La rumba gay no solo ha supuesto lo excéntrico o desenfrenado. En bares emblemáticos como Piscis o Las Calles de San Francisco se adelantaron campañas de prevención del VIH, se consolidaron revistas y se establecieron las bases de una comunidad capaz de luchar contra la homofobia. Este reportaje recoge historias y voces de personajes que, bajo una luz roja, sirvieron de faro para la creación de espacios como Theatron. Este artículo hace parte de un intercambio entre Cartel Urbano y Revista LATE.

Caminar con un frijolito apretado: (expr.) Caminar en puntas –con pasos chiquitos, cortos y rápidos— como para una pasarela. Cuando alguien camina así, se puede suponer que es gay.

Gaycionario, revista Acento

Su nombre era Plinio Carvajal y para muchos representaba la transgresión en su estado más puro. Justo antes de que entrara la última década del siglo pasado, Plinio administraba un bar en el centro, un lugar llamado Piscis en el que ocurrían todo tipo de excentricidades y concurrido por todo tipo de personas.

En los años noventa la rumba gay se movía en círculos clandestinos. Debajo de los edificios capitalinos o entre los bulevares del centro, la fiesta de la comunidad gay capitalina sobrevivía a pesar de una sociedad que se esforzaba a diario por rechazar y erradicar aquello que consideraba una desviación. Y aunque la mayoría de los bares debía permanecer oculta, Piscis era un nombre que resaltaba. Un nombre que iba de boca en boca.

Muchos consideraban a Plinio un adelantado de su época. Europeos que venían de visita a una ciudad donde la fiesta gay apenas era un germen, hablaban de lo que veían en Piscis —y también en Las Calles de San Francisco, otro de los bares populares que tuvo Plinio—, rumoraban acerca de las escenas que allí presenciaban y que no habían visto ni si quiera en Estados Unidos, la meca de la fiesta gay en el mundo.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

Entre las excentricidades que planeó Plinio fueron populares: la ocasión en la que llenó unas tinas —con hombres adentro— de gelatina y leche condensada, quien se sirviera podía además chupar de lo que quedaba pegado en la piel de los tipos; adecuar el bar como si este fuera un circo donde trapecistas jugaban por encima de la gente; construir dentro del establecimiento una iglesia con unas plataformas donde había hombres vestidos de santos y sin ropa interior para que la gente les diera dinero y pudiera tocarlos y pedirles milagros. Mientras buena parte de la población conservadora colombiana señalaba la vida de los homosexuales como una puesta en escena indigna y grotesca, espacios como los de Plinio hicieron reales las fantasías de muchos heterosexuales con shows de bestialismo y sexo en vivo.

Pero la vida de Plinio no solo se reducía a la organización de fiestas polémicas y salvajes. Consciente de lo que hacía en un país como Colombia, que para ese tiempo sufría los estragos de una violencia en auge, las fiestas de este personaje fueron también un escenario abierto para comunicar los retos de un movimiento en vías de fortalecimiento, así como una radiografía de su época.

Entre las cosas que recuerda Manuel Antonio Velandia, quizá el activista más importante por los derechos de la comunidad gay en el país y pionero en la prevención del VIH en América Latina, fue la vez que Plinio, por el temor que se tenía de que los infectados con Sida no llegaran a diciembre, celebraba la Navidad en junio. Según cuenta Manuel, Plinio organizó un pesebre en el bar con personas reales y en el que una mujer trans hacía las veces de virgen María. Aunque a lo largo del mes el niño no nacía siempre, cuando ocurría, era protagonizado por un enano que se movía en el pesebre.

“Lo de la iglesia, que ahora es una moda en todo el mundo, se lo inventó Plinio, prácticamente. Yo no había oído nunca de una persona que disfrazara el bar como una iglesia o como un circo. Él fue la primera persona que dio paso al movimiento y era una persona muy consciente de las cosas”, cuenta Manuel. Según dice, en ese tiempo comenzaron a morir las primeras personas con VIH en Colombia, por lo que las actividades de prevención se hacían más urgentes. Durante sus fiestas Plinio le abrió un espacio a Manuel para que pudiera dar charlas breves sobre prevención y sobre la movida homosexual en el país. Así, extravagante, poderosa y consciente de sus problemáticas, la rumba gay se transformó también en un espacio de resistencia y cuidado.  


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

La clandestinidad de las fiestas durante las últimas décadas del siglo veinte fue también la manera de fortalecer un nicho que, aunque se constituyó en buena parte a partir del miedo causado por la persecución, también se formó en la esperanza y la lucha. Había razones de peso para que la fiesta gay de finales de los ochenta y los noventa fuera un escenario secreto. No sólo se trataba de las osadas puestas en escena de Plinio (que además desaparecieron con su muerte), sino también del peso del estigma social que hacía de la homofobia una norma de la cotidianidad. Si bien desde 1980 los “actos homosexuales” habían dejado de ser un delito en Colombia, ser gay continuaba siendo ilegal para las familias; la homosexualidad y la delincuencia compartían un mismo lugar en la escala social.

El rechazo en las calles y en los trabajos, así como las represalias de la policía contra la comunidad LGBTI, fueron algunos de los fenómenos que en esos años obligaron a promotores y organizadores de la fiesta gay a buscar estrategias para protegerse de la mala sangre que los rodeaban. Personas como Manuel Velandia aseguran que en ese tiempo no existía una persecución sistemática por parte de la policía, sino que sus visitas sorpresa a los bares tenían que ver con multas (o vacunas) que los dueños no pagaban. No obstante para personas como el abogado Juan Pablo Ordoñez —defensor por los derechos de los homosexuales y las lesbianas que a finales de siglo se dedicó a estudiar la limpieza social en Colombia— la fuerza pública sí ejercía un maltrato constante contra la comunidad gay debido a su orientación sexual, pero también por un asunto de clase que se extendía a las minorías sexuales a lo largo del país. Se cuenta que la policía, durante las noches, entraba a los bares gais o buscaba entre las calles homosexuales y trans para subirlos a sus camiones. Muchos de estos casos, que suponían actos de tortura, terminaron en muertes que se sumaron a los casos de limpieza social perpetrados por la fuerza pública.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

“La ley siempre cumplió con ese rechazo —cuenta Madorilyn Crawford, la principal transformista de Colombia y quien ayudó a abrir lo que es hoy la escena drag y transformista en el país—. Las cosas eran muy tenaces. Yo no tuve un problema directo, pero sí les pasó a amigos míos y eso me dejó muy afectado. Por ejemplo, los chicos gais, si querían estar vestidos de mujer y salían de día, venía la bola que era la patrulla de policía y los recogía, les quitaba la ropa, la peluca, los zapatos y los dejaba en las lomas en interiores”.

Madorilyn, que llegó a Bogotá en los ochenta, recuerda el contraste que tenía Bogotá respecto a los pueblos, puesto que era un escenario más abierto para la comunidad homosexual, pero también bastante hostil en sus prácticas, algo que siguió vigente en la última década del siglo. Y es que como ella misma afirma, el hetero “cumplía” con llamar a la ley pues los homosexuales pasaban por violadores en serie o maniáticos y estaban en la categoría más baja del orden social. Esto era un asunto estratificado: si los homosexuales eran vistos como sujetos enfermos que rayaban en la delincuencia, las personas trans tenían un lugar aún más bajo y fueron durante mucho tiempo (y siguen siendo) vidas que incluso no contaban.

La clandestinidad adquirió un matiz más complejo cuando, según cuentan, se supo que muchos policías y políticos que durante el día permanecían enclosetados, participan de la vida gay nocturna: esta dicotomía moral, en la cual unos gozaban a escondidas lo que otros de su mismo gremio condenaban, habla también de un Estado corrupto y morrongo. Así, la clandestinidad fue la condición de una experiencia que no solo tenía lugar dentro de una comunidad fuera de las instituciones.

Si algo caracterizó al policía justo antes de comenzar la última década del siglo veinte fue la violencia que ejerció contra la comunidad gay incluso cuando la ley ya no penalizaba la homosexualidad. En su ejercicio de poder esta institución fue la traductora del rechazo y el estigma que la sociedad depositaba, impulsada por la moral cristiana y las “buenas costumbres”, en los homosexuales, por lo tanto sus actos y abusos de poder fueron la materialización de la violencia que a los ciudadanos le estaba prohibida.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

“Las cosas eran muy terribles en los noventa — recuerda Madorylin—. Los bares gais eran como un delito. Tenían que existir de una manera específica, con pasillos largos y cartones de huevos para aislar el ruido y que no se viera como una rumba sin permiso —aunque así era—. A media noche muchas veces ocurría que había luz plena, todos contra la pared, todos de la mano y todos para el camión y el camión en la puerta del bar esperando que toda la comunidad gay, con papeles o sin papeles, se subiera”. 

A pesar de todo —la represión, el estigma, el rechazo, la persecución— la rumba gay encontró estrategias que la mantuvieron a flote. Y experiencias como la de Plinio, que abrió la puerta a una rumba discreta pero digna y capaz de transgredir aquello que le estaba vedado, fue un salvavidas al cual se aferró toda una comunidad.

Cuentan que para que la ley no tuviera oportunidad de llevarse a nadie, en el bar había un bombillo rojo que se encendía cuando la policía estaba cerca. La alarma que brillaba en silencio daba tiempo para que la gente se repartiera en las sillas, dejando las hormonas encarceladas dentro del deseo pero los cuerpos libres de toda sospecha. Entonces venía el kill switch, así que cuando la policía entraba en el bar un interruptor apagaba la música y encendía la luz de golpe mientras los uniformados entraban bajo el pretexto de una requisa de rutina. Circulaban cédulas, circulaban nombres y, de cuando en cuando, circulaban los cuerpos hacia el camión.

Discotecas como Dandi, ubicada en el centro de Bogotá, tenían de a dos espías en los callejones, encargados de avisar cuando llegaba la policía. Según cuenta Manuel Velandia, tras el cambio del código penal, él y otros compañeros hicieron una organización militante que pudo estar en el origen del performance en Colombia. “Cuando la policía llegaba —recuerda Velandia— , nosotros, que no éramos parejas [heterosexuales], salíamos a la pista de baile y nos dábamos besos. Era una imagen para que la policía no quisiera detenernos y no tener que decirles que no podían detenernos porque el código penal colombiano no penalizaba la homosexualidad, porque siempre nos decían: bueno, pero el código de policía sí. Y tener que responderles: pero es que el código de policía no puede ir por encima del código penal. Digamos que eso abre el espacio para hacer una especie de performance”. El asunto se movía como una mafia y mientras por un lado la policía maltrataba a los homosexuales, por el otro se esforzaba por sacar provecho de los bares y de ocultar a los uniformados enclosetados.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

En los noventa la rumba gay no ocurría únicamente en Chapinero. Santiago Echeverry, pionero del video arte en Colombia y uno de los artivistas más importantes por los derechos de la comunidad LGBTI en el país, recuerda que los bares se conocían de oídas, por el voz a voz, y se repartían de sur a norte. Según cuenta, muchas veces la fiesta comenzaba en el barrio Restrepo y durante la noche, aquellos que podían, iban desplazándose hacia el norte de la ciudad.

En el centro había una gran concentración de bares gais entre los que suenan nombres como Las Calles de San FranciscoAnónimos BarEl Callejón; luego, yendo hacia Teusaquillo y Chapinero, estaba La Pantera RojaBoy´s Club (que fue el primer bar de strippers), CinemaDali´sIbizaVideo 65Video Club 42, entre otros; finalmente, entre los bares del norte estaba un espacio pequeño conocido como Disco FuegoK-oz o Te Odio.

Pero mientras más se movían hacia el norte, las personas y las clases iban cambiando. Cuenta Santiago Echeverry que ya en Chapinero y en el norte de la ciudad era posible distinguir las caras de políticos y celebridades de televisión que de día vivían con la máscara de una heterosexualidad sin filtros. Espacios como Disco Fuego en la calle 100 con 19 —donde muchas veces empezaba y terminada la rumba—, o en el mismo Zona Franca (que antecedió a Theatron), se llenaban de carros de alta gama que llegaban con la placa tapada con una bayetilla.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

El asunto de clase no sólo se reconocía en quienes asistían a los diferentes bares, sino también en el trato que recibían durante sus actividades nocturnas. Puesto que el asunto de la policía y las vacunas se manejaba como una mafia, los bares del norte por su dinero y visitantes podían salir mejor librados del acoso policial, mientras que en el sur no era tan sencillo. Si bien la violencia de la policía también tuvo lugar en los bares del norte, encontró un ecosistema favorable en los bares del sur donde las personas más pobres salían de rumba.

Edison Ramírez, dueño de Theatron y quien a finales de los noventa y principios de los dos mil cambió el paradigma de la fiesta gay en Latinoamérica al llevarla hacia el terreno de lo internacional, cuenta que en ese tiempo la rumba gay suponía un reto muy grande pues la situación del país y las molestias policiales hacían que la gente no quisiera salir de sus casas con facilidad. Entre 1995 y 2002, año en el que abrió sus puertas Theatron, Edison administró el barZona Franca, ubicado en El Lago. Pensado como un bar que se ofreciera directamente como rumba gay (pues los otros bares estaban en lugares escondidos o con los letreros ocultos), Zona Franca abrió la puerta para lo que luego sería la apropiación de Chapinero y el triunfo de Theatron.


Foto del archivo de Theatron.


Aunque la fiesta en Zona Franca no alcanzó nunca el desborde de las fiestas de Plinio —pues como el mismo Edison cuenta, el bar buscaba romper con los estigmas que caían sobre los homosexuales y luego abrir la rumba más allá de la comunidad gay, algo que se consolidó con Theatron— Edison y Plinio comparten un lugar esencial en el apoyo al activismo gay de finales de siglo y son un hito de la rumba gay en el país. Mientras que Plinio fue un adelantado y un transgresor, Edison encontró en la fiesta gay una vía que, a través de su industrialización, podía acabar con el estigma de los homosexuales en el país, así como ofrecerles un espacio seguro. La traída de DJs internacionales (la primera fiesta con DJ internacional la dio Edison en Theatron), así como de transformistas y modelos famosos de la escena gay internacional, significó una movida disruptiva en la rumba colombiana y en la fiesta gay latinoamericana, al punto que los heterosexuales no tardaron en ir a convivir con aquellos que en otro tiempo rechazaban.

Durante una charla dada en 1995 por Juan Pablo Ordoñez y Noam Chomsky, a propósito del libro de Juan Pablo Ningún ser humano es desechable; Limpieza social, derechos humanos y orientación sexual en Colombia, prologado por Chomsky, el abogado colombiano afirmó que, aunque nuestro país se presentaba como uno de los escenarios más liberales en su constitución, en ningún lugar la ley vivía tan alejada de la cotidianidad. Si bien la constitución del 91 reconoció en el papel el carácter diverso de los colombianos, sus cambios no tuvieron eco en la cotidianidad y, contrario a lo que podría esperarse, facilitaron otras formas de exclusión como la —mal llamada— limpieza social.

Espacios como Las Calles de San Francisco o Theatron, fueron el lugar de difusión de publicaciones como Ventana Gay (la primera revista gay en Colombia), AcentoNews Gay Colombia o la misma Franquicia, que se creó con Zona Franca para divulgar los eventos que ocurrían ahí y en otros espacios. La prensa y las publicaciones gais fueron elementos centrales de la vida homosexual en Bogotá que circuló en los bares. El movimiento homosexual liderado por Manuel Velandia desarrolló la publicación Ventana Gay en la que había publicidad de Plinio, así como reflexiones, noticias y opiniones sobre la comunidad. Luego, según cuenta Manuel, sería Edison quien abriría las puertas al activismo permitiendo la circulación de revistas y folletos de prevención contra el VIH, pero también en sus tarimas, algo que ya había adelantado Plinio de una manera menos organizada.


Foto del archivo de Theatron.

“Como Plinio nos patrocinaba —explica Manuel—, nosotros podíamos llegar a cualquier actividad que había, pararla y tomarnos los micrófonos por cinco minutos. Y no íbamos cuando había poquita gente sino cuando estaba lleno, ahí era que nosotros cogíamos los micrófonos. Y nunca nos dijeron que no. Eso fue una ganancia grandísima, porque ellos entendían la importancia del movimiento, además sabían que era un negocio rentable, pero había un compromiso con el movimiento”.

Cuando la ley no había logrado solventar el problema de exclusión, la comunidad homosexual tuvo que aprender a organizarse desde dentro. Los bares fueron importantes desde el principio del movimiento, pues fueron el escenario principal de divulgación. En Theatron, cuenta Manuel, ya había una actitud más militante, pues no solo pagaban la publicidad, sino que tenían una participación directa cediendo los espacios para hacer cursos de formación, preparar las marchas o contarle a la gente como debía contestar en las entrevistas sobre la prevención. Así mismo, se hicieron folletos y carteles pagados por Theatron, detalles que dieron una apertura más grande porque “ya podíamos circular con materiales, no solo más estéticos, que permitieron, incluso, tener una revista en policromía”.

Publicaciones, charlas y encuentros también hacían parte de una fiesta que no sólo se redujo a la búsqueda de espacios, sino que también pensó su lugar en las calles, en los hospitales y en los colegios. Manuel Velandia recuerda que el respeto que la gente tenía por personas como Plinio le sirvió para que el público lo recibiera con seriedad y reconocimiento, sin embargo, luego los mismos asistentes asumían el asunto con responsabilidad y no como algo ajeno a la fiesta. “Siempre que había un bar nuevo yo me aproximaba al dueño o al administrador —continúa Velandia— y le contaba quién era y lo que estaba haciendo y por supuesto el administrador conocía la historia de los bares y se sumaba a la ola de lo que se estaba haciendo. Entonces no había nadie que nos dijera que no podíamos estar ahí”.

Por otro lado, la campaña contra el sida también fue protagonista en los bares. Publicaciones como Franquicia, que también promocionaba espacios como hoteles o saunas, llevaban consigo publicidad preventiva del VIH. Según cuenta Manuel, ocurrió que tras una investigación sobre el tema apoyada por la facultad de Cine y la facultad de Enfermería de la Universidad Nacional (que, entre otras cosas, demostró la falta de conocimiento que existía en la comunidad sobre el tema), se realizó un comercial de prevención en el que dos hombres aparecían en una cafetería tomados de la mano, para luego pasar a una escena en la que la sombra de un cuerpo se recostaba sobre la sombra de otro. 

Aunque el Ministerio de Salud había apoyado en principio la iniciativa, cuando vieron el comercial lo asumieron como una apología a la homosexualidad y retiraron los fondos. Sin embargo, la Nacional se interesó por el proyecto y dio el dinero para que siguiera la campaña que se difundió a lo largo de los bares y discotecas en Bogotá. Mientras una puerta se cerraba, la comunidad gay encontraba siempre una mano amiga que apoyara su lucha.


Foto del archivo de Theatron.

Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que, a pesar de los cambios constitucionales y legislativos, la sociedad heterosexual bogotana aprendiera a convivir con aquellos que se esforzó por rechazar durante mucho tiempo. Si bien el activismo se abrió a la fuerza espacios en las calles y en los auditorios para tener voz donde antes no la tenía, la fiesta gay fue fundamental para acabar con el estigma que recaía sobre los homosexuales.

Sin embargo, fiel a su entorno, al día de hoy la fiesta gay no ha dejado de lado el carácter clasista, racista e incluso homófobo, que la caracteriza desde hace mucho tiempo. Si bien la fiesta gay en Bogotá fue un espacio reivindicativo que abrió sus puertas a una lucha necesaria, también sus actitudes derivaron en aquello que alguna vez rechazaron y hoy es indudable: la transfobia y la misoginia que prevalece en el movimiento homosexual.


Foto del archivo queer de la Fundación Arkhé. Proyecto de investigación fotográfico a cargo de Manu Mojito.

En los noventa, la revista Acento se dedicó a construir un diccionario gay, el Gaycionario, que buscó reconocer las palabras usuales de la comunidad gay como un punto reivindicativo; un lenguaje contracultural que los identificara y que, a fuerza de no poder ser divulgado en otros espacios, se aprendía en los bares. Como bien lo dice el párrafo que sirve de prólogo al Gaycionario: Quien quiera transgredir “las fronteras idiomáticas homosexuales” se dará cuenta de que no va a encontrar palabras nuevas: todo se trata de una resignificación de lo que ya existe. Asimilar y resignificar la diferencia que los relegaba y apropiarse de ella fue lo que ayudó a la comunidad homosexual en los noventa a resistir a la violencia que se ejercía sobre sus cuerpos, pero también ha sido establecer la diferencia lo que ha hecho a la comunidad homosexual alejar otras luchas que le son cercanas.

Volver la mirada hacia la estigmatización naturalizada en nuestra sociedad es una lección que debemos aprender de la fiesta gay noventera. Pensar lo que nos hace diferentes y asumir esas diferencias como punto de partida para la reivindicación de aquellos que aún pasan por minorías o disidencias sexuales, es un deber que tienen, a pesar de los logros, los movimientos sociales y el periodismo de este país.

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Agradezco especialmente a Santiago Echeverry, Manu Mojito, Manuel Antonio Velandia, Madorylin Crawford, Edison Ramírez, Juan Pablo Ordóñez, Felipe Caro y la Fundación Arkhé, sin cuya valiosa ayuda no habría sido posible contar esta historia.

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