Assad ataca con químicos, Trump le responde con misiles, ISIS aprovecha el enfrentamiento para rearmarse. Nuestro reportero Daniel Wizenberg estuvo en Siria y rescató la historia de una verdadera protagonista

DAMASCO.- En público, a Samah siempre se la verá tapada con su burka. Yendo al mercado, a la mezquita y a la oficina de pensiones. Uno puede decirle a Samah que esto viene de 2011… que todo había comenzado como una guerra civil entre el gobierno autoritario de Assad y rebeldes financiados por Estados Unidos y OTAN. Que se transformó en una guerra mundial: Irán y Rusia se pusieron del lado oficial mientras que a la OTAN se sumó el apoyo de Arabia Saudita e Israel.

Uno puede hablar de ISIS con Samah. Decirle que es un desprendimiento fundamentalista sunita de la organización Al Qaeda que nace con el objetivo de fundar un califato a como dé lugar. Que está apoyado indirectamente por Arabia Saudita aunque al mismo tiempo este sea aliado de Estados Unidos y de OTAN. Que llegó a controlar un territorio más grande que el del Reino Unido pero que últimamente fue perdiendo zonas importantes: diezmado por los ataques de Rusia y sobre todo por los gobernantes “posprimaverales”. Que en Libia ISIS perdió Sirte a manos del inestable nuevo gobierno, que en Iraq perdió Mosul gracias al polémico gobierno de coalición y que en Siria perdió Alepo derrotado por el discutido Assad.

A Samah uno puede explicarle sobre el acercamiento reciente entre Estados Unidos y Rusia con la asunción de Donald Trump, decirle que ese acercamiento había sido una fuerte amenaza para ISIS que supo sacar provecho de las divisiones que ocasionan las grandes disputas geopolíticas. Uno puede hablar con Samah sobre el ataque químico perpetrado hace pocos días  por Bashar Al Assad que causó decenas de muertos y presionó una reacción del intempestivo nuevo jefe de Washington. Entonces, uno puede dialogar sobre lo que Estados Unidos hizo, que es lo que suele hacer: bombardear. Por eso lanzó sobre una base aérea de Assad al menos 50 misiles.

Uno puede contarle a Samah que, en septiembre de 2016, Obama también bombardeó un territorio controlado por Assad y asesinó a 62 soldados oficiales. Explicarle que la diferencia con Trump es que en aquel momento la Casa Blanca salió a decir que fue un error, que el objetivo era darle a ISIS pero “calcularon mal”. Esos errores de buena fe que comete el Pentágono. Esos “daños colaterales”.

A Samah le dará igual: los bombardeos de Putin o de Obama, los ataques de Trump o de ISIS. La clave de la guerra es otra.

El balcón de su casa da a una feria de verduras y especias en las afueras de Damasco. La cocina da al balcón. Samah tiene una pequeña cocina a leña en la que por la tarde –cuando alcanza el dinero de la jubilación– calienta el agua para el mate.

Es una tradición que llegó a finales del siglo XIX,  pero con algunas variaciones respecto de la original rioplatense: el mate y la bombilla son más pequeños y no lo comparten, cada uno toma del suyo. La yerba, importada de la Argentina, está cada día más cara.

Samah es una especialista en optimizar las seis horas diarias de electricidad. Aprovecha el sol otoñal pero agudo de las tardes de Oriente Medio para secar las berenjenas con las que luego hará el tradicional puré Baba Ganoush. La electricidad de Damasco le viene en tramos de tres horas, dos veces por día y por las noches la luz está afuera, no suele haber más electricidad que para preservar el alumbrado público de la ciudad. Buscar la manera de cocinar es para ella una estrategia de combate:

—La clave de la guerra es condimentar mucho: ajo, pimienta roja, comino, azafrán, y las comidas tienen mucho más gusto, además de quedar a salvo de la falta de refrigeración.

Ilustración: Alina Najlis

 

Sobre El Autor

Daniel Wizenberg

Daniel Wizenberg (Argentina, 1989) es capaz de comer medio kilo de dulce de leche por día y parrilladas de carne sin una hoja de ensalada, con algo de culpa porque en el fondo cree que los vegetarianos tienen razón. Dejó de viajar con mate después de las dificultades que tuvo en algunas aduanas para explicar que se trataba de una infusión y no de drogas -de verdad no eran drogas-. Nació en Buenos Aires, donde estudió Ciencia Política, donde rebota cada tanto y donde, sabe, siempre empezará y terminará cualquier viaje. Escribió para Revista Anfibia, Le Monde Diplomatique, El Mundo de España y Russia Today entre otros medios. También “trabajó” en televisión y radio. En 2016 un texto suyo fue seleccionado en los Premios Gabriel García Márquez de la FNPI -debe haber sido un error- entre los diez mejores de Iberoamérica.

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