cuentas, me da 8 semanas. Le pregunto qué significa para ella este embarazo, me dice que está estudiando abogacía, que sueña con ser parte del estudio de su viejo con quien todavía vive, que ella siempre se cuidó, “¡es más!” que hace un mes que ya venía tomando anticonceptivos orales (me fijo, ninguna consulta previa , me dice que se compró los que le recomendaron en la farmacia) y que no se olvidó ninguno. Le explico lo que puede haber pasado, hago cuentas con ella. Me dice que no tiene pareja estable, “estuvo” (en la jerga: mantuvo relaciones sexuales ) con dos pibes este último mes.

La noto mareada, preocupada, se muerde el dedo índice. Se miran con la amiga. La amiga me pregunta si acá dan las pastillas para interrumpir el embarazo. Le cuento que necesitamos una ecografía para constatar la ubicación del embarazo. Les refuerzo que las voy a acompañar en el proceso pero que no puedo darles la medicación porque según otros profesionales esto no está contemplado como algo sin pena. Les doy lo que llamamos “consejería en opciones” en la que se puede continuar con el embarazo, darlo en adopción o interrumpirlo (pienso mientras hablo lo salame que debo sonar, lo robótico de la “consejería en opciones”, casi como la dieta para una alimentación saludable). Les explico que, sin embargo, las penas recaen sobre los médicos y no sobre las mujeres (las perdí, me dejaron de escuchar cuando les dije que no podía darles la medicación). Les paso mis horarios, les pido que no hagan ninguna locura, que cualquier duda me vengan a ver y me traigan la ecografía, refuerzo que necesitamos saber qué grupo y factor tiene (no me están escuchando), en la siguiente consulta charlaremos de cómo hacerlo sin riesgo (hace rato dejaron de escucharme).

Agarran el papel de los horarios, lo guardan, se paran, me agradecen y se van.

Escribo el motivo de la consulta: “embarazo no deseado” y, aparte de añadir una ecografía, pongo que le hice la “consejería en opciones”, mientras ruego que me vuelvan a ver y no verla después con su embarazo avanzado o en la guardia con complicaciones.

Me hago el rodete de nuevo, limpio los anteojos y llamo al número 4.

Entra un señor de 65 años con tos y fiebre de hace 4 días y arranco la consulta apuntando a una gripe pensando en posibles antibióticos y la vacuna antigripal.

Estos son todos mis días.

No entiendo por qué si a un paciente puedo darle 120 comprimidos o un apto físico o antibióticos o la vacuna antigripal, a otro no puedo darle la medicación de algo que hará con o sin mi ayuda.

No entiendo por qué seguimos dándole medicación a alguien que no se cuida de sus enfermedades crónicas o aceptamos un apto sin vacunas o damos la vacuna antigripal y no podemos dar la medicación de algo que, insisto, el paciente hará con o sin mi ayuda.

La discusión no es aborto sí o aborto no, la discusión es el cómo y en qué condiciones, porque abortos hay todos los días. Y en todas partes del mundo.